Holaa holaaa!
Lo sé, lo sé: me tardé y lo lamento x.x pero sigo sin internet y me cuesta mucho conseguir un chance para ir al cyber y subir el capitulo u.u por lo que mientras no me arreglen el problema las actualizaciones serán un poquito irregulares x.x
Pero no hablemos de cosas tristes, mejor hagámoslo de sus geniales review! Están bien divididas, unas aman a Izzy, otras la odia, otras están enojadas con Well y otras les agrada…me encanta la polémica *w* jajajaja Gracias a Nina, Lalala Gem, pumas . orlando, AyleenXime y perdizRyhe por sus comentarios y PM, y a todos los que leen, dan fav y follow n.n contesto los reviews:
Nina: oh, no creo que Sebastian no lo sepa ;) después de todo él vio a Alec hasta su ultimo respiro ¿no? De Isabelle, ella está haciendo lo mejor que puede :P gracias por el comentario n.n
Lalala Gem: jajaja Izzy es genial a pesar de que a veces no haga las cosas de la mejor manera… bueno, sin duda Well no tiene la versió "correcta"… no le pierdas el ojo al brazalete eh? ;) jajajaja sabía que extrañarías a Sebas jajajaa oh vamos, en serio crees que te diré lo que tengo planeado para el futuro? Jajaja así que chiste? Y las fulanas joyas, bueno ya iras viendo junto a Magnus que se traen… sobre los sentimientos de Sebastian, creo que Jonathan respondió a esa pregunta en el cap donde murió ;) Un beso :3
Como siempre, al resto por PM :)
Una cosa que quiero aclarar… Richard es el ex de Magnus criado por hadas que aparece en las crónicas de Magnus Bane (Del curso del primer amor y primeras citas)
Ahora sí, a leer!
Parte IV: La vida de los muertos
La vida de los muertos perdura en el espíritu de los vivos
Cicerón
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Capítulo 5: Novedad
Sin embargo, en un rincón del paraíso se había abierto, inesperada, una puerta al infierno.
Lobos (2009) – Donato Carrisi
X.X.X.X.X.X
Magnus tomó un su vaso de whiskey en la cocina y caminó hacía el sofá cojeando ligeramente mientras escuchaba el tono de repique en su celular. Se había cambiado ya el vendaje del pie al modo mundano, estaba casi curado gracias a una poción que guardaba en la cocina, pero lo cierto es que ese "casi" habría desaparecido si su magia estuviese trabajando adecuadamente.
No contestaron, por lo que canceló la llamada antes de que cayera en el buzón de voz, y en su lugar remarcó; no salía de su departamento desde que Isabelle y Simon se fueran la mañana anterior, y no es como si no tuviera nada que hacer fuera: empezando por ir a la Ciudad Silenciosa y hablar con Alec sobre Well; pero no había nada que le aterrara más que eso, y la perspectiva de ver destruida su relación por algo de lo que no recordaba la mayor cosa; así que prefería distraer su mente obstinando a Catarina con llamada tras llamada hasta que se dignara a contestarle.
- ¿Cat; en que parte del mundo estas cuando te necesito? – Preguntó cuándo finalmente el teléfono fue contestado.
- Detecto algo de drama en tu voz y en las más de cien llamadas que me dejaste – Dijo la encantadora voz de su amiga azul - ¿Que pasa Magnus?
- ¿Por dónde comienzo? - Dijo el brujo para sí mismo; escuchó del otro lado de la línea el suspiro de Catarina.
- Resérvate los dramas que tengas con tu Nefilim para Tessa; ya sabes que no soy del tipo consejera matrimonial.
- No te llamo por Alec – Admitió, sin embargo agregó - Aunque no niego que metí la pata hasta el fondo y...
- Magnus, estoy por tomar un portal para un retiro en el Tibet – Lo cortó - Así que date prisa.
- ¿Qué vas a hacer allá? – Preguntó el brujo interesado tomando un trago de su vaso de whiskey.
- ¿Además de huir de tus llamadas? - Preguntó y agregó - Quiero actualizar mis conocimientos en medicina tradicional tibetana ya que Malcolm decidió volver a Los Ángeles.
- Es medicina tradicional, el chiste es que no está actualizada – Dijo él con obviedad – Además, haz ido ya tres veces; ¿Que más pueden enseñarte?
- ¿Magnus, que quieres? - Preguntó la bruja de piel azul cortante. El de ojos de gato suspiró.
- Creo que mi magia está descompuesta - Dijo. Se hizo un silencio; Magnus casi podía imaginar a Catarina parpadeando perpleja sin saber que decir. Esperó pacientemente en silencio.
- Magnus...- Comenzó ella con cautela, casi como si intentara explicarle a un niño con retraso porque no podía saltar sobre la chimenea encendida - Si sabes que tu magia no es un electrodoméstico ¿verdad? No se descompone.
- Ya lo sé - Gruñó - Pero no puedo hacer magia como se debe Cat.
- ¿A qué te refieres exactamente?
