El respaldo del trono aún se halla partido, los salones vacíos, las luces muertas. Thorin Escudo de Roble está de pie frente a las ruinas del salón principal de Erebor. No sabe cómo llegó allí y no sabe si está solo, la oscuridad es grande como para que sus ojos se lo digan. El peso en su cabeza le indica que lleva puesta ¿la corona? Se lleva las manos a la frente y lo comprueba y al subir sus brazos a la altura de sus ojos los aleja asustado. Tiene puesta sus antiguas ropas... su abrigo. La última vez que lo vio estaba sobre alguien más.

—¿Elizabeth? ¿Thranduil? ¿Dwalin? ¿Alguien?

Su voz retumba en las paredes devolviendo nada más que eco. Un dolor fuerte como cien cuchillas en su cuerpo lo invade y lo hace caer de rodillas. Por más intentos que realiza no puede ponerse de pie justo en el momento que más necesita correr... alguien viene, puede oír los apresurados pasos detrás suyo, pero no puede controlar su cuerpo. Está luchando por llegar al asiento del trono e incorporarse desde allí. Se arrastra con desesperación por el duro y frío suelo del salón en ruinas. Su dolor se ha revelado como heridas en todo su cuerpo y está sangrando.
Las heridas reclaman con tanta insistencia que se deja caer en el suelo y ya no lucha, se deja ser alcanzado y se despide de su visión... todo a su alrededor se ha vuelto oscuro.

Pierde el conocimiento y lo recobra en lo que no sabe si fue un momento o varias horas. Nuevamente está de pie ante el respaldo roto del trono. Nuevamente la corona, sus ropas, su abrigo. El llamar en soledad. Una mano se posa en su hombro y al girarse descubre a Elizabeth, vestida completamente en oro.

—¿Liz? ¡Oh Liz! ¿Qué haces aquí? ¿Por qué estamos en Erebor? Tenemos que escapar.

La humana lo observa en silencio. Sus manos están sobre el pecho de Thorin y de alguna manera él siente que sus heridas se cierran.

—Elizabeth, este lugar es peligroso para mí, podría enloquecer y hacerte daño. Yo... —Intentó tomar su mano pero ella se negó—. Liz sé que no lo entiendes pero tenemos que irnos ahora.

Aún en silencio la muchacha se acercó a él, acarició su rostro con ternura y lo besó. Al separarse, Elizabeth ya no estaba.

—¿Liz?

«Podrías perder lo que has deseado» dijo una voz familiar.

—Entonces oí tus gritos y desperté. —dijo Thorin. Él y Elizabeth estaban en la habitación sentados en un gran sofá luego de que la humana le pidiera a Thranduil que retirara sus hombres y saliera—. Fue tan vívido... tú estabas ahí y luego... te desvaneciste, pero tus caricias, el beso que nos dimos. Fue como si hubieras estado ahí, como si de alguna forma me hubieras curado.

Al decirlo, en el rostro de Thorin se dibujó una pequeña sonrisa y echó una encendida mirada de reojo sobre Elizabeth, que se hallaba a su lado completamente en silencio entretenida con las líneas plateadas del suelo.

—Yo no curé tus heridas... Thranduil lo hizo.

—Thranduil... —Thorin giró su cabeza a un costado queriendo apartar la mirada de ella, como si pudiera ver al elfo y la humana besándose apasionadamente a sus espaldas—. Temo que me disgusta tanto oír ese nombre en tu voz que quisiera quedarme sordo.

—Tal vez es porque te aferras a una tonta idea, y es por eso que debes escuchar lo que tengo para decir. —Elizabeth se acercó a Thorin y posó una mano sobre el hombro de él. Luego apoyó su mentón sobre esta—. Creo que luego de esta confesión todo lo que sientes en este momento se habrá ido para siempre.

—¿Mi amor por ti? No va a irse, Liz. —Thorin acercó su rostro y ella trepó hasta su mejilla para darle un beso—. Menos mientras lo sigas alimentando con besos y caricias como si aún me amaras.

—Te amo, Thorin ¿Qué es lo que te impide creerlo?

La humana buscó la boca del enano pero él se apartó suavemente.
Mientras tanto, el rey de Mirkwood servía vino en su copa de plata ante la mirada serena de su hijo.

—Me echó.

—Por lo que has dicho, padre, al parecer ella intentó evitar un conflicto entre tú y el enano.

—Ella me echó. Me echó de la habitación... ¿Qué autoridad tiene para echarme de una sala de mi propio reino? —Thranduil hizo una mueca de enfado levantando levente su labio superior a un costado de su boca y bebió un sorbo de vino rápidamente. Estaba muy enojado siquiera para saborearlo.

—Bueno... —Legolas unió sus manos y jugó con sus nudillos—. Tú abandonaste la habitación... le diste autoridad.

—Era eso o cortarle de cuajo la cabeza a ese enano testarudo.

—¡Padre! —Legolas sabía que era capaz de hacerlo, en una ocasión le había rebanado la cabeza a un orco al cual había prometido liberar luego de interrogarlo.

—Es que es... —Thranduil apoyó la copa sobre una mesa y cerró los puños disgustado—. Es tan...

—¿Testarudo?

—¡Molesta! —Thranduil descolocó a Legolas de sus pensamientos hablando al mismo tiempo que él, creyó que se refería a Thorin cuando en verdad todo su enojo era causado por la humana.

—Padre, no lo entiendo... ¿Es que acaso las sospechas de Escudo de Roble son reales?

—¿Por qué me echaría de la habitación para proteger al enano si me amara? Dime.

—Para protegerlo, tú lo has dicho... Tal vez no quiere lastimarlo.

—Ella no me ama, Legolas.

—Al parecer siempre perderemos la más importante batalla con los herederos de Durin. —Legolas fijó su mirada en el suelo como recordando algo—.

—¿Disculpa?

—Tauriel... era ella. Padre, es ella. Jamás voy a amar a nadie más. El reino tendrá herederos, prosperará... pero nunca fruto de una unión que he deseado. La he amado desde que la trajiste aquí, pero su corazón no me perteneció y no fue de nadie hasta... Kili. ¿Ya ves? Derrotado por un enano.

—No entiendo qué batalla he perdido, tu madre me amaba, jamás hubiera puesto sus ojos en otra criatura de este mundo.

—No hablo de mi madre, hablo de... Elizabeth. —Thranduil fulminó a su hijo con lo filoso de sus ojos celestes oscurecidos por la falta de luz e día—. Padre toda esta ira, las idas y venidas, que movilizaras a la guardia de Mirkwood por sus gritos, que estuvieras dispuesto a pelear con Escudo de Roble por ella... es la situación más clara que he visto.

