Ajj, odio tardar tanto. Mi PC se quemó y tuve que conseguir otra. Aun así, me las arreglé para publicar otro capítulo antes de que termine el mes. Dios aprieta, pero no ahorca.

El cap iba a ser más largo, pero esto tiene como 4800 palabras así como está, así que, ¿para qué alargarlo más?

Kisame: Delia vive en una nube de pedos, en su pequeño y lindo mundo donde no pasa una mierda. Ash es un mocoso que apenas sabe lo que es una chica, por Dios.

Alen: No creo que les afecte, digo, es información anónima al fin y al cabo, no creo que corran peligro, al menos por esto.

Kaiser: ¿Sabes que tienes razón? Jessie se debe andar retorciendo en la cama, pero no puede tener intimidad con James, rodeados de personas. En un momento, eso le va a valer mierda y bueno… Ash sabrá de primera mano de donde vienen los bebés.

Un saludo a todos y espero poder publicar dentro de dos semanas por lo menos.

Capítulo veintiséis

Bajo la fábrica

Al día siguiente, Ash y compañía llegaron a una gran ciudad, conocida por contener en su interior una fábrica de juguetes para pokemón llamada "Estrella Fugaz" Por alguna razón, Brock notó incómodos a los ex integrantes del Equipo Rocket. ¿Malos recuerdos? ¿Antiguas fechorías esperando ser cobradas? Algo de eso era, estaba seguro

Se alojaron en el Centro Pokemón, felices de estar de vuelta en la civilización. Jessie y James apenas comieron y no tardaron en levantarse de la mesa, alegando estar cansados y que deseaban acostarse temprano. Al poco rato, Brock se levantó con la misma excusa. Se acercó a la puerta de la habitación compartida y pegó la oreja a ella.

—Creo que es un poco arriesgado —decía Jessie, preocupada.

—Sé cuidarme solo. Solo me ausentaré un par de horas. Es lo mejor que puedo hacer ahora — respondió James, en un suspiro.

—¿Cuándo te vas?

—A la medianoche, cuando todos duerman. No quiero que los otros se enteren. Ni siquiera Meowth. Él no puede ir conmigo.

—Déjame ir contigo…

—No —respondió James, cortante—. No es lugar para una mujer embarazada.

Hubo una pausa.

—De acuerdo. Cuídate mucho.

—Lo haré, Jessie.

Brock puso la mano sobre la perilla, la giró y se metió en la habitación. Jessie y James, quienes estaban sentados en una de las camas cuchetas de abajo,

—Pensé que ya se habían acostado —dijo Brock con suavidad, como si no hubiese escuchado nada.

—En eso estábamos —dijo James, rascándose la cabeza.

Jessie bostezó y estiró sus brazos hacia arriba

—Sólo hablábamos un poco antes de irnos a dormir.

Brock asintió con la cabeza.

—Estoy muy cansado yo también. Me iré a dormir ahora —dijo, mientras se sacaba el chaleco.

Jessie y James se acostaron en sus respectivas camas. Mientras se cambiaba, Brock decidió esperar hasta la medianoche y ver que se traían entre manos


La medianoche al fin llegó. Brock fingía dormir y James también, pero el resto dormía plácidamente en sus camas. El adolescente estaba alerta, esperando a que el ex miembro del Equipo Rocket haga su movimiento.

Y lo hizo. James, en la cama de debajo de una de las cuchetas, se levantó de la cama con lentitud, para no hacer ruido. A través de los rayos de la luna, se vistió y luego fue hacia su mochila. Sacó una pequeña bolsa de allí y lo guardó en el bolsillo delantero de su pantalón. Una vez hecho esto, se dirigió a la ventana. La abrió con cuidado, pasó a través de ella y luego la cerró, dejándola ligeramente abierta.

Brock se levantó de la manera más silenciosa posible. Bajó de la cama cucheta, con cuidado de no despertar a Ash, quien dormía en la cama de abajo con su Pikachu. Abrió la ventana y salió por ella.

