—No debo ver, no debo ver... No debo.

Thorin pegó su espalda a la pared y miró en ambas direcciones. Ese era su trabajo, mirar a un lado y a otro, no a sus espaldas. Aunque si giraba ahora mismo vería la fría roca y todo estaría bien. Pero tenía una tarea y era vigilar. Vigilar que nadie viera, y eso lo incluía también a él.

—¿Y si...? No. —negó, aunque pronto creyó que sería una acción inocente—. Aunque nada pasará si solo es un segundo. Solo una mirada tímida y ya. —Se convenció. Inmediatamente recordó sus deberes, los cuales no contemplaban distraerse espiando a Elizabeth—. No, no debo mirar.

Muy cerca, bajo el abrigo del bosque, unos bellos ojos celestes se perdían en el horizonte. Se veían serenos aunque algo nostálgicos. Thranduil estaba haciendo lo que no hacía desde que era un joven príncipe sin preocupaciones.

Estaba sentado al pie de un gran árbol, con su cabeza apoyada sobre el tronco. Sabía que al incorporarse, sus cabellos probablemente se resistieran, enredados entre los pequeños surcos de la corteza, pero no le importaba. Esos últimos días nada importaba. Él no se debatía entre ver o no ver, porque todo estaba ocurriendo una y otra vez en su mente; lo único que quería era que aquella imagen desapareciera, pero no podía.

Su imaginación volaba sabiendo lo que estaba ocurriendo al otro lado del reino y su mente no le daba tregua. A eso se le sumaba su propia voz como un eco retumbando en su cerebro.

«Yo... Me preguntaba qué te gustaría más, que la boda se hiciera aquí dentro, o en el bosque. Te prometo que estarás a salvo en todo momento si quieres que sea afuera. Pondré guardias en todas partes y yo mismo portaré mi espada. No permitiré que nadie te haga daño, te protegeré.»

—Elfo estúpido. —Se dijo a sí mismo con enfado—. Ni siquiera tuviste el valor de decírselo.

Frente a la cascada del bosque, Elizabeth tenía la piel como marfil. Creyó que el agua cayendo sobre su cuerpo le haría sentir frío y tiritar, pero no. Estaba fresca y a punto. ¿Cómo era eso posible? «Tal vez los nervios no me permiten sentir nada más que eso, nervios.» Pensó. Elizabeth seguía la tradición que su amigo Elros le había comentado: «Hay que bañarse bajo la cascada de Mirkwood antes de contraer matrimonio. Ambos deben hacerlo.»

Thorin accedió un poco a regañadientes; mientras fue un príncipe mantuvo una higiene impecable, pero durante los años que vagó por la Tierra Media en busca de trabajo a cambio de refugio y comida, y luego, durante su viaje con la compañía, el no bañarse se le hizo algo habitual. Pero las cosas eran diferentes ahora, Elizabeth quería un esposo aseado y prolijo, y eso tendría, incluso si el objetivo implicaba bañarse más de la cuenta.

Así que lo hizo. Él fue el primero en darse una ducha bajo el agua de la cascada, mientras la humana se ocupaba de sus asuntos con las elfas, que le ayudaban confeccionando un vestido y adornando el lugar. Ahora quien estaba dándose el baño correspondiente era ella, y él había accedido a vigilar el perímetro para que no hubiera nada que la interrumpiera, ni nadie que la observara... Casi nadie.

Thorin se apoyó sobre la roca completamente sonrojado. Si hubiera podido abandonar su cuerpo, su espíritu lo hubiera abofeteado y girado para quedar de espaldas. Pero la verdad era que no podía darse vuelta. Ante sus ojos, un poco a la distancia, se hallaba la espalda desnuda de su futura esposa.

«Ya casi estamos unidos y no estoy viendo nada demasiado prohibido.» Pensó.
Elizabeth se giró y rápidamente Thorin se puso de espaldas, creyendo que ella no lo había notado, pero la humana estaba mirando en dirección a él y lo descubrió... Se lo tomó a risa y pensó en lo que ocurriría esa noche... El cuerpo que recorrería, el cual había visto, pero Thorin ignoraba. Enterró los dedos en su cabello imaginando como sería el encuentro y lo dejó a un costado sobre su hombro luego de escurrirlo. Salió rápidamente y se envolvió en una túnica gris... Muy similar a las que Thranduil utilizaba. Se preguntó si no sería suya... ¿Por qué se preguntaba eso?

...

—Ned... Soy tu padre.

—Oh no. No me engañas... He visto esa película. De hecho he querido ser un Jedi desde niño.

Lee y Ned rieron. Al abrir la puerta y descubrir que era Lee Pace quien tocaba, Ned creyó que se trataba de otro clon y lo rechazó con un tono hostil, pero él le aclaró rápidamente la situación y sabiendo como tratar al pastelero, ya que de alguna manera se estaría tratando a si mismo, lo convenció de dejarlo pasar. Luego de un rato de charla y de contarle toda la historia, Ned bajó la guardia y finalmente comprendió. Era él quien había estado enviando a todos los clones a su mundo, pero sus intenciones no eran malas, todo lo contrario. Solo quería lo mejor para todos ellos. Finalmente Ned observó los dos cuencos que Lee había traído y decidió preguntar.

—No entiendo porqué trajiste esto. ¿Qué pretendes?

—Vamos... Somos inteligentes. Estoy seguro que lo has pensado.

—Últimamente lo único en lo que pienso es en que puedo perder todo lo que amo.

—Bueno, esta es una forma segura de averiguarlo. No perderás a nadie, solo perderás... Fruta.

Había dos cuencos sobre la mesa, uno contenía fruta pasada, en mal estado, y el otro fruta fresca. No era fruta que había revivido Ned, sino otra que Lee había comprado antes de ir a hablarle. Por seguridad eligió que fueran duraznos, de la misma clase que la fruta podrida.

—Es muy simple. Tocas esta fruta... Si vuelve a la vida, fin. Aun tienes el don y todo será como antes... Con la diferencia que el precio de revivirla solo será que muera la fruta de este otro cuenco, o algo de las mismas condiciones a nuestro alrededor. Pero si la tocas y no ocurre nada...

—¿Qué pasa si la toco y nada ocurre pero solo perdí el efecto con la fruta? ¿Qué tal si mi poder aun es letal con las personas?

