Holaa holaa! Qué tal?
¿Me extrañaron? Yo sé que si u.u culpa del trabajo que me están explotando… sé que prometí actualizar el martes, pero… bueno, hoy es martes ¿No? ¿Podemos omitir el hecho de que es una semana después de lo prometido? X.x
Oh que feliz soy, los reviewsotes (?) han vuelto jajaja y porque la bipolaridad del amor por Malec pero querer que Sebastian siga haciendo de las suyas, sigue creciendo xD También vi que la escena de la fuente les gustó tanto como a mi xD
Agradezco a Andre, Alexe-senpai, Hikari, Angelito Bloodsherry, Lorenmar, irenchic, Jaz y Guest por sus comentarios y a todos los que leen, dan fav y follow al fics n.n contesto:
Andre: Oh por Raziel! Me imagine a la familia Lightwood-Morgenstern siendo felices y comiendo perdices en Edom xD tenía tiempo que no veía a alguien que apoyara tan intensamente y sin remordimiento por el Malec, al lado Sebalec del fics xD Lamento la tardanza, un beso :3
Hikari: si quieres al pirómano, te traigo al pirómano ;) jajajaja lamento te guste y lamento la tardanza u.u
Jaz: ohh quien te entiende, jajaja pero tranquila que drama es mi segundo nombre jajajaja lamento la tardanza u.u
Guest: bueno… me tarde u.u lo siento
El resto por PM :) Ahora sí, ¡A leer!
Parte V: Guerra
No puedes salir ganando de la guerra más de lo que haces con un terremoto.
Jeanette Rankin
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Capítulo 18: Complicaciones
Tres son los grandes problemas del hombre: La naturaleza de complicar todo innecesariamente creando nuevos problemas, el absurdo afán de asumir problemas ajenos, y la estupidez de evitar los problemas reales.
Rafael Hernam Peréz
X.X.X.X
Sebastian sonrió filosamente, estaba agazapado como un jaguar veloz y letal a punto de acabar con su tierna e inocente presa, excepto porque el demonio frente suyo no era en lo absoluto tierno y apostaba sus dos manos a que mucho menos era inocente.
El demonio, un ser humanoide y escamoso con aguijones saliendo de ambos costados y una boca circular con varias capas de dientes puntiagudos que abarcaba todo lo que se suponía debía ser el rostro, arremetió contra el rubio intentando aguijonearlo. Sebastian saltó hacia atrás con agilidad, tomando una piedra del suelo rocoso de Edom y la lanzó logrando atravesar uno de los aguijones del demonio quien chilló y rugió de dolor e ira. El rubio aprovechó el momento para saltar con destreza pateándole el pecho a la criatura cayó al suelo no sin antes conseguir sujetar un pie de Sebastian.
Se dispuso a patearlo para soltarse cuando el peso de un segundo demonio cayó sobre su espalda derribándolo. Se giró como pudo para encontrarse de cara a un Kuri, un demonio con cuerpo de araña gigante con doce patas, tres pares de colmillos y al menos una veintena de ojos repartidos por toda la cabeza. Sebastian lo golpeó sujetándolo de uno de los colmillos antes de que se lo clavara, sintiendo como este secretaba una acida baba que solo fue muy asquerosa y algo molesta para la piel. Se dispuso a realizar un gancho para inmovilizar al Kuri cuando sintió como demonio humanoide cerraba su horrible boca alrededor de la pierna del rubio que aún mantenía sujeta, clavándole todos los dientes con fiereza.
El dolor fue agudo; Sebastian rugió arrojando al Kuri, aun sujeto por el colmillo, contra una colina de rocas que se vino abajo sobre él y con una patada se sacó al otro demonio de encima, se incorporó a prisa inmovilizándolo antes de que se levantara, poniendo un pie sobre su cuello.
Cientos de rugidos y gruñidos de celebración estallaron. Los demonios que habían estado observando al margen de la batalla, parecían alegres por lo que habían visto.
- Tú estás dentro – dijo Sebastian señalando al Kuri quien se incorporó sobre sus doce patas como lo haría una araña común – Y tú… - dijo entre dientes volviéndose al otro demonio que en el suelo se retorcía bajo la presión de su pie – No me muerdas…
- Siento… - dijo con voz chirriante y metálica – Lo siento…- Sebastian quitó el pie sobre él, dispuesto a darse la vuelta – Gracias…gracias señor…- Su voz murió cuando el rubio se volvió a prisa y con un rápido movimiento aplastó bajo su bota el cráneo del demonio rompiendo mucho de sus dientes.
- Odio los llorones – Gruñó escuchando el jadeo de su público o al menos de la mayoría, los demonios carroñeros se exaltaron ante la emoción de un banquete.
- Es un interesante pasatiempo este que has conseguido – Una voz femenina y conocida se escuchó. Sebastian sonrió para sí: si bien estaba entrenando un ejército, era cierto que había encontrado un pasatiempo de investigación adicional en todo eso.
- Seelie, querida – Dijo volviéndose a ella con una falsa sonrisa - ¿A qué debo tu visita?
- Sangras – Fue su sencilla acotación, no estaba preocupada sino interesada en el hecho, especialmente por el icor oscuro que bañaba la pierna del pantalón de el rubio.
- Un efecto segundario de que te muerdan – Respondió.
- Un demonio… a un Nefilim – Hizo notar; la sonrisa de Sebastian desapareció por una expresión circunspecta.
- Estoy seguro que no viniste preocupada porque me duela – dijo mordaz y cortante. Sabía lo que la Reina estaba considerando: los Nefilims eran, por así decirlo, alérgicos a las mordidas de los demonios, así como se suponía que el ácido de los demonios Kuri les quemaba la piel hasta desintegrarla, y en lugar de eso lo único que sentía por la mordida era el dolor que en si misma le causaría a cualquiera, y el ácido no había causado a sus manos más que un ligero picor; muy por el contrario al cuchillo serafín de Alec cuando lo sujetó en la pequeña pelea que tuvieron al reencontrarse: sus manos aun mostraban las cicatrices de las quemaduras que este le había producido.
Él había ignorado el asunto de la quemadura en sus manos esa vez, pero no así el hecho que le hizo notar que algo estaba ocurriendo: Fue hacía una semana en su pelea con Bane, el brujo lo había golpeado haciéndole sangrar, pero no fue hasta volver a Edom y limpiarse el hilillo, que se dio cuenta que no era precisamente sangre.
La parte demoniaca en él siempre le había causado incomodidad al usar runas o tocar la hoja de las armas de adamas, pero aun así siempre había sangrado como un Nefilim y eso que salía de su herida era icor, como un demonio.
El descubrimiento había sido inesperado y ampliamente interesante, aún más cuando se dio cuenta como las runas en su piel se opacaban y disminuían su tono oscuro con cada día que pasaba; haciéndole considerar nuevas perspectivas para sus planes. Llevaba una semana enfrentando demonios, poniendo a prueba su cuerpo, su resistencia y, como ocurrió con el Kuri, su inmunidad a los venenos; que les enseñara técnicas para combatir Nefilims en el proceso era solo un bonus beneficioso para sus planes de guerra.
- Es interesante – dijo Seelie – Sé que los Nefilims no te han dejado salir y que no has pasado a través de mi Reino, y sin embargo he escuchado que la Clave y el Submundo están alerta por tu regreso.
- No los culpo, la última vez dejé una gran impresión – Le restó importancia.
- La Clave querrá interrogarme, me acusarán por tu regreso – dijo seria.
- Ya lo hacen; y estoy seguro que es solo cuestión de tiempo para que envíen un batallón a Feéra buscándote. –Seelie enarcó una ceja en una muda pregunta – Tú tienes tus contactos en la Clave, yo tengo los míos.
- No lo dudo – dijo torciendo el gesto – Escuche que tu chico Lightwood te acusó de asesinar a una Nefilim y robarle a la Clave en sus narices.
- Alec es inteligente, solo unió los cabos que le he ido dejando – dijo sin darle importancia – Como te digo tengo mis aliados en Alacante, algunos de ellos en la guardia de honor de la Clave esperando pacientemente una orden mía para revelarse a ellos; no fue difícil que robaran el arco de Alec por mí.
- ¿Ese es tu plan? – Se burló – El mestizo que ya no tiene la gracia del ángel…-Miró de reojo las runas en su piel, inactivas. Sebastian se removió con disgusto por eso – Y un puñado de Nefilims traidores contra el mundo y el submundo.
- No sé si lo hayas notado Seelie, pero tengo un ejército – Dijo socarrón extendiendo sus manos para abarcar la gran cantidad de demonios en el lugar.
- Que no puedes sacar de aquí si no te ceden paso en alguna de las puertas – dijo con expresión tensa fija en el brazalete que el movimiento de Sebastian había descubierto a su mirada; dorado con una piedra negra que refulgía con especial brillo de reconocimiento ante su dimensión de origen, era parte del juego de anillo y collar que ella misma exhibía como un pavo real con sus plumas más coloridas – Porque estoy segura que sea cual sea el método que usas para salir, no puedes llevarlos todos a la vez o ya habrías intentado arrasar el mundo.
- Pero tú vas a dejarme salir con mi ejército a través Feéra – Dijo con obviedad bañada en falsa inocencia – Para terminar lo que empecé hace cinco años: destruir a la Clave, instituto por instituto.
- Discrepo – Dijo seria, no por el hecho de que él lo insinuará, sino porque estaba contándole lo que planeaba hacer y eso no era un movimiento que se hiciera sin un plan de respaldo - No has dejado de revelar tus planes ante mí, una estúpida acción si contamos con que soy una mujer que no puede mentir y será interrogada por el enemigo en cualquier momento.
- No me preocupa que no lo mantengas en secreto – Se encogió de hombros y Seelie rechinó los dientes – De hecho, puedes decirles que yo te dije – Le guiñó el ojo.
- En el momento en que lo haga me acusaran de haberte ayudado a salir de aquí – Escupió – Pero puedo jurarles que no lo hice.
- Pero no puedes decir que no me has ayudado en lo absoluto – Sebastian se acercó a ella, su expresión volvía a parecer la del jaguar a punto de atacar. – La clave te acusará de traición, y ya sabes lo que le hacen a las hadas: serás condenada a muerte – dijo relamiéndose los labios ante la idea – Pero primero te torturaran para interrogarte, no importa que no puedas mentir, no importa que no sepas nada más, no te creerán – La Reina Seelie intentó mantener la expresión más estoica y digna que pudo con cada palabra – Y mientras el hierro frio te queme, destruyendo esa hermosa piel– Acarició la mejilla de la Reina, ella retiró el rostro con brusquedad – Mientras ves como cazan y asesinan a tu pueblo, vas a recordar que fui yo quien te puso ahí.
