Claudia llegaba a comisaría poco después de haber recibido la llamada del Comisario Jefe, pidiéndole que acudiera allí. Aquella llamada solo podía significar una cosa: que el equipo de laboratorio había descubierto algo nuevo. La joven inspectora se encontraba tan confusa con respecto al caso, que cualquier pista le sería de mucha ayuda para seguir investigando. Realmente, esperaba con ilusión que aquel nuevo hallazgo confirmara de una vez la implicación de Minami y el director de la academia en la muerte de Shiraho.
—¡Jefe! —lo llamó Claudia mientras abría de golpe la puerta del despacho.
El Comisario sufrió un tremendo sobresalto ante aquella entrada de su subordinada.
—¡Me vas a matar de un susto un día de estos, Claudia! —se quejó desde su silla—. Vamos, pasa, no te quedes ahí.
—Lo siento, lo siento. —Claudia se colocó frente a la mesa de escritorio que la separaba de su superior y educadamente le cedió la palabra.
—Hemos conseguido averiguar algo más de aquellos papeles quemados que encontraste en una papelera de la academia, los que la propia víctima tiró.
—Pues no parece muy contento, jefe. —Claudia se había fijado de inmediato en su semblante serio.
—Lo sé. —El Comisario se llevó una mano al rostro en señal de cansancio—. Este caso me va a hacer envejecer diez años.
—¿Qué ha ocurrido?
—Creemos que los papeles que tiró Shiraho Suzuran no eran notas escritas por alguien, sino un documento cualquiera.
—¿Cómo lo sabe? —se interesó Arron.
—El laboratorio ha podido identificar la tinta del símbolo parcialmente borrado que había en él, la cual se usa para el sellado de documentos oficiales. Es posible que la víctima recibiera una carta de alguna institución.
—¿La Academia Aihara, quizás? —Claudia apoyó ambas manos sobre la mesa de su jefe, cada vez con más interés.
—Es muy posible, pero aún no lo hemos confirmado.
—Entiendo... —Claudia volvió a su posición, deteniéndose a pensar por un instante—. Y Shiraho se deshizo de esa carta...
—Quizás era una carta de expulsión.
—La verdad es que no sería muy descabellado pensar que la querían expulsar... —La inspectora guardó unos segundos de silencio antes de dirigirse de nuevo a su superior—. Yo... también he descubierto algo nuevo.
—¿De qué se trata?
—Minami Kuma quería apartar a Shiraho de la obra a toda costa, y había amenazado con retirar la financiación que su familia aportaba a la academia. Puede que Taniguchi Mitsuko y el director llegaran a un acuerdo con él.
—¿Y por qué querría Minami apartarla de la obra?
—Porque había descubierto que Shiraho era la amante secreta de su prometida...
Al Comisario le llevó unos segundos asimilar lo que había oído pero, muy sorprendido, habló de nuevo:
—¿Cómo has dicho?
—Nadadoras de aguas profundas... —Claudia rio nerviosa.
—¿Qué?
—Nada, nada. —La inspectora se rascó la nuca, tratando de disimular—. Digamos que las estudiantes se aprecian mucho.
—Está bien, está bien. —El Comisario dejó a un lado los líos amorosos y chismorreos—. Mañana seguiremos con esto, ya es hora de comer y supongo que querrás irte a casa.
—En realidad, no —dijo, mientras negaba con la cabeza—. Me gustaría volver esta tarde a la Academia Aihara.
—¿Quieres hacer horas extras? —El Comisario la miró, arqueando una ceja—. Bueno, como quieras, Claudia, pero ya sabes que esas horas no te las van a pagar; no están en tu contrato.
—No importa. —Claudia se mostró decidida—. Debo ir. Tengo que resolver este caso de una vez por todas.
—Escucha, me parece bien que te impliques en el caso. Te conozco, y sé que eres muy buena en este trabajo para la edad que tienes, pero no debes precipitarte. No queremos tener un caso resuelto rápidamente acusando a un inocente.
—Claro, lo entiendo —respondió la inspectora sin dudar—. Jamás se me ocurriría detener a cualquiera solo por ver el caso cerrado.
El Comisario se echó en el respaldo de su silla y miró a la joven en silencio un instante antes de volver a hablar.
—Piensa bien en todo lo que has averiguado durante estos dos días, Claudia —aconsejó—. Y cuando llegue el momento, cuando lo hayas resuelto de verdad, lo sabrás.
—¿Lo sabré? ¿Cómo? —preguntó ella, confundida.
