Si existe acaso el inventor de la expresión de desagrado, ha de suponerse que es un elfo. Quizás el mismísimo Thranduil. El príncipe del bosque verde lleva un rato reclinado sobre la derecha con su codo apoyado sobre el posa brazos de su asiento y la mano levantada hacia su rostro escondiendo la mueca de inconformidad en sus labios. Sus ojos son un celeste claro y gélido. Si tuviera poderes, cruza por su mente que podría congelar a todos los presentes.
Las doncellas danzan alegremente en el salón intentando captar la atención del joven príncipe, pero su mente está puesta en cualquier lugar menos en ese salón. Desea retornar al bosque, perderse entre los árboles y desaparecer entre las luces blancas de la noche para bañarse con la luna sobre sus dorados cabellos. De cuando en cuando retorna su mirada al salón y el desagrado se hace más evidente.
Se dice en su mente que la belleza de las elfas delante suyo podría cautivarlo si tan solo no se le impusiera hacerlo. Observa una por una y su expresión pasa de la incomodidad al conformismo. Ha mirado una cantidad considerable de veces a una de ellas particularmente y comienza a dibujarse una pequeña sonrisa en su rostro, claro que imperceptible a su alrededor, ya que su mano continúa escondiendo los secretos de su boca.
Una sombra se acerca a él y al quitar los ojos de la doncella que ha visto para poner atención a lo que ocurre, descubre a una joven elfa de cabellos negros haciendo una reverencia. Su vestido celeste hace juego con los ojos del príncipe y está finamente adornado con hilos de plata. Tiene buen gusto, podría verse bien en estatuas de la princesa, piensa Thranduil.
—Disculpe su majestad, pero he notado que desde que comenzamos a danzar no ha invitado a ninguna doncella a acompañarlo en un baile.
—Qué observadora. —objeta Thranduil muy serio.
—Me pregunto si será por... timidez. Tal vez usted requiera ayuda y no es mi intención ofender su buen nombre ni las costumbres de su reino, pero dado que usted no ha tomado la iniciativa de bailar con alguna de nosotras, me he tomado el atrevimiento de invitarlo en la siguiente pieza.
La doncella decidida estiró su mano extendida hacia Thranduil y este suspiró antes de levantarse y acompañarla. Tomó su mano y la sintió cálida, más no hogareña. Supo que no quería una eternidad paseando tomado de su mano. No era ella, pero de todas maneras bailó.
Mientras guiaba a la muchacha al centro del salón, su padre sonrió complacido y levantó la copa de vino en señal de brindis al que supuso sería su futuro suegro. En lugar de la música alegre que había estado sonando hasta ese momento, Oropher indicó a los músicos que tocaran algo más suave y lento. Antes de comenzar, Thranduil se giró hacia su padre y lo miró muy serio. Oropher no hizo caso al capricho de su hijo y continuó sonriendo y disfrutando de la velada.
Las manos de Thranduil y la muchacha se unieron suavemente. Él escondió su brazo izquierdo detrás en su espalda y el baile comenzó. Las demás elfas se hicieron a un lado y observaron la escena disfrutando de cada movimiento elegante del joven que en un giro hizo suspirar a más de una doncella. Al finalizar, el príncipe besó los nudillos de la muchacha y se inclinó para agradecerle el baile. Los músicos continuaron con sus alegres piezas y las doncellas se unieron al príncipe, que bailó con todas ellas. Pasando una por una por sus brazos, el joven Thranduil cumplió con el turno de todas... o casi todas. Dejó en último lugar a la doncella que había estado mirando con insistencia desde su sillón y se vio más alegre que con las otras al momento de tomar su cintura y hacerla girar mirándola a los ojos. Pero la alegría duró poco. Ella era en verdad muy bella, mucho más hermosa de cerca, pero algo ocurrió. Y eso fue... nada. Thranduil no sintió absolutamente nada al bailar con ella. De todas maneras agradeció y también besó su mano al finalizar el baile.
La música terminó y todos aplaudieron. Un grupo de tres elfas que se sabía eran hermanas, lo siguió haciendo reverencias y preguntando si acaso él disfrutaría de la compañía de alguna de ellas. El joven príncipe se disculpó muy cortés pidiendo un momento a solas y salió disparado hacia el bosque. Sentía que si se quedaba un solo minuto más en ese salón, las elfas iban a convertirse en caníbales y se alimentarían de él. Su cercanía e intenciones eran perturbadoras.
Así que se internó en el bosque y caminó a la luz de la luna.
—Liswen, eso está mal. Las cosas no se hacen así, las situaciones no se resuelven recolectando frutos en el bosque. Liswen, no deberías salir al anochecer. No deberías salir sin compañía. Liswen, el bosque no es lugar para una doncella delicada y obediente. No eres un animal, Liswen. Liswen, hazme caso, me debes respeto. Liswen... Liswen... ¡¿Es que acaso no lo entiende?!
Algo pesado cayó al lago y se hundió rápidamente. Luego Thranduil oyó chapoteos y se apresuró a llegar al lugar de donde provenía el sonido. Se escondió detrás de un árbol y observó la escena.
