Continuando con el Especial de San Valentín, "El ingrediente perfecto"


"El ingrediente perfecto"

Parte III

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El sonido de las campanillas colgadas en la puerta inundó sus oídos en cuanto cruzó el umbral de la tienda. De inmediato, y a modo de bienvenida, el ya característico aroma de galletas recién horneadas se presentó para acompañarlo, a la par del murmullo de las conversaciones y risas que se sostenían al interior.

Y es que, como cada año, la tienda familiar se encontraba repleta en esa época.

Con agilidad, Naruto Namikaze se abrió paso a través de los clientes que inundaban la tienda, saludando y agradeciendo por su compra a quienes ya iban de camino a la salida con sus pequeños paquetes envueltos llenos de dulzuras.

Aquella era una de las cosas que más le gustaba ver, después de todo, desde que era tan solo un niño Naruto había crecido escuchando maravillas sobre la pastelería de su madre. Tal era su fama, que los rumores sobre lo deliciosos que eran sus dulces llegaban incluso hasta el otro lado de la ciudad.

"La mejor pastelería del barrio", era un título ostentoso que su madre llevaba con mucho orgullo. Y él igual.

Saludó a los clientes más conocidos, todos en su mayoría hombres, quienes se preparaban para el Día Blanco de ese año. San Valentín se había terminado ya, dejando atrás confesiones y obsequios por parte de jóvenes y mujeres que se habían esforzado en sorprender a quienes amaban. Ahora le correspondía a los novios y esposos otorgar chocolate blanco, devolviendo hasta el triple de lo recibido según la tradición exigía.

Pensando en aquello, Naruto apretó aún más fuerte contra su pecho la bolsa de tela que llevaba en sus brazos, intentando deshacerse del nerviosismo que le causaba la idea.

Con dieciséis años cumplidos, y cursando su segundo año en preparatoria, sentía que no había ningún otro día en el año que lo alterara tanto como el 14 de marzo.

- Vaya, pequeño Namikaze, te has hecho muy alto -uno de los clientes le habló de pronto, al cruzarse en su camino. A Naruto le tomó un momento reconocer al padre de una de sus compañeras de clase. De inmediato sonrió.

- Muchas gracias -respondió, haciendo una reverencia. Que notasen lo mucho que había crecido en las últimas vacaciones era algo de lo que, secretamente, se sentía muy orgulloso-. ¿Viene por algún pedido en especial?

El hombre comenzó a reír entonces, sonriendo con cierto nerviosismo.

- No debería, pero sí -aceptó en ese segundo-. Entre tú y yo, con mi esposa ya no deberíamos seguir comiendo tantos dulces, intentamos cuidar nuestra dieta -informó, como si fuese un secreto-. Sin embargo, ella de verdad ama los pasteles de tu madre, así que pensaba en sorprenderla con uno este año. No puedo esperar a ver su sonrisa mañana por la mañana.

Naruto sonrió sin poder evitarlo.

Podría tratarse de una tontería, ¿saben?, pero realmente le gustaba ver cómo el cariño de una persona a otra no hacía más que crecer, inclusive después de tantos años juntos. Y es que, con el paso del tiempo, había aprendido también que no muchos padres continuaban casados. Los de su mejor amigo Sasuke, por ejemplo, se habían divorciado dos años atrás. Por lo mismo, sonreía cada vez que podía al ver a una pareja adulta realizarse pequeñas muestras de afecto, en un intento por cuidar del amor que aún sentían por el otro. Y lo hacía de la misma forma en que sonreía al tratarse de su padre, quién cada mañana le aseguraba a su madre que lucía más hermosa que él día anterior; mientras que ella le dejaba pequeñas notas en su almuerzo, recordándole lo mucho que lo amaba.

Ver aquel tipo de detalles solo le hacían sentir que el amor era un sentimiento que podía mantenerse vivo, incluso con el paso de las generaciones. De modo que siempre que veía algo similar se alegraba, ansiando ser igual de afortunado algún día.

- Espero que realmente le guste-ttebayo -respondió con sinceridad. Tras eso, y pensando en que ese día estaba demasiado reflexivo respecto al amor, Naruto se despidió y finalmente alcanzó la parte trasera del mostrador.

Con un simple movimiento de mano saludó a su madre -quien en ese momento atendía los pedidos de la tienda- esperando no interrumpir su trabajo, y continuó rápido por el pasillo que conectaba hacia su casa. Una vez dentro, y tras cerrar la puerta, el ruido de las conversaciones desapareció.

