Holaaa! aquí estoy como prometí ¿Listos para la última publicación de esta historia? Ohh me da tanto sentimiento y satisfacción finalmente publicar esto. Gracias a Lalala Gem por comentar n.n les dejo leer!
Epilogo: Sin arrepentimientos
No me arrepiento de nada, todo lo que hice marcó un paso en mi vida, sin eso no sería lo que soy.
Madonna
X.X.X.X.X.X
Se dio prisa en arreglar su bufanda alrededor del cuello dispuesto a salir, exclamando una sonora maldición cuando tropezó con un par de patines dejados sin cuidado en la sala del departamento. Los hizo a un lado para evitar futuros accidentes, mascullando para sí mismo, tenía que hablar seriamente con Rafael: el niño, ya no tan niño, estaba entrando en la adolescencia y patinar se había vuelto su nueva afición, no que el futbol soccer hubiese dejado de serlo, de hecho Alec temía el momento en que decidiera que jugar soccer sobre patines sería divertido; como fuera, el patinaje estaba bien, a Alec le gustaba verlo patinar por las calles, pero era muy desordenado, casi tanto como Maxxie… Max, se recordó mentalmente, porque aparentemente los ocho años era el límite para ser llamado de forma tan infantil como "Maxxie"
Intentó no maldecir demasiado por los zapatos regados del brujito junto a la entrada; ya iba lo suficientemente tarde como para ponerse a ordenar; en cambio salió a prisa tomando un segundo para agradecer mentalmente que sus hijos no estuviesen en casa esa mañana para oír sus malas palabras o estarían todo el día reclamando su "derecho" a también decirlas. Bajó las escaleras casi a la carrera, esperaba que los niños hubiesen pasado un buen fin de semana en el instituto porque él sí que la había pasado bien en su pequeño viaje/cita por Asia. Tenía que agradecerle a Jace y Clary por haberlos cuidado a pesar de que la pequeña Jocie de dos años los tenía a ambos totalmente ajetreados. Estaba ansioso por volver a verlos esa tarde, para escuchar con que nuevas ideas sacaron de quicio a Jace.
Alec salió a la calle, tomándole un par de minutos conseguir un taxi; no pudo evitar mirar una y otra vez su reloj durante todo el recorrido a Manhattam, un tanto exasperado por lo rápido que parecían ir las manecillas. Había vuelto a casa solo para tomar un baño y ponerse algo de ropa de invierno, pero tal vez no había sido tan buena idea; no iba demasiado tarde, pero sus conceptos de tiempo y tardanza no eran iguales que los del resto. Solo esperaba que no se fuese a enojar mucho con él; entender lo que le enoja y que no, es algo que aún no maneja del todo.
Apenas el taxi se estacionó en Central Park se bajó a la carrera sin esperar el cambio; se dio prisa en atravesar el parque sin correr realmente para no parecer un loco ante los mundanos, y se detuvo solo un minuto para comprar un par de manzanas cubiertas de caramelo en un pequeño puesto. Conocía el claro que buscaba a la perfección, y solo cuando escuchó la música alegre, aligeró el paso para acercarse al corro de personas reunidas alrededor de los intérpretes.
Alec se mantuvo justo al borde del claro, lejos de la multitud que se deleitaba con el sonido de los instrumentos: un aulos y una citara. Se permitió disfrutar del pequeño recital mientras los chicos, ya no tan chicos se recordó puesto que uno tenía ya 20 años y el otro 30 aunque la magia Feéra no les permitiera envejecer a la velocidad normal, interpretaban la bonita melodía, acompañándola de vez en cuando por los versos del mayor. A sus oídos también llegaron las exclamaciones fascinadas de la multitud a su alrededor y no pudo evitar sonreír orgulloso de su hermano.
