Hola, disculpen por tardar en colocar. Espero que les guste. Gracias por pasarse a leer y dejar reviews. Y bueno, para quienes tienen la duda de quién de los dos se quedará con Hermione debo sincerarme. No lo sé aún, sigan leyendo y lo averiguaremos juntos.
Enjoy!
Capítulo 5. Las marcas del pasado.
Hermione Jane Granger solía pensar que ya nada podría sorprenderla después de todo lo vivido en los años anteriores. Nada. Y esa mañana había decidido iniciar con sus investigaciones, sobre todo los libros de contabilidad que por algún sitio debían estar. Seguro se encontraría cosas sospechosas, pero nada que no fuere ya atribuido a esa familia en el pasado.
Suspiró.
No evitó, como todas las mañanas mirarse el antebrazo y pasar la yema de los dedos por la marca. Esa maldita marca que se encargaría de recordarle siempre el pasado:
Sangre sucia.
Era como un indicativo para sentirse viva y qué aún seguía respirando. De pronto quiso llorar. No supo con exactitud si era el que Ronald Weasley no se haya dignado en buscarla o siquiera mandarle a buscar. Cualesquiera que fuera el caso, se abofeteó mentalmente por estarlo deseando.
Se levantó al alba, vistiéndose con las ropas formales de trabajo, pantalones anchos, zapatos de tacón medio, blusa con corte uve y la túnica sencilla. Todo de un tono obscuro. Se recogió el cabello en un moño severo y se echó a andar. Recorrió aquel lugar lentamente, buscando al anfitrión qué, después de 15 minutos encontró en los jardines.
Hermione desvió la sus ojos instintivamente al notar la espalda desnuda del hombre. No es que no hubiere visto una, pero de repente una zozobra le ruborizó las mejillas. Sin saber porque. Sirius Black había decidido cortar a mano la madera de usanza común en la casa, quizá buscando tener un pasatiempo o minando en un solo punto la rabia contenida: hacha y centro.
Ella carraspeó la garganta tratando de llamar su atención, pero pudo quedarse afónica en el intento.
-¿Señor Black?-llamó con la voz estridente-
Él se detuvo y le miró un momento. A decir verdad hubiera preferido que no. La chica tuvo que enfocar sus ojos en el rostro del hombre porque, viajar demasiado lejos podría ser peligroso. Pensó. Más sin embargo, no estaba desapercibido que a pesar de tener pasados los 40 aún conservaba un magnifico cuerpo.
Sirius por su parte observó a la joven abiertamente, y notó sus ropas desencajadas a su edad. De hecho parecía una mujer cuarentona con el rostro de adolescente. Se hubiese reído a carcajadas por el pensamiento en otra ocasión, e inclusive lo hubiese dicho a voz abierta. Pero en ese justo instante estaba de mal humor. Su varita se había roto.
Hubo una pausa larga. Y él se quedó mirándola, como indicativo a que prosiguiera. Hermione volvió a aclararse la garganta, alzó el mentón de manera inquisitiva e irguió demás la espalda.
-Me preguntaba, si usted. Bueno, si deseaba desayunar-dijo en un arrebato tal, que se maldijo internamente por ello-
Sirius frunció el ceño. No es que le molestara la invitación, simplemente no estaba acostumbrado a la compañía y mucho menos la femenina. Se volvió a lo que hacía y dijo:
-He desayunado ya, sírvase de usar lo que necesite en las cocinas-el trac de la madera sonaba una a una cada vez que colocaba un tronco para partirlo. Cuando volvió el rostro para verificar que ella le escuchó, Hermione había desaparecido-
La chica apretó más su carpeta contra su pecho y apuró el paso. Siempre tuvo la manía de ser amable con las personas, eran los valores que sus padres le inculcaron desde que logró recordar pero supuso no todos. Quiso comprender la actitud de Sirius mientras le colocaba miel a su tostada pero de verdad no podía. Ella no conocía todo el trayecto de su vida. Hubo terminado el desayuno, cuando se mordió el labio preguntándose ¿si debía pedir permiso de estrujar la biblioteca hasta dar con los libros viejos de contabilidad? Se lo pensó mejor y como él dijo: "Haga lo que tenga que hacer"
Pues eso haría.
Dadas las 4 de la tarde, su estómago lanzó un gemido gutural e hizo una mueca. No se percató de todo el tiempo transcurrido, ya que ese lugar le confería al aire de los alrededores como una cámara dónde se detenía el tiempo. El reloj de la estancia comenzó a saltar con campanadas y ella decidió entonces dejar aquellos libros anchos, rojos y polvorientos para ir de nuevo a las cocinas. A final de cuentas, no encontró nada raro en ellos aún.