Finalmente, algo de paz.

Sin tomarse demasiado tiempo para descansar, colgó su bolso en la percha, se deshizo de sus zapatos y avanzó hacia el interior de la casa con la bolsa de tela aún entre sus manos.

Verificando primero que su padre no estuviera rondando por el primer piso, llegó hasta la cocina. Al comprobar que el terreno se encontraba despejado -y recordando que por el momento su madre pasaría un largo rato en la tienda, atendiendo a las decenas de adolescentes, jóvenes, amantes y esposos enamorados-, se permitió sacar el contenido de la bolsa y ordenarlo sobre la encimera, dejando ver una serie de ingredientes para cocinar.

- Muy bien, veamos lo que podemos hacer -decidió, subiendo las mangas de su camisa y tomando el delantal colgado tras la puerta.

Tal y como sus padres habían esperado de él, con los años Naruto había aprendido a preparar un montón de delicias caseras. Por mucho tiempo se había tratado incluso de su desafío personal, aquel por el cuál fue capaz de soportar las bromas de sus amigos y compañeros de clase al elegir año tras año los clubes de pastelería y economía doméstica en la escuela.

Incluso Sasuke, quién era el único en conocer el verdadero motivo por el cual se esforzaba tanto en aprender a preparar dulces, solía molestarlo de vez en cuando, especialmente al verlo adquirir ingredientes para cocinar. Con su sonrisa presumida -que había perfeccionado durante sus años de adolescencia-, le afirmaba que ya no solo se contentaba con vivir en una casa de jengibre, sino que también deseaba construir una propia.

Naruto, claro, continuaba encontrando aquella broma estúpida. Sin embargo, prefería no responderle. Al contrario, se regodeaba en silencio cuando Sasuke le suplicaba ayuda para sorprender a Sakura con algún pastel en forma de corazón o con alguna caja de galletas caseras.

Y es que, al entrar en preparatoria, su mejor amigo por fin se había atrevido a declarar sus sentimientos a la joven Haruno. Aunque, era necesario recordar, tal vez aquello nunca hubiese sucedido de no ser por la gran cantidad de estudiantes que cada día se le declaraban a la joven, y que finalmente formaron una amenaza lo suficientemente grande como para que Sasuke -en medio del terror de ver con otro chico a quién le hacía perder el habla-, se atreviese a invitarla a salir en medio de una clase de biología, gritando lo mucho que le gustaba en lugar de terminar su exposición sobre el sistema digestivo.

Y tras ese gracioso incidente -que Naruto jamás olvidaría-, ahora, Sasuke Uchiha era el novio de Sakura Haruno. Y, cada cierto tiempo, le suplicaba ayuda al chico de la casa de jengibre para sorprenderla con algún dulce detalle.

A Naruto no le molestaba ser usado de esa forma. De hecho, le servía para poner en práctica lo que iba aprendiendo durante sus clases de pastelería. De la misma manera en que él se había hecho más alto con el paso de los años, había dejado de ser también aquel niño inexperto horneando su primer pastel. Desde aquel mes cocinando con su madre, sus sentidos habían mejorado notablemente. Ahora era capaz de distinguir los ingredientes y las especias usadas, así como de improvisar nuevas recetas. Incluso su madre había comenzado a vender algunos de sus dulces en la tienda familiar, durante las últimas vacaciones.

Sobre todo, lo más importante, es que había descubierto lo mucho que amaba cocinar y hornear.

Y, aquello, era justamente lo que planeaba hacer en ese momento.

A solas en la cocina, y a menos de veinticuatro horas del Día Blanco, Naruto simplemente se dedicó a poner en práctica todo lo aprendido en aquellos años; en hacer aquello que tanto disfrutaba.

Cerró la puerta y depositó los ingredientes con cuidado sobre el mesón, ordenándolos con exactitud.

Chocolate en polvo. Amargo.

Azúcar. Y una pizca de sal.

Vainilla.

Mantequilla.

Leche.

Y, con todos listos, no dudó en poner manos a la obra. Después de todo, aunque los bombones no tardaban mucho en realizarse, él quería tener tiempo de sobra por si cometía algún error durante el proceso.

Preparar el chocolate no era tan complicado. Sin embargo, debía estar atento para no quemarlo mientras revolvía los ingredientes sobre el fuego lento.