—No tienes idea de lo que dices.

—Deja de negarlo. Si yo lo he notado, dime ¿cómo el enano podría no hacerlo?

Thranduil observó largamente a su hijo sin decir palabra alguna sobre lo que acababa de escuchar.

—¡ELROS!

...

—Liz... —dijo Thorin y giró su cuerpo para tenerla en frente. Sus manos estaban unidas, o las de ella perdidas debajo de las grandes manos del enano—. He pensado largamente mientras me alejaba de aquí. Al principio con rabia y luego con dolor. Pero aún como el enano más colérico y queriendo iniciar una guerra contra ese maldito elfo... descubrí que te amo. Te amo de verdad. De una forma que haría que jamás en la vida pudiera hacerte daño. Y entendí que lastimar a Thranduil sería como dañarte a ti y no puedo siquiera pensar en eso. Ahora bien, estoy seguro de amarte y creo... Creo que también me amas. En la forma en que te comportas conmigo, lo que haces y que aún estemos aquí me lo demuestra... Dime la verdad ¿Me amas?

—Por supuesto que te amo, Thorin. Con todo mi corazón. —Liz jugueteó con la barba del enano enterrando la yema de sus dedos y acariciando su rostro—. ¿Por qué dudas de mí? ¿Hice algo que causó que perdieras la confianza?

—Es que no es eso lo único importante. Porque creo en ti, Liz. Pero... ¿Y a él? También lo amas, ¿Verdad?

Antes de que ella pudiera contestar alguien golpeó la puerta.

—¿Es en serio? —dijo Elizabeth—. ¿QUIÉN ES?

Elros ingresó temeroso en la habitación e hizo una pequeña reverencia. Le comunicó a la humana que el rey de Mirkwood solicitaba su inmediata presencia en sus aposentos. Dicho esto aguardó por ella a la salida de la habitación.

—No voy a ir.

—Elizabeth...

—¿Qué? ¿Ahora quieres que vaya al encuentro del tipo que supuestamente amo y me ama? No voy a ir, Thorin. Tengo algo importante que decirte y no será cosa de un minuto. Además si acudo a su encuentro te daré más razones para desconfiar de mí.

—Liz... —Thorin tomó el rostro de la muchacha en sus manos y la besó suavemente—. Solo responde ¿Lo amas?

—¡No!

—¡Entonces ve y termina con todo este asunto!

—¡No tengo nada que terminar porque no hay nada iniciado!

—Disculpa mi torpeza al decirlo de una vez, pero creo que Thranduil te ama y lo está ocultando. Ve ahora y aclaremos esto.

Elizabeth se presentó muy seria en la habitación de Thranduil, lo que su amado le había dicho había despertado algunas sospechas en la humana. Ella sabía que la confesión que tanto problema había causado no era que el elfo la amara, ya habían hablado al respecto mientras Thranduil terminaba con su labor de curar las heridas del enano con medicina élfica pero aún así quizás el rey del bosque había ocultado una confesión más. ¿Y si la amaba? Eso sería un problema. Uno enorme.

Thorin por su parte creía en las palabras de Elizabeth, sobretodo había reafirmado su relación al verse despertando en Mirkwood cuando horas antes había abandonado el reino y al saber que presa del terror la muchacha se había aferrado a él en lugar de huir y le había pedido que ya nunca volviera a irse. Aún así esperó a dejar de oír pasos en el pasillo y se escabulló hasta la puerta de la habitación del rey. Una vez allí se quedó bien cerca para poder escuchar lo que hablaban y sostuvo el candelabro de plata en la mano para defender a Elizabeth si es que acaso necesitaba su ayuda.

—¿Me mandaste a llamar? —La muchacha miró de reojo a Legolas, que permanecía de pie a un costado de la habitación y no tenía intenciones de irse.

—Mi hijo ha hecho una serie de suposiciones que quisiera compartir contigo en su presencia. Dime, Elizabeth... ¿Puedes decirle a Legolas que es lo que deseaba contarte con tanta emoción aquella vez?

—Estaba en medio de un asunto importantísimo con el hombre que amo ¿Y me traes aquí para esto?

—Es un enano.

—Es un hombre, macho, masculino, tiene un... ¡Como sea! —Liz sacudió su cabeza y prosiguió con lo importante—. Legolas, tu padre quiere regresar al mundo de Ned y practicar la medicina élfica como una terapia alternativa a la medicina convencional que existe en nuestro mundo, y quiere que trabaje con él atestiguando que curó una herida muy poderosa en mi cuerpo. Cree que ese es su final feliz, usar su conocimiento como algo verdaderamente útil en un mundo que lo ha adoptado y el cual extraña. Bueno... en verdad no extraña el mundo, sino a la familia que hemos creado en él. No me malinterpretes, tu padre no te ha olvidado y tal vez esta no sea su última visita a este reino, pero extraña a su nueva familia también. De hecho estamos demorándonos demasiado en volver, no sé con qué nos encontraremos al regresar y ellos nos necesitan tanto como nosotros a ellos ahora. Thranduil, ¿Eso es todo? ¿Ya puedo regresar o tienes algo más que decir?

El rey elfo movió sutilmente su cuello con gracia dando dos pasos hacia Elizabeth. Tenía una molestia a la altura de los hombros, quizás el peso de los malos entendidos acumulados.

—Mi hijo cree que te amo.

—¿Y eso... es verdad? —Liz se mantuvo firme y muy seria aunque en su interior no sabía por cuánto tiempo podría mostrarse tan tranquila si la respuesta que recibía no era la que pretendía oír. Thranduil la quedó mirando largamente sin expresión alguna lo cual puso nerviosa a la muchacha, además la cercanía del elfo le resultaba ciertamente perturbadora por su estatura. Elizabeth era solo un guisante junto a un árbol.

—¿Es que acaso no te he dicho que los elfos solo amamos una vez y amé a mi esposa? Aún la amo en verdad, ella sigue aquí —Thranduil se tocó el pecho a la altura del corazón—. y seguirá allí hasta que me canse de esta tortuosa inmortalidad y emprenda viaje a las tierras imperecederas o muera de pena.

