Dos cosas perturbaban a Thranduil, quien se veía ridículamente bello desplomado en el sofá del living de Ned mientras perdía la mirada y sus pensamientos el techo blanco del apartamento. Pero no estaba prestando atención ni al color, ni al techo en sí.
La primera cosa que lo perturbaba, y la más importante, eran las palabras de Emerson en la pastelería la tarde anterior: «Ellos son personajes.»
La segunda perturbación era por los ronquidos de Thorin, en aquel momento boca arriba durmiendo sobre un colchón en medio de la sala. La luz de la luna llena entraba por la ventana bañando el perfil derecho del elfo, lo que denotaba la claridad de su rostro y la suavidad de su piel. La punta de su nariz brillaba como una daga afilada y su ojo derecho se veía un poco más claro que el izquierdo, acariciado por la tenue luz amarilla de la lámpara de pie junto al sillón donde se encontraba Garrett, no leyendo más devorando el libro que Emerson les había prestado: El hobbit.
Thranduil estaba impaciente respecto del final del libro. Los inmortales pueden esperar años, por lo que son dotados de una paciencia inquebrantable, pero no cuando el destino de su reino y su familia está escrito en un libro a pocos metros de sus manos. Hablando de ellas, la izquierda se encontraba masajeando suavemente sus rubios y largos cabellos y la derecha tamborileando los dedos sobre su estómago. Se estaba desesperando y los ronquidos de Thorin no ayudaban a sus nervios.
—Siento deseos de tirarle algo directo en la cara, ¿Cómo es que puede roncar así? —indagó sin mirar a Garrett, pero dirigiendo su comentario a él.
—Yo lo envidio. —expuso el vampiro aun con la vista puesta en el libro—. Extraño mi niñez cuando podía dormir. —añadió. Pero el sonido comenzaba a ser molesto hasta para él, así que tomó una bufanda de Ned que había en el sillón y se la lanzó a Thorin en la cara. Acto seguido, dio vuelta la página y siguió leyendo como si nada hubiese pasado.
El enano se sentó sobresaltado y se quitó la bufanda del rostro. Thranduil esbozó una sonrisa y Garrett pretendió seguir leyendo concentrado cuando en realidad solo estaba aguantando la carcajada.
—¿Te parece gracioso, Thranduil? —Thorin le lanzó la bufanda creyendo que el bromista había sido él. El elfo se la quitó con elegancia, la dobló y la colocó sobre el sofá.
—Si tan solo te oyeras roncar... —Le dijo asumiendo la culpa—. Estuviste a punto de darme jaqueca.
—Si te incomoda puedes irte a otra habitación. —replicó Thorin entre dientes. Entonces reparó en que el vampiro aun leía el libro—. ¿Hay novedades, Garrett? —preguntó curioso.
—No. Batallas, discusiones, orcos... —repasó él.
—¿Orcos? Esa peste de Bolgo... —insultó el enano.
—Nada trágico aun. —informó el vampiro.
—Jamás has visto a un orco, ¿Verdad? —indagó Thorin y miró a Thranduil, que levantó un poco su cabeza para devolver la mirada cómplice.
—No, ¿Son malos? —preguntó Garrett con inocencia.
—¿Malos? —Thranduil se incorporó y se acercó a la ventana—. Son una de las mayores calamidades de nuestra tierra... Luego de los dragones, claro. Son letales, despiadados y... Sucios. Una inmundicia. —explicó con disgusto. En su voz se podía sentir su desagrado siquiera al mencionarlos—. Huelen fatal; emanan un hedor fétido... Son horribles. No tienen sentido de la estética, ni de la belleza. —informó despectivo.
—Bueno, no todos pueden vestir túnicas elegantes y oler a frutos del bosque. —bromeó Garrett y Thorin sonrió divertido sabiendo que el comentario mosquearía a Thranduil.
—Bueno, eso es verdad, —decidió acotar el enano—, pero sorpresivamente le daré la razón a Thranduil esta vez; huelen muy mal y se ven peor. Aunque lo más terrible es lo despiadados que son. Hemos librado muchas batallas contra ellos y muchos de los nuestros han muerto por su culpa. —añadió con pesar.
—Así que... —Thranduil giró hacia el vampiro—. ¿Dices que no hay de esas inmundicias en estas tierras?
—No, pero hay otras cosas letales. —informó Garrett.
—¿Cómo cuáles? No creo que exista nada más letal que un orco o un dragón... —propuso Thorin.
—Armas, enfermedades... Y yo. —enseñó el vampiro señalándose.
—¿Disculpa? —Thranduil se volvió hacia él y lo observó confundido.
—¿Recuerdas cuando dije que era un vampiro? Pues... Mi esencia es matar personas para alimentarme; bebo su sangre. No es algo de lo que esté particularmente orgulloso pero es neces... —Garrett intentaba explicar sus cualidades mientras leía pero pronto detuvo su comentario abruptamente.
El vampiro tomó fuertemente el libro en sus manos y acercó su cara a él con expresión de preocupación. Thranduil y Thorin se le quedaron viendo algo asustados, sabían que había encontrado la tragedia de la batalla en las páginas del libro. Garrett cerró el libro y miró a Thranduil.
—No dice nada malo de ti, o de tu hijo, de hecho él no se menciona en el libro, no tomará parte en la batalla. —informó mirando a Thranduil.
—Pues... Qué alivio. —expresó el elfo con una sonrisa tímida—. Pero entonces... No sé qué hago aquí... Porque el hombre dijo... —Trató de explicar.
—Es por Thorin. —anunció Garrett y Thranduil entrecerró los ojos—. Enano... Esto no te gustará.
—¡¿Qué ocurre?! —preguntó Thorin desesperado. Garrett no habló por un minuto e impacientó al enano—. HABLA... ¡Ya! ¿QUÉ OCURRE?
La voz de Thorin Escudo de Roble era grave y cavernosa, por lo que retumbó en todo el apartamento despertando a Ned que se colocó una bata y se apresuró a llegar a la sala.
—¿Lo encontraron? —indagó. Ned tomó el libro de las manos de Garrett, leyó la página abierta y miró al señor enano que suplicaba le dijeran la verdad—. Lo siento...
El pastelero le entregó el libro a Thorin y se desplomó pensativo en el sofá. Thranduil se acercó al enano y leyó, junto al pequeño rey, el destino de los hijos de Durin. Thorin cerró el libro luego de leerlo y sus ojos se llenaron de lágrimas. Se levantó y caminó fuera de la habitación. Cuando intentaron seguirlo pidió un momento a solas y se encerró en la habitación de Ned. Sabía que sus amados sobrinos serían masacrados por los orcos y que él también moriría así que debía procesarlo solo.
Thranduil caminaba de un lado a otro de la habitación con el libro en sus manos.
—Lo que está escrito no puede cambiar. —afirmó—. Este libro contiene todos los hechos que han sucedido hasta ahora, por ende no podremos evitar su muerte. Hemos venido hasta aquí buscando respuestas y hemos hallado esto. No lo entiendo, él dijo que tú nos ayudarías, que este libro nos ayudaría... —reclamó a Ned—. Que podía evitarse.
—Puede evitarse, —aseguró el pastelero—, pero... ¿Cómo? No soy un experto en guerras, solo puedo devolverle la vida a los muertos y...
—Y curiosamente tendrás a todo su linaje muerto. —Le enseñó Garrett señalando el libro.
