Mitsuko se había marchado con un enfado descomunal; pocas veces se había encontrado con alguien que pudiera sacarle tanto de sus casillas. En cambio, Claudia parecía estar satisfecha con el interrogatorio realizado. Volvió a sentarse y dirigió su mirada a Aihara Mei, la cual se encontraba bastante pensativa mientras observaba a la inspectora.
—Intimida bastante cuando se lo propone, ¿sabe? —admitió la presidenta.
—Me lo tomaré como un halago —respondió ésta con una sonrisa.
—¿Cree que fue ella?
—No lo sé. No parece tenerle mucho aprecio a la víctima… pero tampoco sé cómo podría haberlo hecho. —Suspiró—. En realidad también hay algo que quería preguntarte, Mei.
—Dígame.
—¿Qué clase de papel tenías en la obra? —Claudia notó al instante que la chica fruncía levemente el ceño—. Quiero decir… Eres la presidenta del consejo de estudiantes, ¿no es cierto? ¿No es un poco extraño que la vicepresidenta Maruta te diera un papel tan secundario?
Mei resopló ante aquella suposición de la joven policía.
—Estoy segura de que no necesita que responda a su pregunta.
Y no lo necesitaba, pues Claudia ya sospechaba de ello desde que estuvo leyendo por encima el guion en comisaría.
—Tú ibas a ser la asesina de la obra —sentenció.
Mei asintió.
—Realmente usted intimida cuando se lo propone, inspectora.
En el consejo estudiantil acabaron entrando Yuzu y Harumi, quienes habían estado en el exterior esperando a que la conversación con Mitsuko terminara. Tanto Mei como Claudia se sobresaltaron al escuchar la puerta abrirse de repente.
—¡Es una emergencia! —gritó Yuzu.
—¿Qué ocurre ahora? —preguntó Claudia, contagiándose de la preocupación de la chica rubia.
—Los medios de comunicación se han enterado de la detención de Minami, ¡y están aquí!
—Lo que nos faltaba… —dijo la inspectora.
—También han acudido algunos adultos que estuvieron entre el público el día del estreno de la obra —añadió Harumi.
—¿Dónde están? —Claudia se puso en pie, decidida a tratar con ellos.
—En el gimnasio.
Aquel momento podría parecer una actuación especial del cuerpo de policía, pues por los pasillos de la academia caminaba Claudia con agilidad, escoltada por las tres estudiantes, decididas a intervenir en la labor de periodistas y curiosos. La detención de Minami Kuma había llegado a los medios y, por la importancia de su familia, era una noticia demasiado jugosa como para dejarla escapar. Claudia debía impedir que cualquier información comprometida saliera a la luz, pues podría ser una ventaja para el asesino si se supieran las líneas de investigación que llevaba la policía.
Llegaron al gimnasio con rapidez. A pesar de ser última hora de la mañana y momento en el que los trabajadores vuelven a sus hogares a comer con sus familias, aquello parecía tener más audiencia que la boda de un rey; fotógrafos por todas partes, reporteros entrevistando a civiles que se encontraban allí y un ambiente de nerviosismo que se palpaba al instante. Claudia reconoció a la vicepresidenta Maruta Kayo, quien estaba atendiendo a un grupo de periodistas bastante entusiasmados.
—¿Sabe cuál es el avance de la investigación? ¿Realmente Minami Kuma es el asesino? —preguntaba uno de ellos.
—¿Es cierto que la policía le está acusando sin pruebas? —se aventuraba otro de ellos, sin dejar tiempo a que Maruta respondiera a la primera pregunta.
—Les doy mis más sinceras disculpas, pero los testigos no conocemos los detalles del caso —respondió Maruta—. Si quieren preguntarme algo, cíñanse a la obra de teatro de la Academia Aihara, por favor.
—Es dicho por el director de la academia que esta obra ha sido escogida y dirigida por usted —cambió de tema el periodista—, y comenta que es la representación más misteriosa e inteligente que se ha visto por el alumnado.
Maruta asintió agradecida por los elogios pero, cuando se dispuso a responder, Claudia apareció para interrumpir la conversación.