- Quizás – Admitió ella – Pero a diferencia de mí, aun con un ejército tu estas solo Sebastian y él destino de los seres como tú siempre es el mismo – Ella también se acercó a él con la actitud más amenazante que pudo – Y te juro que me encargare de que seas destruido antes de dar mi último respiro – Sentenció.
Ambos se miraron con desafío por unos segundos, con una mirada tan determinada que prácticamente les hacía comprender que sus destinos estaban sellados a manos del otro. Sebastian fue el primero en romper el contacto sonriendo, un pequeño click se escuchó y antes de que la Reina se apartara, él le mostraba un artefacto: el brazalete que había estado en su muñeca.
- No tenemos por qué llegar tan lejos, después de todos somos socios ¿No? – Preguntó. La Reina sonrió de tal forma que bien pudo ser la Reina de Hielo en lugar de la Reina Seelie.
- Supongo que esa es tu manera de decirlo – dijo.
- Y como socios estoy dispuesto a devolverte el brazalete si dejas que mi ejército pase a través de tu reino – Negoció – Tu y yo sabemos que con esto y lo que el pequeño Well va a entregarte, no tienes por qué temer a la Clave.
- Si realmente lo supieras, no me estarías dando el brazalete – dijo con sospecha.
- Ya nos ocuparemos el uno del otro luego de que tú te ocupes de la Clave – Ofreció insistiendo con el brazalete. La Reina lo observó con los ojos entrecerrados, primero al rubio luego al brazalete hasta que finalmente estiró la mano tomándolo.
- Espero que sepas que apenas me entregue la diadema ordenare reventar la espalda de tu pequeño Well a latigazos por haberte entregado esto – Sentenció.
- Como gustes – dijo restándole importancia con la mano, sin embargo, la Reina enarcó una ceja: podría jurar haber visto un rápido flash de preocupación en sus ojos; como fuese, se colocó el brazalete en la muñeca con una sonrisa amplia: solo faltaba una joya para dejar de ser la Reina Seelie y convertirse en la Reina del mundo.
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Había sido una semana terrible, Alec había estado encerrado en el Gard por una noche, siendo interrogado por la muerte de Cossette, había gritado una y otra vez con la Espada Alma en sus manos, que él no había sido, que no sabía quién pudo hacerlo, pero sospechaba de Sebastian, y aun así la Clave no le había creído. Había exigido sin parar ver a Magnus, que lo buscaran, él les diría que no había poseído el arco hasta esa mañana, pero en ningún momento vio al brujo y eso había sido, quizás, lo peor de todo.
Se sentó en la biblioteca tomando un libro sin leerlo. Lo habían dejado libre, no habían tenido de otra cuando su padre alegó a la runa de rastreo que le habían colocado luego de dejarlo en libertad, habían revisado minuciosamente la ubicación del chico cada hora que estuvo en libertad, especialmente después de que se marchara con su padre de la casa de Sebastian, y solo así la Clave tuvo que aceptar que él no había puesto un pie siquiera cerca de Cossette; de hecho, no había salido del instituto.
Pero la situación había llevado a nuevas interrogantes ¿Quién había sido? Y si en verdad era Sebastian el responsable ¿Cómo se había hecho con el arco? Según los últimos reportes este había sido enviado a Alacante junto a un cargamento de cosas, pero nunca llegó a la ciudad pese a que el resto del cargamento si ¿Lo había robado? Parecía imposible que lo hiciera sin que una docena de Nefilims expertos se dieran cuenta, entonces, ¿Había sido ayudado? ¿Aun ahora tenía aliados entre los cazadores de sombras? Sinceramente a Alec no le sorprendería, después de todo, cuando los oscurecidos de Sebastian irrumpieron en Alacante hacia cinco años, fue él quien al robar la estela de Robert les dio una oportunidad, pero lo que la Clave convenientemente olvidaba, es que fue un Nefilim de la guardia de honor quien se las ideó para bajar las salvaguardas, asesinar a sus compañeros y meter a los oscuros.
Suspiró; suponía que después de todo era más fácil echar toda la responsabilidad sobre él que admitir cuan profundo había calado en muchos Nefilims la promesa de poder que Sebastian había dado.
Intentó leer el libro en sus manos, era lo único que podía hacer los últimos días y era así como había pasado cada tarde: Jace le había prohibido salir del instituto, no es como si a él su prohibición le impidiera hacerlo, pero si las protecciones que le ordenó colocar a la bruja Moon; había dicho que era por precaución, mientras no supieran donde estaba Sebastian o que quería de él...
No es como si Alec no lo supiera ya.
Su padre había hecho un buen trabajo en mantener los interrogatorios al borde de temas espinosos como la aparición de Sebastian exclusivamente ante él, dando a entender que habían estado otras personas presentes, después de todo no era mentira que la casa estaba llena de Nefilims cuando Sebastian estuvo allí. Suspiró, Robert también le había pedido que se quedara en el Instituto, y sinceramente se preguntaba si es que acaso ninguno recordaba que Sebastian había entrado antes ahí, y si quería podría hacerlo de nuevo; como fuera, suponía que su familia quería tener la seguridad de un ambiente conocido y controlado, y él no tendría problema en complacerlos para su tranquilidad de no ser porque literalmente no habían sido flexibles en lo absoluto.
Y es que si había algo que le llevaba dando vueltas, más allá de Sebastian y todos sus problemas, era Maxxie: había prometido ir por el niño apenas estuviese libre, y de eso hacía más de una semana; había intentado escribirle mensajes de fuego desde que salió del Gard, con la esperanza de explicarle que se tardaría un poco, esperaba que el pequeño le pidiera al hermano Enoch que se lo leyera pero solo recibía por respuesta las mismas notas manchadas completamente de tinta apareciendo con grandes llamaradas; una de ellas quemó todo el desayuno y casi deja sin pestañas a Isabelle.
La puerta de la biblioteca se abrió; Alec no alzó la mirada de su libro, pero tampoco escuchó pisadas entrando, solo un rápido movimiento que volvía a cerrar la puerta y pasos apurados en el exterior. Suspiró, apostaba lo que fuese a que había sido Max.
Estaba extraño, él había creído que esa actitud huidiza se debía a la situación con Magnus; siempre que coincidían en una habitación (y lo habían hecho cada tarde en la biblioteca) el muchacho lo veía con un coctel de emociones en sus ojos: anhelo, dolor, esperanza, culpa; luego abría la boca como si quisiera decir algo y sin más se daba media vuelta y se marchaba.
Jace había dicho que esa actitud la había mantenido desde que lo habían sacado de la oficina de servicios sociales; había sido una angustia completa: la mañana que Jia se llevó a Alec, Max también había desaparecido, su familia estuvo al tope, divididos entre ayudarlo frente a la acusación de la Clave y buscar a Max por toda la ciudad. Alec había sido liberado al día siguiente, pero no habían encontrado a Max sino hasta un par de días después cuando Clary llegó mostrando alarmada un video viral en su celular, en donde el chico se bañaba desnudo en una fuente y besaba a un oficial.
Maryse acudido por él a la oficina, y Jace envió a Moon para que borrara cualquier rastro de su presencia en la mente de los oficiales y el caso del "Exhibicionista indocumentado" quedó cerrado para los mundanos. Jace aseguraba, ya cuando la preocupación había quedado de lado y solo se reía cada vez que veía el video, que quizás su actitud estuviese influenciada por lo que había ocurrido con Magnus.
Alec no había querido ahondar en el tema una vez supo que su hermano estaba bien; pero Isabelle había insistido en que hablara con él, más el ojos azules se había excusado una y otra vez "No he hallado el momento" repetía y sinceramente tampoco lo había buscado: ya no era solo por Magnus, había escuchado todo lo que su familia y amigos dijeron sobre Max en la reunión, todo lo que aseguraban que había hecho, y se le había dificultado digerirlo: Max ayudaba a Sebastian, y Sebastian había intentado volverlo a encerrar en la ciudad silenciosa y por tanto también Max. Este chico que iba cada tarde a la biblioteca y se marchaba al verlo ahí leyendo un libro, no era su hermanito inocente; si no un muchacho al que Sebastian había corrompido, un muchacho para el que no estuvo en los últimos cinco años, permitiéndolo.
Clary y Simon no habían estado muy a gustos con mantener a Max también en el Instituto, especialmente luego de que este, al pedirle el brazalete de Edom, jurara con una amplia sonrisa que ya no lo poseía. Jace tampoco estaba muy feliz, pero entregarlo a la Clave no era opción para ninguno de los Lightwood.
La puerta volvió a abrirse, esta vez Alec si escuchó pasos; decidió que ya era hora de dejar de fingir que leía y cerró el libro fijándose en Jace quien se sentó frente a él.
- ¿Y bien? - Preguntó Alec.
- Al fin Robert lo logró -Dijo - La Clave no puede negar que es sospechoso que uno de sus guardias de la Reina Seelie fuese asesinado con una piedra de Edom - Alec asintió - Están dispuestos a considerar lo que Robert tiene para decir y luego decidirán si abrirán o no un caso contra ella.
- Bueno, algo es algo - Dijo - ¿Y el ataque a Max?
- Lo dejara fuera del caso – Dijo, con sentimientos encontrados – No estoy conforme, pero creo que es lo mejor: si se alega, la Clave interrogara a Max, sabrán que él estaba "de acuerdo" y descubrirán su conexión a Sebastian.
Alec suspiró.
- No pueden solo tenerlo aquí por siempre encerrado.
- Solo hasta que recupere la cordura - Bromeó, pero Alec negaba y agregó serio.
- Y a mí tampoco - Jace se enserió.
- Vamos Alec, es por protección; si Sebastian viene por ti...
- Si quisiera entrar al instituto ya lo habría hecho y lo sabes - Dijo serio - Sebastian tiene otros planes. - Estaba preocupado.
- Quizás, pero no está en los míos ponérselo más fácil - dijo.
- Solo quiero salir unas horas, resolver unos pendientes - Pidió.
- Alec...- El tono de Jace era de advertencia - Si el idiota de Bane no ha querido venir, no tienes por qué ir por él - Dijo rotundo.
