Holaaa! ¿Qué tal? ¿Me extrañaron?

¿Ya vieron a Sebastian en la promo de la temporada 2B? ¿No? ¿Qué esperan? He gritado como fangirl y solo fue medio segundo Xd

Por otro lado, estoy muy feliz porque ya pasamos los 50 reviews n.n Gracias a todos los que leen, dan fav y follow al fics; y a Lalala Gem, Clow, perdizRyhe, Kyle Lancaster y Jazchuu por los comentarios en el cap anterior n.n me hicieron muy felices :P respondo:

Lalala Gem: El pobre Simon queda siempre en medio del fuego cruzado jaja bueno, supongo que una media reconciliación es mejor que ninguna ¿no? Oh entonces estás de acuerdo en que Magnus no le confiese nada a Alec? :O me alegra que te gustara el cap :D un beso :3

Clow: oh no creo que sea malo xD siempre he amado las parejas medio Crack xD aunque confieso que por eso mi parabatai cree que estamos locas xD me alegra te gustara el cap n.n Un beso :3

Jazchuu: holaa holaa :D bienvenida a esta secuela entonces n.n me alegra muchísimo que te siga gustando la historia..oh no, tranquila, apenas vamos a llegar a la mitad n.n un beso :3

A los demás por privado n.n asi que ¡A leer!

Parte IV: La vida de los muertos

La vida de los muertos perdura en el espíritu de los vivos

Cicerón

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Capítulo 10: Socios

Cuando alguien dice estar de acuerdo, en principio, en hacer algo, quiere decir que no tiene la menor intención de hacerlo

Otto von Bismark

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Había sido vergonzoso, luego de intentarlo una y otra vez y no poder salir de la celda de Alec, y que Maxxie asegurará no saber cómo llevar a alguien consigo a través de los barrotes; habían tenido que llamar a los hermanos silenciosos para que lo sacaran.

Magnus había deseado que fuera el hermano Enoch, pero no, había sido el poco paciente hermano Jonas quien no solo los había reñido a los tres y enviado a Maxxie a su habitación, sino que le había restringido las visitas a Alec por un mes…otra vez.

Al menos le habían permitido salir de la ciudad silenciosa a New York, de lo contrario habría tenido que pedirle a Clary otro portal, y estaba seguro que la pelirroja volvería a ser una molestia. Llegó frente a la puerta del edificio colocando la mano sobre esta para abrirla; la puerta no se abrió; bufó, por supuesto que no, ¿Por qué se abriría si últimamente parecía más un mundano que un brujo? Masculló algo intentándolo de nuevo; sin éxito. El hermano Jonas le había dado una excusa para no tener que decirle la verdad a Alec por un mes, pero era iluso pensar que solo porque él no dijera nada en ese tiempo, el chico no se enteraría.

Chilló frustrado golpeando la puerta. ¡Por favor! Tenía que abrirse: él no tenía llave de esa puerta desde hacía décadas, y la llave de Alec estaba en el interior del loft esperando por su dueño.

Nadie le abrió. Magnus se exasperó pateando la puerta, sencillamente perfecto, primero era atrapado por los hermanos silenciosos al no poder salir de la celda, ahora no podía entrar a su casa, ¿No quería un cachorro ir a orinarle la pierna?

Gruñó enojado, intentando calmarse, tenía que pensar en algo. Golpeó la cabeza contra la puerta estirando la mano para hacer lo que no había hecho nunca en todos los años viviendo en ese lugar: llamó al intercomunicador del vecino del piso de abajo.

- ¿Si? – Le respondió. - ¿Quién es?

- Si...eh...vecino - Magnus ni siquiera intentó recordar el nombre de ese hombre, no lo sabía, no creía haber hablado con él alguna vez - Soy Magnus...Bane...del piso de arriba - Agregó al sentir el silencio de él.

- Oh el dueño de Presidente Miau - Dijo este reconociéndolo. Genial, conocían a su gato antes que a él.

- Sí, yo...eh...perdí mi llave, podría...

- Claro, claro - Magnus escuchó el sonido eléctrico que abrió la puerta permitiéndole el paso; suspiró.

- Gracias.

- Descuide; Presidente siempre viene a hacernos compañía, es muy amigo de Colitas y siempre...

Magnus soltó el intercomunicador; dar las gracias era suficiente, no estaba de humor para además escuchar las aventuras amorosas de su gato con Colitas.

Subió hasta el loft; deteniéndose al notar la puerta de este abierta. Magnus masculló, no había sentido una alteración en las salvaguardas, pero sinceramente a esas alturas no sabía si podía confiar en las protecciones de su casa.

Las llamas cubrieron sus manos; esperando que, si algún mundano se había metido a robarlo, al menos pudiera asustarlo con eso porque la otra opción sería gritarle "Ataca" a Presidente Miau y esperar que este no se echara a dormir. Entró al loft con cautela y no fue a un mundano amigo de lo ajeno lo que encontró, sino la mirada nada amigable de una bruja que conocía perfectamente, sentada en uno de sus sofás.

- ¡Cat! - Exclamó emocionado terminando de entrar y cerrando la puerta mientras hacía desaparecer las llamas.

- ¡Tu! - Gruñó ella incorporándose. Magnus se detuvo; conocía ese tono, y justo ahora deseaba volver sobre sus pasos y correr - ¡Le causaste un infarto a un monje con tu mensaje de fuego! - Le espetó - Mientras intentaba salvarlo, pensé en ignorarte, porque eres un dramático desconsiderado…

- Pero viniste - Hizo notar el brujo – Lo cual habla de lo mucho que me quieres, como para no matarme.

- ¡Claro que vine! - Exclamó ella - ¿Cuándo te he dejado morir solo? - Magnus tenía un par de respuestas para eso, pero decidió mejor no decir nada porque realmente apreciaba su vida - ¡Y además me llega un mensaje de la clave ofreciéndome tu escaño en el consejo Magnus! Pensé que esta situación se había tornado seria, pero para ti todo es una broma, ¿no? Tengo horas esperándote; ¡HORAS MAGNUS BANE!

- ¿Por qué no me avisaste? - Pero la chica estaba enojada.

- ¿Tenía que? ¡Tú me pediste que viniera! – Exclamó - ¡Pude haber ido a Siberia! Hubo una avalancha y necesitan ayuda médica, pero no, vine aquí a ayudar a mi amigo ¡y él no estaba!

- ¡Lo siento! - Exclamó él logrando callar la perorata de la chica - Quede atrapado en la ciudad silenciosa. - Cat lo miró con los ojos entrecerrados, como si dudara en creerle o no. - Fui a ver a Alec, entré a su celda y luego no pude salir; y los hermanos silenciosos no me sacaron hasta reñirme cuanto quisieron: No pensé que volvería a reñirte desde que te fuiste a los quince años - Imitó la voz etérea de los hermanos silenciosos. – Fue un incordio.

Magnus no supo si le creyó o no, pero sin duda le pareció divertido porque la chica azul no tuvo reparo en contener la risa.

- Debiste sentirte un niño otra vez - Se burló; el de ojos de gato frunció el ceño.

- ¡Y justo ahora no pude ni abrir la puerta del edificio! - Exclamó - Me estoy volviendo un mundano Cat, uno guapo y con buen gusto, pero mundano. - La chica de piel azul suspiró, había sido por eso por lo que no se había marchado y esperó a Magnus: un brujo con esa clase de problemas en su magia no era algo para ignorar.

- Muéstrame el brazalete – dijo extendiendo su mano imperativamente.

- Ya te mandé una foto.

- Y por eso vine, no hagas que me vaya – Gruñó moviendo la mano con un gesto de impaciencia. Magnus extendió la mano dejándola a la vista de la bruja. Catarina lo observó concentrada. - ¿Ya has contactado al criado de hadas? Porque si hace esto para molestarte seguramente solo él puede quitártelo.

- Vaya, jamás lo habría pensado – dijo mordaz, deteniéndose por la mirada matadora que lo hizo callar – Si lo he vuelto a ver, más de lo que quisiera.

- ¿A qué te refieres? – Preguntó sin apartar la mirada del brazalete, chasqueando los dedos un par de veces. Magnus sintió la fuerza de la magia de la bruja intentando apartarlo del objeto, intentando desaparecerlo, pero nada ocurrió salvo el brillo naranja en la piedra negra. – Interesante – Susurró.

- ¿A qué te refieres? – Repitió la pregunta de ella. Catarina entrecerró los ojos.

