¡Buenas!

El martes empiezo la universidad, pero eso no quiere decir que vaya a abandonar el fic.

Tommiboy: Todos amamos a Mama Jessie y a sus cerradas de culo, claro. Pero no nos olvidemos que es una flor delicada de campo (?). Hizo lo que pudo con Misty y creo que funcionó.

Meowth tiene los instintos algo dormidos, pero aún los tiene, lo suficiente para saber que algunas personas no tienen que estar cerca de su hijita.

Misty también resuelve los acertijos en el capítulo original de la serie.

Ash va a necesitar ojos nuevos XD

Fire Soul: Gracias por tu comentario. Siempre hago lo posible para actualizar rápido, pero a veces me tardo más de la cuenta.

Capítulo treinta y cuatro

La cabaña del horror

James se despertó a la mañana siguiente, abrazado a la espalda desnuda de Jessie. Al principio había tenido sus dudas sobre tener sexo con su novia embarazada, pero al final se había entregado al amor y a la lujuria, pero siempre con precaución.

James le dio un beso en el hombro y se enderezó en el futón. Se sentía feliz. Estaba con su novia (a veces se sentía tentado a llamarla "su esposa") en una posada con aguas termales en una isla turística. No podía pedir mucho más. El mal trago de la muerte de Cassidy y el otro como se llame estaba poco a poco desapareciendo, tanto de su mente como la de sus compañeros de viaje.

Jessie se movió un poco a su lado. Bostezó y giró la cabeza hacia atrás.

—¿James?

—Acá estoy, cariño.

Jessie se dio vuelta.

—Buenos días, mi amor —le dijo, estampándole un beso en los labios.

—¡Ey, que no me he cepillado los dientes!

—Al demonio con eso. ¿Qué hora es?

—No tengo idea, pero ya amaneció.

Jessie se sentó en el futón.

—Ayúdame a levantarme, James.

James se levantó y le dio la mano. Poco a poco la fue levantando hasta quedar erguida y totalmente desnuda delante de él. James tampoco estaba vestido. Antes de que pudieran decir algo, escucharon unos golpes en la puerta.

—¿Jessie? ¿James? —era la voz de Brock.

—¿Si? —preguntó James.

—Ya está servido el desayuno.

—Ya vamos.

Ambos se vistieron con la ropa que tenían puesta ayer y bajaron a desayunar, donde el resto ya estaban sentados a la mesa.

—¡Buenos días! —saludó Jessie, con una sonrisa de oreja a oreja— ¿No es un hermoso día? —se sentó a la mesa y vio el desayuno—. Esto es perfecto —dijo, tomando un sorbo de jugo de naranja.

—Jessie se ve muy feliz hoy —comentó Meowth, del otro lado de la mesa.

—¡Claro que soy feliz! —Jessie estiró la mano sobre la mesa y acarició la cabeza de Meowth—. ¿Por qué no lo sería?

Mientras Jessie acariciaba a Meowth, James notó que Ash no estaba bien. Ni siquiera había tocado el desayuno, tan sólo lo miraba sin ver, como si sus pensamientos estuvieran muy lejos. No se animó a hablarle, así que se giró hacia la persona más cercana a él además de Jessie: Misty. Se acercó un poco a ella, bajando la voz.

—¿Sabes que ha pasado con Ash?

Misty miró al mencionado y luego habló con James en el mismo tono bajo:

—Vamos arriba; te lo explicaré todo.

Misty se levantó de la mesa y se dirigió a las escaleras. James la imitó.

—¿Adonde vas, James? No has tocado tu desayuno…

—Ya regreso, Jessie.

James subió las escaleras detrás de Misty hasta que ella se detuvo en el pasillo.