Alec sintió un dolor en su pecho, porque era verdad; tenía una semana sin saber nada de Magnus, sabía que se había negado a ir al Gard a testificar a su favor, Jace le había contado lo ocurrido en el loft "Sebastian no va a permitirlo" había dicho. Se había enterado un par de días después que en realidad si había declarado, había acudido al Gard a la mañana siguiente y asegurado que encontró el arco fuera del instituto, y luego de eso el brujo había desaparecido sin pasar siquiera a ver a Alec a su celda. El Nefilim sabía que Bane estaba herido, lo había lastimado.
- No quiero salir para ver a Magnus - Dijo serio, después de todo su orgullo le recordaba que él también estaba herido por el brujo. - Tengo otros asuntos pendientes - Jace enarcó una ceja, al parecer preguntándose que "asuntos" podía tener alguien que hacía cinco años no veía el azul del cielo.
- Cuando todo se calme podrás...
- ¿Calmarse? Sebastian tiene una semana sin dar señales - Dijo - ¿Que más calmado que esto? No creo que planee aparecer de nuevo justo hoy.
- No sabemos que está planeando Alec.
- No, pero no me sacaron de una prisión para meterme en otra Jace - Dijo con mordacidad, pudo ver como la mirada dorada de su parabatai se apagaba como si le hubiese golpeado justo en el hígado.
- No estas preso Alec, ya no.
- Eso dices, pero yo no veo ninguna diferencia – Dijo. Respiró profundo e intentó tranquilizarse, pero realmente no pudo - Tengo una semana en el Instituto desde que volví del Gard; no he podido salir, ni siquiera sacar la cabeza por la ventana a ver el cielo – Era una queja - Al menos en la Ciudad Silenciosa tenía claro que era un presidiario, sinceramente no creo soportar más tiempo aquí metido y...
- ¿Alec que...?
- Quiero ver a Maxxie – Admitió con cierta vergüenza, después de todo era la primera vez que pasaba tanto tiempo sin ver al niño; Jace lo miró sorprendido, no había esperado eso - Le prometí que lo sacaría de la Ciudad Silenciosa – Confesó - Y sinceramente no creo que pueda mantener mi promesa.
- Por Sebastian - Entendió. – Es peligroso para Maxxie tenerlo a tu lado en estos momentos. – Alec asintió pesaroso.
- Sebastian tiene algo planeado para mí y me da miedo que en su intento arrase con Maximum - Dijo - Pero quiero al menos ir a verlo, que sepa que no me olvide de él.
- Maxxie no pensaría eso.
- Supongo que mis nuevos carceleros ya lo decidieron – No había querido sonar tan mordaz como lo hizo. Jace se masajeó el puente de la nariz.
- ¡Por Raziel, siento que me arrepentiré de esto! – Dijo con cansancio sacando su celular para marcar al teléfono a Clary, necesitaría un portal.
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Apareció en el callejón oscuro; a sus espaldas, el Empire State Iluminaba la noche por encima de las personas mientras el bullicio de una gran ciudad que no duerme, se dejaba escuchar.
Sebastian se adentró en el callejón hasta que la oscuridad lo ocultó de cualquier mirada curiosa, su pierna vendada aun dolía con cada paso, pero él no estaba dispuesto a demostrarlo, obligándose a no cojear. En sus manos un mensaje de fuego se dejaba ver: Tengo noticias. No llevaba remitente pero no lo necesitaba: solo había una persona a la que había autorizado para escribirle.
- Espero que sean noticias importantes. – Dijo con voz filosa. Una figura se movió en un rincón, llevaba una capa, pero unos grandes bigotes gatunos se observaban con claridad.
- Lo son – Aseguró una voz femenina – El chico Lightwood ha salido del instituto. - Sebastian se arregló sobre sus pies, con interés.
- Pensé que habías dicho que Jace mandó a colocar salvaguardas que se lo impedían.
- Las salvaguardas siguen activas – Explicó - Salió por un portal desde el interior que, para haberlas burlado, debió ser hecho por la chica bendecida por el ángel, la creadora de runas.
- Clary – Dijo para si – ¿Ella y Jace también salieron? – La mujer negó, y sus bigotes tambalearon con el movimiento.
- Siguen en el Instituto, al igual que el resto de los Lightwood – Aseguró – El muchacho salió solo.
- ¿Y Bane?
- Dudo que haya ido a verlo – Admitió; Sebastian la miró con interrogación – Porque ha ido a verlo a usted.
Sebastian no pudo ocultar su sorpresa, sin duda no era lo que esperaba escuchar. La bruja se acercó a él con paso lento, moviendo sus manos envueltas en luz magenta para hacer aparecer un pequeño frasquito con apenas unas pocas gotas color Siam en su interior.
- ¿Qué es eso?
- Un regalo – Dijo ella tendiéndoselo – Para el reencuentro. - El demonio sonrió con suspicacia.
- ¿Un regalo a cambio de qué?
- Ingredientes – dijo con simpleza – Tierra de Edom, por ejemplo, para seguir amplificando mis hechizos; quiero hacerme una reputación como la Alta Hechicera de Manhattan, una que supera al Alto Brujo de Brooklyn y no que sea vista como una simple sustituta.
- Puedo conseguírtela – Aceptó él. – Pero te necesitaré luego para un par de asuntos en el extranjero - Ella se acercó un poco más, abriendo el frasquito como si con eso aceptara esto último; vertió el contenido en sus dedos para esparcirlo por ambos lados del cuello de Sebastian.
- Solo haga que lo huela – Le instruyó – Yo me encargaré del resto.
- ¿Qué es el resto?
- Solo que debería llevar un arma, por si alguien aparece – Dijo casi con complicidad; Sebastian sonrió ampliamente, con entendimiento - Y dese prisa, no creo que Alexander se quede mucho tiempo en Idris.
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Observó la placa de mármol frente a él; le había dicho a Jace que aparecería directo en la entrada de la Ciudad Silenciosa, no había especificado cual entrada; por lo que no podían acusarlo de mentiroso al estar en ese momento sentado en el suelo con restos de nieve de un cementerio que no era el de New York.
El frio del invierno que estaba cada vez más cerca de terminar, no era demasiado preocupante para él: las noches de invierno en la Ciudad de Hueso solían ser más heladas no importaba cuantas cobijas le llevara su familia; así que podía darse por satisfecho con su simple abrigo.
Había dicho que iría a ver a Maxxie, pero no pudo evitar hacer una parada antes en el cementerio de Idris, frente a la tumba de Jonathan para pensar y presentar sus respetos al chico de ojos verdes que no pudo ser. Había creído que visitando ese lugar podría aclarar su mente. Pero había estado equivocado: no solo su mente le había jugado una mala pasada recordándole el tiempo que vivió junto al rubio, sino que llegar ahí y ver la lápida modificada, con el nombre de Jonathan tachado y el de Sebastian escrito irregularmente, solo le hizo recordar que había sido en ese mismo lugar donde Magnus y Max habían comenzado a verse, donde había surgido "El chico del cementerio"
- Lamento que hayas muerto por mí - Dijo con sinceridad - Sé que habrías sobrevivido al fuego celestial; de no haberme protegido habrías vivido y nada de esto estuviese pasando: me habrías dicho dónde estaba Max desde un principio y lo habríamos recuperado antes de que él y Magnus...-Se cortó respirando profundo intentando ignorar el hecho de que si Jonathan hubiese sobrevivido a aquella batalla, la Clave lo habría ejecutado en la inmediatez, sin dar oportunidad a ningún "hubiera" - Estoy seguro que con el tiempo te habrías llevado bien con Clary, me atrevería a decir que incluso con Magnus - Dijo con dolor - Quizás me hubiese puesto celoso, sé que le gustan los rubios de ojos verdes, es decir, solo mira a Camille - Negó para sí mismo con un nudo en la garganta, Magnus no era un tema agradable justo en ese momento - Te habría presentado a Maxxie, es un pequeño brujito que me ha hecho compañía en la Ciudad Silenciosa - Se quedó en silencio - Es una pena que Sebastian pueda volver y tú no; no sé si pude decírtelo pero... No guardo rencor por lo de las pociones... No a ti - Puntualizó.
El silencio llegó después de eso; era lo que había ido a decir. El viento frio invernal sopló moviendo las ramas sin hojas de los árboles. Alec se quedó unos minutos más en silencio observando la lápida en una silenciosa despedida.
- ¿Que tiene este lugar para que todo el mundo me busque aquí? - Alec se dio media vuelta alarmado, Sebastian estaba recostado en la valla del cementerio con expresión aburrida. El ojos azules no pudo evitar preguntarse desde cuándo estaría ahí y maldijo su lengua: Sebastian había estado toda una semana sin dar señales de vida, y había ido él al retar al destino cuando habló con Jace. - No es mi tumba.
- Tiene tu nombre - Respondió Alec como si tal cosa, intentando mantener la situación lo más calmada posible pese a la tensión en el ambiente; el rubio chasqueó la lengua.
- No soy Jonathan.
- Lo sé -dijo señalando el nombre que Max había grabado "Sebastian" "Bash"
- Estúpido mocoso – Masculló rodando los ojos. – No ha dejado de llamarme Bash en los últimos cinco años a pesar de que le dije que no me gusta.
- Cuando algo se le mete en la cabeza es difícil sacárselo, solo recuerda como estuvo de insistente para que lo entrenaras – Recordó.
- Ni porque lo hice vomitar en el primer entrenamiento dejó de molestar.
- De cualquier forma, al día siguiente lo sacaste a pasear en caballo.
- El paseo no era para él – Admitió.
- Lo sé - Alec se sintió raro, no se había dado cuenta en que momento su lenguaje corporal se había relajado y una sonrisa cálida y nostálgica había aparecido en sus labios. Sebastian también parecía relajado, no había dado ni el menor indicio de moverse de las vallas y aunque mantenía los brazos cruzados en su pecho, tampoco parecía tenso; al contrario, tenía una sonrisa que hubiese creído de no conocerlo como lo hacía: él había conocido la calidez de sus ojos esmeraldas, una calidez tan reconfortante que había tocado también esos ojos negros; pero justo ahora se veían tan fríos como la capa de nieve sobre el suelo.
Suspiró.
- ¿Qué haces aquí Sebastian?
