Holaaa holaaa

¿Qué tal? El capítulo anterior no lo comentaron mucho :'( supongo que la reconciliación con Max no les gustó del todo, a ver que les parece esta reconciliación ;) en fin, gracias a Stephanie-nii-san por su comentario n.n les dejo el cap.

¡A leer!

Parte V: Guerra

No se puede salir ganando de la guerra más de lo que haces con un terremoto.

Jeanette Rankin

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Capítulo 21: Reconciliación

Ya ven, abrázame, cállate y bésame, después veremos si recordamos porque nos habíamos enojado.

Anónimo

X.X.X.X

Caminó con cautela por las calles oscuras y destruidas, su mano en el cuchillo serafín por seguridad. Se notaba en el lugar los vestigios del caos que había vivido; hacía no más de tres días, si tan solo el fantasma de lo que había sido el ataque de Sebastian dejaba tal impresión no quería imaginar lo que habría sido estar allí. Sintió el estómago retorcerse de nauseas, la última vez que había estado en un campo de batalla había sido la noche que Sebastian murió, pero antes de eso recordaba perfectamente los ataques en que había estado del lado equivocado, junto al rubio; disparando flechas contra lobos del Praetor Lupus o Nefilims del instituto de New York.

Toda esa destrucción que observaba era un reflejo de la que él mismo había causado, un recordatorio de las malas decisiones que tomaba ¿Cómo podía estar en paz consigo mismo, con sus últimos dos encuentros con Sebastian, con lo que las Leanansidhe le habían mostrado cuando veía todo el daño que Sebastian era capaz de provocar solo porque sí?

Un mundano con algunas heridas ligeras caminaba por la calle en su dirección, buscaba entre los botes de basura derribados y los escombros en las tiendas algo que pudiera comer o le fuese útil. Alec debía reconocer que era una suerte que de ese lado del hemisferio fuese verano, toda esa situación habría sido mil veces peor si encima hubiesen tenido que sumarle la crudeza del invierno.

- Disculpa ¿dónde están llevando a los heridos? – Preguntó Alec cuando llegó a su lado, Magnus había escrito la nota a Maxxie no hacía ni medio día así que suponía que si estaba ayudando con las víctimas lo conseguiría en el refugio que hubiesen improvisado para tal fin. El hombre respingó al oírlo, exclamando algo en español mientras retrocedía escondiendo tras su espalda su pequeño botín, observando con desconfianza el cuchillo en el cinto del ojos azules – Demonios yo… no entiendo – Gruñó frustrado consigo mismo.

Él no se había dedicado a aprender muchos idiomas. Por supuesto que sabía latín, sanscrito y podía identificar algunas lenguas demoniacas, también había aprendido algo muy básico de francés, la lengua materna de su madre; pero de español no sabía más que unas pocas palabras; un pequeño detalle que le habría valido recordar antes de dejarse convencer por Max y correr hasta el brujo más cercano en New York que no fuese Catarina y exigirle a nombre del Instituto un portal por el que, por supuesto, Jace le gritaría cuando este fuese a cobrarle sus honorarios.

Alec se alejó del hombre y siguió caminando, le habría valido bien también conseguir algo de papel para enviarle un mensaje de fuego a Magnus al menos, como fuese no podía solo caminar por la ciudad en ruinas sin un rumbo fijo: tenía que buscar la manera de contactar a Magnus o por lo menos encontrar el instituto.

No supo por cuanto caminó, en ocasiones encontrando algunas personas con las que intentó comunicarse, no fue hasta la cuarta que encontró a un vampiro que hablaba inglés. El vampiro no había podido decirle nada sobre Magnus, pero al menos le había indicado como llegar al instituto, advirtiéndole que estaba en ruinas y no conseguiría a nadie adentro.

Aun así, Alec se había dirigido hacía allá. Le había sorprendido un poco que el vampiro se diera lugar a responderle sin tanto problema como solía ocurrir en New York; suponía que ante una situación tan critica las diferencias entre especies habían sido dejadas de lado.

Llegó finalmente al edificio indicado; apreciándolo desde la parte posterior. No había iluminación ni persona alguna de ese lado, pero podía escuchar en el silencio de la noche, el alboroto desde el lado del frente donde el vampiro le dijo que habían instaurado las tiendas de atención médica. El Nefilim se apresuró en dirigirse hacia allá: observando con horror como aún bajo la luz de la luna podía ver las paredes quemadas del instituto y las ventanas rotas.

Se detuvo a mitad de la calle al escuchar un ruido provenir del instituto. El nefilim observó con atención, pero no había nada allí. Siguió caminando escuchándolo nuevamente. Tomó su estela con cautela, reforzando su runa de visión nocturna antes de girarse de nuevo con la mano sobre su cuchillo serafín, no quería alarmar a un mundano si este era el caso, pero a su vez debía estar preparado si quizás a algún demonio que hubiese tomado refugio en el profanado instituto; pero en su lugar solo vio una pequeña cabecita con rizos castaños escondido entre el instituto y un pequeño arbusto que había logrado sobrevivir, mirando con cautela en dirección a la calle.

Alec soltó el cuchillo al ver al niño, por algún motivo le hizo pensar en un pequeño ratoncito asegurándose de que el gato no estuviese cerca antes de salir de su escondite. Notó que el pequeño llevaba en la mano a modo de arma una piedra, resto de alguna pared que seguro había tomado del suelo. Se preocupó ¿Estaba huyendo de algo?

- Eh… niño – Alzó la voz para decir la palabra en español – Amigo – dijo señalándose a sí mismo. El pequeño volteó a verlo alarmado, alzando la piedra, pero la bajó casi de inmediato al fijarse en Alec. El neoyorquino aprovechó eso para dar un paso hacia él. El pequeño se tensó, pero no retrocedió y eso, supuso Alec, era una buena señal por lo que se acercó un poco más hasta quedar a un par de pasos del arbusto, agachándose para quedar a su altura. No tenía ni idea de que iba a decirle, su mente recorría a prisa todas las palabras en español que conocía para buscar algo que pudiera ayudarle, pero el niño tomó la iniciativa saliendo por completo de su escondite y acercándose a él un paso, estirando la mano para tocar su visible runa de bloqueo en el cuello y mirar a Alec con una mueca que supuso era un intento de sonrisa. - ¿Nefilim? - Preguntó señalándolo.

El pequeño asintió frenéticamente. Alec le sonrió con afabilidad, había pensado que era un pequeño mundano perdido, pero pensándolo bien, esa determinación con que sujetaba la piedra para defenderse le mostraba cuan obvio era que había pasado toda su corta vida viendo personas con la misma determinación a defenderse y defender a otros. El niño parecía aliviado de encontrar al fin alguien en quien pudiera confiar y dejó caer la piedra saltando sobre Alec para abrazarlo aferrándose a su cuello, escondiendo el rostro en su hombro donde sin previo aviso estalló en llanto.

El pelo negro se desconcertó, sintiendo el corazón rompérsele ante el dolor en su llanto; preguntándose cuantas cosas había tenido que ver ese niño, cuanto había tenido que obligarse a ser fuerte mientras andaba por las calles de la ciudad, solo.

- Shhh, está bien; está bien – Susurró. ¿Cuánto más daño debía ver a Sebastian causar, cuántas vidas como la de ese niño volver patas arriba, antes de que él dejara de sentir alguna responsabilidad por el rubio? Antes de que dejara de usar como excusa a Jonathan y depusiera a Sebastian definitivamente en el pasado. Quiso decirle al pequeño que todo estaría bien, que él lo estaría, que haría lo posible por protegerlo, pero mientras abrazaba al niño, debía conformarse con solo repetir esas dos palabras – Está bien.

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Abrió la puerta del instituto con cautela, esperando que esta no hiciera mucho ruido al entrar, maldiciendo sonoramente cuando lo primero que vio fue a Maryse caminando hacia la puerta vestida para cazar, dispuesta a salir.

- ¡Max! – Exclamó la mujer aliviada, al verlo; sin embargo, ese alivió desapareció al ver que Max cerraba la puerta tras de si - ¿Dónde está Alec? – Preguntó de inmediato. El muchacho abrió la boca para responder, pero la madre angustiada lo tomó del brazo - ¡¿A dónde lo llevaste?!

- ¡Yo no lo llevé a ningún lado! – Gruñó Max soltándose de ella con brusquedad - Alec se fue a Argentina.

- ¿Qué? – Maryse abrió los ojos con sorpresa - ¿Cómo…? ¡¿Por qué lo dejaste salir cuando sabes que Sebastian lo está buscando?!

- Por favor, se fue con Bane – Bufó, a pesar de que había sido su idea y de que Alec le había explicado todo; no podía solo olvidar de un segundo a otro su inconformidad - ¿Hay algún otro lugar más seguro para él? – Maryse iba a replicar cuando el chico suspiró sacando de sus ropas un par de notas dobladas que le tendió – El brujo que hizo el portal te envía una, la otra es de Alec, Maryse.

La mujer las tomó sin desfruncir el ceño.

- ¿Qué es?

- No las leí – Dijo. Maryse lo miró insegura si creerle o no; abriendo la primera nota: no era más que la factura por los servicios prestados del brujo al realizar un portal. Rodó los ojos y abrió la carta de su hijo leyéndola.

No te enojes con Max, fue mi decisión irme a Argentina para buscar a Magnus. Sin embargo, hay algo que debes decirle a papá: las hadas están celebrando el fin de la paz fría, no sé qué signifique, pero nada bueno debe traerse la Reina Seelie.

Prometo volver antes del mediodía. Dile a Maxxie que lo quiero.

Alec

Maryse bufó al leer la nota; sus hijos iban a matarla un día de estos, con ese empeño de querer ponerse en riesgo innecesario ¿Qué le costaba a Alec permanecer en el instituto y dejar que ella o Isabelle fuesen por el brujo?

- ¿Cómo salieron del instituto? – Preguntó con el ceño fruncido – Se supone que ninguno de los dos puede.

