—Pero Adar... (Padre)

Thranduil reprochó nuevamente a su padre quien sentenció severamente el fin de la conversación.

—Será un torneo de arquería. El ganador se llevará los honores y reconocimiento de este reino y tú te unirás a la doncella representada por el arquero. El tiempo se terminó, Thranduil.

El rey Oropher giró su esbelta figura y abandonó la biblioteca. Thranduil enterró la nariz en un pesado libro abierto frente a él. Sus cabellos acompañaron la caída desparramándose sobre la mesa.

—Pero conocí a alguien... —dijo ofuscado, aunque su padre no pudo oírlo.

El príncipe agobiado por la situación cerró el libro y acomodó sus brazos para luego apoyar su cabeza sobre ellos. Ya no le interesaba leer, tomar clases o aprender nada nuevo. El asunto que ocupaba su mente era demasiado urgente como para hacerle espacio al conocimiento.

—Oh, lo siento... No sabía que estaba ocupado.

Thranduil levantó la cabeza sorprendido y lo primero que hizo luego de ver fugazmente a la elfa frente a él, fue acomodar su cabello con movimiento ligero y nervioso. No reconoció el rostro de la criatura pero lo que le dio ese efecto repentino de orden fue el sonido emitido por ella, la voz era completamente familiar... era Liswen.

—¡No! No está... no estoy... no es molestia. —Thranduil carraspeó y apresurado deslizó el pesado libro para que ella apoyara sobre la mesa los que traía en una pila.

—¿Qué está haciendo aquí? —dijo ella curiosa y con una socarrona sonrisa en el rostro—. ¿No estará arrancando hojas de los libros porque está molesto, verdad?

Liswen se expresó con trato formal hacia él, cosa que no había hecho hasta el momento, por lo que Thranduil sospechando decidió fingir que hacía caso omiso a la situación para evaluar hasta dónde llegaría aquella ceremonia verbal e indagar porqué sorpresivamente ella lo se refería a él de usted.

—Creí que había quedado claro que los enfados no son parte de mi naturaleza cotidiana. —contestó serio y algo molesto.

—Oh. Era... una broma.

Liswen se sonrojó al llevar la mano a su rostro y acariciarse la mejilla. Thranduil se le quedó viendo la misma cantidad de segundos que ella a él; ambos rieron tímidamente al mismo tiempo y dejaron de reír en el mismo instante, mirándose fijamente con los ojos bien abiertos casi de susto.

Thranduil vio por primera vez el rostro de la elfa con detalle y decidió que necesitaría al menos toda una vida humana para quitarle los ojos de encima y no verse tentado de volver a mirarla unos segundos después. Tenía facciones pequeñas, un mentón hecho a medida para el descanso de su mano y una nariz que no colisionaría salvajemente contra su rostro al besarse. Sus labios eran del color de las fresas, frescos, sin rastros de pasado... El superior se curvaba elegantemente en el centro, haciendo que Thranduil quisiera recorrerlo con su dedo pulgar siguiendo la línea como dibujándolo sobre la piel, y el inferior, tembloroso, era un destino deseado que sabría a nuevas aventuras. Sus ojos eran claros como el agua del mar que los llevaría a las tierras imperecederas algún día en la lejana eternidad. Sus pestañas gruesas y largas eran la danza de un festival de primavera que hacia doler el alma cada vez que se cerraban ocultando sus pupilas, gigantes como la luna al mirar al príncipe.

Thranduil suspiró sin querer e ignorando que mientras él admiraba a la doncella, ella se hallaba prendada de las bellas líneas de él.

Se le ocurrió que debía ser cuidadosa al besarlo, pues su delicada piel de porcelana blanca podría cortarse con los pómulos y la punta de la nariz tan filosa del príncipe, pero aunque doliera iría a su encuentro, porque su boca apenas abierta estaba invitándola a adentrarse en el cúmulo de pasiones que él llevaba en su interior desde hacía un largo tiempo. Tal vez era la sensualidad que se alborotaba alrededor de su existencia, el abundante aroma a canela que despedía su cuerpo, la calidez que añoraba encontrar entre sus brazos o la mirada insistente y cautivadora que estaba echando sobre ella, fija y casi erótica, pero sabía que solo era cuestión de tiempo hasta probar esos labios... Los más deseados de toda la tierra.

Y lo supieron, estaban irremediablemente enlazados a una eternidad juntos.

