Anduve con problemas personales, pero al fin pude publicar este capítulo.

Slash: Tanto tiempo sin verte por aquí.

Si, es casi canon para mi que esos dos salen, así que decidí ponerlo, ya que siempre quise hacerlo. En cuanto a lo del circo, ya te había traumado de antes, pobrecito. Aunque... no es mala idea. Como para considerarla para un oneshot de Halloween.

Alen: Ash no quería ayudar, Brock lo obligó por estar de baboso.

Capítulo cuarenta y dos

El rancho de Oak

—En unos minutos llegamos.

Estaban yendo a la casa de Oak, guiados por el propi científico, subido en la carreta junto con James, mientras que los demás iban atrás.. Ya para ese entonces el sol había bajado un poco, aunque parecía que faltaban varias horas para que anocheciera.

Como Misty y Brock se iban a quedar en la casa de Ash, ya no habría lugar para Jessie, James y Meowth. Delia llamó a Oak para preguntarle si podían quedarse en su casa y el científico aceptó, encantado. Incluso se había ofrecido irlos a buscar y todo. James sospechaba que, detrás de sus buenas intenciones, escondía las ganas de hacer experimentos con Meowth y Lunita, pero decidió callarse y esperar a que Oak se lo dijera.

—Estoy feliz de que Ash haya ganado la medalla sin ningún inconveniente —comentó Meowth en voz alta.

—La ganó porque Giovanni no estaba —murmuró Jessie.

—Si, dijeron que era una chica. ¿Alguna recluta?

—Probablem…

—¡Shh! —los calló James, señalando con la cabeza a Oak, pero este estaba con la mirada perdida al frente.

—Lo siento —susurró Meowth.

—Mi casa está pasando el puente —anunció el profesor Oak.

James miró hacia donde lo hacía el profesor Oak y vio una casa bastante grande. Parecía que en otros tiempos había sido un granero, a juzgar por la forma. Incluso tenía un molino que se asomaba por el techo, girando sus aspas.

James se detuvo en la entrada, una puerta de gruesa madera flanqueada por dos columnas de ladrillo. Más adelante, un camino marcado con arbustos en las orillas guíaba hacia la casa. Oak bajó y abrió la puerta.

—Yo seguiré caminando, ustedes sigan adelante —les dijo Oak.

James le hizo caso y siguió de largo, caminando lento para estar cerca del profesor. Cuando llegaron a las escaleras de entrada, se detuvieron. Oak abrió la puerta de la casa.

—Aparten un poco la carreta del camino para tener libre la entrada —les aconsejó Oak—. ¿Los ayudo con algo?

—No se preocupe —sonrió James—. Usted entre a la casa, nosotros nos arreglamos.

—Perfecto —Oak se metió en su hogar, sin cerrar la puerta.

James fue hasta la parte de atrás de la carreta para ayudar a bajar a Jessie.

—Nos van a conectar electrodos a la cabeza —se quejaba Meowth.

—Oh, vamos Meowth, no seas un paranoico.

—Claro, no es a ti a quien se acercarán con una maldita jeringa en la mano…

James tomó a Jessie de la mano y ayudó a bajarla.

—Estarán bien —lo intentó tranquilizar James—. No dejaré que haga nada que ustedes no quieran. Así que baja con tu hija y entremos a la casa.

Meowth lo miró, enojado, pero no respondió. Bajó de la carreta junto con su hija y se unieron a los demás.

Entraron al recibidor, pero no había nadie. Oak asomó la cabeza por una puerta de la izquierda.

—Pasen, estoy preparando el té.

La sala era grande y espaciosa. Había unos sillones naranja alrededor de una mesa ratona. Las paredes estaban cubiertas casi en su totalidad por estanterías llenas de libros. También había un televisor, aunque estaba apagado.

—Tengo budín de chocolate para acompañar el té. Lamento no tener más. Y también comida para sus pokemón —aclaró, mirando a Nina, Cubone y Persian—. ¿Ustedes acostumbran a tener a sus pokemón afuera todo el tiempo?

—Solo a ellos —respondió James.

—¿Son todos tuyos?

—No, solo Nina. Cubone es de Jessie.

—¿Y que me dices del Persian?