—Te explicaré lo que pasó —empezó a decir Misty—. Estábamos en las aguas termales relajándonos cuando Togepi se trepó a una estatua con forma de Gyarados que tiraba agua caliente. Togepi se puso a saltar encima de la estatua y de repente se hundió y se abrió un pasaje secreto detrás de las aguas termales. Fuimos a cambiarnos al baño y volvimos para entrar por el pasadizo. Meowth se volvió al rato con Lunita y Nina porque hacía mucho calor ahí. Había una puerta enorme de metal al final, pero no la pudimos abrir porque estaba muy caliente.

—¿Y como entraron?

—Se abrió sola. Cuando entramos, vimos que había un campo de batalla sostenido por cadenas encima de lava. Apareció el dueño de la posada y confesó que él era Blaine.

—¿Blaine? ¿El líder del gimnasio?

—Si. Ash peleó con él para ganar la medalla, pero perdió sin llegar a ganarle a ninguno de los tres pokemón. Pikachu casi cayó a la lava…

—¡¿Qué?! —James no daba crédito a lo que escuchaba.

—Si. Logró sostenerse del borde de la plataforma, pero está bien ahora. Aunque Ash es un cabeza dura y dice que no se irá hasta ganar la…

—Tenemos que irnos de aquí —la interrumpió James.

—Pero Ash…

—No me importa lo que piense Ash. Vamos a tomarnos el primer ferry y nos iremos hoy mismo a buscar otro gimnasio.

James bajó las escaleras de dos en dos, maldiciendo por lo bajo. Blaine era un grandísimo hijo de puta para poner un gimnasio que arriesgara la vida de los pokemón. No estaría ni un segundo más en la posada, solo quería irse de esa isla de mierda.

—¡Ash! —gritó cuando terminó de bajar las escaleras—. Empaca tus cosas. Vamonos. Todos debemos irnos.

Ash lo miró, sin dar crédito a sus oídos.

—¿Qué?

—Nos tomaremos el primer ferry que salga de la isla hacia cualquier lado. Allí veremos si hay algún otro gimnasio.

Todos tenían sus ojos fijos en James. Ash se levantó, dudando…

—Pero James, ya he encontrado a Blaine. Él es…

—Si, ya sé quien es —dijo James—. Y ese desgraciado no se puede hacer llamar líder de gimansio. Misty y Brock deberían saberlo mejor que yo.

—No importa si es o no el mejor, tengo que vencerlo… —empezó a decir Ash, pero James lo interrumpió:

—Tu Pikachu casi murió anoche, según me dijo Misty. ¿Acaso ganar una medalla es más importante que la vida de tu Pikachu?

Ash se quedó helado en su lugar. Pikachu, sobre la mesa, parpadeó varias veces. Miró a su entrenador, dolido. Ash bajó la mirada.

—Claro que no…

—¿Todo eso es verdad? —preguntó Jessie.

—Si —admitió Brock—. Ese lugar no es seguro para tener una batalla.

—Entonces mejor empaquemos nuestras cosas —terminó James y comenzó a subir las escaleras.

—¿Qué le diremos a Blaine? —preguntó Meowth.

James lo miró por encima de hombro.

—Que se vaya a la mierda —le respondió y continuó subiendo.


Una hora después, estaban en la playa, en la parte menos poblada. La mayoría de la gente todavía debía estar desayunando o durmiendo.

Se fueron de la posada intentando evitar a Blaine, ya que temían que James terminara agarrándolo a golpes. Por suerte, no lo vieron y lograron salir sin cruzárselo por ningún lado.

El problema fue cuando llegaron al puerto. El ferry ya había salido hacía veinte minutos y había que esperar hasta las tres de la tarde para tomarse el siguiente. Para colmo, nadie de allí tenía ninguna información sobre la dirección de los gimnasios de Kanto. El los negocios no había ninguna guía. Y los teléfonos del Centro Pokemón parecían estar eternamente ocupados por turistas que no paraban de parlotear. Decidieron comprar un frisbee y ponerse a jugar entre todos. Jessie prefirió alquilar una sombrilla y quedarse viendo como jugaban desde una distancia prudencial. Pikachu y Meowth también se sumaron a jugar con los demás.