—Ya sabes cómo funciona, matamos un elfo la última vez que reviví a alguien. —recordó Ned como una queja—. La decisión de quien toma el lugar del vivo otra vez es totalmente al azar. Imagina que podría morir otro enano, un elfo, tú, o cualquiera que estuviera en proximidad. —explicó.
En eso estaban cuando Thorin salió de la habitación y apareció en la sala muy serio. Llevaba nuevamente sus ropas de Erebor y portaba su espada.
—Iré a rescatar a mis sobrinos, traeremos cofres de oro y no volveremos jamás. —resolvió con celeridad—. Thranduil, —llamó volteando hacia el elfo—, tú harás lo que quieras pero esto está decidido.
—¿En qué momento decidiste que vivir en este mundo era una buena idea? —Thranduil pareció un poco sobresaltado—. ¿Cuánto llevamos aquí, Thorin? ¿Días? —indagó el monarca del bosque abrumado por la resolución tan suelta del enano—. Abandonarás a tu pueblo, la montaña, la riqueza... ¿Solo así? —insistió perplejo—. ¿Dónde está la tozudez enana que te caracteriza? Este mundo te ha enfermado. —agregó desconociendo a Thorin.
—No, te equivocas. Es nuestro mundo el que lo ha hecho. —contradijo el enano—. Lejos del oro de esa montaña me siento mucho mejor y puedo pensar con claridad. —añadió sereno—. No someteré a mi familia a pasar por esas calamidades. No estoy dispuesto a sacrificarlos por un tesoro maldito, mucho menos estoy dispuesto a morir por él. —aclaró—. Y además... ¡¿Has visto la ducha?!
Thorin sonrió con las manos extendidas en dirección al baño de Ned y Thranduil rodó los ojos.
—Sí, ya... Hay algunas bondades en este mundo que le vendrían muy bien al nuestro. —reconoció el elfo de mala gana—. Pero... ¿Te has preguntado de qué vivirás aquí? Escuchaste al detective. Somos personajes de esa historia... Me temo que no seamos reales. —especificó cruzándose de brazos.
—¿Cómo explicas que estemos aquí si no lo somos? —replicó Thorin—. Y ¿Sabes qué? Ningún libro me dirá cómo vivir mi vida. —prosiguió el enano y e imitó la postura de Thranduil—. Las profecías solo le han traído ruina a mi gente, estoy harto de seguirlas.
—Están pensando apresuradamente. —acotó Garrett y se levantó del sofá—. Tal vez en este mundo su libro sea conocido como ficción, pero no quiere decir que ustedes no existan. —agregó fallando a favor de Thorin—. Quizás sí existen e interpretamos mal las cosas. Pero si todo esto está escrito y pasó en sus tierras, ¿No creen que quizás quedarse aquí solo traerá la desgracia a este mundo? —propuso.
—Oh, ¿Sugieres que no haga nada y me entregue a la muerte? —respondió el enano con ironía—. ¿Que vea a mis sobrinos morir? ¡¿Que deje que mi tierra sea saqueada?! —agregó levantando el tono de voz cada vez más y con él, su enfado.
—Estoy con Thorin en esto. —interrumpió Thranduil. Ambos, elfo y enano se miraron extrañados por haber acordado más de una vez en un día, eso ya no era casualidad, había algo más allí... Pero no era nada que lo disuadiera de su causa, por lo que continuó—: ¿Pretendes incluso que la sangre de mi ejército bañe la montaña? —añadió posando su atención en Garrett con cierta ofensa.
—No, no, él no quiso decir eso. —Ned se levantó echando una mirada a Garrett suplicándole que cerrara la boca—. Sino que... Thorin, tú y tus sobrinos morirán. —anunció muy campante mientras el enano lo observaba dolido. Cada vez que lo escuchaba era peor—. Yo puedo revivir a los muertos, pero la pregunta es ¿Cómo? Con mucha suerte reviviré a tres personas sin causar más daño.
—¿Dices que puedes revivirme y a mis sobrinos? —preguntó Thorin con sorpresa.
—Sí. —aseguró Ned.
—¡¿Qué esperamos entonces?! Hagámoslo. —ordenó Thorin.
—Es que no lo entiendes, —insistió Ned—, podría incluso matar al rey Thranduil. —anunció.
—Nadie va a extrañarlo. —acotó Thorin revomiendo una mano en torno al elfo, restándole importancia.
—Estoy aquí, enano. —dijo Thranduil con ofensa.
—Lo sé. —expresó Thorin entre risas y Thranduil le devolvió una mueca irónica—. Pero si lo mantenemos lejos de la batalla, —opinó hacia Ned señalando a Thranduil con el pulgar—, no pasará nada.
—Seguro, enviaré a mi ejército a una pelea que ni siquiera es nuestra y me quedaré sentado en mi trono como un cobarde, qué gracioso Escudo de Roble. —Añadió el elfo acompañando su mueca.
Ned leyó detenidamente el libro.
—No necesariamente tienes que estar en tu reino... —comentó.
—Y no necesariamente tienen que morir inocentes. —agregó Garrett.
—¿Disculpa? —Los otros tres lo miraron confundidos.
—¿No dijeron que sus tierras están llenas de orcos? A ellos si que nadie los va a extrañar. —explicó el vampiro como una obviedad.
—Claro, ¿Me dejarás solo a merced de un orco para que me mate mientras intento revivir a alguien? —Se quejó Ned.
—¡Ya sé! Lo pondremos en una jaula. —propuso Garrett.
—¿Y de dónde la sacarás, cerebrito? —replicó el pastelero.
—Olvida la jaula, tengo súbditos que darían la vida por mí y supongo que Thorin también los tiene. —acotó Thranduil muy serio.
—Oh genial, seguiremos sacrificando personas por los efectos adversos de mi don. —Se quejó irónico Ned.
—Podrían sostener a los orcos. Si las cosas salen mal y esas bestias no mueren... bueno. Tendrás que correr por tu vida. —Le aclaró Thorin.
—No estoy de acuerdo. —negó Ned nervioso—. Ya basta de matar personas inocentes.
—Los orcos no son inocentes, son una peste horrible. —Thorin dijo esto acercándose algo amenazante al pastelero.
—No puedo asegurarte que muera el orco, podría matar a cualquiera, el que fuere... —Le recordó Ned—. Está decidido. No lo haré.
—Bien, entonces lo haremos a mi manera. Tomaré todo el oro que pueda cargar, mis dos sobrinos y vendremos a vivir aquí. —El enano sonó muy decidido.
—Eres un rey. —Thranduil intentaba hacerlo entrar en razón.
—Sin reino. Todo lo que tengo es esa condenada montaña.
—¿Abandonarás todo, solo así? —insistió Thranduil por segunda vez.
—Muchachos... —Garrett tenía el libro en sus manos y lo estaba mirando asustado.
—Si, lo haré. —respondió Thorin sin prestarle atención a Garrett—. Si la codicia y la guerra me llevarán a la tumba, entonces no estaré ahí. —aseguró—. Si no estoy en la guerra no puedo morir, ¿Verdad? La profecía no se cumple. —enseñó encogiéndose de hombros con aires de superioridad.
—Señores... —Garrett insistió.
—Antes fuiste testarudo en encerrarte en esa montaña y enviar a todos a la guerra y ahora eres un testarudo en abandonarlos. —prosiguió discutiendo Thranduil haciendo caso omiso de Garrett—. ¡Sigues siendo un egoísta, Escudo de Roble!
—No soy un egoísta, intento ayudar a los demás, a mis sobrinos y a mi gente, no como tú. —contestó Thorin, levantando presión.
