El aroma de un pie recién horneado despierta el apetito del detective Emerson Cod, que acaba de llegar de la morgue junto a su nueva compañera, Olive Snook. Es un caso difícil esta vez, pero ambos confían en que todo saldrá bien, al menos pudieron preguntarle a la víctima qué sabía sobre su asesinato...
Emerson se adelanta a Olive, quien se ha quedado prendada de su clon favorito, su novio Garrett, a quien en este momento se le está colgando del cuello, reclamando un beso de bienvenida. No se ven desde esta mañana temprano cuando sonó el teléfono indicando que había trabajo por hacer.
El detective se sienta en una mesa y levanta su dedo pidiendo ser atendido. Es una mañana tranquila con pocos clientes; últimamente la pastelería desborda por las tardes y los miembros de la familia deben cubrirse los turnos unos a otros para descansar y atender con la mejor predisposición, pero al ser de mañana está muy tranquilo. Elizabeth, o Lady Oakenshield, como le llaman ahora, se acerca libreta en mano, sostiene una cafetera en la otra, y una gran sonrisa en su rostro.
—¿Qué es eso que acaba de salir del horno? Lo huelo hasta aquí. —pregunta Emerson con gran curiosidad, mientras Thorin frente a él levanta la vista sorprendido; estaba tan ensimismado en las finanzas del Pie Hole, que no había visto ni oído al detective hasta ese momento.
—Manzana y canela, la especialidad del rey.
—Quiero una de esas.
—Muy bien. —Mientras sirve su café, mira de reojo a su esposo que ha vuelto a enterrar su nariz en sus asuntos financieros—. ¿Arándanos? —sugiere sabiendo que sin importar qué tan concentrado esté, le prestará atención a su voz.
—Duraznos esta vez.
Elizabeth asiente y se inclina a besar la mejilla de su esposo, pero este comienza a moverse para ponerse de pie.
—No. El doctor dijo que nada de movimientos bruscos.
—Solo estoy inclinándome, Thorin, ¡Por Dios!
—Demasiado que estés trabajando y solo porque él te recomendó caminar. Pero en quince minutos te quiero descansando. ¡Fili! —grita y su sobrino acude a él secándose las manos con un repasador—. Relevarás a Liz en unos minutos, ella te dirá cuando —Se dirige nuevamente a su esposa—. Quince minutos, preciosa, no más.
Thorin se acerca a besarla y posa su mano sobre el vientre de Liz, ya avanzado en su embarazo. El enano no sale de su asombro de lo tierno que le parece el estado de su esposa. Finalmente, luego de intentarlo sin éxito por un largo tiempo, Durin había decidido bendecirlos con una niña. Y ahora los esperaba la sorpresa, ya que ninguno había querido que se les diera a conocer el género del bebé.
Kili se acerca a ellos con dos niños de la mano. Thorin alza a la pequeña de largos rizos azabache y ojos celestes. Llevaba un vestido azul haciendo juego con los adornos en su cabello.
—¿No estarás haciendo renegar al tío Kili, verdad? —La niña niega riendo—. Si te portas bien mientras mamá y papá trabajan, en la noche te contaré la historia de cómo el gran guerrero Dwalin, hijo de Fundin, se enfrentó a los malvados trasgos y casi perdió una de sus amadas hachas.
—Oh no, no sus hachas. —responde la niña horrorizada.
—Lo sé, es aterrador.
—Tío, —llama Kili—. Me preguntaba si Tauriel y yo podíamos llevar a Dis y Frerin al bosque. Creo que es una buena edad la de ambos para comenzar a usar el arco.
—¿Es seguro? —pregunta Liz echando una mirada de preocupación sobre su esposo.
—Mi padrino vendrá con nosotros. —acota el pequeño Frerin, aún tomado de la mano de su padre.
Kili y Tauriel habían tenido al niño un año antes que Elizabeth diera a luz; el pequeño era una mezcla entre ambos padres, y a pesar que a los herederos de Durin les gustara alardear sobre que era un enano muy alto, lo cierto es que Frerin era un elfo muy pequeño. Tenía las orejas y el cabello de su madre y poseía gran sabiduría y elegancia propia de los hijos del bosque.
—Creí que tu padrino había venido a ver a su padre. —dice Liz.
—No viajé hasta aquí solo para quedarme encerrado en la cocina con mi padre. Mucho menos cuando comienza con las órdenes.
Legolas aparece detrás de ellos y posa una mano sobre el hombro de la humana. Había decidido comenzar con los viajes de la Tierra Media al mundo de Ned, luego que Elizabeth y Thorin, antes de irse, trazaran un mapa con la ruta para él, para no perder contacto con su amado padre.
—Oh, lo siento... —Se excusa la humana—. Es que se pone así cuando hay muchos pedidos. Entre los comensales de la tarde y nosotros yendo y viniendo por su territorio... A veces estamos muy atareados.
—Ya ves que pedí mi tarta de manzana y canela y nadie la trajo. —acota Emerson desde su asiento.
—¡Ya...! ¡Ya va! —dice Elizabeth y se vuelve a Legolas—. Si tú vas, y Thorin está de acuerdo, dejaré que Dis vaya con ustedes, pero te la encargo especialmente. Es algo traviesa y no quiero pasar angustias. No es bueno para el bebé.
La humana se aleja hacia la cocina dejando a los demás deliberando en la sala. Al ingresar casi se choca con Charlotte que iba en dirección al salón. Ambas sonríen pidiéndose disculpas y siguen su camino.
La relación entre ambas había mejorado muchísimo al regresar la humana con Thorin, convertidos en esposos. Chuck finalmente entendió que ella estaba allí para trabajar y en ningún momento había pretendido a Ned; solo eran fantasmas que la viva otra vez veía por el miedo a que su novio perdiera interés por ella, al no poder tocarla.