Morir de pena... algo en la nuca y la cabeza de Elizabeth se expresó erizando de manera imperceptible sus cabellos. La inmortalidad de Thranduil de pronto no resultaba tan intrigante e interesante como ella creyó en un principio. Si alguna vez en su vida había soñado con ser inmortal no había contemplado la posibilidad de quedar completamente sola en el mundo, viendo como sus seres amados perecían fruto de la mortalidad que algún día alcanza a todos los humanos. Mortalidad, inmortalidad... esas palabras llevaban un tiempo en su cabeza. Desde que se había encontrado con Thorin y Thranduil para ser precisos. Desde que...

Elizabeth salió de su ensoñación pronto y sacudió su cuerpo como queriendo quitarse de encima una idea materializada en un insecto horrendo.

—Bien, no me amas, ¡Qué alivio! —Elizabeth sonrió satisfecha e hizo una pequeña reverencia hacia el rey y el príncipe—. Yo no te amo, tú no me amas... —La muchacha se alejó del elfo casi saltando y corriendo—. ¿Ya puedo regresar a contarle a Thorin lo que ya sabes?

—Esperen... —Legolas se acercó a ambos preocupado—. Padre, entonces ¿Por qué corres a su encuentro con tanta preocupación cada vez? Y tú, —Señaló a Elizabeth—, te he visto, siempre que están juntos están riendo. Mi padre ha dicho que quieres saberlo todo de Mirkwood, que siempre haces preguntas... ha dicho que le confesaste que con él puedes ser tú misma todo el tiempo y no sientes que debas esconderte.

—Bueno no es algo que particularmente me deba contestar, ¿O si? De hecho no encuentro en reír y ser curiosa un crimen o señales de estar enamorada de tu padre, ¿verdad? —Elizabeth se dirigió a Thranduil.

—Es verdad. Legolas... suficiente con lo que has oído, no te eduqué para que saques conclusiones tan inexactas. Respecto a que corra a su encuentro... es lo que hace una familia, ¿cierto? Cuidar a los suyos. Elizabeth es mi familia ahora y mal que me pese, el enano tozudo del que ha elegido enamorarse también. Todos en el Pie Hole son mi familia ahora. Tenemos nuestras discusiones, hasta hace unos momentos estaba colérico contigo, Liz, pero quería terminar con esto de una vez por todas. Si deseas puedo enviar por Thorin y aclararle la situación yo mismo.

—No será necesario. —El enano entró en la habitación y tomó la mano de su amada. Todos posaron sus ojos sobre él seriamente, entendiendo que estaba husmeando detrás de la puerta. Thorin carraspeó y Elizabeth pudo ver sus mejillas encendidas en rosado—. Lo siento, y no me agrada en absoluto lo que voy a decir pero... Thranduil... te debo una disculpa. A los dos, también a ti, Elizabeth. Todo esto es culpa mía. Alguien me dijo que no eras quien decías ser, Liz, y no le creí una sola palabra pero luego... al verte corriendo a su encuentro como si lo que tuvieras que confesar fuera tu amor por él, enloquecí. Entendí que no eras quien decías porque me engañabas respecto del amor que sentías por mí, y porque me habías usado para llegar a él.

—Entendiste mal —Ella sonrió, lo besó sin prisa y sintió como Thorin liberaba su mano y sus dedos iban a jugar desde la mano de ella, subiendo por su hombro hasta llegar a su nuca. De allí con suavidad tal que hasta causaba un cosquilleo descendió hasta su cadera. Allí la muchacha se detuvo y se separaron—. Es cierto... no te he dicho exactamente la verdad sobre mí.

—Disculpas aceptadas... pero es un gran momento para que regresen a su habitación, ¿saben? —Thranduil y Legolas los miraban con incomodidad por la escena que acababan de presenciar.

Thorin entonces tomó nuevamente la mano de Elizabeth y se retiraron a su alcoba. Mientras caminaban en la penumbra el enano sintió la rigidez del cuerpo de la humana y lo fuerte que se aferraba a su mano temerosa de soltarse y perderse en la oscuridad. Entonces se detuvo frente a ella y la tomó por la cintura con firmeza, haciéndole saber que no había nada que temer mientras él estuviera allí. La miró a los ojos apenas visibles por la luz de una lámpara de ámbar cercana a ellos y pensó en las palabras de la humana: «No te he dicho todo sobre mí.» Entonces era verdad, ella ocultaba cosas, no era quien decía ser.

Mientras observaba en silencio su mirada atemorizada se dijo que la imagen que tenía enfrente suyo no podía ser de una gran embustera. Esta vez debía permitirse ser todo oídos para su amada.

Aunque las dudas respecto de sus sentimientos habían desaparecido demasiado pronto se dijo, ¿Qué había del encuentro con Thranduil, qué le había confesado? ¿Qué era real de las palabras de Dáin sobre ella? Posó sus intrigados ojos sobre los labios rosados llenos de vida de Liz. Oh, por Durin... era imposible entregarse a su sospecha de esa deseada boca diciendo mentiras y mientras se contenía de asaltar con besos el labio inferior que la humana le negaba escondiendo parte de él detrás de sus dientes al morderse descubrió que sería muy difícil para él no lograr la voluntad de Elizabeth o descreer de sus palabras por el resto de sus vidas. La humana solo tenía que rozar con el índice su barbilla, hablarle dulcemente y besarlo de la misma forma para obtener lo que quisiera... ¡y todo eso antes de... casarse! ¿Qué sería de su destino luego de contraer matrimonio? Thorin siempre había sido un testarudo, malhumorado y caprichoso de su propia voluntad. Se hacía solo lo que él decía antes de conocer a Elizabeth y la verdad siempre estaba en su juicio, aún cuando este flaqueó durante la enfermedad del dragón los enanos cumplieron sus órdenes no porque Thorin fuese su rey, sino por la postura tan decidida e intimidante con la que ordenó aquello que deseaba.

Pero ahora las cosas eran diferentes. Elizabeth, una pequeña humana completamente ordinaria era capaz de dominar la fiera que surgía de él con furia y hacerla parecer un indefenso gatito.

—No temas, estoy aquí. Siempre estaré aquí, a tu lado. Y Liz, mi bella Liz, al final de todo no me importa lo que tengas que decir, solo me basta con saber que me amas.

