Capítulo 3

—Hey Tsukki, ¿qué harás hoy? —le preguntó el de pelo naranja al de lentes antes de que pudiera salir del aula.

El aludido suspiró, lamentando no haber podido escaparse esta vez. Ya lo había esquivado en el almuerzo, pero al parecer no sucedería de nuevo. —Nada en especial —contestó con sinceridad. Por eso odiaba relacionarse, tener que responder preguntas sin sentido, justificar sus acciones, inventar excusas para no ir al cine o acabar yendo a regañadientes sólo porque rechazar a alguien eternamente era moralmente incorrecto.

—Genial, ¿vamos a Starbucks? Sacaron un batido genial y quiero probarlo. ¿Sí? ¿Quieres? ¡Genial!

Ni siquiera amagó con rechazarle, sólo asintió en silencio y se mentalizó que sería sólo una hora, que pasaría rápido… Apenas estaba conociendo al muchacho, pero sabía perfectamente que era de los que no aceptaban un no como respuesta, y por su parte, Tsukishima prefería no gastar energías en algo innecesario, y justamente discutir con Hinata era algo innecesario en ese momento ya que acabaría yendo con él de todas formas.

El lado positivo de esa "relación" en cierta forma era saber que había gente que aún pese a su mal carácter, tenía intenciones sinceras de interactuar con él, el lado negativo era que el pequeño era excesivamente ruidoso, insistente e impulsivo, tres características que al rubio desesperaban. Además, por más mala cara que pusiera al principio, lo cierto es que luego de un rato se dejaba llevar y hasta llegaba a disfrutarlo un poco. Llegaba a ser mejor que quedarse sólo en el cuarto sin hacer nada.

—¡Hey, Kageyama! ¿Vienes? —preguntó a otro de sus compañeros que acaba de pasar por su campo de visión. El aludido miró al rubio, al peli-naranja y luego hacia el reloj de la pared del salón, y tras meditarlo, acabó por asentir, cosa que alegró a Hinata. Y así sin mucho más los tres partieron hacia la estación que quedaba prácticamente pegada al campus de su universidad.

El viaje para alivio del mas alto fue tranquilo y bastante silencioso. Hinata estaba concentradísimo en un juego de móvil y Kageyama se había quedado dormido apenas consiguió un asiento, así que él pudo dedicarse completamente a leer unos textos que le habían dado.

Cuando por fin el tren se detuvo en la estación que les correspondía, los tres chicos salieron del vagón y subieron hasta la calle. Estaban en Shibuya, un barrio por demás conocido por todos los japoneses, y mucho más por los adolescentes. Hinata se había decidido por ir allí así aprovechaban y paseaban un poco, aunque la verdadera razón, era porque quería sacarse una foto con la estatua de Hachikō. Sí, kei no era el único que no había nacido en Tokio, el de pelo naranja también era de un pueblo algo alejado y era su primera vez en la gran ciudad. Y aunque el rubio le apurara y se quejara de que había mucha gente y que eso le molestaba, acabó por pedirle que también le sacasen una foto a él allí antes de alejarse.

Caminaron tranquilos por la zona, eran unas pocas cuadras las que separaban la cafetería de la estación. De a ratos se paraban a ver alguna tienda, y aunque no quisiera admitirlo, incluso Tsukishima la estaba pasando bien allí. Cuando se dio cuenta, ya se encontraba charlando casualmente con sus compañeros, de cosas triviales, esas conversaciones que él mismo encontraba innecesarias. —¿De verdad que tienes la consola y no la usas? ¡Es un desperdicio! —exclamó el de pelo naranja casi indignado por el comentario del rubio. —Yo jamás pude comprarla, nunca me la regalaron y nunca fui de los que ahorran su mesada…

—Yo la recibí por navidad —mencionó Kageyama.

—Sí, yo también. Mi hermano me la dio cuando volvió a casa el año pasado… —No era desconocido por el mayor de los hermanos que Kei tenía cierto gusto por los juegos de video y por eso no tuvo mejor idea que regalarle la consola portátil del momento como felicitación por haber acabado sus estudios de la mejor manera y decidirse a seguir en la universidad.

