Entelequia: Cosa, persona o situación perfecta e ideal que solo existe en la imaginación.
Número de palabras: 1519
Aziraphale, como en muchas otras ocasiones en su longeva vida, no sabía cómo había llegado hasta ahí, con los ojos cubiertos por las manos de Crowley, quien lo había sacado de su librería con la excusa de darle una sorpresa.
—¿Ya puedo abrir los ojos, querido? —preguntó Aziraphale.
—Espera... ¡Listo, ángel! —dijo para luego, quitarle las manos de los ojos y mostrarle el dónde se encontraban.
El rubio palideció un poco al caer en cuenta de donde estaban. Se encontraban en Francia, específicamente, en París... Oh, cielos. Volteó a ver al pelirrojo, quien lo miraba con el rostro de lleno de expectación.
—Crowley... ¡En París casi me decapitan! —le recordó al demonio cuya cara se transformó completamente al darse cuenta de aquello. Lleno de vergüenza, Crowley bajó la mirada.
—Yo... yo... yo... —tartamudeó mientras Aziraphale creía que estaba al borde de un ataque de nervios —Lo siento, ángel, yo solo creí... es que todos los humanos van a París... bueno... —avergonzado, el pelirrojo trató de excusarse causándole ternura a Aziraphale quien no quería hacer sentir mal al demonio.
—No te sientas mal, querido —dijo Aziraphale mientras colocaba un mano en el rostro del pelirrojo —¿Por qué mejor no me muestras lo que has preparado para mí, está bien? —afortunadamente, aquellas palabras tuvieron el efecto deseado, ya que Crowley levantó la mirada y le dedicó una de aquellas sonrisas tenía reservadas solo para él.
—Bien, entonces sígueme, ángel —le dijo, ofreciéndole su brazo galantemente, Aziraphale lo aceptó encantado.
Lo siguiente que supo Aziraphale fue que se encontraba en lo alto de una azotea, con unas vistas privilegiadas de la hermosa ciudad y de la imponente torre Eiffel, que se alzaba iluminada frente a ellos. Miró a su alrededor y vio que el balcón estaba iluminado por velas y un montón de flores. Justo en el medio, orientada hacia la Torre Eiffel una mesa, preciosa y puesta para dos comensales. Era simplemente bello.
Sus ojos brillaron de emoción —¿Hiciste todo esto por mí, querido?
—¿Te gusto mi sorpresa? —preguntó Crowley sonriéndole.
No necesitó palabras, Aziraphale tan solo le abrazó fuertemente. Crowley río y lo abrazó de vuelta con infinito amor. El rubio se separó y le besó profundamente, con hambre, con adoración, con amor, con dulzura y con alegría. Todos esos sentimientos en tan solo un beso.
—Te amo —murmuró Aziraphale una vez se separaron.
Crowley le respondió con un rápido beso y dijo —Lo dices como si yo no te quisiera más —se miraron a los ojos sonriendo como dos idiotas enamorados y entonces el pelirrojo tomó su mano llevándolo hacia la mesa.
Cenaron tranquilos, olvidando los roces y discusiones que pudiera haber en el pasado, olvidando siquiera que en el mundo existían más personas que no fueran ellos dos, solo se miraban y reían mientras se decían lo mucho que se querían, pues no importaban que lo escucharan cada día de los labios del otro, siempre necesitaban oírlo.
Había una palabra para aquello, una palabra que muchos desconocían y por lo tanto no era casi utilizada: Entelequia. Algo perfecto e ideal que solo existe en la imaginación. Pero eso no era una fantasía. Era una realidad. La más perfecta y bella realidad.
—Gracias por la sorpresa, querido, me ha encantado. —dijo Aziraphale al término de la cena.
—Pues todavía queda algo más —mencionó el demonio y el ángel tan solo lo miró con expectación. Levantándose tomó su mano y lo guió cerca del borde del balcón – ¿Listo?
Aziraphale no sabía que estaba sucediendo, pero se fiaba de su demoniaca pareja. Sentir sus manos tomarlo firmemente, pero a la vez tan delicado lo hacían sentir seguro. Se abrazó a su pelirrojo, sabía que si estaba con él nada malo le pasaría, confiaba en él al cien por cien.
Cerró los ojos y notó la sensación de que se desaparecía y una vez volvió a sentir el suelo bajo sus pies su novio dijo —Ángel, abre los ojos.
