Efímero: Aquello pasajero que desaparece al poco tiempo.
Número de palabras: 853
La paz y serenidad era lo que dominaba por completo el ambiente. Era muy tarde en la madrugada, debían pasar de las dos, la luna creciente alumbraba un cielo despejado con demasiadas estrellas como para ser contadas. Había un poco de viento, fresco y bajo, que mecía las copas de los árboles, el césped y arbustos a un ritmo agradable.
Lo contempló cómo se contemplaban a las estrellas, con fascinación absoluta y a la distancia, sin esperar que ellas te admiren de regreso. La felicidad, en forma de una sonrisa tenue, lo poseyó mientras observaba a la sublime criatura que descansaba junto a él, sin creerse que todo eso le estuviera pasando a él, y sin atreverse siquiera a parpadear, creyendo que, si cerraba los ojos, todo resultaría ser un sueño y se esfumaría, tanta buena suerte no era usual en su vida.
El cansancio lo invade, pero la contracción le impedía quedarse dormido. Toda su atención la volcaba en él, grabándose en su mente la serena y pacífica imagen de Aziraphale para jamás olvidar ese momento.
Se niega a dormir, aunque la respiración de su amado, junto a los melifluos sonidos de la noche crearan el más dulce arrullo posible. No, Crowley hace de su misión personal el cuidar del sueño del ángel, porque cada momento debe ser atesorado y teme que se lo arrebaten en un simple parpadeo, temía que ese momento se convirtieron en un efímero recuerdo en su memoria.
La suave respiración de Aziraphale de repente se agitó, y el rubio se removió con somnolencia en la cama, Crowley se acomoda para mayor comodidad del ángel. Aziraphale parpadeó lento mientras de despereza escuchando los latidos del corazón del demonio mezclarse con la imperturbabilidad de lo noche. Acostumbrando sus ojos a la oscuridad, volteó hacia su lado y encuentra al pelirrojo admirándolo entre la penumbra nocturna, con la brillante mirada ambarina mezclándose entre la oscuridad.
—Crowley… —murmura con voz ronca —Estás aquí…
—Claro —dice en voz baja. Toma a Aziraphale y lo acerca hasta él, apretándolo contra su pecho como una manera de sentir su candidez —¿Dónde más iba a estar?
—Aún despierto, ¿Alguna pesadilla? —inquiere, acariciando su rostro.
Crowley quiso decirle que sí, que las pesadillas eran acompañantes continuas de sus sueños, siempre apareciendo y llevándose lo que más amaba, que esa era la razón por la que siempre permanecía despierto, buscando evadir las pesadillas, aferrándose a la realidad protegiendo a lo único bueno en su vida. Y lo único bueno en su vida era él. Pero solo contuvo el aliento
—No podía dormir —respondió escuetamente.
—Ya veo ¿Quieres que te abrace? —pregunta Aziraphale en un murmullo.
¿Por qué sonaba dubitativo? Claro que lo haría. Si eso era lo que él quería, lo haría. Cualquier cosa que le hiciera feliz lo haría, esperaba que Aziraphale ya lo supiera para ese momento.
—Si eso es lo que quieres… —responde y aferró sus brazos al cuerpo de Aziraphale, permitiéndole recostarse contra su pecho, permitiéndole relajarse con los suaves latidos que emitía su corazón. El ángel no dijo nada, disfrutando de su compañía.
—¿Y tú por qué no podías dormir? —le cuestionó tras un rato de silencio.
—Estaba cuidando que durmieras bien.
—Si te quedas conmigo, siempre estaré bien —expresa simplemente, sabiendo Crowley que detrás de aquella respuesta había miles de significados, y todos servían para apaciguar su inquieta y nerviosa alma.
Crowley le besó la coronilla, haciendo que Aziraphale cerrara los ojos. Los dos se mantuvieron abrazados, mantenido en compás sus respiraciones lenta y tranquilamente, disfrutando la quietud de la noche.
—Te amo… —susurró Aziraphale, mientras la calma y la compañía lo iban sumiendo en un sueño profundo. Crowley suspiró, le abrazó más fuerte y besó su frente.
—Pues yo te adoro.
Lo susurró, pero se sentía como si lo hubiera proclamado a los cuatro vientos. Cuando Aziraphale escuchó eso, esbozó una pequeña sonrisa en sus labios, su corazón se calmó, así como su mente, y todo en su ser fue absoluta paz.
Cayó dormido, profunda y calmadamente, con esa sonrisa y quietud que sólo las personas felices y plenas pueden tener. Crowley la contempló por un momento, impresionado de que se viera aún más encantador que antes, y sin darse cuenta, él mismo parpadeó con pesadez, cerrando los ojos más de un instante.
Sonríe porque está decidido; lo va a proteger sin importar lo que pueda perder en el camino, pues siempre que él estuviera bien, él habría ganado la batalla, sabe que las cosas pueden salir mal así que centra toda su atención en captar cada detalle del ángel, como si fuera la última vez que lo fuera a ver, el temor de perderlo ante lo efímero y corto que era el tiempo lo presiona a beber su esencia, de modo que graba en su memoria su risa, sus besos, el sonido de su respiración, la manera en la que sus labios pronuncian entre sueños su nombre sin querer, porque inconscientemente sabe que quizá las cosas cambien, que quizá no pueda verlo nunca más, que quizá un día lejano extrañe todos esos detalles.
Y él no quiere extrañar nada.
