Serendipia: Hallazgo afortunado e inesperado que se produce cuando se está buscando otra cosa distinta.

Número de palabras: 1775


Dicen que cuando conoces al amor de tu vida el tiempo se detiene, y es verdad, Crowley ha conocido a Aziraphale miles de veces, en ocasiones diferentes, parecía escrito en piedra el que siempre se encontrasen en un enorme lugar como lo es el mundo sin importar cuánto se rehuyeran, y Crowley es verídico testigo del ver cómo el mundo entero se paralizaba cuando sus ojos se encontraban con los resplandecientes orbes azules del principado en esos cientos de encuentros fortuitos a los que él, sin pena alguna, llamaba serendipias.

Pero lo que no te dicen de aquello que él consideraba la absoluta verdad, es que cuando el tiempo se vuelve a poner en marcha lo hace aún más rápidamente para recuperar lo perdido, y es así como ve impotente cómo cada uno de esos momentos que lo hacían sentir glorioso se le escapaban de las manos y se deslizaban fuera de su alcance, llevándose consigo al amor de su vida y perdiéndolo con la lejanía.

Y la máxima tragedia de su ya aciaga vida era que cuando él creía que por fin había alcanzado y atrapado ese amor, cuando creía un casi Armagedón y once años de trabajo en conjunto que eran suficientes para afianzar una relación que llevo 6000 años de progreso, las mentiras que ellos creían piadosas quedaron al descubierto y llegó el castigo de ambos bandos que tanto habían intentado evitar.

Fue él quien sufrió las consecuencias de aquellas condenas tanto infernales como celestiales, creyéndose a él como el máximo culpable del fracaso del gran plan, y él las aceptó sin reticencia alguna, pensando que, en aceptar toda su culpabilidad e influencia, libraría a Aziraphale de un castigo que, a sus ojos, él no creía que mereciera.

Pero, ¿Quién iba a pensar que ellos no se tentarían el corazón y utilizarían a su talón de Aquiles como forma de doblegarlo y aflingirlo? Era demasiado obvio, hasta ahora no sabe porque no lo pensó.

Le quitaron a Aziraphale de una forma abominable y que jamás considero, no le arrebataron su existencia como tal, pero se encargaron de que Aziraphale olvidará gradualmente 6000 años de historia juntos, hasta que finalmente no recordó siquiera quién era él, y para su mayor sufrimiento, no le borraron las memorias a él, considerando la peor de las calamidades que él viera desde la lejanía como era olvidado sin que pudiera hacer nada por evitarlo.

Y así era como Crowley, un demonio conocido por su terquedad e obstinación, se había resignado a ver desde la distancia a su ángel sonriendo y viviendo su vida sin saber quién era él y dejando que los recuerdos que significaban una existencia juntos se perdieran entre el polvo y la bruma.

Llevaba cinco años así y la única razón por la que no se había deslizado lentamente hacia la locura era porque la simple visión de su ángel siendo feliz era suficiente para calmar sus ansias y deseos de mandar al carajo su cordura, lo único que le quedaba.

Una mañana cualquiera, repitió su ya acostumbrada rutina de todos los días, se dirigió hacia una cafetería en Soho, tomaba un café y pasaba toda la mañana viendo a Aziraphale en su librería, una conducta que rozaba la de un acosador pero que era la única manera de ver a Aziraphale sin poner a prueba su valentía. Aziraphale jamás lo notaria y él no diría nada, tan solo necesitaba verlo y saber que todo estaba bien en su mundo. Aquel mundo que, desde hace tiempo, él ya no estaba incluido.

Pero como si el destino así lo quisiera, creando tunantes maquinaciones que movían los hilos de sus vidas, se volvieron a encontrar, una típica serendipia entre ellos que en algún otro tiempo él presumía fatuamente, un choque entre ambos y los que más había anhelado y temido durante cinco años se materializó frente a sus ojos.

—Lo siento —dice el rubio tras aquel encuentro sacado de una barata película romántica y Crowley se sienta a derretir cuando, tras cinco años de desamparo y añoranza escucha su voz de nuevo. —A veces soy muy torpe, ¿Se encuentra bien?

A pesar del dolor que siente al oír como su ángel le hablaba con tanta formalidad, el placer de ver a Aziraphale anestesia su dolor y sonríe levemente al ver que incluso con recuerdos borrados, Aziraphale seguía siendo aquella alma tan bondadosa y tan preocupada por los demás que tanto recordaba.

—Me llamo Aziraphale Fell, soy bibliotecario de la zona —se presenta.

El rubio extiende su mano y él duda en estrecharla, creyendo que el simple contacto entre sus pieles daría comienzo a un cataclismo o a un cúmulo de tragedias tipo Shakesperianas que su corazón no se atrevía siquiera a pronunciar.

Y, aun así, en medio de miles de titubeos e indecisiones, él tomó la mano del rubio y la estrechó con fuerza, dejando que una avalancha de recuerdos se cerniera sobre ellos y terminara por derrumbarse, trayendo consigo las evocaciones de un tiempo pasado y vidas mejores que se le fueron arrebatados por la intolerancia de las injusticias celestiales.

Él conoce y recuerda cada uno de esas remembranzas, claro que sí, las añoraba fervientemente y la reminiscencia lo hacía proyectar esos recuerdos en su mente, memorizando a la perfección cada uno de los detalles de sus nostalgias, sabiendo que eso era lo único relacionado a su ángel que jamás le podrían arrebatar.

