Ambas jóvenes habían permanecido en silencio unos segundos, los suficientes como para que Yuzu pudiera recrear en su mente la imagen de Mei apuntando con una pistola a espaldas de Shiraho. A su vez, Claudia se sentía, en parte, culpable; no quería que la estudiante sufriera más por las circunstancias del caso, pues ya era suficiente con haber perdido a su amiga como para que ahora la asesina fuera, ni más ni menos, que su gran amor secreto.

Claudia quería decirle algo para calmar la tristeza que la estaba invadiendo por momentos, romper con aquel silencio. Pero, en ese instante, comenzó a escuchar en la lejanía el sonido de unos pasos que provenían del pasillo, y que parecían acercarse a cada segundo que pasaba. Ambas dirigieron su mirada a aquella puerta cerrada del despacho; si era el director, sería su fin. Sus cuerpos no reaccionaron esa vez y las dos chicas se quedaron inmóviles mientras oían con atención las pisadas aproximarse. Cada vez podían distinguirlas de forma más clara, sabiendo que quien caminaba hacia la puerta del despacho era un hombre.

—Es él, es el director… —susurró Yuzu con temor.

Las pisadas se detuvieron en cuanto pudieron escuchar que llegaban hasta la puerta, y vieron cómo la manecilla de ésta comenzó a moverse lentamente. Si las sorprendían allí, registrando su despacho para encontrar pruebas del asesinato, estarían acabadas. Ambas parecieron contener la respiración por un instante sin percatarse siquiera.

—Lo siento, Yuzu —se disculpó Claudia por pura inercia, pues consideraba que había sido la culpable de que, finalmente, la Academia Aihara fuera a tener razones para denunciar a la comisaría de policía.

Sin embargo, como si de una intervención divina se tratara, una voz se hizo sonar también en aquel pasillo.

«Director». Aquella voz fue fácilmente reconocible por la chica rubia, pues era la de su hermanastra, Aihara Mei. «¿Podría acompañarme a la sala del consejo estudiantil?».

No llegaron a oír la respuesta del abuelo de Mei pero, para tranquilidad de Claudia y Yuzu, vieron cómo la manecilla de la puerta volvía a su lugar, dejándola cerrada y a ambas chicas aliviadas. Pudieron escuchar entonces los pasos del director y su nieta alejarse de donde se encontraban. Claudia dio un largo suspiro.

—Qué suerte hemos tenido…

Arron no escuchó respuesta por parte de su compañera tras varios segundos. Cuando miró su rostro, la vio cabizbaja, posiblemente aún pensando en la conversación que habían mantenido antes de aquel momento de tensión. ¿Sería Mei la persona que estaban buscando? ¿Sería la figura ejecutora del crimen?

—Tengo que hablar con ella —dijo al fin.

Claudia mostró preocupación de inmediato.

—Entiendo que necesites que Mei te aclare algunas cosas… pero no eres tú quien debe ir interrogando a las personas. —Claudia colocó ambas manos en los hombros de Yuzu—. ¿Qué pasaría si ella fuera realmente una asesina y te dejara sola con ella? Sería irresponsable por mi parte.

La chica rubia le devolvió la mirada sin decir nada; era un pensamiento que también había pasado por su mente. Si Mei era culpable y la descubrían, ¿qué sería capaz de hacer?

—Deja que me ocupe yo —continuó Claudia—. Al fin y al cabo, es mi trabajo.

Yuzu pareció estar de acuerdo. Se dispusieron entonces a salir de allí antes de que volvieran a tener otra sorpresa como la anterior, o algo peor. Claudia abrió la puerta con cuidado para observar el pasillo y asegurarse de que no había rastro del director o cualquier estudiante. Con el camino totalmente despejado, ambas chicas salieron con rapidez del despacho.

—Bueno, tengo que seguir trabajando —anunció Claudia. Vio entonces el rostro decepcionado de la chica rubia—. Y tú deberías despejarte un poco.

—Lo sé… Quizás salga a tomar un poco el aire. —Yuzu seguía sin levantar la mirada.

—Hazlo. —Claudia posó ahora su mano en la cabeza de la estudiante. Cuando ésta al fin la miró, Arron le dedicó una sonrisa amable.

Si alguna vez en la academia de policía le hubieran dicho a la joven inspectora la carga emocional que podía llegar a tener un caso, jamás lo habría creído. Y es que ver el dolor y el caos que una sola muerte podía causar en tantas personas era algo que no le desearía ni a su peor enemigo. Ninguna clase teórica, ni las innumerables prácticas de tiro podrían enseñar a sobrellevar esa sensación de ahogo que sentía cada vez que daba un paso más hacia la verdad o, en aquel caso, un paso más hacia lo más profundo de la Academia Aihara.