Liswen tomó los libros y muy lentamente comenzó a guardarlos en sus estantes. El darle la espalda a Thranduil le permitía mantener el control y respirar, pero sentir su presencia en la habitación le proporcionaba el extraño placer de sentirse la presa del lobo que puede ser atacada en cualquier instante.
Para no perder la cordura decidió romper el hielo ante el silencio provocador de Thranduil y volvió a referirse a él con trato formal. De alguna manera le permitía establecer cierta distancia psíquica manteniendo a raya la fuerza que su cuerpo ejercía casi inconscientemente queriendo pegarse a él como un imán.

—Puedo regresar más tarde si quiere, cuando no esté. No quiero molestar su... actividad. Ya veo que conmigo aquí no puede concentrarse o leer.

—Oh... en realidad no estaba leyendo. Estaba... meditando un asunto. —Thranduil recordó el torneo que ocurriría al amanecer y se ofuscó. A menos que el padre de Liswen tuviera al mejor arquero de la Tierra Media estaba muy lejos de obtener la bendición de su padre para unirse a ella. Intentando no agobiarla con sus calamidades, cambió de tema—. Parece que tú si estuviste ocupada hoy temprano. ¿Qué es todo eso? ¿Cómo es posible que leyeras tan rápido?

—Bueno... Los he tomado prestados del reino. Naturalmente no los he leído todos de una vez; solía viajar seguido a este lugar, pero últimamente mi padre ha venido solo y llevó libros para mí. Para no cargarlo en cada viaje decidí traerlos todos juntos al finalizar el último en la carreta que me traería hasta aquí.

—¿Y qué lees? —El joven elfo tomó un libro de la pila sobre la mesa y Liswen intentó quitárselo pero no pudo. Él era mucho más fuerte que ella—. ¿Hombres? —Thranduil observó con detalle las hojas de los libros escritos en la lengua de los humanos—. ¿Lees sobre el reino de los hombres? ¿Por qué?

—Curiosidad... Me intriga el hecho de que prácticamente no puedan vivir en armonía y sean los causantes de grandes guerras. Fui educada de acuerdo a nuestra historia, más nunca me hablaron demasiado de los hombres, así que al no poder dedicarme a otra cosa en presencia de mi padre, decidí leer sobre ellos.

—En su presencia... ¿Y qué cosas haces en ausencia de tu padre?

Liswen adoptó una postura recta, algo nerviosa.

—Nada. Nada malo. —soltó rápidamente.

—Entonces sí haces algo... No le diré nada si me lo cuentas.

—¿Cómo puedo confiar en que no lo hará?

—No le he dicho a mi padre que no te presentaste al baile y él es el rey, es mucho más temible que tu progenitor. Es una falta grave darle la espalda al monarca, mucho más cuando se trata de desposar a su hijo.

Liswen se sentó frente a Thranduil y lo observó un momento, contemplando la posibilidad de ser delatada por el joven elfo.

—Solo se lo diré si usted primero me cuenta un secreto suyo.

—Yo no tengo secretos. —Sonrió satisfecho.

—Entonces yo tampoco.

Liswen se levantó de la silla y caminó hacia la salida pero antes de poder abandonar la biblioteca, Thranduil fue más veloz y se frenó en la puerta obstruyendo su paso.

—Discúlpeme su majestad, pero se interpone en mi camino.

—¿Y qué harás para salir?

—Pedirle que se haga a un lado.

—¿Y si no funciona?

—No creo que vaya a ser tan descortés.

Thranduil ladeó su cabeza y comenzó a acercarse a ella con cortos pasos. A medida que él se acercaba, ella se alejaba dando pasos hacia atrás pero sin quitarle la vista de encima; el mentón en alto como su orgullo, la expresión imperturbable.

—¿Qué está haciendo, majestad?

—Me hago a un lado, tal como pediste.

—No se está haciendo a un lado, me está acorralando.

—No hago tal cosa.

Liswen miró por sobre su hombro calculando la distancia que restaba para dar su cuerpo contra el estante de libros. Estudió los movimientos lentos de Thranduil y si bien supo que sus reflejos debían ser buenos por la práctica de lucha, ella podía ser mejor que él, solo debía esperar el momento justo. Y lo hizo...