Thorin cerró sus ojos, resopló y actuó acechante enterrando sus dedos en la cadera y espalda baja de Elizabeth presionando y atrayéndola hacía él con fuerza. Buscó con rapidez el labio inferior que tanto deseaba pero ella llegó primero a asaltar el suyo y se vio completamente satisfecho al girar su cabeza hacia la izquierda entretenido reteniendo el labio superior de la muchacha. Creyó que podría controlar el deseo en su interior mientras buscaba saciar la sed de su boca presionando y reclamando sus labios pero todo cambió cuando la humedad de los besos franceses de Elizabeth fueron al encuentro de su inexperta lengua. Preso de una pasión nueva e incontrolable Thorin comenzó a dar pasos torpes hacia atrás, sin separarse de la boca de la humana, sin soltar su cuerpo entregado al roce de las yemas de los dedos de unas manos que comenzaban a soñar con explorar el territorio que acababan de conquistar. Los pies de Elizabeth acompañaron la marcha hacia adelante con la misma seguridad que caminaba durante pleno día. No se preocuparon por el rumbo que tomaban, donde fuera que terminara su camino estaría bien.
Bruscamente el enano la levantó en el aire mientras ella se aferraba a su nuca y decidió arremeter contra lo que supuso sería la puerta de entrada. El primer destino fue la pared del pasillo. Ella gimoteó por el golpe de su espalda y él se separó apenas y solo unos segundos para pedirle disculpas. Mientras hablaba rozaba los labios de la muchacha llenándose de tensión... solo quería volver a ellos y lo hizo. Con sus pies en la dirección dirección correcta esta vez ingresaron en la habitación. El destino final lo encontraron cayendo sobre la cama. Thorin liberó una de sus manos atrapada entre las sábanas frías y la espalda cálida de la humana y la usó de apoyo para no dejar todo su peso sobre el cuerpo de su amada pero duró poco. La apasionada mujer presionó con fuerza sobre el pecho del enano rodándolo sobre el colchón y dejándolo expuesto boca arriba. Finalmente había abandonado sus labios y tenía los ojos abiertos hacia la realidad de la habitación. De todas maneras la imagen del techo vacío duró solo unos segundos en los ojos de Thorin. Elizabeth se echó sobre él y volvió a buscar el beso olvidado en las finas líneas entre la barba del enano.
Thorin esta vez creyó que podría detenerse, estaba llegando al límite de aquello que podía tener bajo control y Elizabeth lo supo por la tensión del cuerpo que tenía bajo el suyo.
Decidió que no abandonaría ese espacio hasta obtener algo mejor que un par de besos apasionados sobre la cama y mordió sensualmente el labio de Thorin. Tiró suavemente de él y ese fue el motor de arranque para un amante que dejaría su posición de debilidad, elevaría su espalda hasta quedar sentado con las curvas de Elizabeth sobre él.
Mientras se besaban, Thorin se mantenía inmóvil en la zona de confort que iba en roces desde de la cadera de la humana hasta su espalda y descendía nuevamente, ésta entonces decidió guiarlo a un lugar de placer nuevo. Se levantó un poco el vestido y tomó una de sus manos. Lo ayudó a deslizarla suavemente por su pierna derecha de manera que Thorin quisiera detenerse al sentir como la temperatura de la piel subía conforme su mano se perdía debajo del vestido.
Se separó de Elizabeth y la miró aterrado.

—Liz... no. Aún no.

Ella sonrió tiernamente y presionó solo un poco sobre la mano de Thorin que guiaba.

—No será hoy. Lo prometo.

Lo besó meticulosamente casi con la misma lentitud que guió la mano del enano hacia sus muslos. Allí Thorin se posó tembloroso y ella lo dejó libre para que hiciera lo que quisiera.
Comenzó a desatarse los cordones superiores del vestido, debajo de su cuello mientras él la observaba tímido.

—No mires si no quieres.

—¿Cómo ocultar la vista de lo que ofreces libremente? Elizabeth...

—Entonces si quieres ver —dijo ella con una sonrisa pícara.

Thorin retiró rápidamente la mano debajo del vestido de Elizabeth y posó ambas sobre los dedos de ella, intentando desatar los cordones.

—Suficiente por hoy.

—Thorin.

—Elizabeth —El enano dijo su nombre susurrando con suavidad y besó tiernamente a la humana. La tomó por la cintura y entre besos y caricias la dejó sobre las sábanas revueltas—. No responderé de mí si damos un paso más allá... y no quiero que ocurra de esta forma, aquí, ahora. —Se incorporó y se acercó al sofá donde se hallaban sentados antes de que ella fuera llamada por Thranduil—.

—¿Me dejarás sola...? Aún no amanece y te necesito aquí conmigo.

—Estaré a centímetros de ti todo el tiempo. La noche no te hará ningún daño, Liz, no hay nada ni nadie que pueda hacerte daño en la oscuridad.

—¿Crees que temo por nada?

Thorin regresó junto a la muchacha y acarició su mejilla.

—Si la enfermedad del dragón no consumiera mi buen juicio cada vez que me acerco a esa montaña ahora mismo te llevaría a vivir allá y te haría mi esposa. En Erebor no tenemos demasiada luz y aunque no estemos allí, eres la futura reina de una ciudad en penumbras... No puedes permitirte temer a tu hogar.

—No es el lugar, son todos ellos.

—¿Por qué tienes tanto miedo a la oscuridad?

—Porque la última vez que estuve allí... viví algo aterrador.

Un escalofrío recorrió la espina dorsal del enano, no sabía exactamente porqué pasaba pero de un momento a otro el sabor en su boca se volvió amargo y caliente y se sintió invadido por una sensación de incomodidad. Como el estado de alerta del cerebro, la parte de nuestra alma que nos dice que algo malo está por suceder y nos prepara para el encuentro con el peligro. Tuvo un deseo muy grande de tomar a Lizzie en sus brazos. Alguna parte de su corazón tuvo miedo de perderla y sentía que para mantenerla consigo tenía que aferrarla a su cuerpo. Pero su miedo era infundado, ambos estaban en un reino seguro y vigilado, estaban en su habitación completamente a salvo... ¿Por qué tenía todos esos sentimientos y síntomas entonces?

—Thorin, el mundo de Ned no es tu mundo, tú y Thranduil han viajado mucho para llegar a él y allí nos encontramos en una situación completamente casual. Solo era una joven ordinaria y corriente que acababa de mudarse a la ciudad y entró guiada por un cartel en busca del empleo que ofrecía. Lo conseguí, conocí a la familia de Ned y un día tú llegaste al Pie Hole, nos encontramos, nos enamoramos y ya, ¿verdad? ¿También lo recuerdas así, no?

