Holaa holaa! ¿Como están?
Espero que bien, especialmente aquellos que viven en México, Puerto Rico y las islas del Caribe que se han estado viendo afectados por las fuerzas de la naturaleza u.u Mucha fuerza a todos!
Respecto al cap, creo que Alec se ha ganado el disgusto de muchas, pero no toman en cuenta que su "momento" con Sebas en el cementerio estuvo influenciado por el "regalo" que el aliado de Sebastian le dio… en fin, espero que el nefilim estúpido pueda reivindicarse; agradezco a Guest, Hikari, Nina, Jaz y Noesis por sus comentarios y PM, y a los que dan fav y follow; contesto:
Guest: vaya… tu si que no quieres el Sebalec, y de pasada creo que ya ni a Alec o.o creo que es normal que cada quien jale hacia su bando, y no por eso signifique que está bien pero es obvio que especialmente Jace e Isabelle van a apoyar a Alec… por otro lado, Alec no está así porque Magnus "le fuese infiel" sino que aun está algo alterado porque "el otro" fuese su hermano, aunque eso no le justifica que no se siente a hablar y aclarar las cosas con Magnus. Espero te guste este capitulo, un beso :3
Hikari: el pirómano tiene planes más grandes ¿porque solo llegar en caballo y llevarse al príncipe cuando puede arrasar el mundo, llevarse también a la princesa y destruir a la reina?...solo digo :D es imposible que a alguien no le guste el pequeño Maxxi…y pues, ya entrará en historia también Rafael, a ver que tal n.n Un beso :3
Nina: oh bueno, error técnico xD supongo que eso me pasa por no leer la letra chiquita de los deseos xD jajajaja si, ya Alec es papá y en este capi ya empezaremos a ver un poquito del otro hijito que le falta n.n un beso :3
Jaz: Por como va todo, creo que el fics tendrá 30 capítulos al igual que Por Andarse de Cupido…o Sebastian, pobre pirómano incomprendido (?) jajaja me alegra que te gustase el cap, espero que este también te guste n.n un beso :3
Noesis:Más clara no pudiste ser jaja pero en el fondo Alec quiere a Magnus, solo tiene que empezar a pensar con claridad.
En fin, veamos que tal les va en este cap n.n
¡A leer!
Parte V: Guerra
No puedes salir ganando de la guerra más de lo que haces con un terremoto.
Jeanette Rankin
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Capítulo 19: Tío Max
Aquello a lo que tienes miedo, es una clara indicación de lo siguiente que tienes que hacer.
Anónimo
X.X.X.X
Iba a matarlo, le importaba un comino que asesinar a su parabatai fuese el mayor crimen que un Nefilim pueda cometer, lo mataría con sus propias manos. Había ido vía portal al cementerio de New York por Alec, esperaba poder alcanzarlo antes de que este se fuera y tomara un taxi, pero había sido tarde, no tenía rastro de su parabatai desde hacía casi una hora. ¿Cómo se le ocurría ponerse a dar un paseo con lo peligroso que era teniendo en cuenta la situación?
- ¡Es tu culpa! No debiste dejarlo salir solo – Maryse estaba de los nervios riñendo al rubio Herondale que se restregaba el rostro con frustración ¿Cómo iba a saber él que Alec, el sensato Alec, decidiría dejar de serlo justo ese día? Oh por supuesto, Alec había dejado de ser sensato desde la primera vez que salió a enfrentar a Sebastian solo, hacía cinco años.
- Ya avise a papá – dijo Isabelle – Intentara rastrearlo a través de su runa de ubicación – dijo- Pero no puede solo decirle a la Clave que perdimos a Alec, todo el asunto de Cossette está muy fresco.
- Quizás fue al loft de Magnus – Comentó Simon tomando la mano de Isabelle para tranquilizarla. Max que estaba sentado con mala cara luego de la riña que le habían montado por la escena en la biblioteca, chasqueó la lengua en reprobación.
- Magnus tiene una semana que no está en New York – dijo Jace.
- O tal vez volvió con Bash –dijo Max esperanzado, ganándose la mala mirada del resto.
- Ya debe estar por llegar, quizás solo se está tardando por el tráfico – Intervino Clary antes de que Jace le gritara al muchacho; como si lo hubiese invocado, el celular del rubio repicó y él contestó de inmediato.
- ¿Dónde demonios estás? – Preguntó sin rodeos. Isabelle y Maryse se apresuraron a él, incluso Max volvió la mirada interesado.
- Afuera del instituto…eh…¿Podrías salir a pagar el taxi?- Alec sonaba totalmente avergonzado - Olvide que no tengo dinero.
- Eres increíble…en serio tengo ganas de matarte – dijo sin poder evitar una sonrisa de alivio mientras colgaba la llamada e informaba al resto – Ya llegó, voy a pagar el taxi.
Una exhalación generalizada de alivio se escuchó en la sala. Max enarcó una ceja con cierto disgusto, aunque admitía que si Alec no estaba con Sebastian, prefería que estuviese ahí y no con Bane.
Isabelle se apresuró a escribirle un mensaje de fuego a su padre para informarle que Alec había aparecido, mientras lo hacía todos esperaban hasta que un par de minutos después el silencio fue roto: escucharon el infantil grito emocionado que se acercaba acompañado de pasos.
- ¡Waaaah! ¡Es genial! Mira, mira ¡Una armadura!
- ¿Ese es…? – Comenzó Maryse tan sorprendida como el resto de los presentes pero a diferencia de ellos, tenía una sonrisa. La mujer fue interrumpida por un pequeño niño azul que entró corriendo a la sala gritando de alegría.
- ¡Hola! – Dijo lleno de emoción - ¿Vieron la luna? ¡Nos siguió en el taxi todo el camino! ¡Un taxi! Íbamos rápido y todo se quedaba atrás y…
- Max… ¿Qué haces aquí? – Preguntó la mujer.
- Ustedes me tienen aquí – Gruñó el adolescente con molestia no dejando de mirar de reojo al niño de piel azul y pequeños cuernos de carnero.
- ¡Mi nuevo papá me trajo! – Gritó Maxxie emocionado al mismo tiempo.
- ¿Pa…pá? – Preguntó Isabelle confundida mirando a Alec quien acababa de entrar con una funda de almohada repleta de juguetes; a su lado Jace iba con los brazos cruzados y una expresión que dejaba claro que también esperaba explicaciones - ¿Te importaría explicarnos Alec? – Preguntó.
El ojos azules se rascó la cabeza con algo de vergüenza mientras Max corría de uno a uno de los presentes, abrazándolos a modo de saludo.
- Si yo…eh… Max va a vivir con nosotros y…
- Ya vivo aquí – Gruñó exasperado el adolescente justo cuando el pequeño brujito estuvo por abrazarlo, el criado por hadas lo detuvo con una mano en la cabeza, manteniéndolo apartado suyo - ¿Quién eres tú, brujo? – Preguntó a la defensiva.
- Soy Maximum… me puedes llamar Maxxie o Max– Se presentó él, la quijada de Maxwell se tensó ante esto último mirando al resto de su familia casi acusatoriamente. - ¿Y tú quién eres? No te había visto antes.
El criado por hadas se incorporó empujando en el proceso al niño que cayó al suelo sentado; Maxxie no tardó en empezar a llorar y Alec se apresuró hasta ellos enojado.
- ¿Qué demonios te pasa? – Preguntó apresurándose en tomar al niño en brazos y encarando a su hermano quien le devolvía la mirada desafiante.
- ¿De dónde sacaste a este brujo? ¿Te lo regaló Bane? – Preguntó enojado - ¿Por eso no me buscaron cuando Sebastian me dejó en Feéra? ¡Porque ya tenían un asqueroso brujo que me reemplazara!
El niño lloró más fuerte escondiendo su rostro lleno de lágrimas en el hombro de Alec. Clary podría jurar que de no estar cargando al niño, Alec habría golpeado a Max.
- ¡MAX! – Exclamó para sorpresa de todos, Maryse – No le hables así al niño – Max la miró sorprendido, hasta ahora Maryse era la única que no se enojaba con él, que no le gritaba pese a las cosas que hacía.
- Bien, como sea – Bufó – De todas formas pronto me iré de aquí – Gruñó empujando a Alec con el hombro al pasarle por un lado para salir de la sala; Jace lo tomó del brazo antes de que pudiera irse.
- Directo a tu habitación, si vuelves a la biblioteca tendrás problemas jovencito – Max se soltó de él con brusquedad balbuceando algunas palabras altisonantes y alejándose por el pasillo. - ¡Oh por Raziel! Ya sueno a ti, Maryse – Se lamentó el rubio pero la mujer no le hizo caso, veía a Alec quien intentaba calmar el llanto del pequeño brujito sin mucho éxito.
Maryse se acercó a ellos, pidiéndole con un gesto a Alec que le permitiera al pequeño; el ojos azules dudó pero finalmente se lo cedió, ella lo meció con cuidado cantando por lo bajo una suave nana francesa consiguiendo con esto su cometido.
- Así que…- Comenzó Isabelle mirando directamente a su hermano – Puedes empezar explicando cómo es que ahora soy tía.
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Tessa no estaba segura de cuánto tiempo pasó desde que entró a hablar con Magnus; había conseguido al menos que su amigo comiera un poco, no fueron más que un par de bocados pero era algo y le había contado que había visto a Alec y Sebastian en el cementerio de Idris. Luego de eso Magnus se había quedado dormido, ella lo había ayudado a cambiarse de ropa para meterlo en la cama con un pijama limpio y se había acostado a su lado dejando que el brujo la abrazara y abrazándolo de vuelta.
Ella sabía que Alexander amaba a Magnus, lo había visto; pero sabía también que el muchacho había llegado a sentir un fuerte cariño por Jonathan Morgenstern, se preguntaba si sería sensato intentar hablar con el chico Lightwood; pero si lo hacía ¿Qué esperaba escuchar?
Acarició el cabello de su amigo como un gesto maternal; le dolía verlo así, ella había esperado que Alec fuese para Magnus lo que había sido Will para ella, su gran amor.
