¡Hola! Tuve un dolor de cabeza tan fuerte que casi me olvido de publicar, lo siento.

Kaiser (alias El Camarrrada): Yo también iba a hacer la historia de Jessie más fuerte, pero esta fue la que creí que quedaba mejor. Y si, ella tuvo varios novios y eso antes de entrar al Equipo Rocket y alguna que otra noche de sexo casual, pero habían dos menores presentes y no iba a contar eso.

Greisfer: ¡Oh, un lector nuevo! Bienvenido a esta humilde historia.

La historia de Jessie me fue difícil como no tienes idea. Tengo cinco versiones de su pasado y la que puse fue la que yo creí que era mejor. No quise caer bajo diciendo que ella se dedicaba a la prostitución; ella se tiene demasiado amor propio como para recurrir a eso.

Ash lo veo como un chico más ignorante que estúpido y bastante cabeza dura, lo que es una muy mala combinación, pero al mismo tiempo es un buen chico que tiene un sueño y quiere hacer lo correcto.

Brock es un santo. De no ser tan baboso, conseguiría novia chasqueando los dedos. Y Misty… admitamos que en Kanto era insoportable.

AlenDarkStar: Brock creyó que era lo mejor y no creo que se haya equivocado. Se supone que así habrá un ambiente de confianza.

Capítulo veintitrés

Día del niño

El grupo siguió su camino hacia Isla Canela. El ex Equipo Rocket ya no caminaba detrás de ellos, sino que caminaban casi a la par. Misty ya ni siquiera les buscaba pelea, cosa que era mucho decir viniendo de ella. Haber contado sus historias personales los había unido más y ahora había un poco de aire de confianza y camaradería.

La parte profunda del bosque quedó atrás y ahora caminaban por un camino de tierra, en una zona más despejada. Algunas casas se veían por los costados del camino, aunque bastante alejados. Eran casas sencillas, pero grandes, lo que daba a entender que era una zona residencial de clase media. Al frente de los hogares, yacían banderas con forma de pokemón acuaticos ondeando al viento y sujetadas al asta.

—¡Miren allá! —Misty señaló hacia adelante.

El camino terminaba en una construcción similar a un colegio. También tenía un asta al frente, con sus coloridas banderas en forma de pokemón acuáticos, como Magikarp, Goldeen y Gyarados.

—Miren todas esas banderas —murmuró Ash, maravillado.

—Saben lo que significa, ¿verdad? —preguntó Brock, sonriendo.

—¡Que bien! Hoy es mi día favorito del año. ¡El día del niño! —saltó Ash, entusiasmado.

James miró las banderas con los ojos brillantes de alegría, recordando lo bien que la había pasado en esa fecha, mientras que Jessie y Meowth solo mostraron indiferencia. Lunita, desde el bolsillo de James, también miraba las banderas con alegría y curiosidad.

—Cuando era niño, esperaba con ansias ese día —dijo James, nostálgico—. Era uno de los pocos días donde no tenía clases. Me pasaba todo el día nadando en la piscina y comiendo kashiwa mochi hasta hartarme.

Jessie parpadeó y lo miró, sorprendida.

—¿De verdad tenías todo eso? —preguntó.

—¡Claro! ¿Acaso no todos los niños lo festejan así?

El rostro de Jessie se ensombreció.

—No. Yo no tenía día libre, ni piscina ni kashiwa mochi. Me pasaba el día estudiando o trabajando y como mucho comía algún sándwich de carne de Tauros.

James le pasó un brazo por los hombros y le dio un beso en la mejilla. A veces se olvidaba que no todo el mundo había vivido lo mismo que él.

—Compraremos koshiwa mochi en el pueblo y, si tenemos suerte, tal vez vayamos a nadar al lago, cariño —le dijo.

—¡Nya! —apoyó Lunita desde su bolsillo.

—Sería genial poder jugar todo el día como lo hacíamos el Día del Niño.

—Yo también —la apoyó James.

Ash se giró hacia ambos.

—No podemos perder el tiempo jugando todo el día, si todavía tengo que ganarme esa Medalla Volcán.

—Aparte, ya tuviste tu Festival de la Princesa —agregó Brock.

—El cual yo gané —dijo Jessie, haciendo una pose ganadora.

