Tanto Claudia como Yuzu habían permanecido unos segundos en silencio al escuchar ese nombre. Matsuri, quien había pasado desapercibida toda la mañana hasta ese momento, se veía ahora en el punto de mira.

—¿Mizusawa Matsuri? ¿Esa no es la chica de colegio que hacía de tramoyista? —se extrañó la inspectora.

—No es posible —habló Yuzu—, Matsuri no puede haberlo hecho.

—No se le ve muy inocente que digamos… pero tendremos que contemplar todas las posibilidades —comentó Claudia. Se dispuso entonces a salir de la sala, seguida de la chica rubia—. Por lo pronto voy a tener una charla amistosa con tu amiga, Harumi, y después tendré que marcharme a casa a comer con mi familia. Si me quedo aquí más tiempo siendo mi primer día, será mi jefe el que me pegue un tiro por trabajar demasiado.

—Está bien. Yo esperaré aquí a Harumin y nos iremos juntas a casa.

—Gracias por tu ayuda, Yuzu.

Claudia se despidió de la chica rubia y se dirigió a la sala contigua, en la que se encontraba Harumi esperando. Sabía qué clase de persona era ella, pues la había calado desde el principio, y por ello sospechaba que aquella charla amistosa iba a ser complicada de llevar.

—Siento hacerla esperar —dijo Claudia al entrar por la puerta de la sala.

—No es necesario que sea tan formal, inspectora —respondió Harumi—. Aunque sea una Taniguchi, no me parezco nada a mi hermana.

—Pues ambas son las únicas sospechosas que me han pedido directamente que las interrogue. —Claudia rodó los ojos y se sentó frente a la chica—. ¿Dónde te encontrabas en el momento del crimen?

—En una pequeña sala que usamos ayer como camerino para la obra. No me tocaba actuar en ese momento, así que fui a por algo de comer.

—¿Alguien te vio o puede confirmar que estabas allí?

—Pues… no —se lamentó Harumi—, pero yo no tenía motivos para matar a Shiraho-san. No es que fuéramos amigas del alma, pero no nos llevábamos mal.

—No te preocupes, soy experta en encontrar motivos. Si tienes tan solo uno, lo acabaré descubriendo.

Pudo oír a la chica tragar de forma temerosa.

—Cambiando un poco de tema… conoces bien a Yuzu, ¿no? ¿Y a Mei?

—Bueno, a la presidenta no la conozco tanto, pero supongo que podré ayudarla. ¿Qué necesita saber?

—Es que hay algo que me resulta extraño en ellas —aseguró Claudia—. ¿Les suele molestar referirse a ellas mismas como hermanas?

—¿A Yuzu o a la presidenta? —preguntó Harumi.

—Pues… ¿a Yuzu?

—No lo sé.

—Entiendo. ¿Y a Mei?

—Tampoco lo sé.

—¿Es posible que sientan que tienen una relación más profunda que la de simples hermanastras? —volvió a preguntar la inspectora—. No sería la primera vez que dos hermanastras niegan serlo por falta de aceptación.

—¿Yuzu o la presidenta? —siguió Harumi.

—¿Yuzu?

—Es posible.

—¿Y… Mei?

—También.

Claudia comenzó a extrañarse de las respuestas de la sospechosa, pues parecía que sabía exactamente lo mismo acerca de las dos estudiantes.

—Oye… ¿por qué cuando te pregunto algo me das a elegir entre Yuzu o Mei? Al final tu respuesta es la misma en ambos casos.

—Pues porque Yuzu es mi amiga —dijo Harumi.

—Ah, entiendo. —Claudia temió preguntar, pero la curiosidad fue mayor—. ¿Y Mei?

—¡También!

—¡Ya basta!

—Es que es usted tan joven que me da confianza —admitió la estudiante.

—Pues si te doy tanta confianza, ¡cuéntamelo todo!

—¡Está bien! —Harumi juntó sus manos en señal de disculpa y se dispuso a hablar—. En realidad… no sé gran cosa, no es algo de lo que Yuzu me tenga muy informada.

—¿Lo oculta?

—Quizás sí, quizás no. A lo mejor no es nada importante.

—Pero siento que esconden algo…

—Instinto policial, ¿eh?

—Mei quizás no es tan fácil de leer, pero Yuzu… es un libro abierto.

—Pues mucha suerte leyendo el libro —dijo Harumi con una sonrisa amistosa.