Charlotte sorprende a Ned por detrás subiéndose a un banquito y tapándole los ojos con sus manos. El pastelero sonríe instantáneamente y voltea a besarla. Sin plásticos, sin mantener distancia.
Habían pasado ocho largos años desde que descubrieran que Ned ya no tenía el don y podían tocarse... Desde ese entonces todo en su vida había sido un eterno festival de besos, abrazos, caricias tiernas y mucha cercanía. Entre su maldición superada, y la vida en familia que llevaban con el resto de los clones agrandándose a cada momento, podían decir que eran inmensamente felices.
—¿Dónde está? —pregunta Ned mirando insistentemente la cocina.
—Tranquilo, lo dejé con el amo y señor de la templanza. Está tranquilo.
Al ingresar Elizabeth a buscar la porción de tarta que Emerson había pedido, no solo encuentra la dulzura en el pie que se dispone a cortar, sino también la oye al otro lado de la mesa.
Thranduil canta una canción de su reino, en Sindar, para el hijo de Ned y Chuck de apenas unos meses, que lo observa con los ojos bien abiertos desde su cochecito. El antiguo rey de los elfos del bosque no tiene una gran voz, pero entona bien y aunque ella no entiende el significado de la canción, se le ocurre que debe ser una letra muy tierna, o al menos así suena en los labios de él.
—¿También le cantabas a Legolas? —pregunta observando al niño.
—Si, aunque no para dormir. Los elfos no dormimos... Este bebé parece un elfo, voy por la tercera canción y no ha pegado un ojo, tal vez no le guste mi canto. —acota Thranduil sonriéndole al bebé.
—No creo que sea eso, tal vez le gusta tanto que no se quiere dormir para seguir escuchando. Le das paz.
Elizabeth no aparta la mirada cuando Thranduil levanta la vista hacia ella y la observa como desde hace ocho años; amoroso y nostálgico. Es paciente y ella sostiene en su interior que no será. Aunque de cuando en cuando, una fuerza poderosa y mágica los une en sueños al mismo tiempo, despertándola de un golpe, exhausta como si el encuentro se hubiera dado en verdad. El elfo, lejos de ella, descansa en un bosque y recobra el aliento sobre la rama de un árbol, imaginándose agitado al otro lado de la cama.
—Debo... Yo... Le llevaré esto a mi esposo.
Lizzie abandona la cocina con las dos rebanadas de tarta mientras Thranduil echa una mirada de reojo sobre el bebé.
—Esposo. —Lo dice en tono de burla y el bebé ríe—. No te enamores de una humana, no lo hagas... Te presentaré una elfa cuando tengas edad.
Por la puerta de la pastelería ingresa Joe, de traje azul marino y camisa blanca. En su mano trae un maletín cargado de papeles que parece pesado.
Se sienta en un sector del Pie Hole que han adaptado para trabajar desde la computadora mientras se disfruta de las delicias que ofrece el local, y Ned va a su encuentro con una cafetera en la mano.
—¿Cómo va todo? —pregunta, notando las ojeras en el rostro de Joe.
—Fatal... Tengo una pila enorme de exámenes que corregir. Todo indica que esta noche tampoco dormiré. Con suerte, tendré mi merecido descanso por unas semanas, y si estos jóvenes me prestaron atención durante las clases, también. Amo ser el nuevo profesor de la universidad, pero es agotador. Pero no hablemos de mí, es aburrido. —declara rodando los ojos—. ¿Qué tal todo aquí?
—De momento bien, incluso Lee está en la cocina tranquilo con Thranduil. —Se refiere a su hijo con Chuck; le habían puesto Lee en honor al padre de los clones quién venía regularmente a visitarlos, tal como Legolas lo hacía con su padre—. Oh... Tauriel estaba esperando que llegaras, no puede ingresar a su cuenta de Wattpad, y desde anoche está escribiendo en un cuaderno.
—¿Crees que hice algo mal? —dice la elfa acercándose con un anotador en sus manos.
—No, tal vez estén haciendo trabajos de mantenimiento, ocurre mucho estos días. ¿Qué estás escribiendo?
—Sobre cómo Kili y yo nos conocimos, y todo lo que atravesamos para llegar hasta aquí a ser felices. Tal vez cuando termine escriba la historia de nuestra familia desde mi perspectiva y preguntándole a los otros cómo ocurrió. —comenta entusiasmada.
—Se te da muy bien eso de contar historias, ¿Verdad? Llegué al final de la historia que escribiste sobre Lee y su pareja. Muy buena, ¿Eh?
—Oh gracias. —Tauriel baja la vista sonrojada—. ¿Crees que pueda acceder a mi cuenta desde su mundo? Me da vergüenza que lo lea.
—¿Por qué?
—Porque me tomé el atrevimiento de escribir sobre él y su amor sin siquiera consultarle, y no sé si las cosas allá realmente se dan así... Solo imaginé como sería.
—Estoy seguro que les encantará, a los dos.
El día pasó con rapidez. Todos estaban inmersos en sus actividades, cuando Garrett miró por una de las ventanas y sonrió.
—Oigan... —Sus ojos, ahora de un caramelo intenso, buscaron rápidamente a Ned—. Tenemos visitas.
El cielo se ennegreció de repente, dejando a todos a oscuras dentro de la pastelería. Thorin se levantó a buscar a su esposa, quien se acercaba a la puerta caminando con dificultad, como si cargara algo pesado.
—¡Liz!
—¡No, déjame!
El enano intentó frenar a Lizzie, pero cuando ella se enojaba, una gran fuerza se iba apoderando poco a poco de su cuerpo y se soltó de su mano sin hacer esfuerzo. Tal vez algo del oscuro poder que una vez la hirió y la tuvo al borde de la muerte aun habitaba en su interior.