—Empecemos con la fruta. Si funciona... Me acompañarás, o mejor dicho, me llevarás a la morgue y probaremos con una persona allí. Pero... —Lee tomó el cuenco con la fruta podrida y lo acercó a Ned—. Primero debemos saber esto.

Ned observó a Lee y el cuenco con temor.

Al principio tuvo miedo de lo que podría pasar, pero luego lo pensó mejor... Al menos sería una salida rápida del problema. La fruta volvería a la vida y todo continuaría como antes, rompiendo la pequeña ilusión que crecía en él o... Irían por el siguiente paso. Ned estiró el brazo con el dedo índice extendido y cuando estuvo a milímetros del durazno, volvió su mano cerrándola en un puño.

—Lo sé, te da miedo. Muchas cosas aquí nos lo dan... —Lee sonrió tiernamente.

—¿Nos?

—Cada vez que lo explico siento que estoy volviéndome loco. —Rió—. Pero es así... En mi mundo tú eres yo. Eres un personaje de una serie televisiva que yo interpreté. Al darme el papel, me permitieron añadirle cosas propias a la personalidad de Ned, bueno... A ti. La persona que te creó, quien creó esta historia, lo hizo pensando en mí para interpretarte, así que aceptó algunas características que yo pudiera aportar. Sé como eres Ned, porque en el fondo eres yo, y yo soy tú. Entonces sé que estas cosas te dan miedo, pero todo estará bien. Estamos juntos en esto.

Lee movió un poco el cuenco dándole a entender a Ned que no había otra alternativa más que esa. Ambos se miraron fijamente unos segundos y luego Ned tomó una servilleta de la mesa, con la que luego sujetó un durazno del cuenco. Como no lo había tocado con su mano directamente aun permanecía "muerto" dentro de la servilleta.

—Bien... —Ned echó una mirada rápida a Lee y luego cerró sus ojos bien fuerte, arrugando toda la cara—. Ya es hora de saber la verdad.

Ned tocó el durazno con su mano desnuda. Sin guantes, sin servilleta; nada. Ambos permanecieron en silencio por unos segundos. Cuando el pastelero abrió los ojos, lo hizo en dirección a Lee que estaba sonriente como si ese fuese el mejor día de su vida. Al volver su mirada, el durazno en la servilleta permanecía en su estado inicial. Muerto. Podrido. ¡Muerto!

—Creo que lo hice mal...

—Yo te vi. Lo tocaste. Y nada pasó.

—No, ¡Algo debo haber hecho mal!

Ned volvió a tocar el durazno, pero esta vez con los ojos bien abiertos y puestos sobre la fruta. Nada. Sacudió su mano como si algo de poder pudiera regresar a él cargando batería y lo intentó nuevamente.

No ocurrió nada. Cambió de mano, luego lo tomó en ambas. Nada. Absolutamente nada ocurrió.

Ned se volvió riendo nervioso a Lee.

—Yo... Es que... No... Es... Nada... Ya no...

Lee tomó el durazno de la mano de Ned, lo devolvió al cuenco y abrazó al pastelero. Ambos rieron.

—¡Tengo que intentarlo con otras cosas!

Ned entonces tomó el cuenco completo y tocó repetidamente la fruta con sus manos. Nada ocurrió. Decidió entonces salir e intentarlo con más frutas del refrigerador del Pie Hole.
Al entrar en el local, todos detuvieron sus actividades y lo observaron curiosos. Ned les echó una mirada rápida y sonrió abriendo la boca como para decir algo, pero de ella solo salieron pequeños respiros y resoplidos. Tomó el hombro de Lee y asintió pasando a la cocina. Todos se quedaron en silencio viendo la escena.

—Ned va a... —dijo Lee sonriente señalando la cocina—. No importa, luego les explico. —Siguió al pastelero sin decir nada más.

—¿Se volvieron locos o qué? —preguntó Kili con un martillo en la mano. Estaba colocando unos cuadros con su hermano.

—Por las dudas no te les acerques, tal vez sea contagioso. —aconsejó Fili, con cierto temor—. Hermanito... Ese cuadro está torcido.

—Yo lo veo recto.

—Ven a verlo desde aquí. —Kili bajó de la escalera y se detuvo junto a Fili. Ambos observaron el cuadro achinando los ojos.

—Ooooh... Es verdad. ¿Más a la izquierda?

—A la derecha, Kili...

—Pues yo creo que es a la izquierda, Fili...

—Es a la izquierda.

—Derecha.

—Izquierda.

—¡Derecha!

—Quiten ese cuadro de ahí, es horrendo. —ordenó Olive y ambos la miraron.

—Si, señora. —respondieron al unisono.

—¡Olive!

La voz de Ned sonó exactamente igual que la de Lee, como si el pastelero hubiera llamado en estéreo. Ya estaba acostumbrada, después de todo era la misma voz de Garrett, Thranduil, Joe; todos los clones. La chica corrió hacia la cocina y los halló en el refrigerador.

—Olive necesito que toques esto, por favor.

Ned le ofreció un cuenco con frutillas en mal estado. Ella lo miró con algo de asco, pero comprendió que debía hacerlo. Al tocar una de las frutas, esta regresó a su estado de conservación. Estaba viva otra vez. El pastelero se sorprendió muchísimo al ver su don en alguien más.

—Ahora tú, Ned. —pidió Lee—.

Ned tocó la fruta revivida y nada ocurrió. La tomó en su mano para comprobar el efecto y esta seguía con vida. Lee entonces tomó la mano de Olive y la posó sobre la frutilla... Esta regresó a su estado de descomposición. Al no haber pasado un minuto, ninguna otra fruta sufrió las consecuencias.

Los tres se miraron cómplices en el refrigerador. Olive y Ned abrazaron a Lee y este los rodeo con sus brazos.

—No tan rápido... Aun tenemos efectos que probar. —expresó Lee—. Olive, necesito que nos acompañes a la morgue.

—¿La morgue? ¿Y-Yo? —titubeó.

—No veo de qué te puedas asustar, estás muerta. —afirmó Ned.

—Si pero... Jamás he visto otros muertos... Yo... No. Ese es tu trabajo, Ned... Yo...