Desde la muerte de la Reina Seelie y la Reina Kaelie hacía ya cinco años, la política de las hadas para su interacción con los mundanos y el resto del submundo habían cambiado radicalmente: la nueva reina, Noelie, si bien era un hada en toda su expresión, también era más humana, y Alec sospechaba que el estar casada con un mundano que se negaba a abandonar su vida como tal, influía bastante en eso. Como fuera, la Reina permitía esos pequeños espectáculos producidos no solo por "las mascotas" sino incluso por miembros de su corte cosa que, se recordó Alec al ver como algunos mundanos se acercaban para dejar algunos dólares frente a los chicos, les servía para obtener dinero para el Reino.
Como fuese, no pudo evitar una triste sonrisa pese a lo alegre de la música; hacía cinco años había tenido que tomar una decisión muy difícil en Edom: elegir entre la vida de Magnus o ser parte de la vida de Max, que este lo recordara a él y su familia; y aunque no se arrepentía de lo que había elegido, había momentos en que su pecho se estrujaba con las consecuencias de sus decisiones.
El pequeño recital duró otros quince minutos, y Alec gruñó para sí mismo cuando las manzanas de caramelo le impidieron aplaudir también. Esperó paciente hasta que la multitud se hubo dispersado para acercarse, escuchando como algunas personas se acercaron a los músicos para felicitarlos.
-…al menos piénsenlo – Pedía un hombre de traje que les ofrecía una tarjeta – Yo podría hacerlos recorrer el mundo entero con su música.
- Ya recorremos el mundo – Lo desestimó Richard con un arrogante gesto de la mano.
- No seas grosero – Lo riñó Max tomando la tarjeta por cortesía – Lo pensaremos, aunque sinceramente no prometemos nada. – Alec sonrió al escucharlo hablar con la pluralidad que la intimidad otorgaba; Richard en cambio chasqueó la lengua.
- No mientas, yo no lo pensaré – Su tono fue una riña mientras tomaba el dinero que habían ganado. El empresario al ver que no lograría nada más se marchó y Alec se acercó finalmente, viendo como su hermano se acercaba a Richard contoneando las caderas con una sonrisa juguetona.
- ¿No lo pensarías aun si me fuera con él? – Preguntó tomándolo de la mano libre para acercarlo a él - ¿Vas a dejar que alguien más acompañe el sonido de mi aulos?
Alec enarcó una ceja, realmente no podía creer cuan manipulador se había vuelto su hermano… No, eso no era culpa de las hadas, él siempre había sido así.
Richard tomó a Max de la barbilla, besándolo suavemente, uniendo luego sus frentes.
- Puedo vivir con eso siempre que me jures que no lo tocaras con el mismo sentimiento con que tocas el aulos para mí.
- ¿Cómo podría? – Preguntó sobre sus labios. Richard lo besó y Alec no pudo evitar sonreír con complicidad: recordaba como hacía ya bastante tiempo que había cuestionado a Max sobre su relación con Richard "No es una relación" "Tienes una mente muy cerrada" le había dicho negándolo, cuan irónico parecía ahora. - Tranquilo, no iré a ningún lado si no vas.
- Eso es imposible de mantener Well – Le hizo ver con riña – Y por tanto una mentira – El menor pareció considerarlo un segundo antes de corregir.
- Entonces no tocaré en ningún lugar sin ti – Prometió. Richard sonrió de lado y Alec realmente odiaba interrumpir; pero ya era tarde. Se aclaró la garganta ganándose la mirada de ambos.
- ¡Alec! –Exclamó Well alegremente soltándose de Richard para apresurarse en abrazarlo – Pensé que ya no vendrías, hermano.
- Se me hizo algo tarde, y no quise interrumpirles su pequeño concierto – Dijo tendiéndole luego una manzana a cada uno – Les traje manzanas acarameladas, sé que te gustan – dijo directamente a Richard. El hombre de ojos verdes la aceptó con un asentimiento complacido, mordiéndola.
- Era lo menos que podías hacer a cambio de dejarte pasar por Feéra.
- Sé amable – Lo riñó Well.
