Lecciones de amor
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Capítulo tercero
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Plan "Chica Buena" Fase Uno: Inocencia, amnesia y buenos modales
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Mai había conseguido que Pan desistiera de usar una cinta de colores en el cabello, porque sabía que actuar de esa manera desconcertaría demasiado a la gente alrededor y levantaría sospechas, y eso era lo que menos querían en ese instante. Bajaron del auto y caminaron como siempre hacia la entrada del colegio, con la única variante de que la chica Son esbozaba una sonrisa, ya no cínica ni burlona, sino sincera y cálida. Cabe decir que los estudiantes la miraban de manera extraña, e incluso podría decirse que algunos parecían realmente asustados, cosa que no pasó desapercibida por Mai.
—Oye, Pan, creo que debes dejar de hacer eso —susurró a su amiga, sin apartar la vista del camino.
—No, Mai, eso arruinaría el plan.
¡Oh, claro! Ese plan, "Chica Buena". Éste era un plan de contingencia y emergencia, creado por ambas chicas con la finalidad de poder escapar y pasar desapercibidas en caso de que sus peleas y salidas nocturnas se salieran de control y sus problemas fueran muy grandes. En la primera fase, debían asegurarse de alejarse de los círculos que frecuentaban y donde alguien pudiese reconocerlas, eso quería decir: no más peleas ni paseos nocturnos por los callejones que eran usuales para ambas. También debían negar todos los cargos, es decir, si alguien "creía reconocerlas", ellas lo negarían rotundamente haciendo uso de sus increíbles habilidades al momento de mentir, deshaciéndose del problema y del molesto delator. Y por último paso para esta fase, sacar y desempolvar los buenos modales que habían adquirido en la estricta educación familiar, o sea, que nada de malas palabras ni faltas a los mayores. Mantendrían un perfil bajo y se portarían lo mejor posible.
Aunque para Mai era un desperdicio tener que utilizar el plan de emergencia solamente para que Pan pudiese obtener una sucia venganza.
La chica Son estaba emocionada, a pesar de tener que renunciar a su vida tan de repente, sabía que, con ella a cargo, las cosas marcharían más que bien. Además, a ninguna les sería difícil sobrellevar ese cambio, pues después de todo, eran dos chicas sobresalientes.
—En serio, Pan, creo que sería mejor que dejases de sonreír, empiezan a murmurar —insistió Mai, jalando un poco su manga del uniforme.
—Está bien, está bien, pero deja de molestar —farfulló la morena—. Y ahora, vamos a los sanitarios, necesitamos hacer algo más.
Su amiga, más de mala gana, la siguió hasta los sanitarios, donde Pan cerró la puerta principal y la miró con fijeza, poniendo algo nerviosa a su acompañante. La perplejidad en su rostro se hizo presente cuando la joven Son se sonrojó violentamente y bajó la cabeza.
—Dame un poco de tu perfume —murmuró, totalmente avergonzada.
—¿Qué?
—Ya te dije, quiero un poco de tu perfume —dijo ella, voleando el rostro y cruzándose de brazos.
—Está bien —respondió Mai, buscando en su bolso su fragancia de flores—, aunque no sé para qué lo quieres —murmuró, rociando levemente a la morena.
—Debo mantener una buena imagen. Además, no sería justo que yo quedara como una chica poco femenina, ya que ahora no hay razón para no tener un poco de cuidado con mi imagen —refunfuñó, arreglando su cabello frente al espejo.
Según como veía las cosas Pan, hacer funcionar la primera fase de su plan maestro no era algo fácil, ya que deber cuidar absolutamente cada aspecto de su vida era fatigoso. ¿Acaso era esa la vida que llevaba una adolescente normal de su edad? Si era así, esas mujeres no sabían aprovechar la vida. Mientras alaciaba su negra cabellera, recordó de súbito algo que tenían que hacer después de clases y no era algo que le gustara en absoluto. Soltó un suspiro cansado y miró a Mai con pesar.
—¿Qué te sucede? Parece que han dado una mala noticia.
—Marron —murmuró la Son agachando la cabeza y frotando su nuca.
—¿Qué hay con ella, se murió?
—No, no, nada de eso. Pero acabo de recordar que es necesario que nosotras… que nosotras —se interrumpía a propósito pues le era difícil decir esas palabras.