Por la voz que sonaba reprochando cosas mientras él se acercaba, supo que era una mujer, pero no podía verla ya que la muchacha estaba de espaldas, con los pies en el agua y el borde de la túnica empapada. Por lo que pudo ver entre las hojas de las ramas que lo ocultaban, ella buscaba algo en el agua.
—Liswen... al final Ada (papá) siempre tiene razón, arruinas todo por tus impulsos. ¿Dónde está esa condenada tiara?
Thranduil evaluó salir de su escondite y ayudarla, pero la elfa abandonó la búsqueda rápidamente; sus pies estaban congelándose.
Tomó sus botas y se acercó al bosque donde estaba el joven príncipe, pero pasó al otro lado del gran árbol y se sentó en un hueco que formaban las raíces serpenteantes como cabellos desordenados.
—Sé que estás ahí... —dijo la muchacha y Thranduil se estremeció—. Y sé que estás enfadado conmigo. Pero, ¿Qué puedo hacer? No he nacido para ser lo que se espera de las criaturas como yo... la desdicha de ser una elfa y no un elfo me ha condenado a tontos bailes, sonriendo como si absolutamente toda mi vida fuera de bonitos cristales brillantes y de colores. No soy una princesa, nunca lo seré. No quiero ser el adorno de un monarca tirano que solo me tenga a su lado para que el reino se vea en orden, para que caliente su lecho y le de herederos. Ya lo ha dicho mi padre, las doncellas no corren, caminan con gracia. Las doncellas no ríen a carcajadas hasta que su cuerpo duele y queda rendido en el suelo. Las doncellas no recorren los bosques cazando, no han visto orcos, no usan armas. Las doncellas son aburridas y lo sabes. No viven aventuras... y por eso no quiero ser una doncella. Pero mi padre me ha impuesto esto. Conocer al príncipe, ¡Al príncipe! Cómo si solo el hecho de llevar una corona en su cabeza lo hiciera un buen candidato y mi única opción. No lo es... lo he visto. Pero no es por cómo luce; de hecho no sé con exactitud cómo se ve, pero eso no me importa. Es su forma de ser... lo hubieras visto. Se veía tan violento aventando flechas al pobre árbol, ¿Qué daño había hecho ese pobrecillo? No... alguien así no puede ser digno de mis buenos sentimientos. No es a lo que estoy destinada, no. No merece que baile para él... ahora mismo debería estar siendo una figura de porcelana danzando para diversión de esos tontos señores. No, no lo haré. No quiero. Mi padre dice que no podemos torcer nuestro destino y podría para su gracia hacerlo de todas formas pero ser tosca y malhumorada de manera que no me elijan para ser esposa del príncipe. Podría... ¿Podría...? Bien, ¡Ya háblame! ¡Llevo una eternidad esperando oír tu voz y sé que existes! ¡Sé que es así! Dime, espíritu del bosque... ¿Qué debo hacer? ¡Dame una señal!
—Dale una oportunidad, tal vez él solo se equivocó. No debió dañar al bosque, pero en su ira olvidó lo más importante, proteger el mundo que lo rodea y lo contiene.
Liswen se asustó al oír una respuesta y giró su cabeza por sobre su hombro pero no vio a nadie. Thranduil se hallaba de pie apoyado del lado contrario del gran árbol. El tronco de madera era tan ancho que no pudo verlo. Aún así, su curiosidad pudo más y continuó la plática.
—¿Una oportunidad? ¿A alguien como él? La naturaleza no merece ser dañada por su ira. ¿Qué ha aprendido de lo que se nos ha enseñado? Cada vez que quitamos un fruto de los árboles pedimos perdón y agradecemos el alimento. No somos merecedores de lo que se nos da, pero aún así el bosque nos provee, sabe que lo necesitamos. ¿Por qué dañarlo entonces? El príncipe es insensato.
—El príncipe estaba muy enojado. —respondió Thranduil.
—Si su ira es recurrente destruirá todo el bosque. No daré ninguna oportunidad a alguien que hace semejante atrocidad.
—Solo fue asunto de una vez y el príncipe está muy apenado al respecto.
—Apenado... bien. ¿Y cuál fue el motivo de su ira si se puede saber, espíritu del bosque?
