Inmarcesible: Que no puede marchitarse.
Número de palabras: 1382
Decir que su felicidad e imperturbabilidad sería eterna, era solo una falacia.
Y lo confirmaron cuando acosos, los acechos y las persecuciones por parte de ambos bandos se convirtieron en tremendos dolores de cabeza imposibles de ignorar.
Detener el fin del mundo no es suficiente para obtener la inmunidad a las represalias que puedan venir del cielo y el infierno. De hecho, aquella fue la razón por la que terminaron convirtiéndose en prófugos.
Prácticamente entrenado para mantener su temple incluso en las situaciones más desesperadas, Aziraphale es quien termina convirtiéndose en la voz de la razón, quien siempre sabe qué hacer y a donde ir, manteniéndose ecuánime entre tanto estrés vivido. Crowley siempre agradecía tenerlo a su lado para mantenerlo cuerdo.
Hasta que finalmente la situación lo rebasa y una noche cualquiera, el rubio baja totalmente la guarida, derrumbándose contra el pecho de Crowley, aferrado a su camisa negra, el principado llora, llora y llora, preguntándose cuál fue la razón para que la vida de fugitivos se haya convertido en su realidad.
Aunque la respuesta fuera demasiado obvia.
Crowley lo rodea con sus brazos. Presiona su rostro contra sus los rizos rubios. Él tiembla. El ángel no puede decirlo, o al menos es lo suficientemente honorable como para ignorarlo, pero sabe que él también llora.
Cuando amanece, suben al autobús de Londres a Reading. Nadie los ve ni advierten sobre su presencia, y en el fondo, ambos lo agradecen. Aziraphale se sienta junto a la ventana, cerca del cristal, y Crowley se sienta a su lado.
Viven como fantasmas.
Usan pequeños milagros para encontrar lugares donde quedarse. Crowley les encuentra ropa, disfraces de dolorosa mundanidad que se ajustan en ellos con perfecto ensamble. Cambia sus zapatos y abrigos, intercambian sus sacos, sombreros y bufandas.
Aziraphale se deja crecer el pelo, un milagro y sus rizos rubios se convirtieron en rizos grises, se deja la barba, solo por si acaso. Crowley se lo tiñe, con dolor transforma su roja cabellera en un marrón que, a su parecer, era muy soso.
Una noche, Aziraphale descubre que el demonio tiene tres lunares en el lado derecho de su cara, prácticamente indetectables hasta que miras los suficientemente cerca y con extremo cuidado. Aziraphale extiende su mano y los toca, presionando con el dedo índice sobre su piel. Más tarde, Crowley se toca su pelo, enrolla un rizo alrededor su dedo y lo deja rizar nuevamente.
De salvadores del mundo, terminaron convirtiéndose en personajes perseguidos como si de viles criminales se trataran.
En un autobús de medianoche de Reading a Swindon, el ángel finalmente le pregunta a Crowley —¿Fue algo real?
Y Crowley sabe a qué se refiere. Se acerca más a él, pasa su brazo por sobre los hombros de Aziraphale y lo aprieta con fuerza y dice —Todo lo fue.
En Chippenham, se quedan en una cabaña. El pueblo parece Navidad, pero están allí en pleno verano e incluso el ángel desea que haya nieve. Se detienen en un pequeño mercado y encuentran una postal del pueblo en invierno. El demonio la compra para Aziraphale, mirándolo hacia sus ojos azules, imposibles de ocultar con cualquier milagro posible, y Aziraphale siente algo en su interior para lo que no puede encontrar un nombre.
Permanecen en Chippenham más de lo normal. Se siente seguro, su estética de cuento de hadas es un bálsamo para la dura realidad que viven. Aziraphale le dice al demonio que está cansado de los autobuses. Y Crowley está de acuerdo. Así que una noche, tomaron un tren a cualquier lugar.
En algún lugar cuyo nombre no querían recordar, se sientan en un restaurante lúgubre y comen una comida caliente. Crowley bebe una taza de café ahogado en leche y azúcar. Aziraphale come panqueques, salchichas y huevos.
Y ahí es cuando Aziraphale se da cuenta que de la sensación que se ha esforzado en ocultar durante todo ese tiempo tenía un nombre, y ese nombre era amor.