—Por Durin, Elizabeth, vas a lastimarte.
Liz abrió la puerta y salió enfurecida.
La nave de Ronan el acusador abrió la compuerta, dándole paso al Kree azul, acompañado de un nuevo martillo reluciente, pero sin el característico brillo morado de la gema del infinito. A su lado, una mujer vestida con ajustadas ropas en amarillo y negro, y larga cabellera roja, comenzó a caminar hacia ellos. Al llegar a tocar tierra, Ronan se echó atrás con miedo, sosteniendo el martillo con ambas manos sobre su pecho.
—¡Tú! ¡Condenado engendro del demonio azul y galáctico! Llevo ocho malditos años esperando que llegues para borrarte esa recta y malvada nariz del rostro. ¡¿Quién te crees que eres para atacar a mi esposo?! Casi nos matas a todos, ¿Qué es lo que quieres ahora, eh? —Liz levantó sin esfuerzo la espada de Thorin y apuntó a Crystal—. ¿Y esta de traje engomado quién es? ¿Y por qué no tiene calor? Lindo cabello por cierto. —Sonrió a la mujer, pero se volvió enfadada hacia Ronan—. Pero no creas que me olvidé de ti, ¡Alien cara de arándano! ¡Ven aquí para que te parta en trozos y te cocine en una tarta! —chilló furiosa.
—¡Elizabeth! —Thorin llegó corriendo a su lado y sostuvo la espada en sus manos. Intentó quitársela pero no pudo—. Lo siento, Ronan. —Se disculpó sonriendo incómodo—. Mi esposa en ocasiones es un poco... Temperamental. —Giró hacia ella y masculló nervioso—: Lizzie, dame eso antes que lastimes a nuestro hijo y este Kree nos coma a todos.
Elizabeth miró de reojo a Thorin con gran enfado, pero relajó sus brazos, por lo que el enano tomó la espada en su poder y la sostuvo a un costado de su cuerpo, apuntando al suelo.
Ronan se acercó a ellos y miró a Elizabeth de arriba a abajo.
—Veo que no perdieron el tiempo. —mencionó refiriéndose a su embarazo.
Thranduil tardó en salir de la pastelería, pero lo hizo abriéndose paso entre los clones con un palo de amasar en la mano, en tono amenazante.
—¿Qué son todos esos gritos? ¿Elizabeth, estás bien? —inquirió asustado. La humana asintió mientras Thorin la tomaba de la mano, echando una mirada hostil sobre Thranduil. Luego de tantos años, los celos no habían cesado, incluso cuando el enano ignoraba los sentimientos del elfo hacia su esposa.
—Ella está bien, todos lo están. —advirtió Ronan—. Lo siento, no sé si Ned les contó que ahora estoy en paz y feliz. No pretendo hacerles daño, tranquilos.
—¿Vienes de visita? —indagó el pastelero llegando hasta él.
—De hecho... —dudó. Crystal tomó su mano para darle fuerzas.
—¿Se quedarán aquí? —preguntó el pastelero con alegría—. Tenemos mucho espacio en el edificio. Aunque no tanto como en la nave. Lo único, es que tendrás que quitarla de aquí porque... Sino siempre será de noche.
—Oh, no te preocupes por eso. No es mía... Esa explotó, ¿Recuerdas?
Ambos asintieron y rieron recordando lo que habían vivido mientras se encontraban en el espacio con Olive.
La nave rápidamente cerró su compuerta y se alejó. Ned, Charlotte, su bebé, y los recién llegados fueron a los apartamentos para hospedar a Ronan y su esposa. El resto regresó al Pie Hole, exceptuando a la humana, el elfo y el enano, quienes quedaron de pie en la acera.
—¿Te amenazó? —Thranduil se acercó a Elizabeth con preocupación.
—No, de hecho ella lo amenazó a él. ¿Liz cómo se te ocurre? —Thorin bufó y cerró los ojos intentando calmarse—. No puedes salir así, cargando mi espada en tu estado. Lizzie...
—Ese tipo nos puso en peligro una vez, Thorin. —Se excusó su esposa.
—Pero Ned dijo que... —Intentó explicar, pero fue interrumpido por Liz.
—No me importa lo que él haya dicho, no le tengo confianza. Antes solo éramos tú y yo, pero ahora tenemos a Dis y este otro bebé viene en camino. Yo... Tengo miedo, no sé qué pueda hacernos.
—No te hará daño. —Thorin y Thranduil hablaron al mismo tiempo y se miraron extrañados.
Elizabeth percibió la tensión de ambos flotando sobre ella, e instantáneamente abrazó a su esposo dándole la espalda a Thranduil. Aun estando de frente no se hubiera atrevido a mirarlo.
—Lo siento, a veces olvido que contigo aquí no tengo que preocuparme de nada más.
—Está bien. Ya... —Thorin tomó suavemente las mejillas de Elizabeth y la besó—. Te protegeré siempre, lo sabes.
—Si, pero a veces me gusta que me lo recuerdes. —susurró asomando una sonrisita por la comisura derecha de su boca.
Thranduil se había retirado a la cocina y pronto todos comenzaron a escuchar golpes muy duros sobre la mesada.
Joe entró corriendo y encontró al elfo azotando una gran porción de masa sobre el mármol de la mesa con expresión de ira. Éste lo miró y exclamó:
—¡Solo estoy amasando pan!
—¿Pan de celos... Digo, de lembas? ¿Pan de lembas?
...
—Así que... luego de una larga espera, ella regresó a mí.