- Yo pregunté primero – Hizo constar. Magnus masculló algo desviando la mirada.

- Creo… creo que volví a acostarme con él…y con Richard. – Por un segundo Catarina olvidó el brazalete y lo miró pestañeando repetidamente.

- Crees…- Repitió y suspiró - ¿Te has estado drogando con ciruela de hadas de nuevo? – lo riñó. Esta vez fue el turno del brujo de pestañar confundido

- ¿Cómo…?

- Por eso Ragnor y yo te obligamos a dejarla en 1850: siempre que la consumes terminas haciendo estupideces, es decir ¿Richard, en serio? – Magnus agradeció que la bruja no mencionara a Well, ella podía intuir que eso era lo que más le mortificaba. La mujer chasqueó los dedos de nuevo, pero nada pasó, solo el brillo del brazalete. – Interesante –Repitió.

- ¿Vas a decirme que es tan interesante? – Catarina no respondió, ya no eran chasquidos, la bruja se concentró en hechizos más complejos sobre Magnus, moviendo sus manos envueltas en fuego blanco y susurrando palabras en lenguajes demoniacos, demasiado bajo como para que él pudiera entenderla. Y sin embargo ninguno de sus hechizos pareció tener efecto, y la joya resplandecía cada vez más intensamente. - ¡Catarina! – Exclamó.

- No puedo hechizarte – dijo ella- Ya intenté quitar el brazalete, hacerte levitar, dejarte inconsciente y prenderte en llamas, nada funciona.

- ¡Gracias a Lillith que nada funciona bruja loca! – Le gritó - ¿En serio? ¿Prenderme en llamas?

- Céntrate en el problema Bane – Lo riñó – El brazalete no solo desvía tu magia, lo hace también con la magia externa dirigida a ti, porque yo todavía puedo hacer hechizos – Aseguró chasqueando los dedos, de inmediato todos los muebles de Magnus se alzaron flotando por la sala – Pero no puedo hechizarte – Y marcó su punto chasqueando nuevamente los dedos, pero no pasó nada, en su lugar el brazalete brilló. – Fuera de eso, el brazalete no parece estar haciéndote daño, es decir, físicamente pareces estar bien excepto por ese pantalón lima que llevas- El brujo hizo un gesto irónico ante el comentario de Catarina. Perfecto, entonces fuera del mal consejo de moda de su amiga (porque su pantalón era sencillamente perfecto), seguía sin tener idea de lo que ocurría. – Deberías intentar hablar con ese chico, pídele que te lo quite; o puedes dejarme hablar a mí con él, no seré amable – Aseguró dejando caer los muebles para dejar claro su punto.

Magnus sonrió; como amaría ver a Catarina torturando a Max hasta que le quitara el brazalete de la muñeca.

- No creo que funcione, él tenía un collar igual la primera vez – dijo. Catarina se enserió al instante – Ahora que lo pienso, creo que tampoco pude hechizarlo aquella vez y…

- ¿Dijiste un collar? – Lo cortó.

- Si – Aceptó – Y me parece haber visto a La Reina Seelie con un anillo similar.

- ¡Por Lillith! – Exclamó alarmada – Pensé que solo eran una leyenda

- ¿De qué diablos hablas? ¡Catarina! – Exclamó serio - ¿De qué te diste cuenta? Porque si esta cosa es peligrosa me corto la mano.

- No seas estúpido – Lo desestimó – Intenta que el chico te quite el brazalete y solo…no hagas magia, nada, ni un poco; vuélvete un mundano hasta que yo vuelva – Exigió abriendo un portal en medio de la sala dispuesta a irse.

- ¡Ey! Espera ¿A dónde vas?

- Iré al laberinto espiral a investigar – Explicó Magnus se estremeció si requería ir al laberinto espiral, no podía ser nada bueno. Movió sus manos para detenerla queriendo exigir más explicaciones, que le dijera sus sospechas, pero lejos de cerrar el portal, la bruja de piel azul fue empujada al interior de este desapareciendo del loft dejando en el lugar el eco de ella gritando "Magnus" con disgusto.

Magnus no contuvo una sonora maldición, observando el brazalete con reproche y desconfianza, cortarse la mano con una sierra parecía doloroso, pero la alarma en Catarina no había sido nada alentadora.

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Aparecieron a las afueras del instituto. Well no pudo evitar una exclamación de sorpresa al ver la majestuosa construcción de la catedral gótica que fingía ser para los mundanos, y la aún más increíble construcción Nefilim oculta bajo los glamoures. No recordaba cuando fue la última vez que vio ese lugar, no recordaba la última vez que caminó por los pasillos del instituto; él había muerto en Idris, y días antes cuando dejó el instituto no había imaginado que no podría volver sino hasta lo que parecieron ser siglos después.

Maryse se adelantó para abrir la puerta; Max apenas y le prestó atención, tenía un ligero temblor en sus manos mientras entraba; quería huir, quería dar media vuelta y correr hasta Central Park, donde el pueblo Feéra tenía una entrada. Pero en cambio siguió avanzando, atravesando la nave de la iglesia hasta el ascensor donde Maryse e Isabelle lo alcanzaron. Clary y Simon se habían quedado más atrás, ellos irían en el siguiente ascensor, en un rato para darles algo de privacidad.

- Puedo…podemos mostrarte el lugar – Ofreció Isabelle una vez en el ascensor, no era su intención excluir a su madre, pero se sentía nerviosa: después de la actitud que había tomado Max en Idris frente a ella, no quería alterarlo de nuevo.

El chico no volteó a mirarla; mantenía la mirada al frente, puesta en las puertas cerradas del ascensor, pero un asentimiento sutil fue muestra suficiente de que la había escuchado. Maryse e Isabelle se miraron con una sonrisa cómplice, eso era un progreso.

El ascensor se detuvo finalmente y las puertas se abrieron. Maryse se apresuró en salir, evitando con su cuerpo que volvieran a cerrarse mientras esperaba a que Max saliera. Este la miró de arriba abajo casi con interés antes de finalmente salir.

- Bienvenido a tu hogar hijo - Susurró la mujer con emoción contenida en la voz cuando él pasó por su lado. Max mantuvo su actitud de hacerse oídos sordos y siguió caminando, sintiendo un nudo en la garganta con cada paso que lo adentraba a la estancia.

- Estoy segura que te adaptaras – Intentó Isabelle sonar natural – Todo permanece igual– Pero esta vez Well no hizo ningún gesto de haberla escuchado; si mal no recordaba debía subir las escaleras para ir al área de las habitaciones, pero sentía que le faltaba el aire por la opresión en el pecho al verse en el salón principal del instituto como para preocuparse en responderle.

Estaba casi completamente igual a como lo recordaba pese a haber sido parcialmente destruido hacía cinco años en medio de una batalla. Atravesó el lugar en silencio, observando en cada dirección, cada cuadro en la pared le era tan conocido como extraño; él había memorizado de niño cada una de las batallas que representaban y las había olvidado todas a medida que crecía.

Pero había una batalla en específico que no olvidaba.

Se detuvo frente a la escalera; a pocos pasos de esta, mortalmente pálido; suponía que habían cambiado las baldosas del suelo porque no había marca alguna, pero ese era el lugar, el sitio exacto donde Alec había ardido con el fuego celestial por culpa de su propio parabatai ante la vista de los que se hacían llamar su familia. El labio inferior le tembló; estaba seguro que era ahí, tan seguro como alguien que había presenciado la escena una y otra vez durante la eternidad que esos cinco años en Feéra representaban.

Intentó obligarse a seguir andando, pero no pudo, todo su cuerpo temblaba ante las náuseas por la idea de estar parado en el lugar donde toda su vida había cambiado. ¿Cómo podía decirle que todo "permanecía igual" cuando faltaba su hermano mayor?

- Te llevare a tu habitación Max - Ofreció Isabelle colocando una mano sobre su hombro; la chica sintió una alegría indescriptible: era la primera vez que lo tocaba, que Max se lo permitía, que sentía su piel tan real como la propia, haciéndolo todo aún más real; y fue una alegría mayor cuando el chico no se apartó. Interpretándolo como una respuesta afirmativa, le dio un suave apretón tras el cual le indicó el camino. Well la siguió, escuchando los pasos de Maryse tras él.