—MAJESTADES. —Garrett se interpuso entre ambos reyes con el libro en sus manos—. ¡Mientras ustedes discuten las cosas empeoran! —anunció.
—¿Qué ocurre? —Ned se acercó a ellos.
—Es el libro... acaba de... ¡Reescribirse! —exclamó completamente sorprendido.
—¡¿Qué?! —gritaron los tres.
Las páginas del libro habían cambiado el trágico final por otro no menos funesto. Se había desatado la guerra ante la incertidumbre de la ausencia de ambos reyes. El primo de Thorin, Dáin Pie de Hierro, había tenido una disputa con el príncipe de Mirkwood: Legolas, hijo de Thranduil y habían entrado en batalla.
Mientras ambos se encontraban en la contienda, los orcos habían invadido las tierras de Erebor y Dale obligando a los humanos a enfrentarse contra ellos. Fili y Kili, sobrinos de Thorin, se habían unido a la lucha junto a los otros enanos de la compañía del rey y habían caído. Por otro lado, Dáin y Legolas habían sido proclamados reyes de sus respectivos reinos y jamás se había vuelto a saber de Thorin y Thranduil.
—Oh por Durin, ¿Qué hemos hecho? —Thorin se desplomó en el sofá y se tomó la cabeza con ambas manos.
Thranduil miró al enano desconcertado mientras Ned y Garrett hablaban entre ellos por lo bajo. Para los reyes solo era eco, pero el pastelero y el vampiro trazaban planes sobre el nuevo final del libro. Al cabo de unos minutos, mientras los reyes se hallaban en shock por la noticia, Ned se acercó a ellos y les habló.
—Bien... Me pregunto qué pasará si regresan. —soltó.
—No tengo razones para regresar. —Los ojos de Thorin se pusieron vidriosos y llevó sus manos a la altura de los ojos para que no lo vieran llorar—. Ahora ya no tengo nada.
—Aún puedes recuperarlos. —explicó Ned.
—Dijiste que no podías revivirlos... —Garrett se acercó a Thorin, que acababa de hablar. Se agachó para quedar a la altura del enano, que estaba sentado en el sofá.
—Tal vez Ned odie que las personas mueran, pero hay algo que odia más... Y es ver a otras personas sufrir injustamente. —Le hizo saber—. Da la casualidad que lo único sin solución es la muerte, pero él tiene una cura para eso.
—Además... —Ned se acercó a ellos—. Es un libro. No sabemos lo que pueda pasar si vamos allá; solo... —El pastelero tomó coraje y soltó—. Vayamos a la Tierra Media.
...
¿Cómo decirle a Charlotte que se iría por tiempo indefinido a una tierra desconocida a cumplir una tarea con un resultado improbable? Al amanecer, Ned estaba en la puerta del apartamento de Chuck; aún no había tocado a la puerta y no paraba de temblar. Tenía que hacerlo, tenía que decírselo y tenía que irse. Pero, ¿Cómo lo tomaría ella? ¿Lo entendería? Un momento después Ned tocó y Charlotte abrió la puerta.
—No sé cómo decirte esto... —soltó mordiéndose los labios con nerviosismo.
—¿Qué ocurre Ned? —preguntó Charlotte con confusión.
—Yo... Verás... —balbuceó—. Es que... Thranduil y Thorin... el libro... —divagó sin que Chuck comprendiera nada.
Garrett apareció como un rayo detrás de Ned.
—Nos iremos a las Tierras de Thorin a intentar salvar a sus sobrinos y volveremos en cuánto podamos. —anunció rápido—. Ni siquiera sabemos cuánto tardaremos en llegar allá pero aquí tienes las llaves del Pie Hole, tú y Olive quedan a cargo. —Le lanzó el manojo por encima del hombro de Ned y Chuck lo atrapó en el aire intentando no perder el hilo de la oración de Garrett; que hablaba a toda velocidad—. Si necesitan ayuda, llamen a Emerson. Vamos Ned, se hace tarde. —Se fue con la misma rapidez con la que llegó, pero regresó al segundo—. Por cierto, ese vestido se te ve increíble. —halagó con galantería.
Charlotte sonrió divertida al escuchar el último comentario del vampiro antes de irse, pero en seguida volvió a la seriedad al mirar a su novio.
—Ned, ¡¿Qué rayos?! —increpó.
Ante lo que acababa de pasar, Ned solo pudo sonreír apenado.
—Eso... —Se animó a decir—. Y que te voy a extrañar. —agregó para que la chica no se sintiera tan perdida.
Charlotte suspiró inconforme pero sonrió para Ned, porque percibió que lo necesitaba.
—Cuídate mucho. Y lleva una bufanda. —acotó maternal—. Oh... Y regresa a mí, Ned. —pidió con ternura. El pastelero asintió.
Mientras tanto, quien sonreía muy feliz era Olive que había encontrado un ramo de flores en su puerta. Pensó en el vampiro, pero el que pensaba en ella horas después mientras miraba el paisaje del río era Thorin Escudo de Roble.
—¿Cómo sabemos que vamos bien? —preguntó Ned, que en ese momento remaba desconcertado.
—Ya estamos cerca. —Le hizo saber Thranduil, pues reconocía el paisaje que comenzaba a llenarse de niebla; habían pasado largas horas desde que salieran del bosque donde Garrett los encontró cuando se conocieron.
—¿Puedes ver en este clima? Creo que vamos a perdernos. —opinó el pastelero. Se estaba haciendo de noche y Ned comenzó a mostrarse asustado.
—Bueno... esa es la clave. No puedes llegar a menos que te pierdas. —informó el elfo.
—¡¿Qué?!
Garrett rió mientras Ned quiso lanzarse al agua y nadar de regreso. Thorin era el único que había permanecido en silencio durante todo el viaje. Solo remaba y tenía una cosa en mente: Revivir a sus sobrinos.
Horas después tocaron tierra y caminaron por un campo minado de cuerpos. Orcos, trolls, elfos, enanos y humanos compartían el amplio lecho de muerte. Los sobrevivientes continuaban con la tarea de remover los cuerpos; Ned pasó entre ellos con el mayor cuidado posible y mientras caminaban, uno de los enanos de la compañía de Thorin advirtió que se trataba de los reyes regresando al lugar y corrió hacia ellos.
—Por mis barbas, pero si es... ¡Thorin Escudo de Roble! —exclamó el enano con voz tan cavernosa como la de su rey.
—¡Dwalin, hijo de Fundin! —saludó Thorin con alegría.
Ambos se abrazaron. Al principio todo fue un gran desconcierto y mientras eran escoltados a ver a Dáin, ahora coronado rey de Erebor, Thorin le explicó todo a Dwalin y le pidió visitar la tumba de sus sobrinos.
Al principio el enano guerrero creyó que Ned era una especie de brujo que traería desgracia al linaje de Durin si intentaba revivir a Fili y Kili, pero Thorin lo tranquilizó. Al llegar al gran salón donde se hallaba el rey Dáin Pie de Hierro sentado en el trono sosteniendo la piedra, Thorin tuvo una sensación extraña. Sintió deseos de correr a arrebatarle la piedra y reclamarla como suya, aunque algo se lo impedía. Probablemente fuera la violencia que emanaba la mirada de su primo que al verlos se alzó y caminó hacia ellos.
—¡Tú! ¡¿A qué has venido ahora?! Apareces cuando todo está perdido, cuando la batalla ha finalizado vienes a reclamar este reino como si te perteneciera ¿Qué has hecho para defenderlo? ¿Eh? —acusó con rabia desmedida y sin fundamentos—. No te daré ni una sola moneda de este tesoro. Es MÍO. SOLO MÍO. ¡Guardias! —llamó desesperado.