—Sí, gracias por todo. Puedes marcharte ya, Yuzu está esperándote para iros juntas a casa.

Claudia dio así por terminado su turno del día e igualmente se retiró para ir a comer a su hogar con su familia. Realmente no dejaba de darle vueltas al caso, pues sentía que había algo muy profundo detrás de toda esa obra teatral, y que más de un sospechoso estaba ocultando algo.

Por su parte, Yuzu y Harumi caminaban hacia sus casas tras haber salido del edificio policial. La chica rubia se mostraba pensativa, después de conocer que Matsuri había sido la que recibió el misterioso pago de Minami.

—¿Qué ocurre, Yuzucchi? —le preguntó su amiga, viendo que había permanecido callada desde que salieron de la comisaría.

—Es que… creo que la inspectora tiene razón, hay algo raro en todo esto —respondió ella—. ¿No crees que es demasiado obvio que Minami sea quien dio orden de matar?

—¡¿Alguien dio órdenes de matar?!

—Ah, cierto, tú no lo sabías —se percató Yuzu—. Sara encontró una carta escrita a máquina donde se daba la orden de matar a Shira-pon.

—¡Increíble!

—Y la policía acaba de descubrir en los movimientos bancarios de Minami que realizó un pago días antes del asesinato a alguien que estaba en la obra. —Yuzu suspiró pesadamente—. Y ese alguien es Matsuri.

—¡¿Estás jugando conmigo?! —Harumi se detuvo y se llevó las manos a la cabeza—. ¿Esa enana disparó a Shiraho-san?

Yuzu también se detuvo y se encogió de hombros, pues ni ella misma lo sabía.

—Lo único seguro por el momento es que había dos personas implicadas en el crimen —afirmó la chica rubia.

—Solo espero que mi hermana no tenga nada que ver en todo esto… —dijo Harumi, mientras comenzaba a caminar de nuevo—. Últimamente está malhumorada todo el tiempo.

—Pero si ella siempre está malhumorada.

—Bueno, más de lo normal, quiero decir —corrigió—. Creo que está pasando algo en la academia que no sabemos.

—¿Puede que el director lo sepa? —preguntó Yuzu.

—Puede que hasta la presidenta lo sepa.

—¿Mei? No puede ser, ella me lo habría contado.

—Solo digo que ella es presidenta antes que hermanastra. —Harumi giró su rostro para mirar a Yuzu—. No te confíes demasiado.

«Pero ella no es solo mi hermanastra…», pensó Yuzu.

—Mira, hablando de la reina de Roma… —dijo Harumi.

Yuzu vio que Harumi fijaba su vista ahora al frente, así que la siguió y, al final de la calle, pudo ver a Mei. Se encontraba allí parada, girada hacia ellas. Parecía que se había dado cuenta de que habían coincidido y estaba esperando a que la alcanzaran.

—¿Cómo ha ido? —preguntó Mei, una vez que Yuzu y Harumi se acercaron a ella. Estaba claro que se refería a lo ocurrido en comisaría.

—No estoy muy segura… —aseguró la chica rubia.

—Podemos hablar de ello en casa, si quieres.

Yuzu asintió. Las tres estudiantes siguieron caminando hasta llegar al cruce donde se separaban de Harumi. Ya sin ella, Mei sí trató de conversar con su compañera de forma más amable, pero Yuzu no parecía estar demasiado cómoda.

Al llegar a su hogar, ambas dejaron su material escolar en la habitación que compartían. Mei sabía ya que algo le ocurría a Yuzu, pero tampoco quería forzarla a contarlo. No sabía qué hacer ante aquella situación.

—Mei… —habló al fin la chica rubia, para su sorpresa. Aún estaba de espaldas, colocando su bolso encima del escritorio.

—Dime —respondió ésta.

Yuzu se dio media vuelta para mirarla, ahí pudo ver que su rostro mostraba tristeza y confusión. Se acercó entonces a ella para confortarla.

—Has estado muy callada desde que nos vimos. ¿Ocurre algo? —preguntó Mei, posando su mano sobre su hombro.

En ese momento los ojos de Yuzu buscaron los suyos, y el tiempo casi pareció detenerse mientras apreciaba aquel mar esmeralda. Su propio rostro también fue atrapado cuidadosamente por las cálidas manos de la chica rubia.

—Bésame, Mei.

Aquello sorprendió a la presidenta, pues pensaba que aquel no era un comportamiento muy habitual de Yuzu. Pero no quería dudar, no quería rechazarla.