Estuvieron un rato jugando en la arena, divirtiéndose en grande hasta que Brock tiró el disco con demasiada fuerza. Pikachu intentó pegar un salto y agarrarlo, pero pasó por encima de él y se perdió entre unos árboles. Antes de que Ash quisiera ir a buscarlo, Pikachu salió disparando hacia los arbustos para ir a buscarla.

—Lo siento —se disculpó Brock—. Creo que me emocioné con el juego.

—Fue un buen tiro —lo felicitó Ash—. La próxima vez, podríamos conseguir un bate y una pelota de beisbol. Es uno de mis deportes favoritos.

—No juego al beisbol desde hace como diez años —James se rascó la cabeza—. Nunca fui un buen jugador, la verdad, pero la pasaba bien lanzando la pelota o bateando.

—Podrías practicar cuando vengan a mi casa.

James lo miró, parpadeando. Era obvio que ese chico tenía una casa a la que volver cuando su viaje terminara, pero nunca había pensado siquiera en ir.

—¿A tu casa? —preguntó.

—Si, ¿acaso pensaban ir a otro lado? —ahora Ash lo miraba, confundido.

—Pues… no sé… no lo había pensado antes, a decir verdad. No sé si a tu madre le gustaría.

—No creo que le moleste…

—Pikachu está tardando mucho —dijo Meowth de golpe—. Iré a buscarlo.

A pesar de que lo había dicho con total calma, se fue casi corriendo hacia los arbustos. Al ser un lugar alejado del centro turístico, no había casi nadie y había partes deshabitadas y boscosas. Era una suerte que los edificios no se hubieran extendido hacia allí.

—¡POKEFILICO! ¡POKEFILICO!

Era la voz de Meowth.

James empezó a correr con toda la velocidad que le daban las piernas hacia donde provenía el sonido. El terreno arenoso le estaba jugando en contra, pero necesitaba llegar. Brock corría a la par, seguido de Ash y Misty.

Encontraron a Meowth contra un árbol, levantándose. A apenas unos pasos, estaba el frisbee tirado, junto a una lata abierta. Pikachu no estaba por ningún lado.

—¿Qué pasó? —preguntó James, agachándose a la altura de Meowth. En el fondo, no quería saber la respuesta. Incluso quería ignorar lo que Meowth había gritado momentos antes.

—Pikachu… un tipo… se lo… llevó. Intenté… detenerlo… pero… me tiró contra… el árbol.

—¡¿Dónde se fue?! —Ash estaba al borde de la histeria como pocas veces lo había visto antes.

Meowth señaló hacia un punto entre los árboles.

—Allí.

James levantó a Meowth en brazos. Tenía que pensar en algo.

—Misty, ve con Jessie hacia la comisaría. Dile a la oficial Jenny que un pokefílico secuestró al Pikachu de tu amigo. Nosotros iremos a buscar al desgraciado.

Sin esperar a que respondiera, James echó a correr hacia donde Meowth había apuntado. Había escuchado lo que Meowth había gritado y visto la lata de comida tirada. Era el clásico modus operandi de un pokefílico. Esa gente le daba asco, pero el saber que el Pikachu de Ash estaba en manos de un sujeto como él le revolvía el estómago. Sufriría un destino peor que la muerte si no hacían algo rápido.

—¡Esperen!

Todos se detuvieron en seco ante la voz de Brock y se giraron para verlo. El adolescente estaba de pie señalando algo extraño en el suelo.

—Miren.

James se acercó, ansioso. Lo que estaba tirado a los pies de Brock era una gorra color azul oscuro. Meowth se inclinó para ver el objeto.

—Esa gorra la llevaba el tipo —dijo Meowth.

—Podría sernos útil —James sacó la pokebola—. ¡Sal, Growlie!

El pokemón de fuego salió de la pokebola, meneando la cola.

—¡Grow!

James agarró la gorra con la punta de los dedos y se la acercó a la nariz de Growlie.

—Sigue el rastro —le ordenó.

