Nefelibato: Persona distraída y soñadora que no está en tierra sino que anda por las nubes.

Número de palabras: 2068


México, 1947

El romance nunca estará muerto. O al menos, eso era lo que decía Crowley, quien después siglos y milenios de pasar su vida en la tierra, era testigo recurrente de las diversas muestras de romanticismo y cómo estas habían evolucionado con el paso del tiempo.

El demonio tenía que admitir que la mejor forma de demostrar amor se encontraba en México de los años 40, donde la galantería iba de la mano con la seducción al momento de querer cortejar una dama, y donde el amor se representaba en grandes gestos, desde una serenata a la mitad de la noche hasta un pícaro beso robado.

Y Crowley como el romántico empedernido que se negaba a admitir que era, admiraba desde la distancia aquellas grandes proezas de romance, preguntándose de donde los caballeros sacaban tal valentía para declarase sin temor al ridículo.

"Yo también puedo hacerlo" se decía cada vez el demonio, inundado con una confianza tal que segundos más tarde era desmentida por el mismo. "No, no es cierto"

Así era como podía sintetizar su viaje a México, un periplo realizado a razón de sus obligaciones como demonio que se terminó convirtiendo en un viaje de placer, donde tenía que ver a todas horas como los señores Infante, Negrete y Arvizu se burlaban de su burda vida amorosa mientras interpretaban canciones sobre amores y conquistas y él se resignaba a un amor no correspondido.

Como lo haría cualquier hombre despechado y con deseos de olvidar un corazón roto, aunque fuera solo por unas horas, se volcó totalmente hacia la bebida en un bar mientras las canciones de desamor trataban de minimizar, infructuosamente, el despecho que hace mucho se había instalado en su pecho, convirtiéndose en un sentimiento demasiado familiar para él.

Convenciéndose de que una bebida tan fuerte como el tequila era suficiente como para olvidar un desamor, tomó otro trago, acostumbrándose al ardor en su garganta que provocaba aquella bebida y sintiendo el piso moverse bajo él cuando el líquido entró en su sistema.

Y como si se tratara de una de esas películas mexicanas de las que se había hecho tan afán de ver en tiempos de aburrimiento, al recinto entró el amor de sus amores y culpable de que se encontrara ahogando inútilmente sus penas con alcohol, haciendo que todo se detuviera a su alrededor, quedando solo ellos dos en el mundo.

—Aziraphale —susurró ladino mientras veía la pura imagen del ángel entrar a un lugar como aquel.

Trató de levantarse para acercarse hacia él, pero apenas había hecho ademán de levantarse cuando, debido al fuerte alcohol en sus venas, trastabilló y terminó cayendo torpemente en la silla. Una escena que, vergonzosamente, Aziraphale había visto, captando por completo su atención.

—Crowley —saludó el rubio sonriente mientras se acercaba hacia él.

—Ángel, ¿Qué hace alguien como tú en un lugar como este? —trató de coquetear miserablemente, haciendo algo más parecido al ridículo que nada.

En contra de todas las posibilidades, Aziraphale se sonrojó, porque por más torpes que fueran sus intentos de coquetear, la franqueza del demonio era algo que siempre lo hacía ruborizarse con apocamiento.

—Y, ¿Qué haces aquí, Crowley? —preguntó en un intento de desviar la atención del demonio sobre él y evitar que supiera que su pregunta lo había trastocado.

—Tentaciones —respondió quedamente —Y supongo que tú...

—Milagros —contestó sonriente, aunque esa sonrisa rápidamente se convirtió en una mueca cuando un fuerte olor llegó a sus fosas nasales —¿Has estado tomando? —le cuestionó sin siquiera molestarse en ocultar su molestia.

Crowley refunfuñó a lo bajo ante la molestia del rubio —Oh, vamos ángel, el tequila aquí es una delicia —y no mentía, solo que el problema era que estaba a punto de manchar su traje negro de charro con vómito —Además, estamos en un bar, si esperabas que un demonio como yo se resistiera a tomar alcohol, tus esperanzas eran en vano, déjame decirte.

Tuvo que resistirse a querer añadir algo más, porque sabía que lo siguiente que diría sería algo como lo bonito que se veía Aziraphale con aquel ceño fruncido, o como lo traía loco, e incluso cuando lo reprendía, no podía evitar pensar que lo que sentía por él era más que amor, era adoración, afecto y pasión en su estado más puro.