Estaba en medio de la ciudad. No había casi nadie en las calles, así que fue fácil ver a James caminando por el lado izquierdo, con las manos en los bolsillos de su abrigo. Brock corrió hacia él, sintiendo la cálida brisa nocturna de primavera acariciando sus mejillas.

—¡James, espera! —le gritó, ya cuando llevaba unos pocos pasos detrás de James.

El ex miembro del Equipo Rocket paró en seco y lo miró, con los ojos desorbitados.

—¡Brock! ¿Qué demonios haces aquí? —lo increpó James, conteniendo las ganas de gritarle.

—Lo mismo me pregunto yo —respondió Brock con total aplomo.

—No es de tu incumbencia. Vuelve al cuarto.

—Te seguiré a donde vayas.

—No seas idiota, Brock.

—No soy un idiota. Y no me vas a convencer de que no vaya contigo.

James se apretó el puente de la nariz con una mano.

—Es peligroso…

—No importa. Iré de todos modos.

James resopló por la nariz y cerró los puños.

—¿Acaso desconfías aún de mí?

Brock sonrió.

—Desconfiaría de cualquiera que salte por una ventana a la medianoche. Seas tú o Ash o cualquiera de nosotros. No te lo tomes personal.

James se cubrió los ojos con una mano, intentando pensar. Después de uno segundos, la bajó y lo miró a los ojos.

—De acuerdo, te diré lo que voy a hacer—miró a los costados para ver si nadie los escuchaba—. Necesito deshacerme de algunas cosas ilegales que me podrían meter en problemas si llegan a verme con ellas encima. Hay un mercado negro aquí cerca, así que las venderé y obtendré algo de dinero, ¿entiendes? Dos pájaros de un tiro.

La expresión de Brock no cambió.

—Vamos.

James parpadeó.

—¿Cómo que "vamos"? Ya te dije lo que iba a hacer.

—Solo quiero acompañarte.

James respiró hondo.

—No es lugar para gente como tú. No lo vas a soportar.

Brock permaneció impasible.

—No me vas a convencer.

James gruñó.

—Está bien, ve conmigo. Pero solo si sigues mis reglas, ¿de acuerdo?

Brock asintió.

—Bueno, vamos.

Los dos se pusieron en marcha. Mientras caminaban bajo las vacilantes luces de los faroles, James le hablaba en voz baja.

—Cierra la boca, cuida tus bolsillos, mantén tu vista en el camino y jamás mires para los costados, ¿está claro? Es todo lo que tienes que hacer si quieres salir vivo y cuerdo de allí.

James se detuvo frente a un gigantesco portón de hierro pintado de negro. Estaban en el frente de la fábrica Estrella Fugaz. Por algún extraño motivo, Brock sintió un escalofrío en la columna que le congeló un poco el estómago. Podía ver la luna reflejada en las ventanas del edificio. ¿Qué demonios estaban haciendo frente a la fábrica?

Escucharon un tintineo de llaves y un hombre de unos cincuenta años apareció del otro lado de la reja, probablemente un vigilante, de cabello canoso y ojos claros.

—¡La fábrica está cerrada! —les gritó.

—Lo sé, lo sé, pero…

—¡Si viene por una entrevista de trabajo, vuelva mañana!

James se acercó a la verja.

—Escuche, señor: olvidé mi sombrero encima de mi escritorio, ¿sabe? Necesito recuperarlo.

El tipo miró de arriba abajo a James y a Brock, estudiándolos. Sacó una llave de su cinturón y abrió la puerta.

—Adelante —dijo simplemente.

—Muchas gracias, señor —James inclinó la cabeza y entró en el terreno, con Brock siguiéndolo detrás.