—Da igual, las muñecas se quedaron en el cuartel general del Equipo Rocket y nunca vas a poder recuperarlas otra vez, al igual que todo lo que dejamos allí —replicó Meowth.

Los dos se quedaron quietos de golpe, rígidos como postes.

—Algunas de mis chapitas están ahí —murmuró James. No se atrevió ni a hacer la cuenta de la cantidad de ellas que había dejado.

—Y las muñecas que gané en el festival… Debimos haber retirado nuestras cosas antes de dejar el Equipo Rocket.

—No lo teníamos planeado —dijo Meowth. Lanzó un suspiro de resignación—. Bueno, que más da. Tendremos que dar todas las cosas que teníamos en el cuartel como perdidas. Den gracias que no dejaron a ningún pokemón allí…

—Que bueno que están aquí. Estábamos esperándolos, entrenadores.

Todos miraron hacia el frente, donde provenía la voz. Era una joven de la misma edad de Jessie y James. Tenía cabello castaño oscuro y ondulado hasta los hombros adornado con una vincha y de ojos verde oscuro. Llevaba un simple vestido naranja hasta las rodillas y un delantal rosa. Tenía todo el aspecto de ser una maestra, cosa normal, ya que estaban parados casi en la reja del colegio.

—Pasen por aquí —continuó, haciendo un gesto con el brazo para invitarlos a pasar—. Los niños están esperándolos en el patio de juegos.

Brock se adelantó enseguida, hipnotizado por la belleza de la maestra, y la tomó de las manos.

—Disculpe por hacerla esperar, bella dama, perdóneme. Mi nombre es Brock —se presentó, ante el rostro incómodo de la mujer. James se tapó los ojos con una mano. Sentía vergüenza ajena.

—Brock…eh… hola —la chica estaba visiblemente incómoda y hasta un poco asustada.

—Es un placer conocer a una educadora tan bella y tan encantadora como usted.

El sonido de un teléfono celular comenzó a escucharse. Ella retiró las manos de Brock, sacó el aparato del bolsillo de su delantal y atendió la llamada:

—Hola… Si, soy la maestra del jardín de niños… ¿Qué? ¿Cómo que no van a poder venir?... Pero aquí hay cinco… Entiendo… Si… Gracias.

La maestra colgó el teléfono. Se la veía muy desilusionada. Lanzó un suspiro profundo, como si no supiera que hacer.

—¿Qué sucede, señorita? —preguntó Ash.

Jessie puso los ojos en blanco.

—Oh, no, otro acto altruista del bobo —murmuró Jessie por lo bajo—. Vamos a terminar limpiando ventanas.

—Cuando cuente hasta tres, salimos corriendo y que se las arreglen ellos —sugirió Meowth.

—Nos visitarían unos entrenadores y ellos dejarían que jugaran con sus pokemón —explicó la maestra, con tristeza—. Estaban muy emocionados con lo que iba a pasar. Ahora todos quedarán decepcionados.

—Somos entrenadores pokemón —dijo Ash.

Meowth se trepó al hombro de James.

—Uno… dos… —comenzó a contar.

—Meowth, cállate —lo retó James, en susurros— ¿No escuchaste lo que dijo? Los niños quedarán decepcionados.

—No me importan los mocosos, quiero irme de aquí.

—¿Lo son? ¿De verdad? Oh, supongo que no tienen tiempo para que los niños jueguen con sus pokemón…

—La verdad… —comenzó a decir Jessie, pero Brock ya le había vuelto a tomar de las manos a la maestra.

—¡Si, tenemos todo el tiempo del mundo, tenemos toneladas de tiempo! —gritó, como si fuera un superhéroe a punto de aceptar una misión—. Los niños pueden jugar con nuestros pokemón. ¡Esos entrenadores no tienen corazón! Puede contar con nosotros, señorita —miró hacia atrás—. ¿Verdad, Ash?

—Claro, no hay problema.

Jessie resopló.

—De acuerdo, pero si me dan un trapeador, me voy —dijo.

James no pudo más que sonreir. No era una mala idea, al fin y al cabo. Pasar un día con los niños le serviría para aprender sobre como ser padre, tal vez..

—¡Oh, muchas gracias!—la maestra inclinó la cabeza—. Los niños se divertirán mucho.

