¡Buenas! ¿Como están?
Tommiboy: Yo creía que Misty tenía 12 años, no 11. No te preocupes por el cumpleaños, tengo tooodo planeado.
AlenDarkStar: Por algo el fic tiene este precioso título XD. Uno aprende del error y el dolor.
Slash Torrance: Misty sí maltrataba a Psyduck, de manera física y psicológica, pero en el animé se lo tomaba como un chiste. Yo odio el maltrato, así que le quise dar una lección.
Saludos y los espero en el próximo capítulo.
Capítulo treinta y tres
Isla Canela
Al día siguiente, viajaron hacia Isla Canela. No en un ferry, sino en un pequeño crucero. James había conseguido un descuento para poder viajar. Brock había pensado que el descuento no existía y se había metido a trabajar de gratis para poder viajar, pero James le explicó que el descuento era válido si viajabas con más de cuatro personas.
Una vez adentro, se quedaron maravillados con la cantidad de gente que había, con su propio bar y una piscina. James ya había estado en cruceros mejores que ese cuando era niño, pero prefería mil veces estar ahí, acompañado de Jessie, Meowth y los bobos.
James intentaba disfrutar el crucero, pero le era difícil. Misty estaba mirando el mar, con los brazos apoyados en la baranda, con una tristeza que le partía el alma. Inconcientemente, tocó la pokebola en el bolsillo, donde tenía a Psyduck. Necesitaba que la animaran, pero no sabía como. Hacía un rato que los otros dos habían intentado levantarle el ánimo, sin éxito.
—¿James? —Jessie lo abrazó por la espalda—. ¿Qué sucede?
James suspiró.
—No sé que hacer con Misty. No me gusta verla así.
—Y menos cerca del barandal —agregó Jessie—. Necesita tiempo.
—¿Al igual que Meowth necesitaba tiempo para reponerse de Togepi?
Jessie se puso tensa.
—Tienes razón, James. Lo siento.
James iba a responder que no era nada, que solo estaba nervioso, pero una idea cruzó su mente como un relámpago. Se dio vuelta.
—Jessie, ¿Qué te parece tener un día de chicas con ella?
Jessie lo miró, sorprendida.
—¿Día de chicas?
—Claro. Pasen un día en Isla Canela ustedes dos solas. Vayan a comer, a pasear, a hablar de lo que quieran, vayan a la peluquería… sería algo bueno para ambas.
—Pero James, tu tenías planes para armar un puesto de comida y…
—Me las arreglaré con Meowth. Tal vez Brock también me dé una mano. Tú descansa, ¿si?
Jessie sonrió.
—Está bien, pasaré todo un día con ella, pero no sé si lograré hacerla sentir mejor.
James le devolvíó la sonrisa.
—Ve con ella.
Jessie asintió y se dirigió hacia Misty. Vio como su novia se ponía al lado de ella y comenzaba a entablar conversación. James acarició a Nina, posada casi de manera eterna en su hombro.
—Vamos a buscar una reposera, ¿si?
James comenzó a caminar por el crucero, esquivando a los turistas y mirando a su alrededor. Meowth estaba en una reposera con Nina, ojeando un libro de nombre que había comprado en una librería del puerto para elegirle un nombre al bebé; Ash y Brock estaban apoyados en la baranda conversando, a unos tres o cuatro metros de donde estaban Jessie y Misty. Al fin, encontró un par de reposeras azules. James se acostó y acomodó a Nina en su pecho. Luego, se puso unos anteojos oscuros baratos que había comprado en un puesto ambulante. Bueno, al fin podría tomar el sol en un lugar que no fuera una fantasía.
No duró mucho.
Su ambiente pacífico fue interrumpidos por las risotadas de un montón de chicas adolescentes. Intentó ignorarlas, pero las risitas eran irritantes. Se sacó los lentes de sol y se inclinó un poco, sosteniendo a Nina es su pecho.
—¿Pueden cerrar la boca? —les dijo, irritado—. Hay gente que quiere descansar un poco.
—¡Pika pi! —amenazó Nina.
—No sea amargado, señor —le dijo una de ellas, de cabello castaño y ondulado hasta los hombros, acompañada de otras tres chicas.