- Solo pudimos – Dijo Max encogiéndose de hombros, porque realmente no lo sabía. Se dispuso a seguir caminando para pasarla por un lado e ir a su habitación, pero se detuvo con un suspiro – Alec me dijo muchas cosas – Susurró; Maryse lo miró, pero el muchacho mantenía la mirada baja, la mujer sintió el corazón estrujársele: su hijo se veía tan pequeño e indefenso en ese momento – Dijo que Sebastian mintió, que ustedes no se negaron a ir con ellos hace cinco años porque no me quisieran.

- Por supuesto que no – Dijo ella de inmediato – Todos nosotros te amamos hijo, pero cuando Sebastian vino con Alec entonces, no sabíamos que estabas vivo y las cosas no fueron…precisamente una conversación.

- Alec me dijo que te hizo daño…a todos, por culpa de Bash…Sebastian – Se corrigió y Maryse no pudo evitar notar el tono resentido en su voz – Y aun así ustedes lo perdonaron ¿Por qué? - Preguntó

- Somos familia Max – Susurró ella – Y entendimos que no era su culpa, Sebastian estaba manipulando a Alec. – Max asintió.

- También me dijo que podía quedarme con ustedes en el instituto – Su voz era cada vez más baja – Pero no creo que lo merezca, sé que lo que le hice a Alec los lastimó, pero también los he tratado mal y…- Maryse notó que el chico parecía estar dándose ánimos para decir algo más, quizás lo que realmente quería decir pese a todo ese preámbulo. - ¿Crees que… que podrían perdonarme a mí también? – Maryse abrió la boca sorprendida, no se esperaba eso en lo absoluto – Prometo que… quizás no ahora, pero intentare volver a considerarnos una familia yo… ahora sé que todo lo que me hizo creer Sebastian era mentira y…solo necesito tiempo.

- Hijo – Susurró Maryse tomando a Max del brazo para abrazarlo contra su pecho con lágrimas en los ojos – No hay nada que perdonar – Aseguró – Al contrario, nada me haría más feliz que decidieras quedarte con nosotros.

Maryse sintió como Max se aferraba a ella intentando contener pequeños espasmos por sollozos. Lo abrazó con más fuerza, no queriendo que se terminara ese pequeño momento porque, aunque Max seguía sin llamarla mamá, había finalmente, dado un paso en su dirección y el de toda la familia.

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Magnus se restregó el rostro; se rendía, había buscado al niño por los alrededores del instituto en ruinas sin éxito alguno; el pequeño simplemente había desaparecido como cada vez que el brujo intentaba acercársele para ayudarlo. Estaba terminando de dar una última vuelta sin éxito, pensando en volver a la posada como había sido su plan desde antes de encontrar al pequeño hacía ya casi una hora.

Tenía dos días haciendo todo lo que podía, descansaría un poco y en la mañana vería en que más podía ayudar, quizás buscar al niño un rato antes de volver a New York; ya era momento de volver a casa.

Giró la esquina y se detuvo de golpe, restregándose los ojos, confundido porque había encontrado al pequeño, pero debía estar realmente exhausto si creía que la persona frente a él, que lo abrazaba dejándolo llorar en su hombro, era Alec.

Alexander estaba en New York encerrado en el instituto o quizás, pensó amargamente, se había ido ya a Edom o el infierno que quisiera con Sebastian; como fuese, la idea de que estuviese en Buenos Aires era imposible.

- Está bien – Susurraba Alec en español, en un intento de consolar al pequeño – Está bien – Magnus sintió faltarle el aliento: ¡Era su voz! Reconocería el tono del ojos azules donde fuese.

- ¿Alec? – Lo llamó aun con algo de duda. El Nefilim alzó la cabeza de inmediato buscando en todas direcciones sin soltar al niño hasta que finalmente dio con el brujo. Magnus casi habría jurado que el rostro del muchacho se había iluminado con una sonrisa al verlo. Negó para sí, seguramente había sido un efecto de la poca iluminación que la luna proporcionaba.

- ¡Magnus! – Lo llamó en voz alta. El niño en sus brazos se separó de él y siguió la dirección de su mirada hasta el brujo; Alec lo sintió tensarse y, antes de poder evitarlo, el pequeño se soltó de él echando a correr en dirección contraria.

- ¡Para! ¡Niño! – Intentó detenerlo, pero Magnus había llegado hasta él sujetándolo del brazo. El brujo no había esperado ver al nefilim allí, pero ahora que lo tenía enfrente no había nada más en su cabeza que esa necesidad de hablar con él; tenía una sensación de deuda con todas las personas que vio durante los últimos dos días suplicando por una última oportunidad para ver y hablar con sus seres queridos – Magnus, tenemos que hablar – Le suplicó Alec. El brujo asintió, escuchando un pequeño alboroto al otro lado de la calle, al parecer habían encontrado otro sobreviviente. Suspiró moviendo sus manos para aparecer un portal, ese no era el mejor lugar para hablar.

- Vamos a la posada donde me estaba quedando – Dijo. Alec asintió atravesando el portal tras él. La habitación que había compartido los últimos días con Jem y Tessa estaba desordenada por la prisa que habían tenido estos en recoger sus cosas antes de marcharse a Los Ángeles, pero a Alec no pudo importarle menos; y sinceramente a Magnus tampoco: si había algo que aclarar, le daría a Alec una última oportunidad de…

- Magnus…- Susurró interrumpiendo los pensamientos del brujo, olvidándose él mismo de otra cosa que no fuese Bane – Perdóname – Pidió, había ido a buscar a Magnus, y ahora que lo tenía en frente se sentía completamente nervioso – Hablé con Max: nos engañó, te engañó acerca de haberte acostado con él, nunca lo hiciste y yo… debí confiar en ti – Lo tomó de la mano, Bane hizo un ademan de apartarla pero finalmente solo lo dejó hacer – Debí escucharte y lo lamento, realmente lamento no haberte dado más crédito, no haber confiado lo suficiente en ti, lamento la manera en que te traté – Su otra mano acunó la mejilla del brujo acercando su rostro al suyo - Por favor, perdóname…

Magnus abrió la boca dispuesto a decir algo, porque no había sido solo un asunto de desconfiar: Alec había creído lo peor de él sin darle oportunidad de defenderse; más no hubo dicho ni una palabra cuando el ojos azules se inclinó sobre él atrapando sus labios entre los suyos, besándolo.

El chico Lightwood se sentía sobrepasado por tantas cosas, tantas emociones en la ultima hora; lo besaba porque se había angustiado por la seguridad del brujo tras saber del ataque de Sebastian, porque lo extrañaba como loco desde que lo apartó de su lago, porque lamentaba no haberlo escuchado, no haber confiado en Magnus desde el principio, porque tenía tantas cosas por las cuales suplicarle que lo perdonara, pero sobre todo lo besaba porque lo amaba, y Magnus…

Magnus le apartó de si con una bofetada que le volteó el rostro.

Alec lo miró perplejo, esperando; el brujo tenía muchas emociones en el rostro, pero el enojo era una de las más claras.

- No te atrevas – Su voz fue fría, deteniéndolo en el intento de Alec de acercarse nuevamente. Magnus soltó su mano de Alec y dio un paso atrás poniendo distancia; él había estado dispuesto a hablar, pero eso había sido demasiado: Alec no tenía ningún derecho de seguir lastimándolo – No te atrevas a volver a besarme con los mismos labios conque has estado besando otra vez a Sebastian.

- ¿Q…Que? – El ojos azules palideció, retrocediendo un paso él también. - ¿Tú…nos viste…?

- No sabía que era un show privado – Dijo con sarcasmo destilando en sus palabras, limpiándose las lágrimas que se acumulaban en sus ojos – Sabía que iba a ser una trampa desde que recibí la nota, pero no esperé que colaboras tan gusto a eso – Dijo – Realmente no me importa lo que Max haya o no hecho – Aseguró por lo bajo - Eres tú el único que está rompiendo mi corazón, Alexander.

- Magnus, nunca he querido…- El brujo inspiró profundo, armándose de fuerza para decir algo que iba a romperlo tan solo con verbalizarlo, aunque ya lo supiera.

- Sé que han estado juntos de nuevo, tú y Sebastian – Admitió con amargura interrumpiéndolo – Lo que haya pasado hace una semana en la casa de Idris…– Quería hablar, había creído que podría hacerlo, pero estaba mucho más enojado y dolido de lo que pensó. – Una agradable bienvenida, supongo.

- Magnus…

- Y hace dos días en el cementerio – Continuó con amargura – Qué considerado de tu parte, darle su besito de la buena suerte antes de venir a destruir toda la ciudad.

- No fue… Magnus, yo te amo y…- El brujo se estremeció.

- Y aun así me reclamas… ¿Con que moral te sientes ofendido? ¿Cómo puedes reclamarme por lo que haya pasado o no entre Max y yo cuando hace años que duermes con el anillo Morgenstern bajo tu almohada en la ciudad silenciosa? – Una lagrima amarga se escapó de sus ojos mientras lo empujaba del pecho – No te atrevas a decir que me amas Alexander, cuando no tienes ni idea de lo que sientes por Jonathan o Sebastian o Bash o como demonios se quiera hacer llamar.

Alec sintió un nudo en la garganta que le impedía salir la voz, y sospechaba que ese nudo estaba formado por su corazón roto por ver a Magnus tan destrozado y saber que era su culpa, porque hasta ahora no se había dado cuenta de cuanto dolor le estaba causando al brujo no ahora, no desde que Max apareciera; era un dolor que tenía cinco años estableciéndose en el brujo, cinco años como un pequeño raspón en su corazón que Alec no había dejado sanar al no dejar a Sebastian en el pasado y en su lugar había hecho cada vez más y más grande.