- ¡Tessa! – La voz de Jem llamándola se dejó escuchar por la pequeña habitación.
…Uno de sus dos grandes amores – Corrigió a su pensamiento.
- Tessa – Volvió a llamar abriendo la puerta; la bruja estaba dispuesta a reñirlo porque iba a despertar a Magnus con el escándalo, pero al ver a su pareja en la puerta, guardando a prisa armas entre sus ropas, supo que algo malo había ocurrido.
- ¿Qué pasa? – Preguntó levantándose lo más rápido que podía sin despertar al brujo.
- Sebastian está atacando los alrededores del Instituto con un ejército de demonios – dijo él urgido – Está masacrando Nefilims y mundanos – Tessa se alarmó, tomando un par de dagas que él le tendía y una espada corta, mientras se daba prisa en calzarse los zapatos. Ninguno de los dos tenían equipo de caza Nefilim, y aunque habían decidido no mantener una vida de cazar demonios, habían vivido demasiado tiempo entre cazadores de sombras como para no tener armas consigo y estaban demasiado ligados a ellos como para hacer caso omiso a la situación – Magnus…
- Está bastante ebrio, sería un peligro para él mismo – dijo ella rápidamente, Jem asintió y ambos se dieron prisa en salir de la habitación y de la posada.
Afuera, las personas corrían despavoridas, en el centro de la ciudad se podía ver el fulgor anaranjado del fuego alzándose en la oscuridad desde diferentes puntos; los gritos y el caos estaba por doquier mientras ambos corrían hacía la batalla. Algunas personas iban a la par de ellos, Nefilims que vivía en otras partes de la ciudad, submundos aliados dispuestos a ayudar e incluso mundanos que gritaban por sus familiares intentando volver al caos para ayudarlos.
Jem golpeó con su viejo bastón un demonio Moloch cuando este se lanzó sobre ellos desde un tejado; la criatura calló al suelo, pero rápidamente se incorporó barriendo a Jem en el suelo. Tessa saltó con la espada corta atravesándolo antes de que pudiera hacerle daño a su pareja.
- ¿Acaso…usó una técnica para barrerme al suelo? – Preguntó Jem sorprendido tomando la mano de Tessa que lo ayudaba a incorporarse para seguir corriendo.
- Sebastian hizo su tarea entrenándolos – Respondió ella.
No fue fácil llegar al centro de la ciudad, los demonios se habían desplegado por las calles; y cuerpos humanos, Nefilims y mundanos, podían observarse regados por donde vieran. Había un par de brujos que se habían quedado en la batalla abriendo portales para intentar sacar a los sobrevivientes mientras que al menos una veintena de Nefilims luchaban encarecidamente intentando proteger su ciudad.
Ninguno de los dos victorianos dudó al adentrarse en la batalla; era claro que la Enclave de Buenos Aires tenía una buena relación con el submundo y se reflejaba en los hombres lobos, y vampiros que también intentaban ayudar.
El instituto estaba en llamas, llamas color magenta que iniciaban en la puerta principal abierta y se extendían por las paredes. Tessa vio horrorizada a un grupo de niños cazadores de sombras ninguno mayor de doce años, agazapados en las escalinatas de entrada al instituto, siendo protegidos por una mujer de piel morena y apariencia feroz, atrapados entre un grupo de demonios al frente y el instituto en llamas detrás.
No lo pensó; la cambiante corrió hacía ellos, atravesando con la espada corta un a demonio Kuri. No había visto a Sebastian aun pero no iba a esperar a que apareciera.
- ¡Camila! – Escuchó el grito de la mujer que defendía a los niños; un demonio la había superado atravesando con su aguijón el pecho de una niña de no más de ocho años. Tessa vio al mayor de todos, de unos once años, tomar del suelo un palo de madera atravesándole la espalda del demonio intentando salvar a la pequeña, pero era demasiado tarde.
Tomó su daga arrojándola para evitar que un segundo demonio superara a la mujer; estaba muy herida y uno de los niños pequeños, de unos seis años, no dejaba de llorar.
- ¡Saquémoslos de aquí! – Gritó Tessa en español, para llamar su atención, recuperando su daga del cuerpo del Kuri y tendiéndosela a la mujer; los brujos que hacían los portales estaban a una cuadra cruzando la esquina, solo tenían que llegar a donde los vieran para que les abrieran un portal.
-Pedro agarrá a tu primo Rafael – Exclamó la mujer sin ver a los niños, no podía quitar la mirada de su enfrentamiento a los demonios – Carmen, Paulina, no se separen…
- Pero Señora Sonia, Camila… – dijo una de las niñas viendo el cuerpo sin vida de la pequeña.
- Movéte – La apresuró el niño mayor, tomando en brazos al pequeño de seis años que no dejaba de llorar.
La mujer echó a correr contra la batalla cuchillo serafín en una mano y la daga de Tessa en la otra; los niños corrieron tras ella, con la bruja cambiante cerrándoles el paso para proteger la retaguardia. Los cuerpos sin vida se multiplicaban. Tessa tuvo que empujar a Paola para protegerla de un demonio Oni.
- ¡Papá! – Escuchó la voz de Rafael intentando soltarse de su primo al ver el cuerpo sin vida de su padre, pero Pedro lo sujetaba con fuerza, no sin dificultad- ¡Papá…!
Tessa quiso acercarse, pero tenía que volver primero con Carmen, recuperó a la pequeña viendo con angustia como Sonia se defendía de tres demonios a la vez, intentando proteger con su cuerpo a Rafael y al chico mayor. Necesitaban ayuda, pero todos luchaban sus propias batallas a duras penas. Por un segundo se preguntó por Jem, debía confiar en que estaba bien o no podría centrarse en la batalla.
- ¡Pedro…! - El grito de Carmen fue agudo; Tessa vio con horror como un demonio Mantis se acercaba por detrás de Sonia decapitando de un tajo a Pedro, el cuerpo calló sin vida al suelo cubriendo por completo de sangre al más pequeño, Rafael dejó de llorar, en cambio veía con los ojos abiertos de par en par, paralizado por la impresión, la cabeza de su primo rodando por la calle.
- ¡Hijo corré con Carmen! – Gritó la mujer conteniendo a los demonios ganándose un feo tajo que le hizo soltar su cuchillo serafín. El niño estaba completamente paralizado. Tessa jaloneó a las dos niñas hasta ellos, soltándolas para tomar al más pequeño con un brazo, las niñas se aferraron a su camisa para no separarse de ella – Salválos, Salválos – Le suplicó sin rendirse, con la daga sujeta en la mano funcional.
Por un segundo Tessa quiso correr hacía ella y ayudarla, pero podía ver la decisión en sus ojos, la determinación de morir si con eso lograba darle a los niños el tiempo que le hacía falta para escapar.
Un demonio le atravesó el abdomen con su pinza, pero Sonia no se dejó caer; lo apuñaló una y otra vez con su daga, rugiendo maldiciones con ira y las fuerzas de su último aliento, ante la mirada aterrada del pequeño niño que lo veía todo por sobre el hombro de Tessa. La cambiante sintió el triunfo al ver a los brujos de los portales, atacaban a los demonios para mantenerlos apartados mientras las personas cruzaban.
- Vaya, vaya, quien diría que encontraría rostros conocidos por aquí – Tessa sintió la sangre helársele, conocía esa voz a la perfección: Sebastian.
- Corran – Urgió en español a las pequeñas, entregándole a Rafael con Paulina y un cuchillo serafín a Carmen. Las niñas no esperaron ni un segundo, ambas corrieron a todo lo que podían hacia los portales mientras ella se giraba tomando de su cinto la última daga que le quedaba para enfrentar a Sebastian.- ¿Qué haces aquí Sebastian? Escuché que estabas en Idris – Le buscó conversación, tenía que distraerlo de los niños.
- ¿Quién te lo dijo? – Preguntó, y Tessa podía jurar que su expresión era de verdadera sorpresa – Ya veo, así que Bane también está aquí – dijo con cierto gusto.- Un poco dramático eso de atravesar el continente para poner distancia entre él y Alexander ¿Pero quién soy yo para juzgar? – Se burló.
- Nadie, solo eres un asesino – Escupió ella. Sebastian se encogió de hombros.
- Es más de lo que pueden decir muchos –Se ufanó- ¿Sabes que es lo más divertido de todo? De haberse quedado dentro del Instituto la Enclave todavía existiría – Se burló-... Pero los Nefilims tienen que creerse siempre los héroes, salvando mundanos
Tessa no le respondió, escuchó a Carmen gritar y se giró a prisa con el alma caída a los pies: un demonio Moloch se había lanzado sobre Paulina derribándola al suelo, Carmen blandía el cuchillo Serafín intentando defenderla, un hombre lobo y uno de los brujos se percataron de las dos niñas apresurándose en ayudarlas; pero de Rafael no había rastro, debió haberse soltado con la caída porque no podía verlo.
Un dolor punzante en su costado la hizo jadear, volviendo la mirada a Sebastian mientras escuchaba los gritos de Paulina llorando el nombre de Rafael, Tessa no tuvo tiempo de lamentarse por el pequeño, el golpe de Sebastian la derribó al suelo.
- Este es el problema cuando no prestas atención a la batalla – dijo él empuñando su espada hacía abajo, hacía ella – Créeme, lo sé por experiencia – dijo amargo y agregó – Pero no tienes por qué morir bruja, puedo usar tus habilidades a mi favor…
- Púdrete – Le escupió desafiante. Sebastian endureció su mirada dejando caer la espada, siendo interceptada por un bastón. Tessa rodó para salirse de la trayectoria de la espada, frente a ella estaba Jem, encarando a Sebastian; estaba bastante herido y había tenido que improvisar un vendaje en uno de sus brazos con un pedazo de la camisa, pero estaba totalmente dispuesto a seguir batallando para protegerla.
Un nuevo portal se abrió en medio de la calle, Sebastian lo observó rápidamente, viendo como docenas de Nefilims comenzaban a darse paso armas en mano, dispuestos a la batalla.