—Por favor. —La chica rubia acercó levemente su rostro al suyo.

Y aquel cosquilleo volvió a recorrer su cuerpo, como siempre lo hacía, y sintió el impulso de besarla en ese mismo instante. Tomó la cintura de Yuzu y aproximó sus labios a los suyos, fundiéndolos en un profundo beso. Notó entonces cómo la chica rubia rodeaba su cuello con sus brazos, aferrándose a ella. Podría haberse derretido allí mismo, pues sentía el ardor desmesurado que Yuzu provocaba en ella; un fuego interior que parecía incitarla a decirle que la amaba una y otra vez, a abrazarla hasta que no le quedaran fuerzas o incluso a desear besar lentamente cada centímetro de su piel.

La chica rubia parecía más tranquila después de aquel beso. Aun así, no quiso separarse de su hermanastra, manteniendo sus brazos alrededor de ésta, insistiendo en abrazarla.

—Estás muy pegajosa hoy —señaló Mei.

—Pues no parece que te moleste —respondió Yuzu entre risas.

—No me molesta.

Claudia llegaba a comisaría al día siguiente. Estaba impaciente por empezar otra jornada de búsqueda e indagación en la Academia Aihara, y tratar de acercarse un poco más a la verdad que escondían aquellos muros. Dejó su bolso en su mesa, la cual al fin empezaba a utilizar, y se sentó para repasar con papel y lápiz la línea de investigación de Minami; parecía tener la oportunidad de hacerlo, si es que se confirmaba que Matsuri apretó el gatillo, y también habría sido capaz de conseguir el arma del crimen fácilmente. El motivo, sin embargo, era lo que más intrigaba a Claudia; Minami no tenía uno claro. Sí, era cierto que aquel hombre no le tenía mucho aprecio a Shiraho, pero… ¿por qué? Ni siquiera se conocían lo suficiente como para desarrollar una enemistad tan visible.

—Claudia —la llamó el Comisario Jefe—, ¿tienes un momento?

—Ah, claro. —La inspectora lo invitó a sentarse—. ¿Es sobre el caso?

—Bueno, en un principio no parecía tener relación alguna con el asesinato, pero creo que te puede interesar bastante.

—¿De qué se trata?

—Akihiro-san encontró ayer por la tarde el anillo que le habían encargado buscar en la Academia Aihara.

—¿Se refiere al anillo que había desaparecido?

—Sí —afirmó el Comisario—. Me ha llamado esta mañana para informarme, y resulta que ese anillo pertenecía a la familia de la joven asesinada.

—¿Qué? ¿El anillo pertenecía a la familia de Shiraho? —Claudia realmente se sorprendió al oírlo.

—¡Ja! Pues ponte cómoda, porque eso no es todo: el anillo lo tenía otra estudiante.

—¿Quién?

—La chica se llama Momokino Himeko, según me dijo Akihiro-san.

—¿La coja? ¿Me está tomando el pelo? ¡Si es una de nuestras sospechosas!

—¿Crees que pudo robárselo? —preguntó el Comisario—. Podría ser un buen motivo para matar; al parecer, ese anillo era una vieja joya de la familia de Shiraho.

—Asesinato, robo… ¿cuántos delitos más nos vamos a encontrar en esa academia? —comentó Claudia con pesadez.

—Interrógala, hay que saber por qué tenía ese anillo. —El Comisario se dispuso a levantarse.

—De acuerdo… —decía Claudia. En ese momento recordó que quería decirle algo más—. ¡Ah, jefe! ¿Se sabe algo de las pruebas de ayer? Ya sabe, aquel papel quemado y la carta escrita a máquina.

—Por el momento solo se han podido obtener resultados de huellas dactilares en la carta —respondió éste—. Las únicas encontradas han sido las de Tachibana Sara, Aihara Yuzu y las tuyas.

—O sea, que no tenemos nada. —La inspectora suspiró—. ¿Y no se sabe qué podría ser ese papel quemado que traje? La víctima se deshizo de él en una de las papeleras de la academia, siento que es importante.

—En cuanto laboratorio dé con algo te lo diré, no te preocupes.

El Comisario se marchó finalmente y Claudia se dispuso a salir de inmediato rumbo a la Academia Aihara. «Será posible, incluso habló conmigo aquí en comisaría esa Momokino, ¡y me mintió a la cara!», pensó.