Ronan y Crystal se hallaban sentados sobre los sillones floreados de Charlotte, contando cómo habían vuelto a encontrarse, y Ned después les platicó de cuando perdió su don y pudo tocar a Chuck por primera vez luego de despertarla y devolverla a la vida. Luego de todo lo acontecido, Ronan parecía mucho más agradable y todo indicaba que no volvería a hacerle daño a nadie. Después de todo, tenía lo que había deseado por mucho tiempo, que Crystal regresara a su lado por decisión propia. Entendiendo que el amor es aquello que no elegimos y se nos otorga, algo que no puede conseguirse a la fuerza. Si las relaciones son forzadas, entonces allí no hay amor. Lo que permanece unido bajo ese falso sentimiento como pretexto son intereses personales... no se puede vivir con un amor egoísta. Termina haciendo daño. Ronan y Crystal habían aprendido, y habían decidido regresar en paz y por propia voluntad; por amor.
La noche cayó rápidamente sobre la pastelería y el universo de Ned.
Thorin Escudo de Roble no se levantó de los pies de la cama de su hija Dis, hasta que esta se quedó profundamente dormida escuchando sus historias de Erebor y la compañía de enanos. Todos habían decidido educar a sus hijos sin mentiras, ya que por más locas que sonaran las historias, eran verdaderas. Por lo que Dis, Frerin, e incluso el pequeño Lee, crecerían conociendo los secretos de otros universos y con la libertad de explorar otros mundos si así lo deseaban, pero siempre ante la promesa de no revelar la verdad a otros.
El rey de los enanos arropó a su hija y luego de besar su frente, la observó un momento. No podía creer que Elizabeth y él fueran capaces de crear una criatura tan hermosa. Aún se debatían en si ella era una humana o una enana, ya que en el rostro era muy parecida a su padre, pero tenía la contextura física de su madre. Las orejas redondeadas, el cuerpo pequeño con dedos delgados... Todo indicaba que era una humana, pero al final de todo, lo que diría qué raza era la suya, sería la presencia o ausencia de barba en los siguientes años. De momento era una pequeña consentida y la dueña del corazón de su padre, que actualmente veía más por los ojos de Dis que por los de Lizzie. Aún así, había alguien más esperándolo para darle las buenas noches y no podía detenerse por siempre sobre la figura dormida de su pequeña.
Thorin caminó hacia su habitación con el propósito de abrazar a su esposa dormida en la cama, y dormirse con una de sus manos sobre el vientre de ella, haciéndole saber al bebé que venía en camino, que podría también descansar tranquilo, porque dos personas que lo amaban con locura estaban velando por él... O ella.
Pero al llegar a la habitación escuchó la voz de su esposa, estaba despierta...
—Dios mío, ¿Qué estás haciendo aquí?
—Vine por ti.
Thranduil se abrió rápidamente la túnica que traía, quedando a torso desnudo, y se abalanzó sobre Elizabeth, de rodillas a los pies de la cama. La tomó firmemente por el cuello y la besó con rapidez y pasión. La humana respondió cruzando sus brazos a la altura de la cadera y tirando de su camisón hacia arriba. De un momento a otro había quedado en ropa interior, besando al elfo, y enterrando sus manos en los cabellos rubios de este. Thranduil no conforme con el lugar donde ocurriría el encuentro, alzó a Lizzie y la desplazó por el cuarto sin dejar de besarla. La giró de espaldas, la arrinconó sobre una esquina de la habitación y recorrió todo su cuerpo tocándola y presionando su piel; haciéndola estremecer con su toque. Ella posó sus manos sobre la pared y se dio espacio, mientras él descendía a la altura de su cadera para quitarle la ropa interior que rodó por su piel hasta quedar tendida en el suelo. Con un movimiento firme, separó sus piernas y tomó su barbilla mientras terminaba de desnudarse. Pegándose a ella, habló a su oído tan cerca, que podía sentir el roce de los labios en su oreja.
—No tienes idea de lo mucho que te deseo ahora.
—Solo... Hazlo... Estoy lista. —declaró ella con palabras entrecortadas por la agitación.
Un minuto después, ambos fueron apresados por el placer.
La punta de la nariz de Elizabeth rozó la pintura blanca de la pared un segundo antes que el elfo la girara y levantara en brazos para continuar.
No estaba satisfecho y al parecer ella tampoco. Las piernas solas se le enredaron alrededor de la cadera de Thranduil como si conocieran el camino de memoria, y sus brazos hicieron lo mismo con su cuello. Se desplazó prendida a él y cayeron rebotando sobre el colchón, que ella percibió completo sobre su espalda.
No les importaba morir atravesados por los resortes; se mantuvieron pegados el uno al otro, y al finalizar, ella se incorporó con lo último de sus fuerzas, mordiendo el hombro del elfo para no gritar, a la vez que este gruñó hasta el último segundo de tensión para luego dejar caer su cuerpo sobre la humana, riendo con un sonido casi imperceptible.
—Esto... Esto tiene que parar. —susurró Elizabeth, rendida bajo el cuerpo húmedo del elfo.
Con un dedo deslizándose por la mejilla de la humana, Thranduil giró su rostro para dejarlo frente al suyo. La observó con ojos cansados mientras acariciaba la suave textura de su labio inferior.
—¿En verdad eso es lo que quieres? —Se acercó a ella y besó lentamente su boca, dejando un halo de aroma a canela a su alrededor—. Solo me detendré el día que digas que esto ya no te satisface. ¿Quieres que me detenga?
—No.
...
—¡No! —gritó Elizabeth y despertó respirando agitada, sentándose en la cama de un salto.
—¡Liz! —Thorin ingresó en la habitación al oír que su esposa estaba despierta y lo primero que hizo al ir a su lado fue posar la mano sobre su vientre—. ¿Qué ocurre? ¿Es el bebé?
—No... —negó y tomó el rostro de Thorin mientras lo miraba fijamente para asegurarse que fuera él y no Thranduil quien le hablaba—. Tuve un sue... Una pesadilla. —Se corrigió. Se acercó a su esposo y lo besó repetidas veces, alejándose de tanto en tanto para observarlo y retornar a sus labios—. Te amo. Te amo, Thorin. Te amo con todo mi corazón.
