—Y este, ¿Quién es? —preguntó Thorin cruzado de brazos y mirando de reojo a Joe, que estaba sentado disfrutando de una porción de pie de manzana y tomando café en una mesa cercana al mostrador.
—Solo dijo que se llama Joe MacMillan. —Ned susurró para que no lo escucharan y apoyó los brazos sobre el mostrador—. No sé qué quiera de mí pero nos salvó el pellejo con el inspector, estamos en deuda con él.
—Ningún este, mi nombre es Joe, señor... —intervino MacMillan hacia Thorin, mirándolo de arriba a abajo.
—Señor enano. —informó Thorin.
—Si, eso es notorio. —respondió Joe en tono de burla.
—Thorin. —interrumpió Ned al ver que el enano sonaba sus nudillos como si se preparara para golpear a Joe por ofenderlo—. Se llama Thorin.
—Nada de Thorin, soy el señor Escudo de Roble para él. —corrigió el enano muy serio.
—Ya cálmate, no sabemos quién es él y qué podría hacernos. —advirtió Ned entre dientes.
—Sí... Deja que lo intente. —contestó rápido. El enano siempre llevaba una daga de Erebor en el interior de su abrigo, como amuleto más que nada, pero no dudaría en usarla si se presentaba la ocasión—. Bien Joe... O como te llames. ¿Quién eres y qué haces aquí? —inquirió Thorin.
—Él me envía... —respondó MacMillan en un tono misterioso.
—¿Él, quién? —insistió Thorin, porque carecía de paciencia. Quería saberlo todo y lo quería ya.
—Lee. —nombró Joe con tranquilidad.
—Con que así se llama, ¿Eh? Lee... —repitió Ned y quedó pensativo un momento—. Lee ¿Qué? —preguntó.
—No lo sé. Solo dijo que se llamaba Lee. —informó Joe—. No hice demasiadas preguntas, en principio creí que era un hijo no reconocido de mi padre que venía a reclamar algo; un puesto en IBM, un pedazo de mi empresa... —enumeró—. Pero luego dijo que solo quería un final feliz para mí. Me dijo que te buscara, me dio indicaciones y aquí estoy. Ahora, hazme feliz. —pidió abriendo los brazos como si esperara que de las manos de Ned el toque mágico de Ned solucionara todo en su vida como si de un genio se tratase.
—Aun no entiendo bien porqué siempre los envían conmigo... —dudó Ned desde su lugar.
—¿Hay más? —indagó Joe con curiosidad.
—Si, un día solo comenzaron a aparecer como clones y la mayoría nunca se fue. —contó el pastelero—. Todos llegaron con la misma promesa, que yo podría ofrecerles un final feliz. No entiendo porqué los envía aquí a buscarlo sin ninguna pista en lugar de decirles cuál es su tarea para cumplirla. A veces creo que ese hombre solo está jugando con nosotros. Que es otro clon perverso con un plan aún no ejecutado. —opinó Ned y suspiró.
—Así que tú no sabes cuál será mi final feliz. —anunció Joe un poco desilusionado
—No. —negó el pastelero.
—Ned, ya nos encargamos por completo de la frut... ¿Quién es el? —Garrett irrumpió en el salón entrando por la cocina y se quedó petrificado al ver otro clon tomando café y actuando como si nada extraño pasara.
—¿Él es otro de los nuestros? —preguntó Joe señalando a Garrett.
—Garrett, Joe. Joe... Garrett. —Los presentó el pastelero.
—Oh... Dime... —dijo el vampiro, que rápidamente se acercó a la mesa y se sentó frente a Joe—. ¿Cuál es tu idea de final feliz? —indagó clavando su vista oculta tras sus gafas en la mirada del nuevo clon para estudiarlo.
—No lo sé. Creí que él lo sabría. —mencionó Joe señalando a Ned—. Me prometieron un final feliz y me quedaré aquí hasta que lo consiga. —informó.
—Mira muchacho... Ned no es una expendedora de finales felices. —soltó el vampiro muy serio—. Tal vez aún no sepas qué es lo que te trajo aquí; ni siquiera yo tenía un propósito al llegar, pero tienes que trabajar para averiguarlo y apegarte a las reglas. —agregó.
—¿Las reglas? —preguntó Ned muy confundido.