—También me alegra saber que estás vivo, primo. —saludó Thorin restándole importancia al asunto—. Ya veo porqué la enfermedad del dragón no me permite caer en su desgracia... Ahora la portas tú. Pero tranquilo, no quiero nada de este horrible lugar, por más que mi familia lo haya levantado por años y me pertenezca, solo he venido a buscar una cosa... O mejor dicho, dos. —aclaró.
Mientras ambos señores enanos discutían, el pastelero observaba asombrado la inmensidad del lugar. Thranduil estaba inquieto, solo quería ver a su hijo. Garrett por su parte...
—¿Qué es ese asqueroso olor? —indagó arrugando la nariz.
—Inmundicia de dragón. —Thranduil hizo una mueca de desagrado y en ese momento, Dáin reparó en él.
—Mira nada más a quién tenemos aquí... Pero si es la princesita del bosque, ¿A qué debemos tu solemne presencia? —ironizó Dáin—. Aquí no hay nada para ti... ¿Y estos quiénes son?
—Oh, solo he venido a reclamar lo que es mío. —objetó Thranduil con tranquilidad—. En cuanto a ellos, bueno... Él ha venido a revivir a los príncipes de Erebor. —dijo refiriéndose a Ned—. Y este de aquí podría matarte en segundos si no dejas de parlotear y nos dejas ir a la tumba de los enanos. —agregó señalando a Garrett con un ladeo de cabeza.
—No tengo miedo a los brujos que has traído, serpiente ponzoñosa rubia. —insultó el enano.
Garrett corrió hacia él y en un segundo se hallaba inclinado ante la figura del rey, mirándolo fijamente con expresión perversa.
—Pues deberías. Si yo fuera tú, estaría aterrado, pero por suerte para ti aún no tengo hambre. —Garrett mostró los dientes ferozmente y se alejó de él.
Luego de unos minutos de aclararle al rey que sólo tomarían a Fili y Kili y se retirarían de allí, Dáin accedió desconfiado a mostrarles la tumba. Mientras bajaban las escaleras que conducían al lugar, Thranduil se puso a la par de Garrett.
—Gracias por defenderme allá arriba. —dijo tímido.
—¿De qué hablas? —indagó Garrett haciendo de cuenta que no sabía nada, pero sabía perfectamente a lo que el elfo se refería.
—Cuando te fuiste encima del enano al llamarme serpiente. —Le recordó Thranduil.
—Ah eso. Descuida, no lo hice solo por ti, sino por todos. —soltó Garrett, pero se corrigió al notar lo descortés que había sonado su comentario—. Pero aún así... Lo haría solo por ti si tuviera que hacerlo.
—Gracias. —insitió Thranduil en tono amable.
—Eres como un hermano para mí, igual que Ned. —añadió el vampiro—. Y es bueno saber que viviremos por siempre... Al menos sin importar cómo acabe esta aventura, sabremos que nos tendremos el uno al otro cuando todas las demás vidas se apaguen, ¿Cierto? —comentó alegre—. Aunque aún no entiendo... ¿Qué clase de final feliz es el tuyo? Estamos ayudando a Thorin... Que por cierto, no es un clon. ¿Qué hay de ti? ¿Le cediste tu oportunidad? —indagó.
—Oh, no lo había pensado de esa manera, pero no creo. Pienso que lo resolveré conforme pase el tiempo... Tú ya llevas tiempo viviendo con Ned, ¿Cuál fue tu final feliz? —preguntó el elfo pensando que tal vez podría encontrar alguna guía en el vampiro.
—Aun no lo encuentro... —confesó este y Thranduil asintió comprensivo.
—Bueno... —Llegó a decir señalándose con ambas palmas.
Se miraron y lo comprendieron. Quizás las cosas no surgen en el momento en que crees que pasarán, ni de la manera en que lo crees. No todos los finales felices son tan inmediatos o dan pistas tan claras para reconocerlos. A veces tienes que llevar a cabo tareas imprevistas para poder obtenerlos; a veces, el final feliz es todo menos un final... Y es difícil reconocerlo en esas circunstancias, sobretodo cuando vives eternamente.
Al llegar y encontrarse a los pies de ambas tumbas, los cuatro quedaron completamente en silencio. Thorin miró apenado a Ned.
—Dime que puedes hacerlo. —pidió casi implorando que los reviviera.
—Necesito que los tres salgan. —ordenó Ned.
—¿Quién sostendrá a los orcos que traeremos si tenemos que salir, Ned? —Garrett se cruzó de brazos.
—Ya estuve a punto de perderte una vez, no me pidas que lo intentemos de nuevo. —Le recordó el pastelero.
—Soy el único dispuesto a morir si algo sale mal. —Le recordó entonces el vampiro.
—Garrett... Fuera. —ordenó Ned.
—No.
—Vete. —insistió.
—No te dejaré solo, Ned.
Thranduil suspiró harto de las discusiones.
—¿Qué hay de los súbditos? —propuso.
—Ned sabe perfectamente que soy lo suficientemente fuerte y rápido para correr a buscar un orco y sostenerlo aquí hasta que muera. Soy el candidato ideal para esto, hermano, lo sabes. —Garrett se acercó a Ned y apoyó su brazo en el hombro del pastelero. Mientras tanto, Thorin tomaba la mano helada de Fili y miraba a Kili, que yacía al lado de su hermano. El vampiro no podía soportarlo más—. He vivido tanto... Y ellos parecen apenas unos niños, Ned... Por favor. —suplicó.
Ambos se miraron, la ternura en los ojos del vampiro derritió el corazón del pastelero, pero...
—No puedo hacerlo. —prosiguió.
—Vamos Ned, —Garrett se exhasperó—. ¡Tengo mínimas probabilidades en contra... Lo que está muerto no puede morir!
—¿Y qué si pasa? ¡¿Qué haré sin ti?! —exclamó desesperado el pastelero.
—¿Muchas tartas? —respondió Garrett para hacerlo reír, pero no surtió efecto—. Además vivirás muchos momentos con Charlotte y el resto de nuestra familia. Promételo, eres muy afortunado de tenerlos, sobretodo a Chuck... La trajiste de vuelta, Ned. ¿No quieres eso para los demás?
—Chuck... Debe estar tan preocupada... —Suspiró—. Bien. —El pastelero habló claro y su voz retumbó en las paredes del lugar—. Thorin, Thranduil, majestades... Deben irse. Garrett... Odio decir esto, pero necesito uno de esos orcos moribundos que encuentres allá afuera. En cuanto reviva al primero de los enanos lo llevarás lejos... De hecho lo mejor sería que todos se marcharan a la ciudad más cercana mientras me encargo de esto, no quiero correr riesgos como la vez pasada.
—Nos iremos a Dale, está a unos kilómetros de aquí y estaremos a salvo. —dijo Thranduil—. Thorin, debemos comunicarle a tu pueblo...
El enano posó la mano de Fili sobre su pecho y se giró hacia el elfo.
—No será fácil sacar a Dáin de aquí... Nuestra presencia lo ha perturbado más, no querrá dejar el oro desprotegido a nuestra merced.
—Eso es fácil... —Garrett desapareció de la habitación. Unos minutos después, regresó arrastrando un orco que aún respiraba—. Quiero decirles que... —Estaba agitado—. Ese maldito bastardo pesa más que este orco... Pero ya está hecho. —informó—. Dáin está en una prisión, la que no destruyó el dragón, así que no podrá escapar mientras estamos aquí. Por cierto... ¡Qué desastre de ciudad!