Casi se da de bruces con el cuerpo de Sirius al girar en el recodo del pasillo, y si él no le hubiera tomado por los hombros se hubiere ido directo a los suelos. Hermione levantó la vista encontrándose con los ojos más asombrosos que haya visto jamás. Parecían dos gotas de agua plateada y cristal con un deje profundo, envueltos de misterio y profundidad. Apretó la mandíbula buscando serenarse, seguramente estaba de mil colores. Sentía la cara arder.
-Ahora mismo iba a buscarte. Kreatcher ha preparado la merienda-dijo y lentamente la soltó. Lo maldijo. Él estaba tan sereno, tan plácidamente parado allí cerca de ella sin siquiera inmutarse. Apenas y pudo asentir, entonces él se giró sobre sus talones rumbo al comedor-
El elfo domestico gruño por lo bajo maldiciones y palabras altisonantes por tener que servir a Hermione un plato de estofado, que el gusto de la muchacha la carne parecía de dudosa procedencia. No quiso hacerle una grosería al elfo, tomó el platón ofrecido por la criatura con una sonrisa y lo colocó frente a sí estudiándolo. Podía sentir los ojos de Sirius anclados sobre ella.
-¿Ha encontrado algo interesante en la biblioteca?-preguntó tan inesperadamente que le hizo exaltar. Trago saliva porque la garganta se le secó de pronto-
-No, todo es normal-murmuró lo suficientemente audible para él. La respuesta a esa declaración fue un gemido monosilábico desde el otro extremo de la mesa-
Hermione terminó su plato por educación y muy a pesar del regusto agrio que le dejó, agradeció al elfo por sus atenciones. Con evidente molestia, gruñó por lo bajo una maldición sin siquiera ver a la chica y le retiró el platón. Durante todo ese tiempo ni una palabra se dirigieron ella y Sirius. Cuando hubo terminado, Sirius se levantó de su asiento, hizo un movimiento feudal con la cabeza y se retiró. En verdad ese hombre era todo carencia de modales, pensó ella.
Sirius Black no se amedrentara con los problemas, ni mucho menos con los retos. Desde joven tuvo la certeza que estaba hecho para desafiar cualesquier cosa o persona en el mundo. Inclusive a su padre. Sabía a conciencia de su carácter innato para los negocios, su astucia y perspicacia para asestar un buen golpe en el quidditch además den un encanto tan natural a sus formas labiosas de discernir a las personas; no le costaba mucho trabajo ese arte. Las personas podían disuadirse o manipularse tan fácilmente. Tan simple como chascar los dedos.
No obstante, desde la llegada de esa chica no lograba esclarecer cómo comportarse. Era como un muro de piedra. O podía agradecer quizá ese hecho a todos los años que permaneció muerto en vida en Askaban, que si no fuera por Harry Potter, seguiría siendo un ente. Pasó la yema de los dedos por su muñeca izquierda dónde tenía tatuado en tinta negra el código con barras, característico de un reo que ha permanecido lo suficiente en ese lugar como para adquirir una. Cada línea aparecía con cada uno de los años que se estaba allí. Apretó las mandíbulas. Cómo le disgustaba el hecho de que no existiera hechizo alguno que pudiera borrarlo.
De todos modos ¿Qué esperanza de vida podía tener un ex convicto? ¿Qué esperanzas en el amor? Se abofeteó mentalmente con ese último pensamiento y apretó los parpados. La primera imagen que le vino a la mente fue el rostro inocente y los ojos marrones abiertos de sorpresa esa mañana cuando casi choca con la dueña. A pesar de la familiaridad que tenía con Hermione Granger-gracias a su ahijado- no sabía de dónde nacía el nerviosismo ante su presencia. Ella era una joven y muy inteligente. Estaba claro, al llegar con aquellos portes de autosuficiencia y el nombramiento de la mano derecha del ministro de magia. No era común. Más aunado los otros asensos que se ganó después de la guerra, le conferían un aire intimidante quizá. O simplemente era el hecho de que no convivía con una mujer desde hace siglos.