—También yo te amo, Liz. ¿Qué ocurre? Solo fue una pesadilla, tranquila. ¿Quieres contármela?
—¡No! —exclamó horrorizada, pero en segundos retomó la compostura—. Solo... Quiero olvidarlo y volver a dormir sabiendo que estás aquí, que eres tú y no alguien más.
Thorin sonrió comprensivo y se acercó a ella. Pego su frente a la de la humana y permaneció allí unos segundos, inmóvil. Sin separarse, tomó la mano de Elizabeth sobre el colchón y la posó por debajo de su cuello. La guió hasta encontrar su corazón y se detuvo allí; cerró los ojos y sintió debajo de su mano el tímido roce de los dedos de Lizzie doblarse y acariciar su pecho por sobre la ropa de cama.
—¿Sientes eso? Estoy aquí y soy yo; ningún otro corazón en este mundo o los otros, latirá solo para que al posar tu mano sepas que estás con el indicado. Incluso podrías arrancarlo de mi pecho y seguiría latiendo, solo para ti, porque te pertenece. Late porque tú estás conmigo. Así que todo estará bien, Liz. Estamos juntos.
Una lágrima rodó por la mejilla de Elizabeth mientras sonreía encontrando paz, dejándose envolver en los brazos de Thorin. Lo amaba, lo amaría por toda la eternidad y por eso le daba rabia sentirse tan bien bajo el cuerpo de Thranduil en sus sueños.
Thorin creyó que Elizabeth había soñado con su ex esposo, por lo que la ayudó a recostarse y espero a que ella se durmiera para luego permitirse conciliar el sueño. Hasta que comprobó que yacía imperturbable, estuvo acariciándola con una mano, mientras la otra descansaba sobre el vientre de ella, cuidando también del pequeño o pequeña en su interior.
Cerca de las cuatro de la mañana, Lizzie despertó y observó a Thorin acurrucado a su lado. Tenía una necesidad imperiosa de salir al balcón. ¿Por qué a las cuatro de la mañana? ¿Por qué al balcón?
Esperó un momento, pero luego no pudo impedir que los impulsos la quitaran de la cama y la llevaran a través del pasillo hasta la puerta del balcón. La deslizó suavemente y salió como cada día, acostumbrada a pisar la fría cerámica del suelo, aunque esta vez fue diferente. Debajo de sus pies sintió el césped suave y al levantar la vista, un imponente bosque que reconoció en minutos se alzaba altivo frente a ella.
Estaba en Mirkwood. Dio dos pasos hacia atrás asustada por lo que creyó podía ser una visión, y descubrió que llevaba puesto un vestido blanco como los que utilizaba en el reino de Thranduil y Legolas. Lo más alarmante ocurrió al bajar con terror la mano hacia su vientre y encontrarlo plano, vacío, sin su embarazo. La humana comenzó a mover su cabeza con desesperación a un lado y a otro pero todo lo que había a su alrededor era el frondoso bosque negro. Al voltearse, corrió y se abrazó a quien encontró delante de ella.
—Creí que estaba sola y me asusté.
—Lamento haberte hecho venir hasta aquí.
Elizabeth abrazó a Thranduil frente a ella; llevaba sus ropas del reino y la corona de ramas en la cabeza. Estaba de pie cerca de un árbol, y en el suelo a su lado había una jarra con vino y dos copas. Con sus manos, el elfo rodeó el cuerpo de la humana, dándole calor.
Elizabeth levantó la cabeza y besó el pecho de Thranduil a través de la rugosa tela de la túnica. Un segundo después sintió frío... y recordó. Se separó con temor de él, preguntándose porqué estaba allí cuando debía estar en su balcón, y porqué de repente se mostraba tan cariñosa con el elfo. ¿Dónde estaba Thorin? Y ese frío...
—¿Qué está pasando? —preguntó rascando la textura de la tela del vestido que la envolvía para no olvidar el detalle más importante: Su bebé no estaba.
—Necesitaba verte, luego de que huyeras repentinamente sin darme tiempo de explicar...
—¿Disculpa? —Lizzie pensó rápidamente en su salida al balcón, y decidió que todo eso debía ser un sueño, aún cuando se sentía muy real.
—Hoy más temprano... En nuestra cama, mientras te besaba te pregunté si querías que me detuviera, dijiste que no, pero te desvaneciste entre mis dedos. Despertaste y huiste de mí antes que pudiera explicártelo.
Como cuando se recibe un golpe en el estómago, Elizabeth abrió su boca pero el aire no entró ni salió. Tampoco un sonido. Apenas pudo girar su cabeza lejos de él con los ojos llenos de lágrimas.
—Oh. ¿Creíste que solo eran sueños? Liz... Algo que se siente tan real, que al despertar te hace preguntarte si realmente estuviste dormida, no puede ser solo un sueño.
—¿Por qué? —Lizzie susurró y comenzó a llorar.
—Porque es la única forma en que esto si será. Tú me deseas, yo te deseo... Pero no será en ese mundo. Allí le perteneces a Thorin. Y lo amas... Sé que lo amas, Elizabeth. —Los ojos del elfo se pusieron vidriosos y corrió su vista de ella, disgustado—. Así que comencé a preguntarme si tal vez... En otra realidad, en otro mundo, en un lugar distinto... Tú y yo podríamos ser. Y encontré este lugar. Solo debo cerrar mis ojos en la noche, pretender que sueño y transportarnos a este plano donde estamos solos, no existe nadie más y podemos amarnos. Al principio creí que no funcionaría... Que incluso aquí me rechazarías. Pero no, viniste a mí, nos encontramos en paz y con pasión, con todas las ganas que teníamos de vernos, de tocarnos, de estar juntos; tú y yo, los dos de acuerdo. Y lo supe... Si había una manera de hacerlo funcionar, sería aquí.