- La Clave llegó, yo me retiró – dijo él – Saluden a Bane de mi parte – Se burló tocando el anillo en su mano, desapareciendo al instante. Más no lo hicieron los demonios, sin embargo con la ayuda que había llegado los superaban en números.
Jem se apresuró a Tessa ayudándola a incorporarse; la castaña jadeó, aún tenía en el costado la daga que Sebastian le había arrojado.
- Vamos, necesitas que un brujo te cure- dijo él.
- El niño – Exclamó ella preocupada – El hombre lobo hizo cruzar a las niñas por el portal, pero Rafael…- Intentó caminar pero no pudo y cayó; Jem se apresuró en sujetarla, jadeando adolorido con su brazo herido.
- Necesitas ayuda…- Insistió él viendo como la cara de la bruja se volvía cada vez más pálida – Tessa… ¡Tessa! – La llamó al verla perder el conocimiento. Apretó los dientes para aguantar el dolor y cargarla en brazos, en busca de ayuda.
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Alec se restregó el rostro. Estaba en su cama apoyado contra el respaldo, la luz de la luna se filtraba por la ventana e iluminaba el rostro infantil y apacible del pequeño brujito que dormía despreocupado a su lado.
Le habían dado a Maxxie una habitación junto a la de Alec, pero el niño había tocado a su puerta poco después de que lo hubo acostado, en pijama y arrastrando la vieja cobija que se llevó de la Ciudad Silenciosa; y le preguntó a Alec si podía dormir con él porque su cuarto "es muy grande" y le hacía sentir extraño, aunque luego mencionó avergonzado algo de "las horribles sombras en la pared que entraban por la ventana"
Alec lo dejó pasar, era su primera noche como papá – la palabra lo hizo estremecer con nervios – bien podía dejarlo quedarse con él, ya tendría más días para explicarle que debía acostumbrarse a su habitación; además, no es como si en la Ciudad Silenciosa Maximum no se hubiese quedado con él en muchas oportunidades, en improvisados campamentos en el interior de su celda.
Como fuese, no era solo el niño pateándolo cada vez que se movía lo que le mantenía despierto haciéndolo suspirar de preocupación, sino el no haber recibido aún una respuesta de Magnus.
Estaba enojado, incluso furioso con él por todas las cosas que habían pasado; pero esa tarde, cuando Catarina llegó preocupada preguntando si alguno sabía de Magnus, diciendo, tan solo un par de horas después de que la Clave convocara a Jace y Clary para una reunión urgente porque Sebastian había atacado en Buenos Aires, que la última vez que supo de Bane, él estaba en la capital Argentina; solo pudo pensar en el pánico de que algo le hubiese ocurrido y había corrido a enviarle un mensaje de fuego.
Pero el brujo no había contestado, y con cada segundo la angustia y la preocupación solo crecían en él. Le había preguntado una y otra vez si estaba bien, pero no había recibido ningún mensaje de vuelta; y la incertidumbre comenzaba a hacerse insoportable porque ¿Y si estaba herido? Quería pensar que no, pero Magnus no era tan cruel como para no responderle incluso si seguía enojado por los moretes que Sebastian dejó en su cuello.
Se estremeció con desagrado al recordar eso, al recordar la escena en el cementerio. No había sido el deseo ciego e irrefrenable de las pociones de amor lo que había sentido; no, había sido un ofuscamiento total de su cerebro como si apenas pudiese pensar en algo más que en lo que ocurría y ni siquiera hacerlo con claridad.
Cuando finalmente había vuelto al instituto y en la privacidad de su habitación, había ido a su baño, metiéndose en la ducha como si quisiera ahogarse en el agua, restregándose el cuerpo en un infructuoso intento por borrar el recuerdo de los labios y el tacto de Sebastian, de decirse a sí mismo que todo eso había estado mal, aunque una pequeña y rebelde parte de su cabeza, le decía que por el contrario, se había sentido tan bien…
Quizás era esa parte insensata la que evitó que le entregara a Jace el anillo de Sebastian. Sin duda iba a usarlo para encontrarlo, y cuando lo hiciera le daría la información a Jace y La Clave de inmediato; pero darle el anillo era dar lo último que tenía de Jonathan; sin embargo tampoco quería quedárselo, pero aún no encontraba donde o con quien dejarlo, que aunque no honrase la memoria del chico de ojos verdes que no tuvo oportunidad de surgir por mucho tiempo, al menos la respetase.
Sintió a Maxxie removerse, alejándose hasta quedar acurrucado casi horizontalmente, dándole una patada en el estómago en el proceso. Alec aprovechó la oportunidad para incorporarse sin molestarlo. Debía haber pasado al menos una hora desde el último mensaje de fuego a Magnus, y con cada minuto el pecho se le encogía más y más ¿Y si le había pasado algo? ¿Y si estaba tan débil que no podía enviar un mensaje de fuego? ¿Y si Magnus necesitaba de su energía mientras él estaba allí, en New York, tan lejos del brujo? No es como si Magnus no pudiese conseguirla de cualquier otra persona; más bien era, y lo sabía, la idea egoísta de sentirse necesitado por el brujo de alguna forma a pesar de la situación en que su relación se encontraba actualmente.
Tomó una nueva hoja de su escritorio y un bolígrafo y escribió:
Magnus por favor…solo dime que estás bien…o dime algo, lo que sea…
- Alec
Trazó una runa y el mensaje ardió; Alec lo miró quemarse, luego solo miró al vacío esperando una respuesta. No supo cuánto se quedó así, solo que respingó asustado al escuchar el ruido sordo de un cuerpo cayendo al suelo, y de inmediato el llanto de un niño. Volteó rápidamente viendo a un confundido Maxxie llorar enredado con su cobija en el suelo, debido al golpazo que se dio al caer de la cama.
Se apresuró al niño, tomándolo en brazos. Maxxie se acurrucó contra su pecho de inmediato, balbuceando entre lágrimas.
- Está bien Max…ya pasó – Le susurró acariciándole con cariño el cabello para disponerse a devolverlo a la cama. Maxxie se aferró a su cuello.
Se acostó en la cama con él, dejando que el pequeño lo usara como almohada. La verdad no sabía si Magnus aun lo necesitaba de alguna forma, esperaba que sí; pero sin duda había otro brujo que sí necesitaba de él.
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Lo miró de reojo mientras entraba y salía de la biblioteca una y otra vez; Max estaba recostado a la pareddel pasillo y podía escuchar aun ahí los gritos emocionados del niño desde el interior, para segundos después ver al pequeño brujo de piel azul salir de la biblioteca con algún nuevo libro en mano y correr hasta el salón de estar al lado donde Simon, Isabelle y Alec discutían sobre algo referente a Bane, o eso creía, el brujo era de lo único que Alec hablaba desde que se supo de la presencia de Bash en Argentina hacía dos días;de Jace y Clary lo último que supo fue que habían sido convocados a Alacante luego del ataque como al resto de los directores de Instituto y desde entonces no volvían; pero volviendo a Maxxie, el niño se tiraba sobre un sillón y ojeaba rápidamente los dibujos antes de soltarlo y volver a la biblioteca por más.
Max bufó al verlo entrar a la biblioteca por cuarta o quinta vez; era absurdo, apostaba lo que fuese a que ese niño ni siquiera sabía leer e incluso así lo dejaban hacer lo que quisiera a sus anchas mientras que a él le regulaban la entrada a la biblioteca y lo vigilaban cuando lo hacía.
- ¡Increíble! – Gritaba el azul. Max bufó con aun más molestia, era obvio que ese Max usurpador era el favorito en el instituto, se había dado cuenta desde que Alec lo llevó un par de noches atrás: Maryse había corrido a la mañana siguiente a prepararle lo que quisiera para un desayuno especial y darle la bienvenida; y aun no olvidaba como se había puesto en contra suya por él.
No le gustaba ese niño. Él tenía años siendo el menor, el consentido, por los Lightwood, por Alec y Sebastian, por Kaelie y cientos de hadas; no iba a permitir que un brujo recién llegado le robara su nombre, a Alec, y de paso a su familia.
- ¿Me lees un cuento? – Max se sobresaltó, el pequeño lo había evitado luego de que lo empujara hacía dos días cuando llegó al instituto, y sin embargo ahí estaba, picándole el estómago con un enorme libro. Max iba a replicar pero en su lugar se fijó en el ejemplar arrebatándoselo de las manos.
- ¿De dóndelo sacaste? – Gruñó. Tenía vagos recuerdos de ese libro enorme.
- Maryse está allá adentro – Dijo señalando la puerta de la biblioteca – Ella me lo dio – Le sonrió ampliamente – Dijo que te leía esos cuentos cuando tenías mi edad y que aprendiste a leer con él y… ¿Me enseñas?
Su pregunta ahogó la queja que nacía en la garganta del mayor quien solo lo miró con desconcierto.
- ¿Yo? – Maxxie asintió emocionado.
- Ya se las letras – Presumió – Me enseñó Alec…digo papá – Se corrigió. Max bufó en desacuerdo pero no dijo nada. Su hermano tenía esa absurda idea de adoptar al niño brujo, una que los Lightwood no parecían dispuestos a contravenir y que a él no le gustaba en lo absoluto porque cuando volvieran con Sebastian no se lo iban a llevar, no iba a dejar que el azul arruinara todo y le quitase también la atención de Bash.
- ¿Que te hace pensar que quiero enseñarte? – Preguntó aunque ya abría el libro para ojearlo.
- Tía Isabelle dijo que también eres mi tío y debemos llevarnos bien – dijo él.
- No soy tu tío – Masculló Max apenas prestándole atención mientras paraba las paginas, no recordaba cuando fue la última vez que abrió un libro.
A él le habían encantado, había amado leer todo lo que llegara a sus manos y eran los mangas sus favoritos… antes. En Feéra todo cambió, las historias se declamaban o se cantaban, no se escribían y cuando hacerlo era necesario porque el conocimiento así lo requería, se hacía en idioma Feerie. Eran pocas las hadas que sabían leer o escribir algún idioma mundano, la Reina sabía, Kaelie también al igual que otras que vivían constantemente fuera del reino; pero él pocas veces había salido de Feéra hasta que fue dado a New York, y en tierras Fey la lectura era tan inútil como consideraban los mundanos una ramita seca en el bosque: solo servía para ser ignorado.