—Si, Neddy, las... Reglas. —especificó Garrett bajando sus gafas hasta la punta de la nariz y mirándolo como suplicando que lo dejara continuar. Volvió a subirse las gafas y se dirigió a Joe nuevamente—. Desde el primer al último clon e invitados que han pasado por la vida de Ned, les hemos encontrado y otorgado finales felices, pero lo más sorprendente es haber formado una gran familia feliz, así que te recibiremos con los brazos abiertos solo si cumples una serie de condiciones... —avisó.
El vampiro comenzó a mencionar una serie de cláusulas que debían cumplirse para la permanencia de Joe en torno a Ned; le dijo que debería conseguir un lugar donde vivir ya que eran demasiados para seguir siendo mantenidos en una casa, o que debía pagar su estadía con trabajo gratuito en la pastelería. También le pidió que le comentara sobre su vida, para saber qué era lo que iba mal en su historia para creer que requería un final feliz. Cuando Lee aparecía en la vida de los clones y los convencía de visitar a Ned, tenía un propósito. Jamás había hecho aparecer un clon de la nada solo para perturbar la paz del pastelero y su familia. Incluso Thranduil, quién parecía no haber encontrado aun su final feliz, estaba en proceso. Garrett sabía que podía llevar un largo tiempo, a él así le había ocurrido, pero finalmente se cumplía la promesa de Lee para todos ellos.
Joe armó una larga historia sobre su vida, y a medida que contaba sus vivencias, más personas ingresaban en la pastelería y se sentaban a escuchar el relato luego de presentarse ante el recién llegado.
Macmillan parecía ser un exitoso hombre de negocios, con una mente hábil para convertir una empresa en una mina de oro de la noche a la mañana, un gran poder de convencimiento para cambiar los planes de sus jefes y ponerse a la cabeza de cualquier proyecto que se le viniera a la mente; no solo podía comenzar las ideas, sino que las completaba con éxito, pero, y eso fue lo que Ned advirtió a través de todas las anécdotas de Joe que siempre terminaban igual, algo en él estaba mal, algo lo hacía echarse atrás y derribar hasta los cimientos todo lo que había construido de un momento a otro.
Así fue como terminó fuera de la empresa de su padre en IBM, como truncó el ambicioso proyecto de una empresa de construir una computadora portátil con todas las necesidades de los usuarios, llegando a incendiar un camión repleto de computadoras listas para entregar a los comercios.
Así también había echado a perder una empresa propia y había indirectamente acabado con la vida de un empleado suyo que se suicidó luego de cierto suceso del que Joe se negó a hablar. Entre todos sus éxitos y fracasos laborales, había un matrimonio finalizado demasiado pronto y otro amor imposible; ambos se amaban con la misma intensidad con la que podían herirse.
—Todo eso me ha traído aquí. —finalizó Joe y descubrió que toda la familia de Ned estaba sentada a su alrededor prestando atención a su historia.
—Tal vez... —Ned miró a los demás como intentando obtener su aprobación—. Te haría bien quedarte y ayudarnos con el Pie Hole. Eres bueno para los negocios y estamos teniendo algunos... Problemitas. —Le dejó saber.
—Sí. —acotó Thorin y le extendió una carpeta con las finanzas del lugar—. Tenemos demasiados empleados a los que pagarles un salario y pocas ganancias. Mientras los clones no aparecían, los clientes eran suficientes como para hacer funcionar el negocio, pero desde que todos estamos aquí, bueno... Ya no nos alcanza. —explicó—. Lo que nos cuentas dice que eres hábil para esto, ¿Qué sugieres que hagamos? —consultó.
—¿Tú eres el contador? —preguntó Joe y abrió mucho los ojos mirando la carpeta. Estaba un poco asustado.
—¿Algún problema con eso? —Thorin por segunda vez en el día hizo sonar sus nudillos al ver la expresión de susto en Joe al leer la información.
—El idioma. —anunció el clon—. ¿Qué es esto? ¿Son runas? —preguntó.
—Oh... —El enano pareció calmarse y se mostró solicito a compartir información con Joe—. Es el idioma de mi pueblo... —aclaró con una risita nerviosa—. Lo siento, es que a nadie más que a mí parece interesarle lo que ocurre con el dinero, solo les importa que se maneje bien. —dijo—. Si aceptas, te diré lo que dice; podremos reescribir los archivos a español, ya lo he hecho antes para Ned. —ofreció.
—Gran negocio el que tienes aquí, Ned. El señor Escudo de Roble y yo veremos que podemos hacer. —informó Joe y devolvió la carpeta a Thorin—. Debo pensar al respecto, pero en la mañana les tendré noticias, lo prometo. —anunció y salió del Pie Hole.
