«Kuma».
Desde que habían oído esa palabra, tanto Yuzu como la inspectora Claudia Arron no dejaban de preguntarse qué significaría. Ambas caminaban a la par por el gran escenario, esa vez con todas las luces del gimnasio encendidas, aunque ninguna parecía ir en compañía de la otra.
—Así que también te apellidas «Aihara», ¿no? —preguntó Claudia en tono amable cuando se detuvieron frente al sillón rojo que ocupó Shiraho antes de morir.
—Sí.
—Entonces Mei y tú sois…
—Hermanastras —continuó Yuzu rápidamente, como si quisiera evitar escuchar la palabra «hermanas». Claudia se percató de ello—. Mi madre y el padre de Mei se casaron hace un año, más o menos. No tenemos ninguna unión de sangre.
—Entiendo… —comprendió la inspectora—. Pero bueno, imagino que os lleváis muy bien, ¿no?
Pudo ver en los ojos de Yuzu de inmediato esa mirada de confusión y autodefensa; esa que mostrarían los niños pequeños al destaparles una mentira, pero con la duda de saber realmente si habían sido descubiertos o no.
—¿Cómo era tu amiga Shiraho Suzuran?
—Pues… era algo extraña, supongo —explicó la chica rubia—, pero no era mala persona. No entiendo por qué alguien querría matarla.
—¿Era extraña?
—Bueno… no hablaba mucho, pero conseguía enterarse de todo. Habría sido buena policía, ¿sabe? —Aquello último pudo decirlo con una sincera sonrisa, aunque nostálgica.
—Siento que haya fallecido de esta forma. Las personas no deberían morir tan jóvenes, y menos aún por el odio que esconde un asesinato —respondió la inspectora, dando la espalda a Yuzu y al sillón. En ese momento lo supo. ¿Quizás era casualidad? No… Demasiada casualidad para ser cierto. Volvió entonces a dirigirse a la chica rubia—. Pero… quizás esa amiga tuya sí que fuera tan buena policía como dices, Yuzu.
—¿Eh? —Yuzu había estado contemplando aquel sillón rojo hasta ese momento. Se dio la vuelta para mirar a Claudia.
—Allí.
Claudia señaló el extremo contrario del escenario, donde se ubicaba un gran espejo que formaba parte de la decoración de la obra. Yuzu se quedó observándolo sin mayor atención, pues estaba acostumbrada a verlo durante algunos de los ensayos. La inspectora sonrió para sí misma y pidió a Yuzu que no se moviera mientras ella caminaba hacia atrás y se colocaba a sus espaldas.
—Dime, Yuzu —le dijo Claudia, al mismo tiempo que alzaba una de sus manos formando con sus dedos la forma de una pistola—, ¿eres capaz de verme si te disparo desde aquí?
La atención de Yuzu fue toda para aquel espejo. Sus ojos de inmediato se abrieron más ante la sorpresa, pues podía ver perfectamente a la inspectora simular que la apuntaba desde atrás.
—Sí… —La chica rubia parecía comprender al fin lo que Claudia trataba de decirle.
—Al igual que tú me has visto a mí ahora —explicó la inspectora, volviendo a su lado—, es posible que tu amiga viera a quien le disparó por la espalda.
—Shira-pon… —Yuzu parecía mirar aquel espejo con tristeza, pensando en la posibilidad de que lo último que podría haber visto Shiraho antes de morir fuera a su despiadado asesino, apuntándola para matarla.
—No te atormentes —le dijo, posando su mano en el hombro de la chica rubia—. Sea quien sea «Kuma», pagará por ello.
—¿Y si es aún más doloroso cuando sepamos quién fue, inspectora? —Su preocupada mirada se dirigió directamente a los ojos de Claudia.
—Será mucho más doloroso si dejamos que muera sin hacerle justicia —afirmó. Acto seguido, se posicionó frente a ella—. Descansa un poco. Ya me has ayudado bastante por el momento.
Claudia abandonó el escenario, dejando a Yuzu a solas. Quizás Shiraho no fuera su amiga más cercana, pero tener que aceptar que ya no volvería a verla realmente dolía.