—Thranduil, Thorin... Hora de retirarse. —ordenó Ned.
—Si me disculpan... Hay algo que debo hacer en lugar de ir a Dale. —Thranduil miró a Thorin—. Cuando todo esto termine los guiarás al bosque negro. Mis guardias esperaran en la entrada para escoltarlos a los salones.
—¿Escoltarnos como la última vez? —Thorin sonrió de lado.
—No voy a aprisionarlos si es lo que tienes en mente. Pero debo ver a mi hijo... y deseo que estos caballeros, —expresó girando hacia Garrett y Ned—, se deleiten con las maravillas del reino del bosque. Los veré allá.
—Te conseguiré un caballo. —dijo el enano.
Mientras los reyes emprendían el viaje a Dale y Mirkwood respectivamente, Garrett se hallaba arrodillado en el suelo sosteniendo al orco por el cuello.
—Estas cosas si que huelen mal. —afirmó apartando la nariz lo más que pudo de la pestilente bestia—. Es un poco innecesario que lo retenga porque apenas puede moverse, aunque lo haré de todas formas. No quiero que nos lastime pero quiero que sepas que me debes algo grandioso por aguantar este hedor tan cerca de mi nariz.
—No sé que podría darte, ni siquiera puedo cocinarte una tarta. —Se lamentó Ned mientras preparaba su cronómetro.
—Daría todo por ser un humano otra vez y probar esas tartas, huelen tan bien... —reconoció el vampiro recordando el aroma que siempre emanaba de la cocina del pastelero.
Ned sonrió y ajustó su reloj.
—Bien... —Suspiró—. No puedo creer que esté haciendo esto nuevamente... —Antes de tocar el brazo de Fili se detuvo y miró a Garrett—. Si algún día conozco a ese hombre que los está enviando a todos ustedes a mi casa, lo golpearé tan fuerte que tendrá que ir a buscar su cara a la otra punta del planeta. No puede hacerme esto; presentarme a toda mi familia y obligarme a ponerlos en peligro. —manifestó ofuscado—. Solía vivir con el miedo constante de perder a Charlotte y con eso tenía suficiente; pero luego apareces tú y estoy a punto de perderte dos veces. Luego pienso que también podría lastimar a otras personas y yo solo... —Antes de continuar hablando hizo una pausa para dar otro suspiro ahogado—. No sé si pueda con todo esto. No puedo sobrellevarlo, ya no. —aseguró.
—Ned, olvidas a Calpernia. —acotó Garrett en compensación—. Le dimos su final feliz y todo fue gracias a tu don. A veces tienes que arriesgar mucho para obtener lo que te propones. —aleccionó—. Así que solo toca a ese enano y dejemos que el destino y la suerte decidan si terminar con mi vida o con la de esta inmundicia.
Ned cerró los ojos, tocó la mano de Fili y se alejó de él dando un salto hacia atrás. El enano se sentó de golpe en su tumba y lo primero que contempló fue el cuerpo de Kili muy cerca de él en la tumba contigua.
—¡Kili! ¡No! —Fili se bajó de un salto y vio a Ned parado cerca de la puerta—. ¡¿Quién eres tú y qué le has hecho a mi hermano?! —inquirió desenfundando su espada y apuntando a Ned mientras protegía el cuerpo de Kili.
—¡Tranquilo! —El pastelero llevó sus manos a la altura del pecho intentando protegerse y a su vez, cuidar de no volver a entrar en contacto con el enano—. No le he hecho nada, de hecho estoy aquí para ayudarlo, a ambos.
—Ned... ¿Cuánto tiempo? —preguntó con desesperación Garrett, que sostenía al orco.
—Solo un par de segundos más. —anunció el pastelero mirando su reloj.
Fili se acercó para ver al vampiro y Ned corrió a la puerta, lo que hizo que el enano se sobresaltara y volviera a apuntarlo.
—¡¿Quiénes son ustedes, por Durin?! —Se quejó Fili.
—Te lo explicaremos pronto, —confesó Garrett en un tono agudo al ver que el enano apuntaba a Ned con su espada—, pero por favor, no lo toques a él, hagas lo que hagas, NO LO TOQUES. —ordenó en un grito de desesperación intentando protegerlo.
El minuto se cumplió. Ned miró con terror a Garrett que soltó al orco rápidamente. La bestia estaba muerta. El pastelero respiró aliviado y el vampiro rió.
—Te lo dije... Es muy poco probable que muera. —confirmó alegre—. Ahora tú, —Se acercó a Fili que ahora lo apuntaba a él con la espada—. Tú y yo vamos a dar un pequeño paseo.
—No iré a ningún lado contigo. —afirmó Fili en un tono bajo y amenazador, que a Garrett no le hizo efecto.
—¡Garrett, tiene un arma! —enseñó Ned desesperado.
—Ajá, ¿Y desde cuando puedo morir atravesado por una espada? —Garrett casi suelta una carcajada ante el comentario absurdo del pastelero.
En un movimiento rápido, Garrett desarmó a Fili, lo tomó y se lo llevó a Dale. Un rato después volvió con otro orco, este estaba mucho más sano que el anterior.
—No tienes idea lo que me costó encontrar uno vivo... —comentó mientras forcejeaba con la bestia—. Bien Ned, esta vez tiene que ser rápido, y por precaución... Yo tomaría esa espada.
Ned levantó del suelo la espada de Fili. Jamás había tomado clases de esgrima, pero de pequeño había sido fanático de la saga Star Wars y había fantaseado con ser un caballero Jedi, por lo que al menos iba a poder defenderse unos segundos antes de morir.
Esta vez, más nervioso que antes ante la posibilidad que el vampiro muriera, tocó a Kili que se sentó de un salto en su tumba e intentó pelear con el pastelero. El enano había muerto luchando y aun tenía en mente defender su vida. Ned tenía que cuidar dos detalles: No morir atravesado por la espada de Kili, y no ser tocado por este, o moriría nuevamente para no despertar jamás. Chocaron la espada tres veces hasta que Ned cayó al suelo entre gritos y suplicas.
—¡Espera! ¡Por favor! ¡No! ¡Tranquilo! Espera, —suplicó hasta que se hartó y soltó un sonoro—: YA BASTA. —Su grito hizo que Kili se detuviera y lo observara iracundo, pero al menos había logrado lo que se proponía, detener la lucha—. No quiero hacerte daño, al contrario, ¡Solo quiero que vivas! —informó.
Kili bufó y observó en detalle a ambos sujetos. Garrett aun sostenía el orco, por lo que ayudar a Ned no estaba en sus posibilidades. El enano, al ver que no estaba siendo atacado por nadie, intentó tranquilizarse y bajó su espada. Le extendió la mano a Ned y este lo rechazó asustado.
—Tranquilo —dijo entonces el muchacho, que era el más amigable de los sobrinos de Thorin—. No sé que está ocurriendo, lo siento por atacarte pero... Es que... Yo estaba... —vaciló confundido—. ¡Todo esto es muy extraño! —exclamó—. ¿Dónde estamos? ¿Las profundidades de Erebor? ¿Las tumbas? ¿ESTAMOS EN LAS TUMBAS? ¿ESTOY MUERTO? —gritó finalmente con susto.
—No. Tranquilo. —Ned se arrastró hacia atrás intentando levantarse lejos del enano, este le extendió nuevamente la mano pero el pastelero la rechazó—. Está bien, gracias, pero no puedes tocarme.