Growlie lo olfateó por un par de segundos antes de comenzar a buscar en el suelo, intentando captar el rastro. Luego lanzó un ladrido y salió disparando como una flecha.

Todos siguieron corriendo de manera desaforada por el bosque, siendo arañados por ramas puntiagudas en ocasiones, pero no les importaba nada. La vida de un pokemón estaba en peligro mortal.

Al fin llegaron a vislumbrar una cabaña en un claro del bosque, pequeña y algo maltrecha. Las ventanas estaban cerradas a cal y canto y cerrado con cortinas espesas y oscuras, como si allí no viviera nadie.

—Growlie dice que el tipo tiene que estar ahí adentro —dijo Meowth.

Ash corrió hacia la cabaña y hubiera llegado a querer intentar derribar la puerta si Brock no lo hubiera sujetado del cuello del chaleco.

—¡Espera! —le susurró casi a los gritos.

—¡Tengo que rescatarlo! ¡No puedo vivir sin Pikachu! ¡Si le llega a pasar algo…!

James lo abofeteó.

La cabeza de Ash se dobló hacia atrás por el impacto y luego se enderezó. Lo miró con los ojos brillantes de lágrimas mientras se tocaba la mejilla.

—Sé que estás histérico, pero aquí necesitamos más maña que fuerza, ¿entiendes? Piensa como ladrón por un momento. Si él tiene a Pikachu, está en una posición de poder. Podrá amenazarte con hacerle daño si quieres entrar por la fuerza a hacer exigencias.

Ash se frotó los ojos.

—¿Y que quieres que hagamos?

James se acomodó un mechón de pelo.

—Estrategia. No tenemos mucho tiempo y tal vez hasta lo hayamos perdido, pero hay que apresurarse igual.

—¿Cómo que ya lo hayamos perdido? —preguntó Ash.

Mierda, había abierto la boca de más.

—Meowth y yo nos acercaremos a la casa. Ustedes quédense aquí —le respondió, de la manera más seca posible.

James caminó despacio hacia la casa, con Meowth en su hombro. Casi ni respiraban, como si el secuestrador pudiera oir como el aire escapaba de sus pulmones. Meowth le susurró:

—Soy un inútil. No pude hacer nada contra un simple humano. Un Slowpoke habría sido más útil que yo.

—Meowth, cálmate. Vamos a sacar a Pikachu de ahí y a llevarlo con Ash, por muy irónico que te suene.

Meowth no se rio.

—¿Tienes algún plan?

James miró hacia el techo y notó una pequeña estructura de ladrillo.

—¿Eso es una chimenea?

Meowth miró hacia donde James apuntaba.

—Si.

—Un pokemón pequeño podría entrar ahí…

—Yo lo haré.

James giró la cabeza hacia él, aturdido.

—Ni de broma te voy a arriesgar.

—Dame una oportunidad para poder redimirme, James —suplicó.

—No quiero que te lastimen…

—Soy el pokemón más pequeño y agil y sé como moverme en silencio —replicó Meowth—. Sé que Arbok sería perfecto para este trabajo, pero esta vez lo haré yo.

Meowth hablaba con el fuego en sus ojos. Enfrentar al felino a un probable pokefílico era algo que no quería que pasara. Pero tenía razón: era el pokemón más agil ahora. Suspiró hondo.

—Ten cuidado —fue todo lo que pudo decirle. Meowth se bajó del hombro de James y comenzó a buscar como treparse.ç


Meowth se trepó al techo gracias a una canaleta y se apoyó con todo el cuidado posible sobre el tejado. Quería rescatar a Pikachu, pero sentía como le temblaban las rodillas del miedo. Pero no se echaría atrás.

