Alborada: Período que transcurre desde que empieza a aparecer en el horizonte la luz del día hasta que sale el Sol.
Número de palabras: 2274
Anthony J. Crowley era un demonio ¡Pues claro que su prontuario delictivo contaba con tantos pecados habidos y por haber! Sí, una larga lista de defectos, sin lugar a dudas, y, sin embargo, eso no cambiaría el hecho de que una vez más había amanecido a su lado, tal y como siempre lo hacía en sus fantasías.
Ni siquiera se molestó en ver alrededor de aquella habitación cuando se desperezó, a conocía bastante bien el lugar; no era la primera vez que despertaba ahí, con sus brazos alrededor del cuerpo ajeno, cubierto con sus sábanas e inhalando profundamente su aroma, guardando como siempre, aquel recuerdo en su memoria, con el fin de atesorarlo en sus momentos de intensa soledad.
Podía omitir esa verdad frente a cualquiera, pero no era capaz de engañarse a sí mismo: sabía muy bien cuanto disfrutaba cada minuto a su lado. Desde las casuales charlas que podía mantener con él hasta el magnetismo de sus preciosos ojos azules que le atraían a un beso casto y que al final le guiaban, chocando contra las paredes, hasta la cama del ángel, donde el ángel caía en un estado de libídine y lujuria y se desataban por completo sus pasiones.
Pero aun cuando disfrutaba tanto de lo placentero de su compañía, en más de un ámbito, no podía evitar el instinto de huida en cada una de aquellas mañanas. Ese se podía considerar uno de sus mayores defectos, penaba de cierta cobardía que no le permita enfrentar lo que tenía frente a sus ojos.
Recogió sus prendas esparcidas por toda la habitación y mientras terminaba con su tarea de vestirse no pudo evitar mirar a su acompañante nocturno. Aziraphale permanecía recostado; sus ojos cerrados, su respiración profunda, sus flamantes cabellos revueltos contra la almohada blanca y una que otra marca rojiza resaltaba en su piel otrora impoluta.
Aquel detalle, el de los trazos que sus labios habían hecho en el lienzo pulcro de la piel del ángel causó en él una sensación de satisfacción engendrada en lo más profundo de su subconsciente.
Sintió su perpetuo deseo de quedarse y descubrir cómo sería verlo despertar una mañana, aun si fuera sólo una vez; quiso saber cómo lo miraría, qué le diría, qué sentiría y qué consecuencias conllevaría. Sabía que, si se iba, actuarían como si nada hubiese pasado, a sabiendas de que siempre terminarían envueltos en la misma situación; pero no tenía idea de qué pasaría si por primera vez decidía permanecer y quizá arriesgarlo todo.
Ya estaba a un paso de salir cuando regresó su vista a Aziraphale y quiso que despertara en ese momento para detenerlo justo ahí, que le mirara con aquellos orbes añil y le pidiera (O le exigiera, a él le daba igual) quedarse y no huir como un cobarde.
Pero eso no pasó y suspiró con resignación, decepcionado de su propia cobardía, antes de cerrar la puerta de la habitación e marcharse a su apartamento como ya era la costumbre.
Cuando Aziraphale despertó el otro lado de la cama ya estaba helado, como si ahí nunca hubiese estado ahí el cuerpo cálido de su ocasional compañero de pasiones. No es como si esperara otra cosa, después de todo, eso era parte del acuerdo no verbal, ¿Cierto?
Sin embargo, aun así, se preguntaba por qué aquella extraña sensación, similar a la decepción, invadía su pecho cada vez que notaba la ausencia del demonio a su lado.
Se sentó en la cama, teniendo aún presentes en la memoria cada una de las caricias que el otro con inenarrable fogosidad le había obsequiado la noche anterior y muy en secreto, anhelando poder sentir pasar esas caricias en su cuerpo por el resto de su existencia.
Como en todas las ocasiones en las que se encontraba en una situación así, sintió una fuerte opresión en su corazón al tiempo que el sentimiento de abandono se instauraba en lo profundo de su alma; ninguna mañana era tan fría como aquellas en las que despertaba con sólo el recuerdo de sus besos y resignado a no cambiar esa realidad por no ser lo suficientemente valiente.