—Recuerdo más detalles que eso... y recuerdo que por una extraña razón sentí miedo al conocerte. Temía que descubrieras todo esto. —Estiró los brazos como señalando el lugar, en realidad se refería a toda la Tierra Media y su naturaleza de enano de Erebor no humano—. Fue como si no quisiera que lo supieras de modo que no pensaras que estaba loco y te alejaras de mí. Liz... todo eso lo pensé en el momento en que te conocí, ni siquiera estaba seguro de tenerte y ya temía que algo me haría perderte. Me intimidaba tu presencia, quería esconderme de mi mismo. Te amé desde el primer segundo en que nos encontramos, ¿Por qué? Supongo que el amor funciona de manera que no sabes porqué amas a quien amas, pero no creo que surja el amor desde un primer segundo, si la fascinación, la obsesión... pero Liz, esto era distinto. Sentí cosas... cosas que jamás había sentido. Ni siquiera con Olive cuando creí que la amaba.

—Bueno... —Lizzie suspiró como dándole tiempo a su cerebro a encontrar las palabras adecuadas—. Tal vez sea porque yo fui a buscarte. Hasta el momento en que apareciste en el Pie Hole no sabía que estaba buscándote a ti exactamente, pero sabía que debía encontrarte.

—Lo siento, no lo entiendo. —Thorin se puso serio y adoptó una posición tensa arqueando su espalda hacia atrás como alejándose levemente de la humana.

—El mundo de Ned... no es tu mundo. Pero tampoco es el mío.

Ya. Ambos quedaron en un silencio incómodo. Elizabeth temía por la reacción de Thorin y temía las consecuencias de dejar escapar la historia de sus labios que hasta ese momento lo habían callado todo. Solo una persona sabía de su pasado... pero no era ninguno de los clones o familiares de Ned y le había advertido de los problemas que traería asumir la verdad. Pero ya no podía mentirle a quien amaba. No después de haber oído todo sobre el pasado de él. Ocultar la verdad solo había desencadenado una serie de problemas y había que acabar con todo eso pero... Thorin no parecía muy feliz con lo que acababa de escuchar.

Ella ocultaba cosas, podía interpretar las letras de su antiguo reino, desconocido para los humanos y sabía sobre dioses, adivinación... ¿Y si era una hechicera? Había dicho que no sabía que exactamente lo buscaba a él, pero había ido a su encuentro... ¿Qué tal si detrás de tanto amor había una daga esperando atacarlo y darle muerte en el momento menos esperado? El peligro una vez en la vida de Thorin había tomado la forma de Azog y su ejército, pero tal vez alguien habría descubierto que era más fácil llegar a él en forma de una bella mujer que le daba lo que tanto había anhelado: ser amado. Ella había confesado que al encontrarse con él se había enamorado, quizás su propósito era cometer un asesinato en principio pero no pudo hacerlo ya que al conocerlo comenzó a sentir algo por él. Thorin pensó esto y se enterneció por un segundo, pero llegó a su mente el mensaje de Dáin que daba vueltas por su cabeza desde hacía un tiempo. Si ella ocultaba cosas y además su mundo no era el mundo de Ned, entonces... ¿Qué escondía?

—¿Dices que viajaste hasta allá? —Elizabeth asintió y Thorin se llevó la mano al mentón pensativo y serio. Sus ojos se movían por todas partes de la sábana de la cama hasta que finalmente se posaron sobre Liz con desconfianza y temor—. Muy bien, ¿quién eres y de dónde saliste?

Lizzie se intimidó con la dureza en el tono de las palabras de Thorin pero decidió no juzgarlo. Supuso que él también estaría asustado.

—Mi nombre es Elizabeth Haselnuss... y si vengo de Alemania como les he dicho, hasta aquí es todo como te lo he contado. Pero no soy de la Alemania del mundo de Ned... sino otra. Como otro... mundo. No sé exactamente cómo explicarlo porque la verdad es que ni yo entiendo cómo es que llegué aquí, no hay una explicación lógica, bueno... —Una risa tímida se escapó de sus labios—. Nada es lógico o coherente desde que eso ocurrió, pero solo sé que desde que desperté en este reino y me contaste toda la verdad sobre ti he querido contarte mi historia también, pero tenía miedo. Temí que no me creyeras o que ya no me amaras.

— Oh Liz, eso jamás. —Thorin sonrió para darle confianza a Liz, pero en su interior aún se sentía preocupado—. Tú creíste en mí incluso cuando para tu raza y tu mundo, todo esto incluyéndome era un imposible. Me amas a pesar de los contratiempos y la incertidumbre en el mundo de Ned. No podré ofrecerte libertad de hablar sobre tu esposo en un lugar que no sabe que existo, un mundo del que debo esconderme, en el que toda nuestra familia debe mentir sobre su origen o peculiaridades. Aún así me amas y ¿cómo podría yo ponerle fin a mis sentimientos o alejarme de ti? Voy a amarte aunque digas que has venido a acabar con mi vida, aunque confieses que trabajas para una horda de orcos asesinos e incluso si dices que eres una criatura que jamás he visto y te alimentas de enanos tontos y enamorados. Dime... ¿También eres un clon?

—No. Bueno... en realidad no estoy segura, pero creo que no tengo un otro yo como Ned. Creo que soy la única. Y vengo de algo que llamaría el mundo real. Es decir... todos estos mundos son reales, pero en mi mundo creen que estos son ficticios, fantasía, libros, historias. Yo también creí que mi mundo era el único y era el real hasta que... algo ocurrió.

Elizabeth tragó saliva y quedó perdida en un punto fijo sobre unos libros y pergaminos que se hallaban desplegados sobre una mesa cercana.

—Liz, ¿Qué fue exactamente? —La humana volvió en si y miró fijamente a los ojos azules y brillantes de Thorin. Abrió su boca pero de ella no salió ningún sonido al principio y parpadeó intentando darse valor ocultando las lágrimas que amenazaban con asomar. La vibración en su garganta desaparecía provocando un nudo como si la información no quisiera abandonarla pero ella fue más fuerte y decidió escupirlo todo de una vez.

—Creo que Durin me asesinó por accidente y me trajo aquí para darme una segunda oportunidad. O tal vez aquí también estoy muerta y todo esto es una especie de paraíso.

—¡¿Qué?!

—Si. Creo que tuve un encuentro con Durin y me envió aquí. Es por eso que al encontrarme contigo supe que estaba buscándote a ti y solo a ti.

—Elizabeth... ¿Por qué crees que fue él? Está muerto. Hace años... y era un enano, mortal como nosotros. Mi gente dice que él ha reencarnado muchas veces en otros antepasados, pero esto es una mera leyenda. Él está muerto, Liz.