—Si tú tienes el don ya no será mi trabajo, Olive. —dijo el pastelero sonriendo de lado.

—Debemos comprobarlo, por favor. —Lee puso ojos de cachorrito y Olive asintió. No pudo resistirlo... Nadie podría.

—Está bien. Vayamos a la morgue ahora... —Aceptó resoplando.

Los tres salieron de la cocina y nuevamente todos en la sala interrumpieron sus actividades para mirarlos en silencio. Ned se acercó a Chuck, que al no entender lo que había estado ocurriendo esos días, había decidido dejar que Lee se encargara y su novio fuera por ella cuando lo considerara prudente.

—Tengo que irme ahora, pero solo será por unos minutos. —aseguró Ned dirigiéndose a Chuck.

—Está bien, Ned... Haz lo que tengas que hacer. —expresó Charlotte muy seria. ¿Una semana sin hablarle y de repente «Me voy» es lo único que tiene para decir?

—Cuando regrese hablaremos, y tal vez tenga buenas noticias. Chuck... No lo estoy pasando bien.

—¿Ya no confías en mí, Ned? —preguntó apenada.

—Siempre lo he hecho. Lo que no quiero es hacerte daño. —respondió el pastelero sintiendo pena por ella.

—Al alejarme de ti lo estás haciendo.

—No será por mucho tiempo más, te lo explicaré todo cuando regrese. Ya verás. Estoy haciendo esto por nosotros, por los dos.

—Yo solo quiero que seamos felices, Ned.

Chuck se envolvió con sus propios brazos; la manera que ella y Ned habían encontrado de abrazarse sin tocarse. Ned hizo lo mismo.

—Ojalá ya nunca tengamos que volver a hacer esto. —dijo él y sonrió.

Ned abandonó el Pie Hole dejando a Charlotte más confundida que antes.

...

—No deberías estar aquí sola. —Thranduil habló con voz firme provocando un escalofrío en Elizabeth, quien se hallaba de espaldas a él, de pie junto a un arroyo observando el paisaje. Llevaba puesto su vestido de novia y el cabello suelto cayendo sobre sus hombros adornado con una tiara élfica que las damas del reino le habían obsequiado.

—El rey dijo que era su invitada y podía estar donde quisiera. —respondió ella aún admirando el color del bosque.

—Yo jamás dije eso, hay peligros allá afuera...

—Tú no eres el rey. —Elizabeth se giró hacia Thranduil e hizo una reverencia coqueta—. Ya no al menos, y además no estoy sola. —Sonrió mientras Thranduil juntó las manos en su espalda. Sintió como si tuviera que atárselas para no hacer algo imprudente—. ¿Era ella? —preguntó Elizabeth volviendo su rostro hacia una escultura.

Thranduil alzó la vista y halló una estatua de su esposa, altiva y de pie en medio del bosque, rodeada por flores y pequeños arbustos. Asintió lentamente.

—Hay cientos de estatuas en estas tierras... ¿Cómo supiste que era ella?

—Porque es la única que no luce tan distante. —Thranduil ladeó su cabeza intrigado y ella continuó hablando—. Todos los demás parecen alejados de los humanos, como si fueran dioses o espíritus de gran poder. Ella sin embargo, no. Es una estatua, lo sé, pero está hecha diferente... La esencia capturada en esta imagen es más humana que élfica. Sé que ella era una elfa, pues Legolas me habló de su madre la mañana de ayer pero... No luce como los demás. No sé realmente cómo explicarlo, lo siento.

Liz se giró a Thranduil mordiendo su labio inferior, pidiendo disculpas por no expresarse con claridad. No sabía si el elfo había comprendido del todo, o la creía una loca.

—Ella era diferente a todas... Eso fue lo que me enamoró. —declaró recordándola.

—Hubiéramos sido buenas amigas.

—Estoy seguro que te hubiera recibido con mucha alegría, le gustaban las personas como tú... —«También a mí», pensó. Pero no lo dijo.

—¿Cómo soy yo?

—Diferente. —Al segundo de decirlo, Thranduil tragó saliva nervioso. Ella lo percibió y cambió de tema.

—Tal vez no hubieras encerrado a mi futuro esposo en un calabozo si ella hubiera estado aquí la primera vez que vino —bromeó y él se puso serio, pero siguió la corriente.

—Por cierto, ¿Dónde está Escudo de Roble?

—Oh, preparándose junto con los señores enanos que vinieron a la boda. Tu hijo fue muy amable al permitirlo. ¡Estoy ansiosa por conocerlos!

—No lo sé, Liz. Son algo... Toscos.

—No te preocupes, estaré bien. Además Thorin prometió mantenerlos a raya... Todo saldrá a la perfección.

Mientras platicaban, un guardia se acercó a Thranduil y susurró información que la humana no llegó a escuchar.

—Deberíamos regresar, Liz... Ya es hora.

El elfo extendió su mano a la humana, a palma abierta. Hubiera ofrecido su brazo pero un tonto impulso lo hizo posicionarse de esa forma y ya era imposible echarse atrás. Elizabeth entonces la tomó y observó con curiosidad las líneas en ella, frunciendo el ceño. Con rapidez trepó hasta su brazo y comenzó a caminar hacia el reino. Si alguien los hubiera visto, hubiera notado como algo normal que caminaran tomados del brazo y no de las manos, lo cual entendió, podía ser sospechoso. Hicieron un tramo en silencio en el que él caminaba muy tenso y ella se notaba inquieta en su respiración.

Durante toda la caminata Thranduil observó a Elizabeth en silencio y de reojo, disimulando cada vez que ella levantaba la vista hacia él. Era como un juego de buscar e ignorar por el largo trecho. Ambos tenían algo que decir, pero preferían callar.

El vestido de la humana caía elegantemente sobre el césped y el sonido de la tela al caminar le recordó a Thranduil la noche en que se había unido a su esposa. Demasiadas lunas habían pasado y muchas más en soledad desde su muerte, en las que ya no se habían celebrado bodas reales. El elfo había olvidado lo mágico de esas celebraciones, y más aun; había olvidado incluso la clase de vestido que su esposa llevaba ese atardecer, solo tenía flashes de ese momento.