El resto del Instituto no fue tan difícil de recorrer; ningún pasillo le había desarrollado algún sentimiento, aunque sí la sensación vaga de familiaridad. Maryse había intentado un par de veces atraer su atención con algún comentario "¿Recuerdas esa lámpara hijo? Tuvimos que reforzarla cuando tú e Isabelle quisieron balancearse en ella", "Siempre amaste ese cuadro del lago Lyn, ¿lo recuerdas? Cuando quisiste llevártelo a tu habitación", "Por allá está la sala de música, amabas ver a Jace tocar el piano" o "Por ese pasillo se llega a la biblioteca; hay grandes tesoros allí, podría mostrártelos"

Ninguno de sus comentarios logró arrancarle una respuesta, sin embargo, ese último había atraído su atención; como fuera, Well debía reconocer que le habría gustado admitir, aunque sea ante sí mismo, que si lo recordaba. Su vida antes de Feéra era borrosa; apenas y podía recordar a Alec y el tiempo que vivió con él gracias a Bash que no había permitido que olvidara a su hermano.

Isabelle se detuvo frente a una puerta y con ella también Well y Maryse. La chica la abrió mientras Max observaba el pasillo en todas direcciones, comenzando a hacerse un recuerdo del sitio y como llegar a las otras habitaciones. Pero al escuchar la exclamación sorprendida de Maryse, volvió la mirada al interior de la habitación para ver que la había sorprendido tanto, y palideció.

Porque era su habitación, pero ya no lo era.

- Yo…olvidé…nos fuimos a Idris de inmediato y…tus cosas están guardadas en el ático y…- Maryse estaba desesperada por explicarse, avergonzada de sí misma por la habitación vacía a la que habían llegado. Había sido duro para ella retirar las cosas de Max hacía ya algunos años, guardarlas y asumir que su pequeño no volvería; pero ahora que lo tenía allí, parado en la puerta, le agraviaba no haber tenido la fuerza para mantenerla intacta, para mantener la esperanza y esperar a su hijo.

- Max…buscaremos todo…- dijo Isabelle en un susurro. El chico observaba el interior de la habitación con un nudo en el estómago: algunos flashes de cómo había sido en antaño, su cama con sabanas coloridas, libreros repletos a montón, armas de juguete regadas por el suelo, afiches de miles de cosas pegados por todas las paredes; contrastaba con la visión que tenía ahora: una cama tendida con una sábana blanca, una mesita de noche vacía, paredes desnudas y apersónales; era una habitación más entre la gran cantidad de habitaciones que el Instituto tenía para los Nefilims que lo visitaban; una habitación que no fue conservada porque no esperaban su regreso pese estar vivo, una habitación donde había sido feliz con una familia que ya no existía.

- Este no es mi hogar – Susurró dándose media vuelta, eran las primeras palabras que pronunciaba en el Instituto y su voz sonaba rota - Mi hogar es Feéra. – Y sin más echó a correr por el pasillo.

Well corrió a través de los pasillos escuchando a las dos mujeres tras él, queriendo darle alcance; pero él no pensaba ir muy lejos, había un lugar en el que quería estar, que quería comprobar; uno que, si mal no recordaba, estaría en el siguiente pasillo a la derecha.

Y en efecto, ahí estaba la puerta. Se acercó para tomar el pomo dudando el tiempo suficiente para que Maryse lo alcanzara.

- Max…Well, realmente siento mucho lo de tu habitación – Se disculpó la mujer angustiada – Y entiendo...entiendo que te sientas así sobre Feéra - Intentó sonar precavida. Isabelle los alcanzó, sorprendiéndose al darse cuenta en donde Max pretendía entrar - Entiendo que creas...consideres a las hadas con aprecio por todo este tiempo...está bien, me alegra...me alegra que lo pienses así porque significa que al menos fueron buenas contigo todo este tiempo cielo... está bien tener dos hogares.

- La casa en Idris -Susurró para sí, porque ese era el segundo hogar, no el Instituto. Giró el pomo de la puerta.

- Max... Alec no está allí – Le informó Isabelle con dolor ante la intención del menor por entrar a la habitación del hermano mayor.

- Ya lo sé – Aseguró entrando y cerrando la puerta tras de sí. Maryse se apresuró a tomar el pomo, no dispuesta a dejar que se encerrara como hizo en Idris, pero el pomo cedió: no estaba cerrada; sin embargo, no pudo abrirla, Max se había dejado caer tras la puerta recargado en esta abrazando sus rodillas mirando el interior de la habitación de Alec.

Su habitación había sido convertida en una habitación cualquiera para los Nefilims que viajaran a New York y necesitaran asilo, pero la de Alec...la de Alec estaba hecha un deposito: no había rastro de sus cosas; solo cajas cuidadosamente apiladas al otro extremo de la habitación; no estaban sus libros, ni sus arcos, y podía apostar que no vería su ropa en el armario, no había nada de Alec, porque tampoco esperaban que volviera.

Las lágrimas cubrieron su rostro en tan solo un segundo, bañándolo entre sollozos; no era justo, lo que les había pasado, no era justo perder la familia en la manera en que la habían perdido: siendo rechazados por ella.

Intentó contener los sollozos, sabía que del otro lado de la puerta estaba Maryse, sabía que ella lo estaba escuchando y su orgullo le decía que se detuviera; pero no pudo, no le importaba que lo escuchara; quizás porque, de todos, era Maryse a la que menos odiaba.

Maryse por su parte seguía con la mano en el pomo y la frente apoyada en la puerta, las lágrimas cubrían sus mejillas, podía escuchar los sollozos de Max como si tuvieran un amplificador y se le rompía el corazón porque no sabía cómo acercarse a él, no sabía cómo penetrar la barrera que las hadas habían creado alrededor de su pequeño.

- Mamá...- La llamó Isabelle sin saber qué hacer.

- Te hare algo de comer cielo - Susurró ella a Max - Cuando estés listo...baja a la cocina.

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- Estúpidos submundos – Masculló Jace con molestia. Acababan de salir del salón del Gard y el resultado no había variado pese a las horas de discusión: Tenían hasta el día siguiente para hablar con Max y llevarlo ante el consejo con intención de abrir la casa de Sebastian – No puedo creer que Jia se preste para esto.

- Jia está haciendo lo mejor para la Clave – dijo Robert; el rubio bufó.

- Tonterías, si a la clave le urgía hurgar entre las cosas de Sebastian, debieron liberar a Alec para hacerlo.

- No habían tenido tanta prisa antes – Comentó pensativo; porque era cierto, y acababa de notar lo que significaba: la clave estaría dispuesta casi a cualquier cosa por abrir esa casa…

La molestia de Jace se aplacó un poco y guardó silencio mientras pasaban por un par de Nefilims que atravesaban la plaza principal en dirección contraria a la de ellos.

- …Si decía la verdad – Escucharon a uno de ellos.

- ¿Y eso que? ¡Por Alec Lightwood murieron muchos! – Replicó el más anciano. Jace se dio media vuelta dispuesto a ir tras él, pero Robert lo sujetó del brazo impidiéndolo. El chico intentó soltarse, pero el Inquisidor se llevó el dedo a los labios para que se callara.

- Lo sé, pero… intentaba proteger a su hermanito. – dijo el joven Nefilim mirando con aprensión al más joven a su lado, se parecían bastante; sin duda su hermano menor.

- ¡Un Nefilims no vale más que toda la Clave! – Lo riñó el anciano – Por mí se puede pudrir en la Ciudad de hueso.

- Pues yo estaría dispuesto a escuchar todo lo que tenga que decir nuevamente y quien sabe, cambiar mi voto – dijo casi desafiante. El anciano lo golpeó con su bastón en la cabeza - ¡Abuelo! – se quejó, mientras el más joven reía y continuaban su camino.

- Debiste dejarme ponerlo en su sitio – Gruñó.

- Es un anciano amargado – dijo tomando al rubio del hombro y obligándolo a seguir el camino hasta la casa del Inquisidor.

- No sé qué pienses de mí, pero estoy seguro que puedo con ancianos en cualquiera de sus presentaciones. – Alegó agregando acusador – ¿Cómo puedes dejar que hablen así de Alec?

- Lo han hecho por cinco años – dijo volviendo la mirada atrás hacía los Nefilims; Jace notó su expresión amarga y se contuvo a decir algo, a veces olvidaba que para Robert como Inquisidor y viviendo en Idris no había sido nada fácil la situación de Alec: él había tenido que soportar durante todos esos años los comentarios y señalizaciones de los otros Nefilims, mientras que el resto de la familia se había apartado de vuelta a New York donde no solo no tenían que soportar eso, sino que todos apoyaban a Alec por encima de cualquier otra cosa. Robert siguió hablando, trayéndolo de nuevo al presente – En cambio lo que dijo el joven, fue algo nuevo.