- Lo estoy siendo – Se quejó Richard; Alec sonrió, porque sabía que era verdad. Debía admitir que Richard le había empezado a agradar con el tiempo, y estaba seguro que él le agradaba al hombre criado por hadas: siempre que Max se quedaba en el departamento y él lo visitaba, se llevaba bastante bien con los niños, Maxxie incluso lo llamaba Tío Richard, claro que el pequeño brujito tenía la costumbre de adjudicar nuevos títulos familiares a diestra y siniestra siempre queriendo que la familia siga creciendo; sus "primos" Blackthorn eran la prueba más reciente de ello.
- ¿Podemos irnos ya? - Preguntó Alec observando su reloj de muñeca, un viejo reloj que tenía ya diez años con él, cinco años desde que reparara la mica que él mismo había roto; un reloj que le había regalado Magnus… un buen recuerdo. – Se supone que luego debo ir por los niños al instituto, los llevaré a comprar algunos regalos.
Max asintió y junto a su hermano y Richard se adentraron en el bosque, con la intención de entrar a Feéra, era la manera más rápida, fuera de un portal de brujo, para llegar de una parte del mundo a otra.
- ¿Me compraran algo a mí? –Preguntó Max ilusionado, era casi como un niño a pesar de su edad, Alec tuvo que recordarse que las hadas amaban los presentes más que cualquier otra criatura.
- Cumpliste año hace una semana y estoy seguro que te llenaron de regalos.
- Muchos – Confirmó Richard por él, Alec pudo detectar algo de celos por eso: él se había asegurado de averiguar cuando era el cumpleaños de Richard para también ofrecerle algunos regalos, el primer año se había ganado una buena pelea cuando le dio una citara nueva y él, ofendido, dijo que no la necesitaba porque la suya sonaba perfectamente. Sin embargo, a pesar de sus intentos de hacer sentir integrado a Richard a la familia, obviamente todos en la familia Lightwood se sobre esforzaban con los regalos del menor.
- Les compraremos muchos regalos de navidad a ambos – Dijo conciliador, una habilidad que había desarrollado al ser padre de dos niños por cinco años. – Así que espero vengan a casa este año.
Richard no contestó, se encogió de hombros y con un gesto de la cabeza señaló sutilmente a Max; el ojos azules miró a su hermano esperanzado: a pesar de que Max desde hacía un par de años lo visitaba al apartamento e incluso se había quedado un par de veces en el instituto, nunca había compartido con la familia fechas como navidad o año nuevo: siempre decía que se sentía culpable, el daño que había causado a todos, especialmente a Alec y Magnus, había comenzado en esas fechas.
Alec suspiró, lo último que quería era presionarlo y espantarlo.
- O podemos reunirnos luego, estoy seguro que las fiestas Seelies serán increíbles este año.
- No entiendo porque dices "increíbles" si obviamente puedes creerlo – Exclamó Richard confundido, ofreciendo un cambio de tema para desviar la atención del mutismo que había cubierto a su pareja.
Alec no puso demasiado empeño en explicarle mientras caminaban por los prados de Feéra durante al menos diez minutos hasta la salida que buscaban. Los recibió un bosque alto con el suelo cubierto de nieve; caminó con paso lento consciente de que su hermano estaba dudando en seguirlo. Se detuvo un poco más allá para mirar de reojo, Richard había tomado a Max de la mano, entrelazando sus dedos.
- Estarás bien Well – Le susurró Richard dándole un apretón de apoyo. Alec no pudo evitar fijarse en el pequeño anillo con la impresión de estrellas rodeando una M en la mano de su hermano – Estaré justo detrás de ti. – Prometió.
- Gracias – Susurró con un suave apretón de vuelta antes de soltarse y finalmente salir del bosque; Alec esperó a que lo alcanzara para finalmente guiarlo intentando aligerar el ambiente señalando algunos elementos del paisaje; las colinas, el lago, o las torres de cristal que se veían en la lejanía; ninguna llamó lo suficiente la atención de Max, él solo podía ver el cementerio al que se acercaban.