Ni siquiera había entrado a la casa, pero no se sentía nada bien. El corazón le latía de manera muy acelerada y el estómago se le revolvía como si fuera un lavarropas. Un sudor frío le chorreaba de la frente. Dio una última mirada a James, Ash y Brock y siguió con su misión

Caminó hacia la chimenea y miró hacia abajo. No veía nada. Era angosto, pero no tanto como para que su pequeño cuerpo no pudiera pasar. Se sentó sobre la chimenea, dudando. La mañana era cálida y hermosa y sus amigos estaban abajo, pero se sentía solo. No escuchaba nada. En el bosque, siempre escuchaba el murmullo de los pokemón voladores o tipo bicho en los árboles, pero no sentía ni eso. ¿Por qué no había nadie en ese sector del bosque? Sabía la respuesta, claro que sí, pero no se animaba a decirlo en voz alta o en pensarlo siquiera.

Poco a poco se fue metiendo cada vez más profundo dentro de la chimenea. Meowth no era claustrofóbico, pero el reducido espacio y los restos de hollín que estaba respirando lo estaban poniendo más nervioso de lo que ya estaba. Hizo un esfuerzo para no toser o estornudar y siguió bajando.

Al fin pudo hacer pie y se encontó con el final de la chimenea. A través de la abertura pudo ver la sala, escasamente amoblada. El lugar estaba a oscuras, pero Meowth podía ver masomenos con claridad, gracias a su natural visión nocturna.

No había nadie.

Una mesa, una silla, un estante con objetos que a Meowth no le interesaban… El felino camino despacio por la sala, para no hacer ruido. Lo único que faltaba era que el piso de madera crujiera y el tipo lo atrapara, llevándoselo a las sombras.

Fue a la cocina. Una mesa pequeña con dos sillas, la estufa para cocinar y no mucho más. Casi no había muebles ni objetos, como si fuera una casa de muestra. Meowth pasó al lado de una puerta entreabierta y escuchó un murmullo.

—No… no…

Meowth se acercó más a la puerta y pegó la oreja a ella, con la transpiración helada recorriendo su espalda.

—Por favor… no.

Esa era la voz de Pikachu. Y no era la única.

—No más…

—Ya basta…

—No lo dañes…

—No queremos ver…

Eran sonidos de otros pokemón, sufriendo y suplicando. Por un segundo quiso salir corriendo y dejar todo atrás sin importarle nada, pero sus deseos de salvar a Pikachu se sobrepusieron a su cobardía. Dio un salto para poder alcanzar la perilla y abrir la puerta. Por suerte, no estaba con llave y pudo abrirla.

Se encontró con una escalera que descendia hasta el sótano. Las voces de los pokemón se hicieron más nítidas. Pero no solo la de los pokemón. Escuchó una voz humana.

—En el fondo lo disfrutarás, pequeño Pikachu.

La voz le resultó vagamente familiar y se le erizaron todos los pelos del cuerpo. Bajó un poco más las escaleras y recién ahí pudo vislumbrar el horror.

Debían ser unas quince o veinte jaulas, apiladas en un costado del sótano, iluminado apenas por una lámpara que colgaba del techo. En el fondo, se veía la silueta del tipo parado frente a una larga mesa con objetos que no era capaz de identificar. Pero si identificó lo que estaba al frente del tipo, solo que lo tapaba casi todo. Solo podía ver la cola en forma de rayo.

Pikachu.

Meowth siguió avanzando, casi sin respirar. Llegó al final de las escaleras y empezó a avanzar hacia el tipo, ya con las uñas afuera. Cuando pasó por delante de las jaulas, comenzó a escuchar las voces de los pokemón enjaulados dirigiéndose a él.

—Vete

—Va a hacerte daño, como a nosotros.

—Huye

—Salvanos, por favor.

Meowth ni siquiera quiso mirar las jaulas, como hacía en el mercado negro de pokemón. No se debía distraer ni un segundo.

Ahora que estaba mas cerca, podía ver las cosas que estaban en la mesa, como frascos y cosas de forma fálica de varios tamaños y colores. Se le revolvió el estómago.

El tipo tomó uno de los frascos. Meowth pudo notar que era vaselina. Meowth flexionó las patas traseras. Era el momento.