—Yuzu —la llamó Mei, llegando al escenario. No sabía cuántos segundos habían pasado desde que la inspectora se había marchado—. ¿Estás bien?
—Ah, hola, Mei… —respondió la chica rubia al verla. Apartó su mirada nada más terminar de hablar.
—Pareces… decaída.
—Sí, bueno… un poco. —Suspiró—. Aunque también estoy muy cansada. No hace falta que intentes consolarme, sé que se te dan fatal estas cosas —dijo, tratando de sonreírle.
—Yo… sé que esto puede resultar difícil, pero debes descansar, Yuzu. Anoche no dormiste nada.
—¿Difícil? —La chica se molestó un poco por aquel comentario—. Ayer por la tarde mataron a Shira-pon delante de toda la academia y sus familiares. Y, cuando los agentes de policía confirmaron que fue un asesinato, nos interrogaron una a una hasta la madrugada. ¿Cómo quieres que duerma?
—Solo trato de decir que el cansancio no te ayudará a encontrar al asesino de Shiraho-san.
—Y esta mañana de nuevo hemos tenido que venir aquí para ser investigadas por la inspectora a cargo del caso.
Mei se acercó a Yuzu y posó ambas manos sobre los hombros de la chica rubia, quien se encontraba ya cabizbaja. Cuando ésta levantó la mirada, pudo ver que sus ojos estaban totalmente humedecidos.
—¿Yuzu, estás…?
—¿Acaso tengo yo que decir lo que estamos pensando todas desde que dijeron que fue asesinada? —Las lágrimas comenzaban a recorrer el rostro de la joven con facilidad—. Después de todo lo que ha ocurrido estos últimos días…
—¿De qué estás hablando?
—Está claro que fue Minami —dijo con total franqueza, a pesar de su voz entrecortada—, y sé que tú también piensas lo mismo que yo.
Mei calló. Realmente la chica rubia no iba desencaminada, puesto que la presidenta también sospechaba que Minami había tenido algo que ver. Pero, por mucho que quisieran negarlo, había algo que exculpaba a aquel hombre de forma indiscutible: estuvo contemplando la obra desde los palcos, y más concretamente, desde el palco que se encontraba en el lado contrario a donde se efectuaron los disparos que acabaron con la vida de Shiraho. Era físicamente imposible que Minami recorriera todo el gimnasio y volviera a su lugar en tan poco tiempo y sin ser visto.
La presidenta no pronunció palabra alguna y rodeó a Yuzu con sus brazos para consolarla. La joven no tardó demasiado en romper completamente a llorar. Mei podía percibir en ella, no solo la tristeza de haber perdido a una amiga, sino la rabia contenida por saber que su vida había sido arrebatada de aquella forma.
—Ven conmigo —le dijo una vez que dejó de abrazarla. Sujetó su mano y la guio fuera del gran escenario mientras Yuzu cubría sus ojos con su otro brazo—. Necesitas dormir como es debido.
…
Claudia había caminado a través de la zona trasera del escenario hasta alejarse un poco de las enormes cortinas que formaban el imponente telón rojo. La joven dirigió su mirada hacia aquella tela que se dejaba caer a placer y quedaba elegantemente recogida en ambos laterales del escenario. ¿Por qué decidieron matar a Shiraho de esa forma, delante de todos? ¿Acaso no llamaría menos la atención hacerlo cuando nadie estuviera mirando? Claudia no dejaba de extrañarse ante la particular naturaleza de la situación.
Subió entonces hasta el palco derecho, aquel donde supuestamente se encontraba Minami en el momento de los disparos. Se sentó en uno de los asientos.
«Si al menos tuviera un hilo del que tirar…», se dijo. Con toda la tranquilidad que se respiraba en lo alto de aquel palco, ni siquiera se había percatado de la presencia de otra persona más a sus espaldas, la cual la sorprendió en cuanto se dirigió a ella.
—¡Disculpe que la moleste, inspectora! —La vicepresidenta Maruta Kayo había hecho su aparición de forma repentina, causando un sobresalto en Claudia que no pasó desapercibido para nadie en todo el gimnasio.
—¡¿Otra vez usted?! —Se giró la inspectora para mirarla, no acabando de creer que de nuevo tuviera que hablar con ella ese día.