—¡Qué envidia! Está por salir el nuevo Pokemon y yo quería tenerlo… —lloriqueó un poco el chico haciendo que los otros dos intercambiaran miradas de incomodidad.

—Mmm… —Tsukishima no estaba seguro por qué estaba por decir aquello, pero ya lo había decidido. —Si quieres puedes comprar el juego y yo te presto la consola… Claro que cuidándola como si fuera de oro. —Hinata le miró perplejo, pestañeando un par de veces como si su cerebro no terminase de procesar lo que acababa de oír y necesitara un par de segundos más. Pero cuando ya lo hizo, las lágrimas quedaron atrás dando paso a una sonrisa de oreja a oreja, y un movimiento con la cabeza asintiendo a lo que el rubio le había dicho.

—¡La cuidaré! Lo prometo, ¡gracias, Tsukki! —¿Tsukki?, pensó el rubio al oír aquél diminutivo de nuevo. ¿De verdad tanta confianza daba que todos ahora se decidían a llamarle así? —Kageyama, compra el juego así hacemos equipo, ¿sí? ¿Sí? —y así como Tsukishima no podía negarse a la insistencia del chico, el pobre de Tobio también acabó cediendo a su pedido.

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—¿Estás seguro que es por acá? —preguntó el pelinegro al de mechones blancos, quien parecía caminar súper decidido hacia algún lugar, pero sin notar que ya habían pasado dos veces por aquél cruce de calles. —Deja que mejor me fijo en el móvil, dame un segundo.

El aludido bufó, pero no se opuso. Quizás y sólo "quizás" se había desorientado un poco, pero estaba seguro que no estaban tan lejos, lo presentía. Quizás si doblaba por allí…

—¡Que esperes! —le gritó Kuroo en cuanto le vio la intención de volver a caminar ahora en otra dirección, y para no molestarlo prefirió mantenerse quieto.

—No nos falta mucho para que esos aparatos nos dominen, y todo por personas como tú que lo necesitan hasta para ir al baño —refunfuñó el chico, descansando su espalda contra el muro que había tras de sí, cruzándose de brazos.

—Al menos seremos dominados, pero estaremos bien orientados. Hay que volver dos calles y doblar a la izquierda —le informó, señalando exactamente en dirección contraria a donde el otro quería ir.

—Justo donde yo estaba diciendo.

—Claro que s-… —iba a seguir molestándolo un poco más pero un escalofrío repentino le sorprendió antes de acabar la frase, haciendo que se olvidara de lo que iba a decir.

—¿Uhm? —Bokuto le miraba curioso, pues su amigo parecía desconcertado de repente, como si ya no estuviera allí con él. ¿Sería finalmente controlado por el aparato? Su vista se desvió hacia la mano contraria, pero luego sacudió la cabeza negando esa loca idea. —¿Que pasa? Te has quedado helado de repente.

—¿Ah? —Kuroo le miró y negó con la cabeza. —No es nada, ¿vamos?

Pero ahora era el otro quién parecía estar fuera de tema. Se había medio agachado y miraba en diagonal a ellos, entrecerrando sus ojos seguramente para intentar enfocar mejor. —¿Ese chico no te suena? —le preguntó señalando en dirección a donde miraba, y pese a que no se llegaba a ver bien, que podría ser cualquier otra persona, Kuroo asintió sin dudarlo, y una sonrisa se asomó en sus labios.

Sin esperar a que su amigo entendiera sus planes, miró hacia ambos lados de la calle y cruzó tras ver que nadie pasaba. Por alguna razón su corazón estaba acelerado, y no era precisamente por correr esos pocos metros.

—Oh, Tuskki~ —saludó Tetsurō en cuanto les tuvo lo suficientemente cerca del rubio, notando como está daba un pequeño saltito de la sorpresa.