Quiso abrazar a Magnus, no porque pensara que el brujo lo necesitara, sino porque él mismo lo hacía; quería sentirlo entre sus brazos, sentirlo consigo, pidiéndole al ángel no haber perdido a Magnus. Quería secar sus lágrimas y prometerle que no volvería a herirlo de esa forma, pero no se atrevió a hacer ningún movimiento en su dirección, porque sentía que no tenía derecho alguno cuando todo era su culpa.

- Yo… - Comenzó, aunque realmente no sabía cómo hacerlo, quizás de la única manera posible – Realmente lo lamento – No quería sonar como un loro repitiendo lo mismo, pero era la verdad – Cada… cada día en la Ciudad Silenciosa temí que decidieras que no tenías por qué esperarme, que podías continuar tu vida con alguien más, alguien libre – Tampoco quería que sonara como a excusas, pero una vez que empezó a hablar se dio cuenta que ya no habría marcha atrás. – O que simplemente no tenías que esperar por alguien que, pociones o no, había elegido en su momento a otro hombre – Magnus abrió la boca dispuesto a replicar, pero el ojos azules se adelantó continuando. – No es que me hubieses dado algún motivo para temerlo, al contrario, soy yo…- Su voz se quebró – Mi inseguridad; me has dado todo Magnus, has hecho tanto por mí que sé que no es justo para ti, especialmente desde que Max entró en la ecuación: eres la persona que más me importa en el mundo, pero te hice a un lado y dejé cegarme por un hermano que sinceramente ya no conozco.

Silenciosas lágrimas escaparon de sus ojos de gato que lo escuchaba en silencio, lágrimas reflejo de las que comenzaban a surcar el rostro del nefilim; era doloroso darse cuenta de la veracidad de lo que estaba diciendo, y percatarse que, a pesar de siempre pensar en Magnus, no lo había considerado realmente hasta ahora.

-… Y aun peor, he sido un idiota todos estos años no dándome cuenta de la magnitud del daño que estaba causándote – Inspiró profundo ante lo que iba a decir – Yo quise a Jonathan, en cierta forma aun lo quiero y eso, no lo sé, ha hecho más complicado y confuso todo entorno a Sebastian; pero si algo sé, si algo nunca he dudado es lo que siento por ti Magnus – Para ese momento las palabras de Alec se habían convertido en sollozos -…lo mucho que te amo, cuanto me aterra perderte debido a Sebastian, a Max…- Negó con la cabeza – Por mi propia culpa.

El monologo terminó sumiéndolos en el silencio de la noche de una ciudad en ruinas. Alec esperaba que Magnus dijese algo, que cada segundo en que prolongaba el mutismo fuese un segundo que lo acercaba al final de todo; y le rogaba a Raziel porque, dijese lo que dijese el brujo, no fuese un "adiós" los que escuchara de sus labios.

- Nefilim estúpido – Susurró el brujo finalmente, haciendo lo posible porque su voz sonara entera mientras intentaba limpiarse las lágrimas del rostro – Es una suerte que no me puse mucho maquillaje – Alec no supo cómo interpretar eso; pero sí que supo cuando el brujo lo tomó de la camisa jalándolo hacía si, besándolo. Fue apenas algo rápido y superficial, tan solo dándole tiempo a Alec para interpretarlo como una oportunidad que el brujo le daba, antes de que este lo apartara. – Pero si vuelves a acercarte a Sebastian, juro que te hechizara para volverte impotente el resto de tu vida, no importa cuánto me arrepienta luego de eso.

Alec no pudo contener una risita gutural, tomando al brujo de la cintura, pero cuando habló su voz, aunque dulce era seria.

- Juro que no volveré a arruinarlo Magnus – Prometió - Voy a pasar el resto de mi vida corrigiendo lo que han sido estos cinco años para ti – Magnus le sonrió, asintiendo, aceptándolo con un beso esta vez más profundo e intenso.

Las Leanansidhe se habían equivocado: Alec no quería compartirse entre Magnus y Sebastian, porque sencillamente no era el rubio quien llenaba su corazón, era Magnus; y no estaba dispuesto a hacer nada que le arriesgara a no volver a sentir sus labios con sabor a azúcar quemada, no sacrificaría su relación con Magnus otra vez, no por Max y mucho menos por Sebastian.

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La puerta de la oscura mazmorra se abrió permitiendo que la luz se filtrara desde el exterior mientras la Cónsul y el Inquisidor se daban paso cerrando la puerta tras de sí. La mujer que había estado revoloteando furiosa en el interior de la celda, recobró la compostura encarándolos e irguiéndose con toda la dignidad de la que era capaz.

- Reina Seelie – Comenzó Robert.

- Inquisidor – Respondió con tono frio y distante – Estoy segura que encerrarme como a un vil criminal atenta contra los tratados.

- Los tratados no cubren al pueblo Fey y lo sabe – Dijo Jia – Y usted tiene la culpa de eso.

- Sin embargo, eso no justifica que enviaran soldados a tratar con violencia a mi pueblo – Se quejó - Asesinaron varios de mis guardias.

- Los informes de nuestros soldados dicen que fue usted quien inició la confrontación, los atacó con una especie de magia.

- ¿Acaso les pasó algo? – Preguntó con acidez, agregando con sorna - Vaya nefilims son, si se asustan con unas pocas luces.

- ¿Qué pretendías hacer Seelie? – Cuestionó Robert – Si estabas dispuesta a enfrentarte a ellos, significa que tenías un plan - La mujer no contestó, Robert la vio restregarse las manos, no con nerviosismo sino como si quisiera comprobar que el anillo en sus dedos siguiera allí. Frunció el ceño al notar el brazalete: lo había visto antes.

- O sabías que estás tan hundida que no tienes otra salida – Siguió la Cónsul Penhallow.

- O tal vez ambas cosas – Entrecerró los ojos el inquisidor. - Porque supe que tu gente estaba haciendo fiestas por "el fin de la paz fría"

- Típico de ustedes Nefilim preguntan y no esperan ninguna respuesta para sacar conclusiones. – Dijo ella sentándose en la banca en el interior de su celda, de la forma más elegante que su situación le permitió.

- Creo que no estás entendiendo Seelie – Dijo Jia con determinación – Tengo a un maniaco asesinando enclaves, submundos y mundanos a diestras y siniestras y motivos para creer que tú y tu gente están permitiéndole ir de un sitio a otro con un ejército de demonios.

- Me gustaría escuchar esos motivos. – Robert golpeó los barrotes, la mujer hada no pudo evitar sobresaltarse un poco; no había esperado eso.

- ¿Recuerdas cuando se decretó la paz fría? – Preguntó – La mayoría del mundo de sombras estuvo de acuerdo porque saben que las hadas son peligrosas… ¿Crees que alguien se opondría ahora, después de tanta destrucción si les decimos que el pueblo Seelie está apoyando a Sebastian?

- No pueden juzgar a todo un Reino por "traición" – Marcó las comillas - A un sistema que ni siquiera lo incluye.

- Quizás, pero la ley del ángel nos permite enjuiciar a su líder – Dijo el hombre – Ya el resto del submundo se encargará de cazar y castigar a tus hadas.

- Será una cacería sangrienta y la Clave no moverá ni un dedo para evitarlo – Aseguró Jia. La reina Seelie endureció la mirada, con el recuerdo de su último encuentro con Sebastian fresco en su memoria.

- Mi pueblo… - Comenzó, su voz estaba cargada de ira – No es responsable de ninguna de mis decisiones – Aclaró sorprendiendo a ambos Nefilims que no lo habían esperado, y así como ellos, estaba segura que nadie, ni siquiera Sebastian, lo habría previsto – Lo ayudé, y voy a declarar; responder sus preguntas frente a la Clave – Aseguró – Pero no pueden castigar al pueblo Seelie de los errores de su Reina.

- Bloquea el acceso a Sebastian y me encargaré de que seas juzgada como un individuo y no como un pueblo – Ofreció Jia. La Reina la miró con los ojos entrecerrados, pero finalmente suspiró asintiendo.

- Lo haré, no le debo ayuda a Sebastian Morgenstern – Aseguró; Jia y Robert se miraron con triunfo. – Solo necesito que me permitan hablar con Kaelie.

- Iré por los guardias y convocaré a la Clave – Informó Jia – Enviaré por Kaelie, pero no creas que se te permitirá hablar con ella a solas – Dijo saliendo a prisa. Robert siguió a la mujer, pero en lugar de salir tras ella, cerró la puerta de las mazmorras con seguro volviéndose para encararla. La Reina Seelie lo observaba atenta, con una ceja enarcada.

- ¿Tan rápido empezaran con las torturas e interrogatorios?

- Por ahora solo la parte del interrogatorio – Dijo Robert volviendo hasta los barrotes - ¿Cuál es tu plan?

- Estoy colaborando Inquisidor – Dijo ella - ¿Por qué debería haber un plan?

- Dices que vas a colaborar – La corrigió – Y no es propio de ti aceptar la culpa. – La mujer suspiró incorporándose, acercándose con paso lento a los barrotes hasta quedar frente a él.

- Estoy en problemas Inquisidor, graves problemas – Aceptó – Sebastian jugó sus cartas y debo admitirlo, creí que había previsto todos sus movimientos, pero me sorprendió – Admitió – No puedo permitir que mi pueblo cargue con las consecuencias, porque antes que nada soy su Reina.

Robert abrió la boca con sorpresa, no era una actitud que esperara de la Reina Seelie, a quien, dicho sea de paso, siempre había visto como un ser egoísta.

- Sin embargo – Continuó ella – Hay algo que sí puedo hacer… - Se llevó las manos al cuello retirándose el colgante de oro con la piedra negra en el centro y se lo tendió al Inquisidor. -…Y es cumplir con mi palabra.

- Son las joyas de Edom- Dijo Robert observándolo con desconfianza, había reconocido el brazalete: lo había visto en Magnus y luego en su hijo Max, y recordaba lo que les había informado Catarina, lo que las joyas podían hacer. Recorrió a Seelie con la mirada, del colgante al brazalete, al anillo y por último a la diadema, reconocía también esta última: la había visto por años entre los artículos mágicos que descansaban en la biblioteca del instituto de New York.