Observó los dibujos del libro, grandiosas expresiones graficas de las escenas épicas que narraba. Pasó la página, recordaba a su madre… a Maryse leyendole cada noche antes de dormir cuando tení años, historias fantásticas de cazadores de sombras que viajaban a tierras extrañas enfrentando terribles peligros, algunos para salvar el mundo, otros para salvar a sus amadas. Había uno, su favorito, que trataba sobre una Nefilim tan hermosa que un demonio la confundía con un hada y ella se aprovechaba de eso para vivir una fantástica aventura en una ciudaddemoniaca… ¿O había sido para destruir la ciudaddemoniaca?
Realmente no lo recordaba; observó el dibujo de la Nefilim: la fineza de los rasgos con que la dibujaron le recordaba a una Pixie, quizás la historia estaba basada en alguna Nefilim mestiza o…
- ¿Me lo leerás? – Insistió el brujito con los ojos muy abiertos y esperanzados.
Recordaba que fue el primer cuento que leyó solo, y realmente le gustaría volver a leerlo, recordar a detalle de lo que trataba. Observó la siguiente página donde comenzaba la narrativa. La fuente de la letra le daba un aire de antigüedad épica; cientos y cientos de letras una junto a otra formando palabras y estas oraciones.
Observó al niño que esperaba expectante y luego de nuevo a las letras; sintió como comenzaban a darle vueltas. Le devolvió el libro al pequeño quizás con más fuerza de la necesaria golpeándole el pecho.
- No me molestes – Gruñó dándose media vuelta y marchándose a prisa. El niño abrazó el libro con una mirada decaída, dispuesto a volver al salón de estar para ver los dibujos ya desanimado, sorprendiéndose al ver que Alec e Isabelle estaban en la puerta observando.
- No entiendo – Balbuceó acercándose - ¿Por qué no le agrado? – Alec tomó al pequeño en brazos.
- Por supuesto que le agradas: eres la morita más linda del mundo – Aseguró Izzy revolviéndole el cabello – Estoy segura que lo siente pero Max no sabe cómo pedir disculpas – No se dirigía solo al niño. Alec desvió la mirada pero Maxxie frunció el ceño.
- Es tonto, solo debe decirlo – dijo con un puchero.
- Y si lo hace ¿Aceptarías sus disculpas? – Le preguntó; el niño asintió con una sonrisa e Isabelle volvió a alborotarle el cabello para luego ver a Alec con una expresión mucho más seria - ¿Y tú?
- Isabelle no es el momento para esto – La retó; ella bufó.
- No puedes seguir evitando a Max, Alec – Insistió; el niño los miró confundido – Ustedes deben hablarlo.
- Lo único que tengo que hacer ahorita es averiguar porque Magnus no contesta los mensajes; asegurar que esté bien.
- ¿Le pasó algo a Magnus? – Preguntó el niño alarmado.
- No por supuesto que no – Exclamó Alec de inmediato. Isabelle volvió a bufar tomando el libro de las manos del niño.
- ¿Maxxie qué tal si entras para que Simon te lea el cuento? – Ofreció. El niño dudó un segundo, asintiendo finalmente emocionado. Alec lo dejó de nuevo en el suelo para que pudiera entrar al salón dejándolo solo con su hermana – Alec, Max está celoso de Maxxie – Aseguró – Ya es suficientemente complicado todo lo que siente por nosotros pero él cree que lo cambiamos…que tú lo cambiaste por otro Max.
- Eso es absurdo – Dijo algo testarudo, aunque debía admitir que él también había notado ese comportamiento raro por parte de su hermano. Se mordió el labio con duda – No sé si estoy listo para hablar con él – Admitió.
- ¿Pero si lo estás para enviarle cientos de cartas a Magnus?
- Es diferente - Se excusó después de todo había algo que no se había atrevido a contarle a su familia: Max había participado con Sebastian en el asesinato de Cossette y lo había inculpado - Magnus puede estar en peligro y…
- Entiendo que estás preocupado por Magnus – Aceptó ella con un suspiro – Lo que digo es que Max no es el único que te engañó, y si vas a volver a hablarle a Bane, Max también lo merece, no lo olvides.
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La ciudad estaba vuelta un caos, mundanos, Nefilims y submundos por igual rebuscaban entre los escombros cuerpos o sobrevivientes, o ayudando a limpiar el lugar para empezar con la recuperación de los espacios.
Por todos lados se escuchaban los gritos angustiados de personas llamando a otras, familiares o amigos; en ocasiones, cuando los encontraban vivos se oían los gritos de júbilo y oraciones al cielo pero era más común el llanto de dolor cuando solo encontraban los cuerpos desfigurados.
La versión oficial para los mundanos había sido un atentado terrorista, y Magnus sabía que no estaban muy lejos de la realidad: no podía darle otro nombre a lo que Sebastian había hecho; antes él arrasaba con los institutos e instituciones del submundo sin piedad pero era la primera vez que atacaba también a los desprotegidos mundanos de esa forma, masacrándolos sin oportunidad a defenderse con un ejército de demonios y acabando con la enclave en el proceso.
El ataque había ocurrido hacía ya dos días; Magnus recordaba haber despertado con una resaca del demonio y el corazón roto por el despecho; pero no pudo padecerlos, había sido el grito desesperado de Jem lo que le despertó y al ver a Tessa inconsciente y pálida en sus brazos con el profuso sangrado en el abdomen, el brujo había olvidado cualquier malestar.
La había curado mientras Jem le contaba lo que había ocurrido. En primera instancia Magnus se sintió enojar consigo mismo por no haber estado bien para ayudar a sus amigos en la batalla y, debía admitirlo, para tener una excusa por la cual patearle el trasero a Sebastian; pero luego, cuando tuvo que salir al mercado de sombras por ingredientes para la poción rehabilitadora para Tessa, y vio el nivel de destrucción, solo pudo sentir un odio tan intenso, que por primera vez no tenía nada que ver con la situación con Alec sino con todos esos inocentes que la ciudad había perdido.
Había estado ayudando desde entonces: mover escombros, rescatar atrapados, rastrear desaparecidos, curar heridos, recuperar cuerpos. No había evitado que eso ocurriera, pero podía ayudar ahora.
- Ahora Magnus, levantá los escombros – Le gritó en español una mujer del cuerpo de bomberos. Magnus asintió haciendo que sus ojos y manos resplandecieran en chispeante azul para luego hacer levitar un edificio de tres pisos a medio caer.
La Clave había tenido que admitir que la situación en Buenos Aires era excepcional y mantener el submundo en secreto había pasado a un segundo plano; habían colocado algunos glamoures para que los hombres lobos en su forma animal se vieran como perros de rastreo y los brujos y vampiros que levantaban grandes escombros parecieran operadores de grúas, pero eso había sido al principio; todos estaban tan cansados que mantener un glamour no era la prioridadde ningún brujo, muchos mundanos habían gritado de miedo cuando los glamoures empezaron a caer. Ya luego la Clave se encargaría de modificar sus recuerdos cuando todo hubiese pasado.
Un hombre lobo y un par de bomberos mundanos aprovecharon para introducirse en el lugar y sacar un grupo de niños atrapados que lloraban sin consuelo. En la parte externa un hombre hada y una joven Nefilim italiana enviada desde Idris a ayudar, alzaban a los niños para sacarlos del agujero y ponerlos a salvo donde un par de bomberos más y paramédicos los recibían con mantas.
Magnus contuvo el aliento por un segundo: desde que Tessa había vuelto en sí, había hablado de un niño llamado Rafael, al que había intentado proteger y perdido; la bruja se sentía culpable y quería saber que había pasado con él. Pero los pequeños que el hada ayudaba a sacar eran rubios, hermanos a juzgar por su parecido entre sí, y no se parecían en nada al chiquillo de piel tostada que su amiga le había descrito.
Quería encontrarlo, para que su amiga estuviese tranquila pero quería también que Tessa entendiera que el chico probablemente estaría muerto; que no podía lamentarse por lo que no logró cuando de no ser por ella ni siquiera las dos pequeñas que escaparon se habrían salvado.
Mantuvo el hechizo lo más que pudo, se sentía agotado física, mental y mágicamente. No recordaba cuando fue la última vez que se sentó a descansar o comer; no había tenido tiempo siquiera de leer la mitadde los mensajes de fuego que recibía por parte de Alec desde hacía dos noches, ni que decir de responderlos.
Con el primer mensaje Magnus se había enojado: si Alec tanto quería saber cómo estaban las cosas en Buenos Aires que le preguntara a su querido Sebastian, pero el ojos azules le había demostrado, enviándole prácticamente un mensaje al menos un par de veces cada hora que realmente estaba preocupado por él, quizás ahora que terminara ahí, podría tomarse unos quince minutos para escribir a New York y…
La estructura se tambaleó, Magnus se apresuró en sostenerla con su magia, una de sus manos estirada fija en dirección al edificio mientras que la otra se movía de un lugar a otro; cualquier pensamiento sobre Alec había desaparecido: si el hechizo cedía sepultaría vivo a todos los que aún estaban allí abajo. Sus labios se movían a prisa recitando hechizos en Centhoniam.
- Es el último – Exclamó la Nefilim aliviada sacando al mayor de los pequeños. Magnus sentía la tensión en todos sus músculos, mientras veía casi como si fuera cámara lenta como ahora el hombre lobo y los dos bomberos empezaban a salir. No supo en que momento su hechizo se convirtió en una plegaria al cielo para resistir un par de minutos más y no aplastar a todos.
- Podés bajarlo – Gritó la mujer bombero al estar todos a una distancia prudencial. Magnus no siguió resistiendo, soltó la estructura casi como si cortara una imaginaria cuerda, y esta calló con un fuerte estruendo levantando una nube de polvo que los cubrió por completo. El brujo cayó de rodillas – ¿Che, estás bien?