En cuanto vio un hueco por el cual escabullirse, lo tomó. Pasó por debajo del brazo de Thranduil y este intentó tomarla pero ella se giró en sentido contrario soltándose de él, lo que lo hizo girar también y estamparse de espaldas sobre el estante en el cual pretendía acorralar a Liswen. Algunos libros cayeron estruendosamente al suelo, ella rió y continuó su camino hacia la salida pero en cuestión de segundos el príncipe la tomó firmemente del brazo y la llevó detrás de una biblioteca gigante. La escondió en un pequeño hueco oscuro y tapó su boca con la mano, ya que esta estuvo chillando y forcejeando desde el momento en que él la tomó en sus brazos. Thranduil se llevó el dedo índice a su boca indicándole hacer silencio mientras giraba su rostro en dirección a la puerta de donde provenía el sonido de los pasos de los miembros del ejército.

—¿Mi señor?

Dos guardias ingresaron a la biblioteca y se encontraron con los libros en el suelo. Thranduil salió por un costado del lugar con dos libros en la mano.

—Siempre supe que esa estantería cedería. Se lo he dicho a mi padre miles de veces pero no envió a nadie a arreglarla. Mucho peso. —Thranduil negó con su cabeza mirando a los guardias. Liswen desde la oscuridad sonrió viendo la magnífica actuación del elfo.

—¿Entonces se encuentra bien?

—Por supuesto. Yo estaba aquí escogiendo mi lectura y ese estante solo se desplomó.

Ambos guardias se pusieron a levantar los libros, pero Thranduil los detuvo.

—Oh, no se molesten, yo lo haré.

—No, mi señor nosotros tenemos que...

—Dije que yo lo haré.

Thranduil se mostró muy severo y los guardias dejaron su trabajo al instante. Se retiraron haciendo reverencias mientras el príncipe levantaba los libros poniéndolos sobre una mesa. Al asomarse a la puerta y ver que ya no había peligro, se dirigió a Liswen.

—Ya puedes salir.

—¿Por qué me escondiste? ¿Qué podían hacer si me veían? —dijo Liswen saliendo de las sombras mientras Thranduil regresaba a levantar los libros.

—¿Apresarte por atacar al príncipe? El calabozo no es lugar para ti.

—Según yo lo veo, tú estabas atacándome.

Thranduil se irguió y la miró de reojo mientras ella lo ayudaba; notó el ligero cambio de trato, ya no se dirigía a él de usted. También la cercanía entre ambos se producía con menos tensión.

—Y según yo lo veo fuiste tú la que me empujó sobre ese estante.

—Yo no te empujé, tu te caíste solo.

Ambos fueron por el mismo libro, al agacharse se miraron fijamente, uno frente al otro.

—¿Me dirás tu secreto? —preguntó Thranduil sonriendo seductor. La distancia entre ambos comenzó a acortarse.

—Solo si tú me cuentas uno tuyo.

Thranduil se alejó de Liswen mientras ella recogía el último libro del suelo y lo posaba sobre la mesa. Él se mantuvo distante por un momento y la elfa aguardó una respuesta apoyada sobre la mesa.

El joven príncipe estudió muy bien lo que diría. Habló aún dándole la espalda a la doncella.

—Tengo miedo.

—¿Ese es tu secreto? —dijo confundida.

—En realidad creo que es un secreto que he estado gritando estas últimas horas. —Thranduil se giró a verla y al encontrarse con la mirada intrigada pero serena de Liswen, sonrió; tal vez no saldría tan mal—. Casi no sé nada de ti, pero sé que tienes la única característica que me hace querer lanzarme a una eternidad contigo adivinando cada día todo lo demás. Eres diferente, Liswen. Y me ha encantado en pocos minutos que lo seas. Solo tomó un instante, un respiro y ni siquiera sé si fueron todas las palabras que salieron de tu boca en nuestra conversación en el bosque o el halo mágico flotando sobre nosotros al conocernos junto al magnetismo que me hace querer estar a tu lado cada vez que estás cerca, pero me tomó un segundo saber que quiero estar contigo, que quiero una vida juntos. Y tengo miedo, temo que no desees lo mismo en tu naturaleza de ser diferente de las demás doncellas. E incluso si lo deseas también, temo perderte en el torneo de mañana. Me he quedado sin tiempo y el elegir la doncella a la que me una ya no está en mis manos. Liswen, maldigo mi suerte de no haberte conocido antes, de no haber invertido mi tiempo en levantar mi cabeza y observar lo que me rodeaba; tal vez te hubiera encontrado en esta biblioteca si hubiera venido más seguido en lugar de perderme como un niño malcriado en el bosque escapando de mis obligaciones. Temo que la suerte sea cruel, otorgue el poder a las manos de otro arquero que no sea el que tu padre presente y te pierda para siempre. Lo siento, siento mucho el no habernos encontrado cuando correspondía y temo que al encontrarte en el límite de mi tiempo, te pierda por un estúpido torneo de arquería. Ya, ahora sabes mi secreto. Estoy fascinado por tu alma, creo que con el tiempo podría enamorarme de ti con una fuerza que me arranque el corazón del pecho para caer directo en tus manos. Eso es lo que creo, porque lo que sé y no ignoro, es que ninguna otra elfa podrá lograr lo que creo que tu harás conmigo. Has plantado una semilla en mi alma y solo crecerá hasta florecer en tu presencia, más me temo que nadie más lo haga.

