—¿Qué crees que ocurra después? —Garrett giró a ver a Charlotte con una brocha en la mano; ya llevaban un tiempo reparando el Pie Hole y ahora debían pintar las nuevas paredes. Olive, pintando un poco más a la derecha, se acercó lentamente.
—Se lo dije. A Ned... —El vampiro entendió en un instante de qué hablaba.
—¿Y cómo es que al bajar de la nave no fue directo a ella? Si yo fuera Ned y tú fueras a quién amo y jamás pude tocar pero ahora descubro que si, lo haría sin dudarlo.
—Tiene miedo.
—¿De qué? Es su novia, ¿Qué cree que pasará?
—Garry... —Así le llamaba ahora—. Ned nació con ese don y no lo descubrió hasta que tuvo nueve años por lo que ha crecido y vivido con él casi desde que tiene memoria. Conoce muy bien las reglas y aceptó vivir de esa forma y formarse una idea de felicidad manteniendo cerca a los que ama, sin importar lo físico.
—Pero desde que estoy aquí he visto como ese es el único obstáculo a vencer entre ellos.
—Lo sé. Todos lo sabemos. Pero ¿No te has puesto a pensar que tal vez la costumbre hizo que haya encontrado la felicidad en ello y ante una nueva posibilidad sienta miedo y desee que las cosas mejor se queden como están? Tú no sientes miedo, pero imagina que alguien llega y te confiesa que a partir de ese momento vuelves a vivir, pierdes tus habilidades y eres un mortal, vivo, de sangre caliente, con un corazón que late. Un mortal, Garrett... ¿Es que acaso no estarías aterrado de salir a la calle por lo que podría ocurrir? Ahora cualquier incidente podría matarte y ya. Se acabó. Todo lo que habrías vivido hasta ese momento sería humo.
—Es diferente... a veces deseo volver a ser un humano.
—Pero al fin y al cabo él podría no perder su vida, sino la vida de las personas que más ama. Un atisbo de poder que pude no haber extraído de él y boom... ella está muerta. La mujer que ama está muerta. Nuestra Charlotte, nuestra amiga. Si yo fuera Ned y tú fueras mi Charlotte también estaría encerrado en ese apartamento sin recibir visitas, temblando como una hoja.
—Pero no lo eres... Qué bueno que no lo eres, porque te extrañé...
Garrett se acercó sonriendo a Olive y le dio un apasionado beso. Ella se separó forcejeando un poco a la vez que reía y manchó con pintura verde la punta de la nariz del vampiro.
—¿Así que regresaste a jugar, eh? —Garrett quiso quitarle el rodillo de pintura pero Olive se defendió. Eran dos niños jugando en medio de la sala.
—Suficiente con tener que reponer parte del mobiliario de nuestra casa luego de lo que hicimos estos días. —Olive levantó una ceja y Garrett mordió su labio recordando las desordenadas pero acaloradas noches que habían tenido desde que ella regresara a su hogar—. No hagamos un desastre aquí también, además... no estamos solos.
Charlotte estaba sobre un taburete de brazos cruzados y con la mirada perdida en el suelo revestido con plásticos para que nada se manchara con pintura. Lee se acercó a ella apenado, se notaba la preocupación en su rostro; al sentarse a su lado posó su mano sobre el hombro de la chica.
—Creí que ibas a irte. Alguien está esperándote al otro lado...
—Quién espera allá sabe que tengo asuntos importantes que resolver.
—Creí que eso ya estaba solucionado. Venir a contarnos sobre los clones.
—No estoy aquí solo para dar información, me preocupo por los clones... al fin y al cabo ellos son parte de mí, por lo que si se angustian o se preocupan, eso también es mi problema.
—Ninguno de ellos está angustiado. Míralos... Garrett y Joe parecen muy felices ayudando a levantar nuevamente la pastelería. No sabemos nada de Thranduil pero asumimos que está bien.
—¿Y Ned?