No lo había considerado antes, pero la aparición de Max había traído a la memoria de los Nefilims el caso de Alec y a juzgar por lo que acababan de escuchar, les estaba haciendo reconsiderarlo.

- ¿Qué quieres decir?

- Creo que todo esto… tal vez sea más beneficioso de lo que…- Robert no pudo culminar la idea. La puerta de su casa estaba cerrada al igual que todas las ventanas, de la forma que te hace pensar que no hay nadie en casa. Se acercó a prisa a la puerta, había una nota pegada en ella.

No dudó en tomarla y leerla. Jace también se acercó, era la letra de Maryse, le decían que Max había tenido una crisis de pánico y se lo habían llevado a New York. Jace notó como la cara de Robert se ensombrecía haciéndolo parecer hasta diez años mayor.

- Estoy seguro que esto no le gustará al Consejo. - Hizo notar, y el Inquisidor no necesitaba que se lo repitieran.

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Caminó un poco confundido por los pasillos del instituto; no sabía cuánto tiempo había estado en la habitación de Alec, quizás un par de horas o al menos el tiempo suficiente para revisar superficialmente las cajas. La mayoría estaba a medio vaciar, pero no había nada en el closet lo que le había dejado con aún más dudas ¿Dónde estaba el resto de sus cosas? ¿Estarían con las suyas en el ático o las habrían botado?

Como fuera, había salido cuando sintió el hambre desgarrar su estómago. Su última comida había sido durante el viaje de Feéra a Idris y comenzaba a hacerle falta alimentarse. Siguió caminando por el pasillo solitario, con cautela; le parecía no recordar el camino a la cocina, pero era como si el instinto o quizás una costumbre oculta en lo más profundo de su cerebro, le indicara el camino.

- Quizás solo necesita tiempo - Escuchó que hablaban al otro lado de la puerta. Se acercó con sigilo, era la voz de una chica que no se le hacía conocida. Intentó observar sin revelar su presencia: era la pequeña pelirroja que había estado en la casa del inquisidor, le parecía haberla visto antes. Intentó forzar un poco sus recuerdos...

- Clary tiene razón- Coincidió el vampiro diurno, así que Clary… ¡Claro! La hermana de Jace; suponía que tenía sentido que viviera en el instituto con su hermano - Han sido muchos años con las hadas, y todos sabemos cómo a ellas les gusta jugar con la mente de las personas - Well frunció el ceño, así que hablaban de él.

- Debiste verlo, parecía tan fuera de si - Lamentó Isabelle. El vampiro diurno la abrazó por los hombros contra si, Well enarcó una ceja, eso era interesante.

- Pensé que en casa de Robert habría tenido un ataque de pánico - Confesó Maryse; estaba sentada en la mesa junto a ellos, con una taza de té en la mano - Que, si lo traíamos aquí, se sentiría mejor por ser lugar conocido, pero... Estaba completamente fuera de sitio, como lloraba en la habitación de Alec...

- Él no quiere estar aquí - Susurró Isabelle dolida. Max no entendía, ¿Porque actuaban de esa forma cuando se suponía que eran ellos que no lo querían ahí?

- Pero pidió que lo trajeran - Dijo Clary confundida. - Y estoy segura que ese cuchillo lo hacía una petición convincente.

Simon suspiró; su cabeza solo daba vueltas a todo lo que Magnus le había contado del chico, lo que había hecho: alguien que se había acostado con el novio de su hermano dos veces, ¿Por qué se pondría a llorar en la habitación de este luego? ¿Arrepentimiento? Dudaba que las hadas congeniaran con el sentimiento.

- Quizás...solo busca algo aquí - Dijo el vampiro diurno, era lo único que tenía sentido, porque sin duda Max buscaba algo de Magnus, su insistencia por New York bien podía seguir la misma línea - No lo sé, no es como si podamos confiar en el pueblo Fey; tal vez lo enviaron para...

- Oh vaya, no se detengan por mí, continúen - Los interrumpió Max entrando en la cocina; Simon se calló al instante mientras que Maryse e Isabelle se incorporaban - En serio, continúa: me gustaría enterarme de mis diabólicos planes.

- Nunca dije que fueran diabólicos - Se defendió Simon - Pero algo tramas.

- ¡Simon! - Lo chitó Isabelle apresurándose a Max - Ignóralo, ven siéntate; ¿Quieres algo de comer?

- Te prepare algo - Exclamó Maryse de inmediato antes de que el chico pudiera asentir. La mujer corrió a la cocina para servirle un plato de comida: carne con guiso de vegetales y arroz; a Max le encantaba eso de niño, era la única manera en que Maryse consiguió cuando él tenía seis años, que se comiera sus vegetales.

Colocó el plato frente a Max quien se había sentado a la mesa; el muchacho lo observó por un segundo y sin previo aviso, barrió el brazo por la mesa, arrojando el plato al suelo.

Todos respingaron ante su reacción; Maryse observaba su comida en el suelo, con dolor. Isabelle no sabía que hacer o cómo comportarse; Clary no sabía que decir y miraba a Simon quien había fruncido el ceño.

- ¿Carne? – Pregunto Max ofendido - La gracia del pueblo Fey no acompaña a los que comen carne.

- Los duendes comen carne - Hizo ver Clary

- Las Pixies no – Contravino.

- No eres ninguno de los dos - Gruñó Simon; no sabía que le irritaba más, si la actitud del muchacho o la de Maryse e Isabelle quienes ya se apresuraban a limpiar el desastre.

- Lo siento Max - Susurró Maryse - ¿Qué quieres comer? Te preparare lo que quieras hijo.

- Si tienen escarabajos o... - Max se detuvo al notar sus expresiones y suspiró - Solo aliméntame con fruta, Maryse.

Simon vio como Isabelle se apresuraba a la despensa por algunas frutas, y no lo soportó más; se puso de pie bufando con molestia.

- ¿A dónde vas? - Susurró Clary.

- Dime que no soy el único que se da cuenta que esto está mal – Gruñó saliendo. Clary dudó, observó a ambas Nefilims cortando la fruta para el muchacho que las veía con actitud altanera como un rey a sus sirvientes; negó con la cabeza y se apresuró en salir tras Simon.

- Simon; Simon - Llamó clary, el vampiro detuvo su andar.

- Lo siento, es solo que...se está burlando de ellas, y se lo están permitiendo.

- Quieren complacerlo en todo; es normal después de cinco años creyendo que no volverían a verlo.

- ¿Ah sí? Entonces explícame porque ahí dentro no parece que ese sentimiento sea correspondido - Preguntó él. Estaba enojado, porque podía ver que algo iba mal, y si tenía razón, ese algo le haría mucho daño a Isabelle y él no estaba dispuesto a permitir que la hirieran. - Están cometiendo el mismo error que tuvieron con Alec hace cinco años - Dijo con voz cansada - Se deslumbran por el hijo que vuelve, y no ven que las está manipulando para conseguir algo.

- Maryse ha perdido a Max, dos veces; e Isabelle se culpa por ambas - Hizo notar Clary.- Ambas han sufrido mucho, y cuando el asunto en Los Ángeles termine, Max tendrá que decidir dónde quiere quedarse; ¿Puedes culparlas por querer complacerlo? ¿Por querer hacerlo sentir a gusto para que elija quedarse?

- No se supone que sea una decisión que deba pensar demasiado - Dijo Simon - Es un chiquillo que fue arrebatado de su familia; aquí tiene a sus padres, a sus hermanos, ¿porque volvería a Feéra?

- Tal vez siente gratitud por como lo cuidaron.

- Exacto, lo cuidaron - Dijo - No parece que haya sido un prisionero- Hizo ver – Y si fue así ¿Por qué no se comunicó antes? ¿Por qué ir primero por Magnus? - Simon se calló de golpe y Clary enarcó una ceja.

- ¿De qué hablas?

- Olvídalo - Negó él - Creo que mejor espero a que todo se calme para hablar con Isabelle. - Dijo dándose media vuelta dispuesto a salir, deteniéndose bruscamente cuando un cuchillo paso silbando por junto a su oído para clavarse en la pared frente a él; Simon se volteó a prisa - ¿Estás loca Fray?

- No darás un paso más hasta que me digas todo lo que sabes de Max, Lewis - Amenazó la pequeña pelirroja, porque si había algo mal, tarde o temprano eso afectaría también a Jace - ¿Que tiene que ver con Magnus?