- Podría preguntarte lo mismo – dijo él – Imaginé que querrías hablar después del pequeño asunto con esa chica, Cossette o la visita que le hice al brujo – Alec se removió incomodo, Jace le había contado ya al respecto – Y como sé que sigues sin hablarle a Well, supuse que sería cuestión de tiempo para que me buscaras, pero debo decir que te tardaste más de lo que pensé. ¿Te costó mucho burlar el encierro de Jace?
- ¿Cómo lo sabes?
- Tengo alguien vigilando que salieras del instituto – Dijo con simpleza y agregó - Y no, no es Well - Alec frunció de nuevo el ceño porque si no era Max ¿quién? Él había salido por medio de un portal desde el interior del instituto, nadie habría podido saber que había salido o a donde había ido, las salvaguardas que Jace había mandado a colocar con Moon protegían de cualquier hechizo exterior.
Sebastian notó su confusión que aprovechó para tocar su anillo desapareciendo desde la valla para aparecer nuevamente frente al ojos azules, a solo escasos centímetro; Alec respingó cuando sintió la cercanía del rubio; intentó retroceder, pero Sebastian lo evitó sujetándolo de la cintura.
- ¿Estás listo para aceptar mi propuesta? – Preguntó con un susurro aterciopelado en su oído, Alec sintió un nudo en la garganta al inspirar el aroma de Sebastian tan cerca: acero y sangre, mezclado con algo mucho más oscuro y excitante. Sebastian movió el rostro lentamente, rozando con sus labios la quijada de Alec hasta llegar a sus labios – Para volver junto a mí, a Edom – Susurró sobre ellos.
No…
Alec quería responder, quería dejarlo claro: él no volvería con Sebastian, porque no lo amaba, porque el rubio era un asesino que solo quería hacerle daño a él y sus seres queridos, porque estaba manipulando a Max, porque había arruinado su relación con Magnus.
¡NO LO HARÉ!
Quería gritárselo, apartar al rubio; pero sentía el cerebro entumecido, nublado y cuando finalmente había recordado como mover los labios no fue para gritar sino para responder el agitado movimiento de los labios de Sebastian; cuando sus manos se movieron no fue para empujarlo, sino para aferrarse a su cintura de la misma forma en que el rubio lo tenía sujeto, eliminando cualquier distancia entre ellos hasta sentir cada curva del juvenil cuerpo del demonio.
Las manos de Sebastian empezaron a recorrer su cuerpo, delimitando las líneas del pelonegro, sacándole el abrigo de encima, sus labios dejándose por momentos para recorrer la piel del otro solo un poco antes de volver a explorar sus bocas.
- Espera…esto está mal – Ahogó Alec; Sebastian emitió un sonido gutural sin apartarse de su clavícula.
- ¿Por qué? – Preguntó mordiéndole al mismo tiempo que una de sus manos se hacía con la parte más noble del Nefilim por sobre él pantalón.
- No…mmm… no lo sé – Respondió él confundido, buscando de nuevo los labios de Sebastian pero el rubio de ojos negros no lo besó.
- ¿Me detengo?
- No – El susurro fue casi suplicante atrapando los labios del rubio entre los suyos. Sebastian sonrió sin cortar el beso; no lo haría, esta vez no se iba a detener.
- ¿Por qué lo hiciste en tu casa en Idris? – Preguntó Alec minutos después con voz ahogada con la respiración agitada – Te detuviste – Había casi una acusación implícita.
Era algo que había dado vueltas en la cabeza de ambos desde la semana anterior; Sebastian había transmitido un mensaje ese día: lo consideraba su perra, pero si era realmente lo que quería decir ¿Por qué se había detenido?
El rubio saboreó su aliento antes de contestar.
- No sabía que querías tener público – Dijo retomando el beso; los labios del rubio tenían un sabor por demás conocido, y su piel transpiraba un aroma embriagante que lo nublaba por completo; sus manos se aferraron a la camisa de Sebastian por la espalda, levantándola para quitársela urgido – Pensé que al menos tendrías algo conque rastrearme para continuar luego – El susurro en su cuello se acompañó por un mordisco juguetón, Alec gimió en su oído.
- Deje… ah…tu anillo en la Ciudah de Hueso – Explicó cómo pudo; Sebastian sonrió aún más abiertamente, haciéndose de su fuerza demoniaca para tomar a Alexander de los muslos, alzándolo a pulso; el ojos azules se aferró a él con sus piernas alrededor de la cintura y con sus brazos en el cuello. Sebastian lo apoyó contra la valla, sus miembros como duras rocas se frotaban uno contra el otro.
Apártate Alec, apártate de él...No dejes que te toque de nuevo.
La niebla en su cabeza se hacía cada vez más densa, acallando esa voz que intentaba gritarle que reaccionara, que recuperara la razón y el control de sí mismo.
Sebastian le había dicho que era su perra, y en ese momento serlo no podía importarle menos.
- ¿Qué más dejaste en la Ciudad Silenciosa? – Alec no respondió, una de las manos de Sebastian se había introducido por su camisa hasta uno de sus pezones, mientras la otra había migrado hasta mantenerlo bien sujeto del trasero. El ojos azules dejó caer la cabeza hacia atrás con los ojos entornados, disfrutando los mordiscos suaves sobre su manzana de adán. – Escuché algo de un pequeño brujo.
¡MAXXIE!
Esa parte de su cabeza que había intentado hacerlo entrar en razón, una que sonaba con una voz muy similar a la de Magnus, había gritado con alarma ante la mención del niño; Alexander se removió con fuerza sintiendo como la neblina en su cabeza se hacía menos densa, ante un único y horrorizado pensamiento ¡Sebastian sabía de Maximum!
- Basta…Sebastian… ¡Basta! – Rugió arrebatando del cinturón del rubio una espada corta, golpeándolo en el rostro con la empuñadura para sacárselo de encima y apuntarle luego con el arma. - ¿Qué me hiciste? – Preguntó enojado, porque él podía desear a Sebastian, podía incluso dejarse llevar, pero eso que había ocurrido iba más allá. El demonio sonrió, su boca sangraba con icor demoniaco; Alec se estremeció, era como si quisiera confirmarle lo que no debía olvidar: el chico frente a él no era el mismo con el que había vivido, este era un demonio completo, un demonio peligroso.
- Puedo decir que te hechicé si eso te hace sentir mejor Alexander – dijo, la afabilidad de antes había desaparecido – Y te hace admitir que quieres ir a Edom conmigo.
- Olvídalo Sebastian – Masculló.
- ¿Sabes quién me ayudó a matar a Cossette, Alexander? – Preguntó cambiando el tema como si tal cosa – Maxwell; y no movió ni un dedo para evitar que te llevaran en su lugar – Alec negó; no, su hermano no era un asesino, no podía haberle hecho eso – Ya sabes que puedo ser persuasivo para esas cosas.
- ¡Mientes!
- Ya te demostré lo poco que confía la clave en ti – Le hizo ver – Bane se apartó de tu lado, y Max te ha estado traicionando con cada cosa que hace – Sus ojos negros destellaron por la maldad contenida - ¿Te darás cuenta que tu lugar está conmigo antes de que te arrebate algo más?
La amenaza estaba más que clara y la sonrisa maniaca de Sebastian le dejaba claro que no la hacía solo por asustarlo, iba a cumplirla y fue la mirada inocente de Maxxie lo primero que vino a su mente: Sebastian sabía del niño, se lo había dejado saber y lo conocía lo suficiente para entender que no lo había hecho por casualidad.
La ira destelló en los ojos del ojos azules, que arremetió contra Sebastian dispuesto a atravesarle el pecho con la espada corta, acabar con él era la única manera de tener a Maxxie a salvo, de proteger a Max para que dejara de ser utilizado. Sin embargo, Sebastian desapareció tras tocar su anillo que le permitía transportarse, y la estocada golpeó contra la lápida de la tumba de Jonathan, un pedazo de la piedra voló por los aires y Alec rugió con lágrimas de frustración agolpándose en sus ojos.
Soltó la espada corta dejándose caer en el suelo frente a la tumba; se sentía aterrado, porque Maxxie era solo un niño, un niño que todavía no sabía usar su magia para defenderse, un niño al que había puesto en la mira de un psicópata; culpable porque no había podido quedarse callado y Sebastian debió haberlo escuchado cuando lo mencionó ante la tumba hacía unos minutos; herido y traicionado porque él habría dado hasta su vida por Max y el chico volvía a traicionarlo, no solo había sido lo de Magnus, Max había confabulado con Sebastian para ponerle una trampa, para acusarlo de un asesinato; sucio, asqueado y decepcionado de sí mismo por haber caído otra vez en el juego de Sebastian.
"No soy tu perra" Le había gritado una vez, en medio de la sala de la casa de Idris justo antes de atravesarle la pierna con una flecha; si no se había sentido como tal entonces ¿Cómo es que ahora sentía que la aseveración le quedaba grande?
- ¿Se puede saber qué demonios haces aquí? – Alec se sobresaltó recuperando la espada corta e incorporándose de un salto para encontrarse de frente con Maia que se acercaba por el prado camino a la valla que limitaba el cementerio. – Estás muy lejos de New York - La mujer lobo parecía tan sorprendida de verlo ahí como él mismo lo estaba: no veía a Maia desde hacía años, se había cortado el cabello y se veía más resuelta y madura, si eso era posible, mientras caminaba hasta llegar al límite del cementerio donde se apoyó con los brazos sobre la valla.
- También tú – Respondió Alec a la defensiva, rezándole al cielo, ante la mirada suspicaz de la chica, porque la mujer loba no hubiese visto su escena con Sebastian. Se removió incomodo ante la idea y se aseguró, sin bajar la espada, de que su ropa al menos estuviese donde debía.
- Estoy cubriendo a Luke, la Clave se reúne constantemente con el submundo desde que se supo del regreso de Sebastian – Dijo ella sin mayor expresión en la voz, su mirada viajaba del Nefilim, a la espada que este sujetaba y por último a la tumba tras él que había agrietado en su arrebato; su mirada se endureció un segundo al captar el nombre en la tumba.
- Fui puesto en libertad. – Respondió él respondiendo a su primera pregunta y bajando la espada corta, pero no la guardó.
- Lo sé – Aceptó ella, el Nefilim intentaba captar la emoción en sus ojos – Pero ¿qué haces aquí? – Repitió señalando directamente la tumba de Sebastian – Cualquiera esperaría que estés viajando por el mundo con Magnus o algo así.
Se turbó, no sabía si por la mención de Magnus, o porque Maia hablara de esa manera tan… ¿Tranquila?
