Parte 5

Damián moría, con el rostro muy cerca del cuello del adolescente Oliver pudo adivinar de claro y evidente que no le quedaba más de un día como mucho.

Acarició su mejilla blanca y sus labios pálidos como la cera, no se atrevió a más en aquel momento, sus ojos fueron cuidadosos a la puerta, allí por donde en algún momento pasaría la enfermera a asegurarse de que todo fuera bien.

Volvió a ver de vuelta el rostro de Damián, pálido como la muerte, anhelaba acariciar sus mejillas hasta el amanecer, besas sus labios y decirle en voz alterada llena de aquellos profundos haberes de los afectos que son humanos y eternos por ser reales, deseaba hacerlo, convertirlo en algo semejante a lo que él era, quedarse con él...

Al inicio Damián le resistiría, el infierno lo sabía, le maldeciría... pero con el tiempo... solo, incapaz de volver a los brazos de su familia tendría que quedarse con él... con el tiempo Oliver lograría que Damian volviese a amarlo, pues evidente era que sentía algún tipo de atracción por él.

Empero... aun no era el momento, le faltaba valor.

Cerro los ojos unos segundos antes de levantarse del banco al lado de la cama de Damian, y fue hasta la puerta hasta tomar el pomo de cobre; el frio del metal, suave como el hielo ascendió por todo su brazo y se extendió como una oleada vengativa y venenosa... estuvo a punto de retirar el brazo solo para descubrir que no podía, el veneno subía por toda la extensión de su extremidad como una llamarada de ira, venía lento y acerado... lo reconoció sin posibilidad de error, lo había sentido en el pasado un par de veces...

-Todd –rugió con furia malhadada y fijó sus ojos al frente...

Había hundido en el pecho despellejado del sacerdote, flechas ardiendo en fuego griego, tras alimentarlo de su sangre, sangre que le había hecho sobrevivir a las primeras horas de la implacable venganza del vampiro.

Estaba muerto y lo sabía... pero si Damián había vuelto... ¿porque no el sacerdote?

Sus labios musitaron un apresurado voto a los volátiles y vengativos espíritus que solían vigilar esa clase de umbrales, una promesa de libaciones de sangre fresca derramada sobre el dintel a cambio de su protección, el mismo que Damián le había enseñado casi en sus inicios. Contó hasta tres con algo parecido al temor martilleándole los costados de la cabeza, y apretando el metal con tal fuerza que los nudillos se le pusieron blancos, tiró.

La puerta de abrió de par en par.

Hubo una súbita bocanada de aire y un crepitar chocante, como un latigazo, Oliver sintió toda la fuerza del golpe sobre la vértebra exacta que unía cuello y espalda, cayó de bruces sobre el suelo de baldosas donde su cabeza rebotó con un tono hueco, casi musical.

A continuación, una fuerza desconocida lo recogió del suelo como si fuera una hoja seca y lo arrojó dando tumbos en dirección al corredor, tumbos después su cuerpo fue a detenerse, bruscamente y en una postura antinatural, contra el muro. La oscuridad del olvido se cernió sobre él como una bandada de negras aves de presa.

La sorpresa, lo mismo que la ira trataron de hacerse con el control de sus acciones, pero no era tonto, tenía siglos huyendo de cazadores, a los que más temprano que tarde había asesinado y enviado a responder por sus acciones ante Osiris, dios de los muertos.

Por otro lado temía por Damián, Todd era un maldito fanático ¿Qué le aseguraba que no deseaba destruir a Damián, que aún no dejaba de ser humano?

El antaño sacerdote llegaría pronto, muy pronto y él debía actuar.

Utilizó su sangre para curar sus lastimados cuello y cabeza y trató de alejar de sí las oscuras y sofocantes alas agitando las manos, ¿Cómo diablos había conseguido Todd, si era él, llamar tantos espíritus? Con tiento buscó a su alrededor algo, cualquier cosa con la que espantarlas.
Entonces, en medio de la presión de las sofocantes alas y las crueles garras, sus manos se cerraron sobre algo sólido, no supo bien que ni le importo tampoco, lo blandió frente a las aves, desesperadamente, con ambas manos, llamando las fuerzas de su maltratado cuerpo, una vez tras otra.

Poco a poco, la voraz presión de los cuerpos voladores empezó a retirarse. Al principio de uno en uno y luego en escuadrones aullantes y desafiantes, se alejaron, dejando huecos tras de sí y jirones de luz abrasadora tras su estela.

La cabeza le palpitaba y las manos le dolían por la fuerza con la que habían aferrado... ¿el qué? Oliver sacudió la cabeza tratando de aclarársela y al instante se arrepintió de haberlo hecho. El dolor regresó a grandes zancadas, aún más fuerte que antes.

Dejo el objeto a un lado, lamentando haber dejado de caminar con su espada atada al cinto de su cadera desde hacía 150 años, y apoyando la mano en la pared se ayudó para levantarse, quería estar parado y dueño de su magnífico porte cuando su enemigo llegara.

Confusamente se topó con su reflejo en una de las ventanas de las habitaciones del pasillo, daba miedo, su frente era una masa de cabello empapado de sangre que no lograba ocultar del todo el revelador blanco del hueso expuesto debajo de ella.

Como un muerto.

Puso a prueba su equilibrio y, satisfecho, se encaminó al otro extremo del pasillo hasta la puerta de Damian, quería asegurarse de que estaba cerrada cuando su enemigo llegara, con una sonrisa avergonzada, reparó en la sangre que corría por la jamba de la puerta y llenaba las grietas que había a ambos lados del umbral. Su sangre. Hay que ser muy cuidadoso, pensó, a la hora de prometerle algo a los olvidados que moran bajo los umbrales.

Estaba abierta, la cerró con un movimiento seco y luego se volvió a ver el pasillo, sus sentidos despiertos le advirtieron la llegada...

-Todd –susurro, el veneno del odio y el rencor haciéndose eco una y otra vez en su voz.

-Queen –dijo el joven avanzando hasta el frente y viéndole, de frente y sin perdón, ¿Cómo no lo había reconocido? Claro que el que había matado siglos en el pasado era más viejo... este era joven, un mortal del que se había alimentado...

Que amargo es el destino en verdad... pensó...