Brock pensó que entrarían por la parte de adelante, pero en lugar de eso, rodearon la fábrica por el lado izquierdo y se detuvieron en una puerta de metal pintada de rojo. James golpeó tres veces primero de manera rápida, hizo una pausa y golpeó dos veces más, más espaciados. Escucharon unos ruidos de cerrojos abriéndose y la puerta se abrió.

—Bienvenidos —un hombre de unos cuarenta años los saludó del otro lado y los dejó pasar.

Apenas se podía ver algo. Estaban en un pasillo ancho, con varias puertas a los costados, probablemente oficinas. Solo la luz de la luna y las luces de emergencia a los costados iluminaban algo, pero no lo suficiente. No se oía nada, más que sus propios pasos haciendo eco y el latido de su corazón.

No se metieron por ninguna puerta, sino que se detuvieron frente a una máquina expendedora de dulce. James extendió las manos y tocó tres botones juntos. La máquina hizo un siseo y James corrió la máquina entera como si fuera una puerta, mostrando un hueco que daba a una escalera iluminada por más luces de emergencia. En ese momento, Brock pensó que si lo mejor sería no enterarse de nada y regresar al Centro Pokemón, pero ya era demasiado tarde para echarse atrás. Tragó saliva y siguió a James escaleras abajo.

Las escaleras de cemento terminaban en un ascensor industrial, con capacidad hasta para seis personas. Los dos entraron allí y James apretó un botón. Las puertas se cerraron y el ascensor empezó a bajar.

James lo miró de reojo.

—¿Quieres volver? —le preguntó, con tono burlón.

—No —respondió Brock, intentando que su voz suene firme.

—Menos mal, porque no hay vuelta atrás —su voz se tornó seria—. Recuerda lo que te dije. Tal vez jamás seas el mismo después de salir de aquí.

El ascensor se detuvo y las puertas se abrieron automáticamente. James tuvo que arrastrar a Brock hacia afuera, porque el adolescente no podía creer lo que veía.

Se parecía mucho a una feria ambulante. Había puestos de madera de todas las formas y tamaños por los costados, con los vendedores gritando a los cuatro vientos sus mercaderías. Algunos de los puestos tenían pokemón hacinados en jaulas, con un aspecto tan triste y desolado que sintió que su corazón se partía. Algunas personas de aspecto siniestro iban y venían por los puestos, comprando, vendiendo o solo observando la mercadería.

—No mires a los costados —le gruñó James—. Tú sígueme.

Caminaron por el pasillo entre el gentío. Los gritos de los vendedores y los murmullos de la gente se mezclaban con los gritos de los pokemón. Una parte de él quería desobedecer a James y seguir mirando las jaulas. James sí miraba a los costados, como si buscara un puesto en específico.

A medida que seguían adelante, Brock vislumbró una estructura adelante. Era más bien un vallado de metal, donde la gente hacía fila para poder entrar por una de sus puertas

—¿Qué pasa allí? —le preguntó a James.

—Batallas pokemón —respondió—. Se pelea por dinero y también se hacen apuestas. Es el motor central de este lugar. Pero no vamos a ir allí.

James paró en seco y se detuvo en uno de los puestos. Un tosco cartel anunciaba que era un lugar de compra y venta de objetos para cazadores.

—¡Oh, muy buenas noches! —el vendedor le mostró una sonrisa desdentada a James y a Brock—. ¿En qué puedo servirles? Tengo unas jaulas eléctricas muy resistentes para pokemón de la talla de un Charizard…

—No, gracias —se excusó James—. Vengo a vender.

La sonrisa del hombre fluctuó un poco.

—¿Vender? Bueno, ¿Qué es lo que ofreces?

James metió la mano en el bolsillo y sacó una pokebola. Pero no era una de las que se vendían en las tiendas. Era completamente negra, a excepción de una R roja en la parte de arriba.

—Son pokebolas del Equipo Rocket —explicó James—. Están "fuera de sistema", por lo cual puedes llevar más de seis pokemón contigo.