James parpadeó, sorprendido. ¿Señor? ¿Acaso se veía tan viejo? Antes de pensar en algo para replicarles, un chico de pelo castaño de la edad de Ash, con un sombrero de paja, anteojos de sol, una camisa rosa con dibujos de hojas verdes y bermudas apareció.
—Chicas, el señor tiene razón, bajen un poco la voz. En la isla tendrán todo el tiempo del mundo para ponerse a gritar —les dijo, de manera despreocupada. Se dirigió a James—. Dísculpa a mis… amigas. A veces son muy ruidosas.
—No, está bien —le respondió James. El chico le resultaba familiar.
—¿Le molesta si uso la reposera de al lado? Esta es la parte menos poblada del crucero.
—No me molesta —dijo James. Todo lo que quería era tomar un poco de sol en paz y tranquilidad. No todos los días podía subirse a un crucero.
El chico se acostó en la reposera de al lado y suspiró, agotado. Sus ojos se fijaron en Nina, quien se había vuelto a acostar en el pecho de James, haciéndose un bollo.
—Es muy hermosa tu Pikachu —comentó.
—Cuido bien de ella —respondió James, acariciándole la cabeza.
—Me hace recordar a alguien quien lleva siempre a su Pikachu fuera de la pokebola.
James se sacó los lentes y giró la cabeza hacia él.
—¿Acaso conoces a Ash? —le preguntó.
El chico también se sacó los anteojos.
—Si, somos del mismo pueblo. ¿Te lo has cruzado?
—¿Cruzado? Estoy viajando con él desde hace pocos meses. Tu debes ser Gary, el nieto del profesor Oak.
Gary lanzó una risotada que irritó un poco a James.
—¿Ah sí? Pobre de ti, tiene que ser un fastidio, ¿no? Ser niñero de un niño de diez años.
James echó un vistazo más allá de donde estaba el chico. Las adolescentes (unas seis en total) lo miraban embelesadas.
—Pues yo no veo que estés viajando solo.
Gary hizo un gesto con la mano.
—Ellas son mis amigas, nada más.
James enarcó una ceja.
—Que suerte tienes. Un grupo de adolescentes bonitas que tienen todo el tiempo del mundo para acompañarte.
Gary parpadeó. Había entendido el sarcasmo, pero no parecía estar acostumbrado a que lo trataran así, siendo el nieto de una "eminencia". Probablemente todos lo trataran como un rey por sólo oir su apellido. Pero a James no lo impresionaba. De niño había estado rodeado de gente así.
—Ellas están conmigo porque quieren —se apresuró a decir.
—No dije eso. Solo dije que eras un chico afortunado. Esas adolescentes son verdaderas obras de arte. Como muñecas de porcelana.
Las chicas se rieron de manera histérica, sonrojadas. James les sonrió. Eran tan huecas como se las imaginaba. James continuó:
—Pero esas hermosas chicas no deben ser fáciles de mantener, ¿verdad? No las veo pisando un mugroso Centro Pokemón o una de las cabañas del bosque. Y ni hablemos de dormir a la intemperie o dentro de una carpa. Deben tener padres adinerados o debieron pescar a alguien que lo haga.
—¿Y eso a usted que le importa? —saltó Gary. Estaba comenzando a perder los estribos y eso era justamente lo que James quería. Nina paró las orejas y lanzó un quejido de protesta.
—Hey, hey, cálmate, que no he dicho nada malo —se rio James, acariciando a nuca de Nina. Se levantó de la reposera, ya resignado a no poder descansar—. Nos veremos en la Liga. Espero que dejen entrar a tus porristas en el estadio —se despidió James y se fue a ver a Ash y a Brock, quienes aún seguían en el mismo lugar, sin enterarse de nada.
—¿Les está gustando el crucero? —les preguntó.
—Si, no había viajado en uno desde el Santa Ana.
James se tapó los ojos.
—Por Dios, no hablemos del Santa Ana.
Los tres se pusieron a reir, un poco nerviosos. Aún tenían fresco en su memoria el día en que casi murieron, ya sea ahogados, atacados por Gyarados o pokemón mecanizados gigantes. James inconcientemente miró hacia el cielo, buscando cualquier indicio de tormenta.