—Pero si se ve a kilómetros que la asesina es el personaje que interpreta la presidenta del consejo.
No se podía fastidiar más con menos palabras. Para una aficionada a las novelas de misterio como Maruta, destapar la resolución del caso de la obra que dirigía era su perdición. La estudiante la miró estupefacta, mientras Claudia captaba la atención de los periodistas.
—Misteriosa sí —corrigió la inspectora, ya con una leve sonrisa vencedora—, pero inteligente… —Miró entonces a Maruta y le negó con la cabeza.
Mei, al ver una batalla más entre Claudia y Maruta, se dirigió a Yuzu y Harumi con tranquilidad.
—Y así llevan toda la mañana.
—¡Increíble! —comentó Harumi—. Ese spoiler me ha dolido hasta a mí.
Yuzu ignoró la disputa entre la vicepresidenta y la inspectora y se detuvo por un momento a observar a las personas allí presentes, ya que no todas eran periodistas. Entre el público pudo ver a las hermanas Tachibana, Sara y Nina.
—¡Sara! —la llamó.
Fue entonces cuando se percató de que Sara y Nina se encontraban con Ume, su madre, y el propio padre de Mei. Ambos habían asistido el día anterior al estreno de la obra, al igual que las hermanas Tachibana. Parecían acabarse de enterar de la presencia policial y de medios en aquel gimnasio, de ahí que acudieran a saber qué ocurría por preocupación.
Arron se encargó rápidamente de explicar a los asistentes que la detención de Minami no era algo por lo que armar revuelo y que la investigación seguía su curso normal, a pesar de no haber encontrado aún pruebas concluyentes que esclarecieran la muerte de la joven estudiante de la academia. Los civiles parecieron más tranquilos en cuanto Claudia les explicó todo aquello. En cuanto a los periodistas, ellos se mostraron algo decepcionados.
—Tranquila, mamá —la calmaba Yuzu, una vez que se apartó con ella, Mei y Shou del resto de personas—. Es verdad que han detenido a Minami Kuma, pero al parecer aún no pueden probar que fue él.
—¿Entonces ese hombre está libre a su antojo? ¿Y si él es el culpable? ¡Es posible que acaben de soltar a un asesino!
—Yuzu-chan, ¿crees que fue él? —preguntó Shou.
—Yo… no lo sé —dijo la chica rubia—, ¡pero seguro que tuvo algo que ver! Todas lo pensamos, aunque ninguna lo admita.
—Menudo disgusto para la familia Momokino —comentó Shou—; primero hieren en el pie Himeko-chan, y después acusan al prometido por asesinato.
Yuzu había pensado lo mismo. Esa familia ya había sufrido suficientes desgracias durante esos dos días.
—Mei, Yuzu —las llamó Sara, quien caminó hacia ellas para entablar conversación—, ¿dónde decís que se encuentra la inspectora del caso?
—Es aquella chica. —Yuzu señaló a Claudia, la cual aún estaba lidiando con algunos periodistas.
—¿Esa chica? Pero si parece universitaria —se sorprendió Sara—. ¿No es un poco joven para encargarse ella sola de un caso de asesinato?
—Es posible. Pero no se lo preguntes —le advirtió Mei.
—¿Y por qué quieres saber quién es la inspectora, Sara? —preguntó Yuzu.
—Tengo que entregarle una prueba.
—¡¿Cómo que una prueba?! —se inquietó la chica rubia—. ¡¿Del asesinato?!
Sara asintió.
—Bueno, al principio no pensé que fuera una prueba, pero dijeron en televisión que habían detenido a ese hombre… —explicó.
—¿Y? —Mei parecía también interesada en aquel misterioso hallazgo.
—Dijeron que lo soltaron por falta de pruebas, porque no pudo hacerlo.
—Y es cierto —aseguró Yuzu—, Minami estuvo todo el tiempo en los palcos, demasiado lejos del escenario.
—¡Por eso pensé que debía dársela! —dijo Sara, más animada—. La encontré ayer, pero no estaba segura de si era importante hasta ahora.
—¿Y de qué prueba se trata? —se interesó la chica rubia.