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Tocó la flauta con soltura; generalmente prefería el aulos, pero ante la ausencia de este había tenido que conformarse. Era una melodía alegre y rápida que lo envolvió por completo, tocando con los ojos cerrados mientras sus pies descalzos de movían de un lugar a otro de la habitación; de un punto a otro, saltando con gracia al compás de la música, era una melodía que lo transportaba a Feéra, a sus prados, junto a Richard alegrando la estadía de algunas Pixies y Nixies, haciéndolas bailar con ellos, con él que tenía la flauta deteniendo la melodía de vez en cuando mientras recitaba alguna balada para deleitar sus oídos. Recibiendo a cambio los frutos más dulces del reino.

Prácticamente podía escuchar el sonido de la música de Richard acompañarlo; ¿Que era? ¿Un piano? No estaba seguro, no recordaba haberlo visto tocar uno alguna vez, pero llevaba la melodía en un acompañamiento perfecto.

Piano...

En Feéra nunca había visto un piano; pero había uno en la sala de música del instituto.

Toda la ilusión que la música había creado para él, se rompió; Well abrió los ojos a prisa; deteniendo también su danza.

Jace en el piano, también detuvo la música ante la mirada del muchacho que ya no parecía en lo absoluto relajada; estaban en la sala de música del instituto, le había costado un poco recordar el camino hasta allí según le había señalado Maryse cuando llegaron al instituto, y al verla supo rápidamente que sería su sala favorita: era majestuosa, llena de gran cantidad de instrumentos musicales a donde fuese que mirase. Pero toda la paz que había conseguido se había visto interrumpida por Jace quien intentó sonreírle afablemente.

- Sabia que no podía ser el único músico de la familia – Celebró; Max no respondió, no se sentía cómodo con él, no se sentía cómodo con ninguno, solo que soportaba un poco más a Maryse: ella había sido una actriz segundaria, una espectadora, Jace en cambio había matado a Alec. El rubio notó su rechazo y se removió algo incómodo - Siempre he intentado que Alec aprenda a tocar algo - Max se tensó; acaso… ¿Acaso hablaba en presente? ¿Por qué? - Pero rechazó todos los instrumentos, y cuando le propuse la flauta, dijo que no era gracioso y se enojó- Jace rio. Well en cambio se mantuvo tenso, expectante, como si esperara un ataque repentino.

- No entiendo - dijo serio. Jace suspiró.

- No es tan buen chiste - Admitió

- No entiendo porque hablas de la familia - Completó Well - Tú no eres de la familia; no eres un Lightwood...eres un Wayland - Jace se desconcertó: hacía mucho tiempo que no usaba ese apellido - No, ese no... era otro...Morgenstern, el de tus hermanos.

- ¿Mis...? oh Clary - Jace abrió la boca con sorpresa, realmente no había esperado tal desactualización en los acontecimientos- y… ¿Sebastian? Oh no, no Max; no son mis hermanos, Clary es mi novia. - Max retrocedió un paso y Jace rio ante su reacción - Soy un Herondale, Jace Herondale

- ¿Qué haces aquí, Jace Herondale? - Preguntó con recelo; el rubio suspiró.

- Vine a buscarte- Aseguró - Robert necesita hablar contigo y estoy seguro que no le hará gracia todo lo que me tardé.

- ¿Por qué no vino él mismo?

- Está discutiendo algunos puntos con Maryse.

- Discutir…- Repitió; Jace debió entender su tono porque rápidamente agregó:

- No esa clase de discusiones...hablan, conversan algunos puntos. - Max asintió y Jace se dispuso hacia él para guiarlo. Max retrocedió un paso para evitar que lo tocara, el rubio no insistió y en cambio salió del salón de música con Max pisándole los talones.

- Había...había un gato - Comentó Max de pronto; estaba casi seguro y no había podido contener su duda: él recordaba haber tenido un gato de niño, pero desde que había llegado, no había visto ninguno.

- ¿Iglesia?

- Iglesia...- Susurró para sí, no había podido recordar su nombre antes - ¿Dónde está?

- En Los Ángeles, se fue con su verdadero dueño

- Pensé que era nuestro...del Instituto, - Se corrigió; Jace sonrió, su "nuestro" no había pasado desapercibido.

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Se sentó frente al televisor dispuesto a chasquear los dedos para encenderlo; pero lo pensó mejor y se estiró para tomar el control remoto haciendo zapping distraídamente. Su cabeza estaba hecha un lio y no conforme a todos los problemas que tenía, Catarina había sembrado la espinita del miedo con su manera de marcharse al Laberinto Espiral; espina que solo se había hundido junto a la estaca de pánico que una palabra enterró en su pecho.

Padre...

La sola idea le causaba escalofríos: él podía entender porque Alec se encariñaría a Maximun; pero de allí a conservarlo había un trecho enorme.

Negó con la cabeza. ¿Conservarlo? ¿Acaso estaba pensando en un cachorro?

Otra prueba más de que no era del tipo paternal.

Para él, los padres usaban camisas a cuadros y pantalón de vestir o traje; no estupendos chalecos con lentejuelas o mascadas de vivos colores; Magnus se sentía más como el tío guapo, loco y divertido que visitaba de vez en cuando para ayudar a formar el caos en la casa.

¿Pero que iba a hacer si Alec no pensaba así?

Bien que no tenía que ahogarse en un vaso de agua cuando aún faltaba mucho tiempo para que el ojos azules saliera libre; pero Magnus sabía que si tenía ya la idea, el tiempo solo haría que se fortaleciera; conocía perfectamente al chico y no habría poder sobrehumano que le hiciera dejar a Maximum en la Ciudad Silenciosa si esos eran sus planes aunque esta fuera, después de todo, el hogar del niño como fue el de Magnus en alguna ocasión.

Los recuerdos de su infancia con los hermanos silenciosos no lo animaron en lo absoluto ¿A quién quería engañar? La Ciudad de Hueso no era el hogar soñado de ningún niño. Como sea se estaba agobiando por el problema equivocado: aun cuando Alec tuviera la intención de adoptar a un batallón de niños, no sabía cuánto tiempo le quedaba junto al Nefilim pero según sus cálculos no sería mucho.

El pensamiento lo deprimió aún más. Odiaba esa situación y odiaba su propia cobardía.

Chasqueó los dedos para aparecerse un wiskhey antes de recordar que se suponía que no debía hacer magia. En lugar de la bebida, cayó sobre su cabeza un par de trozos de hielo del tamaño de un vaso cada uno; Magnus masculló una maldición sobándose la cabeza. Si no podía hacer magia, ¿Cómo se suponía que hablase con Alec?

Aunque, considerándolo, los mensajes de fuego nunca habían supuesto un gran problema para él, incluso en su limitada situación.

Tomó un trozo de papel y escribió:

Al parecer Presidente Miau tiene algo con Colitas, la gata del vecino de abajo…

Vale que era una tontería; ¿Pero que más podía decirle por carta? Definitivamente no que Max era el chico del cementerio.

Los Hermanos Silenciosos me prohibieron visitarte por un mes otra vez; pero buscare la manera de que podamos vernos antes; aún tenemos que hablar Alec.

Te amo

Chasqueó los dedos y el mensaje se envió sin problemas; el brazalete en su muñeca, tal como lo esperaba, apenas y titiló. Eso era interesante, porque significaba que el brazalete requería un mínimo de magia para poder activarse; pero no eran muchos los hechizos útiles que podía realizar con tan poca magia y estaba seguro que "Vuélvete mundano" incluía no hacer ninguno de ellos.

Una fuerte llamarada apareció frente a él poco después. Magnus tuvo que saltar del sofá para evitar que le quemara el regazo; quizás Catarina no lo matara por enviar mensajes de fuego contra su orden, pero Maximun podía que si lo lograra si no aprendía a controlarlo. Casi podía imaginar a Alec metiendo al niño bajo la ducha antes de enviar cada mensaje; por precaución. Se rio ante la idea mientras esperaba que el fuego se apagara para poder tomar la nota chamuscada en sus bordes; suponía que el niño había conseguido volver a colarse en la celda de Alec o no habría podido responder tan rápido. Suspiró, y ahí estaba otra vez, la cercanía de Alec con el niño.