—Él dijo que se llamaba Durin. Y también dijo que ya nunca podría regresar a mi mundo, del cuál había desaparecido para siempre. Luego del incidente desperté en un lugar extraño, diferente a todo lo que había conocido que él dijo se llamaba Las estancias de Mandos, también dijo que mi alma necesitaba un descanso, por lo que entendí que estaba muerta y que no podía abandonar ese lugar hasta que los Valar; que por cierto aún ignoro qué son, decidieran qué hacer conmigo. También me contó que tenía cierto poder y podía interceder sobre mi destino, porque tenía un plan. Creo que era Durin porque jamás había visto a alguien más con sus formas y maneras hasta que te conocí a ti. Supe que eras tú a quién buscaba, o tal vez a Fili o Kili, pero mi oportunidad estaba con ustedes... y bueno, al verte algo ocurrió. Sentí que tenía vida otra vez. Eras tú. No buscaba a nadie más que a ti... luego me contaste un poco de tu historia y mencionaste a ese Durin... lo describiste de igual manera a lo que vi.

—Es... —Thorin parpadeó un par de veces y ladeó su cabeza intentando comprender—. Es casi imposible que estuvieras en Mandos, Elizabeth, para habitar ese lugar tienes que haber muerto en Arda, aquí en la Tierra Media.

—Es exactamente lo que Thranduil me dijo.

Ambos se miraron.

—¿Thranduil?

—¿Recuerdas cuando corrí a confesarle algo? —Thorin asintió—. Bien, nos interrumpiste esa vez pero mientras te curaba estando inconsciente tuvimos oportunidad de platicar sobre algunas cosas. Aproveché ese momento para consultarle esto, era exactamente lo que quería hablar con él. Y no lo hice con afán de ocultarte algo, o mentirte... es solo que tenía miedo que no creyeras en mí. Además, él habita esta tierra desde hace muchos siglos, mucho antes que tú, tal vez él supiera algo más, y necesitaba entenderlo todo. Él cree que yo no tenía nada que hacer en Mandos, pero que por alguna extraña razón Durin decidió que tú y yo debíamos estar juntos y al ir por mí todo se complicó, morí y no tuvo otra idea más que llevarme a Mandos. Tal vez su plan inicial fue hacerme reencarnar en una enana aquí pero... tú abandonaste esta tierra y decidieron enviarme al Pie Hole. Aún no entiendo muy bien cómo es que entre tantas mujeres él decidió que yo era la indicada, o porqué decidió salvarme de mi destino ya que se negó a decírmelo todas las veces que se lo pregunté mientras me hallaba en esa habitación sin poder salir. Intenté escapar muchas veces, pero fue inútil. Una noche el sueño me venció y al despertar estaba en un campo plagado de margaritas con una maleta y una serie de objetos que me llevaron hasta Ned. No lo sé, Thorin, me cuesta comprender, pero aún con la mitad de la información aquí estoy, contándote lo que sé, y lo que sé es que un enano llamado Durin me sacó de mi mundo y tal vez me secuestró en Mandos para luego enviarme a otro mundo donde tú estabas y me enamoré de ti. Él lo sabía... desde un principio supo que tú y yo íbamos a enamorarnos.

—La noche anterior a que aparecieras en el Pie Hole solicitando trabajo, de acuerdo a lo que Ned dijo... yo le rogué a Durin y a los dioses encontrarte. Le pedí me enviara a alguien a quién amar, y que me amara también... Luego de Olive me desanimé y la verdad es que siempre estuve buscando a ese alguien especial, a ti. Pero no encontraba el amor en ninguna enana y no quería resignarme a morir solo, así que comencé mi búsqueda entre elfas y humanas pero era demasiado enano, demasiado gruñón y demasiado feo para ellas.

—Oh Thorin... —Elizabeth se estiró hasta alcanzar el rostro del enano y lo besó tiernamente—. Esas elfas y humanas son unas tontas —Ambos sonrieron—. No me gusta oír que te rechazaron, pero gracias a eso aquí estoy. Lamento que haya tomado tanto tiempo encontrarnos y lamento la molestia de ir a buscarme a otro mundo, tal vez si hubiera nacido en esta tierra hubiera sido más fácil.

—Oh no, hubiera muerto sin conocerte. Y no hay nada más triste que eso. —Thorin se sonrojó pero un momento después suspiró y cambió de tema—. Mencionaste un incidente... y aún no comprendo tu temor a la oscuridad, nunca he estado en Mandos pero no se me ocurre que un lugar de morada de los elfos pueda estar en penumbras.

—¿Eso es? ¿Otro reino de los elfos? Bueno... no importa eso, tengo toda una vida junto a ti para que me cuentes esas historias. No, al contrario de la oscuridad es un lugar sumamente luminoso y por lo que he podido ver por las ventanas de mi habitación es una tierra soñada. La oscuridad... bueno, el incidente tiene mucho que ver con ello. Tal vez Durin me eligió por esa misma razón... ¿Recuerdas que me preguntaste una vez por aquel hombre que amé? Te dije que él me había engañado con otra mujer pero la verdad es más tenebrosa que eso. Solo lo he contado una vez, a Durin, pero esa escena da vueltas en mi mente todo el tiempo y siento que he muerto miles de veces desde que ocurrió, pero tú me das vida y tal vez al finalizar este relato pueda dejar de morir por siempre.

Elizabeth tomó la mano de Thorin y este se acomodó para escuchar el relato. Sabía que al finalizar sentiría una rabia incontrolable para con el humano que había dañado a Liz pero lo realmente importante sería contenerla a ella.