Y durante los siguientes minutos Naruto siguió la receta que había creado -a base de un continúo ensayo y error-, preocupándose de hacer todo con deliberación, cuidando las medidas de los ingredientes y la fuerza de la llama.

Finalmente, mientras los bombones se encontraban en el congelador, el muchacho se vio obligado a invocar la paciencia que durante todos esos años había sido capaz de cultivar, mientras constantemente se recordaba que el chocolate necesitaba un tiempo antes de probarse.

- Estarán bien, estos estarán bien… -susurraba para sí mismo, una y otra vez, intentando ignorar la ansiedad que comenzaba a gestarse en su interior.

Después de todo, aquella se había tratado de su última visita a la tienda. Con seguridad -y al igual que en San Valentín-, los ingredientes para preparar bombones ya se habrían acabado. En realidad, solo le quedaba lo justo para un intento más. Y esperaba no tener que necesitarlo.

¿Estos bombones sabrían bien? ¿Habría sido suficiente azúcar en la mezcla?

¿Y qué había del chocolate en polvo? ¿Habría sido buena idea cambiar de marca?

Era tan frustrante sentirse tan inseguro sobre su creación. ¿Cuántos de esos pequeños dulces había preparado ya?, e incluso así, ¡seguía sintiendo que no era más que un chico sin un ápice de experiencia!

En cuanto el tiempo terminó, Naruto abrió el congelador y sacó la bandeja. Con velocidad desmoldó los bombones y, finalmente, se atrevió a probar su creación.

El sabor dulce del chocolate inundó su boca un simple instante. Un sabor familiar.

Tal vez demasiado familiar, hasta el punto de hacerlo sentirse hastiado con tan solo la primera mordida. Tras tragar, no pudo evitar arrojar un suspiro, sintiéndose por completo frustrado.

Había fallado completamente de nuevo.

¿Qué ingrediente había faltado en esa ocasión? ¿Dónde había cometido el error?

Bueno, no era que estuviesen malos… pero aquellos bombones no eran para nada especiales. No había nada que los volviera memorables, a diferencia de los dulces que su madre creaba. A su juicio, aquella bandeja de bombones era igual que cualquiera que él pudiese adquirir en algún supermercado, producida en masa.

Y él necesitaba que aquellos dulces fueran especiales. Perfectos.

Después de todo… eran para Hinata.

Pensar en ella fue suficiente como para que una serie de sentimientos resurgieran desde lo hondo de su ser.

Ah… Hinata.

Le bastó tan solo cerrar sus ojos para imaginarla perfectamente.

Sentada sola en un rincón apartado de la biblioteca, leyendo con tranquilidad; caminando por los pasillos de la escuela, junto al resto de sus amigas; incluso en medio de un examen, mordiendo su lápiz con gesto pensativo, mientras intentaba resolver las preguntas.

Mientras que él se encontraba mirándola desde lejos, siempre desde lejos, incapaz de acercarse.

Después de todo, para la joven Hyuga él era casi un desconocido. Hacía mucho tiempo ellos habían dejado de ser amigos.

Y, por lo que parecía, las cosas seguirían siendo de esa manera…

Frustrado, decepcionado y herido por aquella posibilidad que se volvía cada vez más real, Naruto abandonó la cocina y subió las escaleras, directo a su cuarto. ¡Realmente detestaba aquella maldita fecha!

Fue así como su padre lo encontró, veinte minutos después, recostado en su cama y mirando hacia la pared.

- Mal día en la cocina, ¿eh? -sonrió el hombre, recordando la manera en que su esposa creaba un berrinche similar cuando una receta no salía tal y como esperaba.

Ciertamente, ella y su hijo estaban cortados por la misma tijera.

- Mañana es el Día Blanco y aún no consigo nada -Naruto habló, dejando ver su frustración.

- ¿Sigues queriendo preparar algo para la pequeña Hinata-chan? -su hijo no respondió en esa ocasión, al contrario, dio la vuelta y se hundió en el silencio, mirando hacia la pared. Minato lo comprendió.

Incluso tras cuatro años algunas cosas continuaban siendo iguales. Naruto, por ejemplo, continuaba siendo el mismo niño asustadizo e inseguro cuando se trataba de la pequeña Hinata Hyuga.