—Eso quiero saber yo. ¿Y Ned? ¿Qué sientes sobre él? Porque creí ser quien más lo conocía, sin embargo ahora no sé nada de él. Solo sé que se alejó de mí y lleva días encerrado en ese apartamento. Ya no sé que será de nosotros.
Lee observó largamente a Charlotte. Ella se veía destrozada e inmovilizada ante la sorpresa de encontrarse con Ned y que él huyera gritando que no podía hacerlo. ¿Qué era lo que no podía hacer? La muchacha lo ignoraba. Él entonces tuvo una idea.
—Tal vez quiera hablar conmigo. No puedo prometer que lo traeré ante ti y todo estará bien de un momento a otro, pero estoy aquí para ayudar.
Chuck levantó la vista finalmente y asintió sonriendo tenuemente. Aún estaba apenada y confundida pero la idea de Lee había sido alentadora. Tal vez a su "padre", Ned si le abriría la puerta y le daría oportunidad de hablar, algo que le había negado incluso a su gran amigo Garrett.
—¿Así que estás para ayudar? —dijo Emerson acercándose.
—En lo que pueda. —contestó Lee.
—Puedes con esto entonces. —Emerson extendió un rodillo y una lata de pintura al humano que sonrió y tomó lo que el detective ofrecía—. Regresaré en un rato, Chuck. —dijo antes de ponerse de pie y acercarse a la pared que el investigador privado había abandonado.
...
—Así no. —Tauriel tomó la mano de Kili que daba pinceladas violentas sobre la pared pintando con trazos irregulares y manchando todo a su alrededor—. Así... más suave... —Dirigiendo la mano de Kili con movimientos lentos y trazos precisos arregló el desorden que su novio estaba haciendo.
—Ustedes los elfos hacen todo con lentitud. —Se quejó Fili, al lado de su hermano pintando con la misma torpeza.
—Pero con seguridad y belleza. —respondió Tauriel sin preocuparse demasiado.
—¿Dices que los enanos no podemos crear cosas bellas? ¿Acaso has visto Erebor? La belleza de sus grandes salones, sus altas columnas adornadas.
—Jamás dije eso, Fili. Solo que... no siempre se necesita una mano dura y fuerte para crear cosas. Tal vez puedes levantar una pared con esa fuerza y firmeza pero ya levantamos paredes, ahora debemos pintarlas. Y si queremos que se vean bien... tenemos que hacerlo correctamente. Imita a tu hermano, ahora está haciéndolo perfecto.
Kili sonrió orgulloso y su hermano observó de reojo la técnica para copiarlo. La elfa los observó desde un rincón con una mueca de satisfacción. Era extraño como ahora era Kili enseñándole algo a su hermano mayor, el que usualmente era de las enseñanzas. Mientras los veía recordó que Thorin aún no había regresado y se alegró de mantener a los hermanos ocupados para no angustiarse ante la falta de noticias de su tío, pero en su interior ella también estaba preocupada. Y no solo por Thorin, también echaba de menos las corridas y las órdenes de Thranduil. Quién hubiera dicho que la capitana de la guardia real se encontraría un día añorando escuchar la firme y grave voz del rey de Mirkwood dándole órdenes y tareas. Descubrió que sin él una parte de ella estaba perdida y comprendió que a veces las viejas costumbres son necesarias, por más pesadas que parezcan en algún punto.
—Tengo una idea. —dijo Joe entusiasmado a un Lee que pintaba una pared concentrado.
—Tus... Nuestras ideas a veces son peligrosas.
—Esta no. Creo que esta no hará daño.
—Es un viejo hábito el destruir lo que construyes, Joe.
—Tal vez no tengo que construir cosas, sino ayudar a otros a hacerlo.
Lee se detuvo y lo observó curiosamente. Recordó el final de la serie donde él había interpretado a Joe y se preguntó si tenía que ver con eso... De ser así tal vez podría funcionar.
—No sé como siguió tu vida luego de...
—Puedo enseñarles. Ellos necesitan acostumbrarse a este mundo en el que viven. Un mundo moderno en el que existen artefactos que ellos jamás han visto. Algunos ni siquiera conocían el tendido eléctrico, los autos, el sistema de agua. Puedo enseñarles a usar la computadora, celulares, a manejar... podrían con ello comenzar sus propias actividades o negocios, o ayudar a Ned con el Pie Hole.