- Necesitaba pensar algunas cosas.
- Estás loco – Sentenció con un bufido; Alec no podía estar más confundido – La mitad del submundo y la Clave quieren tu cabeza. – Alec apretó un poco más fuerte la empuñadura del arma dispuesto a atacar en caso de un movimiento extraño por parte de ella.
- Pensé que tú también la querías – dijo con cautela; no era fácil de olvidar que se había ganado el odio de alguien que había sido una aliada y hasta cierto punto amiga, ni mucho menos como lo había logrado: la muerte de Jordan era una de las cosas por la que su mente más le atormentaba por toda la culpa que sentía cuando él habría podido salvarlo si tan solo lo hubiese intentado realmente.
- No es tan bonita como para ponerla de trofeo en la sala – Bromeó con una sonrisa ladeada que lo desconcertó. Ella lo notó y suspiró enderezándose y enseriándose – Te odie por mucho tiempo Alec pero fue realmente agotador – Admitió – Supongo que con el tiempo entendí que lo que ocurrió no fue tu culpa: no eres una mala persona – Sentenció.
- Eso…realmente no lo esperaba – Admitió él, quería relajar su postura, pero no podía: ya no por sentirse amenazado por ella, sino porque no podía estar en mayor desacuerdo teniendo en cuenta lo que acababa de hacer.
- Jordan creía en las segundas oportunidades – dijo ella - Tu familia te la dio, la clave te la está dando, incluso yo estoy dispuesta a hacerlo – dijo. Él asintió sin saber muy bien que decir, sintiendo como un nudo en su pecho se iba aflojando con cada palabra, como una absolución que le llegaba en el momento menos esperado.
Un nudo que dio lugar a una fuerte roca en la boca del estómago: Maia lo estaba perdonando, pero él no lo merecía, él no se sentía una buena persona cuando no podía confiar en sí mismo cuando Sebastian estaba cerca.
- ¡Maia! – Escucharon que la llamaban sacando al pelonegro de sus cavilaciones; ella volvió la mirada y Alec vio más allá al chico de piel oscura y corte bajo que se acercaba, un hombre lobo.
- Debo irme, estaba esperando a Bat mientras hablaba con la manada del bosque Brocelind – dijo dándose media vuelta - Haz que todo el esfuerzo valga la pena Alec – Dijo caminando con paso firme llegó hasta el hombre lobo quien le dirigió una mirada de desconfianza a Alec pero no dijo nada y en su lugar la recibió abrazándola por los hombros con un suave beso en los labios ambos encaminándose a Alacante sin volver a mirarlo.
Alec dejó caer la espada corta por segunda vez, observándolos hasta que se perdieron de vista. "Haz que todo el esfuerzo valga la pena" No podía decepcionarla, no podía decepcionar a su familia, a La Clave, ni seguir decepcionándose a sí mismo; no solo por ellos, sino por Maxxie, por el pequeño que contaba con él.
Inspiró profundo recogiendo su abrigo del suelo, intentando sosegarse; no era el momento de recriminarse por Sebastian, y empezar a reflexionar de más las palabras de Maia, tenía que dirigirse al lugar al que debió ir en primer lugar en vez de hacer esa estúpida parada en la tumba de Jonathan.
Había temido sacar a Maxxie de la Ciudad Silenciosa para que Sebastian no se enterara de la existencia del pequeño, para no ponerlo en peligro; pero el rubio lo había amenazado, no podía dejarlo allí a su suerte: la Ciudad Silenciosa no era una fortaleza impenetrable, ya una vez Valentine la había atacado y él no se iba a perdonar no estar al lado de Maxxie, para protegerlo.
Caminó al mausoleo principal del cementerio, la entrada a la Ciudad Silenciosa.
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Caminó por el pasillo como alma en pena, intentando evitar al resto de las personas que habitaban el Instituto, intentando pasar desapercibido ante las miradas atentas, suspicaces y decepcionadas. Porque esa era la única forma en que lo veían desde que Maryse lo había sacado de ese lugar mundano de retención.
Le habían dicho que ya no podría salir, que sabían todo lo que había hecho con Sebastian y que se equivocaba, habían intentado hablarle toda la semana, contarle su versión de los hechos de hacía cinco años, pero el único que Max hubiese deseado que lo buscara, que lo mirara y le hablase, Alec, no lo había hecho.
Al principio había buscado a su hermano, con algo de vergüenza: Alec había sido retenido por la Clave por un asesinato que él sabía, su hermano no había cometido, por unas pruebas que él había ayudado a Sebastian a colocar en la puerta del instituto. Se preguntaba si sería correcto decirle su participación en eso, si Alec escucharía sus motivos o solo se enojaría aún más como hizo con el asunto de Bane.
Pero Alec lo había ignorado; durante el desayuno, siempre que él entraba, Alec guardaba silencio, cuando se encontraban en la biblioteca apenas y levantaba la vista del libro que leía antes de continuar su lectura. Había intentado hablarle un par de veces, Sebastian decía que los Lightwood estaban manipulando a Alec, pero si alguien iba a contarle una versión de la historia diferente a lo que él sabía y recordaba, quería que fuese su hermano mayor, solo a él podía intentar creerle; pero en ninguna de las oportunidades obtuvo respuestas más que escuetas.
No supo en qué punto decidió dejar de buscarlo, e incluso evitarlo; era menos doloroso así. Como fuese, aislado de Sebastian, ignorado por Alec y enojado con Kaelie, Max se sentía solo; más solo que nunca.
Sus pasos lo llevaron hasta la biblioteca. Se había encontrado a Alec esa tarde, como todas las tardes esa semana; su hermano solía pasar ahí el día y eso había complicado la misión que tenía por cumplir; por eso acudía constantemente, intentando encontrar el lugar a solas.
Tal como estaba esa noche.
Max entró a la biblioteca con precaución; estaba a oscuras, pero no encendió las luces para no llamar la atención de nadie desde el exterior, y se dio prisa en subir las escaleras; sabía ya donde estaba lo que necesitaba, sabía cómo obtenerlo, tenía que darse prisa y no permitir que le descubrieran otra vez.
Llegó hasta la vitrina que contenía los tesoros del Instituto; los anillos feys resplandecían con un brillo casi mágico, la fea corona de duende también estaba ahí junto a la botella de extraño contenido y la hermosa diadema de oro. El chico la miró con una sonrisa en sus ojos, le había dicho a Kaelie que se la entregaría a la Reina Seelie prontamente, había pasado una semana ya, quizás si se daba prisa, el castigo por su retraso no sería tan grave.
Se estremeció ante la idea, su espalda aun recordaba los azotes que había recibido por robar las joyas de Edom y no estaba muy entusiasta de repetirlo.
Sacó del bolsillo del pantalón una estela; la llevaba siempre consigo, tenía que estar preparado si la oportunidad se daba, tal como estaba ocurriendo.
Trazó con cuidado la runa de apertura, con lentitud propia de la inexperiencia, línea a línea. Sonrió con triunfo al verla terminada, esta vez no se quedaría a admirar los tesoros, solo debía robarlos.
Pero la runa no abrió la vitrina, al contrario, brilló de manera extraña y al segundo siguiente Max fue arrojado contra las barandas que delimitaban ese piso con el inferior. El muchacho se removió adolorido.
- ¿Qué demonios? – Preguntó para sí ¿se había equivocado? Recogió nuevamente la estela, acercándose a prisa para dibujar la runa una vez más, repasando cada trazo para compararlo mentalmente con el dibujo de la misma en el Codex. Terminó un poco más rápido, pudo observar la runa sobre el vidrio por un segundo más no tuvo tiempo a pensar que había acertado, el dibujo volvió a brillar arrojándolo una vez más.
Max abrió los ojos horrorizado.
- No… no…no – Negó incorporándose otra vez – Vamos abre – Masculló intentándolo de nuevo, siendo arrojado por tercera vez – Tienes que abrir, por favor – Suplicó ante un nuevo intento, esta vez con el pulso temblándole: No podía fallarle a la Reina Seelie, ella no se lo perdonaría. Se golpeó otra vez, no pudo evitar un quejido de dolor en su espalda lastimada, pero no se quedó en el suelo; se incorporó tomando del respaldo una silla de la mesa cercana - ¡Ábrete! – Gritó arrojándola contra el vidrio.
La silla rebotó al instante contra él; Max ya casi podía sentir el impacto que le hiciera perder un par de dientes, pero en su lugar un látigo se enrolló en la pata de la silla desviando su trayectoria.
- ¿Se puede saber qué demonios intentas? – Preguntó Isabelle; el chico respingó, había estado tan preocupado por abrir la vitrina que no la había visto llegar – No abrirá así, Jace le pidió a Catarina que colocara un hechizo de protección que además nos avisa cuando intentas abrirla para volver a robar algo.
- No…no lo entiendes – Susurró él, su mirada fija en la vitrina – Tengo que llevárselo… se va a enojar. - Isabelle bajó la guardia al ver el miedo tan claro reflejado en su voz y su expresión – Volverá a azotarme.
- ¿Quién? ¿Sebastian? – Preguntó con odio en la voz.
- Sebastian nunca me haría daño – Replicó él.
- Oh cierto, casi olvido lo del ogro fueron solo caricias – Dijo irónica; Max apartó la mirada de la vitrina finalmente para dirigirla a ella, furioso.
- No lo entenderías. - Le espetó – Yo estaba de acuerdo, hice lo necesario.
- Sé que casi te mata.
- ¿Y sabes también que fue Sebastian quien lo mató cuando quiso sobrepasarse? – Preguntó a la defensiva. – Él me cuida.
- Olvídate de eso Max – Replicó, la enfurecía oírlo hablar así, porque sabía que Max creía en todo lo que decía, porque Sebastian había logrado calar demasiado profundo en su hermanito – Cuando le des lo que quiere y dejes de serle útil, te va a matar.
- Lo que estoy buscando no me lo pidió él – dijo como si eso la contradijera – Sebastian lo único que quiere es recuperar a mi hermano y a mí.
- ¿Para quién estás robando entonces? – Preguntó de inmediato – Si me dices que estás buscando, a quien le tienes tanto miedo, podría ayudarte; todos lo haríamos, mamá, Jace, Alec…
- No mientas – La interrumpió con una amarga sonrisa - Alec me odia por culpa de Bane; si ni siquiera me habla, no me ayudaría.