Mai le dio un ligero pellizco y le obligo a explicarse, dándole una mirada de mafioso. La joven hizo una mueca de fastidio y se cruzó de brazos.
—Ya sabes que, al llevar a cabo este plan, debemos mantener un perfil bajo, lo que implica que debemos resolver todos los asuntos anteriores a nuestro cambio de actitud. Y eso, querida compañera, quiere decir que debemos disculparnos con la rubia —explicó con pesar.
La otra rodó los ojos y volvió a pellizcar a Pan.
—No es el fin del mundo si nos disculpamos, ¿verdad? No es tan difícil mirarla a los ojos y decirle perdón de manera sincera. Quién sabe, puede que en un futuro ella nos pueda ser de gran ayuda —dijo la chica encogiéndose de hombros y mirando fijo a la otra.
—Pero…
—¡Nada de peros, Son Pan! Si no quieres que te quite tu puesto, entonces debes demostrarme que eres una persona con agallas y que no dejarás que nada te intimide. Si lo que quieres es seguir siendo el número uno, entonces ¡demuéstrame que tú eres el número uno! —le dijo, dándole unas palmaditas en la cabeza —. De verdad, no lo hagas difícil y me dejes todo a mí, ¿de acuerdo? Después de todo, yo te seguiré hasta el final —le aseguró con una sonrisa, la cual fue correspondida.
—Claro, aunque sé que mi estrés llegará a puntos críticos, porque si alguien dice algo estúpido, no podré aguantar las ganas de partirle la cara —Mai solamente se rio fuerte.
—Confío en ti, Pan, ahora vamos, o llegaremos tarde a clases.
"¡Maldición! Había olvidado que debo entrar a todas las clases" pensó la morena al recorrer los pasillos con paso rápido.
Sin embargo, tanto ella como Mai estaban dispuestas a llevar a cabo eso y no lo dejarían por nada del mundo, ni siquiera si un alien llegara y amenazara con destruir al Tierra. Determinación era su segundo nombre.
Pero la determinación puede verse aplastada por complicadas fórmulas matemáticas, o frases en un formulario que te piden que encuentres la ecuación matemática para encontrar la pendiente de una recta, además de los productos notables y demás jerga matemática que para cerebros promedio resulta una tortura. Ambas morenas pasaron la clase de álgebra mordiendo sus lápices, jugando con su cabello, mordiendo sus labios inferiores al no entender siquiera de qué les estaba hablando el profesor. ¡Las desventajas de no entrar un mes a esa clase y tener tanto de qué arrepentirse!
Afortunadamente, sobrevivieron a tan amarga experiencia, pero a un precio muy alto, pues el maestro las reprendió, en privado, pero aun así la humillación era grande. El profesor se mostró comprensivo, aunque no debía hacerlo y les daría la oportunidad de entregar un proyecto final, consistente en un video hecho por ambas en que explicaran los temas tratados en el semestre. Su veredicto sería inapelable, es decir, no habría manera en que una vez entregado el video, quisieran hacer correcciones o quisieran cambiar su nota final. Era una gran oportunidad dado que no tenía la obligación de darles esa última oportunidad.
—Maldita sea, había olvidado lo problemático que puede ser entrar a las clases —se quejó Pan mientras cambiaba su uniforme por el de deportes —. Al menos el profesor Yamcha no es tan exigente.
—Y también tienes la nota máxima asegurada, ¿por qué sigues viniendo? —le cuestionó Mai, a lo que la otra solamente se limitó a encogerse de hombros.
Justo cuando iban saliendo de los vestidores, Pan chocó contra alguien, y ese alguien soltó un gritito muy conocido para sus oídos: era Marron. Aún llevaba su uniforme regular, su cabellera dorada suelta se desparramaba por sus hombros y en sus ojos azules estaba marcado el desconcierto. La pobre rubia tembló de pies a cabeza al ver el ceño fruncido de la chica que hacía su estadía ahí imposible y desagradable en exceso. Se cubrió el rostro cuando la vio extender un brazo y se quedó quietecita, hecha prácticamente una bolita en espera del golpe que recibiría, pero que extrañamente nunca llegó.
Levantó el rostro y con sorpresa descubrió que la joven Son le estaba tendiendo la mano para ayudarla a levantarse. No sin un ligero temblor, aceptó el generoso gesto y se puso de pie, retrocediendo por instinto al estar totalmente erguida.