Ve la reminiscencia florecer en el rostro de Aziraphale y la esperanza que hace mucho tiempo que creía perdida florece en su pecho, cree que en ese momento Aziraphale despertara de ese letargo de memorias borrosas y lo llamara por su nombre, él lo besara con el deseo y furor que cinco años de contención habían cobrado factura y escaparían, más allá de las estrellas, dónde no existía la jurisdicción del cielo ni el infierno y no tuvieran que preocuparse más por ser perseguidos. Esa la quimera que se inventa unos segundos después de creer recuperar lo perdido.

Pero la realidad es, que como había sucedido desde hace años, su esperanza es destruida al segundo de haber creado ilusiones y utopías, cuando el gesto de Aziraphale se transforma, no en uno de confusión, no, pero en uno de interés y curiosidad, porque en el pequeño mundo en el que Aziraphale había vivido desde… aquello, su persona no era más que un forastero que había conocido una mañana cualquiera de un día cualquiera.

No deja que la ya acostumbrada sensación de un corazón roto lo aflija, logra fingir una casi dolorosa sonrisa y se presenta:

—Me llamo Anthony J. Crowley. —habla con voz ronca y cuida cada una de las palabras que dice, no es un demonio de segundas oportunidades, ni de terceras ni de cuartas, pero quizás son los rayos de sol que iluminan con gracia el rostro de Aziraphale o tal vez es cómo el barullo citadino parece detenerse con su simple interacción, o probablemente es la cándida sensación que lo invade después de años de dolorosa soledad, pero cree que ambos pueden construir algo hermoso, algo que pueden empezar desde cero, a él no le importa, lucharía mil y un veces por Aziraphale, sin importarle sin aquello terminaba en sempiterna felicidad o en sencilla tragedia, él cruzaría sus peores pesadillas solo por una sonrisa del ángel.

—¿Una taza de té quizás pueda arreglar las molestias? —ofrece el rubio amablemente y es ahí Crowley cuando tira toda prudencia por la borda y deja que, por primera vez en cinco años, sea su alma quien hable.

—No me conoces, pero me llamo Anthony J. Crowley… y te amo. Pasé los últimos cinco años anhelando este encuentro. Sufrí, lloré, y ahogue mis penas con alcohol varias veces. Pero todo valió la pena, por verte ahora… y finalmente poder hablar contigo. Porque estoy destinado a estar contigo por el resto de la eternidad.

Cuando termina de hablar piensa que la ha jodido en grande, que Aziraphale escapara asustado ante la confesión de amor de un desconocido de la calle. Solo que no lo hace, sonríe, la sonrisa más etérea que alguna vez haya visto. Como si él supiera que este encuentro estaba destinado a pasar.

Hay momentos en la vida en el que alguien razonable debe admitir que ha cometido un error terrible, ¡Por fortuna, Crowley nunca ha sido un alguien razonable!

—Por favor, déjame al menos, intentar conquistarte. —y hace lo que lleva queriendo hacer desde que tomó la mano de Aziraphale entre las suyas, la lleva hacia sus labios y planta un galante beso en ella, como si de un caballero de novela romántica se tratase.

Y es así como Crowley pasa de ser un demonio desconocido a un pretendiente muy enamorado, y la calle Soho se vuelve testigo de sus muy exagerados gestos de amor, enormes intentos de tratar de conquistar el corazón del tímido y amable bibliotecario.

Su máximo gesto de amor se registra una mañana de sábado, cuando Aziraphale abre la ventana de su añeja biblioteca y se ve asaltado por la vista de una gran mancha amarilla y un dulce olor a flores llegando hasta sus fosas nasales. Y a Anthony J. Crowley sonriéndole entre el ejército de flores que lo rodean.

La calle Soho se ve inundada por montones de narcisos que cubren atípicamente la calle mientras los residentes del lugar ver con asombro y perplejidad la última de las locuras del pelirrojo en pos del amor del rubio.

Aziraphale baja rápidamente hasta encontrarse con el pelirrojo, quien sonríe triunfante al ver la maravillada mirada del rubio. —Narcisos… —murmura perplejo cuando se encuentra con Crowley entre aquel improvisado campo de narcisos en la calle.

—Pensé que te gustarían… —respondió Crowley como si nada.

—¿Cómo…? —pregunta Aziraphale sin siquiera poder formular correctamente su pregunta.

—He llamado a todas las floristerías de cinco condados, les dije que era la única manera de que mi ángel se casara conmigo.

Aziraphale ríe —¡Ni siquiera me conoces! —cosa tonta, cinco semanas de cortejo correspondido los había convertido rápidamente en extraños que se conocían muy bien.

—Tengo todo el tiempo del mundo para conocerte.

Y en una calle de Soho, rodeados por miles de narcisos y miles de curiosos, el principado Aziraphale corresponde al demonio Crowley y lo besa, como estaba destinado a pasar, en esta y otras miles de vidas. Bendita sea la serendipia.

Entre la multitud de curiosos que ve enternecidos la escena, una mujer rubia vestida elegantemente de blanco sonríe con dicha y satisfacción, viendo como su intento de enmendar los errores de ciegos y necios había salido a la perfección.

Después de todo, Dios no juega con los dados.