Elizabeth no podía creer lo que estaba escuchando. Todo lo que ella creía eran sueños y guardaba solo para sí, estaba pasando, y ocurría en un plano completamente distinto a la realidad que manejaba con los clones.
En otro momento de su vida podría haber pensado que estaba siendo manipulada por Thranduil, que de alguna manera lo habría escuchado a través de las paredes de su habitación, pero no. Si creía en la existencia de otros universos conviviendo a la vez, y lo había comprobado viajando de ida y vuelta a uno de ellos, entonces podría creer en esta posibilidad.
Ella y Thranduil estaban encontrándose en otro plano, ella estaba engañando a Thorin. Algo que se había prometido no hacer jamás.
—Esto tiene que parar. Estoy casada y amo a mi esposo. Estoy esperando un hijo suyo, ¡Thranduil, por Dios! —Elizabeth se detuvo un momento a pensar y abrió más los ojos con horror—. Dime que este embarazo es suyo, si es que aún estoy embarazada, ¿DÓNDE ESTÁ MI BEBÉ, THRANDUIL?
—Tranquila. Lo que ocurre en este plano no altera lo que ocurre en aquel, aun conservas tu embarazo en perfecta salud. Liz, no solo existen diferentes universos, sino también diferentes realidades. Allí estás con él, pero en este lugar nos amamos, y puede existir otra realidad en la que ninguno de los tres se cruce jamás. No sé lo que hizo Lee, o cuándo comenzó, pero rompimos una barrera y desde allí no han cesado de crearse nuevas realidades a las que podemos acceder o no por voluntad propia.
—No soy una persona diferente aquí, ¿Cómo es que recuerdo lo que ocurre entre nosotros al despertar? No es otra realidad... Es solo otro mundo al que escapamos. Y eso... Eso no está bien.
—No estás embarazada en este mundo, Liz. Y ese solo es un ejemplo.
—Tal vez tome otro cuerpo, pero mi alma sigue siendo la misma.
—¿Quieres que me detenga entonces?
—¿Cómo es que serás feliz si te detienes?
—No estamos hablando de lo que yo quiera, que es muy evidente... Estamos hablando de ti. Puedo no ir a tu encuentro nunca más si lo deseas... Te puedo ver en ese mundo y es todo lo que necesito para ser feliz, sin necesidad de tocarte. Dolerá y de cuando en cuando me dará celos, pero al final del día sonreiré porque estás a mi lado.
—Es una falsa felicidad.
—¿Quieres que me detenga? ¿Cómo te sientes ahora?
—Siento... Frío.
—¿Frío? ¿Dónde estabas antes de llegar aquí?
—Saliendo al balcón de mi casa.
Thranduil se acercó a ella y acarició su mejilla, Elizabeth intentó echarse atrás, pero por alguna razón, no se movió.
—No estás lo suficientemente dormida, por eso conservas pedazos de la realidad aquí... —dijo sonriendo, mirando por sobre la cabeza de ella.
—¿Qué?
—Si estuvieras en un lugar donde nada te perturbara, te entregarías a mí sin problemas. De hecho lo hiciste, olvidaste a Thorin cuando besaste mi pecho.
—No tiene sentido que disfrute de esto si al regresar a la realidad lo recordaré con culpa por dañar al hombre que amo.
—Si no recordaras estos encuentros al despertar, ¿Vendrías?
Elizabeth lo pensó un momento. La respuesta segura hubiera sido negar que quisiera estar allí con él, pero lo cierto es que era una mentira. Disfrutaba de lo que ella creía eran sueños, se sentía muy bien... Aunque al despertar solo quería enrollarse y perderse entre los brazos de su esposo, al cual amaba profundamente. Pero había regresado. Los sueños se habían vuelto recurrentes, ocurrieron más una veintena de veces en esos ocho años y todo el tiempo ella había acudido a Thranduil con libertad y por deseo, sin arrepentirse. Sentía culpa, pero no se arrepentía. Aunque lo hacía pensando que eran las locuras de su inconsciente jugando al anochecer, pero no. Todo era real, en otro plano, pero real.
—¿No se sentiría acaso como un engaño? Si yo regresara sin recordar nada, tú sabrías lo que ocurre entre nosotros pero yo no.
Thranduil quedó de pie observando a Elizabeth, su expresión serena se tornó oscura.
—¡¿Qué es lo que quieres de mí, mujer?! Quieres estar aquí, pero te sientes culpable por Escudo de Roble al recordarlo todo en la mañana, quieres olvidarlo por él, pero te sentirías mal si lo olvidaras por ti. Dime, ¿Qué es lo que quieres?
Elizabeth comenzó a caminar de un lado a otro en línea recta, de haber sido una comedia, hubiera creado un pozo en el camino. Se sentía acorralada y una mala esposa, pero a su vez no quería renunciar a aquella sensación tan placentera que tenía en sus encuentros con el elfo. Finalmente luego de un rato de deliberar bajo la insistente mirada de Thranduil, se detuvo y habló:
—¿Qué es lo que quiero? Quiero olvidarlo al despertar, pero seguir viniendo aquí, así como ahora. Quiero darte lo que quieres, quiero disfrutarlo. Que tengas el final feliz que tanto anhelas, tal como Thorin encontró el suyo estando conmigo. Soy feliz estando aquí, pero también allá y no te lastimaré regresando a mi vida con mi esposo, pero si lo lastimaré a él si sé lo que está ocurriendo. Prefiero olvidarlo.