—L-lo lamento, es que yo… —trató de explicar, asustada y preparándose para correr si algo sucedía.
—Ya, ya, fue mi culpa, fui yo quien no se fijó, ¿estás bien? —preguntó impaciente la chica.
Marron asintió con la cabeza e hizo una reverencia.
—Muchas gracias por ayudarme.
Mai observaba divertida la escena frente a ella, esperando a ver el siguiente movimiento de Pan, ya que de una manera u otra tendría que disculparse.
—Bueno, deja de hacer eso, me avergüenzas —exclamó la morena al cabo de un rato, obligando a la rubia a incorporarse—. Yo, bueno, verás… Hace tiempo que estoy molestándote y sé que no tengo excusas para ello y bla, bla, bla. Eso no es lo importante, lo que importa ahora es que estoy arrepentida y Mai también lo está, así que ¿crees que podrías perdonarnos? Prometemos que nunca volveremos a molestarte ni meternos contigo, ¿cierto, Mai? —La pelinegra asintió con seriedad—. ¿Qué dices, Marron?
Ella abrió los ojos con sorpresa, ya que nunca imaginó que tales palabras salieran de boca de esa chica, por lo que no estaba muy segura de creerle o no, pero como creía que todos merecían una segunda oportunidad, asintió con seguridad y esbozó una gran sonrisa.
—Está bien, las perdono. Y si no les molesta, ¿les gustaría ir a tomar un helado conmigo después de las clases? —inquirió con timidez.
Ambas morenas se miraron entre sí y Pan hizo una mueca de fastidio. Estaba bien, sí, se había disculpado, ¿pero necesariamente debía acudir a esa cita? La seriedad que mostró Mai en su rostro lo dijo todo: no sólo debía aceptar, sino que estaba terminantemente obligada a acudir, porque las consecuencias serían dolorosas y desastrosas para ella.
—Está bien, nos veremos en la salida —respondió con una sonrisa la joven Son.
—Muy bien, las espero —dijo a modo de despedida la chica y se introdujo a los vestidores.
Cuando hubo desaparecido de la vista, Mai sujetó el hombro de su compañera y le susurró con dureza.
—Cualquiera diría que lo que acabas de hacer es lo más hipócrita del mundo, ¿te gustaría cooperar mucho más en esto? Después de todo, llevar a cabo este plan ha sido tu idea.
—No tienes por qué regañarme de esa manera, es simplemente que no estoy acostumbrada a este tipo de cosas. Así que deja de preocuparte y no me vayas a pellizcar, porque te aseguro que, si lo haces, te arrancaré todos los cabellos de tu linda cabeza y depilaré tus cejas, ¿capisci? —amenazó como miembro de la Cosa Nostra.
—Capisco, signora—respondió ella, siguiéndole el juego.
Hete aquí que el destino quisiera que, terminada la clase de deportes, las chicas se toparan inesperadamente con la mismísima directora Briefs. Mai, haciéndole todo tipo de muecas a Pan para que no se comportara como una idiota, le obligó a adelantarse y saludara con cortesía a la mujer de cabellera azul. La chica refunfuñó, pero su amiga le susurró las palabras mágicas "buenos modales".
—Directora Bulma, buenos días —exclamó con energía la joven Son, haciendo una reverencia en sumo educada.
Permaneciendo inclinada, esperó escuchar algo como "es muy amable de tu parte" o algo así de la boca de la mujer, sin embargo, lo único que sintió fue un brusco jalón que la hizo trastabillar, además de una palma en su frente.
—¡Oh, por Kami, tienes fiebre! ¡Mai, ve rápido a la enfermería, di que llevo a una paciente de emergencia! ¡No, no hay tiempo, esto es demasiado grave! ¡Llamaré a una ambulancia! Oh, Kami santo, ¿qué te ha hecho esta pobre chica para que la castigues así? —murmuraba con desesperación Bulma, mientras luchaba por marcar el número de emergencias en su celular y llevando a rastras a una pobre Pan, que estaba más que sorprendida.
Mai observaba estupefacta cómo la directora arrastraba el cuerpo paralizado de su compañera, ya que era lo único que podía hacer. No obstante, en un repentino momento de lucidez, Pan tomó el celular de la directora y se lo guardó entre la blusa del uniforme de deportes, observándola con reproche.
