Gigil: Querer apretar de forma incontrolada a alguien a quien amas.

Número de palabras: 864


Crowley era un demonio cuya vida parecía haber sido fundamentada entre esperanzas y anhelos.

Había pasado más tiempo que la vida misma aferrado a un amor que parecía no ser, y aunque siendo alguien tan impetuoso como lo era él, podía conseguir todo lo que quisiera en un abrir y cerrar de ojos, solo que no podía, Aziraphale era el punto de inflexión que le permitía hacer un menos a él, a todos menos a él.

Así que, lo único que podía hacer era ver pasar frente a él las veces que quiso manchar la pureza del ángel a base de besos, esas cinco veces que considero besarlo.

La primera vez está borracho, ebrio y con el deseo de olvidar las cosas que siempre cuestan olvidar, y como siempre, Aziraphale está ahí, tratando de recoger los pedazos desperdigados que dejaba de sí mismo cada vez que tomaba una botella de alcohol y se negaba a soltarla, siendo poco consciente el rubio de que él era la razón por la que el demonio bebía hasta desfallecer.

Es entre las neblinas del alcohol que él fija su mirada en el ángel rubio quien solo acariciaba su cabello en un intento de hacer ese rictus de embriaguez más apacible.

Si el demonio ya había pasado toda su existencia atado a un amor al cual no parecían corresponder, vuelve a condenarse con la pequeña sonrisa que Aziraphale le dedica a mirarlo. No es la primera vez que le sonríe, pero ese instante en particular no puede evitar volver a enamorarse del ángel, porque luce diferente ante los efectos del alcohol, de su mente, de sus penas, y el de su corazón.

Y le dan ganas de besarlo junto al gigil deseo de estar junto a él, así de repente, pero no lo hace, volviendo a su intrincada y ya arraigada rutina de resignación y cobardía, todo bajo la excusa de no poder con la vergüenza que Aziraphale sentiría por besar a alguien borracho y cuando que está a punto de vomitar, pero... El deseo de un beso queda enterrado en lo más profundo de sus anhelos, y así se quedaría mucho tiempo.

La segunda vez ambos beben en el Ritz sin llegar al punto de estar borrachos, y eso Crowley lo maldice, creyendo que encuentra más valentía entre las botellas de Whisky y vino que estando sobrio.

Es en el pequeño silencio solemne que se hace, con Aziraphale sentado a su lado cuando a su mente vuelve la idea de darle, aunque fuera, un casto beso en los labios. El ambiente que lo rodea es tan normal y cotidiano, pero, aun así, vuelve a pensar en que no estaría mal besarlo. Aunque no está ni ebrio ni borracho todavía se niega a seguir a sus instintos más fútiles, considerando que ni sobrio ni ebrio lograría cometer tal proeza. Así que hace lo mejor que sabe hacer cuando la resignación entra a su cuerpo sin querer marchaste, embriagarse.

La tercera vez vuelve a estar borracho, menos que la primera vez, pero lo suficiente como para hacer que por su mente volvieran a escabullirse las ideas traicioneras de su corazón, y como en ocasiones pasadas, él trata de rechazar esa estrambótica ensoñación, pero por primera vez, su mente y su corazón de unen para darle batalla a su razón y él termina por ceder a los caprichos de su vieja alma enamorada, pero no pasa de los dos centímetros y eso no está funcionando.

—Crowley...

—No me distraigas, ¿no ves que intento concentrarme? —reclama, demasiado ocupado pensando en cómo encajar labio con labio para prestar atención a lo demás.

—¿Tratas de besarme? —le cuestiona Aziraphale en una mezcla de desconcierto y... ¿Conformidad?

Crowley solo responde a aquello sin vergüenza alguna:

—¿Que no es obvio?

Se humedece los labios, en un inútil intento de parecer seductor, pero el alcohol no está ayudando. Aun así, no hace falta, porque la distancia al final no la acorta él.

La cuarta vez ya manda todo al carajo, ya ha entrenado aquella paciencia de santo durante mucho tiempo y considera de detener el fin del mundo es suficiente excusa para olvidar el recato y abalanzarse sobre el ángel, el cual creyó perder hace menos de unas cuantas horas, cuando se da cuenta que ni siquiera los ángeles y demonios tienen la certeza de saber cuántos mañanas hay en el futuro y que es mejor prevenir que lamentar. No se le da mucho pensar las cosas, actúa según su voluntad; y justo entonces lo que más quiere es comerle la boca a su compañero.

No lo piensa mucho y un par de gruñidos y besos llenos de lujuria son suficientes para que dos amantes de entregarán y rindieran culto en el dormitorio.

En quinta vez no hay alcohol ni arrepentimientos solo dos enamorados que juguetean amorosamente entre las sábanas, olvidando guerras que nos son suyas y se dedican a lo único que han querido hacer durante mucho tiempo, amarse. Se besan bajo la luna y las estrellas, acompañadas por la inescrutable mirada de la Todopoderosa, que, sin ellos saberlo, les da su bendición.

A ellos poco les importa.

Están muy ocupados besándose como para darse cuenta.