- Parezco Ron Weasley cuando intentaba usar su varita rota - Dijo. Catarina volvió a quedarse en silencio por unos segundos - ¿Cat? – Llamó; suponía que todo el problema con Alec había evitado que pensara en serio sobre su magia; pero ahora que lo hacía, su tono se había cargado de preocupación ante la incertidumbre del asunto - Hablo en serio: le prendí fuego a Presidente Miau cuando intentaba levantar la nevera; y no me preguntes que hacía en el suelo.
- Magnus; cálmate - Intentó ella.
- ¡Y ya tengo suficientes problemas con Alexander para que encima se sume esto a la ecuación! - Exclamó - No sé cómo voy a ir a la Ciudad Silenciosa para hablar con él; tengo que hacerlo antes de que Isabelle vaya, pero no puedo: le partiré el corazón y...
- ¡Magnus! - Gritó ella por la bocina – Tus problemas con el Nefilim son con Tessa, volvamos a tu magia. - El brujo asintió con un suspiro, aunque ella no lo viera. - ¿Desde cuándo estas así?
- Hace un día.
- ¿Y qué estuviste haciendo antes? - Magnus masculló algo inentendible - No te entendí
- Estaba con un chico...
- En la Ciudad Silenciosa - Supuso restándole importancia. Magnus bajó la mirada avergonzado mascullando algo más - ¿Qué? Magnus si no vas a decir algo que se entienda cuelgo y me voy al Tibet.
- Estaba con un chico en el loft; un criado de hadas.
Por tercera vez Catarina hizo silencio; y esta vez fue un silencio bastante incomodo aun cuando junto a Magnus solo estaba Presidente jugando con un ovillo de estambre; Catarina no pregunto detalles, podía intuir a lo que Magnus se refería con "estar"
- ¿Cat? No...
- Oh bueno... No lo esperaba - Admitió ella - Sabes que el Nefilim no me agrada, en especial después de todo lo que pasó con Sebastian pero...-Pareció quedarse nuevamente sin saber que decir: Magnus sabía que Alec le desagradaba, lo hacía desde que casi muere hace cinco años en medio del ataque de Sebastian al instituto de New York, el cual Alec había propiciado; por eso no la forzaba a escucharlo hablar de él, suficiente había hecho ella cuando a pesar de eso los ayudó en la batalla final contra Sebastian a vencerlo y proteger a Alec en el proceso - En fin... Vamos a concentrarnos: tu magia… así que un criado por hadas... - Magnus asintió - ¿Y antes...antes de él...tu magia estaba bien?
- Creo que no tenía problemas.
- ¿Y después?
- Cuando desperté, ya estaba fallando.
- ¿Hicieron algún hechizo o algo mientras estuvieron juntos?
- No que recuerde
- ¿Y qué hay del loft? Las hadas juegan sucio, y sus mascotas aún más: saben de los engaños humanos, y los de Seelie – Dijo con desconfianza - ¿No hay algún objeto raro en tu casa ó cerca de ti que pueda estar bloqueándola?
- No está bloqueada, parece más como distorsionada - Dijo y observó todo a su alrededor: no había nada extraño, nada que pareciera fuera de lugar: solo faltaba la foto de Alec, pero nada parecía sobrar; dejó el vaso de whiskey sobre la mesa de centro y caminó a su habitación para observarse en el espejo: él tampoco parecía tener nada raro, el par de aretes en sus orejas seguían ahí; y el collar de calaveras que llevaba lo había comprado hacía unos seis meses; y tanto el brazalete de piedras azules, como el de piedra negra con brillo naranja le parecían conocidos; sus ropas también eran las mismas de siempre; nada raro. - Creo que no.
- ¿Crees? ¿Hay algo de lo que estés seguro? - Pregunto ella exasperada.
- Bueno… él… había ciruela de hadas – dijo avergonzado por no poder darle ningún detalle claro. Catarina suspiró.
- No veo la relevancia – Dijo y agregó - Escucha Magnus; ya debo irme – Dijo – No se me ocurre ningún motivo fuera de algún objeto encantado para entorpecer tu magia, y en ese caso debes buscarlo.
- Supongo que eso haré; anda, ve con los monjes…
- Y Magnus… ve a hablar con tu Nefilim; no podrás concentrarte realmente en nada más hasta que lo resuelvan.
La bruja colgó sin esperar respuesta, dejando a Bane sorprendido por el consejo; sin embargo, una triste sonrisa no tardó en colarse en sus labios, porque sabía que ella tenía razón.
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Se removió incomoda ante la fría corriente de aire que llegaba desde la entrada de la cueva. Cuando había decidido no ir a los institutos para trabajar como guardia de la Clave, hacer vigilancia en esa oscura cueva no había estado en sus planes.
La joven Nefilim frotó sus manos frente a si, usando su propio aliento para intentar calentárselas. Odiaba estar en ese lugar, muchas personas habían muerto allí hacía cinco años: subterráneos y Nefilims por igual que arriesgaron sus vidas para detener a Sebastian. Ella misma había estado allí presente, aun siendo menor de edad había decidido ayudar a la clave; debía admitir que, en ese entonces, ayudar a salvar al mundo de la maldad de Sebastian Morgenstern no había sido su prioridad; no, había acudido con sentimientos mucho más egoístas: vengar a su abuela.