Un paso más, una mirada rápida más... E imaginó cómo se vería Elizabeth paseando por el bosque de su mano todos los días... De qué hablarían. Cómo lucirían los vestidos de su reino sobre el cuerpo cambiado de Elizabeth al embarazarse... Qué tan tierna sería la imagen de ella con un niño rubio de orejas puntiagudas en brazos, justo como Legolas se veía al nacer... «¡Un momento! ¡Thranduil, por Eru! Los niños de Elizabeth tendrán el cabello oscuro, grandes orejas y horrendas barbas.» Pensó.

Llegaron hasta una gran puerta que separaba el salón, del tramo del bosque donde todo estaba listo para su boda. Allí, Thranduil se separó de ella y pretendió alejarse para dejarla caminar sola a su encuentro con Thorin, aunque descubrió que su cuerpo no le respondía. Estaba clavado al suelo como una estaca y en su mente solo había un asunto repitiéndose como un espiral infinito, como un disco rayado.

—¡Elizabeth!

—Thranduil...

Ambos hablaron al mismo tiempo mencionando el nombre del otro, con la diferencia de que el elfo sonó mucho más desesperado que la curiosa Liz.

—Yo... ¿Qué quieres decirme? —Thranduil interrumpió la frase casi mordiéndose la lengua para no mencionar el asunto que se traía entre manos.

—¿Hubo alguien más alguna vez? ¿Antes de tu esposa? —preguntó ella. El elfo quedó de pie, firme como un bloque de cemento—. Me has dicho que los elfos solo aman una vez, pero me preguntaba si hubo alguien más. Antes o después. —Thranduil negó, aunque con algo de duda.

—¿Por qué lo preguntas? —Sonó curioso.

—Oh... Lo siento. —Elizabeth sacudió la cabeza—. Es que tienes dos lineas de matrimonio o del amor en la mano. Me preguntaba porqué tendrías dos, si ustedes solo aman una sola vez en su vida. Lo que me llevó a pensar si todos los elfos solo tienen una línea, o dos como tú. Tal vez la suerte en sus manos se lea diferente, pero estoy segura que esa es y tienes más de una.

Thranduil se puso nervioso y carraspeó a la par que miraba a su alrededor, como buscando algo o asegurándose que nadie lo viera en ese momento.

—¿Crees que vuelva a...?

—No lo sé... Tú dime. —Sonrió ella.

—Liz, yo...

Lizzie miró fijamente a los ojos de Thranduil y ambos permanecieron en silencio por un momento, contemplándose con atención. Con el mentón levantado para poder observar mejor, ya que el elfo era mucho más alto que ella, Thranduil sintió que Liz estaba rogándole. El antiguo rey de Mirkwood separó tenuemente sus labios como preparándose para soltar unas palabras, que no estaba seguro la humana quisiera oír. Cuando finalmente tomó valor, ella se adelantó a hablar.

—De todas maneras no sé en qué estoy pensando, Dios, ¡Es mi boda! Y Thorin está esperando, no debo perder tiempo. Lo siento, lo hablaremos luego.

Lizzie tomó los pestillos de la puerta para abrirla y comenzar con la ceremonia, pero se detuvo un segundo antes de hacerlos girar. Volvió su cabeza por sobre su hombro, observando de reojo a Thranduil, quien se acercó lentamente a ella.

—Debías decirme algo, ¿Verdad? —Giró para quedar frente a Thranduil, que la observaba con una expresión que ella no supo distinguir entre serenidad y tristeza—. ¿Quieres que lo discutamos luego?

—No. —sentenció—. Elizabeth... Esto tiene que ser ahora... Ahora o nunca. Ya no puedo seguir... Así... —La humana dio dos pasos hacia atrás, chocando su espalda contra las perillas de la puerta.

—Pero Thorin está allá afuera esp...

Thranduil atrajo a Elizabeth hacia él, tomándola en forma rápida y casi violenta por la nuca. Ante la fuerza del elfo, la muchacha no pudo resistirse, aunque a tenerlo a milímetros de su rostro... No ocurrió nada.

Sintió la respiración de él sobre su boca, la frialdad de sus dedos sobre su cuello, el aroma dulce de su cuerpo perfumado, y el cosquilleo que le causaban sus cabellos sobre la piel. Pero no ocurrió lo que ella imaginó que ocurriría en esos segundos que fue atraída por una fuerza descomunal y desconocida hacia el cuerpo del elfo.

—¿Thranduil? —susurró ella mientras él mantenía los ojos cerrados y respiraba agitado como intentando contener una bestia en su interior. Realmente estaba luchando contra sus deseos.

El elfo giró apenas su rostro y rozó la punta de su nariz en la mejilla de la humana. Afirmando su mano sobre la nuca de ella, presionó su frente contra Elizabeth y sollozó.

Liz no supo que hacer. Quedó de pie por unos segundos con las manos al costado de su cuerpo, evaluando la situación... Tal vez si hacía contacto físico llevaría la situación a otro punto, y si gritaba, probablemente su futuro esposo, con un grupo de enanos furiosos, entrara a cortar en pedazos a Thranduil.

Thorin aguardaba afuera, y era quién debía estar tan cerca de ella, no el elfo. Quien debía... ¿Y quien ella quería? Definitivamente quería que Thorin estuviera así de cerca, e incluso quería más con él. Lo quería todo. Pero en esos segundos descubrió que la cercanía de Thranduil no le era incómoda tampoco. Los días anteriores se había sentido intimidada y molesta cerca de él, pero ahora con la barrera del espacio personal rota y en las manos de quien la intimidaba, comprendía el verdadero significado de sus nervios a la perfección.

El elfo reaccionó antes que ella pudiera tomar una decisión sobre qué hacer, y volvió su rostro a Liz. Tenía los ojos llenos de lágrimas y parecía realmente estar obligándose, o mejor dicho, prohibiéndose realizar una acción. Aún respiraba agitado pero su cuerpo ya no estaba frío, sino cálido como su aliento. Ladeó su cabeza y se posó tan cerca de los labios de Elizabeth, que a esta le dio la sensación de estar respirando el mismo aire que él exhalaba. Cerró los ojos y fue al encuentro de su boca.