—¿Y luego? ¿No intentarás sabotear sus ideas?
—Pretendo establecerme aquí. He encontrado paz y me he topado con personas que aprecian mis ideas, que no tienen miedo ni desconfían de mí. Tal vez es eso... alejarme de lo que me dolió, de esa costumbre que me tenía atado a... ella.
Lee comprendió enseguida a quién se refería Joe. Cameron, la única persona a la que realmente había amado y la había tenido que dejar ir. No es que él lo quisiera realmente, pero algo en su interior supo desde su primer encuentro que ellos estaban destinados a separarse una y otra vez. Todos los intentos de regresar que hicieron y de establecer una relación sólida que funcionara habían sido en vano, ya que desde un principio ambos querían cosas diferentes. Y cuando dos personas que se aman descubren que sus intereses personales son más fuertes que el amor que los une, entonces ya no hay nada que hacer. Joe había cambiado mucho en los últimos años, y luego de ser un joven descontrolado y lleno de ira, había encontrado las ideas y los sueños en su interior; quería una familia, una casa, llevar una vida tranquila. Joe había madurado y avanzado hacia una realidad que no era la misma de Cameron. Ella también había crecido, pero entendió muy pronto que jamás había soñado con hijos, con un hogar ordenado y la vida de un ama de casa. Sus sueños eran mucho más exigentes, profesionales y la llevarían más lejos. Ambos estaban siendo distanciados por sus propios pensamientos y al final Joe fue quien pudo ponerle fin a ese caos. Cuando comprendió que ella no le daría lo que él deseaba y que él tampoco podía ser suficiente en la vida de ella, se alejó. Terminó la relación. Se amaban, pero simplemente no había podido ser. Así que Joe se fue sin dejar rastro y tiempo después Lee fue a visitarlo por lo que desapareció del universo que lo había visto nacer y se unió a la familia de Ned. Tal vez no tendría a una Cameron allí, pero tampoco la estaba buscando ya. Tenía una familia, una que lo respetaba y lo quería y no necesitaba más que eso. Lee lo sintió en su alma. Algo de él estaba sanando. Ambos sonrieron creyendo que esta vez si podría funcionar sin accidentes.
Quien no sonreía pero si ponía su atención en la mancha del techo del cuarto de baño era Ned, quien por segunda vez en la semana decidía darse un baño. Sumergido en sus pensamientos y en el agua tibia de la tina se encontraba en el momento en que una gota fría rodó desde sus flequillo hasta el cuello sacándolo de su ensoñación. El agua había dejado las yemas de sus dedos como pasas de uva y decidió que era un buen momento de salir. Como un zombie sin alma salió torpemente de la tina y con movimientos lentos se echó una bata azul oscuro sobre su cuerpo desnudo y mojado. Fue goteando por el pasillo sin importarle. Últimamente el orden y la limpieza no eran prioridades en su vida... si a eso se le podía llamar vida.
Se desplomó en la cama y finalmente cambió el paisaje en sus ojos, este techo no estaba manchado, sino blanco, todo lo contrario a su mente oscura y nublada por el temor.