—Alguna vez fui una joven de grandes recursos. Fui una rica heredera de un imperio económico que mis padres habían fundado, y heredé muy joven. Ellos desaparecieron durante un viaje en circunstancias aún no claras cuando era una niña y por cinco largos años los buscaron hasta que el caso se cerró y los declararon muertos. Todo ese tiempo me apegué a cualquier ciencia o magia que me diera una pista del paradero de mis padres, por esa razón es que sé cosas de ocultismo y leo la suerte de las personas en cartas y runas. Aún así todo el conocimiento adquirido no sirvió de nada, ya que jamás he vuelto a saber de ellos. Pero bien, luego de permanecer bajo numerosas custodias con desconocidos y tutores accedí con la edad de dieciséis a mi fortuna, no podían negarme el derecho. ¿Qué sabe una muchacha de tan corta edad sobre la vida, las finanzas, el amor? Ellos me advirtieron que sería buscada más por mis posesiones que por lo que había dentro de mí, pero cuando lo conocí a él el resto del mundo parecía ingrato y celoso de mi suerte. Ese hombre era perfecto. Llenó mi vida de palabras bonitas, se mostró solicito y preocupado por mí y hasta que descubrí que amaba más los diamantes que mi corazón, ya había cometido el error de contraer matrimonio con él dos años después, sin saber que todo era una farsa e incluso tenía otra pareja que se encargaba de hacer lo mismo con hombres mayores a los cuales engatusaba para quedarse con su fortuna luego de que éstos murieran de viejos. Claro que no morían de vejez, sino por un veneno indetectable. Cuando descubrí todo ello estaba dispuesta a poner fin a mi matrimonio escapando con lo que pudiera encontrar en mi caja fuerte que en ese momento me ayudaría a llevar una vida modesta y cómoda alejada del lujo pero alejada también de todo ese dolor... aunque él regresó inesperadamente temprano esa noche y me halló en medio de un mar de maletas y joyas a medio empacar. Allí comenzó el infierno. —Los ojos de Elizabeth se llenaron de lágrimas y su voz se quebró—. Me llevó a golpes hasta una habitación de la mansión en la que vivíamos y me dejó encerrada y atada en plena oscuridad. Durante el día el sol se colaba apenas por una hendija en la ventana sellada y me daba oportunidad de adivinar dónde estaban las cosas, la cama, la biblioteca, el cuarto de baño. Logré soltarme y lo primero que intenté fue prender las luces, pero todos los focos de luz habían sido removidos. Comenzaron a sangrarme las manos de los esfuerzos que hacía para abrir la puerta o las ventanas para escapar. En dos ocasiones quedé completamente afónica luego de gritar hasta desgañitarme la garganta pidiendo ayuda. Nadie acudió... todos permanecieron sordos e indiferentes a mi calvario. Si Elizabeth Haselnuss había desaparecido como sus padres y el viudo preso de un dolor incontrolable había decidido abandonar la mansión no había nadie que pudiera ayudarme, el maldito falsificó una nota tiempo después en la que aclaraba que había huido con otro hombre y que renunciaba completamente a mi fortuna. Nadie me buscó, todos desaparecieron, con mi dinero compró silencios y se dio la gran vida con todas las personas que me dieron la espalda. La casa quedó vacía, así que solo podía tomar agua del lavabo, lo que me permitió vivir porque nadie regresó a darme comida ni una sola vez. Comencé... a morir. Me dije a mi misma que si alguien cruzaba esa puerta antes de dar mi último aliento guardaría todas mis fuerzas para derribarlo y escapar. Y sucedió. Solo que no pude escapar, no de la manera que creía que lo haría. La última noche... hacía un frío que congelaba mis huesos y no me permitía pensar con claridad. Estaba oscuro como cada segundo de mi vida luego de entrar en esa habitación y estaba volviéndome loca sin calor, sin comida, sin luz. La primera semana de mi cautiverio aún sin poder soltarme él entró a gatillar su arma en mi cabeza, las balas nunca salieron, creo que lo hizo por diversión, pero entre esos episodios y los ruidos que provocaba a propósito en la oscuridad como si algo no humano quisiera atacarme me volví loca. Esa noche todo lo que pude ver fue la silueta de un hombre o criatura al principio creí que era él que había regresado a divertirse otro rato o finalmente matarme, pero no era él... tenía tu estatura, la sombra dibujaba una enorme cabellera descendiendo de su cabeza y parecía llevar un hacha en su mano. Creí que era un sicario pagado para matarme y me había jurado escapar o morir en el intento así que con lo último de mis fuerzas arremetí contra él pero fue como chocar contra un muro de hierro. Fui despedida con fuerza hacia una punta de la habitación y sentí que sus enormes manos callosas tomaron mi brazo a la vez que golpeé mi nuca contra lo que creí era la biblioteca. Llevo muerta muchos años en ese mundo. No me gusta la oscuridad, me recuerda lo fría y triste que es la muerte; lo rápido que un golpe nos separa de la vida y lo aterrada que estoy cada día de despertar y descubrir que todo fue un sueño y que estoy encerrada en esa habitación infernal por siempre o peor... atada a una realidad que luego de ti no estoy dispuesta a vivir.

—Liz... —Thorin se acercó a ella con lágrimas en los ojos. Sentía deseos de protegerla a la vez que sentía un gran enojo para con los humanos de su mundo... Si tan solo estuvieran en Erebor, se dijo, armaría todo su ejército contra ellos.

—Sé lo que dirás, y en verdad lo siento, pero no puedo contestar con seguridad. Cuando desperté en Mandos Durin me dijo que ya no pertenecía a mi mundo, pero Thranduil aquí me explicó que solo los muertos pueden morar en las estancias, por lo que es seguro que he muerto, pero no sé si aquí estoy viva, no sé si soy un fantasma que ha tomado forma humana, ni siquiera sé si soy una humana, mortal, inmortal... no lo sé. De verdad lamento mucho el no poder decirte nada más que esto. Ellos decidieron que tendría una segunda oportunidad, que era la indicada para ti. Durin dijo que salvaría tu vida, y que tú me darías eso a cambio, la chance de vivir feliz nuevamente. Dijo que esta vez tendría todo lo que había perdido... una familia, un esposo, seguridad y fundamentalmente amor, que lo encontraría en quién estaba esperándome desde hacía tiempo. Creí que era su prisionera, que iba a venderme como esposa a alguien más... por eso temí e intenté escapar. Pasé noches sin dormir para defenderme en caso de un ataque, hasta que caí presa de mi propio cansancio y al despertar estaba en ese pacífico campo de margaritas, completamente sola junto a una maleta con notas. Oh... ¡Las cartas! Te las enseñaré al regresar a casa, aún las guardo. Allí se mencionaba todo lo que debía hacer, lo que debía decir y pronto todo estuvo completo.

—Liz... mi Lizzie. —Thorin besó la frente de la muchacha y la abrazó. Los pequeños brazos de ella se asomaron tímidamente por su espalda a la vez que posó la cabeza sobre el hombro del enano—. No me importa lo que eres, incluso si eres una clase nueva de criatura que desconozco estoy agradecido de haberte conocido, de amarte y que me ames también. Durin es sabio, pequeña, tuvo un propósito con el cuál enviarte y no sé si tiene grandes planes para nosotros, pero mientras estés a mi lado cumpliré lo que me encomendó con valor y te mantendré a salvo de cualquier peligro.

—¿Incluso de lo que no es peligroso? ¿Como la oscuridad?