Thranduil bajó la vista arrugando la zona de la nariz y levantando un poco el lado derecho de su labio inferior con cierto enfado. No quería cederle ni un poco de terreno al enano, ni hacer nada por su bienestar, pero al fin y al cabo era él quien estaba invadiendo lo ajeno, y ya no quería perder del todo. Si se negaba, entonces Elizabeth ya no estaría con él de ninguna manera.
—Solo si tu prometes venir aquí sin ningún tipo de recuerdo del exterior, de tu otra vida. —negoció el elfo.
—No puedo manejar tal cosa. —respondió Elizabeth con seguridad.
—Si puedes. Debes estar en un lugar que te permita dormir profundamente, por ejemplo tu cama. Solo vendré en las noches, no lo haré en todas y al despertar creerás que solo fue un sueño. No puedo prometerte que lo olvides, eso no sucederá, pero creerás que no es real.
Elizabeth comenzó a caminar nuevamente de un lado a otro evaluando la situación, Thranduil entonces soltó la frase de mala gana.
—Puedo hacerte creer que es él... —Lizzie se detuvo a mirarlo fijamente—. Estarás conmigo, pero al despertar creerás que fue él, lo recordarás así.
—¿Cómo es que puedes hacer todo eso? —inquirió intrigada.
—Medicina élfica. Por ejemplo, un encantamiento cubre la mitad de mi rostro quemado por el fuego de un dragón.
La humana se echó atrás asustada mientras Thranduil, con expresión de dolor en el rostro, poco a poco fue revelando su verdadera forma.
La mitad de su cara carcomida y quemada por el fuego hasta la altura de su ojo apareció frente a los ojos de ella, y rápidamente se desvaneció volviendo a su forma original, aparentemente curada, del rostro del elfo. Él suspiró ante la expresión de Elizabeth, que había permanecido respirando con la boca abierta desde que vio su herida.
—Tal vez ahora que te mostré quién soy en realidad, no puedas amar a un monstruo. —Se lamentó. Ella se acercó, tomó sus manos y las besó.
—Tú no eres un monstruo. Tal vez podría amarte si no tuviera presente a Thorin en este momento. —declaró con una sonrisa, que el devolvió alegre.
—Tal vez en la habitación...
—Definitivamente en la habitación. —Se abrazó a Thranduil—. Creo que... Debo regresar.
—¿Volverás aquí entonces?
Thranduil vio a Elizabeth asentir mientras desaparecía de sus brazos. Abrió los ojos y se encontró nuevamente recostado en el césped, entre las margaritas que cubrían el parque cerca de la pastelería de Ned. Mirando las estrellas, mientras sonreía se dijo a sí mismo: «Al fin el final feliz, el verdadero final feliz.»
Elizabeth se abrazó al cuello de su esposo, quien la llevó de nuevo a la cama luego de encontrarla dormida acurrucada sobre la reja del balcón; estaba tiritando por el frío. La cubrió con mantas y se recostó a su lado. Ella tomó su brazo y se aferró a él. Un momento después abrió los ojos de un golpe y bajó la mano hacia su vientre. El bebé seguía allí.
—¿Ocurre algo? —Thorin levantó su cabeza sobre ella.
—¡Pateó! El bebé pateó. —exclamó y giró hacia él colocando la mano de su esposo sobre su vientre.
—¿Qué? —Otra patada. Esta vez, Thorin la percibió y sonrió sin quitar la mano de su barriga. Con el alma rebalsando de felicidad, la besó y acomodó su cabeza en la almohada muy junto a ella—. Te está regañando por andar de sonámbula en el pasillo, lejos de mí. Echaba de menos a su padre.
—Solo lo hice para ver si estabas atento a mi partida. —bromeó.
—Creí que te habías levantado por un vaso de agua, o al baño. Últimamente este enanito parece vivir sentado sobre tu vejiga. —mencionó, haciendo alusión a la cantidad de veces que Elizabeth debía orinar por día desde que llegara a esa etapa del embarazo.
—Entonces si supiste que no estaba.
—Por supuesto. Siempre sé cuando te vas... Me siento triste y despierto. Temo que algún día que te busque y no te encuentre, muera de pena.
Liz se giró hacia él y lo besó tiernamente. Cerró los ojos y se quedó muy junto a él para sentir el calor de su respiración. Antes de dormirse otra vez susurró: «Jamás me iré de tu lado. De hecho... Incluso en el balcón estaba soñando contigo.»
El alba encontró a los clones y su familia con el sol besando sus cabellos para darles los buenos días.
Ronan se hallaba dormido junto a su esposa Crystal, despreocupado e ignorando que Joe había dejado su ventana abierta y escucharía su despertador, que sonaría en cinco minutos perturbando su paz. Joe había olvidado apagarlo la noche anterior; no lo necesitaría, después de todo, planeaba pasar la noche corrigiendo exámenes, cosa que hizo sin cesar, encontrándolo el sol poniendo la última nota al último examen de la pila. Luego de ello se levantó a admirar la vista para ver el amanecer y sonreír pensando en lo afortunado que era, e idealizar la rebanada de tarta que comería más tarde. El despertador sonó, Ronan gruñó y maldijo a quien lo quitara de su placentero sueño. Joe disfrutó el momento riendo antes de pedir disculpas.
Quien estaba soñando con tartas y otras exquisiteces sobre una mesa gigante, era Fili, con el cuerpo sobre el colchón tapado por las mantas, excepto su pie izquierdo; ese rebelde siempre se salía a respirar. Tauriel cerró la puerta de su habitación sonriendo. Lo dejaría descansar unos minutos más mientras se acercaba sigilosamente a la cama de Kili, a quien despertaría con besos y caricias. Al abrir la puerta, lo encontró a medio vestir sobre el borde la cama. Él sonrió y le guiñó el ojo mientras ella pasaba cerrando la puerta.
A veces no necesitaban palabras para entenderse.