Liswen permaneció en silencio mirando al elfo articulando sus manos expresando sus sentimientos por ella; jamás creyó que sería capaz de cambiar de opinión sobre un príncipe que ella creía frío, descuidado y destructor. Descubrió la verdad en sus palabras y en la magia que los envolvía, que ahora sabía ambos habían percibido. Hasta ese momento ella intentó no prestar atención a las señales impuestas por su raza. En algún punto descreía de la magia de los elfos, creía que los sentimientos se demostraban con hechos y no había halos, trucos, ni sensaciones inexplicables como producto de la magia que hicieran caer a las personas en un frenesí. Pero en su interior desde que supo que iría a presentarse ante el príncipe de Mirkwood, algo se expresaba como queriendo sacudirle el cuerpo para llamar su atención mostrándole que la magia si existía y la habitaba. Liswen había aplacado esas sensaciones o llamados intentando huir de él, intentando convencerse que nada saldría bien de un encuentro arreglado entre ambos, algo que sería impuesto. Pero esto era diferente, desde el inicio supo que no se le impondría nada, que el deseo que sentiría por él había permanecido aguardando en su interior, habitándola desde su nacimiento, declarando que estaban destinados desde el inicio.

Sonrió al saber que el secreto que guardaba quizás los salvaría a ambos y habló con serenidad y alegría.

—Te he juzgado mal. No eres el único que teme, aunque tememos por diferentes razones. Yo cree una imagen tosca y violenta de ti en mi mente porque quería alejarte; quería huir de ti, temerosa de aceptar lo que he sabido desde siempre. Al oír tu nombre en mi hogar ya sabía quién eras. Y no necesitaba saber que eras el príncipe para cohibirme, no es importante el título que tengas... ya que lo que me ha aterrado siempre, eres tú. —Thranduil frunció el ceño y Liswen se acercó lentamente a él mientras hablaba—. Te he oído antes, cuando pequeña, en el viento... entre los árboles. Los espíritus del bosque me hablaron la primera vez que visité Mirkwood. Dijeron que mi destino llevaba una tiara sobre la cabeza y comandaba ejércitos... eso no me inmutó; he nacido para la lucha, no conozco otra vida que escapar de casa para aprender a usar una espada, un arco; para defenderme y regresar llena de hojas en el cabello y tierra en el vestido, para mentir a mis padres y decir que soy torpe; que me caí de un árbol, que un animal me corrió. Al oír que comandaría ejércitos fui feliz, pues los espíritus del bosque que tanto hemos cuidado me lo confesaron. Había hecho bien mi trabajo y ellos me recompensarían. Pero entre toda esa energía y voces, también te oí, aún cuando sabía que no estabas ahí. Dijiste mi nombre. El viento poderoso levantó las hojas secas del suelo y formó una figura luminosa... era un rey. Dijo que se uniría a mí, que estaríamos juntos. No había vuelto a escuchar esa voz, tu voz, hasta que te vi en el bosque. Pero aún así ya temía que fueras tú cuando mi padre me anunció que nos presentarían. No eres un rey, eres un príncipe, pero estás destinado a convertirte en monarca. ¿A qué le he temido? A ti. A que me encierres, que no me dejes ser quién soy... que no me dejes vivir mi secreto. Pero me has dicho que lo que te ha cautivado es que sea diferente, pues... soy diferente y me ha encantado que no te horrorizaras al saberlo. Soy una doncella, si... pero también soy una guerrera... ese es mi secreto. Cuando mi padre no está detrás de mí husmeando lo que hago, me escapo y lucho, practico. He mejorado mis habilidades desde que abandoné la niñez, así que no te preocupes por perderme, soy la mejor arquera que podrás encontrar en este reino y voy a ganar ese torneo por ti, por mí... por nosotros, ya lo verás.

