Fulgurante: Que brilla con intensidad.

Número de palabras: 1002


A Anthony J. Crowley sólo le interesan dos cosas en la vida:

Hacer mil y un desastres por donde quiera que iba.

Y Aziraphale.

Y este último es él que no ha dejado sus pensamientos en paz desde hace más de 6000 años, el ángel que, desde aquella primera sonrisa en el jardín del edén, lo volvió loco junto con sus ojos claros, su cabello rubio y su risa, que, junto con una tímida, pero meliflua risa que no hizo más que destruir sus propósitos de causar problemas por la tierra y cambiarlos a rendirle pleitesía por el plazo de toda una eternidad.

Aziraphale, el ángel que se supone, debería ser su enemigo, por caprichos de la vida, se convierte en algo parecido en un amigo que finalmente se transmuta en el objeto de sus amores, anhelos y… de las lujurias inherentes de un demonio.

No puede evitarlo, la lujuria se desborda cuando la simple visión de su caminar, su fulgurante mirar y sus almibarados labios que solo desea besar y morder hasta más no poder. Lo vuelve loco a tal grado que no hay vez que no fantasee sobre él embistiendo la asfixiante cadera del principado de ojos azules.

Sin embargo, es consciente de que no solo la libídine lo domina, eso Crowley lo sabe muy bien, pero no puede confesarse ante ella. Porque conociéndolo, sabiendo que el rubio poseía ciega fidelidad hacia el cielo y crédula confianza hacia esa bola de hipócritas llamados ángeles, no haría más que rechazar sus sentimientos y fingir que nada había pasado.

Pero lo quiere, lo necesita a su lado. Necesita su afecto, su virtud y su inteligencia. Lo ha visto quebrarse ante sus ojos y sólo desea abrazarlo, pero él se rehúsa a darle algo más que no sea simple camaradería y coqueteos que no pasan de rozarse la mano con supuesta inocencia.

El día que todo estaba supuesto a terminar, Crowley sintió un impulso enorme de mandar a la mierda todo el plan que había seguido durante años e ir tras Aziraphale, y lo hizo. Pero Aziraphale tenía cierta terquedad en su carácter y estaba decidido, había un plan trazado con meticulosa organización y atrasarlo no causaría más que desgracias aumentadas que se harían cada vez más difíciles de evitar. Además, Aziraphale tenía tal sentido de pundonor que haría hasta lo improbable para que el plan se cumpliera al pie de la letra.

Lo conocía muy bien.

Miró la visión de su Aziraphale perderse entre las llamas cuyo calor le recordaba al infierno, sintió su alma y corazón quebrados, solo confirmando lo que hace tiempo él ya sabía, no podía vivir sin Aziraphale, una vida sin él era simplemente insoportable y poco digna de vivir. Así que no hace más que sollozar, porque, aunque al mundo le faltaran pocas horas para terminar, el suyo había acabado entre el sofocante calor de rodea la librería.

Y entonces, se cumple milagrosamente, la única plegaria que un demonio había lanzado en silencio al cielo, Aziraphale vuelve y con él vuelve el deseo, el amor, la pasión y la lujuria. Y salvar el mundo de un inexorable fin no hace más que acrecentar esos sentimientos y hacerlo más decidido, nadie más iba a arrebatarle a Aziraphale de su vida.

Él es un demonio, él siempre consigue todo lo que quiere

El ángel no lo sabe, pero lo tiene a su completa disposición, una simple sonrisa y lo tendrá de rodillas declarándole amor eterno y otras promesas de carácter verdadero.

Y una noche, mientras las pequeñas y fulgurantes estrellas bailan en el oscuro sueño nocturno y el helado aire inusual del verano golpeando sus rostros, Aziraphale le sonríe y eso fue suficiente para que él chocara sus labios contra los del rubio mientras le rendía pleitesía romántica entre pequeñas frases entrecortadas y miradas cargadas de un amor más grande que ningún ángel o demonio podía sentir.

Ve a Aziraphale llorar, soltar pequeñas lágrimas que no son de tristeza, más bien de confusión y sentimientos enredados que el principado no es capaz de expresar en palabras y él nuevamente sólo quiere abrazarlo y decirle que se vayan juntos. Y lo hace, porque es decidido y aún no ha nacido alguien que le diga que no a él, y está dispuesto a disolver aquellos quizás y otros rechazos del rubio entre besos, caricias y promesas de amor eterno.

Al final ambos se deciden, no pueden más han sido años ocultándolo, seis siglos sintiéndose desdichados en una falsa enemistad y obediencia que no hacía feliz a nadie, seis siglos de intentos sin sentido de reprimir sus sentimientos.

—Nunca seremos una pareja normal —le advierte a Aziraphale entre besos cada vez más subidos de tono. ¿Un ángel y un demonio? ¡Pero que disparate!

—A nosotros no nos gusta lo normal —le dice el rubio segundos antes de tomar su boca.

Entre tropiezos entran a la librería y arrincona al ojiazul en la pared, acaricia sus piernas y lo atrae a su miembro que está listo para entrar en él, le besa el cuello y desesperado lo carga obligándolo a que abra las piernas para sujetarlo mejor. Se retuerce de placer y a su oído sigue gimiendo frases rebosantes de cariño entre ese oasis de su lujuria. Lo lleva hasta el sofá donde lo despoja de su ropa, lugar que ya compartirán siempre, lo llena de besos y lo hace suyo, la primera vez de algo que se hará costumbre entre ellos.

Porque no importaba cual fuera la situación, Aziraphale siempre había sido suyo y él había sido de él. Porque ahora no estaban seguros que les depararía el destino sin nada seguro a futuro, ambos de su propio lado, pero estaban dispuestos a empezar de cero, no como una pareja normal porque ya habían descubierto que eso no se les daba. Si no como ellos, como un demonio y un ángel que no cumplían el prototipo de cuentos de hadas, pero si la complicidad anhelada para el futuro que ambos querían formar.