Tras aquel desastroso San Valentín -producido por la inesperada carie-, las cosas solo habían terminado dando un vuelco aún más desalentador. Pese a que como familia se habían esforzado con un plan que pudiese ayudar a solucionar aquel rechazo accidental, la amistad entre ambos pequeños se había deteriorado de todas formas.

Como cualquier chica que expone sus sentimientos en San Valentín, Hinata había sido incapaz de fingir que aquel día jamás había sucedido. Demasiado avergonzada y afligida por la situación, había buscado alejarse de Naruto lo más posible, rechazando cada posible conversación o encuentro con él. De la noche a la mañana, ella simplemente había decidido ignorarlo.

Y Naruto… bueno, aún le era difícil de entender. Había buscado cualquier manera de reducir la distancia, pero incluso a él le había resultado imposible ignorar demasiado tiempo los sentimientos que Hinata, con su obsequio en San Valentín, había dejado notar.

Para cualquier persona, una primera declaración era difícil de manejar… y de responder. Y al ser un niño extremadamente poco conocedor sobre el romance, Naruto ni siquiera había contemplado el darle una respuesta, solo se había esforzado porque las cosas fuesen tal cual como antes.

Por lo que, aquel 14 de marzo, cuando Naruto se plantó frente a la joven con los pequeños dulces que había pasado preparando el fin de semana con su madre, la pequeña lógicamente pensó que se trataba de chocolate por obligación.

Y, de alguna forma, tenía razón. Lo era. Chocolate como forma de disculparse, por haber rechazado el anterior.

Ese había sido el fin de una amistad.

Ah, Minato sabía que esas cosas solían suceder. La poca comprensión de su hijo en ese tipo de temas le había impedido solucionar las cosas con la joven Hyuga.

- No puedes pasarte la vida culpándote -insistió, en un tema que reiteradamente habían conversado-. Eras un niño, Naruto.

- No se trata de eso, papá.

- ¿Entonces de qué se trata?

El joven hizo silencio, sin atreverse a confesar la verdad.

Y es que, para ser sincero, él tampoco sabía muy bien cuando era que sus sentimientos habían cambiado tanto.

Tras aquel San Valentín, lo que más le había dolido fue el rechazo que Hinata le dirigió. La forma en que apartaba su mirada si él la observaba, en que ya no le dirigía la palabra y en que se alejaba si él se encontraba cerca. Todo eso lo lastimó profundamente. Sin embargo, por semanas, Naruto había estado seguro de que todo eso se resolvería. No por nada él se había estado esforzando después de la escuela en aprender a preparar dulces con su madre, todo con el fin de sorprenderla el Día Blanco.

Incluso tras cuatro años, Naruto Namikaze no podía evitar sentirse estúpido por haber sido tan ingenuo, atreviéndose a albergar la esperanza de que las cosas podrían ser como antes; que por darle un chocolate aquel 14 de marzo, ella lo perdonaría y volverían a ser amigos como siempre.

Simplemente, había sido un niño ingenuo e idiota.

En realidad, incluso antes de aquel fatídico día Naruto entendió que su obsequio no solucionaría nada. Porque incluso si no había sido su intención hacerlo, había rechazado los sentimientos de ella.

Le gustaba a Hinata, no fue algo que pudo ignorar eternamente. Le gustaba, mientras que él… bueno, él jamás había pensado en ello.

Él solo quería que ella volviera a ser su amiga. Por eso estaba preparando aquel chocolate, por eso había ensayado tantas veces una disculpa. Y en eso se había traducido su esfuerzo: en un chocolate de disculpa.

Un chocolate por obligación.

No había pensado que aquello podría lastimarla mucho más que el primer rechazo.

Tras aquel día 14, Hinata simplemente había terminado por alejarse completamente… y así ambos habían dejado de ser amigos.

Así que, forzado a perder su amistad, a Naruto solo le había quedado la opción de tener que extrañarla en secreto, para que nadie más notara lo mucho que en realidad le había afectado su distancia. Y, de pronto, se había descubierto a sí mismo observándola en silencio, en la escuela y los recesos; distrayéndose en cuanto ella entraba en el salón y sintiéndose decepcionado cada vez que ella salía de la habitación; y, lo más importante de todo, anhelado que Hinata lo mirara incluso si era por accidente, que volviese a dirigirle la palabra.

Naruto simplemente no lo entendía. ¿Cómo ella podía influir tanto en su estado de ánimo? ¿Cómo era que de pronto tener un buen día dependía exclusivamente de si la veía sonreír o no?