—Bueno... no ha nacido para ser lo que se espera de las criaturas como él... —dijo Thranduil y ella sonrió intrigada—. La desdicha de ser un príncipe y no un simple súbdito lo ha condenado a tontas leyes, obligándolo a unirse a cualquier doncella que no conoce en absoluto ni le agrada, a la que estará unido toda su vida como si fuera un sacrificio que debe hacerse por el reino, olvidando la propia felicidad. Él es un príncipe pero no por siempre lo será. Su padre abdicará al trono y abandonará Arda o perecerá en las guerras y para cuando ese trágico momento llegue, debe recibir la corona con una doncella a su lado. Thranduil, así se llama el príncipe, no desea que su esposa sea el adorno de un monarca inconforme e infeliz que solo la tenga a su lado para que el reino admire su belleza, para que sus estatuas adornen su palacio; tampoco desea que sirva para que caliente su lecho y le de herederos si la larga noche la pasará solo entre sábanas frías y abandono. Pudo haberte dado esa impresión esta tarde, pero él no es así. No es frío ni violento. Pero esta tarea de encontrar una doncella le fue dada por su padre y ha tenido un largo tiempo para cumplir con la misión, sin embargo no lo ha hecho... pero tú lo has dicho, misteriosa ninfa del lago. —Al decir esto, Liswen observó las ramas a su alrededor. Tuvo deseos de treparse para espiar a quien se había atrevido a llamarla así—. Las doncellas son delicadas; no ríen, no corren, no son desordenadas, no viven aventuras. Él no quiere una doncella que solo sonría ante una broma cuidando sus formas. Quiere que resuene su agradable risa en los salones, que le haga saber que lleva una vida feliz. Quiere una doncella que corra a su encuentro para penderse alegremente de su cuello cada vez que regrese de las ocupaciones que lo mantengan tortuosamente alejado de ella. Quiere una doncella que responda por él si lo hieren, que sepa disparar flechas y manejar una espada; que cubra sus espaldas, que cuide de él tanto como él de ella. Quiere una doncella que aborrezca el hedor de los orcos pero no tenga miedo de ellos. El príncipe desea mil aventuras con ella... por eso no desea una doncella. Desea una amada, sin importar quién es ella ante los ojos de sus súbditos, su familia, sus pares. Ha de enamorarse de una elfa que no tenga miedo de decir lo que piensa; que si el rey ha de cometer un error en su reinado se lo haga saber y le ayude a solucionarlo si es que acaso no ve forma de resolver el conflicto, de enmendar el error.
Llevar una corona en la cabeza hace al príncipe tener la obligación de enlazarse a una futura reina, pero al no encontrar una en el tiempo estipulado por el rey, este lo obligó a unirse a cualquier doncella; le dio esta noche para decidirse o él decidirá por el príncipe. El joven está furioso con esa situación, no quiere unirse a una elfa que no conozca y a la cual no ame. El joven príncipe está iracundo porque no quiere que le impongan una unión y principalmente está enfadado consigo mismo por no ser capaz de enamorarse; de encontrar lo que busca.
—Comprendo su actitud entonces. Nadie debería imponernos un plazo para enamorarnos, no deberían existir esas cláusulas. Cada miembro de la realeza debería ser libre de amar a quien desee como los demás, y si es que acaso no encuentra lo que busca al momento de convertirse en monarca, debería ser libre de hacerlo después o no hacerlo. El amor no se nos presenta en el momento en que queremos que ocurra. El amor no tiene tiempo y no puede forzarse. Él no es libre, pobre criatura.
—Exacto. No es libre... y se le ha impuesto amar a cualquier elfa como si eso pudiera elegirse; como si fuera tan solo elegir entre opciones escasas y quedarse con lo más bello.
—Es una locura, los tratan como simples objetos. También a las doncellas.
—Para el rey este asunto es solo un compromiso a cumplir.
—También para los grandes señores elfos. Imponen a sus hijas que deben ser solo de una manera, que si no es la que ellos estipulan, se convierten en una deshonra para su familia.
—Ellas tampoco son libres.
—Ninguna tienen libertad, pero las rebeldes estamos condenadas a ser una deshonra y un problema para nuestras familias.
Thranduil notó que hablaba en primera persona y se compadeció de ella... toda su plática había rondado sobre lo mismo; ambos estaban coartados de elegir quiénes querían ser, de hacer las cosas a su manera. ¿Y si...?
—Bien, has venido a buscar una señal y he respondido. Deberías darle una oportunidad al príncipe. Tal vez no sea tan malvado como crees... pero respecto a su posición ¿Qué crees que debería hacer él?
—Tal vez lo mismo que yo. Regresar al salón.
—¿Regresar?
—Te he oído hablar esta tarde. Sé que eres él, eres Thranduil.
—Y tú eres... Liswen. Hablabas de ti en el lago, pero no recuerdo haberte oído o visto en el gran salón. Solo sé que eres una misteriosa figura como una ninfa de las aguas y que dejaste un tendal de frutas a mis pies esta tarde.
Ambos sonrieron en sus respectivos lugares.
—Si... sobre eso... derribaste la rama sobre la que descansaba luego de recolectar frutas. Arruinaste mi vestido y lastimaste mis brazos, ¿Crees que mereces una oportunidad?
—¡Liswen! —Una voz masculina se oyó cerca de ellos.
Thranduil rodeó rápidamente el árbol, pero al llegar donde la doncella se encontraba solo vio la túnica verde musgo moverse violentamente mientras la elfa corría hacia la voz que la llamaba. Pudo saber algo de ella mientras se alejaba de él, tenía el cabello rubio como el sol, el cual volaba en el viento luego que la capucha de la túnica se cayera de su cabeza.
El joven príncipe la vio desaparecer en la bruma de la noche y se giró hacia el lago...
—Vaya regalo que me has hecho... —dijo quitando algo del agua—. Justo cuando me estaba rindiendo con ustedes, benditos espíritus. Liswen... —susurró con la tiara de la muchacha en sus manos—. Liswen... —repitió y sonrió.