La llegada de Joe, aunque repentina, había sido bien recibida por todos, con una naturalidad que sorprendió a Chuck. Las cosas estaban poniéndose demasiado extrañas. En la noche Charlotte y Ned jugaban cartas en la alfombra de la sala del pastelero. Entre mano y mano, ella se encontraba cada vez más pensativa y Ned pudo advertirlo.
—Otra vez tienes esa cara. —Le hizo saber.
—¿Cuál cara? —indagó la chica.
—La que pones cuando quieres preguntarme algo pero no te animas. —aclaró Ned.
—No es nada. —expresó restándole importancia.
—Una vez prometiste que ya no habría secretos entre nosotros. No veo que eso se esté cumpliendo, Chuck. —Le recordó él—. Puedes confiar en mí... Ahora dime, ¿Qué pasa por esa cabecita tan linda? —preguntó con ternura.
—No lo sé, Ned... Es que... Todos estos clones solo aparecen y los incluyes en tu vida, cada vez con menos preguntas. —soltó la chica.
—Es que... Todos tienen el mismo propósito. —dijo Ned con calma, creyendo que eso era bastante obvio para todos.
—Lo sé, pero por momentos te miro y ya no te reconozco. —declaró ella—. Actúas tan natural... Solías tener miedo a todo lo nuevo que se presentaba en tu vida; todo podía amenazarnos y ahora pareces hasta familiarizado con ellos, ya no escondes la naturaleza de tu don. —anunció un poco alarmada—. Entiendo que no hayas tenido una familia grande y ahora quieras una, pero ¿No te da miedo que alguno pueda ser un psicópata? ¿Que puedan hacernos daño? —indagó.
—Oh Chuck, ¿Tienes miedo? —preguntó el pastelero, enternecido por su preocupación—. Tranquila... Lo más amenazante que hemos encontrado hasta ahora es Garrett, si él no nos atacó ¿Por qué alguien más lo haría? Tenemos una misión, finalmente este don no es solo resolver crímenes. Al fin dejamos de estar tan solos en el mundo y además ayudamos a las personas. Les ayudamos con su final feliz... —explicó.
—Si pero, ¿Qué es todo esto del final feliz, Ned? ¿Lo has pensado siquiera una vez?
Ned miró a Charlotte tratando de comprender hacia donde iba todo ese reclamo y sus dudas; sus miedos tan repentinos.
—Dime Ned, ¿No te has puesto a pensar por qué ellos obtienen lo que desean y nosotros no? —dijo Charlotte.
—Pero... —Quiso decir Ned, pero ella lo interrumpió.
—Ellos solo acuden a ti y obtienen finales felices. Mientras tanto, nosotros no obtenemos nada en retribución. —Se quejó. Ned abrió la boca para contestarle pero ella volvió a interrumpirlo—. Y no me digas que nuestro final feliz es todo esto de tener una familia; ni siquiera podemos tocarnos. Ese hombre, Lee o como se llame, envía a todos estos clones a que tú le soluciones sus problemas para que sean felices. Dime quién te ayudará a ti a serlo, ¿Eh? —comentó ofuscada. Al pensarlo un poco más, se le llenaron los ojos de lágrimas. Así que se levantó y se dirigió a la puerta sin dejar de hablar—. Tú solo ayudarás a los demás y nos condenaremos de por vida a esto, a no tocarnos; con una falsa felicidad plena de tener una familia. Solo veo a los demás encontrarse con lo que han estado esperando y deseo ese segundo de felicidad para nosotros también, pero no puedo tenerlo porque me has devuelto a la vida y nunca podré agradecerte lo suficiente, pero he vuelto con una condición; ya no poder tocarte. —explicó con pena—. Y me rehúso, Ned, me rehúso a ver cómo los demás encuentran lo que anhelan y nosotros no podremos hacerlo; he pensado una y otra vez sobre esto, ¿Cuál es nuestro final feliz? ¿Es que alguna vez llegaremos a tenerlo? —indagó. Ambos permanecieron en silencio por unos segundos, Ned intentó incorporarse y acercarse a ella pero se detuvo sabiendo que no podría hacer nada más que eso, acercarse—. ¿Lo ves? Todo esto está mal. —anunció ella dando cuenta de la acción de su novio—. Lo siento Ned, pero nunca cambiará y no estoy segura de querer seguir viviendo de esta forma. ¿Por qué entonces no hemos encontrado un final feliz?
