Zeno se fue a dormir más tarde que los demás. En realidad su intención nunca fue dormir tan tarde, pero se había quedado mirando las estrellas, rememorando viejos, lejanos y borrosos recuerdos.
Esa noche ya era 30 de agosto, aunque Zeno no planeaba darle importancia. Hacía años que no le daba especial atención a esa fecha en particular y aunque el calendario cambio desde de época en que nació Zeno adecuarse a él y lograr saber dónde iba su fecha de cumpleaños no fue difícil.
Hacía años que no lo celebraba. La última vez que lo hizo fue después de la muerte de Hiryuu.
Cuando Zeno se fue a dormir por la noche, el soñó. Soñó con una época lejana en un castillo. Con un hombre de largos cabellos rojos con la sonrisa más amable que había vislumbrado jamás. Soñó con una amable reina que se había reído de sus payasadas y con un joven príncipe que lo veía como un amigo y compañero de juego, como un ejemplo a seguir.
Pero esos recuerdos no fueron los únicos en invadir su tiempo en los brazos del Morfeo. Soñó con un hombre de cabello blanco y una garra enorme en lugar de su mano, pero con una gentileza fuera de este mundo, alguien quien gustosamente le regalo una vaca con la esperanza de que creciera y lo entreno con la espada para que pudiera defenderse.
En estos también aparecía un joven de cabellos azules con los ojos más hermosos que Zeno había visto jamás. Algo brusco y directo con sus palabras pero con una calma y serenidad que le transmitía a Zeno seguridad. Un hombre con una apariencia suave siempre seguido por aves. Quien le regalaba libros y salía a caminar con Zeno en la noche cuando ambos estaban demasiado inquietos como para dormir.
Incluso había un hombre de larga melena verde y una voluntad inquebrantable. Que no podía hacer más que soltar palabras bruscas y tormentosas pero sin mala intención. Con una fuerza tan avasallante que impulsaba a Zeno a mejorar, recordaba a este hombre llevándolo a bares para conseguir bebidas y molestándolo con su lanza pero a su vez en la visión de esta misma persona sentada a la sombra de un árbol escribiendo poesía.
Ah sí, ya recordaba. Estos eran sus amados hermanos mayores, era su amado rey con su familia. Familia a la que debía tal devoción. En sus sueños también apareció una joven sonriente y frágil, pero que parecía brillar como una estrella y darle claridad a todo, recordaba tenerla en sus brazos recordaba verla rodeada de flores. Recordó que le devolvió su cordura.
Recordó que los perdió a todos ellos.
Tras esas imágenes tan dolorosas Zeno abrió los ojos, pero en lugar de encontrarse con la soledad como esperaba, se despertó viendo a seis personas y una ardilla frente a él.
— ¡Feliz Cumpleaños Zeno! —pronuncio la Señorita.
Zeno recordó con ello que ya no estaba solo. Ya no. Y con ello salto a sus brazos.