James miró al pokemón, recostado en sus pies y este le devolvió la mirada.

—¿Persian? Pues, le había prometido dejarlo libre en cuanto se sintiera mejor, pero…

El Persian se levantó y apoyó su mentón en la rodilla de James, maullando.

—Dice que no recuerda que le hayas dicho eso —tradujo Meowth.

James acarició la cabeza del pokemón.

—¿Estás seguro que no lo recuerdas?

Persian maulló y se le refregó contra su pierna.

—Dice que él se acordaría de haberse hecho esa promesa.

James sonrió.

—Gato malcriado —murmuró, rascándole detrás de las orejas.

—Bueno, el Persian es tuyo entonces —dijo Oak.

Unos pasos rápidos se escucharon y apareció un Krabby sosteniendo una bandeja con varias tazas de té y un jarrito de leche. Oak las sacó una a una y las puso sobre la mesa.

—En un rato Krabby vendrá con la comida para los pokemón —les avisó Oak. El Krabby salió de la habitación, aún con la bandeja sobre su cabeza.

—¿Es tuyo?—preguntó James.

—Es de Ash —respondió Oak—. No lo ha llamado ni una sola vez, al igual que su Muk. Es una lástima.

—Ash es así —comentó Jessie.

Meowth carraspeo.

—Oiga, profesor…

—¿Si?

—Muy rico el té y todo eso, pero… ¿Cuáles son sus intenciones?

Oak parpadeó de manera ingenua.

—No te entiendo.

Meowth sonrió de manera amarga.

—Bien que me entiende. ¿Usted quiere hacer experimentos conmigo y con mi hija, verdad?

—¡Meowth! —lo retó James, pero Oak levantó una mano para que se detuviera.

—Escucha, Meowth, es cierto que estoy muy interesado en ti y en tu hija, no lo voy a negar. No sé que clase de experimentos te estarás imaginando, pero no usaré ningún método invasivo hacia sus cuerpos.

Meowth frunció el ceño.

—¿En serio?

—Como mucho, un examen de sangre.

Meowth seguía sin verse muy convencido. Oak siguió:

—Meowth, no se si eres realmente consciente de esto, pero tú y tu pequeña son pokemón maravillosos por lo que pueden hacer. Juro que mantendré la identidad de todos ustedes en secreto para evitar problemas. Solo quiero observar lo que ustedes dos hacen, eso es todo. Nada de experimentos como los de las películas de terror.

Meowth miró a Jessie y a James, como pidiendo consejo.

—No dejaremos que les pase nada —le aseguró James.

Meowth esbozó una pequeña sonrisa.

—Bueno, bueno, si es así…

Oak sonrió.

—¿Es un trato, entonces?

El científico le extendió la mano. Meowth dudó un momento antes de acercarse a él y extender su pata para encontrase con la mano de Oak.

—Trato hecho.


James se despertó a la mañana siguiente, en la habitación de huéspedes. Por primera vez en años, estaba durmiendo en una cama matrimonial, no un futón Sus pokemón también estaban sobre la cama, aunque Jessie había comenzado a decir de que lo mejor sería dejar los pokemón adentro de la pokebola, para estar más cómoda.

James planeaba dormir, pero era inútil. Sabía que no podía volverse a dormir una vez que se había despertado, así que se levantó y salió de la habitación.

Caminó unos cuantos pasos antes de que se diera cuenta de que se sentía bastante perdido. ¿Para que demonios se había levantado si no era su casa y no sabía ni donde estaba parado?

—Ah, hola James.

Oak estaba en el pasillo, bien despierto y vestido para trabajar.

—Buenos días, profesor Oak.

—Te has levantado temprano, ¿no? Son las ocho de la mañana.

—¿Las ocho?

—Si. Yo le tengo que dar de desayunar a los pokemón.

—¿Quiere que lo ayude?

Oak casi lanzó una carcajada.

—La verdad, no me vendría mal una mano. Te espero en la sala.

Oak se retiró hacia la sala. James regresó a la habitación y comenzó a cambiarse de ropa.

—¿James? —la voz rasposa de Jessie llegó a sus oídos—. Ya vuelve a la cama.

—Le prometí ayudar a Oak a darle de comer a los pokemón —le susurró James.