- Alec no te odia – Suspiró Isabelle. Ella lo sabía con toda seguridad, Alec solo estaba dolido; y sabía que Alec también entendía la diferencia, pero Max no, por eso le había insistido en que hablara con Max. El menor bufó con incredulidad. – Escucha Max, sé lo mucho que te gusta leer - Él enarcó una ceja con un bufido despectivo, como si hubiese tomado un libro en años - Pero vuelve a intentar abrir esa vitrina y Jace te va a prohibir entrar otra vez en la biblioteca.
Max la miró y sin aviso previo tomó de nuevo la silla arrojándola contra la vitrina de manera desafiante; esta vez quitándose del camino para que la silla se hiciera añicos contra la baranda. Isabelle se acercó a él tomando al muchacho del brazo con firmeza.
- ¡No! ¡Suéltame! – Gritó jaloneándose, intentando sacársela de encima - ¡Será tu culpa! ¡Cada azote será tu culpa! – Isabelle se estremeció, pero no lo soltó, lo jaloneó escaleras abajo para llevarlo al despacho de Jace.
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Se dio paso en la Ciudad Silenciosa; como era de esperar había ya un hermano silencioso allí para recibirlo, el hermano Enoch. Ellos siempre parecían saber cuándo alguien quería entrar a ese lugar, y sinceramente Alec se preguntaba cómo era que Magnus había logrado entrar en más de una oportunidad sin ser visto. Sintió un agrio sabor en la boca al pensar en el brujo, ya no era solo enojo hacía él sino culpa cuando los besos de Sebastian seguían tan fresco en su piel.
Se sentía sumamente hipócrita, enojándose con Magnus por engañarlo con Max cuando él había estado antes con Sebastian, sintiéndose tan ofendido por el engaño del brujo cuando él en apenas una semana que llevaba fuera de la Ciudad Silenciosa, había vuelto con el rubio no una sino dos veces.
"Alexander Lightwood, no esperaba verte aquí por tu propia cuenta"
- Mejor por mi cuenta que por la de la Clave – Respondió él siendo sacado de sus cavilaciones – Vine a buscar a Maxxie- Dijo decidido.
El hermano silencioso estuvo en silencio por unos segundos antes de darse media vuelta y empezar a caminar para guiarlo a través de las oscuras escaleras. Alec se apresuró a seguirlo también en silencio intentando convencerse a sí mismo que lo que iba a hacer era lo correcto. Sabía que quizás estar a su lado era la posición más peligrosa en ese momento, pero con Sebastian sabiendo de Maxxie, no podía permitirse no estar cerca para protegerlo.
Fue guiado a través de los oscuros pasillos viendo las celdas con puertas de barrotes abiertas a ambos lados; no pudo evitar mirarlas con cierto temor, como si pensara que en cualquier momento el hermano silencioso podría empujarlo dentro de alguna dejándolo allí atrapado para siempre; quizás un miedo de su mente que sentía una culpa reciente.
Tu mente está inquieta Alexander – Le hizo ver – Habría pensado que la libertad te daría paz.
Respiró profundo intentando ver al frente y seguir caminando ignorando las celdas
- Las cosas eran más fáciles aquí adentro – Fue su respuesta. El hermano silencioso no dijo nada al respecto, en cambio giró en el siguiente pasillo que Alec finalmente reconoció, lo habían llevado por allí cuando Jace lo interrogó sobre Max hacía tan solo unos pocos días.
Pedí al hermano Jonas que avisará a Maximum, pero él se niega a verte.
- ¿Por qué? – Preguntó de inmediato confundido; el niño nunca se había negado a verlo.
Tendrás que preguntárselo tú- Fue lo último que escuchó antes de que el Hermano Silencioso se detuviera indicándole una de las celdas con puerta abierta; la habitación de Maxxie.
Alec asintió respirando profundo y entrando al lugar; su visión se había desacostumbrado ya a la oscuridad por lo que apenas podía ver la pequeña figura del pequeño sentado en la cama con la espalda apoyada a la pared y las rodillas abrazadas.
- Te crecieron los cuernos – Comentó Alec intentando romper el silencio; el niño no alzó la mirada ni dijo nada. Alec torció el gesto acercándose más a él – Maximum – Lo llamó, sintiendo que el corazón se le estrujaba al darse cuenta que el pequeño estaba sollozando – Maxxie - Insistió
- ¿Qué haces aquí? – Preguntó el pequeño entre hipidos. - No quiero que me visites.
- No vine a visitarte Max – Aseguró llegando hasta él y arrodillándose frente a la cama – Vine por ti.
- ¡No mientas! – Gritó entre lágrimas moviendo sus bracitos con fuerza; una negra ráfaga de magia golpeó a Alec contra la pared de la habitación, cayendo despatarrado al suelo. El Nefilim se sorprendió por esa demostración de magia – Dijiste que vendrías apenas te dejaran vivir arriba, pasó una semana y no viniste – Le acusó. Alec suspiró incorporándose intentando no quejarse por el dolor en su espalda.
- Las cosas están complicadas allá afuera – Admitió dudando un segundo antes de acercarse de nuevo con cautela – Pero vengo a buscarte, para que vivamos juntos como te prometí.
El niño alzó la mirada, sus ojos tan azules como el resto de su cuerpo, contenían algunas lágrimas; sin embargo, había cierta esperanza en ellos.
- ¿De verdad? ¿Viviré contigo y Magnum? – Alec se estremeció, Maxxie no sabía nada de lo que había pasado con Magnus, y sinceramente, no tenía por qué saberlo.
- Viviremos con mi familia – Dijo escueto – Al menos al principio, luego buscaremos una bonita casa y seremos nuestra propia familia.
- ¿Ser...familia? - Preguntó confundido. - ¿Cómo tener un papá? - Alec sintió una fuerte emoción al escuchar esa palabra de su boca y al hablar su voz tembló.
- Sí, yo… yo podría...si tú quieres...hacerme cargo de ti, como…como un papá – Maxxie lo miró pestañeando perplejo, y Alec por un momento tuvo miedo porque quizás el niño lo había preguntado por la confusión que le habían causado sus palabras y no porque realmente lo quisiera.
- Pero tú no pareces un papá – Dijo el pequeño confundido - Robert es un papá y es grande y gruñón - Alec sonrió afablemente, recordando con algo de tristeza que su padre era el único ejemplo que el niño había conocido en su vida.
- Hay papás de muchos tipos. – Explicó él intentando contener el nudo que se había formado en su pecho ante la perspectiva del rechazo – Pero no…no es obligatorio, si no quieres…
El niño guardó silencio por unos segundos, casi un minuto entero procesando lo que había dicho; Alec se retozó las manos, nervioso; quizás más de lo que había estado en toda su vida, incluso más que cuando esperaba una sentencia de muerte hacía cinco años. Finalmente escuchó la voz de Maxxie, susurrando para sí mismo.
- Tendré una familia – Parecía incrédulo- Una casa, y un papá – El corazón de Alec saltó al oírlo, asintiendo con una sonrisa - Y... ¿una mamá? – Preguntó ilusionado, la sonrisa de Alec desapareció al instante – Maryse es tu mamá… ¿Puedo tener una también?
- Yo…eh…no creo… quiero decir… creo que eso será más difícil…pero tendrás tíos y abuelos – Alegó intentando que no borrara esa sonrisa, Maxxie en cambio la amplió aún más.
- ¿Y un gato? – Siguió preguntando el pequeño sin amilanar su ánimo. Alec está vez asintió viendo como la alegría crecía en el pequeño que ya no parecía recordar su anterior tristeza.
- Adoptaremos un gato – Aceptó. Maxxie gritó de emoción saltando de su cama y aferrándose al cuello de Alec que lo abrazó de inmediato; sintiendo el alivio embargarlo: por un segundo había temido que el niño realmente no quisiera ir con él. Revolvió su cabello apresurándose en dejarlo sobre la cama y exclamar – Ponte un abrigo y toma lo que más te guste para llevárnoslo, enviaremos por el resto cuando vengan por mis cosas.
- ¡Si papá! – Gritó emocionado soltándose de Alec para correr de un lugar a otro de su habitación, buscando sus juguetes y ropas favoritos. Alec tardó un segundo en reponerse al escuchar esa palabra…
Papá
Sentía que el rostro le quedaba chico para la gran sonrisa que tenía. El corazón le latía a prisa ante la expectativa que crecía, como si acabara de lanzarse de cabeza a una nueva aventura y en comparación a los sentimientos que le habían embargado durante todo ese día, este era realmente vigorizante.
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Tessa entró a la posada con una bolsa con la cena y tres tazas de mate. El lugar era un sitio bastante hogareño y acogedor; sin embargo, bastante concurrido, por lo que le llamó la atención cuando pasó por el pequeño salón común, ver a Jem sentado en una vieja mecedora con una gran cantidad de papeles extendidos en una mesita frente a él.
Eso era raro, Jem era muy cuidadoso con la investigación que estaban llevando a cabo y prefería revisar los documentos en la pequeña mesa de la habitación, incluso a pesar de que tenían un inesperado inquilino desde hacía un par de días.
- Hace un calor del demonio – Se quejó ella acercándose a su pareja, quien alzó la mirada a prisa al escucharla
- Ya pronto nos iremos – Aseguró Jem, dejando los papeles que revisaba para acercarse a ella, recibiéndola con un casto beso mientras la ayudaba con las bolsas.
- Buenos Aires es bonita, tenía al menos tres décadas que no venía – Comentó; Jem recogió los documentos para colocar las bolsas también en la mesita; Tessa se sentó en un taburete a su lado mientras se abanicaba con la mano – Aunque la próxima vez lo haré en invierno – Aseguró entre risas; el hombre asiático también rio tomando su taza de mate para darle un trago - ¿Has encontrado algo? – Preguntó ella.
- Se han perdido muchos registros de inmigrantes europeos de la segunda guerra mundial – Lamentó él – Pero estoy casi seguro que se cambió el apellido a Garza durante unos años.
- Quizás salió del país con una identidad falsa – Sugirió ella.
- Eso creo – Admitió - Me ha costado seguirle el rastro, aunque en el viejo diario que encontramos se lamentaba constantemente por que su amada había inmigrado a Los Ángeles.
- ¿Crees que debamos volver? – Preguntó ella; Jem negó.
- Quiero confirmar primero que haya salido – Aseguró, la chica victoriana asintió; tenían ya semanas en una búsqueda minuciosa, siguiendo el rastro de alguien que literalmente no existía para la Clave, alguien por quien tanto ella como Jem se sentían unidos.