—¿Por qué no? —preguntó Kili y retrajo su mano.
—Es largo de explicar y no tenemos mucho tiempo ahora, pero... Eso podría matarte. —anunció Ned un poco escueto. Kili se mostró aun más confundido e intrigado, pero Ned le prometió que lo llevarían con Fili y Thorin y allí se lo explicarían bien.
Mientras lo hacía, el minuto se cumplió y el orco que Garrett sostenía dejó de forcejear y murió. El vampiro se levantó y se sacudió su bello saco de pana rojizo, lleno de viscosidad de piel de orco.
—Recuérdame no usar mi chaqueta favorita la próxima vez que matemos orcos, ¿Quieres? ugh... —Se quejó limpiando su mano con gesto de asco en el saco y se la ofreció a Kili—. Es un placer conocerte, soy Garrett y él es Ned. Ya te lo dijo, pero no está mal recordarlo, no puedes tocarlo. De verdad, morirás si lo haces. Siquiera si lo rozas, boom, muerte. —insistió amigable. Kili sonrió de lado y a Garrett le pareció que el muchacho tenía un aire natural de galán; eso le agradó—. Y oh, por cierto... ¡Bienvenido a la inmortalidad! —agregó con una sonrisa. De repente, no se sintió tan solo.
Ned no se atrevió a decírselo en ese momento, para no romper su ilusión, pero no estaba seguro de que su toque otorgara la inmortalidad, más si una vida inusualmente larga, ya que las dos criaturas que había revivido antes de los clones, Charlotte y Digby, aun vivían, pero era incierta la cantidad de tiempo que lo harían.
En ese sentido, el curioso toque de Ned tenía una cualidad similar al anillo único encontrado por Bilbo Bolsón en el libro El Hobbit, pero sin el efecto destructivo que este también poseía. Los beneficiarios del toque de Ned conservaban la vida, no podían envejecer, pero eventualmente morían súbitamente, aunque a veces pudieran pasar cientos de años hasta que eso ocurriera, que era lo que Ned ignoraba, puesto que no había vivido tanto ni tampoco lo haría para poder verlo, ya que él era un mortal como cualquier otro.
El pastelero y el enano vivo otra vez partieron entonces en búsqueda de Thorin, acompañados por Garrett. En el trayecto, ambos le explicaron la naturaleza del don de Ned y este comprendió o al menos intentó hacerlo, porqué no podía tocar a Ned.
Los días pasaron rápidos y sin sobresaltos luego del reencuentro emotivo que Thorin y sus sobrinos tuvieron, pues ahora volverían a estar juntos y el mayor de los tres no permitiría que nada malo les ocurriera , así que no los dejaría morar en la montaña y por ello, les propuso vivir en el mundo de Ned.
Al principio, los enanos creyeron que Thorin estaba loco, pero eventualmente el antiguo rey de Erebor los convenció de abdicar al trono. Al estar solo ellos tres en el mundo, ya que la madre de Fili y Kili había muerto, los muchachos no vieron otra opción... Si su amado tío se iría a vivir una nueva aventura en otro mundo, entonces allá irían ellos... Pero antes, tuvieron que aprovisionarse...
—¿Tomaste solo lo suficiente, verdad? —preguntó Thorin a Garrett mientras cabalgaba con elegancia sobre su poni. Había solicitado al vampiro que ayudara a sus sobrinos con la tarea de recolectar oro de Erebor para llevar al mundo de Ned, ya que él no quería siquiera entrar en contacto con una simple moneda de su tesoro, recordando momentos oscuros en los que se había enfermado de codicia.
—Si por suficiente te refieres a llenar estas... —señaló Garrett a las cuatro carretas tiradas por caballos conducidas por Fili, Kili, Ned y él que venían cargadas con oro en cofres—. Sí, sí lo hice.
—Muy bien, creo que será suficiente para mantenernos los primeros años... —calculó contabilizando la cantidad de cofres.
—¿Primeros años? —comentó el vampiro con una risa socarrona—. De verdad no tienes idea a dónde vivirás, ¿Cierto? —indagó con gracia. Thorin abrió mucho los ojos y se mostró asustado.
—¿Qué? ¿Es poco? —preguntó alarmado—. ¡Ay, no! ¡Hay que recolectar más! ¡Debemos volver! —anunció casi dando un grito, que Garrett chistó para no dar la alarma innecesariamente.
—¡No, no! Tranquilo... Es todo lo contrario. —Le informó. Thorin suspiró aliviado y sonrió—. Creo que tú y tus sobrinos podrían vivir sin trabajar incluso por el resto de su vida, y aun así sobraría dinero.
—Bueno, no es precisamente lo que espero, pero me alegra tener prosperidad y seguridad económica. —Le dijo—. Sobretodo si quiero formar una familia allá... Mi esposa tiene que sentirse cuidada, nadie querría a un enano pobre. —acotó pensando cómo Olive quizás cambiaría su indiferencia por repentino cariño al ver que el enano podría darle un futuro acomodado y próspero.
Garrett lo miró de reojo y sonrió divertido.
—De verdad, nada sabes de aquel mundo. —mencionó riendo por lo bajo—. Dejaré que lo descubras por ti mismo, pero déjame darte una pista: Si es una buena mujer le importará un comino tu dinero, de hecho trabajará a la par tuya y te amará por quien eres, no por lo que tengas. Siempre y cuando la respetes, claro...
—Oh, claro, por supuesto. Nada de hacer cosas raras antes del matrimonio, si sabes a lo que me refiero. —explicó Thorin algo sonrojado.
—Tienes tanto que aprender, Thorin. —resolvió el vampiro posando su mano sobre el hombro del enano. Este frunció el ceño, pero no dijo nada más sobre el tema... A veces le costaba comprender a Garrett. Decidió reparar en otras cosas, para tener una conversación en la que ambos se entendieran—. ¿Y eso? ¿Es tu recompensa? —preguntó señalando el cofre que el vampiro cargaba a un costado de su asiento.
—Oh no... Esto es para él. —respondió Garrett señalando con la cabeza el inmenso bosque que se alzaba frente a ellos; estaban a punto de entrar en las tierras de Thranduil—. Creo que se lo debes, ¿Verdad? —dijo para hacerlo reflexionar sobre sus acciones pasadas—. Yo solo tomé esta roca. —agregó mostrándole un rubí engarzado en un anillo de oro.
—¿Solo eso? —inquirió Thorin porque le pareció poca cosa que luego de un favor tan grande como el ayudar a salvar la vida de sus sobrinos, Garrett solo tomara del tesoro de Erebor un modesto y diminuto anillo.
—Es todo lo que necesito... —reconoció el vampiro con una sonrisa—. El valor de estas piedras preciosas en el mundo de Ned es incalculable, por lo que nunca hubiera podido comprar uno allá, sin importar cuánto viviera. —informó—. Y ¿Sabes? Soy un vampiro decente, podría haber robado uno de una tienda y jamás hubieran sabido que fui yo, pero me gusta ser honesto y obtener las cosas solo porque me corresponde o me lo he ganado. Así que gracias, —añadió con una reverencia ladeando su cabeza en torno a Thorin—. Creo que este anillo es especial, estoy loco por los minerales y este tiene el color de la sangre. Es un bonito recordatorio de quién soy y de lo que debo cuidar a las personas.
—Mmhh... —musitó el enano con una mirada benévola—. Eso dice mucho de tu persona... Y lo valoro. —Finalizó con una sonrisa franca que Garrett compartió.