El hombre tomó la pokebola, la abrió y la estudió con detenimiento antes de devolvérsela.

—Sí, son genuinas. Te daré quinientos yenes por cada una.

James guardó la pokebola en el bolsillo.

—Lo siento, no puedo venderlas a ese precio.

—No conseguirás una oferta mejor que la mía…

—Una Ultraball vale mil doscientos yenes —gruñó James—. No la venderé a menos que eso.

—Ten en cuenta que el precio de compra y el precio de venta no es lo mismo…

—Hablo de pokebolas fuera del sistema, señor —James lanzó un suspiro y miró a Brock—. Vámonos…

—¡Espera! —balbuceó el hombre. James lo miró, a la expectativa—. Te daré mil quinientos yenes por cada una. Más que esto no puedo ofrecerte.

James miró la pokebola y luego al vendedor durante varios segundos.

—De acuerdo, acepto.

—¿Cuántas pokebolas de esas tienes?

—Diez en total.

—Las quiero todas.

James hizo el intercambio con el vendedor. James contó cuidadosamente los billetes; unos quince mil yenes en total. Los guardó en el bolsillo y le hizo un gesto a Brock para que se marcharan. Se alejaron un poco del puesto y luego se detuvieron.

—Listo. Ya nos vamos de aquí. ¿Necesitas algo antes de que nos vayamos, por casualidad? Aunque no lo creas, aquí se venden medicinas que sólo hay en los Centros Pokemón y no se venden en las tiendas…

—No, gracias —Brock no quería saber nada de ese lugar. Sólo quería subir y olvidarse de que ese lugar existía.

—Entiendo. Vam…

James se detuvo de golpe y miró hacia su pierna. Brock no lo había notado, pero se habían parado muy cerca de unas jaulas. James tenía la vista clavada en una de ellas, a la altura de sus muslos.

Era una Pikachu pequeña, más que el Pikachu de Ash. La cola en forma de corazón indicaba que era hembra. Su patita estaba enganchada al pantalón de James, como pidiendo ayuda. Estaba sucia, flaca y no parecía tener fuerzas más que para respirar de manera entrecortada, rodeada de sus propias heces. Brock no era médico de ninguna clase, pero sabía que, de seguir así, a la pequeña no le quedaba mucho tiempo de vida.

James se agachó. Pareció temblar un poco cuando sus dedos tocaron la diminuta pata de la Pikachu.

—Nunca mires las jaulas —parecía decírselo a sí mismo en lugar de a Brock, como si se retara por hacerlo.

El vendedor, un joven de unos veinte años, se acercó enseguida a ellos, con una sonrisa de oreja a oreja

—Ah, veo que están interesados en esta traviesa y pícara Pikachu, ¿no? Es muy despierta, vivaz, muy juguetona y una buena elección para las batallas.

Brock nunca había escuchado tantas mentiras en dos frases seguidas. Tenía ganas de sacar a su Onix y aplastar a ese tipo con él. Esa Pikachu iba a morir.

—Podría atrapar a una Pikachu en cualquier lado. Es un pokemón muy común en los bosques —murmuró James. A Brock le habría dado risa lo que James había dicho, de no ser por la situación.

—Pero ninguna como esta —insistió el hombre—. No te arrepentirás, ya verás.

James miró a Brock y luego miró a su alrededor. Un tipo de gabardina marrón estaba mirando la jaula de la Pikachu, con una mirada que a Brock no le gustó para nada. James también lo notó, porque dijo:

—Oh, no lo sé. Depende, ¿Cuánto pides por ella?

—Diez mil yenes.

El tipo de la gabardina lanzó un gruñido y se alejó, como si el precio le pareciera demasiado exagerado. James negó con la cabeza.

—Escucha: una Pikachu es muy común en Kanto y Jotho. En otras regiones capaz sea una especie exótica, pero aquí son tan comunes como los Pidgey o los Ratatta. Te daré seis mil yenes por la pequeña, ¿ok?