Ned llevaba toda una vida huyendo de lastimar a quienes amaba, y por eso había hecho una serie de sacrificios. Si bien sus mayores afectos, Chuck y Digby, continuaban fieles a su lado y le brindaban las mayores alegrías, el hecho de no poder mantener contacto físico con ellos al principio había sido una calamidad. Luego se resignó a que ese sería su destino y como viejas costumbres que se arraigan como imanes a superficies de metal, Ned comprendió que esa vida sería muchísimo mejor que no tenerlos a su lado. Pero lo que ocurre con las viejas costumbres es que se vuelven un delicioso hábito y a veces, surgen nuevas posibilidades que amenazan la cotidianeidad de aquello. Era lo que le había ocurrido a él en esta ocasión, luego de una vida acostumbrado a mantenerse alejado del contacto físico, Olive le ofrecía la solución, lo que siempre había deseado tanto. Poder tocar a Chuck y volver a tocar a Digby sin que nada malo ocurriera... pero ¿Y si...? El miedo no surgía del contacto con la piel, sino de las consecuencias de ese acto. ¿Qué pasaría si Olive estuviese equivocada y al tocarlos murieran? Ned conocía muy bien las reglas, primer toque vida, segundo toque... muerte. Otra vez. Por siempre. ¡No! No lo haría. Si algo le daba más miedo que todas las calamidades del mundo, era el perder a quienes amaba y sobretodo si ocurría por su culpa. Pero la huida repentina al reencontrarse con Chuck cuando bajó de la nave de Ronan había sido no por el miedo que le causara perderla sino por el miedo que le causaba tener curiosidad. Algo en él luchó entre el abrazarla y besarla como nunca antes y el huir de allí aterrado de hacerle daño. Ganó la huida. Ned no pudo soportar la presión y la curiosidad la cual evaluó rápidamente podía ser letal. Desde ese entonces se había recluido en su apartamento y no había salido ni abierto la puerta a nadie. Ni siquiera a otros clones.
Sumido en esos pensamientos estaba cuando sintió que alguien llamó a la puerta. Sin ganas de caminar arrastró sus pies hasta llegar a la entrada y observó por la mirilla.
...
—Estamos a punto de partir ¿Y vienes con esto?
Thranduil se acomodó en su sillón muy serio observando la escena frente a él. Cerró los ojos y se frotó la frente mientras respiraba hondo. «Un alce salta la cerca, dos alces saltan la cerca, tres alces...»
—Por favor, tiene que ser antes que nos vayamos de aquí, no podemos hacerlo allá y sabes porqué. Además pienso que este es el lugar y el momento ideal.
—No lo sé...
—Necesito una respuesta ahora, Thranduil. Por favor.
—Dime enano, ¿Cuál es la prisa?
—Si Elizabeth se entera de esto yo...
Lizzie ingresó en la habitación y quedó de pie sorprendida con los ojos como platos observando a Thorin hincado sobre su rodilla frente al elfo. En su mano portaba un anillo de oro blanco con un zafiro incrustado en medio que extendía hacia Thranduil. Cerca de él, en el suelo, se hallaba un cofre de gemas blancas en señal de ofrenda.
Thorin al verla se puso de pie sonrojado y apenado escondiendo el anillo en sus grandes manos.
—¡Dijiste que la puerta tenía cerrojo! —reprochó el enano al elfo.
—¡No pensé que ella entrara sin tocar! —contestó Thranduil muy serio—. Elizabeth... —dijo con voz suave y poniéndose de pie se acercó a la muchacha.
—Quién lo hubiera dicho... —objetó la humana y miró a ambos desconcertada—. Me descuido un minuto y tú, elfo trepador, usurpas mi lugar y ¡Thorin, por Dios! ¿Cómo es que andas a mis espaldas pidiéndole matrimonio a Thranduil? Es porque no soy rubia, ¿Verdad? ¿O porque no soy alta? Siempre supe que las enanas no eran de tu agrado pero esto no me lo imaginé jamás.
—¡Elizabeth, por Durin! ¡¿Qué dices?! —Thorin comenzó a tartamudear intentando explicar la situación—. No, no, no... no es lo q... lo que parece.
Thranduil se cruzó de brazos y sonrió.
—Es porque yo puedo alcanzar la parte alta del estante de la biblioteca. Lo siento, Elizabeth... perdiste, no puedes competir contra una eficacia como la mía, pero te enviaré la invitación a la boda con un alce la próxima semana.
—¡Thranduil! ¡No! ¡Eso no fue lo que ocurrió! —Thorin agitó los brazos gritando desesperado ante el elfo y la humana hasta que los dos soltaron la carcajada en su cara—. Oh... —El enano dio cuenta entonces que Thranduil y Lizzie estaban bromeando, burlándose de él y se cruzó de brazos muy serio—. Vamos, sigan riéndose de mí. JA, JA, ¡Qué gracioso!