Jessie se incorporó un poco y se frotó los ojos mientras bostezaba de manera escandalosa. Meowth se removió en su cama, al igual que Lunita.

—James, entiendo que quieras ser buena persona y todo eso, pero deja de comportarte como un santo. Nadie te va a juzgar por dormir hasta las doce acurrucado a tu sexy y embarazada novia.

—Demasiado tarde. Dije que lo haría y no porque me lo hayan preguntado. Yo decidí ayudar.

Jessie soltó un gruñido.

—No tienes por qué ser perfecto, cariño.

—No quiero ser perfecto.

Jessie lo miró, con una media sonrisa en su cara.

—Es cierto, no quieres ser perfecto. Quieres ser un mártir.

James parpadeó, sin poder creer lo que escuchaba.

—¿Qué?

—Yo no seré psicóloga o algo de eso, pero te conozco bien. Rescatar pokemón aún a costa de tu vida, ofrecerte a ayudar aunque te quite tiempo para ti mismo, no dormir durante días para cuidar a alguien, preguntando a los pokemón si quieren venir contigo en lugar de pelear para tenerlos… ¿Qué sigue después? ¿Volverte vegano?

James se quedó paralizado en su lugar.

—N-no, Jessie, estás…

—No, no estoy exagerando, es la verdad —ya estaba enojada—. Te sientes tan culpable por haber sido parte del Equipo Rocket que crees que la única manera de redimirte es ser lo más cercano a Jesus y sacrificarte por cualquiera, sobre todo si se trata de pokemón.

—Eso no es verdad…

—Si, lo es. No me quieras ver la cara de tonta.

—No te veo la cara de tonta…

Jessie hizo un gesto con la mano para que se callara.

—Mejor lo dejo por ahora, James. Ve a ayudar a Oak. Pero cuando termines, piensa un poco más en ti. Sé aunque sea un poco egoísta. Nadie te va a juzgar por eso. Y si lo hacen, que se vayan al diablo.

James miró para un costado. No sabía ni siquiera como reaccionar a todo lo que había dicho. Más confuso que otra cosa, salió del cuarto y se dirigió a la sala, donde Oak lo esperaba. Sobre la mesa, había una taza de té y unas galletas.

—Toma algo para desayunar. No es bueno trabajar con el estómago vacío.

—¿Usted no va a tomar nada? —preguntó James, al notar que solo había una taza.

—Ya he desayunado.

James bebió el té lo más rápido que pudo. No estaba muy caliente, pero no le importó. Apenas comio tres o cuatro galletas.

—Ya terminé. ¿Vamos?

—Vamos. Veremos si entre dos hacemos las cosas más rápido.


Jessie no pudo volver a dormirse, por mucho que lo intentara. Había dejado pasar durante mucho tiempo los actos altruistas de James, pero ya se estaba hartando un poco. Lo entendía, realmente lo entendía, pero estaba llevando todo al extremo. James era una persona llena de traumas infantiles (al igual que ella) y no quería que nadie se aprovechara de él. Era por su propio bien.

Estuvo así por un largo rato, quizás una o dos horas mirando al techo sin otra cosa más que hacer, excepto acariciar de vez en cuando a Meowth y a Lunita. Verlos a ambos le hacía imaginar a James durmiendo junto con Jamie. ¿Cómo sería ella? No podía ni imaginarse su aspecto físico, por mucho que lo tratara…

El timbre de la casa sonó.

Jessie no le prestó atención. Supuso que Oak atendería, pero cuando sonó por segunda vez, recordó que el científico había ido a darle de comer a los pokemón. Miró a Meowth, acurrucado junto a su hija y lo sacudió un poco.

—Meowth, el timbre.

—¿Mhhh? —Meowth cerró los ojos con fuerza.

—Están tocando el timbre —insistió Jessie.

—Que vaya James —bostezó.

El timbre volvió a sonar.

—James está ocupado y Oak está con él. Ve tú.

Como Meowth no saba indicios de querer moverse, Jessie lo agarró de la nuca y lo puso en el suelo. Lunita gimoteó, en sueños, y se hizo un ovillo.

—Ya voy, ya voy.

Meowth caminó arrastrando las patas hasta llegar a la puerta.

