Ataraxia: Estado de ánimo que se caracteriza por la tranquilidad y la total ausencia de deseos o temores.
Número de palabras: 923
El primer recuerdo que Aziraphale tenía de Crowley después de aquel fallido fin del mundo era su risa; estruendosa pero que logra contagiar a toda la habitación de una especie de ataraxia y felicidad que jamás pensó que alguien proveniente del averno pudiera sentir. No es hasta ese momento en el que se da cuenta de lo hermosa que es la risa del demonio y que podía escucharla tan solo un minuto y seguir pensándolo durante y un mes. No recuerda haberlo escuchado reír de ese modo, estaba tan ocupado obedeciendo a las órdenes de los demás como para fijarse en esos pequeños detalles de los que estaba hecha su vida.
Crowley, en cambio, conocía por completo a Aziraphale, quizá 6000 años de enamoramiento secreto que siempre había creído no correspondido, así como el incesante parloteo que a veces mantenía con cualquier incauto sobre el ángel y las extraordinarias cualidades que este poseía.
—¡Ha leído más libros que nadie! —era una de las cosas que solía comentar con maravilla, incluso a veces consigo mismo, mientras miraba a la distancia a su ángel leyendo cierto libro o deleitándose con algún postre.
—Antes de mirarme tan intensamente, deberías invitarme al menos a cenar —comentó risueño Aziraphale, una noche en la mataban el tiempo entre pequeñas conversaciones y debates sobre temas que rozaban la tontería. El rubio lanzó una sonrisita que a él le supo seductora mientras esos ojos azules brillaban como queriendo atravesar su alma.
Él solo se había burlado, mientras hacía aparecer una copa de vino que se tomó de un solo trago —Ya te he invitado varias veces al Ritz, eso debería ser suficiente —dijo con una pequeña sonrisa socarrona, pero Aziraphale descubrió esa noche que esa sonrisa le gustaba.
Y Crowley también descubrió que le gustaba cuando el rubio le hacía sonreír.
Nunca pasaron por la etapa de un "cortejo" adecuadamente dicho, luego esa noche fueron directo a lo que venía después; a coquetear en lugar de charlar, con Aziraphale sonrojándose suavemente con los comentarios indiscretos del demonio, a las miradas furtivas, y a aparecer en el hogar del otro sin avisar, con una botella de vino en la mano o un libro, dependiendo del humor en que se encontraran, hasta la noche que Aziraphale le besó. Una noche cualquiera, cuando Crowley estaba a punto de irse de la librería y en lugar de eso se había quedado ahí, presionando el cuerpo del ojiazul contra el marco de la puerta, besándolo hasta estar segura de que Aziraphale lo estaba besando de vuelta.
Y el rubio se había alejado primero, dejándole aún el sabor de su boca sobre sus labios y esa vieja y ya conocida sensación de vació en el estómago que Crowley había olvidado cuanto anhelaba que desapareciera.
—No quiero que te vayas... —dijo, liberando a Crowley de ese pesar que cargaba sobre sus hombros.
—No pienso ir a ninguna parte... —Crowley se escuchó responder, incapaz de comprender en que momento había decidido que quería quedarse junto a Aziraphale, no solo esa noche, sino un montón de días más.
Crowley no estaba segura de que mereciera tener demasiados buenos recuerdos después de haber caído, no después de lo que había hecho, y de lo que había estado a punto de ser. Y aun así, a pesar de aquellos ambarinos ojos que lo marcaban como un ángel rebelde y de todo lo que eso implicaba, Aziraphale tampoco fue a ninguna parte. Aziraphale continuó apareciendo siempre, y besándolo todo el tiempo, como si en verdad quisiera hacerlo, y Crowley aún no conseguía comprender porque habría de quererlo.
—¿Por qué no me odias?
—¿De qué hablas? —Aziraphale ya sabía por experiencia propia cuán complicado podía llegar ese demonio de ojos serpentinos del que se le había ocurrido enamorarse.
—Sabes de lo que hablo, Zira...— murmuró con un deje de pena el demonio, pasando su mano por su cabellera pelirroja, dejando ver con claridad aquellos orbes ambarinos que usualmente ocultaba bajo gafas oscuras.
—Esto no es tu culpa... —se apresuró a responder.
La mano tibia del ángel contra su mejilla era demasiado reconfortante.
—Absolutamente nada de lo que pasó es tu culpa.
Crowley se estremeció cuando la mano sobre su mejilla se movió, esperando que se apartara completamente, pero eso no paso. Aziraphale fue a apartarle un mechón de cabello del rostro, y su mano volvió justamente a donde se encontraba antes.
—Quizás me hubiera tocado luchar contra ti en esa estúpida guerra —bufó —Nunca me habría perdonado haberte hecho algún daño.
Aziraphale lo atrajo más cerca, hasta que Crowley se encontró acurrucado contra su cuerpo.
—Pienso en lo que puedo haber sido… si tú y yo… si nada hubiera salido como esperábamos…
Aziraphale no encontró una mejor manera de detener su parloteo que con un beso.
—Basta— Aziraphale se separó lo suficiente de él hasta poder mirarlo —Todo ha salido a la perfección y eso es lo que importa.
Crowley se estremeció una vez más cuando los labios del rubio se posaron sobre su frente.
—¿Quieres saber la verdad? No tengo idea, no tengo la menor idea de porque no te odio. —confesó el rubio mientras se acurrucaba más cerca de su pareja.
—Deberías. —Crowley bufó.
—Bueno, no sé cómo, y es algo tarde para que aprenda...
El pelirrojo rodó los ojos.
—¿Te das cuenta de lo asquerosamente cursi que eres algunas veces? — pero igual estaba sonriendo.
—Cállate.
Y volvió a besarlo, solo porque podía hacerlo; porque tenían el resto de sus vidas para seguir haciéndolo y Aziraphale pretendía que fuera de ese modo.
