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Solamente se ama una vez y para toda la vida, cada elfo lo sabe. Es por eso que la decisión no ha de tomarse a la ligera.

Un joven elfo de facciones finas pero con varias lunas a cuestas se halla recostado sobre la gruesa rama de un árbol, observando la naturaleza. Es primavera y la cálida brisa apenas acaricia las hojas de las copas de los árboles que se mecen con gracia; si las ramas fueran manos, sus hojas verdes serían los dedos siguiendo el compás de una dulce melodía. Dicho sonido vuela hasta el cabello lacio y brillante color sol de la criatura y reposa en sus orejas puntiagudas.

«La naturaleza nos habla», dice el joven y junta sus fuertes manos sobre el esternón, que luce una túnica verde musgo la cual le sienta muy bien con sus botas marrones. «Oh habla claro fuerza ancestral, cuéntame los secretos que guarda este bosque.»

Una voz clara llegó a sus oídos y clamó su nombre, pero no eran los árboles, sino uno de los guardias de su hogar, el reino del bosque verde.

«¡Thranduil!», llama insistentemente el guardia y logra que el joven elfo abandone el árbol donde descansaba para unírsele y caminar de regreso.

—¿Qué ocurre?

—Es su padre, ha ordenado que vaya a su encuentro.

—Oh.

Este no es un joven cualquiera. Thranduil es el príncipe de un vasto y bien aprovisionado reino del bosque verde que crece cada día y por supuesto, es el hijo del Rey Oropher, el regente del bosque que ha pedido verlo y si su padre le ha ordenado presentarse ante él, no es un asunto menor.
Thranduil entonces detiene en seco su elegante andar mientras que el guardia que lo acompaña va unos pasos más allá y se gira desconcertado al ver al joven detenido en medio del bosque. Sus ojos azules como gemas de circón están posados sobre las puertas del reino y sus manos juegan envolviendo una a la otra repetitivamente. No es necesaria la inteligencia de los elfos para saber que está nervioso. Traga saliva y la nuez de Adán en su cuello se mueve. Si tuviera vida propia, su cuello temblaría como un animal atemorizado.

—¿Mi señor?

—Sabes porqué mi padre clama mi presencia. Y aún no estoy listo.

—¿Aún no?

—¿Crees que es fácil?

Thranduil fulmina al guardia con la mirada.

—Lo siento, señor. Pero es que su majestad le ha otorgado unas trescientas lunas para esa tarea y estamos próximos a cumplir ese plazo.

—Quisiera haber visto a mi padre culminarlo en la misma cantidad de tiempo.

—Él lo logró en diez lunas.

—¡DIEZ LUNAS! Bien... tal vez solo tuvo suerte.

—Su abuelo lo logró en dos.

—¿Intentas echar sobre mí una larga lista de antepasados exitosos?

—Solo digo que usted se ha tardado demasiado ya y es probable que su majestad, el Rey Oropher, tome medidas al respecto.

Thranduil negó con su cabeza muy seguro de si mismo y se encaminó hacia el reino. Cualquier atisbo de nerviosismo había quedado atrás, o eso demostraba en su exterior.

—Nadie tomará ninguna medida por mí.

Al acercarse al salón principal y subir las escalinatas que llevaban hasta el trono de su padre, observó como un grupo de elfos se había congregado en torno a Oropher y discutían entre ellos. El joven Thranduil llegó a escuchar su nombre entre susurros. Mientras más se acercaba, las voces iban callándose una a una hasta que quedaron todos en silencio. En ese momento su padre se levantó del trono, saludó al grupo de elfos inclinando su cabeza e hizo un gesto con su mano que les indicó que debían retirarse. Finalmente dijo:

—Mis lores, retomaremos nuestros asuntos al atardecer. Ahora los invito a disfrutar de las comodidades del reino mientras mantengo una plática con mi hijo.

Oropher miró seriamente a Thranduil, que muy erguido le devolvió la mirada severa sin titubear por fuera, aunque por dentro temblaba como una hoja. Su padre usualmente era un ser generoso, benévolo y comprensivo; pero respecto al reciente caso de su hijo, se había vuelto duro y ya no tenía la misma paciencia que doscientas lunas atrás. Thranduil sabía que cuando su padre tomaba esa posición de seriedad y severidad solo podría ocurrir una cosa y era que se haría exactamente lo que él dijera, de la manera en que lo quisiera y cuando lo quisiese. Por eso en su interior estaba tan nervioso. Sabía que tendrían la conversación en la que el joven elfo reconocería no haber cumplido con la tarea que se le había encomendado y en su lugar también debía admitir que pasaba las tardes paseando por el bosque y contemplando el cielo azul recostado sobre algún árbol, algo que Oropher solo le hubiera permitido luego de cumplir con sus obligaciones.

Ambos caminaron por los pasillos serpenteantes del reino en silencio, esperando que el otro iniciara la conversación. Al ser ambos muy orgullosos se dificultaba que uno rompiera el hielo para iniciar la plática; además, ninguno de los dos quería sostener esa conversación porque sabían o intuían lo que ocurriría. Finalmente luego de un rato de caminata en silencio, Oropher entró en su habitación seguido de su hijo. Se quitó la corona y la dejó sobre una pequeña mesa.

—¿Y bien? Sabes que con esta luna se cumplirá el plazo que te he dado, Thranduil. He sido paciente contigo y te he otorgado más tiempo del que cualquier otro elfo en esta familia ha tenido. Dime por favor que tienes noticias gratas o tendré que tomar medidas por ti.

Thranduil se irguió orgulloso y pestañeó varias veces antes de hablar. Finalmente mirando la suave roca gris del suelo de la habitación, dijo:

—No, padre. Aún no he hallado a la indicada.