- ¿Cómo la obtuviste? – La Reina sonrió abiertamente.

- Tu pequeño mocoso es muy servicial cuando se lo propone – Dijo con sorna, complacida ante el estremecimiento de Robert – Pero su lealtad o falta de esta por su familia no es el tema a tratar aquí: Si sabes lo que son, estoy segura de que sabes lo que pueden hacer – Dijo ella.

- Porque sé lo que pueden hacer no puedo dejar de pensar que te dejaste atrapar por los guardias de la clave porque tienes algo más en mente; destruirnos desde adentro quizás.

- Si pudiera hacer eso, no le estaría entregando el colgante – Admitió – Pero puedo ayudarlos a destruir a Sebastian Morgenstern.

- ¿A cambio de qué?

- Asegúrese de ser el testigo en mi conversación con Kaelie; no hablaré con ella en presencia de nadie más. – Robert entrecerró los ojos, no podía evitar mirar a la mujer con desconfianza. – A cambio estoy ayudando a la Clave contra su principal enemigo, es un precio pequeño a pagar; bien dicen que la mejor arma contra un enemigo es otro enemigo.

- El detalle está en cuál es el enemigo que quiere destruir realmente – Dijo el hombre con los ojos entrecerrados - ¿Qué me garantiza que, al tocar el collar, este no destruirá la sangre del ángel en mí?

- Supongo que para ambos beneficiarnos es cuestión de confiar un poco - Robert frunció el ceño, porque por sobre todas las cosas, no confiaba en esa mujer.

- Supongamos que lo hago, que confío en usted – Dijo, en lo absoluto convencido - ¿Cómo pretende ayudarnos a detener a Sebastian?

- Tome el collar como muestra de buena fé, y déjeme hablar con Kaelie: le daremos las joyas a quien si pueda usarlas. – Dijo y agregó con una mirada peligrosa en sus ojos – Y no dije nada sobre detener a Sebastian – Lo corrigió – Dije destruirlo.

Robert dudaba, no sabía si creerle; pero si algo sabía era que tener las cuatro joyas en poder de la Reina Seelie era aún más peligroso que tocar el colgante. El hombre suspiró y encomendándose al ángel tomó el colgante.

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- Maldito demonio – Masculló Magnus por lo bajo, dejándose abrazar por Alec entre las sabanas. Luego de reconciliarse, mientras se recuperaban del momento entre respiraciones agitadas, Magnus había sorprendido a Alec preguntándole a detalle que le había dicho Max. El ojos azules, algo turbado no tuvo más que contarle lo que su hermano le había dicho sobre todo lo que hizo para separarlos por órdenes de Sebastian, y le explicó como el demonio había manipulado lo que Max recordaba para darle un contexto totalmente diferente. – Bien decía Mark Twain quien por cierto salía con una buena amiga: La gran diferencia entre un gato y un mentiroso es que el gato tiene apenas nueve vidas – Suspiró –No sé cuántas veces más tendremos que matarlo.

- Ujumm – Le dio la razón el Nefilim con un sonido gutural de la garganta, inspirando profundo el aroma a azúcar quemada del brujo. Realmente no quería hablar del tema, solo quería estar ahí y disfrutar de su cercanía Había temido por eternos diez minutos que no podría volver a ver a Magnus, que habría perdido al brujo en medio del ataque a la ciudad hacía dos días, que desde hacía una semana se habían separado irremediablemente debido a Max; y ahora poder sentirlo a su lado, disfrutar de su aroma, sentir el calor de su cuerpo le parecía el más grande regalo, un regalo.

Y sin embargo, sabía que no podían quedarse así para siempre.

- ¿Qué hora es? – Preguntó Alec para sí, no quería arruinar el momento, pero había hecho una promesa; giró el rostro para ver el reloj en la mesa de noche: las tres de la tarde, lo que significaba que en New York el medio día tenía un par de horas de haber pasado - Debo volver a New York – Lamentó con un suspiró sin embargo no hizo ademan de incorporarse, no quería hacerlo. Magnus se giró para encararlo con una expresión decaída.

- ¿En serio?

- Mi madre debe estar histérica, le dije que volvería para el medio día. - Magnus no respondió de inmediato, lo miró pensativo por un segundo antes de volver a recostarse, con la vista en el techo. Alec dudó tomando su mano – Lo siento Magnus – Se disculpó – Yo… vine a Buenos Aires sin avisar siquiera y…

- Te acompañaré – Decidió finalmente devolviéndole el suave apretón de manos - Estaba por volver de todas formas – Aseguró. Alec asintió un poco más tranquilo, besando su cabello y el brujo alzó la mirada para conectarla a la suya – Pero hay algo que quiero hacer antes – Le informó pensativo; Alec asintió si Magnus iba a volver con él, por supuesto que lo esperaría y acompañaría – Ese niño mundano que abrazabas cuando te encontré… quisiera dar con él – Explicó – Me preocupa que esté vagando solo por la ciudad.

- Es un pequeño nefilim – Lo corrigió Alec. Magnus maldijo por lo bajo.

- Eso va a complicarlo todo – Gruñó.

- ¿Todo? – Preguntó confundido.

- Y quiere decir que está solo – Lamentó, ignorando su pregunta; pensando en las implicaciones que todo eso tendría para sus planes – La enclave fue destruida por completo.

- Te ayudaré a buscarlo – Aseguró Alec – Creo que sé dónde se está escondiendo – Dijo pensativo. – Pero está completamente asustado… - El brujo asintió también pensativo – Luego podemos volver a casa…juntos. – Le sonrió tímidamente; Magnus le sonrió de vuelta, suspirando luego.

- Solo me pregunto… ¿Cuándo me darás la gran noticia?

- ¿La gran…?

- Maxxie – Dijo y Lightwood abrió la boca ligeramente.

- Oh…si… Maxxie…yo… – Se mostró ligeramente avergonzado – Le prometí que lo sacaría de la Ciudad Silenciosa y…

- ¿Y cuándo ibas decirme que somos padres? – Lo riñó; Alec abrió los ojos con sorpresa.

- ¿Somos?

- Bueno… si estamos juntos sería raro que me llamase tío Magnus ¿No crees? – Preguntó sonriendo – Aunque admito que preferiría recorrer Edom antes de hacerme cargo de dos niños. – Alec asintió de acuerdo, abriendo de pronto los ojos de par en par, incorporándose de pronto.

- Espera… ¿Qué?... ¿¡Dos!? – Magnus también se incorporó encarándolo, manteniéndole la mirada con sus ojos de gato totalmente decididos.

- Ese niño, el Nefilim; no quiero ni pensar en lo que tuvo que vivir – Explicó – Ni en lo que la Clave le hará pasar con interrogatorios si se lo entregamos; además estoy seguro que a Maxxie le encantara tener un hermanito.

- Espera – Lo detuvo Alec – Déjame… déjame ver si estoy entendiendo ¿Quieres quedarte…criar…que criemos al niño?

- Quiero ayudarlo en lo que pueda – Aceptó – Además es mi versión de un embarazo express para retenerte a mi lado – Bromeó guiñándole un ojo, Alec estaba demasiado perplejo como para reír -…Y a diferencia de ti, tengo la gentileza de avisarte. – Le recriminó; el nefilim asintió solo por hacerlo, sintiéndose de pronto ansioso como si acabara de lanzarse en picada desde un risco…otra vez.

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Estaban agotados, habían pasado las últimas 36 horas dirigiendo el control de daño en Vilna y Clary mientras atravesaba el portal directo a Alacante no podía dejar de pensar en una deliciosa ducha de agua caliente antes de tirarse a dormir por semanas.

Las cosas en Lituania habían resultado relativamente fáciles de atender: la Enclave en Vilna había actuado rápido y la mayoría del daño tanto para los mundanos como para el mundo de sombras había sido material. Si bien ella y Jace se habían ofrecido de inmediato a ayudar en lo que hiciera falta, sabía que su novio a su lado se sentía frustrado: no era limpiar el desastre que Sebastian dejaba a su paso lo que haría sentir a Jace tranquilo con su consciencia.

Aparecieron en el salón del Gard destinado para los portales, estaba totalmente solo.

- Vale, no esperaba un gran recibimiento, pero si al menos un par de guardias protegiendo este lugar – Dijo Jace desconcertado.

- Esto es raro – Coincidió ella caminando junto a él hacía la salida de la sala. A medida que se acercaban a la puerta se escuchaba el sonido de voces y pasos apresurados, Jace soltó a Clary tomando su cuchillo serafín con precaución, la pelirroja lo imitó, más incluso antes de que el rubio pudiese estirar la mano para abrir la puerta, esta abrió de par en par y un escuadrón de centuriones se dieron lugar a prisa, tras ellos un par de docenas de nefilims vestidos y organizados para el combate.

Los neoyorkinos se miraron, del otro lado de las puertas se podía ver a través de las ventanas el resplandor rojizo que cubría todo el cielo de Alacante, lo que significaba que otra vez las torres de los demonios estaban encendidas y convocaban por ayuda.

… Otra vez Sebastian atacaba.

- Rápido – Lo apresuraba un Nefilim que iba al frente, Clary lo reconoció como uno de los guardias del portal – El llamado fue desde Victoria City, Hong Kong.

Los centuriones asintieron con seriedad marcial apresurándose en atravesar el portal en pequeños grupos. Jace apretó la quijada, había sido un error ir a Vilna. ¿Cuántas ciudades ese demente de Sebastian habría atacado mientras él ayudaba a construir refugios? No le quitaba merito al trabajo de control de daño, pero él sabía que era el único con la capacidad física de hacerle frente al medio demonio, su lugar no era controlando el daño; su lugar era evitándolo.

Y patearle el trasero a ese maldito que hería a su parabatai, que lastimaba a su familia, que destruía las vidas de tantos en todo el mundo, era lo que más deseaba en ese momento.

Dio un paso al frente y Clary lo notó, sujetándolo de inmediato de la muñeca.