- Necesito…descansar unos minutos – Dijo haciendo una seña para que los paramédicosno fueran por él sino que se encargaran de los niños; estos dudaron, pero dejaron al brujo.
- Tú, llévalo con los otros brujos para que le ayuden ¿Capisci? – Ordenó la Nefilim al hombre lobo, este parecía dispuesto a replicarle con alguna grosería, era obvio que la chica no vivía en un instituto: no tenía ni idea de cómo tratar a un submundo.
- No soy tu perro faldero – Gruñó el lobo, pero aun así se acercó a Magnus agarrándolo de la cintura y un brazo para ayudarlo a ponerlo de pie – ¿Por Lilith, desde cuando no descansas brujo? – Preguntó mientras lo ayudaba a caminar.
- Estoy bien – Refunfuñó Magnus, él había ido a ayudar, no a que lo ayudaran.
- Si te desmayas le quitaras un lugar en el hospital a alguien que de verdad lo necesita – Lo riñó. Magnus masculló algo pero no fue entendible y en cambio se dejó llevar; sorprendiéndose cuando vio hacía donde lo dirigía: los brujos habían hecho una especie de campamento frente al instituto o lo que quedaba de él, el lugar ahora si parecía realmente un edificio a punto de derrumbarse, toda la estructura se había quemado en fuego mágico. Los Nefilims lo habían revisado rápidamente buscando algún sobreviviente, pero al no encontrar a nadie no habían vuelto a entrar: temían que cediera en cualquier momento.
El hombre lobo dejó a Magnus en el pequeño campamento y se retiró volviendo a la ayuda. Magnus quedó allí sentado un par de minutos antes de que notaran su presencia: en ese lugar los brujos atendían a los heridos de mayor gravedad, intentaban estabilizarlos antes de enviarlos a los hospitales intentado darles así una mejor oportunidad.
Intentó ponerse de pie, era absurdo estar ahí; estaba quitándole la camilla a alguien más de que la necesitara de verdad.
- No seas tonto, quédate ahí y tomate esto – Tessa llegó hasta él colocándole rápidamente un tarro con una poción chispeante. La cambiante había decidido quedarse allí para ayudar: había estado muchos años en el laberinto espiral aprendiendo de la magia, sabía mucho sobre curar, quizás ni la mitadde lo que alguien como Catarina podría saber, pero sí lo bastante para dar sugerencias en un par de ocasiones.
- Estoy bien – Dijo testarudo.
- No has descansado desde que me curaste – Lo riñó – Toma, come un poco – Le puso un trozo de pan en las manos.
- ¿Dónde está Jem? – Preguntó, dándole un mordisco al pan; debía admitir que estaba hambriento y bastante sediento. El pan estaba duro y su boca seca, por lo que tomó de la poción energizante para ayudarse a pasarlo.
- Lo enviaron con un grupo de niños al albergue provisional que montaron al otro lado de la ciudad – Revisó su reloj de muñeca y agregó – Debe estar ya por volver, Jem quería hacer una lista de cada niño en cada albergue para colocarla en varios puntos de la ciudad para que sus familiares puedan encontrarlos.
- Puedo ayudar con eso – Aseguró dejando el pan en la camilla a su lado y dispuesto a levantarse. Tessa lo detuvo con una mano en su hombro.
- No seas testarudo – Lo regañó – No ayudaras en nada si caes desmayado – Magnus dejó que lo volviera a sentar y se restregó el rostro, ella tenía razón igual que la tenía el hombre lobo pero no era fácil quedarse quieto cuando justo en la acera de enfrente un grupo de bomberos enfilaban los cuerpos sin vida que habían recolectado, esperando traslado para las diferentes morgues; eran personas de todas las edades, de todas la especies, cuerpos quemados, atravesados, aplastados, decapitados…eran demasiados.
Magnus vio entre las personas que iban y venían a un pequeño niño de piel canela que se paró frente a los cuerpos; estaba sucio y harapiento, pero en ese momento ¿Quién no lo estaba? El niño de frente a Magnus, veía los cuerpos, y el brujo podía jurar que sus ojos, muy abiertos y acuosos estaban fijos sobre el cuerpo de una mujer con runas.
Sintió como se le partía el corazón, esa no era la imagen que un niño debiera tener grabada en su cabeza, no era el tipo de recuerdos que nadie quisiera pero eran del tipo que no se borrarían nunca. Chasqueó sus dedos haciendo que sábanas blancas cubrieran los cuerpos, ocultando la horrible visión del pequeño quien desconcertado miró en todas direcciones hasta posar sus ojos café sobre Magnus de forma acusadora, como si le dijera "Sé que fuiste tú quien los cubrió".
Una fuerte llamarada de fuego negro apareció frente a Magnus casi llegando hasta el techo del campamento; la camilla junto a Magnus se prendió en fuego y un brujo con piernas de carnero se apresuró en apagarlo mascullando una maldición.
Magnus tomó el mensaje de fuego chamuscado, sabiendo perfectamente quien se lo había enviado: solo Maxxie quemaba media ciudad en sus intentos de comunicarse. Sin embargo no lo abrió de inmediato, en su lugar veía al niño de la acera de enfrente.
Magnus sintió el corazón volcársele; la expresión del pequeño había mutado: el miedo con que veía a Magnus era perturbador, sus ojitos café se posaban sobre los ojos de gato del brujo, en la cama que se había incendiado, y luego a uno de los cuerpos cubiertos, uno que estaba quemado; señalando a Magnus con pánico y mirando a la gente su alrededor como si buscara que alguien lo notara. Vio como respingó del susto cuando vio pasarle por un lado a una hada verde con grandes ramas saliéndole de la cabeza. Era un niño con la visión, sin duda no la mejor habilidad en un momento de tanto caos y confusión.
- ¡Magnus, deja de hacer magia! Estás débil- La riña lo trajo de vuelta a Tessa; la castaña estaba enojada e ignoraba lo que él veía - ¡Pudiste quemar a alguien!
- ¡No fui yo! – Exclamó de inmediato.
- Hablo en serio o le pediré a alguien que te envíen en portal a New York – Lo amenazó, volviendo a prisa por el campamento para atender a una chica a la que traían con una pierna totalmente quemada.
Magnus suspiró tomando el tarro con la poción para tomársela, buscando con sus ojos al pequeño, pero este ya no estaba a la vista. El brujo se desconcertó ¿A dónde había ido? No lo pensó demasiado y observó la nota: reconocía la letra de Seamus:
Escribo este mensaje literalmente como me lo dictaron… quizás te lleves una sorpresita
Algo en las palabras del diurno le hizo fruncir el ceño con desconfianza, casi podía imaginar a Sheryl riendo mientras escribía, como fuera siguió leyendo:
"Magnum, papá está preocupado, tía Isabelle dice que están enojados pero él está triste porque no contestas y yo también ¿Estás bien? – Maxxie"
Magnus se ahogó con la poción ¿Tía Isabelle? ¿PAPÁ? ¿¡Que carajos!?
El brujo observó al resto de las personas en el campamento; los otros brujos no le ponían demasiada atención y Tessa estaba ocupada con la chica de la pierna por lo que se apresuró en chasquear los dedos haciendo aparecer papel y un bolígrafo.
Estoy bien morita, ayudando a las personas…dile a Alec que cuando vuelva a New York hablaremos.
Observó el mensaje por un segundo ¿Hablarían? Seguía herido, enojado…pero había visto a tantas personas en los últimos dos días perdiendo a sus seres amados, rogando al cielo por una oportunidad más para hablarles, que se sentía incorrecto solo dejar las cosas como estaban; había visto tanto dolor que Sebastian había causado que no se perdonaría dejar que Alec cayera de nuevo en eso sin hacer algo al respecto.
Y si…tenían que hablar sobre papá.
Chasqueó los dedos haciendo que el mensaje de fuego se quemara y desapareciera.
- ¡MAGNUS! – Lo riñó Tessa al notarlo.
- ¡Estoy comiendo, estoy comiendo! – Exclamó de inmediato buscando con la mano la pieza de pan que dejó sobre su cama; pero no lo encontró. El brujo se mostró confundido volviendo la mirada buscándolo: no estaba en la cama. Se desconcertó agachándose para buscar bajo la cama por si se había caído pero no había rastro del pan, más pudo ver un poco más allá al mismo pequeño niño agazapado contra los escalones del instituto con la pieza de pan en las manos comiéndola a prisa como si fuese un pequeño ratoncito hambriento.
Se desconcertó ¿Acaso lo habían robado y no se había dado cuenta?
El niño debió sentir su mirada porque alzó el rostro y sus ojos se conectaron por segunda vez. Se puso de pie, dispuesto a ir por el pequeño; no iba a reñirlo ni mucho menos, pero tenía que llevarlo por ayuda, darle algo más de comer y llevarlo a uno de los albergues para que su familia pudiera encontrarlo.
- Maldición Bane, quédate ahí hasta que te tomes toda la poción – Le gruñó Tessa llegando hasta él y obligándolo a quedarse sentado – Y después te vas directo a la posada a dormir.
- Tessa, el niño – dijo negando con la cabeza y señalando en dirección a las escalinatas del instituto.
- ¿Cuál niño? – Preguntó ella volviendo la mirada; Magnus también volteó pero no había nadie; las escalinatas estaban vacías.
- Me pareció ver… - Se mostró confundido buscando en todas las direcciones, pero no había rastro del pequeño – Olvídalo – Suspiró - ¿Tienes más pan?
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La biblioteca estaba oscura, los libros de las estanterías no podían apreciarse, sin embargo él los ignoró y caminó directo al segundo piso donde estaba lo que buscaba, donde una vitrina con objetos resplandecía con luz intensa. Max la observó con anhelo: tenía más de una semana desde que prometió a Kaelie que la conseguiría para la reina Seelie "Lo más pronto posible"
- Has estado perdiendo demasiado el tiempo
- Le pusieron protecciones de bruja – Se excusó él ante la acusación de la figura rubia que salió de entre las sombras; Sebastian lo miraba con disgusto.