—¿Disfrutaste tomando sol? —le preguntó Brock a James, como para olvidarse del tema.
—Si, acabo de cruzar algunas palabras con el ex novio de Ash.
—¿Gary está aquí? —preguntó Ash. Luego sacudió la cabeza y comenzó a patalear —. ¡No es mi novio!
—¿Y que pasó? —preguntó Brock.
—Es un presumido que tiene que pagar amigos porque nadie lo soporta —suspiró James—. Pero mejor olvidémonos de él. Hay un gimnasio que visitar y una medalla que ganar, ¿verdad, Ash?
Ash se acomodó la gorra y Pikachu alzó los puños en un gesto de determinación.
—Claro que sí. Ganaré esa medalla cueste lo que cueste.
Cuando bajaron del crucero, se sorprendieron de la cantidad de gente que había. No sabían que era un lugar tan turístico.
—Parece una verdadera trampa para turistas —comentó Meowth.
—Vayamos a dar una vuelta —sugirió Brock—. Tal vez encontremos algo.
Se pusieron a andar por las calles, rodeados de música y turistas. Habían muchos restaurantes, puestos de comida callejeros, lugares para sacarse fotos, tiendas de recuerdo, hoteles y posadas, pero ni señales de un gimnasio.
—No comprendo por qué esta isla se volvió tan popular, habiendo tantas otras —dijo Brock, mirando a su alrededor.
—La respuesta es una adivinanza.
Se detuvieron en seco. Miraron a un costado y vieron a un hombre de unos cuarenta y tantos años, de cabella castaño largo y ondulado, con unos lentes de sol redondeados tapándole gran parte de la cara, junto con su largo bigote.
—¿Qué mantiene tu cuerpo caliente y tu cabeza fresca? —les preguntó el hombre.
Ash se adelantó un paso.
—¡Yo tengo la respuesta! Si te acuestas frente a un refrigerador abierto y te tapas con una manta eléctrica, estarías frio y caliente al mismo tiempo.
—Totalmente falso —respondió el hombre, sintiendo vergüenza ajena. James no lo culpó por ello.
—Aguas termales —respondió Misty automáticamente, como si fuera un robot.
—¡Correcto! —el hombre pareció muy contento de que Misty hubiera adivinado su acertijo—. Verán, a causa del volcán, hay muchas aguas termales por aquí —dijo, con tono desesperanzado—. Los turistas se han apoderado de Isla Canela y los entrenadores ya no vienen. ¡Los turistas han arruinado la isla! —exclamó.
—Si todavía hay un gimnasio aquí, tengo que poder ganar la medalla Volcán.
—Dicen que el líder del gimnasio se llama Blaine —dijo Meowth
Por un instante, el hombre casi pareció sonreir.
—El gimnasio está donde te pones los lentes.
Era la segunda vez que hacía una adivinanza y a James lo tenía harto. Pero como Ash necesitaba saber donde quedaba el gimnasio, mejor quedarse callado. Antes de que pudiera decir algo, Misty se adelantó:
—Frente a sus ojos —respondió Misty, con desgano.
—¡Volviste a acertar! El gimnasio de Blaine está frente a sus ojos… allí.
El tipo señaló junto al frente de ellos. El grupo miró hacia donde estaba apuntando.
El gimnasio estaba destruido, como si la isla hubiese pasado por un terremoto. La estructura de madera estaba en pie, pero bastante inclinada hacia un lado, con un gran riesgo de derrumbe. A juzgar por el crecimiento del pasto, el lugar parecía abandonado desde hacía cuatro meses, aproximadamente.
—¿Ese es? —preguntó Brock
—Es un desastre —opinó Jessie.
—Creo que será mejor irnos de esta isla —opinó Meowth—. De seguro hay otros gimnasios en Kanto.
—Blaine se cansó de luchar contra turistas que les importaba más una postal y una camiseta que los pokemón. Por eso abandonó el gimnasio.
—¡Pero yo no soy un turista, soy un verdadero entrenador pokemón y vine aquí para pelear por una medalla Volcán!