Se removió incomoda ante otra corriente de aire. Esperaba que su compañero fuera a relevarla pronto o se congelaría hasta el trasero. Realmente le gustaba su trabajo como guardia: podía viajar constantemente acompañando a la Cónsul a los lugares donde esta fuese requerida, había llegado a conocer muchos institutos de esa manera, muchas culturas Nefilims diferentes, muchos comportamientos de subterráneos que cambiaban según el lugar; pero cuando le tocaba patrullaje en los lugares de interés para la clave, la historia era otra: generalmente no ocurría nada y ella solo se aburría como una ostra. Al menos antes las vigilancias las hacían en grupo, pero dado todo el tiempo que había pasado sin novedad alguna, se decidió reducir el personal para esas tareas.
La Cónsul generalmente era muy amable con ella; sin embargo, nunca había escoltado al Inquisidor; sabía que este no confiaba en ella, y sinceramente sentía que no podía culparlo. Su lugar en la guardia de honor le había sido otorgado fácilmente luego de su participación clave en la muerte de Sebastian Morgenstern. Ella había estado allí, lo había herido con su espada por error; y ni el Inquisidor, ni ella misma, olvidaban que esa estocada había sido dirigida en primer lugar para el hijo de este: Alexander Lightwood.
Una ráfaga especialmente fuerte la hizo estremecer.
Ese lugar era realmente atemorizante; no solo por todos los caídos, no, lo que le hacía estremecer era el mismo motivo por el cual la clave lo mantenía vigilado: había un portal directo a Edom allí mismo. El portal había sido cerrado luego de la muerte de Sebastian, y desde entonces no había ninguna actividad en él, pero la Clave no quería arriesgarse a que nadie, Nefilim o Submundo, creyera que podría emplearlo bajo ningún concepto: la clave no iba a permitir ser tomada de sorpresa otra vez.
Escuchó pasos acercarse. Ignoró el ligero olor a azufre que había comenzado a llegarle y en cambio sonrió aliviada al reconocer a su relevo caminando en su dirección a través de la cueva.
- Ya era hora, hace un frio del demonio – Se quejó ella.
- Fueron solo cinco minutos – Se excusó su compañero restregándose la nariz, un poco incómodo por el olor - ¿Cómo estuvo la guardia?
- Aburrida y sin ninguna novedad – Aseguró la joven muchacha. Sabía que la pregunta era más por protocolo, pero realmente ¿Qué esperaba que ocurriera? – Me voy entonc…
Sus palabras se vieron interrumpidas por una corriente de aire aún más fuerte y fría; una corriente de aire que iba con un extraño brillo azulado que la hacía visible, recorriendo la cueva hasta golpear el grabado del portal.
- ¿Qué demonios? – Preguntó la muchacha apresurándose en empuñar su cuchillo Serafín al igual que su compañero. El portal se iluminó durante un escaso segundo en un brillo azul antes de volver a la normalidad – ¿Está oliendo a azufre? – Preguntó notando el incremento en el olor.
Ambos esperaron expectantes unos minutos; pero nada más ocurrió. Sin embargo, Cossette Montclaire lamentó su gran bocota: realmente habría preferido mantener esa guardia totalmente aburrida y sin tener que reportar ninguna novedad.
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Dudó. Por primera vez no quería estar ahí, no quería estar en el mismo lugar que Alec. No quería, porque lo último que deseaba era tener que confesarle lo que había hecho...lo que suponía que hizo.
Había evitado ir; hacia dos noches que había sido navidad. Pero no conseguía la manera de cómo darle la cara a Alexander, pero temía aún más que Isabelle contara su versión de la historia y luego este no le dejara explicarse.
Desde que conoció a Alexander, Magnus no había estado con nadie más; cuando su relación aún no se definía, él había perdido el interés por las otras personas; ni siquiera cuando terminaron o cuando lo pensó con Sebastian, mucho menos durante estos cincos años: Magnus se había dedicado día a día a asegurarle a Alexander que sería solo para él, que lo esperaría sin importar el tiempo. ¿Cómo había ocurrido esa situación entonces?
Observó desde que entró al oscuro pasillo, la figura de Alec. Tenía una piedra de luz sujeta en su mano iluminando un gran libro; Magnus podía identificarlo incluso a la distancia: era el libro de piratas que le regalara a Maxxie hacia menos de un mes, se había vuelto rápidamente su favorito.
El niño se incorporó de pronto antes de que Magnus pudiera acercarse, había estado acostado en la cama del Nefilim y ahora buscaba en todas direcciones hasta que su mirada azul se encontró con la de Magnus: su magia había reconocido la del alto brujo.
- ¡Magnum! - gritó el pequeño emocionado. La cabeza de Alec se alzó como si de un resorte se tratara. Magnus pudo ver como la mirada del ojos azules no estaba molesta en lo absoluto, al contrario, había tanto alivio en su mirada que lo hizo sentir aun peor- ¡Magnum! ¡Magnum! ¿Estás bien? - Preguntó el niño saliendo de la celda para ir a abrazarse a su pierna. Magnus lo tomó en brazos acercándose a Alec quien también se había incorporado y se acercaba a la reja.