Al llegar a los límites del bosque, tal y como dijo Thranduil, un grupo de guardias de Mirkwood estaban esperando para escoltarlos al reino. Kili miró el paisaje con curiosidad.
—Recuerdo que antes era más tenebroso este lugar. ¿Verdad, Fili? —consultó con su hermano.
—Tal vez ingresaron por otro lado... —opinó Garrett.
—No lo creo... —acotó Thorin observando los alrededores—. Oh mira, allá adelante está ese río encantado. Uno de mis enanos cayó allí... Fue horrible. —contó refiriéndose a Bombur, uno de los miembros de la compañía—. Si caes en él, pierdes la conciencia y no despiertas sino hasta varios días después. Esa vez tuvimos que cruzarlo con un bote porque el puente... —relató pero se detuvo sorprendido—. ¿Arreglaron el puente? Oh, Thranduil no pierde el tiempo. —añadió sabiendo que eso había sido lo que el elfo había notificado que haría cuando los dejó en Erebor con Ned.
Al ingresar por las puertas del reino, Ned y Garrett no pudieron contener el asombro. El recinto era como un gran bosque privado y rodeado de grandes paredes bellamente adornadas; todo mantenía un ritmo enérgico pero con un tipo de sensación positiva y relajante que envolvía el lugar. Los elfos iban de un lado a otro, algunos se detenían a mirar a los recién llegados y un segundo después retomaban su marcha.
En lo alto de unas escalinatas en un gran salón abierto en el centro del reino, se encontraba el trono del rey, adornado con gigantescas aspas de ciervo y madera fina. Thranduil estaba sentado en él y llevaba su bella corona de bayas silvestres en la cabeza. Al parecer todo había vuelto a la normalidad en Mirkwood.
—Míralo ahí... Todo pomposo como siempre. —espetó Thorin en voz alta, pero esta vez en tono de burla, una que sus sobrinos acompañaron con risas a las que Thranduil se unió.
Desde lo alto, el rey de los elfos continuó su actuación.
—¿Quiénes son estos plebeyos que te acompañan, enano infame? —preguntó conteniendo la risa—. ¿Y a qué vienes esta vez? ¿Necesitas a mi ejército, financiación para recuperar otra montaña; el secreto para lucir tan majestuoso como yo? —añadió.
—Oh no, —respondió Thorin llegando a los pies del trono—, solo pasaba a ver la colección otoño invierno de este año—. Abundan los tonos plata, rojos y la madera, mucha madera. —observó llevándose la mano al mentón—. Toma nota, Kili, nos vendrá bien para la decoración de nuestro nuevo hogar. Aunque quita las aspas, no quiero andar pinchándome los dedos del pie cuando me levante en la noche a orinar. —propuso y Thranduil estalló en risas.
Su hijo Legolas, que se encontraba a los pies de la escalinata muy erguido y serio ante la presencia de los invitados, volteó a su padre y lo observó absorto. No comprendía porqué de repente el enano y el elfo se llevaban tan bien.
A la derecha de las escaleras, y en un plano atencional completamente distinto, había una elfa de largos cabellos rojos; su atuendo no estaba tan adornado como el del príncipe pero aún así se veía altiva y elegante. La expresión de su rostro parecía triste hasta que posó sus ojos en Kili y este le devolvió la mirada.
Ella se inclinó hacia atrás y tomó una gran bocanada de aire al tiempo en que sonreía. Tauriel, que así se llamaba, había amado a Kili y con pesar lo había visto perecer en batalla, por lo que encontrarlo vivo frente a ella y sin rastros de heridas, su corazón de la elfa saltó de felicidad. Legolas en cambio, dando cuenta de esa situación, observó apenado la escena de los amantes, pues en secreto había amado a aquella elfa por miles de años sin confesarlo.
En ese momento, Thorin tomó el cofre que Garrett traía en sus manos y se lo extendió a Thranduil. Este bajó las escaleras y al abrirlo encontró el tesoro de gemas blancas que siempre había querido, junto con un collar que había enviado a construir en memoria de su esposa. Lo tomó en sus manos y ladeó la cabeza en signo de gratitud. Ned aprovechó el momento y se acercó a ellos.
—Su majestad, rey Thranduil... Agradecemos su recibimiento, pero ya debemos irnos. —anunció con educación y elegancia, ya que estaba en presencia de otros elfos.
—¿Irse? ¿Cómo que irse? —repitió Thranduil—. Acaban de llegar. No, no, no. —resolvió hospitalario—. Thorin está feliz, sus sobrinos están a salvo. No. Vengan, celebremos el éxito de la empresa con mi exclusiva cosecha de vino.
—Lo siento Thranduil, pero hemos cumplido con lo que se nos pidió y tú pareces feliz así que, si nos disculpas, debemos regresar. —insistió Ned. El rey echó una mirada intrigada sobre ellos.
—¿Aun quieres regresar, Escudo de Roble? —indagó.
—Por supuesto, incluso desconfío de llevar este oro maldito al mundo de Ned, pero lo necesitamos. ¿Qué harás tú? —preguntó.
El rey del bosque se giró a admirar el paisaje de su reino, un lugar que solo le había traído dolor pero una tierra donde también tenía todo lo que amaba. Se preguntó entonces cuál sería su final feliz. Si haber retornado a Mirkwood era bueno para su hijo... Después de todo, los generales habían recibido gustosos su ascenso al poder y Legolas lo había hecho bien en su ausencia, aunque al aparecer Thranduil en sus tierras, la corona había retornado a él y se sentía muy mal al respecto por quitarle el derecho de reinar a su propio hijo.
Al mismo tiempo pensó en qué había de maravilloso en el mundo de Ned que pudiera ajustarse a su medida. ¿Qué habría de bueno en un lugar donde debiera llevar ropa diferente y ocultar sus orejas? En la Tierra Media aun podía ser soberano o al menos un noble y disfrutar de todas las comodidades. Pero... ¿Las deseaba realmente ahora que había conocido otros beneficios? ¿No se había vuelto todo ese asunto protocolar y estirado algo aburrido para él? Todo ese amontonamiento de miles de años, conocimiento adquirido, batallas ganadas y perdidas, amores trágicos... Esa tierra le había dado a los seres que más había amado en su larga vida, pero también se los había arrebatado en un segundo, excepto a su hijo, que era el único que para ese entonces quedaba en pie. Su amada yacía entre los incontables muertos de la guerra al igual que su padre, al igual que muchos otros sujetos de amor. ¿Quería continuar viviendo así? reflexionó.
—No puedo decidir cuál es mi lugar en el mundo... —confesó casi en un susurro, pero fue oído por Ned.
—Tal vez, —Garrett se acercó a ambos con un poco de timidez—, puedas tomarte todo el tiempo que quieras para decidirlo mientras ocultas tus orejas y yo llevo mis gafas... —ofreció con ternura—. No me molestaría discutir contigo cada mañana para que no uses tu corona en el Pie Hole. —agregó intentando convencerlo.
El vampiro sonrió al tiempo que Thranduil lo observaba con complicidad. La seriedad que siempre caracterizó al rey del bosque desapareció en un momento y sus ojos se volvieron menos severos. Su hijo se acercó a él.
—Padre, hemos estado hablando mucho estos días al respecto... Y créeme cuando te digo que estaremos bien. De todas formas, si te vas, puedes regresar cuantas veces quieras y hasta que decidas, quedaré como senescal por si quieres regresar a reinar. —ofrendó—. Puedes volver cuando quieras, pues ya conoces el camino y con tu presencia aquí, has comprobado que puedes volver de aquel mundo... Padre, siempre me encontrarás aquí. —aseguró—. Mantendré el reino seguro hasta que decidas qué hacer. Es una promesa.