—Creo que llegaste al lugar equivocado —suspiró el hombre. Se metió la mano en su bolsillo y sacó un paquete de pañuelos—. Tengan esto, por si necesitan algo.
Ash agarró el paquete de pañuelos y todos se pusieron detrás de él para verlo. Tenía estampado una imagen de una casita y un volcán detrás. Las palabras "Posada Adivinanza" estaba escrito en letras negras.
—¿Una posada? ¿Cómo puede tener una posada y acusar a los turistas de arruinar la isla? Eso no tiene sentido para mí —se quejó Meowth.
—Ya no está.
En efecto, el dueño de la posada había desaparecido, dejándolos solos frente al derruido gimnasio. James soltó un suspiro.
—Si quieren seguir buscando el gimnasio, adelante. Meowth y yo abriremos un puesto de comida y veremos si ganamos algo de dinero. Si para mañana no encuentran a Blaine, nos tomamos el primer ferry y vamos a buscar otro lado, ¿si?
Ash lo miró frunciendo el ceño, pero no dijo nada. Jessie se estiró, levantando los brazos hacia arriba.
—Bueno, yo soy una hermosa chica en un lugar turístico, así que aprovecharé para hacer unas compras y disfrutar de la playa. Y Misty también es bonita, así que me va a acompañar.
—¿Eh? —Misty la miró, como si hubiera oído mal.
Jessie la tomó de la muñeca.
—Gracias por aceptar mi propuesta —sonrió Jessie, encantada, mientras arrastraba a Misty por la calle.
—¡Nos encontraremos en el Centro Pokemón! —le gritó James mientras las veía desaparecer en el gentío. Se dirigió a Meowth—. Hora de trabajar.
James y Meowth llegaron al Centro Pokemón al atardecer, molidos de cansancio, pero con los bolsillos llenos de dinero. Nina y Luna estaban en la canasta, aún despiertas, pero adormiladas.
James y Meowth lograron alquilar un puesto callejero y comenzaron a cocinar y vender taiyagi con forma de Meowth al frente del Laboratorio Pokemón. Lunita y Nina estaban sentadas en el frente del puesto y los turistas se acercaban más para acariciarlas y tomarles fotos que para comprar, pero James usó eso a su favor.
James tomó dos frascos grandes de plástico y les hizo un agujero en la tapa para poner monedas. Les dijo a Nina y Luna que llamaran la atención de la gente haciendo poses tiernas. Mientras tanto, agregaron algo nuevo: hicieron galletas con forma de Pikachu. Las de Meowth estaban rellenas de crema pastelera y las del pokemón eléctrico de judías dulces. Muy pronto la gente no solo compraban los taiyaki, sino que ponían algunas monedas en los frascos según cual pokemón les agradaba más. Los frascos se llenaron tanto de monedas que tuvieron que vaciarlas y ponerlas otra vez.
La felicidad de ellos fue momentáneamente cortada cuando apareció un cliente para comprar algunos taiyaki. Todo parecía normal, pero Meowth lo miraba con desconfianza. Incluso tenía las garras ligeramente hacia afuera. Al notar eso, James también comenzó a desconfiar. Le hacía recordar a las personas que estaban en lugares como La Fábrica, mirando las jaulas de una manera que daban escalofríos. Por las dudas, James se encargó de estudiar su rostro. De unos treinta y cinco años, de cara redonda, cabello peinado hacia atrás y ojos negros. Cuando metió las monedas en ambos frascos y estiró las manos para acariciar a las nenas, Meowth lanzó un bufido que James sólo había escuchado de los Meowth salvajes, pero nunca de la boca de su amigo.
—¿Necesita algo más, señor? —preguntó Meowth, con un tono que parecía indicar que sabía quien era, donde vivía y que iría personalmente a romperle las piernas.
El hombre lo miró y dio un respingo al notar que le estaba hablando un Meowth.
—¿U-un Meowth que habla? —tartamudeó el hombre.
—¿Algún problema con eso? —Meowth se mordió el labio.
El tipo retrocedió.
—No, no, yo solo… —el tipo se dio media vuelta y se marchó apresurado, perdiéndose rápidamente entre el enjambre de turistas.