—Me parece poco. Nueve mil yenes.

—Siete mil yenes.

—Ocho mil yenes.

—Siete mil quinientos yenes y es mi última oferta. Probablemente esa Pikachu está aquí desde hace casi un mes y no puedes venderla.

El chico miró la jaula donde estaba la pequeña Pikachu, no muy convencido.

—Es una boca menos para ti y siete mil quinientos yenes más —continuó James.

El hombre resopló por la nariz.

—De acuerdo, llévatela. Espero que tengas suerte con ella.

James no se hizo esperar. Hizo la transacción y el vendedor le entregó a la Pikachu dentro de su jaula. James apenas murmuró un seco "gracias" y le hizo un gesto a Brock para que lo siguiera.

—¿Qué vas a hacer con ella? —le preguntó Brock, intentando no alterarse. Era raro para él ver que era otro el que controlaba la situación.

—Conozco un lugar donde pueden ayudarla.

Doblaron en un pasillo, donde había más gente y más puestos y se detuvieron en un lugar bastante grande donde la leyenda "Insumos Médicos" estaba estampada en un cartel viejo y oxidado de metal.

—Buenas noches, ¿Qué necesitan? —les preguntó el que atendía el lugar. Desentonaba con el ambiente, con la bata blanca de médico y una disposición sincera.

James levantó la jaula.

—Acabo de comprar a esta Pikachu.

El rostro pálido del médico (si es que realmente era uno) se ensombreció.

—Ah, sí. Esos imbéciles… Dámela.

James abrió la jaula y sacó a la Pikachu. No solo estaba sucia y flaca, sino que tenía algunas costras de sangre en algunas partes. No eran grandes, pero eran notorias. Como aspirante a criador, Brock sintió por primera vez ganas de poner una bomba dentro del lugar.

El medico tomó a la Pikachu y la palpó con cuidado en todo su cuerpo. Con una pequeña linterna, examinó los ojos, su boca e incluso los genitales.

—Sufre de una grave desnutrición y también tiene anemia, cosa que no me sorprende para nada. Por suerte, está intacta. En este lugar, nunca se sabe —suspiró—. Si no vas a llevarla al Centro Pokemón, te daré este polvo nutricional que te servirá durante una semana, un kilo de comida pokemón especial para ganar peso y un litro de agua mineral. Todo esto por cuatro mil yenes.

—¿Cuatro mil yenes? —protestó James.

—Los polvos nutricionales solo se dan en los Centros Pokemón. Tómalo o déjalo, pero te digo una cosa: no hay que escatimar en gastos cuando se trata de la salud. Te dejaré todo por tres mil quinientos yenes. Además, le daré un baño rápido, porque apesta a los mil diablos.

James suspiró y miró el polvo nutricional. Lunita tomaba eso cuando apenas había salido del huevo. Abrió el tarro donde estaba el polvo, metió el dedo y lo probó con la lengua.

—Trato hecho.

El médico se agachó debajo del mostrador y sacó una palangana. Se dirigió a un tonel de agua que estaba en el fondo, situado a dos metros detrás del puesto y lo llenó con agua. Tomó a la Pikachu y la puso dentro de la palangana. Le sacó la suciedad pegada al pelaje y luego la secó con una toalla. Finalmente, le roció encima un perfume que sacó de un bolsillo

—Listo. Es todo lo que puedo hacer por ella. Dale el polvo nutricional tres veces por día junto con las comidas hasta que se lo acabe. Si ella no quiere comer, no le des de comer. Es aún un bebé, así que cuando tenga ganas de jugar, sabrás que está bien. Y, por las dudas, que no participe en batallas ni le exijas mucho esfuerzo durante dos meses por lo menos,

James extendió la mano y le dio el dinero.

—Muchas gracias.

—Vayan con cuidado.