—Te lo dirá tu intuición —concluyó—. Sé que lo hará.
Claudia se ruborizó levemente y le sonrió, al recordar aquello que siempre le había escuchado decir en sus prácticas. El Comisario la conocía desde que comenzó su carrera en la academia de policía, y había sido casi un mentor para ella. Confiaba en que la joven inspectora daría con la clave para resolver el asesinado de Shiraho, tarde o temprano.
—Y ahora, váyase a atrapar a esos criminales, inspectora Arron. —Su superior recobró la compostura para no alargar más aquel momento de sentimentalismo.
—Qué formal, jefe —bromeó ella.
—No creas que por ser novata voy a ser más permisivo contigo. —Las palabras del Comisario fueron firmes, pero aquella sonrisa en su rostro decía todo lo contrario—. A trabajar.
Claudia rio y, aparentando pesadez, abrió la puerta del despacho para salir. Se detuvo antes de marcharse, volviéndose una vez más hacia el Comisario y poniéndose firme.
—A la orden, jefe.
...
La Academia Aihara parecía incluso más siniestra aquella tarde. El cielo nublado y la brisa fresca acompañaban a un ambiente total de incertidumbre. ¿Quiénes mataron a Shiraho Suzuran? ¿Cómo lo hicieron? ¿Y por qué? La inspectora Claudia Arron se hacía a sí misma esas preguntas una y otra vez mientras, desde la entrada al recinto, observaba la elegante fachada del edificio principal de la academia. Cerró sus ojos lentamente, y trató de pensar en cómo podía conectar todo lo que había descubierto hasta ese momento, pero sentía que faltaba aún una pieza del puzle, aquella que hiciera que todo tuviera sentido al fin.
Decidió entonces caminar a través de la zona ajardinada y pasar al interior del edificio, encontrando allí a la joven Momokino Himeko. La estudiante estaba cambiándose los zapatos, sentada en uno de los bancos y con sus muletas a un lado.
—Buenas tardes —saludó Claudia amablemente—. ¿Cómo está su pie?
—Buenas tardes, inspectora —le respondió ella con una leve sonrisa—. Bien, gracias por su interés. La verdad es que ayer me empeoró un poco, pero hoy ya estoy mucho mejor.
—Me alegro. —Arron asintió—. Imagino que también está tomando analgésicos como Mizusawa Matsuri, ¿no?
—No, esos analgésicos son para los primeros días de la lesión. —Momokino siguió atando sus zapatos mientras respondía a la inspectora—. Mi lesión es de hace más de una semana.
—Debió de ser muy desagradable esa discusión con su prometido, al enterarse de que Shiraho y usted...
—Lo fue, desde luego —confirmó la estudiante, terminando de atar su calzado—. Él ya me había reprochado anteriormente el hecho de engañarle pero, cuando se enteró de que también participaríamos en la obra juntas, supe que tarde o temprano acudiría a uno de los ensayos para armar un escándalo.
—¿Cómo... cómo era Shiraho en realidad? —preguntó Claudia, sabiendo que Himeko podría describirla de una forma más clara que otras estudiantes.
—Era... muy buena persona, y muy dulce. —La sonrisa en el rostro de Momokino se llenó de ternura al hablar de ella—. Era capaz de hacer cuanto estuviera en su mano para hacerme feliz. Es esa clase de persona que no llama mucho la atención, pero en las que se puede confiar de verdad.
—¿Y por qué no dejó a su prometido por ella?
—Estoy segura de que ya sabe cómo funcionan las cosas en esta academia, inspectora. —El rostro de Himeko pasó a mostrar resignación—. No es tan fácil como parece.
—Bueno, la familia Minami es una de las financiadoras de la Academia Aihara, así que supongo que su matrimonio es mucho más que un simple enlace entre dos personas.
—Supone usted bien. No soy el único caso, ¿sabe? Pero no se preocupe, aquí ya estamos acostumbradas a esta forma de proceder.
—¿Y ese sistema nunca cambiará?
—Confío en que, cuando la presidenta actual llegue a ser la directora de la academia, tenga más en cuenta las preferencias de las estudiantes.
—Aihara Mei... —pronunció Claudia su nombre. «Eso será si no la se la llevan detenida por asesinato...», pensó.
Himeko se dispuso a levantarse con la ayuda de sus muletas. La inspectora no lo dudó y se ofreció a ayudarla a ponerse en pie.