El momento que compartieron fue rápido e intenso desde el inicio. Se besaron apasionadamente como si se hubieran deseado por una eternidad; privados de la libertad de compartir momentos juntos. Por un momento, solo hubo respiración agitada, dedos escurridizos sobre tela y cabellos, y una cercanía peligrosa, hasta que ella, que había sido quién había iniciado el beso, decidió ponerle fin y alejarse de él.

Con un aplomo y serenidad que parecía haberle robado completamente a Thranduil de su interior, juntó sus manos y se dirigió a él.

—No le diré si tú no le dices... —Se refería a Thorin—. Pero esto no será, Thranduil. Amo a mi esposo y hasta el último día de su vida estaré a su lado.

—Lo sé... —respondió él intentando recobrar el aliento y la tranquilidad—. Pero soy paciente, puedo esperar...

Lizzie rió creyendo que Thranduil bromeaba, y siguió el juego mientras se acomodaba el cabello...

—Soy una mortal, tendré hijos con él... Esos niños no dejarán que alguna vez borre su recuerdo y al morir iré a su encuentro... Esto es imposible, Thranduil. Lo siento. —Liz volvió a tomar los pestillos para salir.

—Liz... —La humana se detuvo al oír su nombre—. Estuve pensando que... Lo que está muerto no puede morir... —Thranduil hizo una pequeña pausa y al no recibir respuesta de ella, que había quedado como petrificada de espaldas, prosiguió—. No había forma posible de que habitaras las estancias de Mandos si no habías muerto en Arda... Durin tuvo que llegar a un acuerdo con esos seres. Siempre hay un precio que pagar. Él morirá, Elizabeth... Hoy, mañana o en cien años más. Pero tú no. Tú estarás por siempre atada a estos universos... Y la eternidad es larga.

—Te equivocas en algo, él regresará por mí.

—No lo hará. Es el precio que ha pagado... Una vida con final feliz. Pero una vida mortal, y solo una. Pero yo no... Yo siempre estaré aquí... Esperando.

Thranduil salió por un costado del salón, dejando a Elizabeth a solas sosteniéndose con sus manos sobre las puertas. Iba a costarle salir por el portal y caminar hacia Thorin feliz, ingenua y completamente repuesta de ese momento anterior.

Tomó una bocanada de aire emitiendo un casi imperceptible sonido con el que se dio fuerza para ocultar sus lágrimas; Thranduil había liberado esas palabras, todas de una vez, herido por la partida de la humana de su cuerpo, cortando ese beso de un solo golpe feroz como un hachazo a la rama de un árbol. Ella había sido letal sobre los deseos del elfo y él no perdonaría... No se retiraría herido sin dejar cicatriz sobre Elizabeth. Ella lo supo, a pesar del corto tiempo compartido, conocía gran parte de la personalidad del antiguo rey de Mirkwood. Por eso pudo continuar... Aunque todavía en sus entrañas se retorcía el roce de los dedos largos con toque sutil de Thranduil, en un nudo de acero que quedaría por siempre en su interior. El encuentro había ocurrido y no se iría... No lo haría jamás. Sin embargo...

—Nada hará gris este día. —Se dijo y abrió el portal.

...

—Tú primero, Ned. —Lee se echó atrás cruzado de brazos.

—Bien... Pero si tardo demasiado es porque estoy nervioso.

Ned observó el cadáver frente a él. No era nada nuevo... Pero al despertarlo no tendría nada que averiguar, ninguna pregunta qué hacer. Se preguntó si lo que estaban a punto de hacer estaría bien, ya que esta vez despertar a un muerto y volverlo a la vida no tendría un propósito de ayudar a resolver un crimen, sino solucionar una situación personal. Era algo egoísta.

Levantó la vista y junto a él se encontraba Lee, que miraba todo a su alrededor sonriente como recordando algo... Para Ned aun era difícil comprender que en el mundo de la persona que tenía enfrente, él no era más que un personaje interpretado por un actor, y que Lee probablemente estuviera recordando momentos en el set junto a sus otros amigos actores. A su lado, mirándolo fijamente, estaba Olive... No supo si lo miraba porque quería que lo intentara de una vez, o porque tenía hambre.

Así que Ned decidió deshacerse de la duda que lo carcomía rápidamente. Además de los presentes en la habitación, Emerson los había acompañado para distraer al médico encargado de la morgue, ya que era sumamente sospechoso que todas esas personas estuvieran allí sin un caso que resolver, por lo que tuvieron que inventar uno rápidamente. El supuesto hermano de Olive había desaparecido y ellos debían inspeccionar en la morgue judicial. Quien acompañaba a los detectives era su esposo... Lee, que había decidido entrar con ellos en caso de encontrar al hermano de Olive y contenerla. Una gran farsa que había dado resultado.

Ned finalmente tocó el cadáver, que quedó en su mismo estado inicial, muerto. Olive entonces extendió su dedo y tocó el hombro del hombre en la fría bandeja de acero. Este despertó y antes de poder decir nada Ned tocó su frente. El hombre, vivo otra vez exclamó: «¡Oye!» Pero no pudo decir mucho más; Olive con algo de susto, dando un pequeño salto en el lugar, extendió su mano nuevamente y lo tocó. El hombre cayó muerto, por siempre.

Los cuatro; Emerson, Lee, Ned y Olive, abandonaron la morgue en silencio pero satisfechos. Al salir, todos se dirigían al auto de Ned, pero este le entregó las llaves a Lee.

—Supongo que si sé manejar, tú también, ¿No? —Lee asintió—. Llévalos a casa. Necesito... Yo... ¿Podrían dejarme solo un rato? Volveré caminando.

Lee asintió comprendiendo lo que Ned debía procesar. Le puso una mano sobre el hombro y lo miró tiernamente, haciéndole saber que el pastelero no tendría nada de qué preocuparse. Los tres se detuvieron mientras Lee comentaba la situación. Ned por su parte puso las manos en sus bolsillos y se alejó caminando rápidamente.

—¿Funcionó? —preguntó Emerson.

—Ya no queda nada de poder en él. —afirmó Olive.

—Bien... Creo que me quedé sin trabajo facilitado... Volveré a resolver crímenes a la vieja usanza. —El detective encendió el habano que guardaba en su bolsillo y se adelantó caminando serio.