Al decir esto, el joven príncipe esperó una reprimenda de su padre y se sorprendió al notar la tranquilidad de este. Oropher, por su parte, al oírlo solo hizo una mueca, se acercó a la mesa donde tenía una jarra con delicioso vino de su cosecha personal y se sirvió un poco en una trabajada copa de plata. Saboreó lentamente el oscuro néctar, siempre en su punto justo de maduración, y se dirigió a su hijo:

—Sé que notaste el revuelo allá afuera.

—Sé que hablaban de mí.

—El concilio anterior perdió la cabeza cuando les dije que te había concedido un último plazo y naturalmente han regresado este año para tratar un asunto... este asunto. —Oropher enfrentó a su hijo mirándolo sereno pero serio y prosiguió—. Ante tu negativa debo informarte que no han venido solos; todas las hijas de los señores de las casas más importantes han acompañado a sus padres con un solo propósito, enamorar al hijo del rey.

—Padre...

—Y así lo harán. Al atardecer te presentarás al concilio para conocerlas; he preparado un banquete en honor a las doncellas y me temo que a medianoche deberás decidirte por una de ellas.

—¿Pretendes unirme a una elfa que se presente ante mí como un regalo? ¿Como si mi amada fuese un objeto coleccionable de un tesoro y no un ser de la naturaleza?

—A propósito del regalo... sus mejores guerreros los acompañan. Si te rehúsas a elegir, convocaré un torneo; cada señor elfo será representado por su mejor arquero, el cuál competirá para unirte a la hija de su señor y a la vez obtener un cofre de gemas blancas para honrar a su familia en retribución a los buenos servicios brindados.

Thranduil se dirigió furioso hacia la puerta pero antes de salir, sentenció:

—No me uniré a ninguna de ellas obligado.

—¡Tuviste todo este tiempo para encontrar a la indicada y no lo has hecho! ¡No me has dejado opción!

—No voy a enamorarme en una noche. Lo que pides es una ridiculez.

—Ya no importa si te enamoras o no. ¡Te unirás a una de ellas, Thranduil!

El joven elfo abandonó la habitación dando un portazo y esa fue su respuesta a la última frase de su padre. Se desplazó con furia y prisa hacia el bosque.

No era posible que su padre lo obligara a casarse con alguien que debía conocer en una noche. Luego de toda una vida de prepararse para encontrar a la doncella indicada, a la elfa de sus sueños... incluso había idealizado el primer encuentro por mil lunas y su padre echaba agua sobre sus planes. En su fantasía no estaba incluida la escena de unirse a una elfa que lo adulara solo para convertirse en princesa, ni tampoco decidir en cuestión de horas quien sería su compañera para toda la eternidad.
Los elfos son inmortales, por lo que la unión de dos amantes es inquebrantable y por supuesto también está la premisa de solo enamorarse una vez en ese tiempo eterno.

Thranduil no podía concebir la idea de tomar esa decisión a la ligera. Pensaba que no era su culpa que ninguna elfa en el bosque verde lo hubiera cautivado y cuantas más vueltas daba su cabeza sobre ese asunto, más colérico reaccionaba.
Para colmar su ira tensó su arco y eligió su blanco, que sería aquella rama distante que sobresalía entre otras y se diferenciaba del resto en el bosque. Respiró y tiró, la flecha se clavó violenta y profundamente en la rama.

«Si tan solo elegir una dama fuera como el tiro al blanco...», se dijo y volvió a tensar el arco.

Al cabo de un rato y unas cuantas flechas disparadas a la rama, ésta cedió y cayó al suelo. Thranduil se acercó para quitarla del camino y extraer las flechas, pero al hacerlo, notó que un tendal de diferentes frutas yacía a sus pies. Le pareció extraño que al mirar a su alrededor no encontrara al responsable del desorden y retomó su tarea de quitar la rama del camino. El joven príncipe recapacitó sobre lo que le había hecho a su amada naturaleza, pero ya era tarde. Había estado disparando flechas y maldiciendo su destino a viva voz.
«Espero que solo el espíritu del bosque haya sido testigo...» pensó.

En el reino, la situación era diferente en casi todas las habitaciones. Las doncellas se preparaban con sus mejores galas y modales para conocer al príncipe del bosque verde e intentar ganar su corazón. La mayoría de ellas eran delicadas y cuidadosas de su andar, así como también moderaban sus palabras y eran el orgullo de sus padres por jamás llevar a cabo una actividad sin su consentimiento. Sin embargo, en la última habitación del pasillo, la situación era distinta.
Un señor elfo caminaba de un lado a otro del cuarto como un león enjaulado. «¿Dónde se ha metido esa chiquilla?», se preguntaba impaciente.
Mientras caminaba nervioso, la puerta de la habitación se abrió de un golpe dejando a su paso a una bellísima doncella de piel marfil, ojos azules brillantes como diamantes y cabello rubio lacio hasta la cintura, que generalmente llevaba bien peinado y adornado, pero en ese momento era una mata de hojas y tierra. Algunas ramitas pequeñas se habían enredado en las ondas que se le habían formado. Su flamante vestido de seda color pastel estaba sucio al igual que su cuerpo y la expresión en su rostro denotaba un desagrado muy poco usual en la doncella. La canasta que llevaba para recoger frutas se hallaba vacía y parecía haber sido maltratada.

—¿Liswen? ¿Qué ocurrió?

—No me presentaré a la cena de hoy, Ada, (papá) ya he conocido al príncipe.

—Oh. Eso quiere decir que...

—No. Ya lo he visto y déjame decirte algo, no compartiré la mesa con ningún elfo malcriado...