- Entonces busca un brujo que lo saque – Dijo exasperado.
- ¿Quién? – Preguntó
- Se te está acabando el tiempo con la diadema Well – dijo Sebastian volviéndose a la vitrina y aplaudiendo, una pequeña llamarada de fuego negro apareció y la vitrina abrió. – Y si la Reina se enoja por no ser coronada…- Tomó la diadema colocándola sobre su propia cabeza rubia antes de volverse a él - No podré ayudarte.
- Aun cuando la obtenga, no tengo como hacérsela llegar, no puedo salir del instituto.
- Si podrás…podrán ambos- Aseguró sin lugar a dudas. Max iba a replicar cuando las luces de la biblioteca se encendieron de golpe; el joven criado por hadas cerró los ojos totalmente encandilado
Max...-Escuchó que lo llamaban, era la voz de Sebastian, pero había algo diferente en ella, él solía llamarlo Well, como las hadas – No saques la diadema del instituto
- ¿Qué? – Preguntó de inmediato sin entender, abriendo los ojos con cuidado, pudo ver al rubio de espaldas a él, vestía de blanco, nunca lo había visto con ese color. Se estremeció, recordaba que era el color de la muerte entre los Nefilims. Sebastian había devuelto la diadema a la vitrina y la estaba cerrando.
Si se la das a Seelie, iniciara un camino de muerte y pesar a tu alrededor que terminara solo con un gran sacrificio.
- Pero…Sebastian tú…
No soy Sebastian, Max– dijo con tono afable girándose, el chico no entendió, si era él: podía verlo, era su rostro; y entonces retrocedió un paso al notarlo: sus ojos, no eran negros sino verdes.
- ¡DESPIERTA! – Max se sobresaltó al sentir una mano pequeña palmeándole la mejilla. El chico se sobresaltó: lo último que recordaba era ver a Maryse salir de allí diciendo algo sobre recostarse y tomar una siesta un rato; suponía que en algún punto él también se había quedado dormido sentado frente a la puerta de la biblioteca y era Maxxie quien lo despertaba. – ¡Tío Max despierta!
- No soy tu tío – Masculló aun con algo de desconcierto por el sueño. Había sido similar a sueños anteriores, pero esa última parte, Sebastian con los ojos verdes y vestido de blanco se le hacía tan extraña que lo hacía estremecer: Si no era Sebastian ¿Quién era? El niño hizo un puchero, Max se restregó el rostro – Ya…ya ¿Qué quieres?
- ¿Te puedo pedir un favor? – Preguntó con duda. Max chasqueó la lengua con molestia.
- Ya te dije que no voy a leerte ningún cuento - Dijo tajante. El niño negó fuertemente
- Simon me leyó uno – Aseguró – Y me escribió un mensaje que le envié a Magnum – Y agregó – Es sobre Al…papá – Se corrigió, obviamente aún no se acostumbraba a llamarlo así.
- Bueno, ya…habla – Gruñó - ¿Qué pasa con Alec? – El niño se sentó también en el suelo, frente a Max; cruzándosede piernas en pose india.
- ¿Por qué Alec y tu están enojados? – Preguntó con inocencia, Max se mostró sorprendido; sin duda no había esperado eso.
- ¿Quién te dijo…?
- Lo escuche hablando con Tía Izzy – Explicó – Ella dijo que tú no sabías como pedirle disculpas.
- Escucha niño, las cosas con Alec, Magnus y yo no son tu asunto.
- ¿También estás peleado con Magnum? – Preguntó sorprendido – Y conmigo – Acotó. Max enarcó una ceja - ¿No es más fácil dejar de pelear y pedir disculpas? – Preguntó – Yo las aceptaría – dijo con una enorme sonrisa.
- Como si me importara – Masculló y agregó con duda – Alec no quiere escucharme, ni siquiera quiere verme; no sé cómo acercarme a él.
- Papá Alec te quiere – Aseguró – Él me contaba de ti en la Ciudad Silenciosa – Explicó y agregó – El Hermano Enoch dice que cuando la gente se quiere se escucha y se perdona o eso me dijo para que hablara con Alec hace dos días – Se rascó la cabeza pensativo y le sonrió – Y ahora tengo una familia; si solo le dices que lo sientes, dejarían de estar enojados y entonces si querrías ser mi tío.
Max no le dijo nada más, era absurdo que un niño de cuatro años le estuviese aconsejando sobre la relación con su hermano y sin embargo, ahí estaba pensando en sus palabras. ¿Pedirle disculpas a Alec, por Bane? Pero hacerlo era aceptar que entonces lo que todos decían era cierto: que Alec amaba a Magnus.
Una pequeña flama azul apareció frente a ellos, más cerca de Maxxie que de Max dando lugar luego a una nota. La pequeña morita gritó de emoción tomándola ¡Le había contestado! Magnum le había contestado así que papá Alec no se enojaría por escribirle y quemar un par de libros y el cabello de Simon en el proceso.
El niño aplaudió de emoción y Max tuvo que incorporarse de un salto para no quemarse con el fuego negro, pero el niño lo ignoró y en cambio observó la nota, eran unas pocas líneas pero no tenía ni idea de que podía decir. Max por su parte lo observaba con la boca abierta: fuego negro luego de un aplauso, como había abierto Sebastian la estantería de la biblioteca en su sueño.
- Tienen que estar bromeando – Masculló para si con molestia.
- ¿Tío Max puedes leer esto por mí? – Preguntó rápidamente tendiéndole la nota ansioso; Magnus estaba bien y quería decírselo a todos, porque tenía que estarlo o de lo contrario no habría contestado ¿no?
- Que no me llames tío – Gruñó y agregó tomando la nota con curiosidad antes de que el pequeño con expresión desilusionada la retirara - ¿Qué es?
- Le pedí a Simon que le escribiera una nota por mí a Magnum, preguntándole si estaba bien – Explicó - ¡Y me contestó!
- ¿Por qué no le dices a Simon que te la lea entonces?
- Ya se fue a su casa – dijo – Y Tía Izzy se fue con él.
Max asintió observando la nota, eran solo un par de líneas en una letra con mucha floritura; rodó los ojos ¿De qué le sorprendía eso? Era Bane de quien hablaba. Observó la nota con el ceño fruncido, con suma concentración por casi un minuto entero antes de bufar con fastidio.
- Lo que dice… te lo diré si me ayudas con un juego – dijo poniendo todo el encanto que las hadas le habían enseñado para conseguir lo que quería.
- ¿Un juego? – El niño azul se mostró confundido.
- Si, se llama consigue la diadema – Improvisó – Si la sacas primero que yo de la biblioteca, ganas y te digo que dice la nota.
- ¡Sí! – Exclamó con emoción renovada incorporándose: si Max quería jugar con él era porque ya no le desagradaba ¿No? El pequeño corrió a prisa al interior de la biblioteca, Max caminó tras él, pero no hubo puesto un pie en el lugar cuando Maxxie salía de nuevo – Eh… ¿Qué es una diadema?
Max estuvo a poco de palmearse la cara ¿Eso era en serio?
- ¡Es como una corona! – Dijo – Con una piedra negra en el centro.
- Oh, una corona… la conseguiré – Aseguró volviendo a entrar. Max lo siguió viendo al pequeño buscar entre las estanterías.
- Está arriba, en aquella vitrina – dijo señalándole el camino. – Vamos, te mostrare – dijo subiendo con él, el pequeño caminaba a saltitos emocionados – Comenzaras tu – Aseguró – Y solo puedes intentarlo con magia.
- Pero no sé invocar cosas – dijo desilusionado, Max lo miró con molestia – Pero lo intentare – dijo a prisa, no iba a perder esa oportunidadde jugar con el mayor. Max lo miró un segundo, si el niño no sabía invocar cosas seguro los descubrirían, y entonces le prohibirían la entrada definitiva a la biblioteca; pero Sebastian había dicho que el niño podría, debía intentarlo.
- Es esa – dijo mostrándole el objeto – Inténtalo. – Le ordenó.
Maxxie observó la diadema fijamente, y luego solo aplaudió como hacía en la Ciudad Silenciosa como hacía cuando quería meter o sacar algo en la celda de Alec. Las llamas negras envolvieron rápidamente sus manos y lo próximo que Max vio fue la diadema en las manos del niño.
- ¡Gane! ¡Gane! – Gritó emocionado Maxxie saltando; Max tendió la mano para que se la diera - ¡Conseguí la corona! – Y para su horror vio como se la ponía en la cabeza.
- ¡No! ¡Dámela! – Gritó intentando quitársela, pero la corona no cedió.
- ¡Au me lastimas! – Gritó Maxxie empujando al mayor – Suéltame
- ¡Quítatela! – Le ordenó jaloneando de la corona en su cabeza pero estaba fija; el niño siguió quejándose aplaudiendo para intentar sacarse a Max de encima pero las llamas negras no aparecieron esta vez, y la gema negra de la diadema brilló en refulgir naranja del fuego de Edom.
- ¡Mi magia! – Gritó - ¡Quítamela! No quiero jugar más ¡Quítamela!
- No sale – Masculló entre dientes; el niño gritaba y lloraba desesperándose mientras el mayor lo jaloneaba intentando sacársela. No podía llevarle la diadema a la Reina Seelie cuando esta estaba puesta en la cabeza de un brujo. El niño metió las manos en medio de los jalones tomando la diadema para jalarla con todas sus fuerzas, pero esta cedió con facilidad.
Maxxie la arrojó al suelo con miedo y Max la tomó a prisa, antes de que el niño la pateara como era su intención.
- ¿Estás loco? Esta cosa es importante.
- No me gustan las diademas – Sentenció inflando los cachetes – Y no me gustó tu juego – Refunfuñó – Pero yo gane, ¿Qué decía la nota de Magnus, tío Max?
Max que aun la sujetaba en la mano, la observó por unos segundos con algo de duda antes de sonreír con malicia.