Mientras tanto, Olive y Garrett competían en la terraza del Pie Hole a las risotadas, para comprobar quién de los dos se lucía más al exponerse a los rayos solares, los cuales hacían ver su piel brillante como diamantes.
—Ay vamos, ya sal de ahí, ¿O qué? Me vas a dar la victoria tan simple...
Olive aún debajo del techo de la habitación, oculta del sol, observó sonriente a su novio.
—¿Tengo que ir a buscarte? ¿De verdad? —Garrett se levantó y corrió hacia ella enseñando los colmillos, y poniendo con sus manos como garras. Su rostro era tan gracioso que hizo a Olive estallar de risa.
—No puedes asustarme con eso, ya me mordiste una vez.
Thranduil debajo escuchaba sus risas y sonreía mientras esparcía la harina sobre la mesa de la cocina. Su hijo, a su lado, seleccionaba las frutas para las tartas preguntándose porqué su padre se veía tan feliz; qué o quién se había adueñado de ese brillo en sus ojos que no había visto por muchos años, pero que veía relucir en las pupilas de su padre y se dejaba sentir en las alegres canciones en sindar que Thranduil silbaba desde esa mañana. Al preguntarle, el elfo contestó riendo, pensando en su secreto, «Nada... ¿A mí? A mí no me ocurre nada» dijo con una sonrisa que no engañaría a nadie.
Una canción en particular despertó a Elizabeth, quien al abrir sus ojos, encontró a Thorin ya vestido y listo para arrancar el día, tirado de costado sobre la cama muy cerca de su vientre, el cual acariciaba con ternura. Si hubiera tenido que elegir un momento en el cual quedarse viviendo eternamente, hubiera sido ese.
Thorin observaba la barriga abultada de Liz con un amor incondicional en sus ojos, que solo había visto otras dos veces en su vida, durante su primer embarazo y el día de su boda. El enano entonaba dulcemente una canción de su pueblo, en el idioma de los enanos, el khuzdul. Cuando le preguntó qué decía la letra, él respondió que era una canción de cuna que su padre solía cantarle. Hablaba sobre un niño que se convertiría en un guerrero fuerte y honorable, digno de la admiración de su pueblo y el amor de una doncella. Lizzie se enterneció y estiró los brazos, yendo Thorin al encuentro de su esposa, su doncella en la canción. Dis apareció corriendo y se subió de un salto a la cama abrazando a su padre y dándole los buenos días a ambos. El enano y la humana se miraron tiernamente sabiendo que en su vida no encontrarían familia más bella que la suya.
Familia... Los días habían pasado, las estaciones volaron una a una y todo permaneció en armonía.
Ned se detuvo a observar el portaretratos que Charlotte había armado para él. Era un conjunto de fotografías en diferentes marcos unidos, adornando la pared del Pie Hole. A su izquierda estaba la foto de Lee, su pequeño hijo que crecía fuerte y alegre; un poco más abajo él y Chuck disfrutaban de un día de campo sobre el césped, cuando aún no podían tocarse. A la derecha, la foto de ambos era mucho más alegre. Charlotte aparecía en brazos de Ned, dándole un beso. Esa imagen siempre lo hacía sonreír y pensar en el dulce presente. Debajo, una foto de los niños del Pie Hole, su hijo junto a los de Kili y Thorin haciendo travesuras con las manos, los rostros y la ropa manchadas con pintura de todos colores. Rió al recordar ese día y echó una mirada de reojo a la pared de la cocina, con las formas de las manitos de los niños estampadas como sellos. En medio del collage casero y tierno, estaba la imagen de Thranduil, con delantal y gorro de cocinero, coronado empleado del mes. Por último volvió su rostro al portaretratos a contemplar con cariño la foto de en medio, la más grande de todas. Ese atardecer fue especial, el cumpleaños más divertido que Ned había tenido jamás. Todos los clones estaban allí con su familia, incluso Whit, Roy y Calpernia habían acudido para agradecerle el haberles ayudado a encontrar sus finales felices. Todos estaban allí, de pie, sonrientes y plenos. Al pie de la foto, Ned y Lee, el actor padre de los clones, estaban sentados y abrazados con una expresión de felicidad que quedaría plasmada en ese tierno recuerdo por siempre. Ned se quedó contemplando la familia que tenía ahora y recordó como una película en su mente todo lo que habían pasado hasta llegar allí, hasta encontrar sus finales felices. Suspiró satisfecho y se dijo a sí mismo: «Buen trabajo.»
La campanilla sonó y lo obligó a girar hacia el salón de la pastelería. Una mujer de unos setenta años ingresó y se sentó junto a la ventada. Le sonrió a Ned y a Tauriel, que ya se estaba acercando a la mesa con la librerita en sus manos para anotar lo que quisiera pedir. Ned suspiró una vez más y miró a la cocina... Los hornos prendidos, las tartas sobre la mesa, el aroma dulce y el ambiente alegre. Viendo rostros familiares donde mirara, se adentró y se colocó frente a la mesa, al otro extremo de donde Thranduil cortaba unas porciones de tarta de frutos del bosque. Comenzó a amasar y mantener una conversación amigable con el elfo.
—Va a ser un día atareado. —Thranduil preparó los platos que pronto Tauriel entraría a llevarse para los clientes—. Tengo seis tartas en el horno, pero no sé si serán suficientes. Más lo que ya hay en exhibición, y... ¿Ves eso de ahí? —Señaló una gran cantidad de papeles pegados sobre los azulejos—. Son todos pedidos para hoy. Un día muy dulce. —Sonrió.
—Oh, solo otro día en el paraíso. —contestó Ned. Él y el elfo se miraron con alegría, cada uno a su lado de la mesa. El elfo asintió en silencio y regresó a su trabajo.
***Gracias a todos por leer y acompañar esta historia hasta el final***