James miró la jaula con asco y decidió no llevarla. Tomó a la Pikachu en brazos y la colocó sobre su pecho, dentro de su abrigo. Se alejó del puesto, suspirando.

—Jessie va a matarme —le dijo James—. Me he gastado casi todo el dinero que he ganado en la Pikachu y en la comida.

—¿Qué vas a hacer? —preguntó Brock.

La vista de James se clavó en el lugar donde se hacían las batallas pokemón.

—Rezar porque la fortuna esté de mi lado el día de hoy —murmuró James.


Pagaron mil yenes la entrada para poder entrar en el lugar. Era una arena improvisada, cercada por paneles de vidrio, mientras la gente se apiñaba para estar cerca de allí. Ya había dos personas allí con sus pokemón, listos para pelear. En una parte alejada, había un puesto de comida y en otra parte un lugar donde un viejo tomaba apuestas. James ya había estado allí antes, algunas veces dentro de la arena. Pocas veces había ganado.

—Señoras y señores, lo que estaban esperando —una voz masculina retumbó por unos parlantes situados en las esquinas—. ¡Una nueva batalla está por comenzar! ¡En la izquierda, el campeón de la casa, con cuarenta y nueve batallas ganadas consecutivas, Armagedón! ¡Y el pokemón que usará hoy es… Raichu!

Un tipo gordo, de cabello rojizo y espesa barba, levantó los brazos hacia la multitud, quien comenzó a gritar y vitorear al hombre. El Raichu que estaba a su lado parecía fuerte,

—¡Y en la derecha, un retador que viene aquí por primera vez! ¡Démosle un aplauso a Golden y su Psyduck!

Nadie aplaudió. Al contrario, todos comenzaron a burlarse cuando vieron al participante. No debería tener más de dieciocho años. Pálido, delgado y de cabello corto y oscuro: la piel parecía brillar con la luz de los reflectores. El Psyduck

—¡Tienen dos minutos para apostar antes de que la pelea comience!

La gente comenzó a correr hacia el lugar de apuestas. James tomó a Brock con una mano y lo llevó hasta allí.

—Iré a lo seguro: el Raichu —comenzó a decir James—. No es mucho lo que ganaré, pero es mejor que nada…

—Ve por el Psyduck…

James lo miró, despavorido.

—¿Acaso quieres que Jessie me descuartice?

Brock negó con la cabeza.

—Escúchame: el tipo del Raichu parece haber peleado antes. Está esforzándose por mantener la postura y tiene marcas de golpes. El Psyduck de Golden parece que no ha peleado en todo el día. Además, ese pokemón está en esa pose para desconcertar al rival. Créeme, he sido líder de gimnasio y he peleado con Psyduck. Ten fe.

James dudó. No tenía demasiado dinero, pero si Brock tenía razón, podría regresar al Centro Pokemón con mucho dinero. Pensó en el Psyduck de Misty y sintió que la sangre se le helaba.

—Mira: si pierdes, te devuelvo el dinero, lo juro —le dijo Brock—. Ve a apostar.

James sacó setecientos yenes y se los dio al viejo que anotaba las apuestas.

—Setecientos yenes a favor de Golden. Anóteme como Kojiro.

El viejo lo miró de manera inexpresiva por un segundo antes de anotar algo en su libreta. Luego, anotó algo en un pedazo de papel y se lo extendió.

—No lo pierdas —le advirtió.

James se alejó junto con Brock, apiñándose para ver la pelea. En su pecho, la pequeña Pikachu parecía haberse quedado profundamente dormida. Por las dudas, tanteó su cuello en busca de pulso. Sí, latía despacio.

—¡Las apuestas se han cerrado! —se escuchó la voz a través de los parlantes—. Ahora… ¡que comience la batalla!

El Psyduck estaba simplemente sentado en el suelo, con los ojos mirando a la nada, mientras que el Raichu lo miraba, desconcertado.

—Esto va a ser rápido —Armagedón soltó una risa burlona—. ¡Raichu, Impactrueno!