Tomó una ducha larga, esperando que el agua borrara el camino que habían seguido sus manos, se llevara el sabor de sus labios sobre los propios y el aroma de su perfume que sentía impregnado ahora en su cuerpo.
Cada vez le costaba un poco más y sentía que, aunque ya había caído en el pecado de la lujuria, el temor y la cobardía seguían recorriendo sus venas para expresarle a Crowley que lo que sentía por él iba más allá de una pasión de una sola noche.
¿Sería esa la única forma en que alguna vez lograría estar a su lado? Se cuestionó con la humeante taza de té entre sus manos, todo indicaba que "Sí" era la única respuesta que podría obtener y aunque procuró no prestar atención a ello se sintió dolido.
Hizo a un lado el líquido caliente, dejando la taza frente a él en la mesa, y tomó su celular, un regalo del propio pelirrojo, quien se lo obsequió a pesar de su aprensión con el uso de la tecnología, con la excusa de mantenerse comunicados. Escrutó con ansiedad su celular e hizo una mueca de aprensión al ver que no había ni un sólo mensaje de Washington, ni una llamada, absolutamente nada, ni siquiera un "gracias" de su parte.
Quiso escribirle algo, pero, ¿Qué le diría?
"Sólo es un demonio ingrato" pensó la mente traicionera de Aziraphale, creyendo que mejor en culpar al demonio de su cobardía que admitir que su propio miedo era el obstáculo que le impedía alcanzar aquello que añoraba desde la primera vez que el demonio tocó con libidinosidad su piel.
Bien, quizá él también era un poco culpable de aquella intrincada historia entre Crowley y él, que hasta ese punto solo habían llegado a tener aventuras de solo una noche, pero muy en el fondo, Aziraphale presentía que el demonio albergaba sentimientos hacia él, sentimientos que eran más que una simple lujuria y atracción física.
No quería continuar de esa forma, tendría que abordar a Crowley de una manera clara y directa. No estaba dispuesto a seguir despertando en una cama vacía después de noches tan placenteras, así fuera lo último que hiciera en su vida conseguiría que aquel demonio permaneciera a su lado, no solo una noche, toda su vida si así lo deseaba.
Eran ya las doce de la tarde del sábado, no tenía absolutamente nada que hacer, así que tomó el teléfono y llamó a aquel hombre que no lograba sacar de su cabeza desde que despertó sin él aquella mañana.
—¿Hola? —la voz de Crowley se escuchaba algo sorprendida, después de todo, no era usual que Aziraphale fuera quien le llamara, ni en general ni mucho menos en días como aquel.
—¡Crowley!, ¿tienes planes para hoy en la noche? —su propia voz sonó tan jovial y llena de una infrecuente firmeza que no era normal en su naturaleza indecisa —¡Excelente! —exclamó antes de que el otro siquiera le contestara. —Te espero aquí a las siete en punto, conoces el camino.
Y así, tan pronto como terminó de hablar, cortó la llamada. Crowley suspiró y sintió como sus piernas temblaban, no esperaba que aquellos repentinos "planes" surgieran. No pudo evitar los cuestionamientos, no era frecuente que el ángel le pidiera tan repentinamente reunirse y las dudas sólo se acrecentaron cuando el rubio pareció evitar a toda costa el contestar sus mensajes durante toda la tarde.
Al tocar la superficie de la puerta con sus nudillos no pudo evitar pensar en cuantas veces había estado justo ahí, tanto como amigo como compañero de cama, sintiéndose frustrado de que sus intentos de ser algo más siempre terminaban en el fracaso o siquiera terminaran de consumarse.
Pasaron unos segundos hasta que escuchó los pasos apresurados del otro lado de la puerta, después ésta se abrió y se encontró con el par de ojos que estaba acostumbrado a evadir
No tuvo ni siquiera la oportunidad de emitir una palabra, los brazos del otro se cruzaron detrás de su cuello y el "reclamo" que ya imaginaba que escucharía le interrumpieron.