Chuck salió del apartamento dejando a Ned con la respuesta en la punta de la lengua. Tuvo que tragarse todas sus palabras sin comprender que estaba sucediendo en ese mismo instante, en que había pasado de una noche amena jugando a las cartas, a quedar completamente solo arrodillado en el suelo con un: «No encontraremos uno porque ya lo tengo, mi final feliz eres tú.» Atrapado en medio de la habitación, sin ser escuchado por nadie más que por su conciencia.
«Mi final feliz eras tú.» fue escuchado por otra conciencia en otro lugar de la ciudad. Thorin en medio de la oscuridad de su habitación y con la luz de la luna apenas entrando por la ventana contemplaba en silencio una joya que había traído con la esperanza de obsequiarla a una bella dama a quien le daría, no solo todas las riquezas que poseía, sino también su corazón.
¿Pero quién podría amar a un ser tan pequeño, que conocía tan poco el mundo y que tendría que esconderse toda su vida del él? Thorin no existía en la tierra para nadie. ¿Cómo explicar su naturaleza? ¿Quién querría unirse a un enano de un libro que lo describía como un codicioso gruñón? Alguien que no podría siquiera decir su edad, imposible para las personas de este mundo que lo había adoptado silenciosamente.
Cuando creyó encontrar a la criatura que no se cuestionaría nada de eso, descubrió que ella amaba a otro y tuvo que dejar ir algo que jamás fue suyo... El amor de Olive que jamás le perteneció. Suspiró en medio de la noche e intentó volver a dormir aferrado a la pequeña llave de oro que colgaba de una fina cadena y rogó, deseó, pidió a quien fuera la deidad de ese mundo, que le obsequiara una simple pero hermosa historia de amor.
«Mi final feliz eras tú.» Alguien más repetiría ese pensamiento en su cabeza mirando las estrellas. Thranduil jamás olvidaría a su esposa, por esa misma razón sabía que su final feliz no estaba en el amor... Los elfos solo pueden amar una vez, por eso han de ser sabios en la elección que harán porque los acompañará por toda la eternidad.
Él había amado y había perdido. La guerra le había arrebatado a aquella criatura, la visión más bonita para sus ojos. «¿Qué puede desear más que nada un elfo inmortal en este mundo incierto?» Se preguntó. «¿Por qué es tan difícil?»
Si tan solo la felicidad se presentara ante nosotros en forma de estrellas brillantes podríamos interpretar el mensaje en el cielo. Thranduil suspiró, rogó, deseó; pidió una señal.
En esa noche en que algunos descansaron y otros contemplaron la belleza del firmamento, Joe Macmillan no hizo ni lo uno ni lo otro. Con las luces de la ciudad entrando por el amplio ventanal del hotel e iluminando vagamente la pana del sillón negro donde se hallaba recostado, la cabeza del corporativo era un sin fin de números e ideas flotando y conectándose entre si. No dormiría esa noche, no hasta encontrar un propósito para su permanencia en el Pie Hole; hasta descubrir qué proyecto había venido a completar. De algo estaba seguro, era su última oportunidad, o al menos eso le había comunicado Lee y no la echaría a perder.
A la mañana siguiente, Ned halló en el refrigerador de la pastelería un gran cargamento de fruta fresca y creyó que había sido Joe quien había traído eso para él, ignorando que podría revivir la fruta. Pero Fili y Kili, que estaban ordenando las cajas y los canastos, le comunicaron que Joe ni siquiera se había presentado esa mañana; que la mano misteriosa detrás de la operación había sido la de «un enano mal dormido.»
Al entrar en la cocina, Ned comprobó el porqué de las bromas. Encontró a Thorin con grandes ojeras sirviéndose café.
—Wow... ¿Qué pasó anoche? —indagó dando un pequeño vistazo al enano; no hizo falta más para notar que no había dormido bien.
—Oh nada... Algunas preguntas sin respuesta. Ya sabes... Cuando tu mente comienza a divagar y no puedes dormir. —explicó Thorin haciendo ademanes con sus manos.
—Oh... —Ned lo comprendía, luego de la pequeña escenita con Chuck la noche anterior, también había encontrado problemas a la hora de conciliar el sueño.
—Ajá. —Thorin bostezó y bebió un sorbo de café.
—Por eso la fruta. —Se atrevió a mencionar Ned.