—Jessie…

—¿Qué?

—La puerta está cerrada.

—¿Y?

—No llego a la perilla.

El timbre sonó por tercera vez.

Con un bufido, Jessie se levantó, se puso una bata y unas pantuflas y se dirigió a la puerta.

—Iré yo —gruñó, abriendo la puerta y yendo hacia la entrada, dispuesta a asesinar a quien estuviera del otro lado.

—Ya va —avisó, antes de abrir la puerta.

El rostro sorprendido de Gary Oak fue lo que apareció ante ella.

—¿Jessie?

—Gary —Jessie se hizo a un costado para que el chico pasara. Detrás de él, su Bulbasaur lo siguió alegremente.

—Si esta aquí, quiere decir que Ash ya ha llegado, ¿no?

—No, Ash está en su casa. Vendrá hoy, supongo.

Gary enarcó una ceja, pero no dijo nada. Fueron hasta la sala, donde la Bulbasaur subió de un salto al sillón.

—¿Cómo está ella? —le preguntó Jessie.

Gary sonrió, mientras se sentaba en el sillón

—Mejor. Fueron semanas duras, pero poco a poco lo está superando.

—¿Estuviste todo este tiempo en Azulona? —Jessie se sentó a su lado.

—Si. De todos modos, ya he atrapado muchos pokemón. Estuve cuidándola y entrenando allí. Ahora que faltan dos meses para la liga, decidí visitar a mi abuelo y regresar a casa a prepararme. A propósito, ¿Dónde está él?

—Dandole de comer a los pokemón junto con James.

—Me alegra que alguien lo esté ayudando. Mi abuelo trabaja muy duro, pero se está poniendo viejo. Me preocupa que le pueda pasar algo y nadie se entere hasta días después. Hace meses que le digo que tiene que contratar un asistente —Gary se frotó la cabeza, genuinamente preocupado por el científico.

—¿Y por qué no hace?

—Dice que no tiene tiempo ni ganas de ponerse a entrenar a alguien. Antes venía a ayudarlo yo, pero ahora estoy entrenando.

Se escucharon unos pasos y entraron James y Oak a la sala.

—¡Gary! ¡Que bueno verte! —exclamó el científico.

—Hola, abuelo —Gary lo miró de manera despreocupada—. Y hola a ti también, James.

—Tanto tiempo. ¿Cómo está tu Bulbasaur?

Gary se puso tenso, cosa rara, ya que había estado hablando tranquilamente del tema hacía unos minutos antes. Oak miró a ambos sin entender.

—¿Pasa algo con tu Bulbasaur, Gary?

Jessie lo entendió enseguida. Gary no le había contado nada a su abuelo sobre el incidente en Isla Canela.

—Está bien, abuelo, no te preocupes.

Oak lo miró fijo, pero no le dijo nada. Forzó una sonrisa

—Iré a preparar té para todos —Oak se fue hacia la cocina, dejando solos a Jessie, James y Gary envueltos en un silencio incómodo. Jessie fue la primera en hablar.

—No sabía que no le habías dicho nada a tu abuelo.

—Prefiero que no lo sepa. No quiero que me crea incapaz de cuidar de mis pokemon —le respondió Gary con tristeza

—Pero no fue tu culpa…

—Simplemente no quiero que lo sepa, es todo. ¿Para que preocuparlo? Lo que pasó, pasó.

Jessie se encogió de hombros. No lo iba a obligar a decírselo a su abuelo si no quería.

—¿Meowth sigue durmiendo? —preguntó James.

—Seguramente. Mejor ve a despertarlos.

James se marchó. Gary puso a su Bulbasaur sobre sus piernas y la acarició.

—¿Te ha servido mi Tauros? —le preguntó.

—Si, fue una suerte. James y Meowth construyeron una carreta para que podamos viajar cómodos.

—¿Y tu bebé? ¿Ya va a nacer?

—Faltan menos de dos meses.

—Nacerá cerca de la Liga, entonces.

James regresó, con Meowth en un brazo y Lunita en el otro.

—Te dije que no me cargues, no soy un bebé —se quejó Meowth, pataleandp

—Lunita grande —a pesar de sus palabras, la pequeña no estaba haciendo ningún esfuerzo por irse.