- Estás cansado Jace – Le hizo notar – No has descansado desde que nos fuimos a Vilna; ¿Cómo quieres rendir en batalla así?

- Sebastian está atacando otra ciudad, no puedo solo ignorarlo – Le replicó intentando soltarse, jalando en dirección al portal; los centuriones habían pasado ya y estaban haciéndolo el resto de los nefilims mientras otro tanto se apresuraba a presentarse.

Jace pudo escuchar un poco a lo lejos la voz de Jia; y jaló del agarre de Clary: Sabía que si la Cónsul llegaba intentaría evitar que fuese a Hong Kong, ella se lo había dicho: cuando los envió a Vilna y él sugirió que prefería quedarse en Alacante y estar preparado para el siguiente ataque de Sebastian: "La situación entre ustedes tres -se había referido a Clary- Es demasiado personal, que se presenten en batalla lo harían a él más peligroso"

Pero no le importaba porque lo último realmente peligroso era no hacer nada por evitar más muerte y destrucción.

Clary suspiró, podía ver la determinación obstinada en sus ojos dorados y tomó una decisión en tan solo un segundo, soltando la muñeca del rubio para sujetar su mano.

- Yo tampoco – Dijo – Si vas a enfrentarte a mi hermano, no vas a hacerlo sin mí – Dijo y agregó con una ligera sonrisa – Hace cinco años Magnus se acaparó toda la acción, yo también quedé con ganas de patearle el trasero.

Jace le sonrió de vuelta besando a la pelirroja a prisa, a penas lo suficiente para decirse a sí mismo que era precisamente por eso, por su valor que estaba tan perdidamente enamorado de ella. La voz de Jia se escuchó más fuerte, gritando órdenes a los Nefilims que entraban a prisa y ambos, tras un apretón ligero de manos, echaron a correr cuchillo serafín en mano empujando a otros cazadores de sombras antes de que alguno pudiese entender lo que pasaba y saltaron a través del portal, rumbo a Victoria City.

… directo a la batalla.

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- Ta…te…ti…to…to…to…

- TU – Gruñó Max con molestia.

- ¿Yo? ¿Yo que? – Saltó Maxxie; Max rodó los ojos. Estaba en la biblioteca recostado sobre un sillón intentando dormir mientras escuchaba a Maxxie repasar el silabario junto a Maryse pero la mujer en lugar de reñir al niño por haber olvidado algo tan básico que acababa de explicarle, lo miró a él mal.

- No le soples Maxwell – Lo riñó – Maxxie debe aprender las silabas si quiere leer.

- Leer está sobrevalorado – Gruñó con aun más molestia. Maryse enarcó una ceja, pero decidió no replicar al comentario; esa noche había tenido un buen avance con el muchacho, y había intentado mantenerlo esa mañana preparando para él un variado desayuno con infinidad de frutas. No había obtenido un "gracias", pero al menos Max lo había comido sin chistar dirigiéndole al terminar una ligera sonrisa; no quería volver a retroceder por una discusión acerca de un comentario que, sabía, estaba influenciado por su crianza con las hadas.

- Si no sé leer ¿Cómo sabré nuevos cuentos? – Protestó Maxxie; Max enarcó una ceja.

- Las mejores historias deben ser declamadas – Dijo – Como la balada de Heltz él Valeroso ¿La has escuchado? – Maxxie negó dejando olvidado el libro para volverse hacía el mayor cuando este comenzó a declamar.

Maryse escuchó a su hijo encantada; apenas parecía darse cuenta que, a su manera, había accedido finamente a contarle un cuento a Maxxie que lo oía en silencio, maravillado con cada rima. Max era realmente bueno, imprimiendo emoción en cada verso haciendo que ambos se envolvieran en la historia sobre un duende Seelie que robaba el yelmo de un gigante y despiadado ogro Unseelie para ofrecérselo como regalo de bodas a su enamorada.

Maxxie estalló en aplausos alegres cuando casi diez minutos después, Max terminó; Maryse también aplaudió encantada: Podía ver una técnica perfeccionada con los años y una enorme satisfacción en Max al haber gustado a su público, pero especialmente por sentir que había probado su punto.

- No quiero leer – Gritó el niño - ¡Quiero aprender a declarar!

- Declamar…- Lo corrigió Max.

- ¡Eso! – Aceptó el pequeño azul, sin embargo, la sonrisa de Maryse había desaparecido.

- No señor, hay que aprender a leer – Lo riñó – Puedes hacer ambas cosas, pero a Alec no le gustará un niño que no sabe leer.

Maxxie se enserió de inmediato ante eso último apresurándose en volver a sentarse a la mesa frente al libro con el que Maryse había estado enseñándole.

- No, no; quiero gustarle a papá – Dijo de inmediato – Enséñame a leer abuelita Maryse. – La mujer habría sonreído cálidamente al escucharlo llamarla "abuelita" de no ser porque miraba a Max con el ceño fruncido, intentando ver más allá de la cara de disgusto y el resoplido que dio al ver que la mujer conseguía atraer de nuevo la atención del niño de nuevo a los libros.

No lo entendía, Max había sido un auténtico ratón de biblioteca; ella entendía que en Feéra leer no se hubiese vuelto su prioridad, pero ahora que lo pensaba, desde que volvió nunca había tenido el más mínimo interés por tomar un libro aun cuando pasaba la mayor parte del tiempo en la biblioteca.

Se llevó una mano al bolsillo sacando la pequeña nota que Alec le había enviado tan solo hacía una hora diciéndole que había encontrado a Magnus y que volverían a New York en cuanto resolvieran un par de asuntos; la observó por un segundo, a veces sentía que sus hijos querían hacerla más vieja de preocupación.

- Ya que no estás haciendo nada, ¿podrías leerla por mí? Mientras sigo enseñando a Maxxie – Le pidió tendiéndole la carta a su hijo menor; este dudó en tomarla, pero Maryse insistió y no tuvo de otra.

- ¿Qué es?

- Una carta – Dijo con una ceja enarcada.

- ¿Sobre qué?

- Para eso te pido que me la leas – Dijo ella. Maxxie los observaba sin comprender porque Max y Maryse se mantenían la mirada fijamente, ella mirándolo con sospecha a él que finalmente suspiró mirando lo escrito en el papel; estuvo por casi un minuto así antes de suspirar.

- No veo bien sin mis anteojos – Dijo.

- Dijiste que las hadas corrigieron tu visión – Le recordó, él iba a replicar y ella agregó a prisa – ¿Y bien? ¿De qué trata?

- Es… Robert, dice que… pregunta por el niño mora – Dijo señalando a Maxxie. Maryse torció el gesto, pero asintió, dejándole la carta y volviendo a la mesa donde el pequeño la esperaba; sin embargo, no se sentó, tomó el libro y volvió hacía Max, dejando caer el volumen en la pequeña mesa frente a él - ¿Qué demonios…?

- Maximum ven acá, siéntate aquí – Dijo Maryse seria sin apartar la mirada de su hijo; el brujito obedeció corriendo a sentarse junto al muchacho quien se incorporó para alejarse de ellos, pero la mujer lo sujetó de la muñeca impidiéndoselo – Quédate donde estás Maxwell – Ordenó – Cuando eras niño amabas leer, si ahora no quieres hacerlo debe ser tu decisión, no la decisión de las hadas.

- ¿De qué demonios hablas? – Gruñó intentando soltarse de ella incómodo.

- Que no te voy a dejar moverte de aquí hasta que no te enseñe a leer de nuevo– Dijo seria; Maxxie soltó una exclamación sorprendida mirando a Max:

- ¿No sabes leer? – Preguntó el niño desconcertado.

- Claro que sé – Gruñó; de pronto se había ruborizado avergonzado.

- Por supuesto que si – Coincidió Maryse, después de todo Max había sido su orgullo al aprender a leer apenas a los cuatro años; y desde entonces, hasta su muerte a manos de Sebastian, no se había detenido. Para él los libros habían sido una ventana mágica a un mundo más increíble y fantástico que el mundo de sombras, ella había amado ver su sonrisa radiante cada vez que recibía un nuevo ejemplar, su emoción cuando logró convencer a Robert de que le comprara su primer manga, y no iba a perdonar que las hadas hubiesen cerrado esa ventana – Y yo voy a encargarme de que recuerdes como.

Max dudó un segundo, mordiéndose el labio indeciso; una parte de él sabía que podía solo negarse, soltarse de Maryse y marcharse de ahí. Sin embargo, había otra parte, que le recordaba el niño que había sido, las mil historias que había descubierto a través de los libros, esa parte que había ansiado desde que volvió a poner un pie en esa enorme biblioteca, por poder tomar un ejemplar cualquiera que fuese y entender otra vez como conjugar las silabas que formaban palabras y oraciones que contenían todo un mundo en su interior. Una parte que recordaba su alegría hacía cinco años, cuando Sebastian y sus oscuros le regalaron cientos de mangas que había estado determinado a leer y que nunca pudo saber siquiera de que trataban.

Y fue esa parte la que volvió a sentarse, asintiendo.

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Caminaron con cautela; tomados de la mano andando en silencio. El sol de la tarde era inclemente, las calles estaban poco a poco volviéndose más calmas a pesar de que aún había trabajo por hacer.

Alec le había explicado su teoría sobre cómo encontrar al niño y Magnus debía admitir, mientras se acercaban a las ruinas del instituto de Buenos Aires, que la suposición del Nefilim tenía sentido. Cuando no había visto al pequeño cerca del Instituto, lo había perdido persiguiéndolo camino a este, y si lo pensaba era lógico, el pequeño Nefilim había vivido en el instituto y ese lugar pese a estar en ruinas actualmente era lo único que conocía, lo único que podía hacerlo sentir seguro cuando le habían arrebatado todo.

- Creo… creo que deberías dejarme intentar hablar con él a solas primero – Sugirió Alec cuando llegaron a uno de los laterales del instituto, acercándose al boquete en la pared de donde había visto al pequeño salir la última vez.