- Por supuesto morita; ¿Cómo no estarlo? - Preguntó. Maximum lo abrazó del cuello un segundo y luego lo miró con las mejillas infladas.
- ¿Entonces porque no viniste en Navidad? – Su pregunta era más una acusación más agregó rápidamente - ¿Y mis regalos? ¿Dónde están mis regalos? - Gruñó. Magnus miró al niño con una pequeña sonrisa y luego a Alec, el chico parecía expectante, quería hablar. Alec sabía que algo había pasado, pero no contradiría a Magnus frente al niño - ¡Aparécelos!
- Ya voy, ya voy - Dijo el alto brujo realizando un gesto de su mano. Alec notó en su muñeca el brazalete con piedras negras y líneas naranja como el fuego; pero no le hizo caso: Magnus tenía muchas pulseras y joyería como para pretender haberlas visto todas.
- ¿Y bien?
- Ya voy, ya voy – Repitió exasperado, pero no por el niño. Lo intentó otra vez, concentrándose, pero nada. Bufó.
"Bane, supongo que estas bolsas que hiciste aparecer aquí son para Maximum"
Escuchó la voz del hermano Enoch, parecía tan exasperado como él mismo. Magnus se desconcertó.
- Yo...eh...aparecieron en la habitación de los hermanos silenciosos. Ve por ellos.
- ¡Siii! - Gritó el niño emocionado corriendo hacia el hermano Enoch, pero un par de celdas más allá se devolvió otra vez a Magnus.
- ¡Me salieron cuernos! - Gritó emocionado mostrándole sus nuevos cuernitos. Magnus tuvo que apartar el cabello para verlo y en efecto - ¡Y el Hermano Enoch dice que no me convertiré en vaca!
- ¡Genial! – Celebró con una risita - Mi mejor amigo también tenía cuernos - Comentó.
- ¡Sí! - Exclamó feliz - Voy por mis regalos. - Dijo corriendo esta vez sí, fuera del pasillo de celdas. Magnus suspiró observándolo, podía sentir la mirada fija de Alec tras suyo, pero no se atrevía a darle la cara.
- ¿Estás bien? - Repitió el Nefilim la pregunta. El brujo dudó.
- No lo sé - dijo.
- ¿Magnus, que pasa? - Cuestionó Alec preocupado - Sacaste a Maximum para que nos dejara hablar a solas ¿no?
- No realmente - Suspiró volviéndose hacia Alec- Estoy teniendo problemas con mi magia - Dijo, empezando por, quizás, el menor de sus problemas - Quise aparecerlos aquí, pero fue a dar en la habitación del hermano Enoch. Ha estado así desde hace un par de días: ayer intente cerrar la puerta y desapareció y cuando intente hacerla reaparecer convertí el perchero en una palmera.
Alec produjo un bufido que intentaba contener una risa. Sabía que el desbarajuste en la magia de Magnus sería un problema, pero realmente se había preocupado por algo más grave así que en cierta forma se sentía aliviado.
- ¿No es algo que no puedas solucionar, o si?
- Eso espero - Aseguró - Pero aún no sé porque está pasando, no sé cómo corregirlo.
- ¿Por eso no viniste en navidad? - Alec intentó sonar lo más casual que pudo; no quería parecer acusador, él conocía a Magnus: la última vez que lo dejó sin explicación había estado rastreando a su hermano Max por días.
- Te amo Alexander - Susurró. El chico se estremeció. No había sonado nada bien esa confesión, al contrario.
- ¿Magnus, que pasa? ¿Estas enfermo? Pensé que los brujos no podían enfermarse, pero si es así podemos... - Magnus negó con la cabeza.
-Nunca… nunca he querido hacerte daño Alec ¿Lo sabes? – El chico asintió sin poder evitar contener el aliento - Eres lo más importante que tengo en mi vida y…
- Magnus me estás asustando – Le advirtió; el brujo suspiró, porque no sabía cómo se suponía que debía decir eso.
- Volví a encontrarme al chico del cementerio; el día de navidad, me ayudó con las bolsas de las compras.
- No entiendo, ¿Que tiene que ver...?
- Me besó... nos.… nos besamos... Yo...- La voz de Magnus murió, no sabía cómo decirlo, no quería decirlo porque sentía que lo haría realidad. El silencio más sepulcral en el que hubiera estado cayó sobre ambos. Alec esperaba; esperaba a que dijera algo más pero el brujo solo bajó la mirada avergonzado y la situación golpeó al chico con todo su peso.
- ¿No viniste porque te estabas acostando con otro? - La voz de Alec fue un sonido agudo. Magnus apretó los ojos.
- No.… yo no.… no lo sé. - Admitió bajando la mirada, no había podido recordar nada más de esa noche. Alec abrió la boca, pero la cerró de inmediato. – Alec…
- Supongo...supongo que me sorprende que no ocurriera antes. - Susurró. Magnus alzó la mirada herido por eso. Alec se había alejado de los barrotes, retrocedía lentamente. - Está bien, no es como si realmente tuvieras que esperar por mí aquí dentro.