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Si no gritó fue únicamente porque la rabia vino demasiado rápido y opacó el susto. Tanto él, como su corazón, dieron un brinco cuando sintió aquella voz de la nada sonar a poca distancia de su oído.

—Así conseguirás que te golpeen, o mata a alguien del susto —le reprendió, pero el otro parecía no hacerle mucho caso, estaba más ocupado agitando la mano hacia el otro lado de la calle, haciendo señas para que la otra persona se acerque también. Ahí Tsukishima notó que iba acompañado por otro de los chicos de aquella vez, pero por suerte no con Tendō, y al menos este tenía una cara más amigable.

—¿Irás al final? —Le preguntó cuando confirmó que Kōtarō ya estaba cruzando. —No me has escrito ni una sola vez…

—¿Y por qué lo haría? Si llego a ir supongo que nos cruzaremos allí, no es necesario avisarte ni nada…

—Qué frío eres… —Suspiró, pero no se rindió tan fácil. —Deberías ir, muchos de primero van, y puedes traer a tus amigos contigo. Será una buena experiencia universitaria que no querrían perderse. ¿Les gustan las fiestas? ¡Habrá buena comida! —los aludidos le miraron sin entender, pero ni asintieron ni negaron a sus palabras.

—Bro, ¿no deberíamos ir ya? Van a cerrar el local y si no conseguimos esos repuestos nos asesinaran.

—¿Ah? Pero si estuvimos media hora dando vueltas en círculos, ¿ahora estás apurado? —le reprochó pero acabó por asentir. Tenía razón, y aunque se moría de ganas por quedarse allí hasta que el otro aceptara ir simplemente por cansancio, se decidió por seguir con sus compras.

—Oh, ¡eres el de la otra vez! —exclamó Bokuto cuando finalmente su cerebro asimiló al rubio y entendió por qué se le hizo tan familiar cuando lo vio—. ¡Hola! ¡Y hola chico con cara graciosa, y hola chico común!

—Ya, ya. No saludes tanto que ya nos vamos. Nos vemos el viernes, ¿sí? —se despidió, haciendo una reverencia, y luego se marcho empujando de a poco a su amigo quien ahora parecía hipnotizado por las imágenes de los batidos que habían en el café que estaba justo atrás de ellos. —¡Te gustará, te lo aseguro! —exclamó antes de alejarse demasiado.

—¿Chico común? —preguntó Kageyama a sus acompañantes, quienes le miraron un instante, y luego se miraron entre ellos y se decidieron mejor por entrar de una vez al lugar, dejando al pobre pelinegro con aquél malestar en su interior.

Ya en Starbucks, aunque no lo quisiera, el tema salió a flote. Hinata tenía la pregunta en la boca, en los ojos, toda su cara le delataba, y apenas pudo resistirlo unos minutos. —¿Qué fiesta? ¿La de "comienzo de año"? ¿La que sólo se puede ir si te invitan? ¿Estamos invitados? ¿A qué hora iremos? —Demasiadas preguntas a la vez, que se resumían en una única respuesta.

—No es que tenga pensado ir… —intentó dejar en claro desde un principio.

Y con esas palabras la cara de decepción de Hinata no tardó en aparecer, incluso Kageyama parecía haberse desanimado también.

—Pero es una gran oportunidad de conocer gente… —dijo el de pelo negro intentando apoyar a su compañero. —Además hay comida gratis, ¿no podemos ir aunque sea un rato? Tampoco me gustan esas cosas, pero es una oportunidad en un millón. Aparte, ¿cómo lograste que te invite? ¿Conoces a esos chicos?

—Eh… —Responder a esa pregunta ya era mucho más complejo, así que prefirió evadirla y simplemente ceder. —Iremos un rato, ¿de acuerdo?

Ambos chicos festejaron la victoria cerrando sus puños y sonriendo, lucían como dos críos que al fin conocerán Disney. Tsukishima suspiró, y se limitó a tomar su batido mientras los otros ya fantaseaban sobre cómo sería el lugar. Al menos el batido nuevo sí estaba bueno como decían.