Nina y Luna miraron hacia Meowth sin entender lo ocurrido. El pokemón parlante forzó una sonrisa.
—Todo está bien —les dijo. Luego se giró hacia James—. Creo que hemos vendido suficiente por hoy. Además, está por anochecer. Vámonos.
Y así había sido su experiencia trabajando en Isla Canela. Al menos ahora tenían bastante dinero para aguantar un rato más viajando. James se preguntó cuanto tiempo podrían estar viajando antes de que el avanzado embarazo de Jessie les impidiera seguir adelante.
Encontraron a Ash y a Brock al costado de la puerta de vidrio del Centro Pokemón, cosa rara, ya que esperaba que estuvieran alojados en uno de los cuartos.
—Hola —los saludó James, extrañado—. ¿Qué hacen aquí afuera?
—No podemos entrar. Está lleno —respondió Brock
—¿Cómo que lleno? —preguntó Meowth.
—Lleno de estúpidos turistas que ni pokemón deben tener —Ash pateó el suelo—. Están hasta durmiendo en camillas en la recepción.
James se acomodó un mechón de pelo. Tendría que habérselo imaginado. No le molestaba dormir a la intemperie, pero quería dormir en una cama, especialmente por Jessie.
—¿Vieron a las chicas? —preguntó.
—No, todavía no llegaron.
—Bueno, supongo que no tardarán mucho. Quedémonos aquí.
Esperaron por veinte minutos a que las chicas aparecieran. James se las imaginaba: se habrían ido a comer, a hacer compras y cualquier cosa que gastara dinero. Estaba seguro de eso. Apoyó la espalda contra la pared, deseando tener una lata de refresco para tomar. Se estaba muriendo de calor, pero pronto refrescaría al caer la noche.
—¿Qué hacen acá afuera?
James reconoció la voz de Jessie, pero la chica embarazada que estaba frente a él no se parecía mucho a ella.
Jessie se había cortado el cabello. Antes le tapaba los muslos, ahora lo tenía hasta un poco más arriba de la cintura, lacio y hermoso. Lucía un sencillo vestido blanco y suelto hasta los tobillos y unas sandalias de madera. Y ella no era la única que había cambiado. Misty tenía el pelo suelo hasta los hombros y ondulado, con un broche en forma de Starmie decorando su cabellera y con los labios pintados con brillitos. Pero eso era lo de menos; su aspecto relajado y sonriente la hacían ver como una persona completamente nueva. Llevaba una musculosa blanca, pantalones playeros color celeste y sandalias blancas.
—Wow —solo atinó a decir James ante las dos mujeres que tenía al frente. Miró a Jessie —. Usted es muy hermosa, pero estoy comprometido.
Jessie se rio, sonrojada.
—Tonto.
—Les sentó bien el cambio, chicas —les dijo Brock.
—Si, están bien —Ash parecía no saber que decir.
—Pensé que no te gustaba llevar el pelo corto —comentó James.
Jessie hizo un gesto con la mano.
—Estaba comenzando a perder un poco de cabello por el embarazo, así que preferí cortarlo un poco.
—¿Y como les fue en el paseo?
Esta vez Misty contestó, llena de entusiasmo:
—¡Genial! Fuimos a comer a un lugar donde había peceras gigantes, con un montón de pokemón acuáticos. Luego fuimos a la peluquería y de compras a un shopping. ¡Y eso no fue lo mejor! Fuimos a pasear a la playa, vimos un Tentacool cerca de la orilla… ¡Y lo capturé! ¡Tengo un Tentacool hermoso! ¿Pueden creerlo?
—Si lo creemos, pero lo que seguimos sin creer es que no podamos dormir en el Centro Pokemón —suspiró Brock.
Misty frunció el ceño.
—¿Cómo que no?
—Está tan lleno de turistas que incluso están durmiendo en la recepción.
—¿Y que haremos? —preguntó Misty.
Ash señaló un hotel que estaba justo al frente del Centro Pokemón.
—Tal vez podamos alquilar una habitación por esta noche. Probemos en ese hotel de ahí —dijo, ya de manera más animada. Se metió las manos en los bolsillos y comenzó a marchar alegremente hascia el lugar.