—¡Sustituto! —gritó Golden.

Psyduck movió sus manos un poco y materializó una especie de muñeco, quien recibió de lleno el ataque del Raichu.

—¿Qué demonios…?

—¡Ahora, Confusión!

Los ojos del pokemón de agua se tornaron de un místico color azul. El Raichu flotó un metro y medio encima del suelo y luego fue despedido hacia uno de los paneles de vidrio. El pokemón eléctrico se estrelló con fuerza contra la pared y se deslizó hacia el suelo, cayendo de cara.

La gente quedó muda en el recinto. James jamás había visto a un Psyduck pelear, excepto el de Misty. Al parecer los otros tampoco habían visto algo así. Brock sonrió:

—Te lo dije.

—¡Levántate, Raichu! ¡No dejes que un tonto Psyduck te venza!

El Raichu se levantó de un salto, listo para volver a pelear.

—Esto solo fue un descuido, mocoso. ¡Ahora verás! ¡Raichu, Megapuño!

El Raichu se lanzó sobre el Psyduck, con el puño levantado. Si llegaba a golpear a Psyduck, podría llegar a noquearlo.

—¡Protección!

Raichu se estrelló contra una barrera invisible, deteniendo así el ataque. Golden miró al pokemón eléctrico, con rostro inexpresivo.

—¡Bofetón Lodo!

Psyduck arrastró su garra contra el suelo de tierra antes de abofetear a Raichu con todas sus fuerzas, manchando su rostro de barro y tirándolo hacia un costado como si fuera un muñeco de trapo.

—¡Imposible! —gritó Apocalipsis, sin dar crédito a sus ojos. Su Raichu estaba perdiendo contra un pokemón con el que supuestamente tenía ventaja de tipo y de nivel—. ¡Raichu, has Doble Equipo!

Raichu se dividió en ocho y todos ellos rodearon a Psyduck. El pokemón de agua miró a su alrededor, observando los Raichu que lo rodeaban. Cualquiera de ellos podría ser el original.

—Ahora verás, mocoso de mierda, ¡Impactrueno!

Golden no se dejó amedrentar.

—¡Excavar!

El Psyduck hizo un agujero en el suelo y escapó antes de que los peligrosos rayos lo tocaran.

—¡¿Qué?! —Apocalipsis parecía al borde de la histeria—. ¡Tú Psyduck es un puto cobarde, eso es lo que es!

Golden tan solo sonrió, con una confianza total en su rostro.

—¡Hidrobomba!

Psyduck salió por el mismo agujero por el que había entrado, girando sobre sí mismo como si fuera una bailarina, y tiró un potente chorro de agua hacia todos los Raichu. Logró golpear al original y lo tiró al suelo. En circunstancias normales no lo habría dañado, pero el Raichu ya estaba muy agotado por los golpes y las batallas anteriores.

—¡Raichu, levántate!

El pokemón a duras penas se pudo parar, mirando a Psyduck con el cuerpo tembloroso.

—Es todo —murmuró Golden—. ¡Rayo Hielo!

El Psyducj abrió su boca y un rayo azul brotó de su garganta. El Raichu no pudo esquivarlo y se congeló instantáneamente, quedando como una escultura de hielo.

Apocalipsis miró a su Raichu, luego a Psyduck y finalmente a Golden, con los ojos inyectados en sangre. Ya había perdido. James ya podía sentir los billetes entre sus dedos.

—¡Hijo de puta! ¡Ya verás la próxima vez que te encuentre! —le gritó, humillado—. ¡Mi Raichu es uno de mis mejores pokemón! ¡Te haría pedazos!

—No creo que lo haga.

James sintió un escalofrío en su columna, como si el Rayo Hielo le hubiera pegado a él. Algo muy malo iba a pasar. Pero no podía hacer nada al respecto.

Golden lanzó un suspiro de cansancio y miró a Raichu como quien mira a una escultura.