¡Un mes!... aunque admito que ya lo esperaba. Sé que conseguirás como entrar, siempre lo haces; pero me preocupa tu magia, no pensé que fuese un problema tan serio como demostró serlo hoy; deberías centrarte en resolverlo. Por cierto, que quería pedirte algo: ¿Podrías enviarme una foto de Max? Desearía ver cuánto ha crecido.

Deja de espiar la vida privada de Presidente Miau.

Te ama, Alec

P. D: Maxxie te manda un beso

Magnus sonrió afablemente por la nota justo antes de darse cuenta que Alec había ignorado deliberadamente su comentario sobre platicar. Se restregó el cabello, lo había hecho también mientras estaba con él en la celda: Alec estaba pasando del problema de la misma manera que el mismo Magnus lo estaba haciendo.

La puerta sonó antes de que pudiera hacerle más cabeza. Magnus se removió con disgusto por la interrupción y observó la nota pensando en que responder

- ¡Pase! – Exclamó distraídamente.

- Está cerrado - Era la voz del vampiro diurno; estuvo por abrir con su magia, pero lo pensó mejor y guardó la nota en su bolsillo, acudiendo a la puerta para abrirles; ¡Por Lillith, que molesto era eso! ¿Cómo podían vivir así los seres que no hacían magia? Abrió la puerta encontrándose no solo al vampiro sino con Clary.

- ¡Te acostaste con Max! - Fue el saludo acusatorio de la pelirroja. Magnus frunció el ceño.

- Me encanta ver como las tumbas ahora cuentan secretos, Simens - Le gruñó al castaño que parecía querer minimizarse lo más que pudiera. Magnus se restregó el rostro ante la mirada de reproche de los ojos verdes de Clary, haciéndose a un lado para dejarlos pasar; ya que el diurno había abierto la boca, no le quedaba de otra que suplicarle a la pelirroja que mantuviera la suya cerrada.

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Max no se extrañó que en el despacho donde hablaría con Robert, estuviesen Maryse e Isabelle; o que Jace que iba tras él entrara también, pero sí el que las dos mujeres se marcharan dejándoles a los tres solos, y cerrando la puerta luego de salir, un acto que lo hizo sentir acorralado; respiró profundo: debía mantener la calma.

El Inquisidor que había mantenido una expresión seria, al verlo no pudo evitar una sonrisa; Max se removió incómodo.

- ¿Cómo estás hijo?

- De pie, frente a usted Inquisidor - Respondió con obviedad, sabía que se refería a como se sentía, pero quería molestarlo incluso de la forma más tonta posible.

- Si, por supuesto - Dijo él retozándose las manos, no muy seguro de cómo debía manejarlo. Se llevó una mano al bolsillo sacando las gafas de Max; este dio un paso al frente casi inconscientemente para tomarlas; pero rápidamente se contuvo. - Tenlas de vuelta - Ofreció - Aunque creo que ya no las usas.

- La magia de Feéra curó mi visión – Dijo arrebatándoselas a Robert con un rápido movimiento de sus manos, como si quisiera evitar que este las apartara en cualquier momento - Pero siguen siendo mías.

- Nadie ha dicho lo contrario - Aseguró Jace.

- ¿Por qué quieren hablar conmigo?

- Max - Comenzó Robert; no quería sonar como que lo estaba riñendo - No debieron irse de Alacante, el Consejo no estará feliz – Hizo notar – No he informado tu salida de Idris, pero más temprano que tarde se enteraran: La Clave te necesita allá.

- No voy a irme de New York - Dijo a la defensiva. - Y no tengo porque ayudar a la Clave.

- El trato era que la clave ayudaba en Los Ángeles y tú y Mark ayudan en la investigación que se necesite - dijo Jace. Max volteó a verlo con mirada pétrea.

- Por supuesto; el trato - Escupió; sintiéndose como un idiota: casi había creído que Robert lo querría en Alacante porque de alguna forma quería tenerlo cerca, vivir con él. - ¿Que quieren que haga inquisidor?

- Hijo, nosotros... ¿Recuerdas la casa de Sebastian, en Idris? - Max asintió sin ablandar su mirada - Ha estado cerrada por años, desde la muerte de Sebastian - Max hizo un gesto repentino, como intentando contener una risa burlona.

- ¿La muerte? No lo haga sonar como si un día se acostó a dormir y no volvió a despertar - Dijo acido - Sebastian no murió, ustedes lo mataron - Les acusó.

- Max, teníamos que...

- El asunto es… - Intervino Jace ante la incomodidad de Robert por tener que justificar al chico sus acciones frente el mayor peligro para el mundo de los Cazadores de Sombras - Que solo los que vivieron allí pueden abrirla; la clave necesita que vayas a la casa para dejarlos entrar.

- No lo hare - Se negó rotundo- No voy a abrir la casa para ustedes.

- Max – dijo Robert, parecía agotado – Tienes que entender, los miembros del consejo están…divididos respecto al acuerdo con las hadas; tu situación con nosotros es delicada y ellos consideraran un acto de buena fé si abres la casa de Sebastian.

- ¿Por qué no se lo piden a Alec? – Tanto Jace como Robert se tensaron – Oh, espera…no pueden – dijo agrio.

- Justo ahora, solo tú puedes hacerlo. - Explicó Jace. Max negó con la cabeza.

- No me importa – dijo – No lo haré, y si por eso me van a devolver a Feéra, por Lillith que me harían un favor.

Ambos Nefilims se encogieron con un quejido de horror, no habían esperado eso "Por Lillith" no era una expresión que los Nefilims dijeran nunca, ¿Cómo los guerreros que se enfrentaban a demonios actuarían en nombre de la madre de todos estos?

- Maxwell…-

- ¿Realmente prefieres volver con ellos a ayudar a tu familia? ¿A los tuyos?

- Jace – Intentó detenerlo Robert, pero había sido demasiado tarde.

- Tu dé sobre todos no tienes ningún derecho Jace Herondale – Escupió - ¿O acaso ayudaste en algo a tu parabatai?

- No hables de lo que no sabes – Saltó Jace enojado ¿Cómo se atrevía? Cuando no había ni un minuto en los últimos años en que sus pensamientos no se dirigieran a alguna manera de ayudar a Alec; cuando no descansaba para, junto con Robert, conseguir una apelación al caso del ojos azules.

- ¡Muy bien, es suficiente! – Exclamó el mayor de los tres interponiéndose – Max, debes descansar y por favor piénsalo.

- No lo haré – dijo categórico. Jace iba a replicar, pero Robert le colocó una mano en el hombro obligándolo a salir de la oficina dejando al chico solo.

- ¿Qué demonios le pasa? ¿Qué no he hecho nada por Alec? ¿¡Que sabe él?!

- Tranquilízate Jace – Lo calmó Robert que, lucía pensativo como si intentara organizar sus ideas.

- ¿Cómo quieres que lo haga? Las hadas lo han cambiado –Se quejó – Tú mismo lo escuchaste: por Lillith - bufó; sin embargo, intentó respirar profundo y tranquilizarse. Sabía que lidiar con Max no iba a ser sencillo; todos lo sabían, no podía perder los tiempos tan fácilmente porque solo caería en el juego de las hadas. – Si no abre la casa de Sebastian, la Clave conseguirá una forma de obligarlo – Hizo ver – Max no está a gusto con nosotros, si lo presionan en eso, prácticamente lo estarán empujando de vuelta a Feéra.

- Lo sé – Coincidió Robert – Pero no lo harán; tengo una idea. – El rubio lo miró interrogativamente pero el Inquisidor negó – Dile a Maryse que volveré a Idris; ustedes intenten…intenten que Max baje la defensiva. – Jace suspiró y asintió, no diría que sería imposible cuando no hacía ni una hora que había tenido un buen momento con Max en el salón de música, pero sin duda no iba a ser tarea sencilla repetirlo.

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Su paso ligero y elegante se escuchaba como un suave susurro acompañado por el roce de la tela de su túnica contra el suelo. No acostumbraba a desplazarse por esos caminos, aunque en las últimas semanas, se le estaba haciendo costumbre.

Los demonios a su alrededor la observaron desde lejos, ninguno atreviéndose a interponerse en su camino, su mirada determinada y férrea los intimidaba, pero incluso si había algún valiente que quisiera enfrentarse a ella, el brillo naranja en su collar o su anillo ambos de piedra negra, se los haría pensar dos veces hasta al más idiota de esos demonios.

Como fuera, debía darse prisa, no le gustaba pasar mucho tiempo en los dominios de Edom, pero no tenía de otra cuando su...socio, no podía salir de allí.