Volvió de nuevo a aquel lugar, a la siempre llamada «escena del crimen», donde murió Shiraho de dos disparos por la espalda. Todo el escenario se encontraba ese día más inmerso en la penumbra propia de la obra, pues la iluminación de la zona del público en el gimnasio no estaba encendida; era una oportunidad única para adentrarse en la escena tal y como se encontraba dos días atrás, cuando la trágica representación tuvo lugar. Paseó tímidamente por el escenario hasta llegar a aquel sillón rojo, aún levemente manchado con la sangre de la víctima. Estaba también aislado con los típicos precintos policiales de papel, los cuales Claudia retiró para hacerse paso y llegar hasta él. Se sentó con cuidado, como Shiraho lo hubiera hecho, y miró al frente buscando aquel gran espejo; pero lo único que conseguía ver era la oscuridad a su alrededor.

«Shiraho… realmente eres la persona más misteriosa de este caso», pensó Arron. «¿Cómo supiste quién estaba detrás de todo como para poder inculparlo antes de morir? ¿Acaso ya sospechabas que ese día iban a por ti?».

Poniéndose en pie se alejó del sillón rojo y, tras dar una última vuelta por el escenario, caminó por detrás del decorado para llegar a la sala que se utilizó como camerino para las actrices de la obra aquel día. No parecía haber nada fuera de lo común; algunos tocadores con sus correspondientes espejos y percheros por todas partes, con el fin de colocar todos los trajes y tenerlos fácilmente accesibles. Claudia también pudo apreciar un par de cajas de analgésicos encima de uno de los tocadores, probablemente de la joven Matsuri, para aliviarse el dolor de la herida que sufrió en su mano mientras arreglaba los decorados.

Reparó entonces en un pequeño objeto tirado en el suelo de aquel camerino. La inspectora lo recogió; era un lápiz tan normal y corriente que suspiró con pesadez nada más tenerlo en su mano. Sin embargo, en aquel lapicero tan habitual se podían apreciar pequeñas marcas, aunque contundentes. Parecían mordiscos.

«¿Quizás alguna de ellas estaba tan nerviosa que no pudo evitar morderlo?», pensó Claudia. Se guardó entonces el lápiz en su bolso, pues podría llegar a ser importante en un futuro como prueba del caso. Al salir del camerino, se encontró con la joven Matsuri.

—¿Vienes a por tus analgésicos, Mizusawa-san? —le preguntó Arron.

—Ah, inspectora —se percató Matsuri de su presencia. Llevaba otras dos cajitas de medicamentos con ella—. He traído más por si los vuelvo a perder.

«¿Cuatro cajas de analgésicos no es demasiado…?», se detuvo a pensar Claudia.

—Hablando de perder objetos… Debo decirte que, como tramoyista, estas al cuidado de los aparatos que se usan en los escenarios. Y esos trastos son peligrosos, ¿sabes? —dijo la inspectora.

—¿A qué se refiere?

—A las pistolas de clavos. Ten cuidado de dónde las dejas. Las salas de ensayos no son un buen lugar para ellas, lo tenemos más que comprobado… —Claudia no pudo evitar recordar la grave lesión de Momokino Himeko, ocasionada en aquella sala.

—Las pistolas de clavos no se usan en las salas de ensayos, inspectora, solo se usan en el escenario. El idiota que la dejó allí, no fui yo —explicó ella, mostrando una sonrisa pícara. Parecía gustarle eso de pisotear a los demás, sobre todo si se trataba de alguien que no le agradaba en absoluto, como Minami.

—Bien… gracias.

—No tiene por qué darlas, es mi deber ayudar a la policía a encerrar asesinos… —Y aquello último lo dijo con tal ironía que Claudia juró haber sentido un escalofrío al escucharla.

«Esta chica es más sospechosa que un mayordomo en una película de misterio», pensó, una vez que salió del camerino.

Notó entonces su bolso vibrar; debía de ser su teléfono móvil recibiendo una llamada. Lo buscó con paciencia y miró la pantalla; era una llamada del Comisario Jefe.

—¿Sí?

—Claudia, te necesito en comisaría. —Oyó al Comisario a través del teléfono—. ¿Puedes venir?

—Claro, ahora mismo voy para allá.

Yuzu había salido a la zona ajardinada de la academia, fuera del edificio principal. Era mediodía y el ambiente se encontraba tranquilo, pero notaba su respiración algo agitada, y también sentía que podía romper a llorar en cualquier momento. No quería creerlo; que Mei pudiera odiar tanto a Shiraho como para dispararle dos veces por la espalda parecía algo inverosímil.

Su mente viajó dos días atrás por un momento, al día que se iba a realizar la representación de la obra de teatro. Recordaba las prisas de Maruta por fijar todos los detalles en un último ensayo para que después, esa tarde, saliera todo perfecto. Recordó también la sonrisa nerviosa de su amiga, Harumi, que no llegaba a acostumbrarse al hecho de actuar delante de tantas personas. Pensó también en la tranquilidad de Mei, esa que siempre mostraba para cualquier situación importante; aunque, sí que pudo ver cómo esa tranquilidad en su hermanastra se iba por completo al ver el cadáver. Jamás habrían imaginado que aquel evento del festival cultural, que se supone que era para dejar recuerdos felices, terminaría en semejante tragedia.