La nieve había cubierto todo el camino entre las lapidas; algunas incluso cubriéndose al menos un tercio; Richard se mantuvo unos pasos más atrás de los hermanos, fiel a su promesa; mirando con pesar como Well que había empezado a mover sus manos con ansiedad, jugando con un segundo anillo al que no dejaba de darle vueltas, este con una L en medio de llamas; el bosque de Brocelind estaba silencioso. No le gustaban esos días, días de culpa y remordimiento para Well; días de tristeza que esperaba mitigaran pronto.
El cementerio de Idris solo mantenía los restos de los nefilims que habían caído en deshonra a lo largo de los siglos; sin embargo cada familia contaba con un monolito con la runa del ángel tallada, en donde se encontraban los nombres de todos los miembros honorables, para que pudieran ser honrados incluso por los que no podían acudir a la ciudad silenciosa.
- Aquí – Susurró Alec finalmente deteniéndose frente a la estructura de piedra con la L y las llamas de la familia Lightwood, el nombre Robert Lightwood había sido el más recientemente agregado. – ¿Todavía guardas la estela de papá? – Max tardó un segundo antes de asentir rebuscando en el bolsillo de su pantalón para sacar el artefacto; se sentía cálido en su mano, familiar y a la vez tan desconocido - ¿La has usado? – El chico se tensó negando con la cabeza girándola entre sus dedos.
- Yo… no sé qué decir – Admitió en un susurro.
- No tienes que decir nada – Lo tranquilizó Alec con un apretón confortable en el brazo – Él estará feliz solo con saber que viniste. Realmente te amaba, y estaba orgulloso de ti- El chico asintió y Alec se tomó un instante para solo contemplar el nombre de su padre: haberlo perdido en Edom había sido doloroso, un dolor que se agudizaba por su responsabilidad en ello, pero que los años ayudaron a volver romo, pero sin desaparecer.
Estuvieron unos minutos en silencio, Alec haciendo un pequeño recuento mental de los últimos meses, como si se los ofreciera a su padre en su visita. Finalmente, cuando se dio media vuelta, pudo escuchar el bajo suspiro casi aliviado de Max por finalmente continuar a través del cementerio.
Alec se aseguró de observarlo de reojo, era la primera vez que su hermano estaba ahí en cinco años. Tenía que admitir que se sorprendió cuando él le pidió que lo llevara: no es que no pudiera ir solo, pero podía entender que necesitara apoyo, aun cuando para él mismo tampoco fuese sencillo: algunos de los nombres en el cementerio los reconocía, como amigos o conocidos que perdió durante las guerras, algunos otros como consecuencia de sus propios malos actos. Lograr mantener su libertad después de los sucesos en Edóm había requerido de muchas horas de juicios y defensas ante la espada mortal; había ayudado mucho que esta vez no se hubiese visto involucrado en los ataques de Sebastian a los institutos y su participación en la destrucción de Sebastian; y sin embargo le tomó casi tres años conseguir que la Clave dejara de respirarle sobre la nuca.
Dejaron atrás el área de Nefilims y se dieron lugar por una pequeña zona que era reciente, donde habían hecho un monumento a los submundos caídos en apoyo a La Clave durante las últimas guerras. Si bien sus cuerpos habían sido velados y enterrados en otros lugares según las tradiciones de sus respectivas especies, el Consejo les había dado un lugar en el cementerio de Idris para reconocer su sacrificio.
Alec hizo un gesto de respeto con la cabeza ante nombres conocidos como Jordan Kyle o Raphael Santiago, pero no se detuvo sino hasta el pequeño monumento con el nombre de Reina Kaelie Whitewidow. Max hizo una marcada reverencia de respeto similar a la que hacía en presencia de la Reina Noelie, Richard lo imitó, incorporándose poco después para adelantarse a los hermanos sacando de su bolsillo una hermosa Dalia color malva –Agradecimiento, le dijo una pequeña voz en la cabeza de Alec; que le recordaba el significado de las flores que había estudiado en los últimos años.