Lee pasó su brazo sobre los hombros de Olive, esta le quedaba muy por debajo de lo acostumbrado. Desde que se había convertido en vampiro le resultaba muy incómodo desplazarse a gran velocidad en tacos, por lo que usaba zapatos de suela baja; midiendo apenas un metro y medio quedaba muy pequeñita rodeando la cintura de Lee.

—Emerson está triste de perder su método de investigación... Creo que podemos hacer algo, ¿No? —dijo Lee levantando sus gruesas cejas y mirando a Olive sonriente. Ella se soltó de él y se adelantó alcanzando al detective.

—Extrañarás a Ned, ¿Verdad? —dijo la rubia caminando junto a Cod. Lee los seguía un poco alejado, enternecido con la imagen de ambos.

—Seguiré viendo a Ned... Lo que extrañaré será resolver crímenes con él. Tan fácil que era. -Se lamentó con un suspiro—. Fue bueno mientras duró.

—No tiene porqué terminar...

Emerson se detuvo a mirar a Olive extrañado... Ella asintió e informó:

—Ned ya no tiene el don, porque se lo extraje... Ahora yo lo tengo.

El detective entonces sonrió y le extendió la mano a Olive. Esta no la tomó, por lo que él la retrajo extrañado, al tiempo que la chica saltó, rebotando sobre la barriga de él; una mejor forma de celebrar la asociación de ambos. Emerson había encontrado a una nueva detective en la que confiar.

...

Thorin y Elizabeth contrajeron matrimonio frente a un gran grupo de enanos que aplaudieron y silbaron a la pareja al besarse. Los elfos, mucho más recatados, solo sonrieron felices. El único que se mantuvo serio fue Thranduil, de pie junto a su hijo Legolas, quien se hallaba muy feliz de tener una boda en el reino luego de tantos años.

Durante la celebración, la música sonó alegrando el evento cuando un grupo de enanos de la compañía de Thorin decidió obsequiarle a la nueva reina unas piezas de baile típicas de las fiestas de Erebor, mucho más ruidosas y alegres que las de los elfos. Si bien Elizabeth se vio encantada por la suave y dulce música del reino de Thranduil, y agradeció a los músicos por el esfuerzo, al cabo de una hora se vio bailando entre saltos, giros y risas junto a los enanos que intentaban enseñarles los pasos de su tierra. Thorin por su parte se hallaba sentado en la cabecera de la larga mesa que los elfos habían preparado para ellos, observando a su esposa en silencio.

—No se irá a ninguna parte, Thorin. —aseguró Balin, un enano de larga barba blanca y miembro su compañía, acercándose a la mesa y sentándose a su lado.

—Lo sé. —Este solo sonrió sin dejar de mirarla a la distancia.

—Bueno... Tal vez ahora si. —dijo sonriendo con picardía, y Thorin no comprendió.

La música finalizó. Elizabeth hizo una reverencia a los enanos que la acompañaban y aplaudió junto a ellos, agradeciendo el baile. Cada uno se retiró a buscar cerveza, conversar, comer (algo muy típico de los enanos) o a tomar aire fresco. Lizzie intercambió unas palabras con su amigo Elros y corrió hacia su esposo, sentándose de un salto sobre su regazo y estampándole un alegre beso.

—La compañía me ha dicho que debe reunirse contigo ahora. ¿Verdad, Balin? —expresó Elizabeth, sonriendo al compañero de Thorin.

—Oh claro... Es un asunto... Importante. —improvisó disimulando.

Ambos rieron mientras Thorin los observaba confuso, no entendiendo la complicidad entre ambos.

—No te dejaré sola en nuestra boda, Liz. Cualquier asunto que quieran resolver, tendrá que esperar hasta mañana, antes de partir. —respondió Thorin muy serio a Balin. No quería que nada opacara su noche, o alejarse de Elizabeth.

—Solo será un minuto, me lo prometieron a mí. Y saben que deben cumplir. Después de todo, soy su reina, incluso si es Dáin Pie de Hierro quien ocupa tu trono. Además... —Lizzie acarició la barba de Thorin—. Debo ir a mi habitación a refrescarme un momento, estos alegres enanos y sus bailes me han dejado sin aliento. —Besó a Thorin y se levantó—. Te veré al rato, amor mío.

Lizzie caminó hacia su habitación, en dirección contraria a donde Balin dirigía a Thorin junto a los demás enanos que se le sumaban, sonrientes y bromeando en voz baja. El rey de los enanos sabía que algo tramaban, pero ignoraba qué.

Al llegar al pasillo que conducía a la alcoba que sería de ambos esa noche, los pies de la humana se detuvieron y giraron ante una voz familiar.

—¿Eso fue todo? —Thranduil se hallaba de pie en una punta del pasillo, un poco alejado de Elizabeth.

—¿Todo qué?

—Me besas, me acaricias, te alejas... Dices que esto no podrá ser. Contraes matrimonio y te encierras en esa habitación a prepararte para tu noche de bodas. Para entregarle tu cuerpo a él.

—Por si no lo notaste me casé con él, con el hombre que amo. ¿A quién más pretendes que le entregue mi cuerpo?

—¡Es un enano, Elizabeth!

—¿Y porque es un enano no debo amarlo y dormir con él? ¿Con MI ESPOSO? Tú si que estás demente.

—Lizzie, yo... —Thranduil se acercó a la humana con pasos acelerados.

—No. Tú nada. —Ella se alejó de él, casi llegando a la puerta de su habitación—. Te besé porque creí que así te librarías de una pesada carga que traías. Parecía que fueras a explotar en esa sala y aún así no me besabas, te estabas haciendo daño. Así que lo hice por ti... Tenías que hacerlo para liberar toda esa tensión.

Thranduil negó con una sonrisa en su rostro, no pudiendo creer lo que escuchaba.

—Anda... Dime que no sentiste lo mismo. Dime que no te consumió un fuego por dentro mientras me besabas... Que no quisiste despojarte de tus ropas y entregarte a mí. Que no me deseas. Dímelo, Elizabeth, y te juro que ya nunca volveré a molestarte.

La humana se mantuvo inmóvil y en silencio, observando a Thranduil serio y pasional frente a ella. Supo que si no lo negaba sería asaltada por el desborde de sentimientos del elfo, desanudando nuevamente el momento que aún vibraba en su interior.