Elizabeth aún riendo se acercó a un Thorin de brazos cruzados y muy serio que miraba el suelo. Su rostro estaba al rojo vivo de la vergüenza y una especie de choque eléctrico suave recorrió su cuerpo cuando la humana tocó su brazo con ternura y poniéndose en puntas de pie llegó a besar su mejilla.
—Mi bonito gruñón... —dijo ella sonriendo y él levantó la vista para encontrarse con sus ojos encendidos en alegría—. La respuesta es si.
Thorin comprendió en un segundo que Lizzie había adivinado sus intenciones desde el momento en el que entró en la habitación.
—Thranduil lo arruinaste. Liz... quería que fuera una sorpresa... —comentó apenado—.
—No iba a serlo de todas maneras... luego de lo que pasó estos días sabía que era cuestión de tiempo y que probablemente nos marcharíamos de aquí casados... Si. Si acepto.
Ambos sonrieron y Thorin tomó a Elizabeth de la mano mientras caminaban hacia la puerta. Antes de retirarse de la habitación, el enano miró a Thranduil y este asintió. Ahora solo debía cumplir con su deber.
Llevó a la humana a los jardines privados del rey y se paró frente a ella sosteniendo una corona de flores que un momento antes había recogido del suelo donde se hallaba estratégicamente colocada como esperando para ser usada.
—No es mucho y sé que mereces mucho más que esto pero... es lo que pude hacer en este tiempo.
—¿Tú la hiciste?
—Podría haber forjado una, lo sé. Soy bueno con los metales y las piedras pero no he tenido tiempo... apenas si alcancé a hacer este anillo mientras dormías. Y tomé esta decisión algo apresurado porque quiero unirme a ti antes de marcharnos. Lo siento... —Thorin retrocedió con la cabeza baja y expresión de inconformidad—. Te mereces algo mucho mejor.
—Es hermosa. —Elizabeth no dejó de sonreír ni un minuto desde que abandonaron la habitación.
—Es modesta. —Thorin levantó la vista hacia ella y sus ojos brillaron—. Tú eres la hermosa.
—Es hermosa porque tú la hiciste. —La humana se acercó a él—. Tú siempre me haces regalos bellos y nadie jamás había hecho cosas tan bonitas pensando en mí. De hecho... nadie jamás había hecho nada para mí.
—Elizabeth... —El nombre de la humana sonó en un susurro de Thorin tan suave que pudo derretir el corazón de Lizzie—. Hay una tradición en mi pueblo y es que al presentarnos... bueno... —Thorin intentó encontrar las palabras adecuadas—. La mayoría de los miembros de la familia real no elige a quién unirse. O si lo hace... pero debemos elegir de un grupo determinado que el rey nos presenta luego de una selección que este hace junto a otros señores enanos. Por lo que lo que verás y oirás a continuación tal vez resulte un poco extraño para ti, pero me gusta hacer las cosas bien. Garantiza la bendición de Durin... y si el mismísimo Durin te trajo aquí, he de honrar sus tradiciones en agradecimiento. —Thorin se arrodilló frente a Lizzie y comenzó a hablar—. Elizabeth, me presento ante ti despojado de mis títulos. Hoy no soy un príncipe y no seré un rey. Tampoco soy un señor enano... aquí, sobre una tierra de luchas que nos mantiene con vida, he venido como un simple servidor a cumplir mi tarea. La espada es mi instrumento en el campo de batalla, con ella defenderé el reino y con valor, voluntad y fuerza he de velar por todo lo que en él habita; más lo que protegeré hasta el último aliento con el mayor fervor será nuestra unión y todo lo que de ella de fruto. Elizabeth, desde este momento y hasta que la muerte venga por mí, nada te faltará a ti ni a nuestros hijos. Te haré sentir orgullosa de ser mi esposa y velaré en defensa de tu honor para que el reino entero te trate con respeto. Yo, Thorin hijo de Thrain, hijo de Thrór, he de convertirme en tu esposo y protector. Recibe estos objetos como regalo de tu honorable príncipe y tómame en tus manos para sellar este pacto.