—Puede que sea una carta dirigida al asesino. —Sara buscó en su bolso y sacó de él un papel arrugado. Acto seguido se lo entregó a Yuzu y ésta lo leyó en voz alta.
»Llegó la hora del gran final. Nunca dudarás de nuestro trato, y nunca incumplirás esta orden. La pistola está en tu poder, úsala bien. Y efectúa dos disparos por la espalda con todo tu odio.«
—Un momento, eso quiere decir… —intentó decir Mei.
—Que no hay un único asesino… sino dos —completó Yuzu.
Mei se llevó una de sus manos a la frente, sintiendo impotencia, pues eso solo podría significar que ahora entre ellos había dos criminales, y no solo uno.
—¡Esta carta confirma que alguien dio la orden de matar! —Yuzu se mostraba realmente inquieta.
—¡Exacto! —dijo Sara.
—Pero no creo que sirva de nada —comentó Mei, desilusionando a las dos chicas—. Mírala bien; esta carta está escrita a máquina, no hay forma de saber quién la escribió. Incluso podrías haberla fabricado tú.
—¡Mei! —le regañó Yuzu.
—Es lo que pensará la policía —aclaró ella—. Si esa prueba no fue encontrada el día del crimen por los agentes, perderá validez.
—¡Pero tenemos que intentarlo! Hablemos con la inspectora Arron, ella lo entenderá —animó la chica rubia.
—Solo haremos perder el tiempo a la inspectora con este asunto —respondió Mei con tranquilidad, para después dirigirse directamente a su hermanastra—, aunque lo harás de todas formas, ¿verdad?
—Pues claro que lo haré, ¡ella debe saberlo! —afirmó Yuzu. Se aproximó entonces a Sara en señal de invitación—. Vamos, Sara, te acompañaré a hablar con la inspectora.
Yuzu se alejó junto a su amiga ante la mirada de Mei para poder hablar con la inspectora una vez más y comentarle sobre aquella misteriosa prueba que había aparecido de repente. Claudia aún seguía cerca de Maruta Kayo. Con su última aparición había conseguido ahuyentar a los periodistas por completo y observaba curiosa el escenario.
—¿Inspectora Arron? —Yuzu la sacó de sus pensamientos en cuanto la llamó.
—Ah, Yuzu. —Claudia se giró para atenderla. En ese momento apreció que iba acompañada—. ¿Necesitáis algo?
La chica rubia no esperó por más tiempo y extendió la mano con aquella carta hacia Claudia. Ésta la miró extrañada.
—¿Qué es esto?
—Léalo, por favor.
A Claudia le bastaron pocos segundos para leer dicha carta. Su expresión cambió totalmente al comprender la gravedad de la situación.
—Vámonos —dijo la inspectora de inmediato.
—¿Cómo dice? —Yuzu no alcanzaba a entender qué quería decir.
—A comisaría. Vamos, no pueden vernos marchar o empezarán a husmear de nuevo —Claudia la tomó con cuidado del brazo y comenzó a caminar llevándose a Yuzu—. Me vas a decir ahora mismo dónde has encontrado esto.
—Espere, yo no la encontré —respondió Yuzu, haciendo que Claudia se detuviera—. Mi amiga la trajo aquí para dársela.
Ambas miraron hacia atrás, reparando en que Sara aún se encontraba allí de pie, observándolas con asombro. La inspectora lamentó tener que llevarse a un testigo más, ya que no quería llamar la atención, pero no le quedó más remedio. Caminó hasta ella y también la invitó a seguirla. En cuestión de minutos consiguieron salir del recinto de la Academia Aihara sin ser vistas, o eso creían.
—¿Adónde van? —Harumi apareció a escasos metros detrás de ellas—. ¿Ha detenido a Yuzucchi?
—No se preocupe, solo será un interrogatorio rápido, pero debe ser en privado —respondió Claudia volviéndose hacia ella.
—¡Yo también voy! —Harumi avanzó rápidamente para colocarse junto a Yuzu.
—¡Esto no es una excursión! —se quejó la inspectora.
—¡Tiene que interrogarme! Hasta ahora no lo ha hecho, ¡y soy una testigo también! —se defendió Harumi.