—Esto no será, Thranduil. —afirmó ella y entró en la habitación cerrando de un portazo.

—Soy paciente... Puedo esperar. —objetó él muy junto a la puerta, asegurándose que ella escuchara, y se alejó.

El antiguo rey de los elfos del bosque negro se precipitó hacia el gran salón, tomó de la mano a una elfa de largos cabellos castaños y la llevó hacia un ala solitaria del reino. Unas horas después, se vería presa de una lujuria desenfrenada, enredada entre las sábanas y el cuerpo caliente de Thranduil, respirando agitados luego de los gemidos y el placer que ambos encontrarían sin siquiera haberse presentado el uno al otro antes de caer sobre la cama.

...

Ned apareció por la noche en el Pie Hole, todos se habían retirado a sus hogares, pero en la pastelería alguien aun permanecía, esperando su regreso.

Cuando la campanilla de la puerta sonó indicando la llegada del pastelero, Charlotte levantó la cabeza hacia él y sonrió levemente. Las cosas apenas habían mejorado entre ellos...

La chica estaba a punto de retirarse a su hogar cuando recibió el llamado de Ned indicándole quedarse en el lugar hasta que él regresara. Tenían que hablar, y él aparentemente tendría buenas noticias para ella, por lo que eso sonó bien en el oído de Chuck y decidió quedarse. Realmente quería solucionar las cosas, como fuese.

Ned se sentó frente a ella en un pequeño sillón, separado de ella por una mesa de la pastelería. Se cruzó de brazos sobre esta y habló.

—Las cosas se pusieron difíciles desde que llegué del espacio, Charlotte. —declaró y ella asintió con tristeza—. Y es que todo lo que vivimos... Ya no será. No soy el mismo que se fue, y definitivamente no seremos los mismos a partir de ahora.

—¿Hay alguien más, Ned? Siempre imaginé con temor que este día llegaría... Aunque creí ser yo la que diera el primer paso. Sinceramente me sorprende... No creí ser capaz de amar tanto, por tanto tiempo. —Chuck se angustió e intentó esconderlo pero no pudo, últimamente sus emociones se desbordaban. Ned solo suspiró.

—No, no hay nadie. Probablemente jamás haya nadie más. Pero ya no nos envolveremos en nuestros propios cuerpos para abrazarnos, ni nos besaremos a través de un plástico; no nos tomaremos de la mano con guantes y quitaré el acrílico y la cortina que nos separan en el coche y la cama.

—Solo... ¿Me dejarás? ¿Te hartaste de esto? —Al no recibir respuesta, bajó la vista apenada—. ¿Podemos...? ¿Podemos hacerlo solo una vez más? —pidió con la voz quebrada por el llanto.

Las lágrimas recorrían las mejillas de Chuck, y Ned no pudo soportarlo más, también se asomaron en sus ojos, pero no eran de pena. Charlotte se envolvió en sus brazos y observó a Ned esperando su respuesta. Esta sería su despedida.

Pero el al contrario de lo que esperaba, Ned se puso de pie y extendió sus brazos.

—No me he cansado de esto, no lo haré jamás... Te amo ahora y siempre. Ven aquí...

Charlotte se puso de pie alejada de él, como acostumbraban.

—¿Quieres que busque una manta o un plástico? —preguntó y miró a su alrededor.

—No. Quiero que me des tu mano.

—Ned, ¿Te volviste loco? ¡Sabes que eso podría matarme!

—¿Confías en mí? —Él sonrió tierno y extendió su mano a Charlotte—. Nada, ni nadie podrá dañarte a partir de ahora... Ni siquiera yo. ¿Confias en mí? Dame tu mano, te prometo que no vas a morir.

Charlotte no comprendía qué era lo que estaba ocurriendo, pero aún así decidió que daría su tal vez último salto de fe.

Tal vez Ned había decidido matarla y poner fin a una vida de dolor sin poder tocar a quién amaba... Pero esa idea se deshizo rápidamente en su mente. Eso no era propio de Ned... Si es que acaso se hubiese cansado de ella se hubiese ido, o se lo hubiese dicho, dándole la oportunidad de irse a ella, y vivir una vida plena aunque no del todo feliz, pero incluso así sería mejor que ponerle fin a su vida. Ned no era un asesino... Daba vida, no la quitaba. Chuck entonces extendió lentamente su mano al pastelero y al chocarse...

¡Nada ocurrió!

La suavidad y calidez en sus manos juntas era maravillosa, y al mirarse, las pupilas de ambos se dilataron como si fueran a estallar. El solo roce de sus manos era la sensación más placentera que hubieran tenido jamás.

—¿Cómo es que...? —Charlotte comenzó a respirar agitada.

—Te lo explicaré luego, pero la cosa es que... —Con su otra mano Ned tomó la mejilla de Chuck, era tan suave que al acariciarla se sentía como terciopelo. Ella se arqueó hacia atrás; era el momento más erótico de su vida, incluso estando ambos completamente vestidos—. Ya no tengo el don...

Con fuerza, Charlotte entonces tomó a Ned por la camisa y lo atrajo hacia él...

...

Thorin entró en la habitación vestido con una túnica azul oscuro que llegaba un poco más abajo de la cadera, y unos pantalones que Elizabeth interpretó podían ser su ropa interior, recordando que la moda en la Tierra Media era muy distinta de la de su mundo. Llevaba el cabello suelto y sus largos rizos caían a un costado de su rostro, dándole un aspecto mucho más normal que el que tenía vestido de gala para la boda. No tenía adornos en su cabeza, ni anillos en sus dedos, y estaba descalzo de pie ante Elizabeth, vestida con una fina túnica blanca que le llegaba hasta sus pies también desnudos. El cabello en una trenza atada, caía sobre su hombro izquierdo.

Antes de decir palabra alguna, ambos se quedaron observando al otro. La mente de Thorin comenzó a volar al traer a él nuevamente todas las imágenes con las que había estado soñando esos días.

—Ellos querían... La tradición es darle cerveza al novio y despojarlo de sus ropas para darle valor y empujarlo a entrar en la habitación en su noche de bodas. Aunque a mí no tuvieron que obligarme... Lo que me estaba esperando al otro lado de la puerta era lo suficientemente tentador. —bromeó seductor.