Ash se rió, aunque de manera un poco forzada.

—Nosotros también.

—Pasen —la mujer les señaló el portón y comenzó a caminar hacia adentro.

—Gracias.

Entraron a un patio de piso de cemento, con algunas partes de tierra donde yacían árboles cuidadosamente podados. En el centro había una fuente y, del otro lado, el edificio donde probablemente los niños estudiaban y hacían sus actividades.

La maestra se detuvo a los pocos pasos y ahuecó las manos alrededor de su boca:

—¡Niños! ¡Ya pueden salir y conocer a nuestros cinco entrenadores pokemón!

Meowth retrocedió. Parecía muy asustado.

—Yo paso. Llámenme cuando nos vayamos de aquí —les dijo. Antes de que James pudiera detenerlo, salió disparando hacia uno de los árboles y se trepó tan alto como pudo, escondiéndose entre las hojas. Lunita maulló, preocupada.

—Gato cobarde—gruñó Jessie—. Ya verá cuando salgamos…

Unos sonidos de pisadas rápidas y numerosas, acompañada de risas, la interrumpieron. De la puerta del colegio salió una estampida de niños pequeños que se agruparon alrededor de ellos. Eran como quince, de aproximadamente tres o cuatro años de edad. No tardaron un instante en ir hacia Pikachu, quien estaba en el suelo. Sus pequeñas manitos comenzaron a tironear al pokemón eléctrico de los cachetes, las patas y de cualquier otra parte que pudieran.

—Esto se va a poner feo —murmuró James, tomando del brazo a Jessie y alejándose un par de pasos. Un Pikachu enojado podía ser un peligro.

—¡Oigan, chicos, tengan cuidado! —gritó Ash, aterrado. Levantó a Pikachu y lo sostuvo arriba de su cabeza justo antes de que lanzara un Impactrueno, electrocutándolo al instante.

Lejos de asustarse, los niños comenzaron a ponerse en puntas de pie y a sacudir a Ash. Lunita se escondió dentro del bolsillo, asustada. Ahora entendía por que Meowth se había ido. ¿Todos los niños eran así de insoportables? El no recordaba ser así cuando tenía esa edad.

—¡Niños, deben tener cuidado! ¡No pueden tratar a los pokemón como juguetes! —les advirtió la maestra, preocupada.

Era como hablarle a la pared. Los pequeños seguían sacudiendo a Ash en un intento de alcanzar a Pikachu a como diera lugar.

—¡SILENCIO, MOCOSOS! —gritó la maestra, con una ferocidad tal que no tenía nada que envidiarle a Jessie. Lejos de asustarse, los niños se calmaron y sonrieron a su maestra—. Bien, así está mucho mejor —les dijo, con una voz mucho más suave y amable.

—Oigan, ¡queremos ver mas pokemón! —dijo un niño de cabello castaño y ojos verde oscuro.

—¡Enséñennos más! —exigió una pequeña de trenzas.

A pesar de todo, a Ash se lo veía entusiasmado por mostrar a sus pokemón.

—Muy bien, hoy les tengo una sorpresa para ustedes —dijo, mientras sacaba sus pokebolas del cinturón—. Esperen ver estos grandiosos pokemón.

Pidgeotto, Bulbasaur y Squartle salieron de sus pokebolas, ante el asombro y alegría de los pequeños.

Misty no quiso quedarse atrás.

—Oigan, niños, miren a estos pokemon —dijo, lanzando sus pokebolas al aire. Staryu, Starmie, Horsea, Goldeen y Psyduck aparecieron al instante.

—¡Y eso no es todo, amigos! —Brock metió la mano en el bolsillo para sacar a sus pokemón.

James ya sabía todos los que tenían los bobos a causa de vigilarlos tanto y por las cientos de batallas que había tenido con ellos. Advirtió enseguida que Ash no había sacado a su Charizard y supuso que era un pokemón demasiado peligroso para los niños. Los pokemón de la boba eran inofensivos, siempre y cuando no golpearan a Psyduck en la cabeza. Brock tenía dos pokemón de tipo roca, Onix y Geodude, que resistirían cualquier golpe y que seguro tenían experiencia con los pequeños. Si mal no recordaba, no todos los que tenía Brock eran de roca. Tenía un Vulpix al que seguramente las niñas amarían acariciar y también un…

¡Mierda, mierda, mierda!