- La Reina Kaelie lo sacrificó todo por amor – Susurró retrocediendo nuevamente para retomar su lugar tras los hermanos. – Al igual que Robert Lightwood – Concedió. Well observó el monumento con un nudo en la garganta similar al que sintió por Robert Lightwood. Tenía recuerdos desordenados en su cabeza, alguno de ellos lo hacían sentir culpable, le hacían tener la sensación de que ese no era su lugar, pero al mismo tiempo que debía estar allí. - Al igual que ustedes.
Alec le dirigió una mirada agradecida a Richard, girándose a Max quien se había distraído interesado en la única tumba alejada del resto de los nefilims y monumentos, casi al final del cementerio cerca de las vallas posteriores. Suspiró cuando su hermano empezó a caminar en su dirección y solo lo siguió al igual que Richard.
Jonathan Christopher Morgenstern rezaba; las tachaduras que Max había agregado hacía años habían sido borradas, ya no podían verse las líneas que intentaban borrar el nombre ni mucho menos el "Sebastian" que había agregado; más se había conservado un pequeño "Bash" con su letra irregular.
Alec la observó un instante, Jonathan había sido totalmente inocente de los ataques ocurridos aun cuando Sebastian cargaba con toda la culpa de las tragedias; había aprendido que aunque coexistieron por un tiempo, eran realmente dos seres totalmente diferentes; por eso no se opuso cuando Clary instó a Max a conservar el anillo Morgenstern, el anillo de Jonathan aun después de los sucesos de Edóm; después de todo aun pensaba igual que cuando se lo dio: Jonathan había querido a su hermanito, y que Max conservara su anillo era la mejor manera de honrar al hombre que pudo ser.
Max estiró la mano, sobre el grabado de "Bash" reconociendo su propia letra irregular en él.
- Quisiera recordarlos – Susurró. – A papá, a Bash – Una lagrima amarga se escapó por sus mejillas - Los sacrificios de la Reina Kaelie por mí – Respiró profundo intentando contener un sollozo y continuó sin mirar a Alec – A ti… a mamá e Izzy…
- Poco a poco – Lo alentó Richard en un susurro acercándose para colocar una mano en su hombro.
- Ya has logrado bastante – Aseguró Alec conciliador. Había perdido mucho durante la guerra, todos lo habían hecho; pero también habían obtenido bastante a cambio: obtuvieron una segunda oportunidad para Max, y él consiguió a un hombre que lo amara; Alec había conseguido a su familia y…
- ¡Papá!
- ¡Tío Max, Tío Richard! – Los gritos infantiles atrajo la mirada de los tres hombres. Well sonrió débilmente y Richard lo abrazó sobre los hombros mientras saludaba con un gesto de la mano libre.
Alec vio a Maxxie -Max, se recordó- y Rafael montados sobre la cerca del cementerio saludándolos alegremente; ambos con abrigos, gorros, bufanda y guantes cubriéndose del frio invernal. Estiró el cuello, no podía ser que estuvieran ahí solos, y en efecto un poco más atrás había un portal cerrándose, y un hombre que caminaba hacia ellos.
Una sonrisa tonta se coló en los labios del ojos azules al ver al hombre llegar hasta los niños recostándose también sobre la valla de forma despreocupada, saludándolo con un suave gesto de la mano llena de anillos.
Sebastian le había quitado muchas cosas, pero gracias a todo eso estaba donde estaba ahora: con dos hijos maravilloso y un hombre al que amaba con todo su ser. Se aseguró de que su hermano estuviese bien –Richard lo tenía cubierto- antes de dirigirse a la cerca para saludar a sus pequeños niños con un fuerte abrazo y un beso a la mejilla a cada uno antes de saludar con un beso en los labios a su pareja.
Sus ojos de gato sonrieron enmarcados en suaves patas de gallo a juego con su cabello oscuro matizado con canas prematuras que parecía una representación del invierno en el bosque Brocelind a lo lejos.
- Pensé que Isabelle llevaría a los niños al loft para la cena – Comentó. Su hermana amaba conseguir una excusa para intentar cocinarle a alguien; había mejorado un poco en los últimos años, Alec sospechaba que el recuperar la mortalidad le devolvió a Simon el miedo de morir intoxicado y se preocupó por enseñarla un poco; después de todo, un nefilim muerto por el almuerzo de su esposa era un tanto patético.