—Te di una llave para que la usaras —le miraba Aziraphale con reproche, aunque divertido de que toda la confianza que 6000 años de relación traía consigo, se desvaneciera en momentos como aquellos. Siguió reprendiéndole con ternura mientras lo llevaba hacia el interior del lugar, cerrando la puerta una vez estuvieron ambos dentro del inmueble.
No sabía muy bien qué esperar. En primer lugar, no sabía que estaba esperando al ir a su departamento, tanto las intenciones del otro como las propias le parecían poco claras, desconocidas en realidad. Le había guiado al sofá, sentándose él a su lado tan cerca que casi se podría decir que estaba sobre él en un sentido muy literal.
—Aziraphale ¿Qué sucede? —porque no era normal que lo mirara con tantas ansias, que se quedara callado cuando en su rostro se veía que había algo que quería decir, tampoco lo era la forma en que no apartaba su mano de la suya.
El silbido de la tetera notificando que el agua ya hervía les salvó de aquel momento de tensión, el rubio se levantó rápidamente y Crowley sólo alcanzaba a escuchar sus ajetreados movimientos en la cocina; el tintinear de las porcelanas unas contra otras, los pasos de Aziraphale que iban de un lado a otro y los bajos murmullos de su voz, probablemente reprochándose el haber olvidado hacer algo. Sonrió levemente casi sin ser consciente, porque la simple estampa de ver a Aziraphale haciendo cualquier cosa era suficiente para hacerle sentir alegría.
No se sentaron lado a lado en la mesa, sino frente a frente, había decidido que todo quedaría aclarado ahí y en ese preciso momento. Sí, en ese preciso instante... Quizá después de agregar algo más de azúcar a su té.
—Crowley —le llamó Aziraphale con voz trémula, consiguiendo que el demonio volcara toda su atención en él por un momento, debía decirlo. —... ¿Más azúcar?
Al final no tuvo el valor suficiente para decirle las palabras que quería mientras estaba frente a frente. "¡Bravo, Aziraphale, eres un cobarde!", se reprochó el ser celestial mentalmente. Había invitado a Crowley con un sólo propósito: aclarar las cosas entre ellos. Sólo tenía que hacer una cosa y estaba fracasando horriblemente.
Pasaron del té a la cena y de ahí a la sala en donde iniciaron un improvisado "maratón" de películas. El ambiente estaba absolutamente lejos de ser tenso, aun así, Aziraphale no podía evitar sentirse nervioso por el hecho de que aún no se atrevía a decir ni una palabra sobre el tema que tanto ansiaba tocar.
En la televisión se veía al Titanic hundirse, justo como estaba haciendo él. —Crowley, escucha —habló de repente, fijando su mirada en el pelirrojo y reuniendo coraje de donde creía que no quedaba ni un gramo; y sin embargo se quedó en blanco. ¿Qué se suponía que iba a decirle? Fue ahí que se dio cuenta de que no tenía nada "preparado". Había estado haciendo un drama en su mente y ni siquiera tenía las palabras que buscaba decirle, se sintió un idiota.
—¿Ángel...? —Crowley iba a preguntarle si se encontraba bien, no era usual que callara de forma tan repentina después de obtener su atención, no era usual que lo hiciera nunca; más un par de labios contra los suyos le impidieron formular exitosamente su pregunta.
Aziraphale, al quedarse sin palabras no se le había ocurrido nada mejor que aquello, sólo puso sus manos en las mejillas de su acompañante y unió sus labios, aquello le daría tiempo para pensar. O eso se suponía, porque una vez la mano del pelirrojo se posó en su nuca y aquel superficial contacto labial que había iniciado se volvió en un beso deseoso, su mente volvió al mismo vacío de antes.
Y antes de que cualquiera de los dos pudiese tomar la situación entre sus manos, antes de que pudiese alguno ir en contra de los deseos que florecían ante el toque de sus pieles, ya estaban sumidos en lo más profundo del infierno de sus pasiones; sintiéndose en el paraíso a la vez que pecaban de lujuria.