—Te gustará mucho, mi pequeño Pikachu —a Meowth le estaba preocupando que Pikachu ya no respondiera, pero puede que estuviera tan drogado que ni siquiera fuera consciente ahora mismo.

No iba permitir que ese degenerado pusiera sus sucios dedos dentro de Pikachu. Aunque le costara la vida, no lo permitiría.

Respiro hondo.

Dio un salto enorme hacia la espalda del abusador. Le clavó las uñas en la espalda. Antes de que el tipo pudiera hacer algo, Meowth hizo su mejor ataque Mordisco en su hombro derecho.

El tipo lanzó un alarido de dolor y agarró a Meowth de la cola. Meowth apretó los dientes aún más fuerte por el dolor y se terminó llevando un pedazo de carne con él. El tipo lo arrojo contra las jaulas, causándole un terrible dolor en la columna y en la cabeza.

Meowth escupió el pedazo de hombro. El sabor a sangre y a carne humana se le había quedado impregnada en su lengua y paladar. Vio la carne ensangrentada en el suelo y recordó como si fuera un flash cuando abrió las jaulas de la falsa guardería e incitado a los pokemón a que se comieran los cadáveres de Cassidy y el otro tipo.

Su mente comenzó a nublarse. Se sentía extraño, como si algo se estuviera apoderando de él, pero un algo que no le era extraño. Sentía que regresaba el Meowth que era antes de hablar como humano, el de antes de conocer a Meowzie. Ese Meowth que veía a los humanos como torturadores.

Y lo que veía en el medio, agarrándose el hombro y retorciéndose de dolor, era uno de esos humanos desgraciados. De repente lo reconoció: era el tipo que había ido a su puesto a comprar comida y que le había causado una inmediata desconfianza. Al parecer aún tenía algo de instinto pokemón en él.

Ese desgraciado había estado a centímetros de Lunita.

Casi la había tocado.

Ese desgraciado el cual había arruinado las vidas de varios pokemón, arrancándoles la inocencia y alejándolos de sus entrenadores y de la propia vida salvaje…

Ese tipo no merecía respirar el mismo aire que los pokemón.

Meowth volvió a atacar, con cada célula de su cuerpo hirviendo de odio hacia ese ser humano. Esta vez no le atacó el hombro, sino que fue directamente a su cara. Sacó las uñas durante el salto y las clavó en los globos oculares del pokefilico.

La sangre salió con un chorro hacia el rostro de Meowth, al mismo tiempo de que un alarido escapó de la garganta del tipo. Meowth saltó hacia atrás y cayó de pie encima de una de las jaulas, viendo como el hombre se arrojaba al suelo, llevándose las manos a las cuencas.

—¡MIS OJOS! ¡MIS OJOS! —gritaba una y otra vez, en posición fetal.

Los gritos despertaron a Meowth de su estado más salvaje. Miró sus garras cubiertas de sangre y casi se sintió desfallecer. Le había clavado las uñas en los ojos… y el hombre se estaba desangrando vivo. Incluso le pareció que sus gritos se estaban apagando.

—Sacanos de aquí

—Por favor, sálvanos…

—Duele…

—Huye…

Las voces venían de las jaulas bajo sus pies. Ni siquiera los había visto, pero muchas de sus voces sonaban jóvenes, incluso infantiles. Eso hizo que gran parte de su remordimiento se borrara de su memoria y se concentrara en lo que importaba: Pikachu.

Bajó de las jaulas y se trepó a la mesa. Pikachu estaba inconsciente, pero respiraba.

—¿Pikachu? ¿Amigo? Responde.

Un quejido fue toda la respuesta que recibió. Al menos estaba vivo y era lo importante. Se pregunto si había llegado realmente a tiempo para evitar que ese hijo de puta lo dañara de manera irreversible.