En cuestión de minutos, Arron llegó en su coche particular a su destino. Pasó rápidamente la reja de entrada y caminó hacia el edificio principal. Si las clases estaban cortadas para todas las sospechosas del caso, posiblemente Momokino se encontraría en la sala del consejo estudiantil. Claudia fue directamente allí sin vacilar, dio dos leves golpecitos a la puerta y escuchó la voz de Mei dándole permiso para pasar.

—Buenos días, ¿se encuentra aquí la estudiante Momokino Himeko? —preguntó Claudia, asomándose desde el umbral de entrada.

—¿Puedo ayudarla en algo, inspectora? —Momokino se puso en pie con la ayuda de una de sus muletas.

—Y tanto que puede —respondió Claudia con una sonrisa pícara—. ¿Me va a contar ya cómo es que tiene el anillo de la chica asesinada o tengo que detenerla por robo?

Momokino y Mei se sorprendieron tanto que parecieron quedarse de piedra.

—¡¿Cómo que robo?! ¡Cuánto descaro! —se molestó Himeko.

—Creo que será mejor que las deje solas unos minutos —comentó Mei, levantándose y caminando hacia la entrada—. Si me necesita, inspectora, estaré fuera.

—Gracias, Mei —le dijo Claudia antes de pasar al interior y ocupar uno de los asientos.

Momokino igualmente volvió a ocupar el suyo.

—Quiero que me lo expliques tú.

—No hay nada que explicar, inspectora. ¡Y deje de tutearme!

—¿Ah, no? ¿Y cómo es que llevas tú ese anillo? Ya me dijiste ayer en comisaría que apenas conocías a la víctima, ¿no?

—Shiraho-san siempre ha sido muy agradecida, aunque no lo parezca —dijo Momokino—. Me regaló este anillo como muestra de agradecimiento por haberla dejado participar en la obra.

—¿Acaso crees que soy estúpida? ¡Búscate una mentira mejor, Doña Muletas!

—¡Le estoy diciendo la verdad!

—Ese anillo es una antigua joya de la familia de Shiraho —afirmó Claudia—. ¿De verdad me quieres hacer creer que la chica te regaló una joya semejante solo por dejarla participar en una obra de teatro?

Momokino guardó silencio.

—¿Sabes qué es lo que pienso yo de todo esto, vicepresidenta? Que, o bien se lo robaste…

—¡Yo no robé nada! —se apresuró a decir.

—O bien ella te lo regaló… porque eran amantes —concluyó la inspectora.

Se había tirado al vacío sin paracaídas con aquella suposición, pero realmente era la única que encajaba de entre todas las que había deducido. La estudiante pareció aguantar la respiración en cuanto escuchó a Claudia decir aquello; había acertado.

—¡Qué tonterías dice usted, inspectora!

—Mira, chica, vamos a dejarnos ya de bromas. —Claudia le habló seriamente—. A ti esa cojera te estará librando de una acusación formal por asesinato en toda regla, pero tus mentiras me dicen que tienes algo que ver con esa muerte.

El rostro de Momokino era ahora el de una joven indefensa, Arron la tenía contra las cuerdas y no le quedaba más remedio que contarlo todo sobre su relación con Shiraho. Sabía que sería difícil para ella admitirlo, por su compromiso con Minami Kuma, pero no era ya momento de ir con tacto, sino de conocer la verdad.

—Éramos amantes, sí… —afirmó Himeko con gran pesar—, pero por eso mismo no tenía razones para matarla. Yo… la amaba.

—¿Lo sabe su prometido? —preguntó Claudia.

—Sí, él lo sabía. Por ello se presentó aquel día en la academia.

—¿A qué se refiere?

—El día que Shiraho-san me disparó en el pie… digamos que la discusión que mantuve con mi prometido fue porque él se había enterado de que lo engañaba.

—Y por eso Minami odiaba tanto a Shiraho…

—Pero él no pudo disparar, estuvo en los palcos todo el tiempo.

—En estos momentos ya no es necesario que tuviera que moverse de allí, hemos encontrado una carta que ordenaba a alguien matar a la chica —explicó Claudia—. Y ahora mismo es quien tenía el motivo más poderoso de todos…

—¿Cómo dice? ¿Qué motivo?

—Celos, o tal vez la humillación de haber sido engañado de esta forma. Conociendo a su familia…

—Entonces… ¿por qué no lo ha detenido aún?