Thranduil miró tiernamente a su hijo y habló en sindarin para mantener la conversación privada.
—¿Cuándo fue que creciste tanto? —preguntó con añoranza. Le parecía que había sido ayer que su esposa lo había puesto en sus brazos para que lo viera por primera vez—. Escucha, Legolas, no creo que regrese y alguien debe cuidar este reino. He traído ruina y oscuridad a nuestras puertas, pero tú sabrás encontrar la manera de iluminar a este pueblo. Eres mi mejor guerrero y mi mayor orgullo. Mereces esto más que yo. —anunció.
—¿Qué está pasando? —preguntó Garrett, que se acercó a Thorin para saber si este le podía traducir.
—No tengo idea, no hablo su lengua. —negó el enano viendo la escena de padre e hijo.
Thranduil se quitó la corona y se la puso en las manos a su hijo.
—Tal vez... Quieras elegir otro estilo. —explicó sabiendo que a Legolas no le iban bien las excentricidades.
Ambos sonrieron. La corona de ramas le quedaría bastante ridícula al príncipe del bosque. Thranduil se giró y habló a los presentes.
—Bien... Los acompañaré hasta que decida... Pero no compartiré el lugar con ellos. —resolvió y apuntó a los enanos—. Comen como orcos y roncan como bestias, sus modales son horribles.
Thorin sonrió socarrón.
—Yo no compartiré mi hogar con una princesa que tarde horas en el tocador usando mil productos para dejar su cabello sedoso. —masculló.
—Eh... Ya pensaremos en eso. —dudó Ned intentando que no volvieran a pelear—. Por lo pronto... debemos regresar. —insistió por tercera vez.
—No sin antes celebrar que todo salió bien. —Le recordó Thranduil.
Mientras todos eran escoltados al gran salón para el banquete, Kili se acercó a la elfa y la llamó por su nombre.
—¡Tauriel, por fin puedo hablarte! —dijo con una sonrisa seductora. La elfa no salía de su asombro. Lo había visto caer en la guerra, prácticamente había muerto frente a él.
—¿Có... Cómo es que...? —balbuceó de pie frente a él y extendió su mano para hacer contacto con su mejilla. Kili se paró en puntas de pie y acercó su rostro para que encontrarse más rápido.
—Si me permites, te lo diré todo de camino a casa... Bueno, nuestra nueva casa... Si vienes, claro. —informó tímido—. ¿Vendrás conmigo?
Ella lo miró a los ojos y sonrió. Kili y Tauriel se habían conocido cuando Thranduil había tomado como prisioneros a la compañía de Thorin. Él estaba entre los apresados y ella era la capitana de la guardia, por lo que paseaba por las celdas comprobando que todo estuviera en orden. Le llamó la atención que el enano no fuera tan pequeño y comenzaron a hablar. Él le comentó sobre el linaje de Durin y le preguntó qué celebración había sido la que interrumpieron en el bosque.
Ella le contó sobre las estrellas, él sobre las lunas de fuego y juntos fueron hilando algo más. Durante la batalla, en la que ella también había tomado parte, habían luchado lado a lado, pero él había muerto sin que ella pudiera impedirlo. Aun así, antes de hacerlo, él le había confesado su amor y ella en su momento no había sabido qué responder.
Tauriel se había despedido del cuerpo del enano con un beso en los labios, pero su respuesta había sido póstuma y él no lo supo nunca. Pero cuando creyó que ya nunca más volvería a verlo, Kili apareció en el bosque y sorprendió a Tauriel. Ella entonces tomó una decisión.
—Te acompañaré hasta el fin del mundo si así lo deseas. —respondió por fin.
Luego de la celebración y antes de irse, mientras todos cargaban los botes, Thranduil se giró una vez más hacia el vasto territorio de la Tierra Media, lo contempló un momento y dijo:
—Quizás algún día regrese... —Garrett entonces se acercó a él.
—Me avisas cuando lo hagas porque... —Le guiñó el ojo a una elfa rubia que ayudaba a cargar los botes—, puede que aquí encuentre lo que busco. —comentó y se alejó riendo.
Regresar les tomó casi un día. En el camino Ned puso al tanto a Fili, Kili y Tauriel de lo que encontrarían al llegar. Solo había una desventaja en todo esto y era que el pastelero ahora no solo debía cuidarse de no tocar a Chuck, sino también de los príncipes enanos.
Antes de ir a su apartamento, Ned decidió pasar por la pastelería. Al llegar, encontró el lugar en total desorden; más que eso, ¡Era un caos!
Las mesas estaban tumbadas, las sillas tiradas en cualquier parte. Había tazas y platos hechos pedazos en el suelo y lo que lo aterrorizó; agujeros de bala en la pared de la cocina. Entró allí gritando seguido de Garrett, mientras los demás intentaban poner el lugar en orden, y lo revisaban sin perder de vista sus armas.
—¿CHARLOTTE? —llamó lleno de terror. Algo sonó detrás de la isla de la cocina y lo alarmó.
Ned y Garrett gritaron al mismo tiempo y se miraron desconcertados. Olive salió de detrás de la mesada con una olla en una mano a modo de arma y su cartera en la otra.
—¡Oh Dios! Al fin llegan, no tienen idea. ¡Fue horrible! —exclamó asustada.
Thorin entró en la cocina desesperado al oír la voz de Olive y la abrazó.
—¡¿Qué ocurrió?! ¡Oh, gracias al cielo estás bien! —dijo aliviado.
Olive, aun con la olla en la mano, miró a Thorin desconcertada.
—Sí, sí, Olive está bien, ¡¿Pero dónde está Charlotte?! —inquirió Ned, que comenzaba a perder el control.
—Con Emerson, en su oficina. —informó la rubia.
—No. —Se escuchó detrás de ellos—. Estoy aquí. —anunció Charlotte e ingresó en la cocina—. Ay, Ned. Nos llevamos un susto terrible, pero... No pasó nada y... ¡Qué bueno tenerte de vuelta! —exclamó tierna y al saber que no podía tocarlo, se envolvió en sus brazos mientras él hacía lo mismo, emulando un abrazo del otro.
El momento de ternura duró poco, ya que Ned regresó a la realidad y continuaba preocupado, pues nadie le había explicado hasta el momento el porqué del desorden.
—Bien, todos estamos bien... —acotó con una sonrisa que cambió pronto por el gesto de alarma—. Ahora... ¡¿Alguien piensa contarme por qué mi pastelería parece un escenario de guerra?! —indagó.
—Porque entraron unos ladrones aprovechando que el local tenía menos personal. —Emerson irrumpió con otro hombre en la cocina—. Claro, no contaban con la presencia del bandido que los enfrentó y huyeron asustados. —agregó—. Pero antes destrozaron todo el local.
—¿Bandido? ¿Cuál bandido? —inquirió Ned con susto. El título de bandido no sonaba a nada bueno.
El hombre que acompañaba a Emerson se quitó el antifaz rojo que traía tapando sus ojos y parte de la nariz. Vestía un extraño traje en negro sin mangas con detalles amarillos que dejaban a la vista sus musculosos brazos. Además, cargaba dos pistolas a los costados de su cuerpo y su aspecto era muy similar, casi igual al de Ned.
—Roy Walker, mejor conocido como el bandido rojo, un placer... —Se presentó.