—Así parece... —respondió ella sonriente—. Y bien, aquí estás...

—Y bien, aquí estoy... —repitió sin quitarle la vista de encima a su esposa—. Elizabeth... Siento no haberte dicho antes que eres la mujer más hermosa de todos los mundos existentes. Porque lo eres.

—Y yo siento el no haberte repetido más veces que eres el esposo más bello del universo. Pero no has venido aquí solo a hablar, ¿O si? —preguntó con una risita suave.

Thorin sonrió, pero no de la misma manera tierna e inocente en que siempre lo hacía. Esta vez había algo más... Un halo sensual en su mirada y sonrisa de lado que la humana interpretó sabiamente.

Ella observó de reojo la cama ante ellos y le echó una mirada incitadora a Thorin. Caminó como para recostarse.

—No. —dijo él casi susurrando.

—¿No?

—No.

Thorin se acercó a Elizabeth lentamente y la rodeó observando su cuerpo de arriba a abajo. El primer contacto que tuvieron fue el de los labios del enano sobre el lado derecho del cuello de la humana.

Uno de sus brazos rodeó la cintura de ella, atrayéndola lenta y sensualmente hacia su cuerpo; la espalda de Lizzie recibió todo el calor del pecho de Thorin, mientras sus labios le recorrieron el cuello subiendo hasta el lóbulo de su oreja. Su otra mano subió hasta el cordón del vestido, sobre el pecho de la humana. Tiró de uno de ellos con suavidad pero el nudo no se deshizo, por lo que ella lo ayudó a deshacerlo para luego tirar de la blusa, dejando sus hombros al descubierto.

El enano presionó sobre el vestido de Elizabeth, que cayó pesadamente al suelo, dejándola en ropa interior.

—Creí que eso sería todo. —susurró al oído de ella, haciendo alusión a la ropa interior que ella llevaba.

—¿Creíste que me desnudarías de un solo movimiento y primero, sin que yo te quitara algo también? Estás muy equivocado, Escudo de Roble. —respondió ella riendo. Thorin la giró rápidamente, para observarla de frente.

—No, pero debo reconocer que me siento como si realmente ya no te quedara nada por quitar.

Colocó sus manos alrededor de su cintura y la acarició subiendo por su espalda, mientras ella quitaba los cordones de las prendas de él. Unos segundos después abandonaría esa piel para levantar los brazos y ayudar a Elizabeth a quitarle su túnica.

Lizzie ya conocía el torso al descubierto de Thorin, por lo que al despojarlo de la parte superior de sus ropas fue al encuentro de su boca. Comenzaron a besarse lentamente. Thorin trepó por la espalda de Lizzie hasta su brasier. Ella se separó de él sonriendo divertida.

—Déjame enseñarte cómo se hace. Estoy segura que ningún enano pudo hablarte de estos ganchos. —Ambos rieron mientras ella le enseñaba cómo desabrocharlos.

Las tiras del brasier cayeron por los hombros de Lizzie y pronto sus pechos quedaron al descubierto. Thorin quedó viéndolos por un segundo y luego los tomó en sus manos. Volvió a besar a Elizabeth esta vez apasionadamente y comenzó a dar pasos guiándola hacia la cama.

Al caer sobre ella se acomodaron, él sobre ella al principio. Las manos de Elizabeth bajaron buscando el cordón de los pantalones de Thorin y al llegar a su destino lo supo. Se separó un poco de él.

—Ayúdame a quitarme esto.

—Pero... Liz...

—No sé cuánto tiempo más aguantarás así... Y la primera vez suele ser muy corta.

Ella guió las manos de Thorin hasta su cadera y él hizo todo el trabajo. Le quitó lo que quedaba de su ropa interior bajando hasta sus pies y dejando la tela que la cubría sobre la cama, mientras subía besando sus piernas. Se detuvo un momento entre ellas y Lizzie levantó la cabeza.

—Tienes que ser muy suave en esa parte porque es algo delic...

Thorin se perdió ante la vista de Elizabeth, que pasó de verlo, a ver el techo de la habitación mientras su espalda se arqueaba por el placer. Dejó salir un pequeño gemido.

—Veo que... Lo entendiste muy... Bien. ¡Oh Dios!

Thorin trepó hasta el torso de Elizabeth, besando brevemente sus pechos y llegando hasta su rostro. Ella entonces lo lanzó de espaldas sobre la cama e hizo lo mismo. Desató el cordón y le quitó la ropa interior; luego se posó sobre él.

Elizabeth apoyó una mano sobre el torso de Thorin y ambos se miraron a los ojos... Ella lo ayudó y lentamente comenzó a balancearse sobre él. Ninguno de los dos dejó de mirarse durante todo ese tiempo. Lizzie arqueó su espalda hacia atrás gimiendo despacio y él la tomó por la cadera atrayéndola más a su cuerpo.

Unos minutos después ambos inmersos en un apasionado beso rodaron sobre las sábanas.

—No quiero echar todo mi peso sobre ti. —dijo Thorin respirando agitado—. No creo que puedas soportarlo.

—Está bien... Yo no creí que duraras tanto como para hacerme sentir plena la primera noche. —contestó ella entre risas y respiración entrecortada.

—Bueno... No soy un humano, Liz.

—Qué bien, porque no quiero que pares.

—No pensaba hacerlo. —acotó y volvió a entrar en ella.

El amanecer los encontró abrazados sobre la cama, besándose vagamente, hallando el sueño luego del cansancio entre las sábanas, el sudor y la perdida falta de experiencia de Thorin, enlazado a su esposa.

Lejos de la Tierra Media, la mañana despuntaba en Coeur d'Coeurs, más precisamente con el sol ingresando en la habitación de Ned, quien también había tenido una larga noche junto a Charlotte.

—Ya no conozco otro roce que el de mis manos con tu piel y es maravillosa. Podría pasar mi vida entera acariciándote, Chuck. Tu piel es increíble.

—Ya... No digas nada más y solo bésame. Que un segundo alejada de tus labios me parece una eternidad.

Nada había cambiado para el resto de la ciudad en el mundo de Ned, pero quizás el beso que fundía el romance de sus dos habitantes más importantes, hacía que esa mañana fuera más dulce.