Thorin se puso de pie y alzó la corona sobre la cabeza de Elizabeth para posarla sobre sus cabellos. Su mano bajó por un mechón oscuro del cabello de la humana y descendió por su cuello rozando la cadena hasta llegar a la pequeña llave de oro que tomó entre sus grandes dedos. Finalmente tomó la mano de la muchacha y colocó el anillo sobre su anular. Con sus dedos entrelazados con los de ella, se acercó hasta que sus frentes se rozaron.
—Te la devolveré. —dijo ella suavemente para no quebrar el clima del momento pero Thorin se echó hacia atrás con preocupación—. La cadena... te la quité mientras te lavaba las heridas pero es tuya. La tomé sin preguntar y no tienes la obligación de regalármela.
—Lizzie. —Thorin besó su frente y la miró directo a los ojos—. Es mi regalo para ti. La llevo conmigo desde que tengo memoria, pero siempre supe que no me pertenecía realmente. Estaba destinada a pender del cuello de mi amada. Creí que la había perdido cuando luché contra los orcos al borde del bosque y lo tomé como un signo de mal augurio que me decía que tú y yo no nos pertenecíamos el uno al otro y que moriría solo; que mi destino yacía en soledad... pero luego te observé mientras dormías una mañana y vi la cadena. Me alegré al saber que no estaba perdida sino que todo ese tiempo estuvo en su lugar. Donde siempre debió estar. —Elizabeth sonrió sonrojada.
—Lo malo es que... yo no tengo nada para darte. Incluso sabiendo que esto ocurriría antes de irnos. Me siento tan... avergonzada. Dios mío, seré una pésima esposa... —Lizzie buscaba a su alrededor algo que darle a Thorin mientras él la observaba divertido—. Haré algo para ti, lo prometo. Pero ahora, justo ahora... —Sacudió su vestido como si mágicamente algo fuese a caer de él—. No tengo nada que darte.
—Si tienes... —Thorin se acercó y la besó dulcemente—. ¿Ya ves? Tu amor es el mejor regalo.
Legolas supervisaba el armado de arcos para el ejército cuando su padre ingresó caminando lentamente sin hacer ruido. El elfo supo de su presencia ya que toda la producción se detuvo y los elfos quedaron de pie mirando en dirección a Thranduil. Aún no se acostumbraban a que él ya no sería el rey.
—Legolas...
—Ada (Padre). —Sonrió—. Pueden continuar, es un excelente trabajo el que están haciendo.
Los elfos retomaron sus actividades ante un Thranduil orgulloso de su hijo. Legolas se acercó a él y juntos comenzaron a caminar hacia la salida.
—¿Interrumpo algo? Puedo regresar más tarde. —dijo Thranduil tímido.
—Padre, por favor. Tú jamás interrumpes nada.
—Bien... hay un asunto que debo tratar contigo. Necesito pedirte un favor.
—Dime —dijo Legolas asintiendo.
—¿Recuerdas que te dije que ya nos íbamos? Bueno, al parecer hubo un pequeño cambio de planes. Necesitamos quedarnos unos días más. —Thranduil observó cómo la expresión de su hijo pasaba de la atención a la felicidad de mantener unos días más a su padre a su lado.
—¡Es esa una noticia maravillosa!
—Qué bueno que tu corazón se alegre de oírlo. Pero... hay una cosa más.
—¿Qué cosa?
—Crees que podamos... ¿Tener una boda?
—¿Una boda, padre? —Legolas miró extrañado a Thranduil, preguntándose qué tramaba.
—El enano...
—Y la humana.
—Elizabeth. —sentenció Thranduil—. Se llama Elizabeth.
Legolas notó la tensión en el aire y suavizó su tono aún más de lo que acostumbraba. Sin dirigir la mirada a su padre se acercó a una ventana y observó el bosque pidiéndole a este fuerzas para encarar el tema que pensaba traer a la conversación. Thranduil lo siguió.
—Está bien, enviaré un aviso a nuestros súbditos y comenzaremos a preparar todo, siempre y cuando...