—Gracias. —La vicepresidenta se dirigió una vez más a ella antes de marcharse de allí—: Sé que está haciendo todo lo posible para encontrar al culpable de su muerte, y de verdad que se lo agradezco.
—No se preocupe, es mi trabajo. Le prometo... que descubriré quién mató a Shiraho.
Momokino sonrió con dulzura una vez más y salió del edificio. Claudia podía notar un nudo en su garganta; aquella charla había sido muy reveladora, sobre todo por la situación en la que se encontraban las estudiantes. Le vino a la mente la imagen de Aihara Yuzu, la cual tampoco era capaz de revelar sus sentimientos por su hermanastra. ¿Acaso era posible acostumbrarse a amar a escondidas?
Continuó su camino hacia el interior del edificio; su pensamiento era volver al gimnasio una vez más para estudiar todas las posibilidades, y ver cuántas chicas de la obra de teatro podrían acceder fácilmente al lugar de donde se disparó a Shiraho. Lamentablemente para Claudia, sabía que la mayoría de ellas podrían haber accedido a ese punto del escenario ya que, cuando dispararon a la estudiante, solo se encontraba ella en escena.
Sin apenas percatarse había llegado a la entrada de una pequeña sala de lectura. La curiosidad la llevó a echar un vistazo al interior; había varias estanterías llenas de libros y sillones preparados para sentarse a leer, lo cual hacía que se viera bastante acogedora.
Le pareció entonces ver a la joven Aihara Yuzu en los pasillos que formaban las estanterías. La chica rubia curioseaba entre los libros sin percatarse de la presencia de la inspectora.
—¿Buscando algo para leer? —le preguntó, asomándose al pasillo.
Yuzu la miró algo sorprendida, pero pronto se relajó y suspiró pesadamente.
—En realidad solo quería ocupar un poco mi mente.
—Esta sala de lectura es fantástica —comentó Claudia, tratando de mantener una conversación amigable con la estudiante—, me habría gustado venir aquí a leer más de una vez.
—Sí, bueno, toda la academia tiene una decoración de este estilo —explicó Yuzu, aún rebuscando entre los libros—; alfombras de terciopelo, cuadros de gran valor en los despachos... Y todos los suelos son de madera, ¿sabe?
—Y aun así no son capaces de hacer algo tan sencillo como dejar a un lado los matrimonios por negocios —añadió Arron con cierta ironía.
—¿Lo dice por Momokino-san?
Claudia asintió.
—No imagino cómo puede sentirse al perder a la persona que amaba... —dijo Yuzu, olvidando su búsqueda y dejando caer sus brazos—. Yo... Me duele solo de pensarlo.
—Bueno... quizás, cuando Aihara Mei se convierta en la directora de la academia, todo esto se pueda solucionar.
—Mei... —Yuzu pareció quebrarse por dentro al pronunciar su nombre.
Y ni siquiera se habían dado cuenta de que una persona más había accedido al lugar.
—¿Necesita algo de mí, inspectora? —preguntó la propia Mei, acercándose a Claudia al haber escuchado su nombre. Al ver la presidenta que Yuzu también se encontraba allí, ambas intercambiaron una mirada fugaz, hasta que Mei la apartó, mostrando inquietud.
—Vaya, Mei, qué sorpresa —comentó la inspectora—. ¿También vienes buscando un libro?
—Sí, bueno... —La joven, aún cabizbaja, no lograba encontrar las palabras adecuadas para responder.
—¿Te ocurre algo? —preguntó Claudia con notable interés—. Si te sientes mal, deberías ir a la enfermería. —Arron miró entonces a su acompañante—. Yuzu podrá acompañarte, ¿verdad? —Y aquello provocó un sobresalto en la chica rubia, quien fingía seguir buscando entre los libros de la estantería.
—No es necesario —afirmó Mei de forma rotunda.
—No debes descuidarte. Además, tienes mal aspecto... —La inspectora había observado ya que Mei tenía sus ojos levemente hinchados—. Yuzu, ¿la acompañarías a la enfermería?
La chica rubia permaneció en silencio, aunque Claudia sabía que la había oído, pues había dejado de rebuscar entre los libros. La presidenta, igualmente, tampoco dijo nada ante aquella propuesta de la joven policía.
—De acuerdo, ¿qué está pasando aquí? —preguntó Arron a ambas chicas, pero ninguna de ellas respondió—. Eh, el secretismo conmigo no está permitido, ¿lo sabéis?
—Yuzu no confía en mí —habló al fin Mei, con cierta tristeza en su tono de voz—. Cree que soy una asesina.