—No se querían levantar, así que los traje por la fuerza.

—¿Me puedes bajar de una condenada vez? —se quejó Meowth.

—Como quieras —James puso a Meowth en el suelo —¿Tambien quieres bajar, Lunita?

La pequeña titubeo un momento antes de responder:

—No. Lunita con Jimmy.

Meowth se trepó a otro sillón y se quedó mirando a Gary.

—No esperábamos verte hasta la Liga. Algo tonto, dado a que esta es la casa de tu abuelo.

—¿Qué clase de nieto sería si no vengo a visitarlo?

—Uno muy malo —interrumpió Oak, ya entrando a la sala con dos budines en sus manos. A su lado, caminaba el Krabby de Ash, junto con una bandeja con varias tazas de té y una jarra con leche y se retiró. Apenas se habían sentados todos alrededor de la mesa, cuando el timbre sonó.

—Veré quien es —Oak se levantó y fue a abrir la puerta. A los pocos segundos regresó con Ash, Misty y Brock. Al principio, el chico entró con una sonrisa de oreja a oreja y saludó al Ex Equipo Rocket, pero su rostro se ensombreció enseguida al ver a Gary.

—Oh… Hola, Gary —saludó Ash, incómodo. Los otros dos no se sentían mucho mejor que él.

Gary no se dio por enterado de la reacción (o fingió hacerlo). Le dedico una sonrisa genuina.

—Me alegro que hayas llegado. Me preguntaba cuando vendrías.

Oak miró a Ash y a su nieto, como si los hubieran reemplazado con alienígenas. Parpadeó varias veces, asombrado.

—Bueno, me alegro que los dos mejores entrenadores de Pueblo Paleta se lleven bien —comentó Oak.

—¿Mejores entrenadores?

—Ambos son tan buenos entrenadores que pronto se convertirán en maestros pokemón. Cuatro entrenadores salieron de Pueblo Paleta, pero ustedes don ganaron muchas medallas. Me siento muy orgulloso.

—¿Qué pasó con los otros dos? —preguntó Ash, con curiosidad.

—Ambos tuvieron un excelente inicio, pero les faltó habilidad.

Ash bajó la cabeza, apenado.

—Es una lástima.

—No tenían lo necesario —comentó Gary.

—Pero Gary ganó diez medallas. Y tu has ganado ocho. Y eso es realmente notable.

—Gracias —sonrió Ash.

—Me alegro de que estés aquí. Ya es hora de que ustedes don entren en la Liga Pokemón.

Ash se levantó de un salto.

—¡Que bien! ¡Estoy por convertirme en un maestro pokemón! ¡Vamos, Pikachu!

Su pokemón eléctrico asintió alegremente desde la mesa. Ash iba a marcharse, pero Gary lo detuvo.

—¡Oye, Ash!

Ash se dio media vuelta.

—¿Si? ¿Qué pasa?

—Dejame hacerte una pregunta: ¿Dónde se reunirá la Liga Pokemón este año?

Ash se paralizó.

—Ehhh —no se le ocurria que decir.

—Es una de las cosas que vinimos a averiguar —le recordó Brock

Gary se tiró un poco hacia atrás en su sillón.

—Pensé que sabías que la Liga Pokemón se reúne una vez al año, siempre en el mismo lugar.

Ash se abalanzó sobre Gary y lo agarró de los hombros, de rodillas ante él.

—¿En donde es? ¿Cuándo es? ¡Tienes que decírmelo? —le suplicó Ash, ignorando olímpicamente el rostro aterrado de Gary. Por suerte, Oak intervino:

—Sobre la Meseta Añil, dentro de dos meses exactos —le respondió Oak—. Y habrá mas de doscientos entrenadores compitiendo.

—¿Doscientos? —Ash soltó a Gary y se acomodó la gorra—. Los venceremos, ¿verdad, Pikachu?

—¡Pika pika! —Pikachu puso una pose de pelea, dando a entender que estaba de acuerdo con Ash.

—Deben aprovechar este tiempo para trabajar duro, entrenar a sus pokemón y estar listos para el torneo.

Gary suspiró.

—Espero que tengas una buena estrategia, Ash. Muchos de los que van no son novatos —le advirtió.