—¡Espera! —gritó, sujetando a Brock del brazo con fuerza.

—¿Eh? —Brock se veía muy confundido—. ¿Qué sucede?

James bajó la voz hasta casi hacerla inaudible.

—¿Tu tienes un Zubat, verdad?

Brock asintió con la cabeza.

—Si, ¿por qué? —preguntó. Luego, pareció mirar el bolsillo donde se encontraba Lunita—¡Ah! Lo siento, James, se me había olvidado.

Brock sacó tres pokebolas en lugar de cuatro y sus pokemón salieron a jugar con los pequeños. Corrían, acariciaban y se trepaban a ellos, entre risas, mientras la mayoría de los pokemón acuaticos tiraban burbujas en el aire para que los niños la reventaran. En dos minutos, había transformado el patio vacío en una linda postal de primavera.

Una pequeña se acercó a James y miró a Lunita, fascinada.

—¡Que bonito! —exclamó. Lunita se escondió dentro del bolsillo, asustada.

James se agachó hasta quedar casi a la altura de la nena.

—Puedes tocarla si quieres, pero con cuidado. No es un juguete.

La nenita estiró su mano y tocó con suavidad la cabeza de la pequeña. Lunita al principio maulló, asustada, pero luego comenzó a disfrutar las caricias.

Otro chico se acercó a ellos.

—¿Es el único pokemón que tienen? ¿No tienen más? —preguntó.

Jessie y James se miraron, sorprendidos. No se habían contado a sí mismos como entrenadores, dejando que los bobos tuvieran todo el protagonismo.

—Oh, si, tenemos más —Jessie sacó sus pokebolas y James la imitó—. ¡Salgan y muestren los maravillosos que son!

Arbok, Lickitung, Weezing, Growlie y Caterpie salieron de sus pokebolas. El pokemón de fuego salió disparando hacia James, lo tiró al suelo y comenzó a lamerle la cara, mientras movía la cola como loco. Lunita chilló de alegría al verlo y pronto comenzó a recibir su dosis de lengüetazos.

—Gowlie, ve a jugar con los pequeños —le dijo, intentando incorporarse. Growlie ladró en señal de aprobación y fue a jugar con los niños.

Jessie se agachó a su lado.

—Nuestros pokemón no están acostumbrados a los niños, ¿crees que estarán bien? —preguntó, dudosa.

James se sentó en el suelo.

—Oh, vamos, estarán bien. Son solo niños pequeños, ¿que crees que pueda pasar?

La respuesta llegó menos de treinta segundos después.

—¡HEY! ¡Mi Weezing no es una pelota!

Un grupo de seis niños estaban pasándose a su pokemón venenoso de un lado para el otro a los golpes como si estuvieran en un partido de vóley. James corrió hacia ellos y logró sacárselos con facilidad, no sin antes dejar a Lunita con Jessie.

—¿Estás bien, Weezing?

Weezing estaba tan mareado que apenas pudo murmurar algo. Temiendo lo peor, lo giró para que le diera la espalda y lo llevó hasta el muro de cemento. Tuvo suerte. Apenas lo puso allí, Weezing vomitó un liquido negro y espeso, muy parecido al Chorro Lodo que usaba a veces, excepto que echaba humo y parecía corrosivo, a juzgar porque mató unas flores silvestres que tuvieron la mala suerte de recibir el vómito.

—Uff, esto habrá que limpiar con lejía —murmuró, mientras se tapaba la nariz para evitar el vapor tóxico. Soltó a Weezing despacio y el pokemón descendió a la altura de sus rodillas. Dio un par de pasos para atrás y giró la cabeza para ver lo que sucedía a sus espaldas.

Arbok estaba siendo casi aplastado por tres niños que parecían creer que tenía la misma fuerza que Onix; Lickitung corría espantado de dos o tres niños que querían tocar su lengua; Growlie estaba siendo montado por una niña y parecía feliz; Caterpie estaba siendo picado por un palo por otros dos, mientras algunas niñas miraban de lejos, espantadas.