- Se está muriendo y lo último que quiere es saber de un tonto fenómeno azul – dijo con sorna ante la mirada del niño que se llenó de lágrimas.
- ¿En… en serio?
- Si no me crees léela tu – Le espetó más no le devolvió la nota – Y no soy tu tío – Gruñó saliendo a prisa, con la diadema oculta entre sus ropas. Maxxie se quedó ahí de pie con lágrimas en los ojos por unos minutos, los que le tomó entender el significado de lo que Max le había dicho
- ¡Alec!... ¡Papá! – Gritó echando a correr, sinceramente aún no estaba muy seguro sobre cómo llamarlo, pero en ese momento no era eso lo importante, Magnum estaba muriendo y él ya estaba lo suficientemente grande para saber que eso era malo, muy malo porque quizás, no pudieran volver a ver a Magnum nunca - ¡Papá Alec!
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El Gard estaba hecho un caos, Jia no sabía ya cuántas veces había pensado eso desde que inició sus funciones como Cónsul; en su defensa podía decirse que no le había tocado fácil: La guerra oscura sería suficiente para la gestión de cualquiera y a eso ella le sumaba la paz fría, las quejas contra la liberación de Alexander, la resurrección de Sebastian y ahora sus intentos de venganza.
Todo Idris sabía lo ocurrido en Buenos Aires, se había convocado a todos los directores de los principales institutos es decir "La Clave en pleno" para tomar una decisión sobre el proceder ante el ataque. Eso había sido hacía dos días, se había enviado una comisión de jóvenes Nefilims de la Academia para ayudar en el control de daños y se coordinaba apenas un segundo escuadrón cuando al día siguiente recibió la alerta de ataque desde Vilna, la capital de Lituania.
Las alarmas de Alacante se habían encendido y las torres de los demonios brillaron en color rojo convocando la ayuda, miembros de la misma Clave y habitantes de la ciudad habían acudido, logrando evitar un daño tan terrible como en Argentina. Y esa tarde el ataque fue en El Cairo, Egipto.
Sebastian había cambiado su modus operandi: hacía cinco años él entraba a los institutos con sus oscurecidos y arrasaba con todos los Nefilims presentes para convertirlos en oscuros; pero ahora el demonio y su ejército sacado del mismo infierno, no se acercaban al instituto sino que atacaban las ciudades, asesinaban mundanos para obligar a la Enclave a salir, y solo entonces un brujo a su cargo incendiaba el instituto impidiéndoles volver a entrar y llamar a Idris por ayuda.
Eran ya tres grandes institutos quemados, tres capitales de países destruidas y tres enclaves casi totalmente exterminadas y lo peor era que no tenían ni la más mínima idea de porque atacaba esos lugares específicamente, cuál sería su siguiente objetivo, como Sebastian había logrado sacar tantos demonios de Edom sin usar el portal o como localizarlo siquiera. Como fuese, la posibilidad de tener que advertir a los gobiernos mundanos se hacía cada vez más considerable; y por si fuera poco había tenido que prescindir de la ayuda de Robert puesto que este se encargaba en ese momento de una situación irregular en Los Ángeles que involucraba a los chicos Blackthorn, submundos asesinados, necromancia y mucha magia negra en las convergencias de las líneas ley. ¿No quería también un meteorito caer en la ciudad?
Se riñó a si misma apenas lo pensó; con su suerte como Cónsul, si lo pensaba mucho quizás ocurriera.
- Cónsul, tenemos informes desde Vilna – Dijo un guardia acercándose a ella - Está controlado, el Instituto se quemó por completo, pero más de la mitad de la Enclave está a salvo – Jia suspiró con alivio – La ciudad tuvo daños pero nada demasiado caótico: otras enclaves de Lituania y los cuerpos de rescate mundanos se están encargando de todo sin embargo hay algunas perdidas mundanas y del submundo.
- Es lamentable, pero gracias al Ángel la enclave de Vilna reaccionó rápido o habría sido peor – El guardia asintió - ¿Argentina?
- El daño allí es el más grande hasta ahora – Dijo – Siguen llegando reportes de pérdidas materiales Nefilims, mundanas y del submundo: Solo quedan cinco miembros de la Enclave, dos de ellas niñas y hay al menos tres de los nuestros desaparecidos entre ellos un niño; las cifras son aún mayores entre los mundanos y los submundos.
- Nadie esperaba un ataque así – Lamentó la mujer viendo como más Nefilims entraban armados vía portal hacía El Cairo - ¿Alguna noticia de la batalla actual?
- Ninguna – Admitió – Aunque muchos creen que si enviamos a Jace Herondale y Clary Morgenstern, podría suponer un punto a nuestro favor – Jia se restregó el rostro: Jace y Clary habían ido a Vilna con el escuadrón de ayuda, ella conocía bien las habilidades en combate de ambos y sabía que podía sacarle más provecho a contra Sebastian y los demonios que dirigiendo el control de daño, pero también sabía que ellos y Sebastian tenían sus asuntos personales pendientes, la posibilidad de que la presencia de ambos encarnizara al rubio, era alta; por eso se había contenido.
- Envía un mensaje al Scholomance; si Sebastian ataca otra vez, los Centuriones deben prestar ayuda, la prioridad será acabarlo – El guardia asintió haciendo un saludo marcial apresurándose en salir para obedecer. Jia estuvo por volver hacia el portal para controlar el flujo de Nefilims, su esposo Patrick había acudido a Egipto y no podía evitar su preocupación.
- Cónsul – La interceptaron. Lo primero que vio fue un par de orejas de murciélago saliendo de la cabeza de su interlocutora.
- ¿Qué ocurre Moon? – Preguntó. La representante interina de los brujos se había mostrado muy eficiente coordinando escuadrones de submundos con ayuda de Luke y Lily. Jia seguía prefiriendo que volviera Magnus que seguía "de descanso"; lo último que supo fue que había sido visto en Buenos Aires ayudando, no esperaba menos.
- Creo que tengo una idea sobre como Sebastian mueve tantos demonios – Dijo. Jia mentiría si decía que sus palabras no captaron su atención de inmediato. Tomó a la bruja del brazo apartándola un poco del alboroto de la multitud para escuchar lo que tenía que decir – El submundo sabe que en el Reino Seelie existe una especie de encrucijada – Dijo, sus bigotes de gato vibraban con cada palabra – Son tres caminos: uno lleva al mundo mundano, uno al cielo y el otro…
- Al infierno – Entendió; alzando la voz rápidamente para exclamar – ¡Redsky! – El guardia se apresuró a ella -Toma un escuadrón y traigan a la Reina Seelie de inmediato.
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Miró en todas las direcciones asegurándose de que no hubiera nadie cerca. Sebastian le había dicho en su sueño que las protecciones del Instituto no le prohibirían salir pese a lo que Jace había dicho antes; también había dicho que el brujito podría sacar la diadema, y dado que no se había equivocado con lo segundo no tenía por qué estar errado tampoco en lo primero, así que tenía que darse prisa para hacerlo sin que alguien notase su ausencia o el brujo azul olvidara el asunto de "Magnus muriendo" y fuese con el chisme del juego que habían tenido y notaran la ausencia de la diadema.
Abrió la puerta principal con sigilo. Hacía unos quince minutos, apenas tuvo la diadema en sus manos, había corrido a su habitación por la nuez fey, la cual pisó de inmediato para convocar a Kaelie. Una imagen de la mujer hada había aparecido al instante y él le había pedido que fuera de inmediato, que había obtenido la diadema.
Salió bajo la luz de la luna creciente diluida entre la luz de las farolas y bajó las escalinatas. Como esperaba ahí estaba Kaelie, que lo observaba ansiosa y preocupada.
- Well – Susurró de inmediato al verlo, dando un paso en su dirección pero conteniéndose para no acercarse más y violar su espacio personal.
- Kaelie – Devolvió el saludo; había cierto intento de frialdad en su voz; aún se sentía traicionado y sinceramente el pueblo Fey era muy poco dado a perdonar. Kaelie lo notó y la tristeza ocupó su rostro. Max sintió el corazón encogérsele y eso solo lo hizo enojar consigo mismo: ¿Cómo es que no podía enojarse con ella sin sentirse culpable?
- ¿Tu… realmente…? – Comenzó ella a preguntar, intentando centrarse en el motivo por el que se suponía que él le había hecho ir al instituto. Max dudó un segundo, en el sueño Sebastian también le había dicho que devolviera la diadema al instituto, le había advertido que sacarla solo traería pesares y muerte.
- La tengo – Le interrumpió sacando la diadema de entre sus ropas – Cumplí con la misión que mi Reina Seelie me encomendó – Se la tendió y Kaelie la tomó casi con reverencia implícita; el chico se mordió el labio y agregó con la vista gacha avergonzado. – Por favor, aboga por mí para que perdone mi tardanza.
- No tienes que pedírmelo – Aseguró ella – No podría volver a ver tu espalda herida por el látigo – Max asintió dispuesto a marcharse pero Kaelie se lo impidió sujetándolo de la muñeca – Well, hare hasta lo imposible para que no seas lastimado – dijo con la vehemencia de una promesa.
- ¿Entonces porque me lastimaste?- Preguntó sin soltarse ni girarse. – No has querido responderme ¿Por qué engañarme? – Kaelie no respondió pero tampoco lo soltó, se veía avergonzada; como si tuviese que morderse la lengua para contener su respuesta. El muchacho suspiró, él lo único que quería era un motivo, una razón que justificase porque había jugado con su confianza hasta romperla; pero lo que obtuvo fue un cambio brusco de tema.
- Mark Blackthorn terminó su misión en Los Ángeles – dijo ella – Él está decidiendo si volver o no a Feéra; tú también debes hacerlo – Apretó suavemente su muñeca, queriendo transmitirle un claro mensaje "Escoge Feéra…escógeme"
Max se soltó de su agarre, volviéndose para mirarla al responder
- No necesito pensarlo, mis planes no han cambiado – Aseguró; Kaelie estuvo por sonreír, pero el amago murió al oír el resto – Viviré en Edom con Bash y Alec – La hada negó con horror.