Sasuke fue él que le hizo notar su comportamiento, y también el que le dio una respuesta a la pregunta que aún no se había planteado.

"Lo que sucede es que te gusta Hyuga, dobe, te enamoraste de ella"

A partir de eso, sus esfuerzos por disculparse se convirtieron en esfuerzos por declararse.

Sin embargo, parecía que nuevamente sería un año perdido. Otro más, observándola desde la distancia, incapaz de aproximarse, rememorando en secreto los recuerdos de su amistad perdida y ansiando más que nada ser capaz de vencer la barrera que los separaba.

Porque, ¿acaso ella no lo extrañaba con la misma intensidad con la que él lo hacía cada día? ¿Acaso era el único incapaz de expresar sus verdaderos sentimientos?

En aquellas escasas ocasiones en que sus miradas se cruzaban en la escuela, durante el efímero instante en que Hinata lo observaba antes de apartar el rostro con suma urgencia, ¿cuál era el sentimiento que inundaba sus ojos?, ¿qué era lo que pensaba al observarlo?

Tal vez… ¿ella aún sentiría algo similar por él?

Aunque en realidad, era probable que tras cuatro largos años Hinata ya hubiese encontrado a alguien más de quien…

¡No! -con toda su fuerza de voluntad se esforzó en ignorar el que había sido su temor más grande en el último tiempo. En cambio, se concentró en hacer una lista mental de posibles ingredientes para usar en el último intento que le quedaba.

Canela, nuez moscada, miel… ¿Qué necesitaba para que sus bombones fueran perfecto y únicos?

- ¿Cómo lo hace mamá? -hizo la pregunta en voz alta hacia su padre, simplemente buscando desahogarse-. ¿Cuál es su ingrediente secreto?

Naruto sabía en que no había forma de obtener la respuesta a su pregunta. Su madre había resultado ser extremadamente celosa para aquella información y había jurado jamás revelarle su ingrediente secreto, sino hasta la hora de su muerte.

Era, en efecto, una mujer dramática.

Y él era el hijo de aquella mujer dramática.

- ¿En verdad quieres saberlo?

Ante aquella pregunta, Naruto abandonó la postura que había mantenido durante todo ese tiempo y giró, buscando la mirada de su padre. El adulto le observaba desde la entrada de la habitación, sonriéndole con cierto misterio.

Y es que… ¿realmente era posible? Que su padre conociera el ingrediente secreto que su madre utilizaba en sus recetas… ¿No se trataba de una broma?

No necesitó tiempo para decidirse por la respuesta. Porque de verdad quería crearlo… el chocolate perfecto para Hinata.

- ¡Claro que sí!

Su padre sonrió, arrojando un suspiro resignado.

- Amor.

A Naruto le tomó un segundo comprobar que había escuchado bien.

- ¿Qué?

- Amor. El ingrediente secreto de tu madre -repitió el hombre, disfrutando de la reacción del muchacho-. Todo el cariño y el amor que siente por quién está preparando algo tan delicioso, e incluso el mismo amor que siente por la pastelería. Ese es su ingrediente secreto.

- ¿Es una broma?

- Tómalo o déjalo -se alejó, alzando los brazos con tranquilidad-. Pero si le dices a tu madre lo que te conté, ella me pedirá el divorcio.

Naruto sonrió al imaginarlo. Suspirando, por fin tomo asiento sobre la cama.

Justo en aquel instante Sasuke le envió un mensaje, preguntando si el plan elaborado para el día de mañana continuaba en marcha.

Cielos. ¿Cuántos planes de esos habían fallado ya?

¿Cuántas veces había intentado lo mismo, solo para que todo resultara ser en vano? Aunque la realidad era que Naruto nunca había estado ni cerca de poder declararse. Solía rendirse en la víspera del Día Blanco, demasiado asustado e inseguro de sí mismos como para permitirse intentarlo.

No supo si fue el agotamiento ante un panorama demasiadas veces repetido, las palabras de su padre o si simplemente estaba cansado de su propia cobardía, pero en aquel momento -completamente a solas en su habitación, en vísperas del Día Blanco y con los ingredientes esperándolo en la cocina-, Naruto recordó algo fundamental.

Había heredado la terrible obstinación de su madre.

«¡Por supuesto que sigue en marcha-dattebayo!» tecleó con energía, para luego abandonar su habitación y bajar hasta el primer piso.