—No importa, yo ganaré la Liga —Ash se puso de pie y se acomodó la gorra.

Gary se levantó, dejando a su Bulbasaur sobre el sillón.

—No digo que seas un mal entrenador, pero eres demasiado impulsivo.

—¡Eso no es cierto! —estalló Ash.

—Calmate —intentó tranquilizarlo Misty.

Jessie decidió que ya tenía bastante de estar sentada en silencio y ver como Ash hacía el ridículo. Siendo una mujer nómade, le molestaba estar mucho tiempo en un solo lugar, más si había discusiones de por medio. Además, quería estar a solas con James. Necesitaban hablar.

—Iré a comprar comida para el almuerzo —dijo de golpe, sobresaltando a los presentes —. ¿Ustedes cuatro se quedan a comer?

Gary negó con la cabeza.

—Me temo que no. Quedé con almorzar con mis padres.

—Y nosotros con mamá —se excusó Ash.

—Bien, entonces iré al pueblo. James, acompañame.

—Prepararé la carreta.

—¿Los acompaño? —les preguntó Meowth.

Jessie hizo un gesto con la mano.

—Nosotros dos nos la arreglamos, no te preocupes.

Oak metió la mano en el bolsillo de su bata y sacó una billetera. Tomó un billete de cinco mil yenes y se lo tendió.

—Para los gastos.

—Gracias.

—Si van a comprar verduras, vayan a la casa de Delia. Seguro tendrá lo necesario.

—Pasaremos por ahí.

—Y una última cosa —giró hacia James—. ¿Me puedes pasar tu pokedex?

James pareció confundido.

—¿Mi pokedex? ¡Ah, si! —sacó la pokedex de sus pantalones vaqueros y se lo tendió al científico.

—Muchas gracias.

—¿Quiere comer algo en especial? —preguntó James.

Oak se rio.

—No soy exigente. Lo que ustedes quieran.

Jessie agarró a James de la mano.

—No se preocupe. Ya verá que somos los mejores cocineros de todo Kanto.


Jessie y James, a bordo de la carreta, fueron a casa de Delia a comprar diversos tipos de verduras. Jessie quiso pagarle, pero como Delia rechazó rotundamente el dinero, terminaron llevándose las verduras gratis.

Ahora estaban yendo camino al pueblo, despacio. James tenía la mirada perdida en los campos, como si deseara bajarse y correr por ellos.

—¿James?

El aludido la miró, sonriendo.

—¿Qué sucede, cariño?

¿Por donde empezar? Jessie no temía decir lo que pensaba, pero no sabía de que manera.

—Quiero retomar la charla de esta mañana.

James resopló.

—Jessie.

—Nada de "Jessie". Escúchame: entiendo que quieras redimirte, pero no tienes que convertirte en un maldito mártir.

—Te lo he dicho ya: estás exagerando. No es así.

—Deja de engañarte a ti mismo. Tú no eras así.

—¿Ah, si? ¿Y como era?

—Una buena persona haciendo un trabajo de mierda. Tenías muchos momentos donde te ablandabas, pero también tenías un lado egoísta y sabías cuando decir que no cuando no te convenía algo. Pero ahora parece que estás desesperado por, no sé, ganarte el cielo. Como un niño que se porta bien todo el año para no recibir carbón en Navidad.

James lo miró, sorprendido por unos instantes. Soltó una risa nerviosa.

—¿De donde sacas eso?

—Te conozco desde hace cinco años y he visto lo mejor y lo peor de ti. Tengo miedo de que tu "compensación por haber sido un ladrón" jamás se acabe. Que te pongas estándares cada vez más y más altos. Y que la gente se aproveche de ti.

James bajó la cabeza. Lo estaba empezando a admitir.

—Mi consciencia todavía no está tranquila —la voz de James casi sonó como un susurro.

—Tu consciencia tiene que entender que tienes límites. No tienes que demostrarle nada al mundo. Hay maneras y maneras con las que puedes tranquilizar tu maldita consciencia y siendo un mártir no lo vas a lograr.

James la miró, con los ojos vidriosos.

—¿Y como hago?

Jessie le dio un suave beso en los labios.

—Descúbrelo tú.