—¡NIÑOS, VAYAN A JUGAR A OTRO LADO! —gritó la maestra. Los niños obedecieron y se fueron a jugar con los pokemón de los otros tres, entre risas. Se acercó hacia Jessie y James, más tranquila—. Lo lamento, pero sus pokemón son demasiado peligrosos, lo digo por Arbok y Weezing. Los otros se pueden quedar, pero deberían llamar a los otros dos antes de que lastimen a alguien.

James parpadeó. ¿Arbok y Weezing peligrosos para los niños? Esa mujer sabía muy poco de pokemón. Es más: no sabía nada.

—¡No son peligrosos! —le gritó Jessie, roja de ira.

—¿En que se basa para decir que son peligrosos? —preguntó James, mucho más calmado.

—Son pokemón venenosos y con eso ya es suficiente. Todos saben que los Arbok son vengativos y los Weezing son sucios y portadores de enfermedades.

Eso fue suficiente hasta para sus pokemón. Arbok y Weezing se dieron media vuelta y comenzaron a marcharse hacia la verja, ofendidos.

—¡Oigan, esperen! —James corrió hacia ellos.

—¡Si no quieren a nuestros pokemón, no nos quieren a nosotros! —le gritó Jessie a la maestra. Se dirigió hacia Lickitung, Growlie y Caterpie—. ¡Ustedes sígannos, nos vamos de aquí! ¡Y Meowth, ya baja del puto árbol! ¡Nos vamos al puto Centro Pokemón!

Ignorando olímpicamente las caras de asombro de los pequeños por oír las malas palabras de su boca, Jessie salió corriendo detrás de James. Meowth, veloz como un rayo, corrió hacia Jessie y se le trepó en la espalda. Más atrás, Lickitung y Growlie los siguieron, con Caterpie montado en el lomo de este último.


Jessie y James alcanzaron a sus pokemón y pusieron a todos dentro de sus pokebolas. No pensaban volver a esa guardería ni aunque se lo pidieran de rodillas. Tanto a Arbok como Weezing los tenían desde la adolescencia, los habían adquirido el mismo año como regalo de parte de unos amigos y ambos eran prácticamente crías cuando los recibieron. Habían sido compañeros de aventura durante años y una maestra de quinta les decía como eran sus pokemón. Absurdo.

—¡Nya! —la nena maulló feliz, de vuelta en el bolsillo de James. Meowth, desde el hombro de Jessie, sofocó un grito, escandalizado, y se bajó de un salto.

—¿Qué pasa? —preguntó Jessie, deteniéndose junto con James.

Meowth la ignoró y se puso delante de James, mirando fijo a su hija.

—¡Esa palabra no se dice, Lunita! ¡Es una palabra muy mala!

—¿Nya? ¡Nya nya! —protestó la pequeña. Meowth miró a Jessie con odio y luego a su hija otra vez.

—Jessie estuvo muy mal al decir esa palabra, ¿verdad? —volvió a mirar a Jessie con enojo.

—¿Qué palabra? —preguntó Jessie.

—¡Tú sabes bien! La palabra que empieza con p.

—Meowth, estaba enojada, ni me di cuenta que lo había dicho delante de ella y de los mocosos.

—Vas a tener que moderar esa boca, Jessie. Y reconocer que estuviste mal al decirlo.

Jessie puso los ojos en blanco.

—Meowth, ya estoy grande para esto…

James la tomó del hombro.

—Hay que ser un ejemplo para Lunita. Además, vamos a ser padres y no puedes andar hablando como camionero borracho.

—¡Yo no hablo así! —saltó Jessie—. Bueno, ocasionalmente digo alguna palabrota, por Dios, ni que ustedes nunca hubiesen dicho una en su vida.

—Lo sé, Jessie, lo sé. Pero a nadie le gusta que un niño insulte. Puede que nosotros no la entendamos, pero Meowth sí lo hará.

—¡Nya, nya, nya! —maulló Lunita, con determinación.

Meowth parpadeó, sorprendido. Abrió la boca, pero tardó un poco en hablar:

—Lo harás —le respondió, aunque con vacilación. La pequeña no pareció notar eso y maulló feliz.

—¿Qué dijo? —preguntó James.

—D-dijo que algún día hablará como yo y que todos la entenderemos —le tradujo Meowth.

James estaba por preguntar si era posible que Lunita aprendiera el lenguaje humano, pero fue interrumpido por una voz:

—¡Oigan!