- Alec no hagas esto...
- ¿Hacer qué? - Saltó el chico - ¡Tú eres quien se acostó con ese chico!
- Te dije que no sé...
- ¡Por favor Magnus! ¿Cómo no vas a saberlo? – Saltó.
- Había…ciruela de hadas y yo… no recuerdo…- Intentó excusarse.
-¿Qué no recuerdas? ¡Te espere por horas, Magnus! – Le interrumpió Alec- Preocupado por no saber de ti por dos días; Maximum se asustó también; pero tú estabas revolcándote con otro.
Una lágrima se escapó de sus mejillas. Alec se la limpió rápidamente. Se sentía herido; él había, por años, pedido a Magnus que se marchara, que siguiera con su vida y buscara alguien más con quien compartirla ¿Porque le dolía tanto entonces que finalmente el brujo le hiciera caso?
- Alexander, escúchame por favor.
- Vete - Susurró - No quiero hablar contigo...no ahora, vete por favor.
Magnus sintió el pecho rompérsele en pedazo, viendo a Alec abrazarse a sí mismo como si intentara mantener sus piezas unidas.
- Lo siento Alec - Susurró dando media vuelta para marcharse; sin embargo, no fue lo suficientemente rápido. Escuchó al pelonegro dejándose caer en la cama con un sollozo. Magnus luchó contra sí mismo para no volver sobre sus pasos y en cambio limpió las lágrimas que brotaban de sus ojos de gato y salió dejando al ojos azules intentando contener los sollozos.
Quizás estaba siendo muy dramático; pero él había querido creer en Magnus; creer que pese a todo lo que había hecho había alguien queriéndolo incondicionalmente, creyendo en él; quería creer que podía soportar esos diez años en la ciudad silenciosa porque al cumplirlos le esperaba una vida feliz junto a Magnus
Y ahora todo se había derrumbado con un soplo.
¿Cómo podía decir que no sabía si se habían acostado? Alec había podido ver la culpa y el arrepentimiento en el brujo y esas no habrían aparecido si la respuesta fuese un "no" rotundo.
No pudo contener más un sollozo: por primera vez desde que llegó a la ciudad silenciosa, se sintió realmente un prisionero. Por primera vez sintió que perdía de vista su vida, su futuro; que perdía de vista a Magnus.
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Caminó decidido entre las hadas de la corte. Algunas de ellas se acercaron a él pululando a su alrededor. El chico aceptó las flores que colocaron en su cabello, o los besos de algunas de ellas que se abrazaban a su cuello.
- Well dancemos con las ninfas del rio - Propuso una de ellas con emoción.
- No podría rechazar tal propuesta de una dama hermosa - Dijo con algo de zalamería - Pero antes debo hablar con mi Reina.
- Te esperaremos entonces – Aseguró una de las hadas para luego agregar – La Reina Seelie está en su trono - Dijo - Discute con Kaelie las políticas ante la clave.
- Perfecto - Aseguró él soltándose para dirigirse a la sala del trono. Estaba algo nervioso, el ligero temblor en sus dedos era prueba de eso, pero confiaba en Sebastian: si decía que esa era la mejor opción, entonces lo era.
Se adentró en la sala en silencio. Haciendo una profunda reverencia cuando estuvo ante la reina Seelie. Tanto ella como Kaelie detuvieron la conversación al verlo, pero él no deshizo la reverencia ni alzó la mirada un centímetro hasta que escuchó la orden de Seelie.
- Puedes levantarte Nefilim - Se incorporó con un gesto de desagrado en el rostro: no le gustaba que le recordaran sus orígenes; su pertenencia a una raza que le había quitado tanto. Kaelie también torció el gesto, no a gusto con la acotación de que fuese un Nefilim más no la contradijo - ¿Que te hace venir hasta mi esta mañana?
- Mi señora; he oído que las negociaciones con La Clave no están yendo como quisiéramos - Dijo. La reina Seelie únicamente asintió, esperando ver a donde quería llegar. El chico se removió recordando los argumentos que Sebastian le habían dado - A la clave no le importa recuperar a Mark Blackthorn; quizás los Blackthorn estén dispuesto a dar lo que sea por el chico, pero él no es cercano a nadie de influencia real.
- ¿Que propones entonces? - Cuestionó y agregó - Porque la realidad es que los nuestros siguen muriendo en Los Ángeles y no hemos encontrado manera de evitarlo por nuestra cuenta. ¿Cómo propones conseguir que los nefilims nos ayuden?
- Involúcreme en las negociaciones; hágame parte de ellas mi Reina - Dijo - Apelemos a los sentimientos del Inquisidor: déjele saber que estoy vivo y ofrézcame a cambio de la ayuda.
- ¿Acaso quieres marcharte Well? - La pregunta de Kaelie fue una acusación. El chico volteó a verla con tristeza porque lo último que quería era hacerle creer que no agradecía todo lo que ella había hecho por él.