- ¿Qué? ¡Tú ni siquiera hablas español!

- Pero él confió en mi bastante rápido…creo que se debe a que soy nefilim – Dijo, mordiéndose la lengua para no agregar nada más "y huyó cuando te vio" no quería herir a Magnus diciéndole algo así, pero presentía que el pequeño le tenía miedo al brujo.

- Está bien – Bufó – Te esperaré aquí – Aceptó recostándose a un lado de la pared – Pero no se queden mucho tiempo adentro, este lugar puede caerse en cualquier momento.

Alec asintió dándose paso a través del boquete no sin dificultad, era un espacio algo estrecho y con bordes irregulares, se hizo un feo rasguño en el brazo antes de logar pasar, tropezando de inmediato con una pequeña barricada hecha con escombros y trozos de muebles que habían acumulado. Alec maldijo, sin duda llegar con semejante escandalo no iba a ser la mejor manera de mantener su confianza.

No tuvo tiempo a pensar en qué dirección dirigirse cuando sintió una piedra golpearle la espalda. Alec se giró de inmediato, siendo impactado por una segunda piedra.

- ¡Para! ¡Yo!…– Exclamó de inmediato en español cubriéndose el rostro para evitar que alguna de las piedras le diera en la cabeza; sintió una tercera darle en el estómago – Amigo… Nefilim.

El ataque con piedras se detuvo; Alec se destapó el rostro con cautela. El lugar estaba a oscuras sin embargo podía escuchar el sonido del niño moverse antes de que la luz de una piedra mágica iluminara el lugar.

Y allí estaba, el pequeño con la piedra de Luz en su mano observándolo con ojos temerosos por un segundo antes de sonreír tímidamente. Alec le sonrió de vuelta intentando infundirle confianza.

- Amigos – Repitió señalándolo y señalándose a sí mismo; el pequeño asintió tímidamente, dando un paso en su dirección y luego otro antes de correr hacía él y aferrarse a su cintura. Le devolvió el abrazo, sintiendo una vez más el corazón estrujársele, entendía perfectamente porque Magnus quería llevarlo con ellos. – Ir…lugar seguro.

El niño apenas contuvo una suave risita por lo divertido que le parecía la manera en que Alec hablaba; sin embargo, entendía lo que estaba queriendo decirle y por eso se separó del mayor para mirar con duda el interior del instituto. Alec lo observó también, la luz mágica en la mano del pequeño le permitía ver que estaban en una habitación principal, la cama matrimonial estaba parcialmente quemada y sin embargo las sabanas arrugadas eran prueba de que alguien la había usado recientemente. Se estremeció de pensar que el niño hubiese dormido allí los últimos días.

Pudo ver del lado que se había salvado del fuego, que había una fotografía sobre la mesa de noche: del niño con dos adultos, suponía que sus padres. Abrió la boca con sorpresa y desconsuelo.

- Tus…padres... ¿Habitación? – Preguntó. El niño asintió, sus ojos llenándose de lágrimas – ¿Morir? – El niño volvió a asentir, las lágrimas cubrieron sus mejillas.

Alec puso una mano sobre sus hombros agachándose a su altura, limpiando sus lágrimas con cariño; su rostro estaba pegajoso y sucio, con dos días de sudor, lágrimas y tierra cubriéndolo.

- Yo…cuidar tu – Dijo; se sentía algo frustrado por no poder expresarse como quería, él podría colocarse una runa de lenguas para entender español pero el pequeño no había dicho ni una palabra desde que lo vio por primera vez y no podía colocarle una a él pequeño para que entendiera ingles porque era muy joven. – Lugar seguro… Amigos – Esto último lo dijo señalando al exterior.

El niño se aferró a su piedra de Luz. Alec pudo entenderlo, el pequeño quería ir; realmente tenía miedo de seguir allí, solo; pero temía también perder aquello que le quedaba de sus padres, de su familia y su vida.

Alec se incorporó acercándose a la cama; tomando el portarretratos con la fotografía del niño y sus padres y volvió a él, tendiéndosela. Este la tomó aferrándola de inmediato a su pecho.

- Tu y yo… ¿Ir? – El niño finalmente asintió y Alec sonrió cargándolo en brazos. El pequeño apoyó su cabeza sobre su hombro, sin soltar la fotografía ni la piedra de luz. Alec protegió con la mano la cabeza del pequeño mientras pasaba los escombros de la barricada y luego salía a través del boquete donde Magnus lo esperaba.

El brujo se enderezó de inmediato al verlos.

- ¿Estás bien? Estás sangrando – Dijo al ver el corte en el brazo del nefilim.

- Si estoy bien, me raspé al entrar – Le restó importancia, haciendo un gesto con la cabeza para señalar al pequeño – Podrías… ¿explicarle bien? No creo haberlo logrado.

Magnus asintió; podía escuchar los sollozos del pequeño que no había separado su rostro del hombro de Alec. Estiró la mano para acariciar su espalda intentando darle confort, pero lo único que consiguió fue que el niño se estremeciera. Los sollozos desaparecieron de inmediato y el pequeño se incorporó girándose de inmediato, alerta. Alec lo vio abrir los ojos de par en par, horrorizado al encontrarse de frente a los ojos de gatos de Magnus.

Tuvo que sujetarlo bien para que no fuese a caérsele cuando el niño empezó a removerse desesperado por salir de los brazos del Nefilim y apartarse.

- Está bien…está bien… amigo – Intentó explicarle - ¡Magnus ayuda!

- Oye tranquilo – Intentó – Queremos ayudarte – Él pequeño negó frenéticamente haciendo el esfuerzo por soltarse. – No voy a hacerte daño.

- Gato – Gritó el pequeño y ambos adultos se miraron con sorpresa, era la primera vez que alguno de los dos lo escuchaba emitir sonido alguno - ¡Gato malo! ¡Fuego!

- ¿Qué? No, no… no soy malo, soy un brujo, amigo de los nefilim.

- Quemó el instituto… lo quemó todo – Seguía sollozando el pequeño; Alec los veía sin entender nada, solo sabía que no debía soltarlo o el pequeño escaparía – El fuego era…rosa…fucsia.

Magnus se apresuró en chasquear los dedos, una pequeña llama azul apareció en sus manos. El niño la observó estremeciéndose.

- Lo ves – Dijo; el niño dudó, pero asintió – Es azul. – El niño volvió a asentir aferrándose aún más a la fotografía. Magnus lo notó, estaba de frente a él y pudo ver los rostros de los adultos. Abrió la boca con sorpresa, reconocía el rostro de esa mujer, había visto su cuerpo sin vida, Tessa se lo había mostrado cuando le contó sobre el niño que había intentado proteger. Miró al pequeño nuevamente – No te haré daño Rafael – Aseguró usando su nombre, porque estaba seguro que era él. El niño se sobresaltó al oírlo – ¿Ese es tu nombre, cierto? – El niño asintió, no por eso más tranquilo - Soy amigo de Alec – Señaló al Nefilim – Y tuyo.

El niño dudó; Magnus estiró la mano en su dirección y él lo miró con desconfianza aferrándose aún más a Alec sin embargo no apartó al brujo cuando revolvió su cabello.

- Vamos a llevarte a un lugar seguro… habrá…habrá más nefilims, es un instituto – Dijo intentando lograr que confiará – Ahí podremos cuidar de ti – Le explicó chasqueando los dedos colocando un glamour sobre sus ojos para que se vieran como los de cualquier otra persona, castaños como los del niño. – Confía en nosotros Rafael – Le suplicó casi en un susurro. Rafael se sorprendió, pero no respondió, miró a Alec, luego a Magnus y finalmente la fotografía en sus manos.

El brujo esperó paciente, podía ver el miedo reflejado en sus ojos, la duda: un brujo había ayudado a Sebastian, uno con alguna característica que le recordaba a un gato y eso no sería fácil de que lo olvidase para que confiara en él.

Pasaron un par de minutos antes de que el niño se decidiera asintiendo: Magnus estiró la mano hacía él, no creía que Rafael dejara que lo cargase, pero quería estar seguro de que lo aceptaba y en ese momento agradeció haberlo hecho; sin aviso Alec gritó soltando al niño y cayendo al suelo. Bane sujetó a Rafael antes de que se golpeara mirando al Lightwood sujetarse el brazo gritando con dolor.

- ¿Alec? – Preguntó. El niño lo miraba asustando, lo suficiente como para no notar que se había aferrado a Magnus - ¿Alec que pasa?

- J…Ja…Jace – Dijo entre dientes; había sentido el fantasma de un dolor punzante en su abdomen mientras que la runa de parabatai ardía dolorosamente desde su brazo, extendiéndose hasta su medula e inmovilizándolo por completo. Magnus se agachó junto a él, no sabía que hacer; temía que, si soltaba a Rafael, el niño escaparía, pero tenía que ayudar a Alec. El nefilim se quitó la chaqueta torpemente, la runa en su brazo se veía más intensa. – Jace… está herido… debo volver…

El brujo inspiró profundo tomando una decisión; soltó al niño para apresurarse a convocar un portal. Rafael no huyó, el pequeño veía a Alec preocupado y se acercó a él sujetando la piedra de luz con la misma mano que la foto para liberar la otra y tomar a Alec de la mano, como si quisiera consolarlo de la misma forma en que este había hecho con él.

- Vamos – Lo instó Magnus, ayudando a Alec a incorporarse. El ojos azules no soltó la mano de Rafael – Vamos- Repitió en español al niño; antes de, los tres, atravesar el portal rumbo a New York.

Aparecer en el callejón junto al Instituto fue bastante caótico: Alec cayó al suelo gritando de dolor cuando el ardor en su runa parabatai incrementó, quemando cual acero al rojo vivo. Magnus tuvo que poner todo de sí para evitar que el Nefilim cayese al suelo en primera instancia, pero tuvo que soltarlo cuando Rafael pálido, se soltó de Alec; aterrado al verse de pronto en un lugar desconocido y tan imponente como podía resultar New York.