A la Reina Seelie no le sorprendió ver a Sebastian ya esperándola; no es como si tuviese una agenda demasiado ocupada en el purgatorio que era Edom para él. El demonio estaba en lo más alto de una roca con una rodilla flexionada y la otra pierna cayendo en actitud despreocupada.

- Mi querida Reina Seelie; me alegra verte de nuevo por aquí. - Dijo con una sonrisa.

- Ya no estamos para esas tonterías Sebastian. - Lo cortó ella con frialdad.

- Es justo - dijo encogiéndose de hombros sin preocuparse y saltando para caer de pie frente a ella. La Reina lo miró con la misma expresión seria; sin rasgo alguno de confianza - ¿Que nuevas noticias me tienes, querida?

- Mis contactos en New York me dicen que ya el chico está en el Instituto - Dijo - Sin embargo, ya hemos perdido casi un día completo.

- Lo sé - Sebastian tampoco parecía feliz por eso - Tuve que gastar parte de la poca fuerza que he recuperado en comunicarme a través de un sueño para que recordara en donde tiene que estar.

- Te fías demasiado de él; es un Nefilim.

- Me fio más de su parte Nefilim, que de la parte hada que tu gente ha intentado inculcarle, querida - Dijo con sagacidad; la Reina lo desestimó con un gesto de la mano, rodando los ojos.

- Como sea; espero recuperar pronto todas las joyas de Edom.

- Se encargará de recuperar la que está en el Instituto cuando tomé lo que le pedí - Dijo Sebastian con obviedad - ¿No fue eso lo que su niñera, Kaelie, le indicó hacer? - Seelie asintió - Kaelie piensa que fue su gran idea para alejar a Well de los problemas en Los Ángeles, y mientras él también lo crea no querrá decepcionarla, ni a mí - Sonrió complacido - Así que hará todo a la vez.

- No me refiero solo a la que está en el Instituto - Replicó - Necesito de vuelta la que le dio al brujo Bane por orden tuya. - Sebastian enarcó una ceja.

- ¿Necesitas? - Seelie petrificó su expresión ignorando su pregunta por lo que él continuó. - Pues esa estará ocupada un poco más - Dijo categórico.

- Si no recupero el brazalete pronto, el chico volverá a sentir las caricias del látigo y esta vez no habrá compasión.

- Compasión no es algo que hayas demostrado alguna vez - La acusó él - Además, sé que estarías encantada de azotarlo de nuevo ¿No fue por eso que le permitiste "robarte" las joyas cuando tú y yo habíamos acordado ya el préstamo? - La Reina sonrió abiertamente.

- Las pediste tú, no él; el chico las tomó, y eso es un robo – dijo encantada, porque no era mentira que había disfrutado mandar a azotar al muchacho tras manejar un poco la situación; oír los gritos de dolor del hijo del Inquisidor que había desterrado a su pueblo de la Clave y el resto del submundo era su venganza privada.

- Entonces supongo que tendré que pedir que envíes a uno de los grandotes de tu corte en lugar de solo mandar a secuestrarlo – dijo con sorna – No quiero que me azotes; no así al menos. – Le guiñó un ojo, la Reina rodó los ojos.

- ¿Para qué lo quieres?

- No puedo salir de aquí – dijo con obviedad – El pueblo Fey en cambio…

- Pondré a un ogro a tu disposición – Aseguró – Y espero que no me pidas nada más: te preste al chico por los beneficios que va a traerme - dijo seria - Pero las mascotas no pueden estar mucho tiempo lejos de su correa, o tienen la molesta tendencia a olvidar quien es su amo. - La Reina Seelie se volvió dispuesta a marcharse deteniendo la mirada en la fotografía de Alexander Lightwood en una de las rocas donde Well la había dejado. Lo observó por un segundo con el ceño fruncido, porque había sido ese chico el responsable de la caída de Sebastian hacia cinco años, al hacer que perdiera su norte y se preocupara solo en complacerlo; y con él había arrastrado al pueblo Fey; y esa foto ahí solo le advertía cuan propenso estaba el demonio a repetir sus errores. Se volvió por sobre el hombro con una sonrisa filosa - Fue así como perdiste a la tuya, y mira a donde te trajo eso.

Sebastian apretó la quijada, sus ojos negros como profundos pozos brillaron en ira y odio mientras la observaba marcharse; los pulsos de magia habían disminuido en las últimas horas, en intensidad y frecuencia, aún estaba demasiado débil como para enfrentarse a ella; pero no era más que cuestión de tiempo para hacerla comerse su propio veneno.

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- Y esta es la biblioteca – Informó Isabelle. La chica sonreía ampliamente: luego de que su padre se marchara su hermano había acudido a ella; le había pedido que terminara de mostrarle el instituto y ella no había podido ni querido negarse ¿Cómo hacerlo cuando Max se estaba dirigiendo directamente a ella? Estaba segura que eso solo podía significar que Max estaba aceptando poco a poco su nueva realidad. Había estado arisco en un principio; si, como un gato que había sacado de su habitad pero que poco a poco se daba cuenta que seguía a salvo.

- ¿Hay algo interesante aquí? – Preguntó, quería parecer desinteresado pero sus ojos miraban los cientos de volúmenes en las repisas con cierto deseo lejano.

- Tenemos libros sobre todos los temas – Aseguró ella con emoción; estuvo por tomarlo de la mano para jalarlo al interior de la biblioteca, pero se contuvo antes de que el chico se apartara. Ya en el invernadero cuando lo intentó, Max la había rechazado apartándose de forma brusca – Y en todos los idiomas – Aseguró.

- Aburrido – dijo con voz plana; Isabelle se mordió el labio, no había esperado esa respuesta: Max había sido un lector ávido aun a los nueve años y había podido ver en el brillo de sus ojos grises al entrar allí, parte de esa avidez.

- Yo…eh… no tenemos las historietas que leías, pero…

- Mangas – La corrigió Max casi de manera automática. Isabelle lejos de ofenderse sonrió cariñosamente mientras que él se gruñía a sí mismo.

- Mangas - Aceptó – Los que leías están con tus cosas, puedo buscarlos – Ofreció – O pedirle a Simon que traiga otros si quieres.

- Ya los leí completo – Aseguró; la chica se mostró confundida y él sonrió con autosuficiencia mientras se acercaba a los libros tocando los lomos con las yemas de los dedos, fingiendo ojear los títulos – Solía negociar con Sebastian, me daba lo que le pidiera por el precio adecuado.

- ¿A qué te refieres? – Preguntó Isabelle horrorizada por lo mal que se oía todo en esa oración; Max se encogió de hombros restándole importancia.

- Si quería que entrenara con él y Alec, o que lo dejara besar a mi hermano, tenía que pagarme – Aseguró; Isabelle respingó hacía mucho tiempo que no escuchaba a nadie hablar sobre la relación de Alec con Sebastian, era un tema prácticamente tabú en su familia y lo último que había esperado era escucharlo de los labios de él que había sido solo un niño entonces – Cuando acepté que durmieran en la misma habitación, me regaló cientos de mangas.

- Alec…Alec nunca me contó eso – dijo ella aun sorprendida; su hermano mayor le había dicho que Max había tenido algunos mangas en su estancia en la casa de Idris, pero no había entrado en detalles.

- ¿Le dieron tiempo? – La chica no supo cómo contestar a eso; y con incomodidad intentó volver al tema de los libros.

- Tenemos también muchos libros sobre hadas, estoy segura que te interesaran.

- Tal vez podrían – dijo encogiéndose de hombros y girando hacía ella apartándose de los libros. - ¿Qué vas a darme tú, Isabelle?

- ¿A qué te refieres? – Preguntó confundida.

- ¿Qué recibiré a cambio de decidir quedarme en New York? – La chica sintió el aire estancarse en sus pulmones sin saber que responder a eso ¿Les estaba dando una oportunidad de quedarse con ellos? – ¿Qué eres capaz de hacer por mí para recuperarme? - dijo él girándose con paso danzarín y caminando a través del lugar. La chica lo vio, tan grácil con cada paso, parecía realmente un hada.

El pensamiento le hizo ruido; Max realmente estaba intentando negociar su retorno como un hada haría; pero a las hadas no podía creerles ni una palabra, ninguna promesa. No había nadie que mintiera tanto como aquellas que solo usaban la verdad; si su hermano se comportaba como una ¿Podía confiar en él?