Liswen se detuvo ante Thranduil y este tomó sus manos.

—Cada cosa que sé de ti me fascina más y más... Pongo mi destino en tus manos y he de pedirle a Ilúvatar que no te haga flaquear, que te de valor y ganes ese torneo. Pero si no es así y otro arquero gana la competencia... entonces lucharé por ti hasta unirnos.

—No eres como pensaba... eres diferente.

—Qué bueno que cambiaras de opinión sobre mí...

Thranduil se acercó lentamente a ella cerrando los ojos, dispuesto a besarla. Pero Liswen se echó atrás posando una mano sobre los labios del elfo. Él se sorprendió y al abrir los ojos nuevamente se encontró con la sonrisa tierna de ella.

—Se está haciendo tarde, ¿No crees?

—Pero nosotros no dormimos. —dijo Thranduil luego de besar uno por uno los dedos de ella.

—Debo prepararme para mañana. No es un torneo como cualquier otro... tengo algo importante por lo que competir. —contestó y se alejó hacia la puerta.

—¿Te irás sin darme un beso de buenas noches?

Liswen estaba a punto de cruzar la puerta cuando Thranduil con una mueca de decepción regresó a la mesa de la biblioteca. Ella sonrió y se lo pensó dos veces antes de regresar, pero al final su espontaneidad ganó. Corrió hacia donde él estaba y lo asaltó por la espalda dándole un beso en la mejilla. Antes que Thranduil pudiera girarse y tomarla en sus brazos, ella corrió fuera de la biblioteca y regresó a su habitación. El elfo suspiró sonriente. Era ella y solo ella.

La mañana despuntó clara y brillante. El rey Oropher ingresó a la habitación de su hijo esperando encontrarlo aún mentalizándose de la asistencia a su infortunio. Tal vez diera la impresión de no importarle el destino de su hijo, pero muy en el interior era lo que más le preocupaba y había tomado esa resolución pensando en hacerle un bien. Quizás Thranduil se lo agradeciera en un futuro.

Ingresó en la habitación decidido a ayudar al príncipe con su vestimenta pero lo encontró de pie junto a una ventana, estaba listo. Thranduil observaba el bosque a los pies del castillo con todos los señores elfos reunidos y los guerreros practicando arquería. En realidad no le importaban todos ellos, solo estaba buscando a alguien que estaba tardando en aparecer en escena.

—Oh. —expresó Oropher y se frenó a observar a su hijo, altivo ante el ventanal. Llevaba puesta hasta su corona—. Creí que...

—Un príncipe siempre debe cumplir con sus obligaciones... por el bienestar del reino. Tenías razón, Adar. —Thranduil se volvió hacia él—. Se acabó el tiempo y tal vez... esto es lo mejor.

—¿Dónde quedaron la furia y las súplicas de anoche?

—Enterradas... en la biblioteca.

—¿La biblioteca? —Oropher no comprendió las palabras de su hijo. Nadie lo haría, excepto él... o Liswen.

—Si... —Thranduil jugó con los dedos de sus pies, tamborilleándolos nervioso en el interior de sus botas—. Yo... me entregué a la lectura y la sabiduría. He leído sobre otros monarcas, al parecer no soy el único en esta situación y ellos lo sobrellevaron con valor, así que...

La verdad era otra, Thranduil aún tenía la esperanza de que su reciente amada Liswen venciera a sus oponentes y ganara algo más que un cofre, pero no lo diría. Cuando tienes un as bajo la manga es mejor usarlo solo en el momento correcto.

—Bueno. —Oropher se acercó a él y ambos miraron el bosque—. Ya es hora.

La música sonó indicando la llegada de la familia real. El rey a la cabecera de la fila detrás de sus dos guardias de confianza, marchó montado en su alce. Detrás marchó su hijo con la vista fija al frente y una pose obligada que no lo hacía ver menos hermoso, pues lo cierto es que cualquier movimiento que hiciera resultaría elegante.