—¿Qué? —preguntó despreocupado el enano y comenzó a buscar con la mirada en la heladera alguna tarta que pudiera ser de su agrado.
—La fruta fresca... —aclaró Ned y añadió—: Tus sobrinos me dijeron que la compraste. Podríamos haber tomado la que habíamos tirado anteriormente, sabes que puedo devolverla a la vida.
—Ah eso... Bueno Ned, puedes traerla de nuevo pero no puedes consumirla. —evidenció—. ¿Qué clase de pastelero se ve privado de probar sus propias creaciones? Anoche reflexionando sobre lo que tenemos pero a la vez no, me dije ¿Por qué Ned tiene que sufrir por todo esto? No puede tocar a su novia, no puede comer su propia comida... Me pareció tan injusto. No tengo poder para revertir la situación con Charlotte, pero si tengo oro con el que puedo comprar cosas. Y pensé: Deberías probar tus tartas, saben tan bien. Así que decidí invertir un poco más en la fruta, para que disfrutes de tus propias tartas. —informó con una sonrisa.
—Oh Thorin, eso es tan... —Ned sonrió y se inclinó para abrazar al enano—. Gracias por pensar en mí, pero tengo que pagarte todo esto que haces, no es la primera vez que salvas este negocio y no me das oportunidad de devolverte el dinero. —Le recordó.
—Tranquilo Ned, tómalo como un regalo anticipado de cumpleaños. —acotó Thorin y se alejó.
El pastelero se sorprendió al oírlo; con tantos clones, problemas y situaciones nuevas, había olvidado que su cumpleaños estaba a punto de acontecer. Aún faltaban algunos días, pero lo que más le llamó la atención fue que Thorin lo supiera... ¿Quién se lo había dicho? ¿Charlotte, tal vez?
Charlotte, oh Charlotte. Ella volvió a su mente de repente y la sonrisa se borró de su rostro. ¿Qué estaría pasando en ese instante con ella? ¿Seguiría dolida, enojada? Se encontraba en esa ensoñación cuando escuchó su propia voz llamándolo, bueno, no era él llamándose a sí mismo, sino otro de los clones en el salón, pero todos sonaban igual y eso ya estaba mareándolo. Salió confundido y allí se encontró con Joe.
—Ned, tuve una epifanía anoche. —anunció el muchacho sin dar los buenos días.
—Deberías hablarlo con Thorin, él está a cargo de las finanzas. —dijo Ned algo apenado, todavía con la imagen de Charlotte en su mente.
—No estoy hablando de dinero, eso lo trataré con él, sino de una gran idea para atraer a las personas aquí. —insistió. Ned no se encontraba con el mejor ánimo de escuchar propuestas o cualquier otra cosa que no fuera la voz de Charlotte, pero Joe tenía ese magnetismo que hacía que cualquiera quisiera oír sus planes. Sus ojos, iguales a los de Ned, tenían un efecto casi hipnótico sobre la persona que los mirara y en esto se diferenciaban. Sus personalidades eran muy distintas a pesar del parecido físico.
—Bien, te escucho. —Se resignó el pastelero.
—¿Café para acompañar la charla? —Thranduil, recién llegado al Pie Hole, pasó del salón a la cocina atándose el delantal. Era obvio que Ned estaría ocupado resolviendo asuntos con Joe y él sería el pastelero de turno ese día.
—Por favor. —agradeció el ejecutivo.
Thranduil entró en la cocina y prendió los hornos mientras daba órdenes. Parecía renovado y a la vez el mismo rey elfo de siempre.
—¡Fili, quiero ese refrigerador bien limpio y ordenado! ¡Kili, hay que abrir el salón al público! —comandó rápidamente—. ¡Tauriel! ¿Dónde está esa elfa cuando se la necesita? —expresó en voz alta.
—¿Mi señor? —La ex capitana de la guardia real corrió a la cocina atándose el cabello y mostrándose solícita a los pedidos del rey.
—Necesito más harina, no puedo cocinar en este desierto. —anunció el elfo con un budfido. Recorrió la cocina en busca de utensilios y encontró a Thorin bebiendo café justo delante de los cajones—. Escudo de Roble, ¿No tienes cosa mejor que hacer que quedarte ahí parado en medio del camino? ¡Hay muchas cosas atrasadas hoy! ¡Ve al salón! —ordenó con fastidio.