—¿Qué? —Claudia se dirigió a la chica rubia—. ¡Yuzu, te dije que no actuaras por tu cuenta!
—Lo siento, yo... —Yuzu las miró a ambas, mostrando confusión en su rostro—. ¡Es que ya no sé a quién creer! ¡Ya no sé quién miente o quién me dice la verdad!
—¿Y por qué iba Mei a engañarte? —le preguntó Claudia.
—¡No lo sé! —Yuzu cada vez parecía más desconcertada—. ¡Pero lleva actuando extraño desde que mataron a Shira-pon!
—Es normal que todas las personas cercanas a una víctima de asesinato sufran comportamientos fuera de lo habitual, Yuzu. Tú misma estás estresándote más de lo normal con todo esto —explicó Claudia.
La chica rubia no respondió, simplemente apartó su mirada con frustración.
—Yuzu —le habló Mei directamente, tratando de acercarse a su hermanastra—, yo no he matado a nadie, te lo prometo. Confía en mí, por favor.
Los ojos de la presidenta volvieron a conectar con los de Yuzu, pero de qué manera; seguía percibiendo la confusión en su rostro, y no parecía que pudiera convencerla fácilmente de que ella no tenía nada que ver con la muerte de Shiraho.
—Está bien, dejémoslo aquí —propuso Claudia, posando su mano en el hombro de Mei para detenerla—. Sigue con tus labores de presidenta, y no te preocupes. Yo me llevaré a Yuzu conmigo.
La presidenta se giró y, por un instante, miró a la inspectora con cierta disconformidad, pero finalmente asintió en señal de aprobación.
—De acuerdo.
—Pero, inspectora... —decía Yuzu.
—Necesito que vengas conmigo —la interrumpió Arron—, al menos una última vez.
Fue entonces cuando la chica rubia entendió a qué se refería Claudia; estaba claro que quería hablar con ella en profundidad sobre el caso. Era cierto que conocía ya bastantes detalles de éste, pero desconocía aún cuál era la opinión que la policía tenía de todo aquello. Y, a una parte de ella, le aterraba llegar a saberla, pues eso significaría estar más cerca de la verdad, y quizás conocer las identidades de los que acabaron con la vida de su amiga. Temía que el nombre de Mei fuera uno de los implicados.
—Yo... Está bien, la acompañaré... y la ayudaré en todo lo que esté en mi mano —accedió al fin.
Ante la atenta mirada de Mei, Claudia invitó a Yuzu a acompañarla y salir de aquella sala. La inspectora sabía que, en aquellos momentos, lo que menos necesitaban ambas jóvenes era pasar tiempo juntas, pues la chica rubia comenzaba a desquiciarse y el problema que ya tenían podía llegar a empeorar aún más.
—Es culpa mía —le dijo Claudia a Yuzu, en cuanto salieron de la sala y comenzaron a caminar hacia el gimnasio.
—¿Qué? —La chica rubia seguía a la policía, sin siquiera preguntar adónde irían.
—No debí permitir que conocieras tantos detalles del caso. Eres una civil, no es ético.
Claudia tuvo que detenerse y volver la vista atrás, después de dejar de escuchar los pasos de Yuzu a sus espaldas.
—Al diablo la ética, inspectora —dijo ella—, quiero saber quiénes mataron a Shira-pon.
Y Claudia comprendió que ya era demasiado tarde para enmendar errores, y que solo podían ir hacia delante. Aquella mirada esmeralda que comenzaba a mostrar un profundo rencor por no poder hacer justicia de la muerte de una amiga ya había visto bastante, pero lo haría una vez más con tal de cerrar de una vez por todas aquel capítulo de sus vidas. Decidieron retomar entonces su caminar y, en cuestión de minutos, consiguieron llegar al gimnasio, aquel que aún custodiaba apaciblemente el escenario donde todo empezó.
—Bien... Supongamos que nos encontramos dos días atrás, en el día del crimen. —Claudia comenzó a pasearse por el decorado, ya encima del escenario—. Shiraho se encuentra sola en plena escena, y solo dos personas deberían estar cerca de ella en ese momento, ¿cierto?
—Sí —respondió Yuzu—. Momokino-san y Matsuri debían ser las únicas cerca del escenario en ese momento; Matsuri, justo detrás de Shira-pon, tenía que simular los disparos de la obra; y Momokino-san, en el extremo opuesto, que esperaba para entrar a actuar en cuanto dispararan al personaje que Shira-pon interpretaba.