Sintió un fuerte ruido de pasos por encima de él y por un momento creyó que iban a agarrarlo, meterlo en una bolsa y tirarlo al mar y se encogió sobre si mismo. Los pasos se acercaron por las escaleras y vio a un muy preocupado James, seguido de Growlie y Weezing.

—¡Meowth!

Meowth ni siquiera pudo responderle. Solo saltó de la mesa y corrió hacia el para que lo abrazara, James lo alzó y lo estrechó contra su pecho.

—¿Estás bien, Meowth? —su voz sonaba de muy lejos.

—Si —alcanzó a decir.

Y se desvaneció.


Una vez que Meowth se desmayó en sus brazos. James buscó un teléfono en la casa y marcó a la central de la policía de Kanto y le explicó la situación. Le respondieron que en menos de media hora iría la policía y algunas ambulancias para el hombre y los pokemón enjaulados. Brock estaba abajo atendiendo al herido con lo que tenía a la mano.

James dejó a Meowth sobre el sillón e hizo pasar a Ash, quien estaba pálido e inquieto, queriendo reencontrarse con su Pikachu.

—¿Qué fueron esos gritos? ¿Dónde está Pikachu? —preguntó.

James le puso las manos sobre los hombros.

—Todo está bien —le dijo, aunque fuera mentira. Aún estaba procesando lo que pasaba en su cabeza, pero necesitaba mantenerse calmo, a pesar de que aún escuchaba los gritos desde el sótano, aunque más apagados—. Quedate con Meowth, iré a buscar a tu Pikachu.

James bajó de vuelta al sótano. Brock estaba inclinado sobre el tipo, poniéndole un trapo sobre los ojos para evitar que se desangrara. James pasó de largo ante la escena y tomó a Pikachu de la mesa. No pudo evitar ver los demás objetos que estaban allí: vaselina, consoladores de varios tamaños, jeringas y otros objetos que desconocía su uso y prefería seguir sin saberlo. Volvió a subir las escaleras, sintiéndose mal por los pokemón de las jaulas, pero no estaba mentalmente preparado para tranquilizar a un montón de pokemón violados desde hacía vaya a saber cuanto. Que Brock se encargara de ellos.

—Aquí está —le dijo a Ash—. Ten cuidado con él.

Ash lo alzó en brazos, con los ojos llenos de lágrimas.

—¿Por qué está inconsciente? ¿Qué le pasó?

¿Cómo explicarle a un niño de diez u once años que su Pikachu había estado a manos de un pokefílico y que no estaba seguro si había sido violado por ese hijo de puta que se estaba desangrando abajo?

—Solo está desmayado, no te preocupes. Una vez que la policía venga, llevaremos a Pikachu, a Meowth y a todos los otros pokemón al Centro Pokemón.

—¿Hay más?

James se mordió el labio.

—Si. Después te contaré. Iré afuera a esperar a la policía. No bajes al sótano por nada del mundo, ¿está claro?

—S-si.

James se dirigió a la puerta. Cuando giró el picaporte, Ash lo llamó.

—James.

—¿Si?

—El que secuestró a Pikachu… ¿está muerto?

James negó con la cabeza.

—Vive, no te preocupes. Y prefiero que siga así. Lo que le espera en la cárcel será peor que la muerte.

—¿Qué le harán ahí?

James había estado preso. Alguna que otra vez había caído en la comisaria y nada más. Pero Jessie sí había estado en la cárcel durante unos meses (antes de entrar al Equipo Rocket) y le había contado lo que pasaba ahí. Nada bonito.

—Recibirá su merecido, es todo —se levantó del sillón—. Esperaré afuera a la policía, ¿si? Quedate aquí y no bajes al sótano.

James salió al exterior y se apoyó en el marco de la puerta. No lo había notado antes, pero el bosque estaba extremadamente silencioso. Nada de Pidgey cantando en los árboles o los crujientes sonidos de los Rattata corriendo en el pasto. Nada. Solo el viento susurrando entre los árboles, como si estuviera en una isla desértica y no en una verdadera trampa para turistas. Los pokemón habían abandonado la zona, probablemente sabiendo la verdad sobre la cabaña y temiendo tener el mismo destino que los que estaban adentro.