La noche cayó completamente sobre ellos y el grupo no había encontrado un alojamiento. Eran casi las diez de la noche y todavía estaban dando vueltas por la calle buscando un techo para poder dormir.
Habían visitado todos los hoteles y posadas de la isla (casi literalmente hablando) y los recepcionistas los miraban como si fueran extraterrestres. Todos los que estaban ahí habían reservado hacía semanas y no tendrían habitaciones disponibles hasta el otoño.
—Quiero dormir… —se quejó Misty, caminando casi como si fuera un zombie.
—Los pies me están matando —Jessie se había sacado las sandalias y ahora caminaba descalza, con el calzado en la mano.
Ash se detuvo en seco y miró hacia el costado de una de las posadas de estilo antiguo. Desde adentro sonaba música tradicional y se sentía el olor de la comida recién hecha.
—Vamos a un lugar para acampar. Tal vez haya espacio —gruñó Brock, ya harto.
Ash no lo escuchaba. Estaba como hipnotizado.
—Eso huele muy bien —murmuró, yendo hacia donde provenía el olor.
—¡Oye, espera! —le gritaron, pero Ash simplemete siguió de largo hasta estar a unos tres metros de la puerta corrediza. Se podían ver las siluetas de varias personas sentadas en la mesa, cenando.
—No es justo —se quejó Ash—. Ahí se están dando un banqueto.
El estómago de Ash gruñó de forma muy audible. Una de las siluetas se levantó, probablemente alertada por los ruidos y abrió la puerta corrediza.
—¿Gary? —preguntó Ash, entre la sorpresa y el espanto.
Sí, era Gary. Vestía una yukata gris con estampado de cruces negras y un simple saco color marrón por encima.
—Me pareció haber escuchado un ruido —murmuró, distraído. Luego se fijó en el grupo y lanzó una risotada—. Ah, pero si es el escuadrón de tontos. ¿En que hotel están?
—Estamos… acampando —gruñó Ash. James lo tomó del hombro para intentar tranquilizarlo.
—Lastima que no tengan un lugar como este —abrió aún más la puerta y pudieron ver mejor el interior. La mesa estaba llena de deliciosa comida marina que las "amigas" de Gary estaban disfrutando. Un Hitmonchan y un Electabuzz estaban tocando música, vestidos como geishas. Gary siguió hablando, siempre con esa estúpida sonrisa de superioridad en su cara—. Escuchen una cosa: los dejaré pasar aquí para que coman y puedan dormir aquí hasta mañana si dan tres vueltas y dicen "Pikachu".
Antes de que Ash pudiera replicar algo para salvaguardar su dignidad, Jessie se adelantó unos pasos, echando espuma por la boca.
—¿A mí me vas a decir que de tres vueltas y diga Pikachu, mocoso maleducado?
Al ver a Jessie y su estado de embarazo, palideció y retrocedió un paso, asustado.
—N-n-no…
—Hagamos algo más gracioso, ¿por qué no mejor mi Arbok gira tres veces alrededor tuyo y ruegas por tu vida?
—D-disculpe, señora… si quiere, pueden pasar…
Jessie negó con la cabeza.
—Puedes agarrar tu comida y… quedartela. Prefiero cenar unos pocos taiyakis caseros con mis amigos y mi familia en la plaza antes que estar rodeada de admiradoras pagadas que se irán apenas tu familia deje de pagarles en un hotel de lujo —Jessie giró sobre sus talones y se alejó unos pasos. Se detuvo y agregó —. Si tienes tan baja autoestima para tener que pagar por adulación, estás perdido. Haz lo que te plazca, yo no soy nadie para ti. Pero para la gente tu siempre serás la sombra de Oak que juega a hacerse el adulto. Tienes diez años, no te olvides —se giró hacia el grupo—. Vamonos.
James tomó del hombro a Ash.
—Vamonos, Ash. Jessie tiene razón: tengo al menos una docena de taiyakis conmigo.
Ash lo miró y sonrió con toda la alegría de un niño de su edad.
—¿De verdad?