- Al contrario; quiero servirle al pueblo Seelie en agradecimiento de todo lo que han hecho por mí. Por eso creo que es hora de dejar de esconderme.
- ¿Esconderte? - Bufó Kaelie - Eres un prisionero, mi prisionero.
- Por supuesto - El chico le guiñó el ojo con una sonrisa. Él sabía que quizás así había empezado todo, a fin de cuentas, pero sabía también que actualmente no había nada más alejado a la realidad que eso.
- Pensare tu propuesta Nefilim -dijo la reina recuperando el orden. – Puedes marcharte ya.
El chico se removió incómodo. Pero en lugar de retirarse se llevó la mano a los bolsillos sacando el collar que había llevado antes al loft de Magnus. La reina Seelie endureció su mirada de inmediato, dirigiendo una rápida mirada al anillo a juego que descansaba en su mano derecha, como si quisiera comprobar que seguía allí; antes de volverla sobre Well enarcando una ceja mientras Kaelie se llevaba la mano a la boca horrorizada.
- Tomé prestadas las joyas de Edom mi señora - Dijo con la mirada gacha, ofreciéndoselas - Fui a confrontar a un brujo, quería protegerme de su magia, lo lamento, debí pedirlos.
- ¿Dónde está el brazalete? – Preguntó Seelie tomando el collar con enojo y notando la ausencia de la tercera pieza.
- Lo perdí en la confrontación - Respondió sin alzar la mirada, avergonzado; o eso intentaba parecer, no quería que notaran que mentía. Por un segundo la ira en la mirada de Seelie refulgió con un fuego tan peligroso e intenso como el de las mismas joyas.
- ¿Lo perdiste? – Preguntó con tono contenido, aunque furioso – ¿Tienes una idea de todo lo que tuve que hacer para dar con ellos? – Well negó sin atreverse a alzar la mirada; la Reina lo abofeteó con fuerza. El chico apretó los puños pero no alzó la mirada, solo intentaba no prestar atención a la exclamación de horrible sorpresa de Kaelie: él no quería que ella viera eso - No toleramos el robo Nefilim – Siseó; apretaba el collar con una mano mientras que con la otra tomó fuertemente la quijada de Well, obligándolo a alzar la mirada y verla - Serán quince azotes por eso - Él se encogió con un gemido, pero asintió lo más que el agarre de la Reina Seelie le permitía, podía sentir sus uñas clavándose en la piel de su rostro - Y diez más por perder el brazalete. – Asintió de nuevo, intentando contener el temblor de miedo en su cuerpo; después de todo, era algo que ya se esperaba.
- Mi Reina, por favor…- Empezó Kaelie; pero Seelie la calló con una mirada dura y en cambio apretó aún más el agarre en Well y lo acercó a ella para susurrar a su oído de forma de que solo el chico lo escuchara
- Si descubro que estas mintiendo, Nefilim; o hay algo más dentro de tu propuesta, serán cien azotes, y me asegurare de que pierdas esa belleza de la que tanto presumes.
Lo soltó empujándolo con brusquedad. Well cayó al suelo con la mirada fija en este, no quería alzar el rostro, no podía permitir que notaran los sentimientos que estaban contenidos en las lágrimas que se acumulaban en sus ojos: Rabia, ira y miedo.
Se mordió la lengua para contenerse de replicar que él no presumía. Y en cambio esperó en silencio en el suelo, podía sentir la mirada triste de Kaelie puesta sobre él mientras la Reina Seelie llamaba a un par de sus caballeros para que lo llevaran a azotar.
Los caballeros hadas lo tomaron de los brazos incorporándolo para sacarlo de la sala del trono.
-Well – Susurró Kaelie cuando pasaron a su lado; el chico evitó a toda costa su mirada, y en cambio siguió caminando en silencio: sabía que la había decepcionado al robarle así a la Reina Seelie y que cada azote la haría sufrir como a sí mismo; pero también sabía que Bash había tenido razón: La reina aun ahora consideraría su propuesta, si él hubiera devuelto las joyas y ella se enteraba luego que las había robado, el castigo habría sido mucho peor y no habría podido ayudar a Sebastian a volver.
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El brillo del fuego aparecer al otro lado de los barrotes llamó su atención. Alec lo observó arder por unos minutos, indeciso; Magnus era el único que le enviaba mensajes de fuego allí adentro cuando quería decirle algo, volvió la mirada hacia la mesita a su lado, donde varios papeles arrugados hacían un pequeño montón. En los últimos tres días había tenido mucho por decirle, pero él no estaba seguro de querer seguir leyendo los mensajes. Era muy doloroso.
El pequeño niño que dormía totalmente explayado a su lado, se removió estirando sus brazos y piernas a todo lo que daban como una estrella que pateó a Alec. El chico de los ojos azules lo observó un segundo, Max decía que se veía triste y por eso se había quedado a dormir con él esa noche a escondidas de los Hermanos Silenciosos "para protegerte" había dicho. Sonrió un poco, por el brujo protector que se gastaba; y suspiró luego incorporándose con cuidado de no despertarlo y se apresuró a los barrotes tomando la nota antes de que las llamas desaparecieran.