- Mañana volvemos a las oficinas de inmigración – Aseguró - Quizás Magnus pueda ayudarnos a conseguir información – dijo ella y agregó pensativa – Por cierto, ¿dónde está? ¿Por qué estás aquí afuera y no disfrutando del aire acondicionado?
Jem torció el gesto.
- Magnus ha estado…-Pareció pensarlo bien – Algo deprimido – Dijo finalmente. Tessa suspiró pesarosa, su amigo la había localizado hacía un par de días, le había contado lo ocurrido en New York con Alec, Max y Sebastian. Tessa le había pedido que se quedara con ella y Jem, era lo menos que podía hacer por Magnus que había estado en los momentos más oscuros de su vida.
Tessa volvió a incorporarse. Jem también se puso de pie tomando los documentos, ya que iban a comer mejor era guardarlos. Ambos se dirigieron a la habitación que habían estado ocupando, en el momento en que Tessa abrió la puerta, se escuchó desde el interior, el fuerte sonido de la música proveniente de una emisora de radio local puesta a todo volumen; la canción en español era acompañada por Magnus que cantaba a voz en cuello.
"Pero no puedo… Siento que muero
Me estoy ahogando sin tu amor"
- Al menos sabemos que el hechizo para insonorizar la habitación funciona bien – dijo ella perpleja.
"¡Como quisiera poder vivir sin aire!
¡Como quisiera calmar mi aflicción!
¡Como quisiera poder vivir sin agua!
Me encantaría robar tu corazón"
- Recibió un mensaje de fuego y salió en un portal – Explicó Jem – Desde que volvió hace como una hora, está así.
"Como quisiera lanzarte al olvido
Como quisiera guardarte en un cajón"
- ¿Qué decía? ¿Te dijo a dónde fue? – Jem se encogió de hombros.
"Como quisiera borrarte de un soplido
Me encantaría matar esta canción."
La canción terminó, Tessa suspiró escuchando al locutor dar la hora para luego comenzar con otra con un tono tan depresivo como la anterior, esta vez con la voz de una mujer. Magnus siguió cantando también esa, a voz en cuello.
- Deberías hablar con él – Sugirió Jem mientras escuchaban cada estrofa. Tessa asintió y Jem entró para guardar los documentos en una pequeña caja fuerte protegida con una runa.
"No voy a alzar la voz ni voy a hacer un show, porque no te mereces que pierda el control
No pienses que no duele no soy un robot, pero no voy a darte el gusto
De verme llorar no, no, de verme gritar"
Jem se volvió y vio a su pareja morderse el labio, seguramente considerando la situación, él suspiró tomando de vuelta su taza de mate y el recipiente de comida para llevar.
- Comeré afuera para que puedan hablar tranquilos.
- ¿No tiene nada que ver con su dulce voz?
"Hoy por hoy solo te puedo agradecer que me he quedado sola
Yo sé que hay algo bueno para mí, ya tú no estás de moda"
- Melodiosa – dijo en broma, besando a la castaña para luego salir y volver a la mecedora que había ocupado cuando ella llegó, no sin antes cerrar la puerta tras de sí evitando que el escándalo se siguiera escuchando en las zonas comunes de la posada.
"Ahorra tus excusas no hace falta ya
Si te vieron mis ojos ¿Qué vas a explicar?"
Tessa escuchó la voz de Magnus quebrarse en ese punto; sintió el corazón estrujársele ¿A dónde había ido Magnus?
"Ya no quiero escuchar una mentira más
No soy tonta ni estoy loca"
El brujo siguió cantando mientras Tessa atravesaba el lugar, era una habitación pequeña y modesta, o al menos lo había sido hasta que Magnus llegó un par de días atrás anexado mágicamente otra habitación para poder quedarse con ellos sin molestar, según sus propias palabras; y era de allí que se escuchaba su voz cantando con la radio.
Llamó a la puerta, pero el brujo no pareció escucharla; la canción terminó y rápidamente comenzó otra, Tessa maldijo al programa de radio y la emisora ¿Qué acaso no tenían ninguna canción alegre?
- Me quieren agitar, me incitan a gritar, soy como una roca palabras no me tocan
- Magnus – Insistió, llamándolo, mientras intentaba abrir la puerta; estaba cerrada con seguro.
- Adentro hay un volcán que pronto va a estallar…- Seguía Magnus sin responder - Yo quiero estar tranquilo.
- Magnus, traje de comer – dijo. Él la ignoró, ella podía escuchar que se movía en el interior de la habitación. Tessa suspiró volviendo a intentar, tocando más fuerte y alzando aún más la voz para hacerse escuchar por sobre el escándalo.
- ¡Y yo estoy aquí, borracho y loco…!
Tessa se sobresaltó al escuchar el sonido del vidrio hacerse añicos; dejó los intentos por llamar y susurró un rápido hechizo para abrir la puerta; Magnus estaba en el centro de la pequeña habitación vestido para salir, aunque descalzo, su abrigo de invierno estaba de cualquier forma sobre la cama.
- Y mi corazón idiota, siempre brillara…- De cerca, su voz se oía quebrada, tenía una botella de Wiskey en la mano y por lo visto había arrojado el vaso contra la pared.
- Magnus – Intentó llamar su atención.
- Y yo te amare, te amare por siempre…
- ¡BANE! – Gritó apagando la radio; el brujo se sobresaltó volviendo a verla.
- Si…mejor estaba Maná- dijo dándole un largo trago a su botella, quedaba poco más de un par de dedos de contenido – Fui…-Hipó - A varios conciertos en los 90's…creo. – Se volvió hacía la chica entornando los ojos al mirarla y sonrió de pronto ampliamente, de esa forma laxa que el alcohol causaba - ¡Tessa! – Exclamó emocionado tambaleándose peligrosamente; ella hizo un ademan de sujetarlo, pero él negó – ¡Jem, ya llegó Tessa! – Gritó dándole otro trago a la botella y tendiéndosela - ¿Quieres?
La cambiante tomó la botella solo para apartarla de sus manos y la dejó con cuidado en una mesita junto a la radio.
- ¿Qué pasó Magnus? – Preguntó en voz baja, casi maternal; no era la primera vez que veía a su amigo con el corazón roto y sabía que él la necesitaba o no la habría buscado desde un principio; pero incluso en esos tres días que tenía con ellos en Buenos Aires, no lo había visto sentirse tan miserable; le recordaba a ella misma cuando Will murió, y eso le aterraba porque Alexander estaba vivo, no quería imaginar cómo sería en cincuenta o sesenta años, e incluso menos, cuando eso no fuese así.
El brujo tomó de la cama una nota, un mensaje de fuego escrito con una letra hechizada para parecer impersonal y no ser reconocida
Busca a Alexander en el cementerio de Idris
- ¿Quién te lo envió? – Preguntó con el ceño fruncido.
- Que importa – Bufó haciendo un gesto con la mano para restarle importancia, tan brusco que casi se cae. Tessa lo sujetó a prisa – Soy un… idiota.
- Fuiste a buscarlo – No era una pregunta; ayudó a Magnus a sentarse en la cama y se arrodilló frente a él, tomando una de sus manos entre las suyas. Tenía los nudillos lastimados, sin duda por un momento de ira contra alguna superficie dura - ¿Volvieron a discutir?
Magnus negó, parecía querer hablar, pero lo que iba a decir era tan doloroso que le ahogaba la voz.
- Necesito otro trago – dijo finalmente chasqueando la mano libre, haciendo aparecer una nueva botella que se empinó de inmediato.
- Magnus – Dijo como una suave riña intentando volver a quitarle la botella, el brujo la sujetó más fuerte – Magnus, dámela por favor- Insistió. – Lo que sea que haya pasado, estoy segura que puede solucionarse, ustedes…
- ¡Estaba con Sebastian! – Dijo finalmente, Tessa soltó la botella por la sorpresa y él volvió a llevársela a la boca en un largo trago – Lo besaba…frente a su tumba… como si… - Otro trago – Quería matar a ese maldito demonio…pero no pude ni acercarme… solo me fui…- Volvió a beber - Yo mantuve esa maldita tumba…por cinco años Tessa…- Estaba tan enojado como dolido - Soy un idiota – Sentenció en un sollozo.
- Alec te ama Magnus – Dijo ella sin saber realmente que se suponía que debía decir – Quizás…Sebastian usó…
- ¡No digas que las pociones! – Estalló él – Alec lleva una semana encerrado en el instituto, Cat me lo dijo... es imposible que Sebastian pudiera…
- Quizás encontró una forma…
- ¡No lo hagas Tessa! – La interrumpió - Estoy harto de justificarlo con las pociones – Se soltó de ella incorporándose con precario equilibrio – Estoy harto…de que sea mi culpa. – Ella se apresuró a sujetarlo antes de que se callera y él soltó la botella para aferrarse a su amiga. La castaña se dejó llevar para guiarlo hasta sentarse ambos en el suelo, él escondía el rostro en su cuello y ella pudo sentir las cálidas lágrimas bañando su piel.
- No es tu culpa.
- Yo las hice – Sollozaba – Yo herí a Alec…con Max.
- Eso tampoco fue tu culpa – Insistió ella.
- ¿Pero porque Sebastian? – Sollozaba - ¿Por qué él que le hizo tanto daño? Nos lo hizo a todos.
Tessa no respondió, no tenía respuestas para eso; no podía entender a Alec, porque ella estaba segura de lo que había dicho: él amaba a Magnus.
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Respiró profundo para armarse de valor y entrar en la celda, su celda. Había vivido en ese lugar por cinco años y tal como había ocurrido en los primeros días, podía escuchar las voces de la ciudad silenciosa intentando atormentarle por medio de sus culpas más recientes.
¡Hipócrita!
El amante de Sebastian Morgentern
Alec negó, él no estaba definido por el rubio. Caminó hasta la cama, todas sus cosas seguían en la celda, con tantas cosas que habían ocurrido en esa semana, sus padres no habían podido enviar por sus pertenencias, pero seguramente lo harían en los próximos días.
Llegó hasta su cama, revuelta y aun con manchas de chocolate en las sabanas, de la última vez que estuvo allí acompañado de Maximum antes de ir a la vista en que fue liberado. Alzó la almohada, buscando entre la funda de la misma lo que había ido a buscar a esa celda. Sintió con sus dedos el roce frio de un pequeño aro de metal, Alec lo sacó observándolo: un anillo plateado con una "M" en el centro y un patrón de estrellas a ambos lados.