—Es cierto. Vámonos de una buena vez.
Todos se dieron media vuelta y dejaron a Gary y sus admiradoras detrás. Ash se adelantó unos pasos para alcanzar a Jessie.
—¡Eso fue increíble! —le dijo, con admiración. Jessie le dedicó una leve sonrisa.
—No hace falta ser una genia para poner en su lugar a un mocoso altanero.
Un ruido de tripas rugiendo interrumpió la conversación. James sacó de su mochila dos taiyakis, uno relleno de crema pastelera y otro de judías dulces.
—Para que engañes un poco el estómago —le dijo.
El grupo encontró una plaza situada cuesta arriba. Desde allí se podían ver gran parte de los hoteles, negocios y casas. Se sentaron en un banco de piedra y comenzaron a comer en silencio los taiyakis, excepto para comentar lo delicioso que estaban. En un momento, Brock tragó y preguntó:
—¿Ash, aún tienes el paquete de pañuelos que te dio ese señor?
Ash buscó en los bolsillos de su chaqueta y sacó el paquete de pañuelos.
—Aquí está —dijo. Miró el paquete más de cerca y frunció el ceño—. Esta debe ser la dirección de su hotel.
Brock se puso detrás de él para leer.
—Si miran cerca del columpio verán mis manos… o al menos mi cara.
—¡Oh, no, otro acertijo! —se lamentó Ash.
—Me pregunto si tendrá muchos turistas —se preguntó Jessie.
Brock giró hacia atrás.
—Ahí está el columpio, pero no veo las manos ni la cara de nadie.
—No se lo tomen tan literal —los retó Meowth—. Las adivinanzas son metafóricas, no debe estar hablando de manera literal sobre manos y caras.
Misty se puso de pie, mirando más allá de los columpios.
—Miren allí —dijo, señalando hacia arriba.
Todos miraron hacia donde apuntaban. No lo habían notado antes, pero sobre la ladera del volcán se veía una especie de posada con un enorme reloj en el techo.
—Se ven las manos y la cara del reloj. Esa debe ser la Posada Adivinanza.
Cuando llegaron a la posada, vieron al mismo tipo que le había entregado el paquete de pañuelos a Ash. Se lo veía muy feliz de que Misty había resuelto el acertijo.
—Ese era fácil —sonrió Misty.
—Te veo mucho más animada desde la última vez que te he visto.
—El paseo en la isla me hizo bien.
—Bueno, como premio les daré habitaciones gratuitas para todos ustedes.
—Sus acertijos pueden ser tontos, pero sus premios son fantásticos —dijo Ash.
—Tomaré eso como un cumplido…
EL estómago de Ash gruñó. Los taiyakis que había comido no habían sido suficientes para paliar el hambre.
—Deben tener hambre, ¿no? Les traeré comida en un rato. Pueden recorrer la posada y elegir la habitación que gusten.
—¿No hay más huéspedes aquí? —preguntó James.
—No, ustedes son los únicos. Disculpen, iré a preparar la comida —el hombre desapareció tras una puerta que probablemente daba a la cocina. Mientras tanto, comenzaron a husmear en el piso de arriba.
El dueño de la posada tenía razón. Todos los cuartos estaban vacios, como si fuera una posada fantasma. Incluso cada uno podía elegir su propia habitación. Los únicos que dormirían juntos serían Jessie y James. Meowth dormiría con Nina y Lunita en otra habitación.
James estaba dejando sus cosas en un rincón cuando sintió que la puerta detrás de él se cerraba. Se dio vuelta y estaba Jessie sonriendo de oreja a oreja.
—Estuve esperando tanto para tener un momento a solas —la voz de Jessie casi fue un ronroneo.
Desde hacía un tiempo que ya no tenían sexo. A veces había algún que otro manoseo por la noche pero no llegaban a más que eso. Por primera vez en mucho, mucho tiempo, estaban realmente solos en una habitación, libres para actuar como una pareja.
James se acercó a ella, la rodeó por la cintura y la besó apasionadamente en los labios, mientras acariciaba su cabello con la otra mano. De no ser porque estaba embarazada, ya la habría tirado contra el futon. Cuando se separaron para tomar aire, Jessie dijo:
—Espera, voy a acostarme.