Porque era cierto, no tenía tiempo para dudar. Ni de las palabras de su padre, ni sus ya conocidos temores, y mucho menos de él mismo.

Entró en la cocina, sacó el resto de los ingredientes y volvió a comenzar. Quedaba suficiente para un intento más y necesitaba aprovecharlo de cualquier manera, sin embargo, justo antes de comenzar, se detuvo asaltado por el temor.

¿Y si lo arruinaba nuevamente?

"Todo el cariño y el amor que siente por quién está preparando algo tan delicioso. Ese es su ingrediente secreto" -las palabras de su padre, aún frescas en su mente, se presentaron ante él.

El cariño y el amor.

Si deseaba prepararle algo perfecto a Hinata, entonces debía ser honesto con ella.

Sus sentimientos más puros y reales. ¿Cuáles eran? ¿Qué era lo que deseaba transmitir en sus chocolates?

No se trataba del terror de perder una amiga, ni la culpa por haberla lastimado. Ni siquiera su deseo de reparar la amistad que alguna vez tuvieron, como tan ingenuamente alguna vez ansió.

No, nada de eso.

Sino lo que sentía cada vez que la observaba cruzar el pasillo; la manera en que perdía el aire cuando sus miradas se encontraban; el latir acelerado de su corazón al verla reír. Su deseo por volver a conocerla tras cuatro largos años, de significar para Hinata una décima parte de lo que ella significaba para él y de convertirse en una parte real de su felicidad.

Todo eso, todo eso dentro de sus pequeños bombones.

¿Ella podría sentirlo con solo probarlos?

Solo pensando en ello, repitió sus pasos anteriores. Uno por uno, y siguiendo la receta tantas veces preparada, cocinó.

Pensando en Hinata.

Pensando en todo lo que sentía por ella.

El tiempo pasó tan rápido mientras los preparaba, que pronto era el momento de desmoldarlos. Impaciente, probó uno.

Sintió casi un estremecimiento al saborearlo.

- ¡Mamá! ¡Mamá ven rápido!

Pasos rápidos a lo largo del pasillo, y tras algunos segundos su madre apareció, con una mezcla de sorpresa y temor al oír tantos gritos.

- ¡¿Qué sucede?! -preguntó, antes de divisar a su hijo extendiéndole una bandeja de chocolates. De inmediato, al comprender de lo que se trataba, suspiró frustrada.

Y es que cada año la locura general que provocaba el Día Blanco en la tienda familia le impedía recordar la propia locura de su hijo.

Bueno, no era que le molestase que él cocinará. Amaba que su hijo hubiese heredado su amor por los dulces. El detalle era que, incluso si aprobaba sus recetas, él mismo terminaba descartando sus creaciones asegurando que no eran lo suficientemente buenas.

¡Cielos! ¿Quién diría que arruinar su vida amorosa haría que las cosas terminarán de aquella manera?

Naruto no tuvo tiempo de ofenderse por el gesto de cansancio de su madre.

- Pruébalos -ordenó de inmediato, ejerciendo su derecho real-. Vamos, pruébalos.

- ¿Otra vez? Pero llevo toda la semana probando tus recetas -ella se quejó. Naruto volvió a empujar la bandeja en su dirección, y Kushina recordó con culpa haber usado al muchacho como conejillo de indias por tantos años para que probara sus propias recetas-. Oh, está bien-ttebane.

Probó el chocolate, más por obligación que por deseo. Tuvo que detenerse un segundo, mientras que permitía que su rostro reflejara la sorpresa que tan repentinamente la había invadido.

- ¿Y bien? -obviamente su hijo no podía hablar con más orgullo.

- Están deliciosos -afirmó Kushina. Más que sorprendida por el sabor de los chocolates, se sentía sorprendida de la repentina confianza en su hijo-. ¿Qué usaste en la receta?

- Es un secreto.

Kushina hizo un mohín, para luego sonreír orgullosa. Después de todo, era posible que él pudiera heredar la pastelería algún día.

- Asumo que serán para la pequeña Hinata-chan. Entonces, ¿este será el año?

El joven se sonrojó, solo para luego comenzar a farfullar excusas. Kushina no dudó en burlarse de aquello. Sin embargo, admiró en secreto la seguridad con la que en esa ocasión se mostraba.

Parecía que por fin este sería el año.

CONTINUARÁ…