Elizabeth se separó de él y ambos se miraron tiernamente. Thorin suspiró y se incorporó de la cama mientras ella se acomodaba en la cama, apenada. No lograría convencer al tozudo enano que comenzó a... ¡¿APAGAR LAS LÁMPARAS DE ÁMBAR?!

—¿THORIN? ¿Qué... Qué haces?

Cuando la última lámpara dejó de dar la tenue y bonita luz que despedía y la habitación quedó en penumbras Elizabeth se tapó con las sábanas mientras temblaba, aunque sabía que no era por frío sino por temor que su cuerpo se estremecía. Vio a Thorin acercarse a ella y creyó que le daría un beso de buenas noches aunque el enano se sentó al borde de la cama, se quitó las botas y su abrigo. Quedó con solo una fina camisa y sus pantalones abriéndose paso bajo las sábanas. La humana se recostó junto a él y se reconfortó al sentir el calor del cuerpo de Thorin.

—Nadie sabe lo que hacemos en la oscuridad... es una de las ventajas de las penumbras, perderse en ellas, pero juntos —dijo y besó a su amada a la vez que la aferraba a su cuerpo—. Tal vez con el tiempo descubras lo pacífico de la noches.

—Creo que ya lo estoy haciendo. —acotó ella y ambos sonrieron—. Al menos mientras estés aquí conmigo.

«Siempre estaré contigo, Liz.» susurró Thorin mientras la muchacha se entregaba al sueño tranquilo en los brazos de su amado. Aún le quedaban mil preguntas por hacer, pero no sabía si ella tendría las respuestas así como también ignoraba si habría una forma de preguntarle a Durin. Todo lo que sabía era que había pedido y recibido exactamente lo que quería... un final feliz.

El amanecer aún no llegaba al reino del bosque negro mientras Thranduil empacaba una gran cantidad de hierbas y libros listos para ser llevados a una pequeña embarcación.

—Partiremos muy pronto, Legolas. Te prometo que ya dejaremos de molestarte.

—Ada... tú nunca has sido una molestia.

Padre e hijo levantaron sus copas de vino para celebrar el momento.

—¿Regresaras alguna vez?

—¿Me recibirás si lo hago?

—Con alegría y el mejor banquete que hayas imaginado, padre.

—Vendré seguido entonces. Los humanos lo intentan... pero nadie sabe dar una buena fiesta, solo nosotros los elfos de Mirkwood tenemos ese don. —Thranduil rió y recordó a Ned y los suyos—. Aún así los echo de menos, es extraño como criaturas desconocidas pueden convertirse en tus grandes amigos y familia en tan corto tiempo. Aunque nadie es como tú. —dijo y posó su mano sobre el hombro de Legolas—. Sé que no he sido el padre perfecto que ambos soñamos una vez, he sido severo y en ocasiones frío, pero planeo compensarlo a partir de ahora con mis visitas. La partida repentina y violenta de tu madre se llevó toda mi alegría y una parte de mi se quebró luego de ello... este bosque es el vivo retrato de mi interior. Dejé que todo lo bueno muriera y abrí la puerta a la oscuridad y sus criaturas. A la vez que he luchado por mantener este reino en pie luché para no entregarme a la muerte. Y lo hice por ti, de no haberte tenido llevaría ya tiempo en el olvido. Siento mucho si no hice lo suficiente, entregaría toda nuestra inmortalidad solo para regresar al pasado y ser diferente. He coartado mucho en tu vida al no permitirte unirte a Tauriel y... lo... lo lamento.

—Ada... ya no te castigues con tan terribles palabras, eres el mejor padre que he podido imaginar.

Thranduil abrazó a su hijo y las lágrimas asomaron por sus ojos, intentó contenerlas pero las palabras de Legolas ablandaron su corazón y lloró aferrado a él.

—Luego de años de ver como luchabas contra ti mismo estoy feliz de saber que has encontrado una nueva motivación. Y sobre Tauriel... su corazón jamás me perteneció, padre, incluso si hubiéramos tenido tu bendición y permiso no hubiera funcionado. No te preocupes por eso, estaré bien.

—Lo siento.

—Ya, padre.

Al separarse Legolas tomó la copa de vino de la mano de Thranduil y bromeó para hacerlo sonreír.

—Deberías dejar de tomar, tal vez este vino se puso malo y provocó todo esto.

Thranduil sonrió secándose las lágrimas y Legolas supo que una vez más sus tonterías habían devuelto el buen humor a su padre.

—Aunque... si aún te sientes mal respecto a Tauriel, tal vez podrías hacer algo por mí.

—Nombralo y lo haré para ti.

—Dale esto.

Legolas le entregó una cadena adornada con dos lunas y estrellas. En el centro había una piedra celeste brillante muy bonita.

—Ella siempre ha sido la luna y las estrellas. El paisaje más bello que he visto. Este iba a ser uno de mis regalos por nuestra unión, que ya no será, pero quiero que ella lo tenga, después de todo le pertenece aunque lo ignore.

Thranduil asintió y observó la joya antes de guardarla entre sus ropas. El amanecer daba sus primeras señales de vida mostrando apenas claridad en el horizonte y el rey lo supo... ya era hora de partir.

—Bien... —Thranduil se quitó la corona de ramas puntiagudas de su cabeza y la ofreció a su hijo—. Sé que usarás algo diferente porque esta corona no es de tu completo agrado pero tómala como una formalidad. Mi reinado aquí ha llegado a su fin, a partir de ahora y esta vez para siempre eres el rey de Mirkwood.

Legolas tomó temeroso la corona en sus manos, hasta ese momento solo había protegido el reino pero no había sido proclamado rey oficialmente ante la partida de su padre. Mientras contemplaba los detalles de la corona imaginando su futuro vio como el elfo que le había enseñado absolutamente todo lo que sabía y el cuál él había jurado respetar y proteger por toda la eternidad se inclinaba ante él en un gesto de pleitesía. Preso de una necesidad incontrolable posó la corona sobre una mesa cercana y corrió a los brazos de su padre, encontrando la misma sensación reconfortante que cuando niño se había perdido en el bosque y fue encontrado por Thranduil unos minutos después. Podía incluso oler la hierba del suelo y sentir en su rostro lo áspero de la tela del traje de su padre como si de pronto hubiera vuelto a ser un pequeño extraviado y encontrado.

—Voy a extrañarte, Ada.

—También yo. Pero verás que volveré muy pronto a visitarte y sentirme orgulloso de ser recibido por un rey tan maravilloso como tú.