Ella es atractiva, pensó. ¡Menuda estupidez! Nunca hizo pausa en deambular a esos temas. Las mujeres eran demasiado complicadas, ya lo había resuelto años atrás cuando concibió tantos líos gracias a una en específico. Narcissa Malfoy. Su prima siempre mantuvo ese porte inigualable, tan señorial y educado como si se tratase de una princesa medieval. Además sus gestos y tez de una muñeca de porcelana. Tanta belleza era singular y pura de la familia Black. Bueno, su madre y la prima Bellatrix eran las excepciones-hizo un mohín-
Sin embargo, Hermione Granger-la chica que tiene la misma edad que tu ahijado, le recordó una vocecilla interna-es mucho más atractiva. Suspiró con hastío. ¡Por merlín! Lupin tenía razón se estaba volviendo un viejo cascarrabias y para no más, rabo verde. Se maldijo mentalmente por estar pensando esas cuestiones. Él no tenía tiempo para banalidades como esas, su preocupación debiera enfocarse a obtener buenos resultados en la reparación de aquella casona. Y sin su jodida varita.
Echó los polvos flu la chimenea, y apareció la llamarada verde. Desapareció tras ella.
Unos dedos largos y pálidos se tamborileaban en un antebrazo con la misma tez, pero a diferencia del otro, ese estaba adornado con un tatuaje muy peculiar. Una calavera que tenía una serpiente saliendo por el maxilar. La marca tenebrosa. Recorrió con el dedo índice cada uno de sus trazos, dibujando a lentitud aquella silueta obscura. Como deseaba poder dejarlo atrás, como todo lo demás. Pero era imposible. Eso jamás se borraría de su cuerpo. Ni mucho menos de su mente. Un elfo domestico apareció de pronto, con un nerviosismo tal por no saber si debía molestar al amo o no. Esa mañana se encontraba de un pésimo humor, más de lo cotidiano.
-Amo, le buscan en la sala de estar- el elfo dio un respingo y se agazapó al momento que unos ojos grises se posaron con furia en su diminuto cuerpo-
-¿No te he dicho ya, que no me molestes cuando desayuno?-vociferó-
La criatura asintió al borde del llanto.
-Yo se lo dije amo. Pero el contable del ministro insiste..-murmuró. El sujeto chascó la lengua y se irguió cuán alto era. Se desdobló las mangas de su traje negro-
La servilleta blanca salió disparada a la mesa con la suficiente fuerza para tambalear el vaso de jugo de naranja. La silla principal del comedor chirrió en el piso de madera y pronto los pasos coléricos de un joven atravesaron el gran comedor estilo barroco. Un elfo domestico le hizo una reverencia exagerada apuntando a la salita de estar.
Draco Malfoy apretó los puños y bufó con exasperación ¿Qué carajos estaría haciendo ahí un contable proveniente del ministerio? ¿Nunca dejarían de asediarlo? Pues creía bastante justas las sentencias impartidas en los años anteriores, y que ya su deuda estaba saldada por entero. Realmente no sabía cómo lograr calmarse, de solo saber que aquel sujeto venía por parte del ministro de magia le puso los pelos de punta. Y la rabia no tardó en aparecer.
Frunció el ceño. Eso no era lo que esperaba encontrar. Hermione Granger estaba de espaldas a él, observando el cuadro de la familia con detenimiento, como si buscase algún secreto oculto. La razón era que, esa pintura no tuviera movimiento. Y sobre todo que contuviera la firma de un pintor ajeno al mundo de la magia. Aquella casa no se distinguía por el fanatismo de los objetos muggles. Todo lo contrario. Sin siquiera percatarse que ya estaba en compañía, posó las yemas de los dedos en la firma detallada que decía Van Gogh. Ladeó el rostro estudiando los trazos para buscar algún indicio que fuere una farsa, o un plagio total. Pero parecía tan real.
-Buenos días..-interrumpió Draco aquel análisis exhaustivo, que le incomodó-
Ella se giró con el corazón hecho un lío, acababa de recibir un susto de muerte. Luego se encontró con un muy distinto Draco Malfoy. Su cuerpo ya no era delgado, pareció ganar musculatura. El rostro perdió el toque fino e infantil mostrando rasgos varoniles y gruesos. El cabello le caía hasta los hombros en dos cortinas rubias. Más sin embargo, sus ojos tenían la misma expresión y color. De momento se preguntó si se trataba de él. Pero éste frunció el ceño de modo tan característico suyo, corroborando en efecto; se quedó muda. Meditando las razones que generan los cambios y cómo aquel muchacho que alguna vez fue su compañero de clases lucia más aterido de lo normal. Hasta el pensamiento le resultó inverosímil.
