Obnubilación: Hacer perder a una persona, de forma pasajera, el entendimiento y la capacidad de razonar o de darse cuenta con claridad de las cosas.

Número de palabras: 1035


Ambos habían bebido demasiado. Crowley no dejaba de balbucear incoherencias que solo un borracho podría pronunciar, mientras ambos descansaban en la antiquísima librería del rubio y disfrutaban de una añeja botella de vino entre los miles de libros que rebosaban al por mayor en el recinto.

El plan era el mismo que el de otras ocasiones, pequeñas pláticas llenas de camaradería y confianza, mientras sus niveles de alcohol aumentaban, compartiendo entre risotadas las intimidades que solo en 6000 años de confidencial podría haber. Nada anormal, nada peculiar.

Entre la embriaguez y juerga de ambos, habían terminado sentados en el suelo, apoyándose contra una pared, permaneciendo igual de ebrios entre risas y conversaciones faltas de coherencia, olvidando, como en otras ocasiones, sus estatus como ángel y demonio.

Después de un rato, dejaron sus conversaciones sin sentido a un lado, entre ellos no eran necesarias las palabras innecesarias, bastaban 6000 años de trato para que una simple mirada entre ellos bastara para expresar todo lo que querían decir.

6000 años de relación, 6000 años de enemistad, 6000 años de amistad, 6000 años de todo.

Estaban tan cerca que Aziraphale podría tocarlo sólo con moverse un poco, podía oler el amargo olor del alcohol mezclándose con la colonia del demonio, creando un aroma irreconocible para cualquiera, menos para él.

A pesar de todo el tiempo que habían pasado juntos, nunca se habían encontrado tan cerca uno del otro. Lo curioso es que no se sentía incómodo al respecto. Quizá con cualquier otra persona, pero no con Crowley. Todo era diferente con Crowley. Mejor.

El pelirrojo le sonrió. Pero era una de esas sonrisas de puertas cerradas y cortinas puestas, de esas que no tenían otro fin más que el de demostrar su alegría. Nada de pretensiones o de encanto fingido, nada de medios para obtener un fin. Sólo era una sonrisa, y Aziraphale dejó de pensar por unos segundos.

Y entonces, sucedió lo que parecería natural para otros, pero no para ellos, no, ellos no deberían de haber hecho eso.

Se besaron.

Sus labios eran sorprendentemente suaves. Era la única cosa coherente en la que Aziraphale podía pensar: que los labios de Crowley eran sorprendentemente suaves. Era como si hubiese nacido para eso, o quizá los dos estaban demasiado ebrios como para notar el desastre que estaban haciendo, pero eso no importaba, porque era la primera vez que se sentía tan abrumado por tener a alguien tan cerca. No sabía desde hace cuánto tiempo había estado deseando esto hasta que lo había hecho y, ahora que había probado los labios del demonio, no quería dejarlos ir.

Pero tuvo que soltarlos. Si no era por la falta del aire, entonces por el repentino golpe de conciencia que tuvo: estaba besando al que se suponía, era su enemigo, y no sabía cómo reaccionar al respecto, así que se separó, sorprendido y agitado por lo que acababa de hacer. Esperaba un reclamo, la búsqueda de una explicación… cualquier cosa, menos que Crowley sonriera de nuevo y se inclinara una vez más contra él.

Enredó una mano en el cabello de Crowley, sintiendo las manos del otro apretando el cuello de su camisa, cortando la distancia.

Todo se sentía demasiado bien, irónicamente correcto. Los dos se movían a un mismo ritmo, como un reloj.

Fue solo un pequeño toque de labios, que incluso podría decirse que hasta tenía cierta inocencia en el, pero solo aquello fue necesario para despertar a Aziraphale de su aletargada ensoñación y hacerle ver que aquella acción era perfecto sinónimo del pecado.

Por más que la moral lo atormente no puede negar lo evidente: se había enamorado de un demonio.

Y, maldita sea, sabe que sus sentimientos son correspondidos; pero ¿Qué puede hacer más que tratar de ignorar aquello?

Su mente le gritaba que lo tome para sí, que deje de hacer oídos sordos a los sonoros suspiros de Crowley cuando pasa por su lado, que deje de darle esperanzas para después derrumbarlas.

Pero no podía hacerlo.

Se separó como si una fuerte energía lo hubiese empujado lo suficientemente lejos del pelirrojo y ni siquiera se percató de cómo la expresión de su compañero, llena de la obnubilación de un enamorado, se transformaba en un rostro de realización de lo que ocurría a su alrededor, algo que ni siquiera los efectos del alcohol eran capaces de invadir.

—Aziraphale, yo… —comenzó a excusarse el demonio, pero fue interrumpido por una simple mirada del rubio.

Una maldita mirada.

No fueron necesarias las palabras, solo se requirió un gesto que resumió todo lo que el rubio había dicho hace ya varios años "Vas demasiado rápido para mí" y otras frases poco esperanzadoras que el demonio no fue capaz de descifrar al momento.

Crowley lanzó un suspiro exasperado y dejó caer su cabeza sobre sus rodillas, permitiendo que su cuerpo se hiciera cargo de los mundanos efectos secundarios del alcohol: El dolor de cabeza, las náuseas... Y el arrepentimiento.

Aziraphale quiso decirle algo, darle alguna promesa de que lo anhelado podría suceder en un futuro, pero sus cuerdas vocales no fueron capaces de producir sonido alguno, así que, como ya se había acostumbrado a hacer y que haría durante mucho tiempo, hizo lo mejor que pudo hacer y se levantó, decidido a alejarse de la tentación y dejando al demonio balbuceando vagas divagaciones mientras luchaba internamente contra su embriaguez y su cobardía.

—Lo siento, Crowley —murmuró como una ambigua excusa por su comportamiento, para luego irse a su habitación, dejando que el demonio se revolcara entre el remordimiento y el pesar.

A penas se vio abandonado por el rubio, Crowley dejó que unas pocas, pero gruesas lágrimas se deslizaran por sus mejillas mientras sollozaba en silencio por el paraíso perdido que encontró en los dulces labios de Aziraphale y que como siempre, se le fue arrebatado en un abrir y cerrar de ojos.

Aun así, contra todo pronóstico, Crowley mantiene la esperanza. Sí, él es un demonio que aún tiene esperanzas. Sigue regando ese quizás, consintiendo ese delirio futurista de las delgadas manos sobre su rostro, de los labios ajenos sobre los propios, de un te amo que no sea demasiado inmoral, de un futuro a su lado.

Él sigue teniendo esperanzas.