Quería creer que la había tomado porque así podría darle noticias a Maxxie sobre Magnus a la mañana siguiente. El niño esa noche había preguntado por él, y estaba preocupado porque el brujo mayor no hubiese vuelto desde que los visitara un par de días después de navidad y ya al día siguiente sería fin de año. Se mordió el labio pensando en cómo le diría que no lo verían por un buen tiempo.
Lo cierto es que no lo hacía por el niño, él mismo quería leerla. Magnus le había enviado mensajes de fuego durante estos tres días, pidiendo que lo perdonara, diciendo que lo amaba, contándole que su magia seguía fallando igual o alguna tontería que hubiese pasado a su alrededor, asegurando que Presidente Miau le enviaba saludos.
Se dirigió hacia la mesa para tomar la linterna e iluminar la nota con la cursiva letra del brujo.
Hola garbancito
¿Cómo estás esta noche? Generalmente no sueles dormir antes de medianoche, pero si te desperté lo siento. Hoy fui a la Ciudad de Hueso: Robert me envió a tratar unos asuntos de la clave con ellos, sé que me pediste tiempo, pero realmente me habría gustado ir a verte sin embargo ellos no me lo permitieron; no dijeron porque, solo me obligaron a irme.
Alec torció el gesto. El hermano Enoch tendía a ser más receptivo que otros hermanos silenciosos y él le había pedido que no le permitiera el paso a Magnus. Realmente necesitaba pensar las cosas, pero justo ahora sentía el remordimiento por haberlo hecho.
Sé que estás enojado cielo, y no te culpo en lo absoluto; no, tienes todo el derecho a estar furioso conmigo, yo lo estoy por permitir que la ciruela de hadas o lo que fuera, me hicieran perderte de vista por un momento. Espero que podamos hablar pronto, que puedas escucharme.
Presidente Miau te envía saludos.
Te amo.
Los ojos de Alec se fijaron en esas últimas palabras y un nudo se atoró en su estómago. Aun cuando estaba enojado y dolido, aun cuando evitaba a Magnus; ¿Cómo es que sus palabras, incluso las escritas, podían robarle el aliento?
Dejó la carta en la mesa junto las anteriores que había recibido. No se sentía preparado para verlo otra vez, para escuchar sus explicaciones, pero mentiría si decía que no ansiaba con todo su ser tener a Magnus allí en ese momento.
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Removió el contenido del mortero agregando un par de vayas moradas que machacó luego con paciencia mientras tarareaba una suave melodía. El lugar estaba suavemente iluminado por la luz del exterior y el aroma de las plantas envolvía el lugar.
- Si sigues arrullándome me quedare dormido - Advirtió Well; estaba acostado boca abajo sobre su cama de hojas en la cueva que comúnmente actuaba como su habitación. Tenía los brazos a modo de almohada y le rostro girado hacía Kaelie. La hada se notaba bastante cansada. Llevaba cuatro días ahí, acompañándolo cuando la Reina Seelie no la requería, encargándose de velar su sueño y como ahora, curar sus heridas.
- Deberías dormir; así sanaras más rápido – Sugirió ella.
- Ya no me duele - Dijo él intentando parecer valiente; Kaelie lo miró con reprobación por su mentira, sin dejar de machacar el contenido del mortero, volviéndolo una cataplasma de olor cítrico. - Bueno, quizás me duele un poco. – Admitió. La hada suspiró.
- Si vieras como tienes la espalda, volvería a dolerte mucho - Dijo ella con pena; tomando parte de la medicina con las manos - Aguanta - Le pidió antes de colocarlo sobre las heridas. Well apretó las manos en puño y la quijada sintiendo como la mujer hada recorría con cuidado cada una de sus heridas. Su espalda se había convertido prácticamente en enormes llagas con costras producidas por los azotes que la Reina ordenara tres días atrás.
Kaelie se encargó de que todas las heridas quedaran bien cubiertas, podía sentir los músculos del chico tensarse ante cada contacto. El mismo día en que fue azotado, sus gritos y lágrimas de dolor habían sido insoportables para ella. Un día después no gritó y ella descubrió luego que se había mordido el brazo hasta sacarse sangre, le rompía el corazón verlo sufrir de esa manera aun cuando pudiera merecérselo por robar a la Reina, por lo que agregó algunas plantas con propiedades anestésicas a su cataplasma. Al tercer día Well volvió a ponerse de pie y caminar y las costras comenzaron a salir, y Kaelie se sintió un poco más aliviada entonces.
Terminó finalmente y se sentó en el suelo junto a la cama; apoyando su espalda en esta, dejando caer la cabeza con cansancio. Well la miró, sus ojos amenazaban con lágrimas debido al dolor que sentía, pero al menos esta vez no había derramado ninguna. Le avergonzaba ser tan débil como para no soportarlo: él había sido criado para disfrutar de las bondades del pueblo Seelie, no para aguantar el dolor que la Reina podía causar.