—Pero tenemos un problema: a cualquiera de las dos le habría sido difícil matar a la víctima. Por un lado, Momokino llevaba herida al menos desde de una semana antes del día del crimen, cuando la propia Shiraho le disparó en el pie con la pistola de clavos durante la discusión con Minami. Y Matsuri también estaba herida, tuvo un accidente mientras preparaba los decorados el mismo día del crimen. Con la mano completamente vendada acertaría a disparar a cualquiera menos a Shiraho...
—Y ninguna de las dos tienen motivos claros, inspectora. Matsuri apenas la conocía, y Momokino-san estaba enamorada de ella. No creo que se enfadara tanto porque Shira-pon le disparara sin querer en el pie...
—¿Qué me dices de Maruta Kayo, la vicepresidenta? —preguntó Claudia, abriendo otra línea de investigación—. Ella tampoco estaría muy lejos del escenario, por su papel como directora de la obra.
—Sé que a veces puede parecer sospechosa y le gustan mucho las novelas de asesinatos, pero no podría imaginármela disparando a alguien.
—¿Ni siquiera a órdenes de su fiel amiga, Taniguchi Mitsuko? En el despacho del director ya vimos que esa mujer también estaba al tanto de todo, y haría lo que fuera por proteger la imagen de la academia.
—Es verdad que la relación secreta de Momokino-san y Shira-pon podría haber sido un gran escándalo si se hubiera sabido... —La chica rubia se rascó la cabeza, confusa.
—Y luego está nuestro sospechoso favorito, Minami Kuma —dijo Claudia, con ironía—. Ese hombre sabía desde el principio que su prometida lo engañaba, y odiaba a Shiraho por ello. Incluso había pagado a Matsuri para averiguarlo.
—Sí, eso fue lo que Matsuri nos contó —comentó Yuzu.
—No tuvo forma de bajar de los palcos y llegar hasta el escenario para matar a la víctima, pero esa excusa ya sabemos que no sirve de mucho, pues es posible que fueran dos personas las que prepararan el crimen.
—Y eso lo sabemos gracias a la carta que Sara encontró bajo su asiento.
—Carta que no tenía más huellas aparte de las tuyas, las de tu amiga Sara y las mías —completó Claudia—. Y, además, estaba escrita a máquina.
—¿Cree que puede ser una pista falsa, inspectora?
—O es una pista falsa, o alguien la colocó allí a propósito para confundirnos. —Arron se cruzó de brazos y frunció el ceño.
—De todas formas, estoy segura de que Minami está detrás de todo —dijo Yuzu—, pero sabe cubrirse muy bien las espaldas.
—Pero no contaba con que Shiraho, justo antes de morir, lo inculparía gritando su nombre.
—¡Es cierto! ¡Shira-pon sabía que Minami iba a por ella y por eso lo delató!
—Gracias al espejo que tenía frente a ella en el propio escenario, ¿eh?
—¡Exacto!
—Y nos quedan... Aihara Mei y Taniguchi Harumi. —Claudia se percató de inmediato cómo el rostro de Yuzu, que se había ido iluminando conforme deducían la culpabilidad de Minami, se apagaba en cuestión de segundos—. Hay que considerar todas las posibilidades, ya lo sabes.
—Harumin tampoco tenía motivos para matar a Shira-pon —comentó Yuzu—, y Mei...
—Podría haber disparado siguiendo las órdenes de su abuelo, lo sé. —La inspectora miró a Yuzu levemente apenada, pues tampoco le agradaba esa solución.
—Pero... Mei no podría haber hecho algo tan horrible solo por su abuelo... —La chica rubia apartó su mirada hacia el suelo—. Incluso Shira-pon le estaba agradecida por conseguir que permaneciera en la obra...
—Eso solo corrobora que Mei es la que permitió que Shiraho estuviera sentada en ese sillón, ¿lo sabes? —dijo Claudia con una sonrisa nerviosa, señalando el sillón rojo donde la joven fue finalmente asesinada.
—Todo esto me está dando dolor de cabeza, inspectora —se quejó Yuzu, llevándose ambas manos a su frente.
—Pensemos un momento en Shiraho —sugirió Arron—. Sabemos que ella quería colaborar en la obra, pues la Academia Aihara siempre ha sido muy querida para ella. Pero, también sabemos que estaba preocupada, y por eso estuvo quemando y tirando a la basura esos papeles.
—¿Y qué eran esos papeles?
—Creemos que era un documento proveniente de la propia academia. Probablemente una carta de expulsión, o cualquier otra información oficial.