Habiéndose vuelto un mundano de dieciséis años tras su visita a Edom, Simon había decidido asistir a la Academia para convertirse en un Nefilim, una decisión que hizo realmente feliz a Isabelle hasta que se dio cuenta que sus planes de matrimonio no serían legales por otros dos años más o que el chico de Brooklyn pasaría tres años en un internado rodeado de otras chicas que no eran ella.
- Quizás me aburrí de esa reunión con el Consejo y me adelante en buscarlos para llevarlos a Suiza por un helado – Le guiñó un ojo. – Y ya que estábamos cerca, pensamos en pasar por ti.
- ¡Y Max hizo estallar la fuente de chocolate! – Lo acusó Rafael.
- ¡Claro que no! Es mentira – Se defendió el pequeño niño azul, golpeando luego a su hermano con un cabezazo asegurándose que sus cuernos le dieran en el brazo - ¡Chismoso!
Alec sabía que debía enojarse y reñirlos por pelearse, pero no pudo evitar sonreír mientras tomaba a su morita en brazos para pasarlo por encima de la cerca y cargarlo evitando que siguiera peleando con el mayor.
Hacía cinco años él había tomado una decisión tal vez egoísta que había apartado a Maxwell de su familia por el par de años que les tomó volver a ganarse su confianza, pero de la cual no se arrepentía ¿Cómo hacerlo cuando gracias a eso tenía ahora a su familia?
- ¿Todo bien? – Preguntó el brujo al verlo ensimismado, su voz matizada con el tono de la madurez; se veía un poco mayor que Alec, quizás unos treinta y pocos y había abrazado a Rafael por los hombros para evitar que siguiera discutiendo con su hermano; la cabeza del niño se apoyó en el hombre abrazándolo de vuelta por la cintura; sus tonos de piel similares.
Alec volvió la mirada, su hermano apretaba con fuerza la estela de su padre, dirigiéndole una sonrisa débil pero sincera. Max había, poco a poco, recuperado su memoria o parte de ella; los Lightwood se estaban encargando de eso, acercándose a él poco a poco con cautela, hablándole día con día de lo que había sido su vida antes del trato con Asmodeus, mostrándoselo con hechizos de brujo, lo bueno y lo malo de la familia, de Kaelie, Sebastian y Jonathan sin ocultarle ningún aspecto, el chico merecía saber lo que había vivido realmente y ellos habían aprendido ya la lección.
- Todo bien – Aseguró Alec estirando la mano libre para entrelazar sus dedos sonriendo al ver las dos bandas iguales, plateadas con una franja azul en el centro sobre la cual habían detalles de llamas y las pequeñas letras LB; los anillos Lightwood-Bane; los anillos de su familia. Porque, aunque sonara egoísta, a pesar de todos los errores que había cometido, de las malas decisiones propias por las que se habían tenido que sacrificas Max, su familia y él mismo; a pesar de todo el tiempo que le tomó reconquistar a Magnus, de los años que le llevó que que los anillos estuvieran en su lugar; si Asmodeus volvía a presentarse ante él, si tenía que volver a elegir, su decisión habría sido la misma: Volvería elegir a Magnus.
FIN
_OO_OO_OO_
¡Y hemos terminado!
Vaya, parece mentira que hace poco más de cuatro años que comencé con Por Andarse de Cupido y pensar que todo comenzó por una tarea para la universidad sobre los dioses griegos que nada tuvo que ver en la historia jajajaja; realmente me divertí escribiendo mucho ambas historias y agradezco muchísimo a los que llegaron hasta aquí, en especial después del largo parón; espero que la historia y en especial este final haya sido de su agrado. Finalmente siento que ahora sí puedo dedicarme a nuevos proyectos y por supuesto, terminar Crisis.
Gracias a todos.
Nos leemos pronto
Besos :3