Volvió caminando al interior del edificio, y sus pasos la llevaron inconscientemente al aula de Shiraho. Permaneció de pie unos segundos mientras contemplaba cada detalle de aquella aula; aparentemente era como todas las demás, por supuesto, pero para Yuzu tenía un significado especial, pues había sido el aula de su amiga durante sus últimos días de vida. Las clases se habían suspendido para todas las participantes de la obra desde el incidente, hasta que la investigación policial pudiera esclarecer las circunstancias de la muerte, pero cierto era que la chica rubia habría preferido mantener su mente algo ocupada en aquellos dos días y no pensar tanto en ello.

—¿Yuzu?

Pero allí estaba esa voz, esa que podía reconocer en cualquier situación. Podía sentir sus ojos clavados en su espalda, esperando por una respuesta a su llamada.

—Mei —dijo, sin siquiera girarse hacia ella.

Yuzu pretendía decir algo más, quizás preguntarle qué se traía entre manos con el director o gritarle a la cara lo molesta que estaba en ese instante, pero ella habló de nuevo.

—Te he estado buscando.

La chica rubia guardó silencio, así que Mei continuó.

—La academia ha decidido organizar un acto en memoria de Shiraho-san. Supongo que querrás estar presente.

—¿Para qué? —respondía Yuzu, volviéndose hacia ella—. ¿Para que el director y sus socios puedan aparentar que les importa?

—No digas eso, todos estamos afectados por lo que ha ocurrido. —Mei se acercó—. Fue una pérdida para toda la academia.

—Empiezas a hablar como ellos. —Yuzu no podía mirarle a la cara, no después de todo lo que había descubierto junto a Claudia en el despacho del director.

—¿Como ellos?

—Sí. Como el director, Minami… Ellos son los culpables de todo. —La chica rubia apretó sus puños con fuerza.

—Yuzu, ¿qué te ocurre?

—Fueron ellos, ¿verdad, Mei? —Yuzu levantó su mirada al fin—. Siempre han sido ellos.

—No entiendo lo que dices.

—¡Ellos son los responsables de la muerte de Shira-pon! —Yuzu no pudo evitar que sus ojos se llenaran de lágrimas—. ¡Ellos la mataron a sangre fría porque era la amante de Momokino-san!

—¿Himeko? ¿Ella está bien? —se preocupó Mei.

No pretendía hacerlo; realmente quería ir con cuidado y cumplir con lo que la inspectora Claudia Arron le había aconsejado. Pero, en ese instante lo supo, Mei no parecía sorprendida lo más mínimo por el hecho de que su mejor amiga y Shiraho se amaran en secreto. Mandó al diablo todas las advertencias.

—Ya sabías que engañaba a Minami con Shira-pon… ¿no es cierto?

Esa vez fue Mei la que se mantuvo callada.

—Lo sabías desde el principio. —Yuzu se mostró molesta y decepcionada—. Estabas metida en esto desde que todo empezó.

—No es lo que crees, Yuzu.

—¡Disparaste a Shira-pon! ¡¿Cómo pudiste hacerlo?! —Yuzu golpeó el torso de Mei con sus puños a medida que su llanto se volvía más evidente—. ¡Fuiste tú y después actuaste como si te afectara!

—¡Te equivocas, Yuzu! —Mei alzó la voz y la sujetó de los hombros para intentar evitar que la chica rubia se enfureciera aún más.

—¿Por qué, Mei? ¿Por qué sigues obedeciendo a tu abuelo de esa forma? —Sus ojos estaban ya completamente empapados de lágrimas—. ¡¿Por qué lo haces?!

—Tranquilízate, no estás pensando con claridad.

—¡Estoy harta! ¡Estoy harta de que me lo ocultes todo! —Yuzu se liberó bruscamente del agarre de su hermanastra—. ¡Y ni siquiera después de lo que has hecho puedo dejar de amarte!

—Yuzu, por favor, escúchame.

—¡No! ¡No pienso escuchar más mentiras! —Hizo una pausa y lo pensó dos veces antes de decirlo, pero finalmente se atrevió—: No confío en ti.

El rostro de Mei cambió de forma radical al oír aquello último, mostrando una total sorpresa y horror, el horror de haber perdido algo muy preciado. Sus ojos comenzaron a brillar ante aquellas palabras tan hirientes, y ante una Yuzu que la miraba con frialdad.

—Entonces… —decía la presidenta a duras penas, con un nudo en la garganta—, eso significa que nosotras… todo se acabó… ¿no?

Yuzu se percató entonces de lo dolida que parecía su hermanastra. Hablaba de terminar su relación, de romper su unión como pareja. No sabía qué responderle, las palabras no eran capaces de salir de su boca. Jamás pensó que todo terminaría así, que la muerte de su amiga traería tanto sufrimiento. Había perdido tantas cosas en aquellos dos días, los cuales maldecía con todo su ser, que casi deseaba haber sido ella la que acabara muerta en aquella obra de teatro. Mei, por su parte, al ver que la chica rubia no se oponía, supuso que estaba de acuerdo con lo que había dicho, por lo que no habló más y se marchó corriendo del aula, dejando a Yuzu completamente sola.