Sebastian le había preguntado si no tenía algo conque rastrearlo, y si lo tenía; estaba harto de ponerle las cosas fáciles al demonio: con ese anillo podía encargarse de él permitiendo que la Clave se pusiera un paso por delante de Sebastian, que pudieran planificar como detenerlo antes de que volviera a lastimar a alguien.
Alexander Morgenstern
Le dio vuelta al anillo entre sus dedos, dudando al subir la mano acercando el anillo al anular, deteniéndolo a solo unos centímetros y negando para sí mismo encerrando el anillo en su puño.
- No – Negó – Alexander Lightwood – Se reafirmó guardando el anillo en el bolsillo de su pantalón y dándose media vuelta dispuesto a salir de ahí; cuando algo más captó su mirada. Un libro con cubierta de cuero, sobre la mesa.
Alec dudó; la voz en su mente influencia de la Ciudad Silenciosa se arremolinaban en su cabeza cada vez más alto, tenía que irse de allí, no tenía ya el reloj que Magnus le había dado para protegerse de las voces; pero en lugar de eso caminó hacia la mesa tomando el libro en sus manos. Era un manuscrito que había leído al menos mil veces, que tenía incluso algunos dibujos que el brujo le había pedido a Clary que hiciera para él, y en su cubierta de cuero estaba grabado con la caligrafía de Magnus el título.
Las Crónicas de Magnus Bane
Sonrió con nostalgia al recordar cuando Magnus se lo había regalado, Magnus había vertido una parte de él en cada página, permitiéndole conocer mejor no solo su pasado sino su alma. Él agradecía cada uno de los regalos que Magnus le diera, le agradecería infinitamente haberlo protegido con el reloj, pero ese libro era el regalo más preciado que el brujo había podido darle.
- ¡Estoy listo! ¡Estoy listo! – El grito emocionado de Maxxie se escuchó por el pasillo. Alec se apresuró en limpiar las lágrimas, no se había dado cuenta en que momento las había derramado. Se volvió hacía el niño quien corría arrastrando consigo una funda de almohada usada a modo de saco, llena de las cosas del pequeño.
- Bien, entonces vamos a despedirnos – dijo sonriéndole, intentando que su voz se mantuviera amena.
Fue Bane quien te echó de su vida, y ahí vas tú corriendo tras él
Alec negó sacándose el viejo recuerdo de las palabras de Sebastian de la cabeza; salió de la celda llegando hasta el niño
- ¿Puedo guardar esto entre tus cosas? – Preguntó mostrando el libro, el niño asintió emocionado.
- ¿Solo llevaras eso? – Preguntó mientras Alec lo guardaba entre sus cosas.
- Te llevo a ti – Aseguró tomando al pequeño en brazos y dándole un sonoro beso en la mejilla – No necesito más nada – Aseguró. Tomó con la otra mano las cosas del pequeño y juntos se dirigieron al salón principal de la Ciudad de Hueso.
Habían pasado con los hermanos silenciosos para que Maxxie se despidiera; el niño había corrido por cada uno abrazándolos y gritando emocionado ¡Me voy con mi papá nuevo! Y Alec habría podido jurar que el Hermano Enoch se había despedido con una palmadita cariñosa en su cabeza.
"Me alegra que cumplieras tu promesa" - Le había dicho en su cabeza. Y Alec había asentido.
Había sido una escena bastante adorable y Alec sospechaba que la mayoría de los Hermanos Silenciosos habían estado aliviados de saber que el niño se marcharía, al menos hasta que este prometió que los visitaría seguido.
Mientras subían las escaleras hacía la salida de la Ciudad Silenciosa, Maxxie no había dejado de hacerle preguntas emocionados, sobre el exterior, sobre cómo sería lo que vería. Alec solo había reído pidiéndole paciencia, prometiéndole que le gustaría lo que vería.
-Cierra los ojos pequeño- Le pidió al niño justo antes de salir de la ciudad silenciosa; este así lo hizo. Afuera, en el cementerio de New York era ya de noche; Alec agradeció por eso, realmente no quería que la primera impresión del mundo para Max fuese el dolor de sus ojos por la luz.- Ábrelos muy lentamente- dijo luego de colocarle la mano libre sobre los ojos. El pequeño obedeció.
- ¡No veo nada! - Gritó alarmado; Alec rio separando poco a poco su mano, dejando que se fuese acostumbrando a la luz de las escasas bombillas del cementerio. - Vaya...esto es...oscuro y solitario - dijo con cierta decepción.
- Es de noche Maxxie – Le explicó con el pequeño en brazos y dejando la funda de almohada llena de cosas en el suelo para sacar de uno de sus bolsillos el celular que Jace le había comprado - Mira ese gran globo en el cielo, es la luna...y los puntos brillantes son miles de millones de estrellas. – Señaló, marcando a su parabatai.
El niño observó el cielo, con una exclamación maravillada; era hermoso, más de lo que solían describirle o de las fotos y dibujos que había visto.
Le habría gustado llevarlo a través de la ciudad, que pudiera ver las maravillas que New York tenía para ofrecer: los grandes edificios, las luces, las personas; pero Sebastian había dicho que lo estaban vigilando, lo más seguro era ir directamente al instituto donde pudiese tenerlo protegido.
- Jace…
"¿Alec? – Escuchó la voz de su parabatai - ¡Al fin! ¿Tienes idea de cuánto te has tardado?
- No me di cuenta.
"¿No te diste cuenta? ¡Por Raziel! Entre tú y Max van a volverme loco – Exclamó - Maryse no ha dejado de gritarme y…"
Alec lo escuchaba quejarse. Él también se había quejado esa misma tarde, de como lo habían llevado de una prisión a otra ¿Era eso lo que iba a hacer con Maxxie?
"Le diré a Clary que abra un portal para ir por ti de inmediato…"
- No, yo… tomaré un taxi – Dijo colgando la llamada antes de que su Parabatai pudiera replicar y apresurándose en tomar las cosas para salir del cementerio.
- ¡Nos está siguiendo! - Gritó Maxxie emocionado. Él se giró alarmado, quizás había tomado la decisión equivocada; pero sonrió aliviado al ver que el niño solo señalaba la luna.
- No nos sigue, es tan grande que está en todas partes – dijo y agregó al salir del cementerio y cruzar la esquina a donde la ciudad pudiera ser visible – Bienvenido a New York, Maximum.
El niño gritó de emoción al ver la ciudad; y Alec no pudo evitar pensar que si, había tomado la decisión correcta.
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El sol tenía poco de haberse ocultado en Buenos Aires, era una noche calurosa como la mayoría en la última semana; después de todo este era uno de los veranos más calurosos de los últimos años.
El Instituto, un edificio imponente con el viejo estilo de la época colonial modernizado a través de los años, parecía para los mundanos una vieja casona tan deteriorada que había sido objeto en más de una ocasión de peticiones de demolición a la alcaldía por miedo al riesgo de que se derrumbara en cualquier momento.
En algún punto, mientras lo observaba a una prudencial distancia, Sebastian se preguntó que excusas daba el gobierno para no hacerlo.
- Es hora – Susurró bajo, pero la horda de demonios a sus espaldas lo escucharon; no podía perder demasiado el tiempo o los Nefilims detectarían tanta concentración demoniaca.
Se acercó con paso decidido, los ejércitos demoniacos a su espalda parecían emocionados por la expectativa y la bruja encapuchada preparó su magia, cubriendo sus manos con fuego magenta, lista para profanar las salvaguardas del Instituto con magia negra, y permitir que estos pasaran en el momento en que Sebastian abriera las puertas.
El rubio sonrió con malicia, ya le había dado un mensaje a Alec, era hora de dejarle uno a La Clave.
Llegó hasta la puerta colocando la mano sobre el pomo dispuesto a abrirla como tantas veces lo hizo antes, aprovechando su parte angelical como ventaja contra los Nefilims; sin embargo, no solo no se abrió la puerta, el pomo grabado con la runa angelical quemó su mano en el instante en que la tocó.
Sebastian retiró la mano de inmediato, sin poder evitar la sorpresa y el desconcierto mientras observaba la silueta de la runa en su mano. Era obvio que su lado demoniaco se había fortalecido con su regreso, pero el instituto debía abrirse ante cualquier Nefilim, incluso él.
Volvió la mano para observar el dorso, la runa de visión estaba ya tan pálida que era poco más que una vieja cicatriz.
La puerta debía abrirse…a menos que al recuperar su cuerpo con la magia de Bane, este ya no fuera un cuerpo Nefilim.
- Vaya – Susurró - Esto es una complicación.
_OO_OO_
¿Qué les pareció? Este capítulo tiene muchas cosas; Sebastian y Seelie ¿Cuál de los dos ganará esa batalla de titanes? Por cierto, que el rubio no se esperaba el no poder entrar a los institutos, ser parte nefilim había sido una ventaja para él, a ver como se adapta a eso.
Me da cosa con Magnus y como sufre; aunque admito que lo de las canciones no pude evitarlo cuando mientras escribía la escena mi playlist reprodujo esas tres seguidas xD en orden fueron
Vivir sin aire – Maná
Ya tú no estás de moda – Isa Mebarak
Lamento boliviano – Los enanitos verdes
Como sea, es culpa de ustedes que él sufra, por pedirme más Sebalec… ¿Cómo se le ocurre a Alec ir al cementerio? Aunque bien que tenía que "cerrar" un ciclo con Jonathan, no es su culpa que Sebastian apareciera e hiciera trampa… por cierto que ¿Quién será esa misteriosa aliada de Bash que quiere hundir a Magnus?
Sobre Jem y Tessa, se supone que están en búsqueda del Herondale perdida; los que aún no leen TDA no se preocupen, no spoilearé al respecto, y los que ya saben quién es; eso de que su familia pasara una temporada en argentina en algun punto de la historia me lo invente xD
Oh y sobre Maxxie ¿Qué les pareció? A que fue adorable ¿Eh? Ahora Alec ya tienes a uno de tus hijitos; y al otro lo veremos en el próximo capítulo… oh si, Buenos Aires no es coincidencia ;) tendremos a Rafael y él cap se llamará "Tío Max"; la morita tendrá bastante parte en él; pero sorbre todo es hora de que Max entienda como son las cosas antes de que cometa un error.
Nos leemos pronto
Besos :3