- No es lo mismo visitarlo que vivir allí – dijo – Eres un Nefilim y esa una dimensión demoniaca: te consumirá lentamente – El joven negaba con la cabeza – También a tu hermano – Alegó intentando hacerlo entender.
- Bash no va a permitirlo – dijo testarudo.
- Well por favor, piénsalo: en Feéra siempre te has sentido libre.
- Me sentía libre – Le corrigió – Ahora solo me pregunto qué otros secretos me ocultas.
- ¿Y crees que Sebastian no te oculta secretos? – Preguntó ella; respirando profundo, sabía que atacar al demonio solo pondría al chico aún más a la defensiva – Quizás no manejé las cosas de la mejor manera, pero no te arruines por eso – Le suplicó – Si no quieres volver a Feéra entonces quédate en el instituto con Alexander y el resto de los Lightwood; pero aléjate de Sebastian.
- Pensé que quizás estarías arrepentida y entonces te perdonaría, le pediría a Sebastian que vinieras con nosotros – Confesó con un lamento – Pero el cielo sabe lo crédulo e iluso que soy - Y agregó serio – Por favor Mi Lady entregue a la Reina su encomienda.
El muchacho se dio media vuelta dispuesto a volver a entrar; Kaelie lo miraba con miedo: lo veía tan perdido, en buena parte por su culpa y de seguir así, lo que presagiaba para él no era un buen destino. La hada apretó los dedos alrededor del metal de la diadema, tomando una decisión antes de soltar:
- Alexander Lightwood jamás amó a Sebastian – Max estaba por girarse a reclamarle pero ella continuó – Ese ha sido otro engaño que no desmentí: la ilusión de la familia feliz que crees que tú, Alexander y Sebastian fueron – El rostro de Max estaba pálido, quería gritarle que era una mentirosa ¿Pero cómo acusarla de algo que sabía, no podía ser? – Estuve en el juicio de Alexander, lo oí hablar bajo el poder de la espada mortal sobre su relación – Aseguró – Sebastian lo tuvo amenazado en principio, luego lo obligó con pociones, obligó a tu hermano a hacer cosas que no quería, le hizo cometer crímenes y lo separó de la persona que realmente ama: Magnus Bane
- ¡CALLATE! ¡CALLATE! – Gritó - ¡NO MIENTAS!
- ¡No puedo mentir! – Exclamó ella. Well no se había volteado, pero podía ver en la curva de sus hombros como sus palabras destruían una a una lo que quedaba del mundo que él creía conocer – Todo lo que Sebastian te ha dicho, lo que recuerdas, está mal – Aseguró – Y es mi culpa por permitirte visitarlo todos estos años, por omitirte la verdad porque tenía miedo de que…- Se contuvo, respiró profundo y agregó – No voy a dejar que elijas a un asesino psicópata que te va a hacer daño.
- Solo me obligaras a quedarme en Feéra – Susurró él, Kaelie sintió el enojo en su voz y el mismo tiempo el dolor porque sabía que aunque quisiera negárselo a sí mismo, ella solo podía decir la verdad. Ella cerró los ojos no pasando desapercibido que él no volvía a verla, pero estaba bien si se ganaba la ira de Max de por vida siempre que pudiera mantenerlo a salvo.
- Solo quiero que estés bien – Aseguró – Anda, entra al instituto y busca a Alexander – Le instó – No entiendo como él no te lo ha dicho aun, pero pregúntale por su relación con Sebastian y Magnus Bane.
Max no quiso escuchar más, y solo entró cerrando la puerta tras suyo, demasiado desconcertado. Intentó poner sus pensamientos en orden: ahí estaban otra vez las dudas, el miedo de estar equivocado, de estar haciéndole daño a su hermano.
Se dejó caer en el suelo, recostando la espalda a la puerta, respirando con algo de dificultad; no tenía sentido: la relación de su hermano y Sebastian no era algo que le hubiesen contado, él los había visto: los había visto besarse más de una vez y él había negociado con Sebastian para permitírselo a cambio de Mangas, los había visto cabalgar juntos, salir a citas, había visto la emoción de Alec al confesarle que salía con Sebastian; incluso recordaba que su hermano se había cambiado de habitación para la del rubio y usaba su ropa interior de pingüinos… en su momento él no lo había entendido, pero estaba seguro de lo que había vivido y esas no eran cosas que se hicieran cuando te obligaban.
Pero entonces… recordaba a su hermano hacía tan solo una semana, con lágrimas en los ojos diciéndole que amaba a Magnus, que era el amor de su vida; todo el mundo lo repetía, incluso Kaelie, y ella no podía mentir.
¿Podía Alec amar a dos personas al mismo tiempo? ¿O eso quería creer él porque de estar equivocado no creía poder soportar la culpa?
Escuchó pasos apurados acercándose, el llanto de un niño y voces discutiendo.
"Alec, no puedes salir del instituto"
"No me interesa, si Magnus está…" – La voz de Alec se acalló en su garganta al ver a Max; el criado por hadas también miró a su hermano: estaba terminando de acomodarse un cinturón de armas a prisa, su rostro estaba distorsionado por la angustia y podía ver que, entre toda la decisión de sus ojos, había también un brillo de lágrimas que pugnaban por brotar. Tras él caminaba Maryse a prisa; la mujer llevaba en brazos a Maxxie quien lloraba
- ¡Max! – Exclamó al verlo - ¿Estabas afuera? ¿Cómo salgo? – Preguntó de inmediato, Max se desconcertó, lo último que había esperado era que le preguntara eso; ni que decir que no lo riñeran por estar afuera del instituto.
- Alec, no puedes ir a Argentina – Intentó hacerlo razonar Maryse – Hablare con Izzy, deja que ella busque a Magnus.
- ¡No voy solo a quedarme aquí sentado mientras se está muriendo! – Exclamó, su voz se quebró en esta última palabra y el llanto de Maxxie se hizo más fuerte – ¿Max, como saliste? – Volvió a preguntar marcando bien cada palabra, cargada de ansiedad. Max lo miró: su hermano se veía más cansado y atormentado que nunca, consumido por la angustia y la preocupación de los últimos dos días que había llegado a su límite. – Max por favor… - Le suplicó y las lágrimas no fueron más contenidas – Necesito estar ahí con Magnus… -
El menor de los hermanos abrió la boca con desconcierto. Porque lo que veía no era lo que se esperaría de alguien que fue dañado durante años por un brujo que lo había separado de quien supuestamente amaba al matar a Sebastian; no, Alec estaba afectado, aterrado realmente ante la perspectiva de perder a Magnus y no poder hacer nada, su angustia era la de alguien que estaba a kilómetros de distancias de su ser amado cuando sabía que este lo necesitaba.
Su ser amado…
El pensamiento lo tomó por sorpresa y no lo hizo sentir mejor, un nudo se había formado en su garganta: Él no le pedía disculpas a Alec como había sugerido Maxxie porque hacerlo era aceptar que estaba equivocado, que Sebastian lo había engañado; era aceptar las palabras de Kaelie que se repetían en su cabeza y cada vez se hacían más pesada, aceptar que Alec realmente amaba a Magnus.
Sacó de su bolsillo una nota, la nota de Bane y se la tendió a su hermano. Alec la tomó confundido leyendo de inmediato al reconocer la letra de Magnus.
- ¡Mentiroso infeliz! – Alec no se contuvo, tenía días queriendo hacerlo y en ese momento solo saltó sobre Max alzándolo de la camisa para golpearlo en el rostro.
- ¡Alec! – Saltó Maryse dejando a Maxxie en el suelo para correr hacia sus hijos para separarlos, viendo como el mayor golpeaba una segunda vez al menor - ¡Alexander deja a tu hermano! – Intentó detenerlo.
- ¡Le mintió a Maxxie! – Rugió – Magnus dice que está bien, que está ayudando a los heridos del ataque.
- ¡Me mentiste! – Maxxie había detenido su llanto y su rostro lleno de lágrimas estaba ahora molesto.
- ¿Por qué me haces esto Max? – Preguntó acusador intentando soltarse de Maryse, pero la mujer era bastante fuerte pese a su edad y lo sujetaba con firmeza - ¿Qué te hice? – Las lágrimas de Alec ya no eran de preocupación sino de rabia pura; Max negaba con la cabeza, no podía encontrar su voz – ¡Maldición Maxwell! Ya me separaste de Magnus al acostarte con él ¿Qué pretendías conseguir con esto?
- Alec, el niño – Intentó contenerlo Maryse, esa no era una conversación para tener en presencia de Maxxie.
Quiso responderle a su hermano, hablarle de ese mundo ideal, esa familia feliz que habían sido en Idris por pocas semanas, pero todo se veía ahora tan mal; no era Bane quien le hacía daño a Alec, eran él y Sebastian. Quiso levantarse e irse con una evasiva, necesitaba pensar y sin embargo lo que salió de sus labios fue algo diferente.
- Alec, yo…no me acosté con Bane.
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Oh Max, has mentido :O
Bah, a quien engaño? A nadie le sorprende xD Ame escribir su escena con Maxxie robando la diadema y sobre eso…Ahora Kaelie la tiene :O y por tanto es cuestión de tiempo para que la Reina Seelie se haga con todas las Joyas de Edom…¿Qué has hecho, Max?
¡Sebastian ahora si está destruyendo el mundo! :O ¿Me pregunto en el sueño de Max, supo que la magia de Maxxie es con fuego negro?...vamos, sé que saben n.n y que les pareció ese pequeño vistazo a Jonathan ;)
Dicen que no has sido padre sino se te ha caído el niño, así que Alec ya puede considerarse completamente el padre de Maxxie… ahora a por Rafe! me tome la libertad de modificar un poco su historia pero awww como me parte el alma causarle tantos traumas u.u
En el próximo capitulo la dura verdad le golpeara la mejilla como ha debido hacer desde hace mucho, volveremos a ver a Rafael y parte de los planes de Sebastian… también estará la Reina Seelie, sin duda bastante feliz. Se llamará Perdón
Nos leemos pronto
Besos :3