—Debo confirmar algo primero —respondió la inspectora. «La tramoyista será mi siguiente objetivo», pensó. Se levantó de su asiento y se dispuso a marcharse—. Gracias por su tiempo, y por su sinceridad. Sé que no ha tenido que ser fácil para usted.

—Solo espero que realmente sirva para algo todo lo que le he contado.

—Servirá, no se preocupe. —Claudia se despidió inclinándose levemente y salió de la sala.

Ya en el exterior, tuvo tiempo de pensar mejor todo lo que había descubierto; Momokino le era infiel a Minami con Shiraho, menuda noticia. Sin duda Minami era el candidato perfecto para ser el culpable, pero tendría que asegurar primero que Matsuri fue quien disparó a la víctima. Por otra parte, ¿sería posible que alguien más supiera lo que estaba haciendo Momokino?

Esperaba ver a Mei al salir de la sala del consejo estudiantil, pero no se encontraba por allí. Caminó entonces a través del pasillo hasta llegar al borde de las escaleras que conducían a la planta de abajo. El edificio principal era bastante amplio, y Claudia incluso podía asomarse desde la planta superior y ver la inferior. Fue así como dio con Mei, la cual se encontraba acompañada de su hermanastra, Aihara Yuzu.

Al principio no le dio demasiada importancia y se dispuso a bajar las escaleras para encontrarse con ellas, pero su alarma interior dio el aviso cuando vio a Yuzu tomar la mano de Mei y acercarse para besar su mejilla. La inspectora comenzó a atar cabos de inmediato, recordando que la chica rubia se había mostrado reacia a ser llamada «hermana» de Mei. Además de eso, las hermanastras no se mirarían de esa forma, no como si fueran a besarse en cualquier momento.

—¡Buenos días, inspectora! —oyó a sus espaldas.

Aquella voz rompió por completo su paz interior, pues la conocía demasiado bien.

—Usted… de nuevo —respondió Claudia sin siquiera girarse.

La vicepresidenta Maruta Kayo se situó a su lado y se ajustó sus gafas con elegancia.

—¡¿Ha descubierto algo nuevo?! —Su efusividad se podía notar a kilómetros de distancia.

—En realidad…

—¡Puede interrogarme de nuevo, si quiere!

—¿Es posible que la presidenta del consejo de estudiantes sea lesbiana?

—¡Ah, lesbiana! Esos se llevan bien con los géminis, ¿no? La verdad es que no recuerdo cuándo nació ella…

—¿Qué…?

—Pero estoy segura de que ella pertenecía a otro signo del zodiaco.

—Usted no se entera de nada, ¿verdad? —Claudia suspiró y se llevó su mano a la frente, en señal de agotamiento—. Se lo digo en serio, tiene un comportamiento tan raro que parece hasta sospechosa.

—¿So-sospechosa? —Maruta se sorprendió al principio, pero al instante pareció sonreír.

—Llámeme loca, pero parece que… ¿se alegra?

—Ah, discúlpeme. —Maruta rio levemente—. Es que usted, la joven e imparable inspectora del caso, me tiene como sospechosa. Esto no sucede todos los días.

—Sí… seguro que es usted la envidia de la academia…

Claudia pudo ver que, en la planta de abajo, ya no había ni rastro de Mei, y Yuzu estaba subiendo las escaleras próximas a ella.

—Ah, inspectora. Bueno días —la saludó la chica rubia.

—Buenos días, Yuzu. —Claudia le devolvió el saludo—. ¿Sabes dónde podría encontrar a la chica tramoyista?

—¿Matsuri? Ella no estudia aquí. —Yuzu se acercó a Arron y Maruta—. ¿Acaso va a interrogarla?

—Sí, necesito tener una charla con ella.

—¿Mizusawa-san? ¿Me he perdido algo? —preguntó Maruta.

—Oiga, ¿no tiene labores de vicepresidenta que hacer? —le dijo Claudia.

—En este momento, no —respondió ella.

—Si quiere, contactaré yo a Matsuri para que vaya a comisaría, inspectora —se ofreció Yuzu—. La acompañaré hasta allí para que pueda hablar con ella.

—Te lo agradecería mucho. —Claudia asintió—. Os esperaré en comisaría.

Claudia se despidió cortésmente de las dos estudiantes y se marchó entonces de la Academia Aihara con la sensación de labor cumplida; poco a poco todas las piezas del puzle iban encajando, a su ritmo. Aún quedaban algunas por colocar para poder resolver el caso, pero cada vez estaba más segura de que podría dar pronto con la solución de aquel enigma.