Después de la guerra el mundo entero cambia Hermione, le dijo una vocecita en su interior. Solo basta con verte en el espejo, imagina cuanto dolor debe existir en cada persona que fue siquiera tocada por Lord Voldemort. El escalofrió le recorrió el cuerpo cuando viró la vista al fondo del pasillo. Se divisaba la chimenea a duras penas, era el salón principal. No pudo evitar tomar su muñeca y juguetear con la marca. "Sangre sucia"
Draco no movió ni un milímetro su cuerpo, ni su expresión. Pero fue totalmente consiente de lo que ella hacía.
Recordar.
Después de un largo silencio. Draco llamó a uno de sus elfos, e intentó ser lo más cordial posible con él. Desatar la furia de una trabajadora del ministro de magia no era uno de sus asuntos vitales esa mañana. Ni nunca. El elfo desapareció en un plop y en cuestión de segundos regresó con una charola de té.
-Si viene a tratar asuntos del ministerio, supongo que nos tomara algo de tiempo-extendió la mano al salón principal, invitándola a seguirlo-
Hermione se paralizó. El entusiasmo con que había comenzado la mañana acabó por completo justo en el momento que puso un pie en los terrenos de la mansión Malfoy. Aquel lugar no le traía más que malos recuerdos.
-¿Se encuentra usted bien?-dijo Draco con exasperación, que por cortesía. Hermione sacudió la cabeza, carraspeó la garganta y apretó el maletín con aprensión entre sus manos-
-Lamento mi visita tan inoportuna. Pero he venido de parte del ministro de magia, como ya le han indicado. Las razones por las que estoy aquí se las puedo explicar en este instante. En este lugar, no es necesario que tenga formalidades obligatorias-le miró a los ojos para no perder entereza, aunque por dentro se estaba haciendo añicos-
Draco apretó la mandíbula. El que le despreciara un té matutino, que por cortesía ofreció, le resultó de muy mal gusto. ¿Qué se podía esperar de ella? Se preguntó con un sarcasmo atronador. Todo su cuerpo ardía en cólera.
-No me gusta tratar un asunto importante parado en la estancia de mi mansión. Hágame el favor de acompañarme-sin mediar más, apuró el paso a la sala. Hermione se quedó quieta, sopesando la idea de retirarse y no volver. No podía quedarse en ese lugar, cuan tonta fue al pensar que lo manejaría del todo bien- Le sugiero, señorita, que me siga. Las paredes de esta casa, y los pasillos cambian de forma y de lugar. Así como de color y tamaño. Podría perderse, y no querría que eso sucediera-la voz del chico sonó más a una amenaza que a recomendación-
Hermione tuvo que moverse. Lo hizo lentamente, hasta que su respiración se fue acompasando. Trató de tranquilizarse una y otra vez. Llegó a la sala, y le pareció de pronto como si la chimenea cobrara vida y fuera a tragársela. Una pesadilla tan recurrente en su infancia ¡Oh como odiaba las chimeneas! Draco parecía entre divertido y airado de que aquello fuese tan evidente. No era para menos que la "sangre sucia" mostrara esos desplayes de temor a esa casona, él aún tenía pesadillas por las noches y le costaba mucho dormir. Si no fuera porque debía conservar la mansión al ser una reliquia de siglos, la mandaría quemar con todo y muebles.
-¿Y bien?-terció al seguir sumergidos en el silencio-
Hermione cerró los ojos y los sintió pesados. La risa estridente de Bellatrix Lastrenge de pronto retumbó entre las paredes.
-Lamento mi comportamiento, creí que esto no sería tan difícil-murmuró lo suficientemente audible para que él la escuchara y pensó que aquello le estaría resultando tan divertido al "hurón mal criado"-
-Ajá-soltó con desinterés Malfoy. Se metió las manos a los bolsillos, se sentó en el sillón orejero y ancho de la sala. Estudió a Hermione de los pies a la cabeza. Esa chica se esforzaba vorazmente en parecer una aburrida y anticuada ¿o eran sus ideas? No distaba presentársele como lo que él imaginó que sería Hermione Granger en los años venideros-
A decir verdad, pensó mucho en ello durante sus épocas de estudiante. Sobre todo después del golpe que le propinó en el quinto curso. Nunca imagino que ella pudiera tener la suficiente entereza para enfrentarle, de hecho le molestaba justo por eso. La creía una ratona de biblioteca cobarde. ¿Quién lo diría? Ahora se le llamaba la libertadora del mundo mágico. Con el pensamiento revoloteándole en la mente, casi se le sale una carcajada sarcástica. Pero no hizo más que abrir los ojos con sorpresa al observar cómo el cuerpo de Hermione Granger se desplomaba justo frente a él.