Los tres miraron hacia el camino y vieron a Brock corriendo hacia ellos. Estaba solo; los bobos probablemente estaban todavía en la guardería, haciendo que sus pokemón jueguen con los pequeños. Jessie se adelantó un paso, con los brazos cruzados.

—Ni pienses que vamos a volver, tomarnos todos de las manos, cantar una canción y que al final todos aprendamos sobre la tolerancia y la discriminación, como si esto fuera una película animada para niños.

—Nunca dije eso —respondió Brock, cuando recuperó el aliento—. Es más, tienen razón.

—¿Tenemos razón? —preguntó Meowth.

Brock asintió con la cabeza:

—Si. Ningún pokemón es peligrosos si está entrenado, como los de ustedes. Ninguno de ellos le harían daño a un niño.

—¿Y que haces aquí? —preguntó James—. ¿No deberías estar en la guardería?

—Estaba preocupado, eso es todo. ¿Van al centro Pokemón?

—Si.

—Los acompaño.

—¿Y los otros dos?

—Les dije que nos encontraríamos allí. ¿Vamos?

—Vamos.


Joy revisó a los pokemón de Jessie y James (especialmente a Arbok y Weezing) y les dijo que estaban bien, solo un poco estresados. Nada que un buen descanso no curara.

Mientras los pokemón estaban con Joy, los cuatro fueron a almorzar en la cafetería. Lunita se había dormido y estaba durmiendo dentro de la canasta, arriba de la mesa. Aún conservaba la manga del uniforme y estaba abrazada a él como si fuera una manta de seguridad.

—Malditos mocosos, nos arruinaron el día —murmuró Meowth, mientras comía un pedazo de salchicha—. Sabía que debimos haber pasado de largo.

—Vamos, Meowth, los niños no son demonios —le dijo Brock.

—Lo son. Tú no tienes idea.

—Crié nueve hermanos, por si te habías olvidado.

Meowth lanzó un gruñido.

—Los que yo he conocido eran unas bestias. Los que me pateaban hasta casi romperme las costillas no eran mucho más grandes que esos. Por eso no me gustan mucho los niños.

Brock respiró hondo.

—No todos son así. ¿O acaso crees que el hijo de Jessie y James va a golpearte?

Jessie y James clavaron la vista en Meowth. El felino bajó un poco las orejas.

—Espero que no —murmuró.

James le pasó una mano por la cabeza.

—Nuestro hijo no te haría daño.

—Nunca lo permitiríamos. Además, nuestro hijo va a ser bien educado, no como esos mocosos del demonio —agregó Jessie—. Y tampoco dejaría que una maestra como esa lo educara.

Meowth fijó sus ojos en el vientre de Jessie. Lo notaba un poco más hinchado de lo normal, señal de que el bebé crecía cada vez más. No veía la hora de que naciera, ya que jamás había visto un recién nacido.

—¿Falta mucho para que nazca? —preguntó

—Seis meses —respondió Jessie, acariciando su vientre—. Y dentro de un par de meses, sabremos si es niño o niña.

James torció la cabeza y miró hacia la entrada de la cafetería.

—¿Esos no son Misty y Ash?

Todos se fijaron donde James estaba mirando. Efectivamente, eran ellos y parecían muy preocupados.

—¿Ya los mocosos acabaron con sus pokemón? —les dijo Meowth, una vez que los dos bobos se acercaron a la mesa.

—No estamos para bromas, Meowth —le dijo Misty, algo irritada.

—Uno de los niños de la guardería desapareció —explicó Ash.

—¿QUÉ? —saltaron todos.

—¿Cuándo pasó? —preguntó Brock.

—Nos dimos cuenta hace un rato—dijo Misty, apesadumbrada—. Estaba solo, triste y no jugaba con los pokemón. Pensamos que les tenía miedo, pero luego nos contó que él solo quería conocer un Meowth.

—¿Un Meowth? —preguntaron Jessie y James a dúo. Meowth parpadeó y no pudo evitar sonrojarse un poco, al mismo tiempo que sintió una punzada de culpabilidad por no haber participado.

—Si. Nos contó una historia de cómo un Meowth lo salvó de un Beedril usando un movimiento tipo Lucha. Sus compañeros no le creyeron y se burlaron de él. Y luego, cuando ya habíamos terminado todo, la maestra se dio cuenta que no estaba.