—¿Qué? —Thranduil aceptaría cualquier condición que su hijo pusiera.
—...tú consientas esa boda. Dime... ¿Tú no te opones a eso?
Thranduil giró rápidamente la cabeza hacia su hijo.
—¿Otra vez con eso? ¿Cuántas veces más he de aclararlo?
—Por más que intentes esconderlo de mí, Ada, lo sé. Ella es importante para ti... me pregunto cuánto.
—Elizabeth es muy importante. Ella ha sido la clave para encontrar mi felicidad ayudando a otros de su raza.
Legolas no se contentó con su respuesta.
—¿Crees que si fuera una elfa...?
—Amo a tu madre. —respondió Thranduil muy serio, aunque algo molesto. La tensión era insoportable y Legolas lo notó.
—Mi madre está muerta, Ada. —El joven presionó un poco más. Quería conocer el límite o el fondo del asunto.
—Solo amamos una vez en la vida. Lo sabes.
—Esta es tu vida en Mirkwood. Pero llevas otra vida distinta en aquel mundo... Son dos vidas. —¿Sería ese el límite?.
Ambos permanecieron en silencio unos segundos mirando el bosque.
—Ella ama al enano. Y además es mortal.
Legolas sonrió.
—Lo sabía. ¿Consientes esa boda entonces?
—Ella merece ser feliz. Quiero que lo sea... y lo será junto a quien ama. Quiero que tenga lo que yo tuve con tu madre. A veces resignando el regocijo propio encuentras la verdadera felicidad viendo a otro ser pleno. —Thranduil miró a su hijo tiernamente—. Sería un suspiro en mi vida escapando de mis manos en un abrir y cerrar de ojos. Y me llevaría a la muerte la pena de perderla... Pero me llena de alegría saber que es feliz y verla cada día. ¿Sabes? En el fondo creo que ella lo sabe. Y también siente igual... el gran amor de su vida es ese enano y será inmensamente feliz con él, pero necesitará verme o al menos saber que estoy cerca. Sé que si me fuera ella me extrañaría... y encontraría en Thorin un refugio pero pensaría en mí de cuando en cuando. Lo mismo me ocurre. Podría abandonarlos, alejarme... explorar otros mundos, pero la extrañaría. No he descifrado aún si se trata de amor, no lo creo... es diferente a lo que siento por tu madre.
—¿Pero si ella fuera una elfa... si fuera inmortal... si no se hubiera fijado en el enano?
—No lo sé.
—Tienes miedo de pensar en eso, ¿Verdad?
Thranduil suspiró y sacudió su cabeza elegantemente.
—Tenemos una boda que preparar. No podemos darnos el lujo de perder tiempo.
—Pero padre...
—La boda. Legolas. Eso es lo importante.
Thranduil se retiró lentamente pensando en su próximo destino, el bosque. Necesitaba relajarse y dejar de pensar... aunque fuese por un momento.
Caminando apresurado y abrumado por lo que pasaba por su mente en ese momento, dobló bruscamente a la izquierda y se chocó con algo. O mejor dicho alguien. La risita risueña de ella tuvo un efecto desconocido hasta ahora en los oídos del elfo.
—Lo siento, estoy algo emocionada por la boda y no veo a dónde voy tan apurada. ¿Y tú por qué la prisa? Qué cara tienes Dios mío... ¿Ocurre algo?
—No... —contestó Thranduil y se obligó a sonreir—. También tengo prisa... por tu boda. Hay mucho que hacer y quiero que sea perfecta. Si me disculpas...
El elfo dio unos pasos apresurados alejándose de ella, pero la humana lo siguió y tomó su brazo. Él se giró exaltado por el contacto sorpresivo y ella lo abrazó agradeciéndole por todo. Thranduil entonces comprendió los nervios de Thorin al conocer a Elizabeth... la misma electricidad ahora recorría su cuerpo y le cortaba la respiración.
—Liz yo...
La humana lo soltó y lo observó sonriente.
—¿Si, Thranduil?
—Yo...