—Psyduck, Confusión —ni siquiera gritó el ataque, tan solo habló con un tono de voz normal. Se pudo escuchar el ataque con total claridad, ya que nadie estaba hablando. Tal vez porque no podían creer lo que veían o pensaban en los yenes que habían perdido en la apuesta.

El Raichu congelado se elevó en el aire, un metro sobre el suelo. James inconcientemente apretó a la pequeña Pikachu contra su pecho. A su lado, Brock miraba, sin entender lo que pasaba.

El Raichu se resquebrajo a partir de su cabeza. Antes de que alguien pudiera decir nada, el Raichu explotó en varios pedazos de hielo y sangre, golpeando los paneles de vidrio. Al ser resistentes, no se rajaron por el impacto.

Apocalipsis no se movió. Miraba el lugar donde su Raichu había estado momentos antes de que el Psyduck lo hiciera estallar como un petardo. Luego, miró a Golden y apretó los puños.

—¡TE MATARÉ!

Apenas pudo correr unos pasos hacia Golden, cuando el Psyduck usó Confusión contra él, tirándolo hacia el panel de vidrio.

—Si no quieres que mi Psyduck te rompa el cuello, te sugiero que te calmes —Golden giró sobre sus talones y salió de la arena, seguido por su Psyduck.

James tragó saliva y acarició la cabeza de Pikachu. Había visto actos de crueldad antes en esa clase de batallas, pero esto lo había tomado por sorpresa. Brock estaba pálido y con aspecto de querer vomitar.

James no quería saber nada con estar allí ni un momento más. Con el brazo libre, tocó a Brock por el hombro.

—Tenemos que cobrar la apuesta —le dijo, mientras el ruido regresaba otra vez, como si fuera un zumbido de Beedril furiosos.


James y Brock estaban cerca del Centro Pokemón, caminando por las desiertas calles de la ciudad. No había casi un alma, tan solo algún que otro policía. Pikachu dormía en su pecho, respirando suavemente.

No lo podía creer. Había ganado setenta mil yenes en la apuesta. Eso era mucho dinero y podrían empezar a planear algo para el futuro por primera vez. Pero en solo pensar en el Raichu que había sido asesinado le cortaba cualquier sentimiento de alegría. Se sentía casi como el cómplice. Brock no había despegado los labios desde la batalla.

—Oye, Brock, gracias por hacerme ganar la apuesta —dijo, por decir algo—. Esto nos beneficiará a todos.

—Supongo… —le respondió Brock, en un hilo de voz. James hubiese preferido que gritara, golpeara una pared o llorara. No le gustaba verlo así, como un robot.

—Brock, entiendo que lo que viste te haya afectado, no creas que no me dolió en el alma lo que vi, pero no se pudo hacer nada y no había manera de…

—Entiendo —lo cortó Brock—- Sólo tengo que asimilar esto.

James se mordió el labio y asintió con la cabeza. No volvieron a hablarse hasta que llegaron a la puerta del Centro Pokemón.

—No puedo entrar con ella —dijo James—. Traería demasiadas preguntas. Tú entra por la ventana y vuelve a dormir. Yo iré a dormir a la plaza o algo. Ten —James le extendió una bolsa con los setenta mil yenes—. Guárdala hasta que regrese.

Brock asintió y tomó el dinero.

—Ten cuidado.

James sonrió.

—No te preocupes por mí. Tengo un pequeño plan para mañana. Si alguien se levanta y pregunta por mí, dile que salí a comprar algo.

Brock volvió a asentir y comenzó a caminar hacia el costado del Centro Pokemón, donde estaba la ventana de la habitación.

El Centro Pokemón no abriría las puertas hasta las siete de la mañana. James suspiró y comenzó a caminar, acariciando la cabeza de Pikachu como si fuera un tic nervioso. A diferencia de lo sucedido con Lunita, esta vez sí tenía todo listo.