—¡¿Desde cuándo una sospechosa tiene ganas de que la interroguen?!
—¡La vicepresidenta Maruta Kayo siempre se ve feliz cuando lo hace!
—¡Esa chica es un caso extraño!
—Deje que venga con nosotras, inspectora —intervino Yuzu—, solo está preocupada por mí. Es mi mejor amiga.
La chica rubia parecía conocer muy bien la forma de actuar de su fiel compañera de batallas, Taniguchi Harumi. Se empeñaba en ser interrogada por la inspectora para poder ir con ellas, aunque eso pudiera considerarla como sospechosa. Sin embargo, si ella no era la asesina que buscaban, no tendría nada que temer. Así pues, Claudia finalmente aceptó que la chica pudiera acompañarlas. Era cierto que Harumi no había despertado en ella muchas sospechas pero, teniendo en cuenta que era la hermana pequeña de una de las posibles implicadas, sabía que tarde o temprano tendría que escuchar su testimonio.
Subieron al coche privado de Claudia y ésta condujo hasta la comisaría de policía. El Comisario Jefe se sorprendió al ver a su subordinada llegar, tan solo un par de horas después de haberla visto marchar de allí, y acompañada nada más y nada menos que de tres estudiantes. Intentó preguntarle qué estaba ocurriendo cuando pasó frente a su despacho, pero la joven inspectora le hizo ver que no era buen momento y que después se lo explicaría con más detalle. Claudia pidió a Harumi esperar en una de las salas de interrogatorio, y acompañó a Yuzu y Sara a la sala contigua. Les dijo que la esperaban un momento y las dejó solas unos minutos, para después volver con una carpeta en tono marrón en una mano y lo que parecía una hoja de informe en la otra. Colocó ambos objetos sobre la mesa y abrió la carpeta hasta toparse con la fotografía de la chica albina.
—Tachibana Sara, ¿no es así? —preguntó en voz alta, sin siquiera levantar la mirada.
—Sí —respondió ésta.
—Gracias por aportar una posible prueba al caso. He llevado la carta al laboratorio, allí nos podrán decir si tiene huellas dactilares de alguien más aparte de usted. —Claudia dejó de ojear la carpeta y al fin alzó la vista para observar a la chica—. Según el expediente del caso, se encontraba en primera fila, ¿verdad?
Sara asintió con timidez. Yuzu no quiso entrometerse, por lo que permaneció en silencio.
—¿Dónde encontró la carta?
—Debajo de mi asiento…
—¿Qué? Pero eso… no tiene sentido. —Claudia se mostró pensativa, algo no acababa de encajarle.
—¿Por qué lo dice? —preguntó Sara.
—La carta iba dirigida al asesino, a la persona que tenía que disparar a Shiraho. ¿No es más lógico que la encuentren cerca de donde se produjeron los disparos?
—Sí, bueno… —Sara parecía estar de acuerdo.
—A menos que el asesino fuera alguien sentado entre el público, cerca de la primera fila, y se le callera allí —concluyó.
Sara se mostró nerviosa al instante.
—N-no piense que yo tuve algo que ver con su muerte…
—¿Iba sola a la obra, o alguien la acompañaba? —Claudia ignoró su respuesta.
—Iba… Iba con mi hermana. Yuzu nos informó acerca de la obra y nos invitó a asistir. No nos movimos de nuestros asientos hasta que ocurrió el crimen.
Sara fijó su mirada directamente en los ojos verdes de Claudia. Su rostro denotaba decisión, pero también parecía sentirse acorralada. Después de todo, para nadie sería agradable someterse a un interrogatorio por un policía en un caso de asesinato.
—Perdone, pero ahora que tiene la carta… ¿podría irme ya? Mi hermana estará preocupada, me marché sin decirle nada.
Claudia se relajó y le dio permiso para abandonar la sala, no sin antes pedir a un agente que acercara a la estudiante a su residencia. De nuevo, se quedó a solas con la joven Yuzu, quien parecía pensativa.
—Bueno… al menos ya tiene una prueba más contra Minami, ¿no? —La chica rubia fue la primera en hablar después de unos segundos.