Abstraídos en una escena que los hacia parecer más una pareja molesta, Crowley permaneció impasible mientras veía como Aziraphale le lanzaba su sermón sobre su preocupante inclinación hacia la bebida y él escuchaba desinteresado, concentrado en otras cosas que en la reprimenda.

En medio de una tormenta de reprensiones y exagerados gestos de preocupación, Crowley llevó su mano hacia el cabello del ángel y con sumo cuidado, apartó un rubio mechón fuera de lugar y lo acomodó tras su oreja, abstrayendo al ángel y haciéndole olvidar de lo que estaba hablando en primer lugar.

La escena se paralizó. Aziraphale calló, ruborizado completamente sin saber que decir, sintiendo como el toque de la mano del demonio contra su piel le hacía sentir una mezcla de cosquillas y ardor mientras que el pelirrojo se reñía mentalmente por tal acción, que, ante sus ojos, no era más que la manifestación de sus verdaderos sentimientos.

Y como si el momento no fuera ya incómodo, la maldita radio comenzó a tocar una canción que hizo al demonio debatirse entre irse avergonzado o quedarse y afrontar la situación con temple.

Pasaste a mi lado

Con gran indiferencia

Tus ojos ni siquiera

Voltearon hacia mí

Crowley vio como el ángel lo miraba sonriente, sin entender ni una palabra de la canción. Eso alivió un poco el alma del demonio, sabiendo que, para él, esa canción era un equivalente a una abierta declaración de amor.

Te vi sin que me vieras

Te hablé sin que me oyeras

Y toda mi amargura

Se ahogó dentro de mí

Su mirada se encontró con los cándidos ojos azules del contrario y por un segundo tuvo la impresión de que se iba a derretir entre la ternura y los suspiros cargados de anhelos por cumplir.

Me duele hasta la vida

Saber que me olvidaste

Pensar que ni desprecios

Merezca yo de ti

Canturreó en voz baja la canción, con un aceptable español que descolocó al ángel quien vio sorprendido cómo el demonio entonaba aquella canción con gran sentimiento, no como si la estuviera cantando, sino como si la estuviera viviendo.

Y sin embargo sigues

Unida a mi existencia

Y si vivo cien años

Cien años pienso en ti

La sonrisa del ángel se ensanchó, lo que hizo que la seguridad del demonio creciera, y en un gesto coqueto, le enmarcó el rostro, instándolo a inclinarse hasta unir sus frentes y cantaba en voz baja de manera seductora, llevándolos a ambos lejos de la realidad y más cerca de un ensueño ideal.

Pasaste a mi lado

Con gran indiferencia

Tus ojos ni siquiera

Voltearon hacia mí

Aziraphale pudo ver, por un momento, como la penumbra frente a él se elevaba y desaparecía, dejándolo ver, por primera vez, lo que siempre había estado frente a sus ojos y hasta ahora podía ver con total claridad. La mirada que le dedicaba el demonio, ¿Era así como lo miraba normalmente? ¿Con esa cara de enamorado crónico, como si él fuera una mismísima estrella caída del cielo?

Te vi sin que me vieras

Te hablé sin que me oyeras

Y toda mi amargura

Se ahogó dentro de mí

Crowley lo miraba como lo hacía siempre, con galanura, gallardía, con deseos de tocarlo como si se atreviera a tocar el cielo con sus manos mientras dejaba atrás las canciones de desamor y se decantaba por canciones de romance mezcladas con la misma melancolía de siempre, recordándole que jamás se cansaría de rogarle amor eterno, por más pesar que sintiera en el pecho.

Me duele hasta la vida

Saber que me olvidaste

Pensar que ni desprecios

Merezca yo de ti

Y en ese momento, quiso ser como Pedro infante, pícaro y coqueto con miles de personas embelesadas ante él y siempre seguro de sus conquistas, o mejor como Negrete, rudo y varonil por fuera, pero feroz y romántico amante por dentro, adorando el piso por dónde su amante pasará, tal y como él lo hacía. Pero eso era solo sueños de un nefelibato con el corazón fantasioso por un amor.