Y lo hizo. Y una vez más quedó maravillado por lo que veía, estaba a los pies de la torre Eiffel, a su lado una banda de violines tocaba una suave melodía que le calentó el corazón. Estaban solos, en la oscuridad, solo iluminados por pequeñas velas y la iluminación de su alrededor
Por algo era la ciudad del amor. Y ahora mismo, Aziraphale estaba viviendo la situación más deslumbrante de toda su vida. El demonio le había sorprendido gratamente. Él, un demonio que pretendía ser frio e impío pero que en realidad era alguien bueno y con algo de bondad en su corazón. A veces podía seguir siendo un idiota, pero era su idiota y así le amaba.
Aziraphale no sabía porque su pareja se había tomado tantas molestias por él, no es que se quejara, pero no lo entendía, algo no cuadraba ¡Hasta se dio cuenta!
Crowley lo tomó de las manos y dio un largo suspiro, preparándose. Al principio estaba de lo más calmado, pero ahora, que era cuando más se apostaba por su futuro, su corazón iba a mil por hora y sudaba como un pecador en una iglesia. Volvió a suspirar y miró esos ojos azules que tan loco le vuelven y que tanta fuerza le dan y comenzó a hablar —Son un demonio, alguien condenado a una eternidad de pecados y sacrilegios, pero un día llegaste tú, en el momento exacto, en el lugar exacto, tú y tu sonrisa, y tu mirada...tu mirada llena de bondad. —Crowley cayó y miró hacia Aziraphale quien sonreía sin saber qué decir.
Apretó un poco más las manos de un sorprendido Aziraphale y prosiguió sonriendo —En ese jardín del edén me robaste el corazón, ángel, y desde ese momento supe que me tenías a tus pies, profesándote amor eterno hasta el fin de los tiempos. Y cuando me sonreíste, esa sonrisa terminó siendo la verdadera perdición para mí.
Aziraphale sintió ganas de llorar de emoción al ver a su demonio abrir su corazón, confesándole todo lo que sentía por él. Con los ojos brillantes observó en silencio, atento a lo que el pelirrojo le estaba diciendo —Ni siquiera recuerdo lo que te dije en ese momento, pero creo que fui tuyo desde ese mismo instante. Estaba incluso dispuesto en volver a ser un ángel solo para estar contigo —Aziraphale soltó una pequeña risa.
El demonio, aun nervioso, volvió a apretar cariñosamente la mano de su ángel —Te juro que desde ese instante hasta que me fui, ya me habías hechizado en cuerpo y alma. Con tu simple mirada y tu sonrisa, tú serías capaz de conquistar el mundo. Es como si después de ese instante, justo después de saber que me habías atrapado, me hubieras atrapado —Aziraphale soltó otra risa —No te rías, que es verdad, fue como un cortocircuito, pero fue el comienzo de todo... Ten por seguro que me importa tu felicidad y porque me arriesgo a que me lo partas en mil pedazos, pero sé que nunca harías eso, porque aun sin saber por qué tú me quieres como yo te quiero a ti.
Crowley se arrodilló y Aziraphale tan solo lo miró con los ojos abiertos de par en par. ¿No se lo creía, estaba pasando realmente? ¿O todo era una entelequia de su cruel imaginación? Quiso creer que era un sueño, pero allí seguía, en París, a los pies de la Torre Eiffel y rodeado de luces y una orquesta solo para él. Vio a su novio sacar una cajita de terciopelo rojo con una sonrisa —Desde que te vi esa primera vez, supe que estaría enamorado de ti toda la eternidad y que tarde o temprano me casaría contigo. He de admitir hubo momentos que me hicieron dudar de muchas cosas, pero jamás de lo que siento por ti, ángel. Te quiero, eres el amor de mi vida, lo supe hace 6000 años, lo sé hoy y lo sabré siempre, y por eso...
Abrió la caja y Aziraphale reprimió un grito cuando el sublime anillo que había dentro. Era un anillo elegante, sencillo, pero a la vez demostraba que lo mucho que había costado. La piedra era enorme, un enorme diamante que relucía debido a las luces de la Torre Eiffel. No podía creerlo, ¿Podía ser más afortunado? —Aziraphale, por favor, ¿quieres casarte conmigo?
—Crowley, sí, sí me quiero casar contigo —Se separó de su pareja, ahora prometido que se levantó y colocó el anillo en el dedo del rubio. Sonrieron como dos bobos enamorados, por fin, por fin iban a casarse y no cabían en felicidad.
Sin aguantarlo más, Aziraphale tomó por las mejillas al pelirrojo y le dio el beso más profundo y hermoso que jamás le había dado. El demonio claramente lo respondió al segundo con el mismo afecto que el que su ángel le otorgaba.
Y allí, a los pies de la Torre Eiffel, un ángel le dijo que sí a un demonio, iban a casarse. El beso se volvió más y más pasional, una guerra de brazos y lenguas que ninguno estaba dispuesto a perder. No, no era una entelequia, no era una fantasía ni una ilusión, era su realidad.