El niño retrocedió y Magnus pudo ver su intención en echar a correr para esconderse, por lo que no lo pensó mucho y corrió tras él, no podía atraparlo con magia o lo aterraría aún más. Logró atraparlo de la cintura antes de que saliera del callejón.

- Tranquilo, estamos en casa – Intentó calmarlo hablándole en español – Este es el Instituto de New York, el hogar de Alec. – El niño lo miró, dudando, mirando el sólido muro que suponía la pared lateral del instituto y finalmente mirando tras Magnus.

- Alec – Dijo apuntando con el dedo por encima del hombro del brujo. Magnus se giró de inmediato, sintiendo que el corazón se le caía a los pies: Alec había caído de rodillas y se sacaba sangre del labio que se mordía para no gritar por el dolor que recibía a través de la runa parabatai; el dolor de Jace.

- Escucha, Rafael; ¿Quieres ayudar a Alec? – Preguntó, necesitaba una manera de que el niño no se escapara cuando ayudara a Ale a levantarse. El pequeño miró al Nefilim de ojos azules y asintió fervientemente – Entonces no huyas, ayúdame a llevarlo al instituto.

El niño volvió a asentir. Magnus lo soltó apresurándose a por su Nefilim, ayudando a Alec a incorporarse apoyándolo en su hombro y sujetándolo de la cintura. El ojos azules sintió a Rafael aferrarse a su pierna, como si con eso quisiera ayudarlo a mantenerse en pie; y no sin esfuerzo se dirigieron al frente del instituto.

Magnus no soltó a Alec hasta que hubieron llegado al ascensor, el ojos azules se apoyó entones en la pared del mismo sin apartar una ano del lugar en que estaba su runa. Rafael en cambio no soltó su pierna en lo absoluto.

- ¿Aun sientes a Jace? – Preguntó el brujo preocupado, realizando un pequeño hechizo para saber en qué parte del instituto estaría Maryse. Alec asintió con la quijada apretada por el dolor – Maryse está en la biblioteca – Informó.

Alec asintió con ínfimo alivio; realmente agradecía no tener que atravesar todo el instituto para hablar con su madre, pero realmente lo único que podía hacerle sentir mejor era saber con certeza que Jace estaba bien.

Magnus volvió a sujetarlo para, junto con Rafael, ayudarle a llegar a la biblioteca pero la escena que encontraron dejó a ambos adultos perplejos por un segundo.

- Los… ne…fi… Nefi…lim ti…e…nen…un…una se…te…la - Ese era Max, sentado junto a Maryse y Maxxie con un enorme libro enfrente, leyendo torpemente la línea que la mujer le señalaba.

- Es – Lo corregía Maxxie – E y S es "es" no "se"

- Claro que no – Bufaba el mayor.

- Claro que si – Infló sus mejillas azules - ¿Verdad abuelita?

- Max lo estás haciendo bien, pero debes dejar que te corrijamos.

- ¡Él ni siquiera sabe leer! – Bufó – Además…

- Lamentamos interrumpir tan pintoresca escena – Intervino Magnus ganándose la mirada de los tres – Pero necesitamos ayuda.

- ¡Magnum! – Exclamó Maxxie alegre, ahogando un grito alarmado al notar a Alec – ¡Papá! – El brujo no tuvo tiempo a turbarse o estremecerse por esa palabra, porque ya Maryse y Max se habían incorporado corriendo a prisa hacía ellos.

- ¡Alec! – Exclamaron a la vez.

- ¿Qué le pasó? – Preguntó Maryse llegando hasta ellos y ayudando a su hijo.

- ¿¡Que le hiciste!? – Preguntó en cambio Max empujando al brujo; Alec le había dicho que amaba a Bane, solo por eso lo había instado para que lo buscar, en cierta forma había puesto su confianza en el brujo y le enfurecía pensar que se había equivocado. Magnus le devolvió el empujón.

- Tu no me toques, que sigo con unas ganas de partirte la cara. – Siseó el brujo.

- Magnus – Lo detuvo Alec con voz adolorida dejando que su madre lo sentara y estirando el brazo para que pudiera ver su runa de parabatai, sintió un vuelco en el corazón ¿Era su impresión o estaba más tenue? – Es Jace, está… muy herido.

Maryse palideció al instante dejando a Alec dispuesta a tomar papel y lápiz para escribir a Robert; como si lo hubiese invocado con el pensamiento un mensaje de fuego oficial de la Clave llegó; la mujer palideció, era una nota de Jia con apenas unas palabras que leyó en voz alta haciéndola tener que sentarse ¿Acaso Raziel se había ensañado con su familia?

"Sebastian atacó de nuevo, Jace está grave en Basilias"

- ¿Sebastian? – Repitió Max con claros sentimientos encontrados en su tono.

- ¿Cómo pudo con Jace…? – Cuestionó Maryse.

- Ahora es un demonio completo – Aseguró Magnus – Lo vi sangrar, es icor lo que brota de sus heridas.

- Necesito un portal para Alacante – Dijo directamente a Magnus incorporándose de nuevo, necesitaba saber cómo estaba su hijo rubio y avisarle a la Clave lo que Magnus acababa de decirle; el brujo asintió de inmediato.

- Voy contigo – Exclamó Alec intentando incorporarse.

- Tienes prohibida la entrada a la ciudad – Lo contradijo su madre.

- ¡Pero es mi parabatai!

- Te mantendré informado de todo hijo, avisare a Isabelle también – La mujer se apresuró en salir de la biblioteca mientras sacaba su celular para marcar a su hija. Max se removió incomodo, sintiéndose inútil y solo atinó a colocar una mano sobre el hombro de Alec como un burdo intento de decirle que todo estaría bien.

Magnus estaba por girarse y salir tras Maryse para realizar el portal cuando la confundida voz de Maxxie resonó en la biblioteca.

- ¿Tú quién eres? – Todos voltearon hacía él, el pequeño brujito ajeno a lo que pasaba había centrado toda su atención en el pequeño niño que había entrado aferrado de la pierna de su papá y que, al ver tantas caras desconocidas hablando en un idioma extraño para él, se había apartado agazapándose en un rincón como si quisiera dar lo que fuera para fundirse con el papel tapiz y pasar desapercibido; y ahora veía a Maxxie con una mezcla de curiosidad y miedo.

Magnus maldijo por lo bajo, genial padre iba a ser si no tenía ni diez minutos con el niño y ya lo había olvidado por completo. Alec le hizo una seña para que se apresurara en salir: mientras más pronto Magnus hiciera un portal para su madre, más pronto tendría noticias de Jace. El brujo asintió, dándose prisa en ir tras Maryse, tenía que aprovechar de advertirle sobre Sebastian

- Él es Rafael, Maxxie – Explicó el ojos azules cerrando los ojos y respirando profundo para contener el dolor – No habla inglés, pero va a quedarse con nosotros a partir de ahora.

- ¿Acaso piensas recoger un falso hijo cada vez que te vas del instituto? Con razón tenías prohibido salir – Bufó Max con molestia; eso era absurdo, apenas se estaba haciendo a la idea del pequeño brujo ¿Tendría que compartir a Alec con otro niño? Maxxie miró al menor de los Lightwood, luego a Alec y por último a Rafael, pero esta vez no había curiosidad en su mirada, en su lugar frunció el ceño.

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Gruñó ante el pequeño escándalo que se había formado en la biblioteca. Maxxie había hecho desaparecer la silla del nuevo mocoso de Alec cuando este se sentó con ellos a la mesa y ahora el ojos azules y Magnus reñían al brujito.

Max refunfuñó, hacía casi un día que Maryse se había marchado a Alacante luego de que avisaran que Jace estaba herido. Desde entonces Alec y Magnus se habían quedado a cargo del instituto, el brujo asegurándose de reponer las salvaguardas; y juntos habían intentado introducir al otro niño, Rafael, con Maxxie pero el pequeño azul no se los había puesto fácil; Max podía sentir empatía por el brujito, él también sabía lo que era que un niño llegara a quitarte tu lugar como el pequeño consentido de la familia.

Intentó ignorarlos volviendo la mirada al libro en su regazo; apenas había tenido una lección de lectura con Maryse, pero había despertado su deseo de volver a hacerlo como antes. Había visto hacía algunas horas a Alec usando el enseñar a Maxxie las silabas como excusa para distraerse de la preocupación por Jace, le habría gustado unirse, pero no se había atrevido con Bane tan cerca hablando en español con Rafael que aún se mostraba algo cohibido.

Él sabía ya que Bane no había lastimado a Alec, pero casi habría preferido no enterarse de la verdad, porque ahora sentía que no podía estar en la misma habitación que él y no sentir culpa. El brujo lo había estado ignorando y Max había hecho lo posible por no hacerse notar en su presencia, sin embargo, en ocasiones podía notar las miradas enojadas de sus ojos de gato ocultos bajo un glamour.

Suspiró, suponía que en algún punto tendría que disculparse con él, pero por ahora solo se centraría en el libro y…

- Pero que escena tan familiar – Max saltó ante el tono burlón justo tras suyo. Se incorporó a prisa viendo apoyado en el respaldo del sofá en el que había estado. El rubio no lo veía, sino que tenía sus ojos negros fijos en Alec y Magnus junto a los niños; Max se estremeció, su sonrisa burlona distaba completamente de sus ojos que brillaban de forma peligrosa.

- Bash… Sebastian… ¿Cómo? ¿Qué haces aquí? – Preguntó mirando a prisa hacía su hermano y el brujo ¿Qué acaso no lo veían? Era imposible que no lo hubiesen escuchado ¡Estaban a solo un par de metros de distancia! Y esas salvaguardas de Bane ¿No que muy alto brujo?

- Vine a visitarte – Dijo saltando para sentarse despreocupadamente en el sofá, en el lugar donde Max había estado – Me preguntaba porque no has intentado comunicarte conmigo en los últimos días – Dijo – Generalmente ignoro tus intentos, pero no has hecho ninguno – Max tragó grueso retrocediendo un paso y Sebastian lo notó; sonriendo aún más filosamente y enderezándose en el sofá - ¿Me tienes miedo Well?