—Verá, he estado dándole vueltas a algo. —El brillo en sus ojos daba a entender, de manera inequívoca, que otra vez se refería al caso.
—¿Otra de sus deducciones de aprendiz de policía? —dijo Claudia, arqueando una ceja.
—Debo decirle, inspectora, que soy una gran aficionada a las novelas policíacas —explicó—. Incluso, a veces, ¡he dado con la solución al enigma antes de terminar el libro!
—Tiene mi más sincera felicitación —respondió con ligera ironía.
—Bueno, lo cierto es que acabo de recordar que vi algo extraño en la joven asesinada días antes del suceso. Pensé que podría ser importante, así que intenté deducir a qué podía deberse.
—No es por quitarle el mérito, pero se supone que la que tiene que deducir soy yo —comentó Claudia, suspirando acto seguido—. ¿Y bien? ¿Qué es lo que vio extraño en Shiraho?
—Pues es que, días antes del asesinato, cuando aún estábamos ensayando para la obra, pude ver a esa chica quemando papeles frente a una papelera de la academia. La vi por pura casualidad en uno de los descansos.
—¿Cómo dice? —Se interesó la inspectora de inmediato—. ¿Dónde?
—En los jardines que se encuentran por todo el recinto —trató de recordar la estudiante—. Ahora que lo dice, sí que estaba en una de las zonas más apartadas. Quizás quería privacidad… —Aquello último lo dijo con cierto aire de suspense, claramente fingido.
—Lo está deseando, ¿verdad? —Claudia rodó los ojos—. Venga, dígalo de una vez; ¿cuál es su deducción acerca de todo esto?
—¡Está claro que la estaban amenazando, inspectora!
—Es posible, sí —admitió. Ella había llegado a la misma conclusión, aunque jamás lo admitiría ante aquella estudiante tan apasionada por el misterio. Se levantó entonces del asiento que había estado ocupando y, muy a su pesar, pidió—: Lléveme al lugar donde la vio.
Había pocas ocasiones en las que se podría ver a la vicepresidenta sonreír tan ampliamente como en aquel momento, pues su emoción por participar de forma tan real en esos relatos que siempre leía aumentaba a niveles jamás alcanzados. Guio sin mayor problema a Claudia a través de los cuidados jardines del recinto. La inspectora podía notar a la perfección que la Academia Aihara era una institución bastante adinerada, pues las decoraciones florales eran abundantes y estaban siempre en perfecto estado. Imaginó que el asesinato de Shiraho solo había traído problemas y mala imagen a los ojos del director.
—Aquí es —indicó Maruta, deteniéndose frente a una típica papelera que se integraba bien en el entorno tan señorial y colorido de la academia.
Claudia no dudó en llevar sus manos a aquella papelera y revolver su interior hasta encontrar cualquier rastro de papel quemado que pudiera haber allí.
—¿Cuándo suelen vaciar las papeleras? —preguntó la inspectora.
—Cada mañana… Quizás lo hicieran hace pocas horas.
—Entonces… hemos tenido suerte. —Claudia sacó de la papelera lo que parecía una nota y un sobre, prácticamente abrasados—. Parece que nos va a venir bien que alguien no hiciera aún su trabajo de vaciar papeleras.
—Es… ¿una carta enviada por correo? —Maruta estaba realmente intrigada por aquel nuevo hallazgo.
—Sí —confirmó Claudia. Señaló entonces una de las esquinas del papel. Quedaba parte de un pequeño símbolo que no había sido quemado por completo, aunque apenas se apreciaba—. ¿Reconoce esto de aquí?
—No, no recuerdo haberlo visto… —respondió Maruta, visiblemente confundida—. Pero, esa chica… parecía preocupada cuando la vi ese día. Estoy segura de que era una carta de amenaza.
Claudia temía que así fuera. Aquello solo podía significar que el asesinato podría haber estado planeado de antemano, y no ser un hecho repentino e inesperado: un crimen premeditado. Sintió lástima por Shiraho, imaginando que podría haber estado sufriendo amenazas en silencio, sin pedir ayuda a nadie.