Y no era un amor cualquiera, no era algo que se dio de la noche a la mañana. Fue algo que ya existía desde hace mucho tiempo, asentándose en su pecho como un recordatorio de que había cosas que no eran posibles de encubrir, y que tarde o temprano salían a la luz.
En su camino a otra ciudad cuyo nombre tampoco se molestaron en recordar, Aziraphale se vuelve lo suficientemente valiente para preguntarle al demonio, con la voz totalmente trémula, dos palabras que marcarían, para bien o para mal, su futuro.
—¿Me amas?
Crowley lo mira a los ojos y siente como si hubieran vuelto miles de años atrás, cuando solo eran un ángel y un demonio, desprendidos de la vida y sus obligaciones y solo interesados en el otro.
—Jamás lo he dejado de hacer —responde el demonio con tal naturalidad que le choca al ángel. Ahí, en la parte trasera de un autobús rumbo a una ciudad cualquiera, Aziraphale lo besa. Y Crowley le devuelve el beso como si lo hubiera estado esperando toda su vida.
Les tomó mucho tiempo darse cuenta del amor que sentía, y que los esfuerzos por ocultarlo eran inútiles, un amor como el suyo estaba destinado a durar una eternidad. No podía morir, en cambio solo crecía más y más, a pesar de todas las dificultades habidas y por haber. Inmarcesible, era la palabra correcta, algo que no podía marchitarse.
Comparten una cama en Bath. No era la primera vez que lo hacían, pero, esta vez, no duermen espalda con espalda. Aziraphale apoya su cabeza sobre el pecho de Crowley y el demonio engancha su pierna sobre su cintura.
A la mañana siguiente, Crowley despierta por primera vez con una razón para vivir, y cuando Aziraphale lo vio, no se dio cuenta de cuánto echaba de menos el brillo en sus ojos hasta ese momento.
6000 años de amarse en silencio son recompensados en cuestión de meses. Aziraphale encuentra nuevos lunares en el pecho de Crowley, y también en sus hombros, en sus brazos, en su cadera y en sus muslos. Se aman como si no hubiera mañana.
Aziraphale mira a Crowley. Se ve relajado al volante de su Bentley, recuperado tras dejarlo abandonado en Londres cuando sobrevivir era lo más importante, conduciendo por esa carretera vacía, sin nada que pensar.
Extiende la mano y envuelve sus dedos alrededor de su muñeca. Crowley voltea su mano fácilmente, espera a que el ángel deslice sus dedos contra su palma, luego junta sus manos. Encajan. Sus palmas se entrelazan y sus dedos se entrelazan y Crowley es tan sólido y existente que a veces se siente como un golpe en la realidad.
Un mundo de posibilidades se abre ante los ojos de Aziraphale, se desenrolla como este interminable camino de medianoche, alcanzando el horizonte.
Podrían ir a cualquier parte y hacer cualquier cosa. A América, donde encontrarlos se volviera más difícil. O quizás, de vuelta a Chippenham, con sus casas de cabañas perfectas y pintorescos caminos de adoquines.
Son fantasmas. Seres de niebla y percepción. El mundo los ha matado a ambos y ahora deambulan, libres de trampas mortales y los pecados de su pasado.
Aziraphale está demasiado cansado para estar enojado o frustrado con el cielo, ama demasiado al demonio como para preocuparse por algo más. Crowley está justo a su lado, inefable, mentiroso, amigo, amante y lo más importante, suyo.
—¿En qué estás pensando, ángel mío? —le pregunta su demonio, deteniendo sus eternas divagaciones. Sus ojos están en el camino otra vez, su mano todavía está en la del ángel.
—Esto es real. —dice Aziraphale, como si fuera un hecho. —¿No es así?
Crowley levanta sus manos y presiona sus labios contra el dorso de la palma de su mano. Sus labios son cálidos, quizás un poco ásperos. Siempre lo besa como si fuera la última vez, y Aziraphale tardó demasiado tiempo en darse cuenta de que era así porque el caído todavía espera que se vaya, que lo abandone a su suerte.
Aziraphale retira las manos y esta vez es él quien besa los nudillos de Crowley.
—Esto es real. —el ángel repite contra su piel. —Somos reales.
Crowley le aprieta la mano, y eso es todo lo que él necesita.
Mientras se tuvieran el uno al otro, no importaba que el mundo se fuera al carajo.