Tardaron más de lo planeado en regresar para preparar el almuerzo. No porque se hayan perdido, sino porque, cuando regresaban, Jessie recordó de golpe que había capturado un Weedle y un Jigglypoof que ni siquiera había presentado a sus pokemón. Pararon a un costado del camino y sacaron a todos los pokemón.

Con Weedle no hubo problema. Se mantuvo bastante manso mientras el resto de los pokemón le daban la bienvenida. Con Jigglypoof no pasó lo mismo. Apenas salió, creyó que los pokemón que estaban para recibirla era su audiencia e intentó cantar, pero Jessie la metió rápidamente a su pokebola.

—Tendríamos que hablar con Oak sobre esto —le dijo Jessie a James, guardando la pokebola en su bolsillo.

—¿No sería mejor con Meowth?

—O ambos.

A james le resultó imposible regresar a Nina a su pokebola, no solo porque esquivaba los rayos de luz, sino que lo miraba con los ojos llorosos. No le quedó otra que dejarla que se posara en su hombro y se quedara allí.

Cuando regresaron, los chicos ya se habían marchado y solo quedaba Oak. Meowth se ofreció a hacer el almuerzo: arroz con curry. El profesor no tuvo mejor idea que correr a su habitación y regresar con una filmadora. Esto incomodó a Meowth, pero se resignó a cocinar, ante el asombro del científico. Una vez terminado, se sentaron a la mesa a comer.

—Esto está delicioso, Meowth —lo alabó Oak—. Me siento como si estuviera en un restaurante.

—Preparé más, por si quieres repetir —Meowth enrojeció un poco.

—Claro que voy a repetir el plato. No todos los días uno come algo cocinado por un Meowth.

—Papi cocina rico, nya. Papi perfecto —Lunita comía del plato de su padre, metiendo toda la cara en la comida.

—¿Tienes más talentos? —le preguntó Oak.

Meowth sonrió, avergonzado.

—No me gusta presumir…

—Si no quieres presumir, habla de tus habilidades de batalla —se rió Jessie de manera maliciosa.

—¡Jessie! —Meowth sacó las uñas, pero Oak lo interrumpió.

—¿No sueles pelear, Meowth?

El pokemón retrajo sus uñas, pero seguía molesto.

—Nunca he entrenado. No creo que pueda ser más fuerte. A duras penas sé tres ataques y ya.

—Pero con entrenamiento…

—Me he esforzado tanto en aprender a caminar y a hablar que no puedo aprender habilidades propias de mi especie —siguió diciendo Meowth—. Ni siquiera sé Día de Pago.

Oak suspiró.

—Nada que un buen entrenamiento no pueda solucionar. Una cosa no impide la otra.

Meowth miró para un costado.

—Además, si entreno demasiado, evolucionaría. ¡Y yo no quiero ser un Persian!

Oak lo miró, pensativo.

—Si realmente no quieres evolucionar… podría conseguirte una Piedra Eterna.

—¿Piedra Eterna? —preguntaron los tres, incrédulos.

—Es una piedra que impide a los pokemón evolucionar si la llevan encima —explicó Oak—. Mientras la tengas, jamás evolucionarás.

—¿Y usted tiene una? —preguntó James.

—Por desgracia, no —se lamentó Oak—. Además, no hay demanda en el mercado para esas piedras, por lo cual las hace difíciles de conseguir.

—¿Entonces nunca la conseguiré? —preguntó Meowth.

—Dije que eran difíciles, no imposibles. Haré una llamada a un amigo que puede que tenga alguna o contactarse con alguien que si las tenga.

—Aunque no evolucione… dudo poder aprender un ataque nuevo —siguió diciéndole Meowth a Oak tercamente.

El científico se inclinó un poco hacia adelante.

—Si quieres, mañana mismo te haré un chequeo médico. Si no tienes ningún impedimento físico para aprender Día de Pago, el impedimento es psicológico. ¿Quieres aprender ese ataque o no?

Meowth miró su plato. Lunita comenzó a lamerle las orejas como si quisiera consolarlo.

—Papi puede todo. Papi el mejor —dijo, refregándose contra él.

Meowth acarició la cabeza de su hija con ternura.

—Si mi hija cree que puedo hacerlo, lo haré.