Kaelie estiró una mano, sus dedos acariciaban el tobillo izquierdo del muchacho. Tenía los ojos cerrados, como si quisiera descansar, pero no se atreviera a dormir mientras no asegurara que él estaría completamente bien.
- Ve a dormir bella dama -Le pidió él viendo su expresión cansada con tristeza - Las estrellas velaran mi sueño con la misma solemnidad que tú lo haces.
- Pero no con el mismo interés – Aseguró con una sutil sonrisa y los ojos cerrados. Él también sonrió.
- Estás cansada; ve a descansar.
- ¿Quieres cenar algo? - Lo ignoró - Te traeré algo de comer.- Hizo el ademan de levantarse, pero Well la sujetó de la mano; quería que Kaelie fuese a dormir, no que siguiera esforzándose por él.
- No, así estoy bien - Aseguró. Ella asintió volviendo a la posición de antes y a las caricias en su tobillo mientras nuevamente tarareaba una suave balada de las típicas de Feéra. Well sonrió con suavidad dejándose arrullar por el sonido de la mujer: conocía esa balada, iba sobre una dama Seelie que recorría por años muchas dimensiones para conseguir el fruto más dulce para su pequeño. Sonrió dejándose arrullar por el sonido de su tarareo y las caricias en su tobillo, sintiendo los parpados hacerse pesado mientras se dormitaba; no supo si llegó a dormirse o cuánto tiempo estuvo en el limbo del sueño, yendo y viniendo dela consciencia; solo que en algún punto volvió a hacerse consciente de su alrededor cuando los suaves tarareos se volvieron bajos sollozos.
- Si estuvieras con ellos ya te habrían curado - Decía Kaelie con voz cargada de pena sin intención de ser escuchada por él; Well abrió la boca dispuesto a decirle que estaba agradecido por todo lo que ella hacía, pero su voz quedo atrapada en su garganta al escuchar sus siguientes palabras - La magia del ángel ya te habría curado.
Well sintió el corazón darle un vuelco, la magia del ángel. Se estremeció en rechazo, no era sino hasta ahora que notaba que las caricias de Kaelie sobre su tobillo, de hecho, no lo eran. La mujer estaba trazando algo, una figura con su dedo, demarcando una imagen que llevaba grabada con fuego en su piel: Kaelie trazaba la silueta de la vieja Iratze que Sebastian le había puesto de niño.
Sintió las lágrimas acumularse en sus ojos y la opresión en el pecho volverse insoportable.
- Yo no necesito al ángel – Susurró. La hada respingó, obviamente no había esperado que él estuviese despierto y la escuchara - No necesito runas.
- Con ellas habrías curado en un día - Dijo ella afectada. Ya no demarcaba la runa, pero sus dedos seguían sobre ella. – Quizás podríamos ir a un pequeño instituto, tal vez Islandia...está lo suficientemente lejos. – Susurró para sí misma.
- No – Negó él rotundo – Sin runas, sin nefilims: no dejaré que vuelvan a marcarme – Su voz era seria, y demostraba un claro resentimiento - La magia Seelie es suficiente para mí.
Se creó un silencio tenso entre ambos. Kaelie solo lo observaba, agradecía el poco interés de Well hacía las costumbres Nefilims, era eso lo que lo mantenía a su lado; pero no había nada que deseara más que disminuir todo el dolor que estaba sintiendo. Suspiró un poco más sonoramente, sentía que su ayuda era poco útil, y eso no le gustaba.
- Tal vez no puedo curarte tan rápido como quisiera – Dijo ella – Pero puedo ayudarte a no sentir cuanto duele.
- No tienes que…-Dijo él, pero la mujer ya se estaba incorporando.
- ¿Puedes caminar bien, cierto?
- Si, temprano di un paseo por el prado – Informó; ella lo ayudó para que se sentara y él se dejó hacer, confundido. – ¿Kaelie que…?
- Algunos saldrán hoy – Dijo interrumpiéndolo – Vamos, tenemos que vestirte: irás con Richard.
- No necesito…espera ¿Qué? – Se interrumpió desconcertado - ¿Me estás dejando ir de fiesta? – Kaelie se mordió el labio con duda, pero asintió.
- La ciruela de hada y los caramelos no te dejarán sentir ningún dolor – Dijo con una triste sonrisa – Sé que te gusta salir con ellos: ve a divertirte.
Well la miró como si esperara que admitiera que era una broma; pero las hadas no solían hacer ese tipo de bromas que implicaban mentir, así que tenía que ser cierto.
- Iré al mundo mundano – Susurró, una sonrisa comenzaba a ampliarse en su rostro – Puedo ir de fiesta ¡Gracias hermosa dama! – Exclamó con entusiasmo besando sonoramente su mejilla. Kaelie se mostró sorprendida por su acción, pero finalmente solo sonrió agradada.
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Un capitulo bastante emotivo ¿no?
Awww se me rompe el corazón poner a discutir Malec :'( y eso ida de Well al mundo mundano… no sé ustedes, pero vaticino más problemas; especialmente cuando el próximo capitulo se llama "Ciruela de Hadas" ;)
Nos leemos pronto
besos :3