James esperó con impaciencia a que ella se tendiera contra el futón, de costado. No sabía cuanto iba a tardar la comida, pero no quería arriesgarse.
James se acercó al futón y se puso de rodillas. Gateó despacio hasta ponerse a su lado. Siguieron besándose y acariciando sus cuerpos con pasión, como si hubieran olvidado como se sentía hacer el amor. En un momento, James tocó el vientre de Jessie y pensó en su bebé. ¿No la estaría lastimando?
Sus pensamientos fueron interrupidos cuando Jessie lo tomó de la nuca y comenzó casi a devorarle a boca a besos mientras le arañaba la espalda. James se apartó del agarre casi de un salto y retrocedió un poco.
—Jessie —James esperó un par de segundos para tomar aire—. ¿Estás segura?
Jessie lo volvió a jalar de la nuca y lo volvió a besar, esta vez en el cuello. Sus manos comenzaron a bajar sus pantalones. Él tenía puesta unas simples bermudas deportivas y le fue muy fácil bajárselos hasta dejarlo con las nalgas al aire. James volvió a separarse de ella, a pesar de que todo lo que tenía ganas de hacer era levantarle el vestido y hacerle de todo debajo de él.
—Jessie… cariño… ¿No crees que podamos lastimar al bebé?
Jessie lanzó un bufido.
—Amor, no pasa nada. La nena va a estar bien. Ni que la tuvieras tan grande.
Eso le dolió en su hombría. Jessie pareció darse cuenta, porque abrió grandes los ojos y dijo:
—James, el médico dijo que podíamos tener sexo, solo que teníamos que hacerlo con un poco más de cuidado. La nena va a estar bien.
James tragó saliva. Acarició las piernas de Jessie mientras le subía el vestido hasta la cintura. Le bajó la ropa interior hasta las rodillas. Al fin…
La puerta de la habitación se abrió de golpe.
—La comida ya esta… —Ash estaba de pie en la puerta, viendo a James con el culo al aire y a Jessie con el vestido subido hasta la cintura—. ¡L-lo siento! —gritó y salió corriendo, dejando la puerta abierta.
Jessie se bajó el vestido y James se subió los pantalones de manera rápida. James intentó sonreírle.
—Bueno, creo que hoy no va a poder ser.
Jessie lo miró fijo a los ojos.
—Cuando terminemos de comer, vamos a tener tanto sexo que no te vas a acordar ni de tu nombre.
James se levantó y ayudó a Jessie a pararse. A juzgar por la cara de Jessie, mañana viajarían con un niño menos.
La cena fue deliciosa, pero tensa. Misty estaba más interesada en dormir que en comer, pero la idea de meterse a las aguas termales era más fuerte. Jessie prácticamente apuñalaba la comida antes de metérsela en la boca y Ash evitaba mirarla. Brock carraspeó e intentó cortar la tensión.
—Está deliciosa la comida, ¿no? Uno siempre la disfruta cuando el que cocina es otro.
—La verdad que sí —lo apoyó Meowth—. Pero uno siempre tiene la satisfacción de poder cocinar por si mismo. Es genial sentirse independiente.
Misty dejó los palillos a un lado.
—Me voy a las aguas termales —anunció. Miró a Jessie—. ¿Vienes?
Jessie negó con la cabeza.
—No puedo por el embarazo. Me quedaré aquí.
—Yo también me quedo —dijo James, mirando a Jessie de reojo. Jessie se sonrojó ligeramente y sonrió de manera pícara.
—Yo voy a ir con Lunita y con Nina. Les va a encantar —dijo Meowth. Las nenas, quienes estaban comiendo en la mesa, dieron un chillido de aprobación.
—Yo también voy —dijo Brock.
—Y yo —agregó Ash.
Todos se levantaron de la mesa, quedando solos Jessie y James. Ella le guiñó un ojo.
—Espero que esas nalgas tuyas estén listas.
James se puso rojo, pero luego sonrió de manera lasciva.
—Las tuyas también, cariño —le respondió. Se levantaron y subieron por las escaleras, agarrados de la mano.