Al tomar sus lugares en el centro de la escena para ver mejor el torneo, Oropher abrió sus manos y les indicó a los presentes que podían tomar asiento. Los señores elfos, junto a sus hijas, dejaron su posición de reverencia y mientras ellos se sentaban en sus lugares asignados frente al rey, las doncellas formaron una fila. Una a una fueron dejando ofrendas en una mesa siendo anunciadas por un miembro de la casa real. Junto a su nombre, se mencionaba el del arquero que competiría por su honor. Thranduil agradeció de pie junto a la mesa cada una de las ofrendas, pero no estuvo tranquilo hasta que vio a Liswen acercarse a él con un cuenco de fruta fresca.

Al encontrarse frente a frente, el cuerpo de ella tembló nervioso ante la figura del príncipe. Sus manos flaquearon y casi dejan caer el cuenco, pero Thranduil en un movimiento rápido lo sostuvo firmemente. Sus manos volvieron a encontrarse luego de la noche anterior ante la mirada atónita de todos los presentes y el tono rojizo que tomaron las mejillas de Liswen. Él sonrió y posó el cuenco sobre la mesa sin dejar de mirarla. Ella también se veía hermosa y provocó nerviosismo en él... aunque todo se derrumbó al oír que alguien más sería el arquero que compitiera por su mano.

Liswen continuó su camino mientras las últimas elfas pasaban a dejar sus regalos. Thranduil quedó estaqueado en el lugar hasta que la ceremonia finalizó y giró lentamente para volver a su lugar con pasos pesados y tristes. ¿Acaso la jugada había salido mal y tendría un funesto fin?

El torneo comenzó y los arqueros compitieron por el honor de sus doncellas. Eran muy buenos en lo que hacían pero ninguno había dado todas las flechas en el blanco. Oropher indicó que el ganador sería quien tuviese más aciertos y si acaso había un empate, se produciría una nueva ronda entre los implicados resultando ganador el primero en dar en el blanco de todos ellos.

El arquero de Liswen fue el último en competir. Un elfo encapuchado y misterioso se paró frente a la familia real e hizo una reverencia antes de posicionarse en el lugar indicado y tensar el arco.

Thranduil entonces echó una disimulada mirada de reojo hacia los presentes y comprobó que Liswen no se hallaba entre el público. Intentó no sonreír para no levantar sospecha alguna pero no pudo. Coincidentemente su sonrisa se marcó al mismo momento en que la primera flecha de cinco dio en el centro de la diana, es decir, en el blanco. Nadie hasta ese momento lo había logrado a la primera. Oropher observó la felicidad en el rostro de su hijo y también sonrió... algo extraño estaba ocurriendo pero si tenía a Thranduil sonriendo de esa manera, entonces estaba bien.

Segunda diana... en el blanco. Tercera y cuarta diana... igual de certeras. Por supuesto, la última flecha tuvo un tiro perfecto; con ello dio en el centro y ganó el torneo. Todos aplaudieron de pie al misterioso arquero y Oropher observó a su hijo una vez más... Thranduil estaba de pie aplaudiendo muy animado.

Se acercó a este con el cofre y lo entregó en sus manos. Entre dientes habló disimulando lo más que pudo.

—¿Cómo es que cambiaste de lugar con tu arquero sin que nadie lo supiera?

—No lo hice... Yo soy ese arquero. Es el nombre que me dio el elfo que me enseñó a usar el arco... un nombre de guerrero.

Liswen se quitó la capucha y para sorpresa de todos, su largo cabello rubio rodó por detrás de su capa. Ella sonrió, dejó el cofre en el suelo y ofreció su mano a Thranduil.

—Este no es el premio que más importa. Lo más valioso para mí está enfrente mío.

Thranduil y Liswen se comprometieron la mañana siguiente frente a la bendición del rey y al terminar abruptamente el reinado de Oropher con su muerte unos años después, el elfo la desposó y ambos tomaron el poder de Mirkwood. Compartieron su eternidad por largos años y fruto de esa unión nació su hijo Legolas, quien crecería para convertirse en un miembro importante de una comunidad que salvaría muchas vidas.

—Y así fue como me enamoré de ella... —dijo Thranduil al pie de un árbol. Descansaba luego de enseñarle al pequeño Legolas cómo usar las dagas. Ambos habían tenido una lucha para practicar y se hallaban tomando un respiro.

—Es la mejor decisión que has podido tomar, Ada. (Papá).

—Si, gracias a eso ahora te tenemos a ti y siento que nada me falta, soy inmensamente feliz.

Thranduil abrazó a su hijo y ambos perdieron la vista en una parte del bosque donde Liswen recolectaba frutas. Ella se giró en dirección a ellos y sonrió. Pasarían muchos más años de felicidad en familia.