Tanto era su deseo que estuvo a punto de tomarlo por las solapas de su traje y plantarle el más sublime beso que alguna vez que en la historia se haya dado, uno capaz de cambiar la rotación de los planetas y hacer caer las estrellas del cielo y uno que hiciera que los besos dejarán de existir por al menos un milenio, porque cualquier otro gesto de amor palidecería a comparación de aquel que él estaba dispuesto a dar.

Pero eso, al igual que todo lo que había anhelado los últimos 6000 años, no pasó de ser una mera fantasía.

Y sin embargo sigues

Unida a mi existencia

Y si vivo cien años

Cien años pienso en ti

Con el último verso cantado, la canción terminó, dejando a un demonio con sus reconocibles ojos brillando de emoción y a un ángel atónito ante tal muestra de sentimientos.

—Vámonos —susurró él con la voz ronca, extendiendo su mano para que Aziraphale la tomara y pudieran irse de ahí. Y como no, Aziraphale la tomó

En una oscura noche de abril, con la poca luz de la luna iluminando sus pasos, ambos trastabillaban mientras merodeaban por ahí como si se trataran de dos adolescentes que necesitaran escabullirse para robarse unas caricias, aunque ninguno de los dos fuera consciente de ello.

Cinco minutos después, ambos pararon en medio de un paraje solitario, siendo ellos dos las únicas almas lo suficientemente intrépidas como para estar ahí.

Crowley se había quedado ahí, contemplando a su acompañante, embelesado. Deslizó su mano con sutiliza, deseoso de ser más atrevido y sostener su mano firmemente y depositar un beso sobre ella, pero hacer mucho que, en su condición de nefelibato, se resignaba a soñar despierto.

Esta vez fue Aziraphale, tan cauteloso como siempre, quien lo sorprendió, rodeándolo por los hombros con tal galantería que le hizo sentirse como esas damas que los caballeros cortejaban, protegidas y adoradas por medio de canciones y serenatas. Y muy en el fondo, deseaba sentirse así.

Por unos momentos, se dejó deleitar con el firme agarre del ángel sobre sus hombros, sintiendo como su sempiterna fantasía se convertía en una realidad, al menos por unos minutos, hasta que le tocó separarse del rubio, despertándolo de aquel letargo de ensueño.

Aziraphale rió con nerviosismo. Crowley sonrió, alargando aún más aquella inevitable despedida.

—Supongo que nos veremos luego... —dijo Aziraphale, como siempre, sin querer ser directo.

—¿Luego? —preguntó extrañado Crowley, intentando aplazar la despedida entre los dos,

Aziraphale soltó una risa que a él se le antojo escuchar por el resto de la eternidad —Sí, siempre parece que no encontramos, es casi como si fuera el...

—Destino —completó la frase con rapidez.

—Así es —concedió con una sonrisa y cuando el silencio se hizo entre ellos, miró a su alrededor y vio cómo la amena atmósfera, la tenue luz de las estrellas reflejándose sobre ellos y el silencio nocturno mezclándose en armonía con los melifluos sonidos de la noche creaban lo que parecía la perfecta escena de despedida entre dos amantes acaramelados —Nos vemos luego, Crowley— se despidió antes de que su corazón delator decidiera rematar aquel escenario con un beso.

—¿Amigos? ¡Ja! Tu amistad no puede satisfacerme Aziraphale. —farfulló el pelirrojo poco después de ver al ángel desaparecer con paso veloz entre la penumbra nocturna —Yo quiero tu amor. Y ahora me dices que no puedo tenerlo...

Sintió como el dolor y el despecho que se había disipado en aquel bar volvió a aparecer poco después de que el ángel desapareciera de su vista, como si el rubio fuera el bálsamo que marcaba la diferencia entre el desamor y el enamoramiento.

El demonio regresó al bar, ahogando los dolores entre alcohol y, orgulloso como siempre, se dedicaba a cantar, fingiendo que nada había ocurrido y que se había tratado de un sueño, dejando que el tiempo fuera desplazara ese recuerdo, sin saber que ese momento ya se había entrelazado entre sus dedos y permanecía enraizado en su corazón y memoria.

¿Y él? Él solo anhelaba el momento en el que Aziraphale abriera los ojos y decidiera amarlo.