Brock se levantó de la mesa.

—Hay que ir a buscarlo —dijo—. Tal vez se haya perdido en el bosque y puede ser muy peligroso.

Jessie y James se miraron entre ellos durante un segundo antes de asentir y levantarse también. Meowth soltó un gruñido.

—De acuerdo, haré mi buena acción del día. ¿Qué hacemos?


Brock tomó las riendas de la situación y decidió revisar por sectores: Ash iría solo con Pikachu; Brock iría con Misty; Jessie con Meowth y James acompañado de Lunita. Habían querido dejarla con Joy, pero había llorado tanto que decidieron que se quedara con James.

Hacía diez minutos que estaban caminando por el bosque y todavía no lo habían encontrado. Jessie notó enseguida de que Meowth era más útil de lo que creía. Si bien no era un rastreador, podía hablar con los pokemón de la zona y preguntarles si no habían visto al niño, quien respondía al nombre de Timmy, según los bobos. Un par de Butterfree le dijeron a Meowth que le habían parecido ver a un niño pequeño de cabello castaño y de ojos verde oscuro que estaba deambulando cerca de un barranco.

Al escuchar eso, Jessie apuró el paso. Un niño tan pequeño y solo en un lugar como ese era peligroso, no solo por las piedras enormse en las que se podía romper la cabeza como si fuera una nuez, sino por los pokemón peligrosos que podrían atacarlo allí.

Por un instante, a Jessie se le cruzó por la cabeza lo que sentirían sus padres si no encontraban pronto al chico. Normalmente, ella tenía la empatía de una piedra, a diferencia de James y Meowth, pero ahora llevaba un hijo en su vientre y se imaginó como estaría ella si su bebé se perdiera. Sintió un nudo en la garganta al pensar en ello. Tenia que encontrar a Timmy

Escuchó un grito que venía justo al frente de ellos. Comenzó a correr, pensando en las mil y una cosas horribles que le estarían pasando en ese momento.

Llegaron al barranco. El pequeño estaba con la espalda pegada contra una de las rocas, aterrorizado, mientras un Beedril zumbaba a un par de metros por encima de él Sus aguijones estaban listos para atravesar a Timmy como si fuera una brocheta.

Jessie metió la mano en su bolsillo para sacar su pokebola. El médico le había prohibido las batallas, pero le importaba un carajo, el chico moriría si no hacía algo rápido.

Desde la copa de un árbol cercano, un Meowth pegó un salto hacia el Beedril. Con una de sus patas traseras, le pegó con fuerza en la espalda, justo entre las alas. El Beedril se estrelló contra unas rocas y se quedó inmóvil.

Jessie se acercó a Timmy. Era obvio que era él, porque llevaba el uniforme de la guardería. Se agachó y lo tomó de la cara.

—¿Estás bien? —le preguntó, secándole las lágrimas.

—S-s-sí —tartamudeó el pequeño. Tenía el uniforme sucio de tierra y un par de raspones en las rodillas, pero nada serio. Sus ojitos brillaron de alegría al ver al Meowth que lo había salvado—. ¡Es Meowth! ¡Es el que me salvó! —gritó, mientras iba a abrazarlo. El Meowth no se negó y aceptó el abrazo.

—Debemos regresar rápido antes de que el Beedrill se recupere —dijo Meowth—. Vayamos al Centro Pokemón y nos reuniremos con los demás.

Jessie tomó al niño de la mano y comenzaron a caminar de regreso al bosque. El otro Meowth también los seguía, muy cerca de Timmy. Jessie temía de que el Beedrill se recuperara y saliera tras ellos, pero pasaron los minutos y nada. Una vez que se sintió segura, se detuvo y se volvió a agachar para ver a Timmy.

—¿Te das cuenta de lo que hiciste? —le dijo, alzando la voz—. ¡Te fuiste al medio del pu… condenado bosque, con lo peligroso que es! ¡Pudiste haber muerto! ¿Acaso no has pensado en tu familia o lo que sentirían si algo te pasaba?

El niño la miró, con los ojos llenos de lágrimas otra vez.

—L-lo si-siento, señora—tartamudeó Timmy—. Pero ellos… ellos no me creían sobre el Meowth que me salvó…

Jessie respiró hondo y apretó los puños, intentando ignorar el hecho de que la había llamado señora.