- Te dejaré pensarlo – Aseguró el muchacho. Lo vio subir las escaleras hasta el piso superior de la biblioteca; observaba las estanterías especiales, cubiertas por puertas de cristal que ocultaban los libros más importantes y los objetos mágicos que el instituto había recolectado durante años.

Ella había escuchado a Simon temprano en la cocina, cuando salió molesto junto con Clary; él había alegado que algo no estaba bien con Max y que el chico intentara sobornarla para quedarse le hizo preguntarse si quizás, tendría razón.

¿Pero que tanto estaba dispuesta a dar por Max? Lo vio volverse hacía ella y apoyarse en la baranda para mirarla desde el piso superior con una sonrisa filosa; no era la sonrisa cálida de su pequeño Max sino la de un tiburón al acecho

¿Qué estaba dispuesta a darle a Well?

- ¿Qué quieres para quedarte? – Preguntó.

- A Alec, aquí - dijo con sencillez. Isabelle abrió la boca con desconcierto - ¿Puedes dármelo? ¿En este momento? – Ella negó con la cabeza ¿Cómo podía ofrecerle a Alec cuando su hermano estaría confinado por cinco años más en las profundidades de la ciudad de hueso? – Eso imaginé. – Bufó.

- Alec no puede estar aquí ahora; pero estoy segura que él quiere que te quedes – Aseguró. La mirada de Max se ensombreció.

- Como puedes saberlo realmente? –Preguntó- No lo odiabas a muerte hace cinco años?

Izzy quiso responder y negarse; pero no era mentira. Había llegado a odiar a Alec realmente y no dejaba de lamentarse cada día por eso, porque quizás, si lo hubiese apoyado desde el principio, si lo hubiese ayudado creyendo en él, las cosas ahora fueran diferentes.

- Eso pensé - Dijo volviéndose otra vez a las estanterías - ¿Qué es todo esto, por cierto?

Isabelle subió las escaleras aun desconcertada por la conversación que acababan de tener. Max observaba la parte más alta de las repisas de vidrio; de ese lado no había ni un solo libro sino objetos protegidos tras el cristal. La pelonegro los miró durante un segundo, aun con toda la conversación dándole vuelta en la cabeza, respondiendo casi sin pensar.

- Algunas reliquias que los Nefilims del instituto han obtenido durante años – dijo. - ¿Quieres verlas?

- Me encantaría – Aseguró con tono contenido; casi como un niño al que acababan de decirle que podría ver por anticipado sus regalos de navidad. Isabelle asintió tomando una de las escaleras corredizas y alzándose hasta la repisa, sacando una estela de su bolsillo. Max la observó con atención y el ceño fruncido, viendo a la chica dibujar una runa sobre el cristal, sabía para que era, la reconocía: abriría el cristal; pero no recordaba el nombre que los Nefilims le daban.

- Toma esa escalera, para que puedas ver. – Max asintió a la sugerencia y jaló la escalera más cercana por las estanterías hasta colocarla junto al espacio que ella había abierto. Se subió con cuidado para poder observar.

Había muchas pequeñas cosas: un collar de un ángel con alas hechas de engranaje, una botella de delicado cristal con una esmeralda a modo de tapón, una fina tiara de oro con una piedra negra en el centro, un delgado anillo plateado con un tenue brillo, una burda corona con un gran diamante central, demasiado pequeña para cualquier cabeza y un anillo dorado con finas líneas grabadas como hojas, tal cosa con el trabajo inconfundible de los artesanos del pueblo Seelie.

Isabelle lo observó expectante; esperando que diera su opinión sobre lo que veía; pero Max solo chasqueó la lengua bajando de la escalera.

- Aburrido – dijo – Mejor vuelvo al invernadero; al menos ahí puedo sentirme más cerca de Feéra – Isabelle se desconcertó, a pesar de la extraña conversación le pareció que había logrado atrapar la atención de Max. Se apresuró en cerrar los cristales de protección y bajar de un salto las escaleras para correr tras él.

- Espera, puedes perderte; te llevare.

- Yo puedo – Se negó – Necesito estar solo para pensar en algo más que puedas darme – dijo.

La chica se detuvo de golpe; porque se suponía que habían rescatado a Max, se suponía que estaba volviendo a casa, no se suponía que debía darle algo más a cambio. Ella estaba dispuesta a dar lo que fuera por Max, pero ese chico, Well, cada vez se parecía menos al hermanito que recordaba; y solo estaba segura que no estaba dispuesta a sacrificar a su familia por prácticamente un desconocido.

.*.*.*.*.*.*.*.*.*.*.*.*.*.

Alec observó a su padre, había pensado que lo visitaba esa noche solo para hablarle de Max, de como lo habían recuperado, pero al ver que Alec estaba al día respecto a su hermanito; el Inquisidor había abordado rápidamente otro tema. El muchacho habría preferido oír un poco más sobre su hermano, no que no le interesara escuchar de su situación legal, pero esta ya la conocía y no se modificaría en un buen tiempo; sin embargo, Robert no pensaba igual.

- Lo que intento decir, es que pese a que la aparición de Max no ha cambiado nada respecto a tu situación con los otros cargos; esta tarde me di a la tarea de buscar a algunos de tus detractores y conversar con ellos, y muchos han empezado a cambiar de opinión al ver que, en efecto, si había un hermano al que intentabas mantener con vida.

- Pero eso no cambia nada – dijo Alec.

- Al contrario, significa que ahora si podemos apelar la sentencia; y estoy seguro que con eso y tu excelente comportamiento aquí dentro, tendremos aún más votos a favor - Dijo Robert esperanzado; Alec solo asintió mirando a Maxxie que dormía recostado a su pecho, no quería sentir esperanza porque luego la decepción sería muy dura. – Los otros miembros del Consejo no están muy receptivos justo ahora con nuestra familia, pero puedo convencer al resto de la Clave de que necesitan tu ayuda.

- ¿Mi…ayuda? –Preguntó confundido – Eso sí que sería novedad – dijo incrédulo.

-Ha habido pulsos de magia dirigidos al portal cerrado donde ocurrió la batalla contra Sebastian - Explicó.

- ¿Qué tiene eso que ver conmigo? Es Magnus quien sabe de portales, no yo.

- Ya tenemos brujos encargándose; pero el Consejo quiere revisar la casa de Sebastian, saber si hay algo oculto allí que pueda darles una pista de porque estos pulsos aparecen repentinamente.

Alec se removió incomodo; ya podía ver por dónde iban los tiros: si la clave no había podido entrar a la casa Morgenstern aún no era por falta de intentos; el lugar se había bloqueado desde la muerte de Sebastian y la mayoría de los brujos que habían intentado penetrar las salvaguardas aseguraban que solo quienes habían vivido allí podrían hacerlo sin destruir la casa en el proceso.

- Por ahora la Clave quiere que Max abra la casa – Alec volvió la mirada a él de inmediato – Pero él no lo hará – dijo categórico – Me encargaré de convencer a todos de que él no puede, alegaré que él era muy joven para que Sebastian le confiara, digámoslo así, la llave de la casa - Por eso no había insistido demasiado con Max: no había estado de acuerdo en que quisieran involucrarlo, mucho menos ahora que le había dado semejante idea – Así la Clave no tendrá de otra que aceptar que necesitan tu ayuda…

- Y en ese caso querrán que vaya y hurgue un poco entre las cosas de Sebastian - Dijo entendiendo. Robert asintió y Alec suspiró no muy seguro sobre como sentirse al respecto - Está bien, lo haré.

- ¡Por supuesto que no! - Negó Robert de inmediato y su hijo lo miró confundido. El Inquisidor sonrió - No puedes ceder tan fácilmente hijo - Explicó – Tienes una audiencia mañana a primera hora: Si la clave quiere cooperación, tendrá que estar dispuesta a negociar.

Alec solo asintió; después de todo, el político era su padre.

_OO_OO_

¿Acaso veo una posibilidad para Alec en el horizonte?

Jajaja pues mientras Robert se encarga del hijo mayor ¿Qué está buscando el menor? Quien por cierto se pasó todo el capi torturando a toda su familia.

Por otro lado, ¿Qué están tramando Sebastian y Seelie esta vez? Como sea esperemos que Catarina descubra algo bueno en el laberinto espiral en el próximo capítulo que se llamará "Lo Necesario" Magnus no la pasara bien en ese cap, y veremos qué tal le va a Alec con el intento de Robert por sacarlo :D lo cual me recuerda…solo quedan dos caps para terminar la parte VI e iniciar con la última parte de esta historia :)

Nos leemos pronto

Besos :3