—¿A qué viene esto? —Claudia parecía indignada—. ¿Desde cuándo las pruebas desaparecen y aparecen de la escena del crimen?
—Según me dijo, no pensó que era una prueba y se la llevó con ella. Puede que creyera que era parte de la obra.
—Ya… la verdad es que el mensaje de la carta tenía cierto aire poético, sí… —La inspectora se mantuvo en pie, pero se apoyó en la mesa que allí se ubicaba y se cruzó de brazos—. Pero ¿qué diablos está ocurriendo aquí? Parece como si este caso fuera una obra de teatro en sí mismo. Incluso los sospechosos parecen actuar.
Yuzu se puso también en pie y se aproximó a Claudia. Tenía intención de decirle algo para animarla, pues la veía realmente frustrada con todo aquello, pero la inspectora siguió hablando.
—Lo único que sé con certeza es que el gimnasio estaba cerrado durante la representación de la obra y que nadie entró ni salió de allí. El asesino debía de estar dentro una vez comenzó el espectáculo.
—Y la carta nos dice que alguien dio la orden —completó Yuzu.
—Exacto, pero quien dio la orden debía de estar dentro del gimnasio también. —Claudia vio que la chica rubia arqueaba una ceja, confundida—. Quiero decir que si yo fuera el asesino, no llevaría la carta que me da orden de matar encima mientras estoy cometiendo el crimen, porque eso solo me incriminaría. Si la llevaba, es porque se la dieron allí mismo.
—Entonces… ¿eso quiere decir que ambos asesinos estaban dentro del gimnasio cuando se representó la obra?
—Pero ¿qué clase de asesino mata delante de tantos testigos? Otra vez esa maldita aura teatral.
—¿Y la pistola? Podrían encontrar alguna huella del criminal ahí —sugirió Yuzu.
—Analizamos el arma del crimen y no hay una sola huella en ella, tuvieron que usar guantes para disparar. —Estiró el brazo para alcanzar aquella hoja de documento que había traído. En ella figuraba el análisis de la pistola: limpia como una patena—. Este caso es un dolor de cabeza.
—Por cierto… ¿por qué me cuenta estos detalles de la investigación, inspectora? Se supone que soy sospechosa también.
—Bueno… digamos que eres la única que, de momento, tiene mi absolución —dijo, mientras continuaba fijando la vista en aquel documento que se encontraba en sus manos.
—¿Nunca sospechó de mí? —Su voz casi sonó a decepción, al ver que ni la inspectora del caso veía una pizca de maldad en ella.
—No. —Claudia la miró y le sonrió—. Pero esas chicas, las hermanas Tachibana, estaban muy cerca del escenario y no vieron nada. Sea quien fuera la persona que disparó a Shiraho, debió de hacerlo bastante rápido.
Ambas volvieron a quedarse en silencio. Claudia sentía que había aún elementos ocultos, esperando a ser descubiertos, con los que podría completar aquel macabro rompecabezas que tanto la estaba desesperando.
—¡Inspectora Arron! —Uno de los agentes de servicio abrió la puerta de la sala y se dirigió a Claudia.
—¿Se sabe algo de la carta, agente? ¿Han encontrado huellas? —se interesó ella.
—Aún no se ha tenido tiempo de analizarla al completo, inspectora, pero sí hay algo extraño en cuanto a los movimientos financieros.
—¿De qué se trata?
—Hemos detectado que la cuenta bancaria del sospechoso Minami Kuma transfirió una gran suma de dinero a otra cuenta días antes del crimen.
—¿Gran suma de dinero? —repitió Claudia, sorprendida. «Esto huele a pago por encargo que apesta…», pensó—. ¿Acaso ese hombre se ha empeñado en tener todas las pruebas en su contra?
El agente se encogió de hombros sin saber qué decir.
—Bueno, y… ¿tenemos el nombre del titular de la cuenta que recibió el dinero de Minami, por casualidad? —preguntó la inspectora acto seguido.
—Sí que lo tenemos.
—¿Y quién fue?
—Su nombre es Mizusawa Matsuri.