—¡No importa! ¡No debes salir así sin avisar a nadie, mocoso! ¡Hay varias personas que están en el bosque, buscándote y preguntándose donde mier… donde te encuentras!

El niño empezó a llorar con fuerza, asustado y arrepentido a la vez.

—Jessie, tiene tres años—le dijo Meowth, intentando tranquilizarla—. Creo que estás siendo demasiado dura con él.

Jessie se apretó el puente de la nariz con una mano. Si, tal vez se había pasado un poco de la raya. El niño ya estaba bastante asustado y probablemente ya había aprendido la lección.

—Vámonos —dijo de manera brusca y siguió caminando.


Todo fue alegría cuando Timmy regresó a la guardería, acompañado del grupo. El pequeño les presentó al Meowth y sus compañeritos al fin le creyeron la historia.

—Muchas gracias por encontrarlos —les dijo la maestra, agradecida.

—Fueron Jessie y Meowth quienes lo encontraron —se metió Ash—. Debería darles las gracias a ellos.

La maestra se inclinó noventa grados hacia ambos.

—Muchas gracias por encontrar a Timmy. Sin ustedes, no sé lo que hubiese pasado. Debe haber algo con lo que pueda pagarles.

Jessie pensó durante unos instantes.

—Deje que nuestros pokemón jueguen con los niños y dígales de que ellos no son peligrosos, solo incomprendidos

La sonrisa de la maestra fluctuó un poco, pero aceptó. Jessie y James sacaron a sus pokemón, no sin advertirles a los niños que tuvieran mucho cuidado. Así, comenzaron a jugar de manera mucho más calmada que unas horas atrás.

—Creo que nuestro hijo estará muy bien con nuestros pokemón, ¿no? —preguntó Jessie.

—Si. Además, esto les servirá para interactuar con varios niños.

Jessie se rió.

—Oye, ¿acaso planeas que tengamos más hijos?

James se rió también.

—Tal vez. Unos ocho o nueve más.

Jessie le dio un leve empujón en el hombro.

—Tonto.

James la tomó de la cintura y la besó en los labios. Algunas niñas soltaron suspiros de ternura, mientras los niños hacían ruidos de desagrado ante la escena.

—¡Que lindo! ¿Ustedes son novios? —preguntó una niña de trenzas, con los ojitos brillantes de emoción.

James sintió como sus mejillas se teñían de rojo y se maldijo por eso. Era su novia, se había acostado con ella, conocía su cuerpo de memoria y reaccionaba como un chiquillo tímido y un poco idiota.

—Si, somos novios —le respondió con dulzura.

Las niñas se rieron como si fueran un montón de cascabeles sacudidos por el viento.

—¿Y cuando se van a casar?

Esa pregunta no se la esperó. Su rostro pasó de rojo a blanco y su cuerpo se paralizó. Su respiración se aceleró y sus manos comenzaron a temblar un poco. Miró a Jessie para ver que respondería y se encontró con que ella lo estaba mirando. Sus ojos azules estaban tan llenos de decepción y tristeza que casi pudo ver como su corazón se rompía.

Eso fue suficiente para que James recuperara la compostura. Las niñas lo miraban, preocupadas. Intentó hablar, pero Jessie se le adelantó.

—Aún falta mucho —les respondió. No parecía enojada, sino como si de repente se hubiese acumulado un gran cansancio dentro de ella. Se dirigió a Brock—. Vayamos al pueblo a buscar provisiones y sigamos. No queremos que Ash se quede fuera de la liga por perder el tiempo, ¿no?

Brock asintió.

—Tienes razón, aún no hemos comprado nada, por todo este lío —dijo—. Ya se está haciendo de tarde, es mejor que nos marchemos.

Los seis se despidieron de los niños y de su maestra y partieron hacia el pueblo. James intentó decir algo sobre su reacción, disculparse o cualquier otra cosa pero supo que era inútil. La mirada de Jessie se le quedaría grabada en su mente para siempre.

Me mandé un error grosero en el cap anterior… Yo le inventé los nombres a los hermanos de Brock pensando que no tenían nombre… cuando si tenían. Lamento la pifia, la corregiré en cuanto pueda.

Un saludo.