- N…no – Negó, sus ojos no podían quedarse fijos en el rubio; viajaban de él a Alec, Bane y los niños y el miedo se hacía cada vez más pesado en su estómago: ¿Por qué seguían ignorándolo? Tenían que huir de allí, si Sebastian le hacía daño a Alec…

- ¿Tienes miedo de que me acerque a ellos?... – Preguntó con una peligrosa sonrisa; Max no respondió y Sebastian desapareció del frente de él para aparecer justo al lado de Alec que había dejado de reñir a Max y ahora lo sentaba junto a Rafael - ¿A Alexander? – Preguntó estirando la mano como si quisiera acariciar su mejilla, pero conteniéndose en el último segundo.

Max lo observó confundido, notando como la imagen de Bane y los niños comenzaban a hacerse cada vez menos nítida; solo Alec se mantenía allí, ignorando a Sebastian o a él mismo por completo.

- Estoy soñando – Susurró para sí al notarlo.

- Y elegiste precisamente esta… entrañable escena para soñar – Dijo con repulsión desapareciendo del lado de Alec para aparecer frente a Max, apretándole las mejillas con una mano y alzándolo del suelo hasta dejarlo apenas de puntillas – Justo cuando he conseguido la forma de devolver a tu hermano a nuestro lado, ¿Piensas en traicionarme? – Siseó – Piensas que realmente Bane permitirá que formes parte de su "familia feliz"

- Solo… solo eres un mentiroso… - Escupió.

- ¿Mentir? ¡Ahí no hay lugar para ti! – Rugió arrojándolo al suelo de frente a la escena. Bane y los niños habían vuelto a aparecer, estaban comiendo en una mesa para cuatro, sin lugar para nadie más. – ¿O acaso crees que Bane no intentara deshacerse de ti en cuanto tenga la oportunidad? ¿Después de todo lo que le hiciste? – Max intentó negar, pero la mirada de Magnus, con los ojos de gatos enojados puestos en él lo miraron - Tu lugar y el de Alexander es en Edom, Well; siempre lo has sabido y cuando llegue el momento, lo vas a ayudar a venir a mí.

El chico dudó, no podía confiar en Sebastian, no podía, pero ¿Cómo no hacerlo cuando era lo único que había hecho en los últimos cinco años?

Tu familia siempre tendrá un lugar para ti MaxLa voz de Sebastian se escuchó etérea de pronto; el muchacho respingó mirándolo, Sebastian no lo miraba en cambio veía la escena familiar de Magnus, Alec y los niños con una sonrisa entrañable, una sonrisa que esta vez sí alcanzaba sus ojos verdes. – No sigas contactando con Sebastian, ni dejes que Alec vaya a Edom.

- Alec no quiere ir a Edom – Dijo confundido

- Aun no –Coincidió - Debes despertar, Max.

Max respingó incorporándose de pronto. Se había quedado dormido sobre el libro que había intentado leer, la escena en la biblioteca era muy similar a lo que había estado soñando: Alec estaba sentado junto a Max y Rafael intentando hablar con ellos, haciendo entender al brujito que debía llevarse bien con el moreno. Magnus estaba sentado también allí, tenía mapas abiertos en la mesa e intentaba realizar un hechizo de rastreo sin concentrarse por completo, interviniendo de vez en cuando en lo que Alec decía funcionando como intérprete para Rafael.

- Sebastian – Balbuceó restregándose el rostro, había sido un sueño, pero sabía que no por eso debía tomarlo menos en serio.

- ¿Qué dijiste? – Se interrumpió Alec mirándolo. Max le sostuvo la mirada suspirando finalmente.

- Sebastian – Repitió. Magnus se incorporó, tenía en su mano el anillo Morgenstern. Max había visto cuando Alec se lo entregó la noche anterior y desde entonces el brujo había intentado rastrear a Bash con cientos de hechizos sin éxito, por lo que había entendido cada hechizo había ubicado a Sebastian en el cementerio de Idris, más específicamente en su tumba.

El anillo era de un Nefilim y rastreaba hasta el cuerpo de un Nefilim, ellos buscaban a un demonio.

- ¿Qué pasa con Sebastian? – Preguntó el brujo dejando el anillo sobre los mapas en la mesa. Los niños dejaron de pelear entre sí, al parecer percibiendo la tensión que había inundado la biblioteca.

- Estaba aquí – Dijo; estaba pálido – Aquí – Aclaró señalando su cabeza. – Yo…él quiere…

- Te comunicaste con él – Entendió Alec. El menor asintió.

- ¿Cómo lo haces? ¿Dónde está Sebastian? – Preguntó Magnus.

- No lo sé…

- Que conveniente – Bufó el brujo.

- Magnus…- Lo contuvo Alec, miraba a su hermano analíticamente, se veía desencajado con lo que sea que hubiese visto, que Sebastian le hubiese dicho mientras dormía. No era la primera vez que él decía que tenía un contacto con el demonio, la última vez había besado a Magnus en la enfermería porque "Sebastian le dijo" pero hasta donde él sabía el demonio no tenía ese poder de comunicarse con los demás a través de los sueños. - ¿Que te dijo?

- Estaba… estábamos aquí, estaba enojado por ustedes…- Señaló a ambos hombres – Y entonces sus ojos se volvieron verdes y…

- Jonathan – Susurró Alec sorprendido intercambiando una mirada con Magnus quien frunció el ceño. – ¿Te comunicas también con Jonathan? – Max negó encogiéndose de hombros.

- Cuando Sebastian lo trajo de vuelta a la vida…- Comenzó el brujo de pronto preguntando directamente a Alec - ¿Hicieron la ceremonia ritual para la protección de los niños nefilims de influencia externa?

- La ceremonia… - Alec abrió la boca con entendimiento: ¿Cómo no lo había notado antes? Habían vivido lo mismo con Jace hacía ya tanto tiempo: Su parabatai le había contado como a través de sueños habían ido controlándolo, instándolo a hacerle daño a Clary e incluso fue así como a fin de cuentas Lilith lo usó para devolver a Sebastian a la vida; también le había contado que había visto a Max en uno de sus sueños, intentando ayudarlo en ese entonces.

Volver de la muerte había dejado a Jace vulnerable a cualquier influencia externa tanto del infierno como del cielo; y él no se había dado cuenta hasta ahora que era así como Sebastian estaba intentando manipular a su hermano.

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- ¿Dónde está Clary? ¡Clary! – Fue lo primero que brotó de los labios de Jace al abrir los ojos. Tenía un dolor opresivo en el pecho que nada tenía que ver con la venda que cubría su torso; no, era más bien un miedo visceral que se acrecentaba con cada rostro que aparecía ante él y no era la pelirroja - ¡Clary! – gritó intentando incorporarse, pero un par de manos se lo impidieron.

Todo a su alrededor era un caos, estaba en Basilias y era Maryse quien lo sujetaba. Isabelle estaba a su lado abrazando reconfortante a Simon quien estaba sentado en una silla más pálido de lo normal en su vampirismo, con la vista fija en el suelo y una nota de apariencia oficial arrugada en su puño. El rubio sintió que perdía el aliento.

- ¡Despertaste! – Exclamó Isabelle con alivio – Hay que avisarle a Alec – Dijo – Como no tiene permitida la entrada a Alacante, ha estado enviando montones de mensajes de fuego las últimas horas.

- ¿Horas? – Ahogó el rubio - ¿Cuánto… cuanto ha pasado?

- Casi veinticuatro horas – Respondió Maryse con pesar – Sebastian prácticamente destruyó Hong Kong. – Jace palideció, él había acudido a Hong Kong para detener a Sebastian y solo había empeorado todo.

- ¿Y Clary? – Repitió su pregunta con un vibrato agudo, esta vez temiendo la respuesta - ¿Dónde está Clary?

- Jace… ¿Qué es lo último que recuerdas? – Preguntó Maryse con cautela; el rubio inspiró profundo intentando poner su mente en orden.

- Cuando volvimos de Vilna nos enteramos del ataque en Victoria City – Explicó – Clary y yo fuimos a ayudar contra Sebastian, estaba arrasando con todo; nos enfrentamos a él, pero…era más fuerte, más ágil.

- Más demoniaco – Complementó Maryse – Magnus me dijo que al parecer Sebastian es ahora un demonio completo – Dijo – Un demonio con los conocimientos y el entrenamiento de un Nefilim pero sin las limitaciones que un cuerpo humano puede suponer.

- Él estaba ganando – Continuó Jace, estaba molesto consigo mismo por eso – Y entonces me sacó del juego, me clavó una daga…- Inconscientemente se llevó una mano al torso vendado – Y…y… no sé qué pasó con Clary – dijo angustiado.

- Ya se ha coordinado su búsqueda – Susurró Isabelle como si buscara la mejor manera de suavizar la noticia – Ella…

- Se la llevó – Soltó Simon soltando la nota en sus manos, la había recibido la tarde anterior un papel con la letra de Jia informándole lo que había pasado con su amiga. Alzó el rostro, su mirada era dura – Sebastian tiene a Clary.

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Capitulo largo y lleno de emociones; ¿Qué les pareció?

Malec se ha reconciliado, y no solo eso sino que y tienen a sus dos hijitos consigo… lo cual no será fácil si Rafael le teme a Magnus y Maxxie no quiere a Rafe D: y por si los problemas no fuesen suficientes, Sebastian se llevó a Clary :O ¿Qué va a hacer con ella? Y Robert…oh Robert… ¿Realmente deberías confiar en Seelie y tocar el collar?

Todo eso lo veremos en el próximo capitulo; que por cierto es el primero de la parte VI; se llamará La "X"

Nos leemos pronto

Besos :3

P.D: A que fue sumamente adorable ver a Maryse enseñando a leer a sus dos Max *w*