El sonido del viento se mezcló con el sonido agudo de una sirena de ambulancia y otro de policía. Se escuchó muy lejano al principio pero luego se acercaron más y más hasta que comenzó a escuchar los motores y el traqueteo de los vehículos bambolearse de un lado para el otro hasta que finalmente se hicieron visibles: un jeep y una ambulancia.

Jenny bajó primero del jeep y abrió la puerta trasera para que descendieran Jessie, Misty, Lunita y Nina. Las dos últimas salieron disparando como una flecha hasta las piernas de James para poder treparse hasta sus hombros.

—Nenas —James las alzó y las besó, mientras las pequeñas lloraban y se refregaban contra él.

La oficial Jenny se acercó a James y él no pudo evitar ponerse rígido. La policía siempre lo ponía muy, muy nervioso.

—¿Usted es James? —le preguntó.

—Si, soy yo.

—¿Dónde está el herido?

—Está en el sótano, pero no creo que pueda declarar. Mi amigo Brock lo está atendiendo.

—¿Hay alguien más adentro?

—Está Ash, que es un amigo mío, junto con su Pikachu y nuestro Meowth.

Dos enfermeros pasaron por el costado de James e ingresaron a la casa casi corriendo. James no tenía mucha idea de medicina, pero una herida en el ojo debía ser muy grave.

Otra patrulla policial llegó y bajaron dos agentes más, entrando a la cabaña. Jessie casi corrió hacia él para abrazarlo.

—¿Estás bien, James? ¿Te hicieron daño?

James puso a las nenas sobre sus hombros y la estrechó fuerte contra su pecho.

—Estoy bien, Jessie, no te preocupes. Pikachu fue rescatado y el desgraciado irá al hospital, para luego ir a prisión.

Jessie se separó de James, con los ojos llenos de odio.

—Debería ir a un cementerio, no a un hospital.

—Yo también pienso igual, pero nos traería más problemas muerto que vivo.

Misty se acercó a ellos, abrazando a su Togepi como de costumbre, pero no estaba sola.

—¿Gary? ¿Qué haces aquí?

Si, era el rival de Ash, pero estaba muy diferente de ayer. El mocoso engreído que parecía querer llevarse el mundo por delante había dejado lugar a un chico de aspecto temeroso, como si estuviera en mitad de la noche en una cueva llena de Zubat y sin ningún pokemón encima.

—Mi… mi Bulbasaur desapareció anoche.

James quiso agarrarse la cabeza con ambas manos, pero sólo se limitó a frotarse un ojo y preguntar:

—¿Cómo sucedió?

Gary se mordió el labio.

—Después de que ustedes se fueron, empezó un espectáculo con pokemón. El Jigglypuff comenzó a cantar y nos quedamos profundamente dormidos, cosa que ya esperábamos. El problema fue que accidentalmente dejé la puerta corrediza que daba afuera abierta. Y cuando me desperté a la mañana siguiente… la pokebola de mi Bulbasaur ya no estaba.

—Nos lo cruzamos en la comisaría —explicó Misty—. Pensamos que podía ser la misma persona, por eso vinimos juntos.

—¿Has visto algún Bulbasaur ahí? —preguntó Gary.

James no sabía que responder a eso. Si no estaba, lo robó otra persona y no había garantía de que lo volviera a ver. Si el pokefílico lo secuestró durante la noche… Dios, ni siquiera quería pensar en eso.

—No revisé las jaulas —respondió James—. Pero es una posibilidad.

La puerta se abrió y salieron los paramédicos con la camilla y el tipo en ella. Tenía una gasa ensangrentada cubriéndole los ojos y otra más en el hombro donde Meowth le había mordido.

—¿Ese es? —preguntó Misty.

—Si, es ese.

Jenny salió de la cabaña y le tocó el hombro a James.

—Tenemos que hablar —le dijo.