—Ooooh... Lo siento. —Se disculpó Thorin con ironía. Los ojos del enano pasaron de estar somnolientos a achinarse con enfado. Ese día estaban más azules que nunca—. No me voy a correr, no es nada en tu contra, ¿Sabes? Es solo que ningún elfo me da órdenes, fíjate. —acotó burlón.
—Quítate de enfrente, no tengo todo el día. —insistió Thranduil y tomó a Thorin por los hombros. De un movimiento rápido, empujó al enano a un costado, derramando café sobre su ropa.
—¡Ay, mira nada más qué desastre! Thranduil, acabo de lavarla. —Se quejó el hijo de Durin.
—Cómo lo siento. —comentó irónico el elfo y seleccionó un batidor en el cajón que acababa de abrir—. Bueno, mira el lado bueno, tendrás que cambiarte, una buena excusa para que dejes mi cocina. —Le hizo saber—. ¿TAURIEL, DÓNDE ESTÁN MIS FRESAS? —exclamó con apuro.
—¡Mi señor, aquí, mi señor! —anunció Tauriel, que corría de un lado a otro llevando los imperiosos pedidos de Thranduil.
Thorin refunfuñó por la enorme mancha en su inmaculada ropa y salió de la cocina. En el salón Joe y Ned hablaban de sus planes.
—¿Tú crees que funcione? —dudó Ned—. Bueno es que yo no sé nada de tecnología, aquí el experto serás tú. —agregó dirigiéndose a Joe.
—Ned, la informática siempre irá un paso adelante, está creciendo cada día más y las personas consumen más batería que energía corporal. —expuso Joe—. Lo que necesitamos es darle acceso a la tecnología. Algo como un ciber - café. Con muchos enchufes donde las personas puedan conectar sus portátiles, recargar la batería de sus teléfonos. Podemos invertir en nuestros propios dispositivos con acceso a internet, será un éxito. —aseguró—. Vamos Ned, solo necesitamos financiamiento.
—No tengo idea cuál es el plan y sueno poco serio con mi ropa manchada de café, pero te aseguro que puedo financiarlos. —afirmó Thorin, que se paró frente a la mesa de Ned y Joe cruzado de brazos.
—Bueno... No quiero ofenderte, amigo, pero necesitamos una buena cantidad de capital. —Le hizo saber Joe—. No podemos poner en marcha el proyecto solo con ahorros. —agregó inclinándose en su silla muy serio—. Ned, necesitamos inversores.
Thorin arrojó una bolsa repleta de monedas de oro sobre la mesa.
—¿Necesitas más? —El enano sonrió socarrón al decirlo—. Yo seré el inversor. Exigiré un pequeño porcentaje de las ganancias solo en cuanto empecemos a generarlas, mientras tanto, Ned, no me pagarás nada, ni a mis sobrinos ni a mí. —negoció—. Nos convertiremos en tus socios. ¿Tenemos un trato? —añadió extendiendo su mano a sus futuros socios.
Thorin abandonó el Pie Hole un momento después con una gran sonrisa en su cara, tan solo tenía que ir al apartamento y cambiar su ropa manchada por otra limpia mientras el recién llegado y Ned ponían manos a la obra para llevar a cabo su ambicioso proyecto.
Había doblado la esquina en cuanto sintió que debía volverse, no por haber olvidado algo ni por haber encontrado alguna cosa al salir, solo... Sintió que debía girarse a mirar; una curiosidad misteriosa lo invadió de golpe y no pudo ignorar el impulso. Lo hizo y solo pudo ver un pedazo de tela roja que parecía un abrigo. Unos segundos después oyó la campanilla de la puerta del Pie Hole. Se encogió de hombros y continuó caminando como si nada pasara, solo había sido su mente jugando con él, pensó. Nada extraordinario había ocurrido. Solo clientes entrando en la pastelería.
Pero dentro del negocio algo ordinario a la vista de los presentes ocurría, ignorando que en realidad se trataba de una presencia más extraordinaria. El timbre del mostrador sonó algo tímido y Ned se levantó de la mesa donde estaba para atender el llamado. Se quedó de pie junto a unos ojos curiosos que lo observaron detenidamente. Ned sintió que esos ojos podían ver a través de él y se sintió incómodo. Se sonrojó y la dueña de la mirada curiosa y penetrante sonrió. Llevaba un abrigo rojo y un papel en las manos.
—Vengo por el anuncio. —soltó la chica y su voz dulce inundó los oídos de Ned. Si tan solo una de sus tartas de repente se hubiera convertido en humana, se le ocurrió que seguramente tendría las características de ella.