Esa noche el demonio notó dos cosas; la primera fue que sin importar dónde empezaran siempre terminaban en la cama de Aziraphale, la segunda fue que sinceramente, no le molestaría pasar el resto de la eternidad en ese lugar, siempre y cuando tuviera al ángel a su lado.
Ambos se encontraban recostados y medio cubiertos en el embrollo de sábanas blancas, no dijeron ni una palabra ni mucho menos hicieron algún movimiento brusco; Aziraphale sólo se limitó a abrazarse a él, con rostro contra el pecho del otro, pensando en mil cosas y a la vez no centrándose ni en una de ellas.
Terminó pensando en su diferencia de estatura y en que él era unos cuatro centímetros más bajo que el otro. Aquel pequeño dato curioso siempre lo hacia reír. Y entre risas recordó el qué les había reunido aquel día: él mismo y sus emociones aún no declaradas.
Ambos disfrutaban de pasar tiempo al lado del otro más allá del deseo carnal; Aziraphale se había convencido de aquello. Sus pláticas eran amenas y fructíferas, tenían pocas cosas en común y aun así, siempre lograban convivir de forma armoniosa; y cuando no tenían de qué hablar, hablaban de cosas nimias, escuchaban atentamente el relato del otro sobre su día, las historias de su pasado, la frustración que les causaba una u otra cosa. Y cuando no hablaban, disfrutaban estar juntos aún fuera en silencio, lado a lado viendo una película, en el teatro, o sólo rozando casualmente sus manos por debajo de la mesa en sus diversas citas en el Ritz.
Las caricias sobre sus hebras rubias proporcionadas por parte del demonio interrumpieron sus pensamientos; ¿Solía hacer eso siempre? Quiso saber, y supo que la respuesta probablemente era "sí", que mientras él dormía, Crowley jugaba cariñosamente con sus cabellos cada vez. Sonrió y cerró los ojos, permitiéndose disfrutar de aquello por un momento antes de hablar.
—Crowley —le llamó de repente notando como el cuerpo del otro se tensó y el pasar de sus dedos entre sus cabellos se detuvo, el demonio había supuesto que ya se encontraba dormido.
Sintió el pánico recorrerle por entero, no estaba preparado para algo así, se sintió abrumado, aterrado y sólo atinó a dejar salir las primeras palabras que fue capaz de formular. —Debo irme.
Lo anunció a la vez que se deshacía del agarre de los brazos del otro a su alrededor para incorporarse en la cama, tomando aquellas prendas suyas que encontró a su alcance; todo bajo la confundida mirada del ángel. Comenzó a vestirse con prisa, como si estuviese llegando tarde a un compromiso importante "Es más como si quisiera huir" fue todo lo que pensó Aziraphale.
Él le siguió, colocándose tras de él en el mullido colchón y abrazándolo por la espalda; apoyó su cabeza sobre el hombro del mayor y finalmente tuvo el valor para decir las palabras que le habría gustado pronunciar cada noche, o que le habría gustado no tener que pronunciar en absoluto:
—Quédate —aquella petición le tomó por sorpresa, pero Aziraphale continuó hablando sin importarle nada más —. Quédate esta noche, deja de huir y quédate conmigo una sola vez.
El desconcierto en el demonio fue reemplazado por una sonrisa. Dejó de lado la labor de vestirse y volteó para encontrarse con el otro, con su mirada suplicante y su rubia cabellera revuelta; tomó su rostro entre sus manos y notó que jamás había llevado a cabo esa acción con tal dulzura. Le besó con cariño, volviendo a recostarse ambos, abrazados y sin dejar de mirarse a los ojos con una silenciosa alegría impregnada.
—Me quedo toda la vida, si eso es lo que quieres —dijo y aquella declaración no hizo más que poner una sonrisa en los labios de Aziraphale.
Esa era la invitación que cada mañana había deseado escuchar, era todo lo que necesitaba para dejar de lado su cobardía y atreverse a descubrir cómo sería ver aquellos orbes abrirse por la mañana. Elegiría quedarse, y si su relación cambiaba tras la siguiente alborada, estaba seguro de que sería para mejor.