—Lo llevaré a comisaría —dijo al mismo tiempo que buscaba en sus bolsillos alguna bolsita de plástico para guardar la prueba, pero se le resistía—. Mañana llevaré bolso, lo tengo claro. —Siguió buscando hasta que, finalmente, encontró una en uno de sus bolsillos traseros—. ¡Aquí estás!
Con la carta perfectamente protegida por la bolsita de plástico, Claudia abandonó aquella zona apartada junto con Maruta para dirigirse a la entrada principal de la academia.
—¿Regresará entonces a la Comisaría de Policía para que analicen la carta? —preguntó la estudiante.
—Sí. Presiento que esto puede ser importante. Gracias por su ayuda y sus… deducciones.
—No hay de qué, estoy disfrutando mucho de su presencia aquí.
—¿Ah, sí? —Claudia cambió su expresión a total extrañeza.
—No me malinterprete, inspectora, no hay duda de que es una tragedia lo que ha ocurrido —trató de aclarar Maruta—. Es solo que jamás imaginé que viviría algo así, ¡un crimen delante de mis propios ojos! Es como en las novelas que tanto adoro.
—Ojalá siguieran siendo solo novelas —concluyó Claudia, levemente apenada.
Al momento la joven inspectora se percató de la presencia de otra estudiante en la lejanía, pero que se acercaba a ellas con intención de decirles algo. Era la vicepresidenta Momokino Himeko, que trataba de apresurarse para llegar también a la entrada con algún ligero traspiés por tener que caminar con muletas.
—¡Oiga, inspectora! —la llamó Momokino. Claudia solo esperó en silencio a que llegara y manifestara sus intenciones—. Hace unos minutos pude ver un hombre desconocido de mediana edad rondar por el gimnasio. ¡Empezó a hacer preguntas sobre el asesinato a las estudiantes!
—Ah… —Claudia imaginó que se trataría de Akihiro Mena, el hombre que llegó con ella a la academia, aunque ni era policía ni su objetivo era el homicidio, sino encontrar un objeto perdido. «Menos mal que iba a ser discreto», pensó—. Debe de tratarse de mi compañero, el subinspector Mena —mintió.
—¡Debería habernos informado de ello! —objetó Momokino—. Ya pensábamos que era algún periodista queriendo hacerse de oro con alguna exclusiva.
—Lamento el malentendido, le pediré que no vuelva a molestarlas.
—Se lo agradezco —aceptó Momokino inclinándose levemente hacia la inspectora.
—A propósito, usted es Momokino Himeko, ¿verdad? —preguntó. Recordaba haber leído su nombre en el expediente del caso, pues fue la primera interrogada el día anterior por ser testigo directo de la muerte de Shiraho—. Le he reconocido por las muletas —dijo entre risas.
—¡Ni se le ocurra! —advirtió la vicepresidenta, sorprendiendo a Claudia—. ¡Ya tengo bastante con el descaro de Taniguchi Harumi!
—Solo pretendía relajar el ambiente —respondió, elevando sus manos en señal de paz. «Doña Muletas te voy a llamar», pensó—. Quería preguntarle por su lesión. Shiraho le disparó en el pie con una pistola de clavos por accidente, ¿no?
—Sí. Fue en medio de una fuerte discusión con mi futuro marido días antes del crimen. Reconozco que perdí la compostura.
—Realmente fue un momento de mucha tensión —añadió Maruta, llevándose una mano al pecho. Recordar aquello seguía sin ser agradable para ella.
—Ah, también quería preguntarle algo más —se aventuró Claudia—; ¿sabe qué puede significar la palabra «Kuma»?
—¿Kuma? Pues claro —Himeko parecía bastante confiada—, es el nombre de mi prometido.
Claudia no pudo evitar quedarse en completo silencio unos segundos, tratando de entender lo que acababa de escuchar. Ambas vicepresidentas la imitaron.
—¿Puede repetir eso? —pidió. La inspectora no terminaba de creerlo.
—¡Ha dicho que Kuma es su prometido! —alzó la voz Maruta.
—¡La he oído, gracias! —le respondió Claudia tratando de hacerla callar.
—¿Ocurre algo, inspectora? —preguntó con tono preocupado Momokino.
—Ocurre… que su prometido ha ganado una entrada VIP a la comisaría más cercana —afirmó Claudia.