—Tengo una duda, inspectora —dijo Yuzu—. ¿Cómo actuó el asesino? Si uno de ellos estaba entre el público, ¿qué hizo el que ejecutó la orden de disparar?
—Básicamente, primero tuvo que ir a vestirse con el traje de asesino de la obra, ya que Maruta declaró que vio pasar a alguien vestido así justo antes de que sonaran los disparos. Después, una vez llegó hasta Matsuri, tuvo que golpearla y disparar a Shiraho. Y, finalmente, volver a la zona del camerino para dejar allí el traje. Todo ello en cuestión de minutos.
—Tuvo que hacerlo muy rápido...
—Ciertamente.
—Solo alguien de la obra de teatro podría haberlo hecho, éramos las únicas que estábamos lo bastante cerca.
—Lo sé. —Claudia resopló—. Aunque viendo el descontrol de la organización de la obra, no sabría decir quién nos mintió sobre dónde se encontraba en el momento del crimen.
—¿Por qué lo dice?
—Me extraña que lo preguntes —respondió Arron—; teníais analgésicos en el camerino, y una pistola de clavos extraviada en la sala de ensayos. ¡Ni siquiera se usan allí!
—Seguramente Matsuri se la dejó en la sala, al igual que los analgésicos en el camerino. Es muy despistada a veces.
La chica rubia se quedó en silencio, esperando una respuesta por parte de la inspectora. Pero, al ver que tardaba en contestarle, la siguió con la mirada. Claudia se dedicaba a caminar de un lado para otro del escenario, concentrada en sus pensamientos.
—¿Podría ser posible...? —murmuraba Claudia para sí misma.
—¿Inspectora?
—Yuzu, necesito tu ayuda —le dijo al fin—. ¿Podrías ayudarme a colocar la iluminación del escenario tal y como estaba cuando representasteis la obra?
—Sí, claro... —Yuzu no lo pensó demasiado y corrió hasta la pequeña sala de control, situada al fondo del gimnasio, cerca de la entrada. Probó durante unos segundos qué luces podía apagar y encender de toda la estancia, hasta que dio con la combinación que estaba colocada aquel día—. ¡Listo!
Claudia observó entonces ambos lados del escenario, pero se detuvo rápidamente, pues lo que vio la hizo estremecer.
—Eso es...
Había tenido la respuesta delante de sus ojos todo el tiempo, y finalmente lo había entendido. Permaneció en pie unos segundos, aún sin creerse lo que estaba llegando a pensar.
—¿Todo bien, inspectora? —le gritaba Yuzu desde la sala de control.
Claudia miró a la chica rubia; su rostro no podía ocultar la inquietud que sentía en aquellos instantes. Había descubierto quiénes habían sido los culpables de la muerte de la joven Shiraho Suzuran, y debía actuar en consecuencia.
—Necesito... Necesito comprobar algo antes —respondió Claudia a la chica rubia—. Tengo que irme a comisaría.
La policía se dio prisa en bajar del escenario y llegar hasta la puerta de entrada del gimnasio, pero Yuzu corrió hacia ella y se interpuso en su camino.
—¡Espere! ¿Qué ocurre? ¿Acaso ya lo sabe? ¿Sabe quiénes mataron a Shira-pon?
—Creo que sí —respondió Arron—, pero necesito estar segura.
—Voy con usted —se ofreció rápidamente la chica rubia.
—Es mejor que no lo hagas, Yuzu. —Claudia negó con la cabeza.
—¿Por qué? ¿Quiénes fueron? ¡Necesito saberlo, inspectora!
—Intenta reunir a todos los sospechosos aquí —le encargó la policía, mientras posaba ambas manos sobre los hombros de la chica rubia—. Yo volveré en una hora.
Y Yuzu la vio marchar a través de los pasillos de la academia. Jamás la había visto tan desconcertada y segura, así que confiaba en que sus sospechas fueran acertadas. Claudia Arron había dado con los culpables del asesinado de su amiga Shiraho, pero ¿quiénes serían? No solo la duda la invadía por completo, sino también la preocupación por saber si aquel caso acabaría manchando de sangre las manos de las personas que tanto quería. Solo le quedaba esperar a que la inspectora volviera y expusiera sus conclusiones delante de todos. Sería la única forma de llegar por fin a la verdad.
El próximo capítulo será el último para este fic. En la plataforma Wattpad se publicará hoy mismo, debido a que la historia siempre va más adelantada allí.
Aprendiz de Agatha Christie,
Kyomori.