—¿Pan, estás bien? —cuestionó Bulma con preocupación.
—Estoy perfectamente, directora, aquí la pregunta sería si está usted bien.
—No comprendo, estás ardiendo, seguro que debes tener fiebre —apresuró a decir la mujer, haciendo el ademán de tocar su frente.
La chica dio un paso atrás y tomó el puente de su nariz con fuerza.
—Acabamos de salir de la clase del profesor Yamcha, es normal que tenga la temperatura elevada. Además, ¿qué tiene de raro que quiera saludarla hoy? —exclamó con frustración.
—Pues exactamente eso, que tú no me saludarías ni aunque tu vida dependiera de ello.
—Me subestima, profesora.
Un duelo de miradas se llevó a cabo entre la adolescente y la adulta, ganando la primera por la sinceridad reflejada en su imperturbable faz. Derrotada, la directora soltó un largo suspiro y extendió la mano en señal de derrota.
—Bueno, de cualquier forma, devuelve mi celular.
—Con mucho gusto.
La mujer de ojos azules le observó todavía con duda por largo rato, dentro del cual Mai se recuperó y se unió a la conversación. Bulma Briefs hizo una leve mueca y soltó algunas palabras entre dientes, para después poner ambas manos sobre los hombros de Pan y mirarla a los ojos.
—Videl me llamó anoche muy enojada pidiendo una explicación para que tú hubiese llegado tarde a casa. Yo pensé que te habías marchado y eso fue lo que le dije, así que creo que eso no fue lo correcto. Antes de dormir, fui a la habitación de Trunks y le pregunté si habías dicho por qué te ibas temprano, y él me respondió que él te había echado —dijo avergonzada y con pesar—. Así que te pido una disculpa por lo que te hizo mi hijo, espero que eso no afecte en nuestro trato.
Son Pan era una muchacha impulsiva, algo agresiva, malhablada e impaciente, por lo que supuso un esfuerzo titánico que reprendiera sus demonios internos y lograra contestar con la mayor cortesía posible.
—No se preocupe, sé que su hijo no tuvo un buen día, y creo también que en parte fue difícil para él tener que explicarme paso a paso temas que entiende a la perfección. Solamente me intriga una cosa, ¿por qué aceptó ser mi tutor? —inquirió con demoníaco interés.
Bulma suspiró.
—Él no aceptó, Pan, ser tu tutor es un castigo que le impuse por haber recibido una infracción de tránsito, además de que le confisqué su licencia de manejo y sus videojuegos por tres meses —explicó e breve.
Las morenas se miraron entre sí, en los ojos de Mai se reflejaba el entendimiento y la comprensión hacia su amiga, y en los ojos de Pan ardía el deseo de quemar y despellejar vivo a alguien. Ante de que ese alguien tomara forma tangible, Mai se despidió amablemente de la mujer y se llevó apresuradamente a los vestidores a Pan. Una vez dentro, se desató el infierno.
—¡Ese maldito cabrón hijo de mierda! Se estaba vengando conmigo por algo que ni siquiera tiene que ver CONMIGO necesariamente. Se estaba comportando como un imbécil niño mimado que obtiene todo lo que quiere cuando lo quiere. ¡¿Acaso tengo la maldita culpa de que sea un tarado estúpido que no puede cumplir unas tontas reglas de tránsito?! ¡Que vaya y joda a otra persona, porque mis problemas ya son demasiados! Ah, pero me las va a pagar y cuando lo haga, juro que clamará perdón de rodillas y yo no tendré el corazón tan blando para concedérselo. Lo haré picadillo, destrozaré su estúpido orgullo y lo haré bailar con un tutú por toda la escuela y se autoproclamará gallina por siempre. Sí, eso haré, ¡de mí nadie se burla! —gritó ella jalando con fuerza su uniforme y despojándose de él, para después meterse a las duchas y seguir murmurando cosas horribles que le haría al chico Briefs.
Mai esbozó una sonrisa. Conocía el corazón de su amiga y sabía que cumpliría sus amenazas, pero sería divertido que hacía mientras tanto, porque aún estaban en la fase uno del plan y todavía no estaban avanzando mucho con ello. De momento, haría todo lo posible por llevar a Pan a la cita con Marron esa tarde, pero una cuestión asaltó su mente. Si la rubia Marron era tan excelente alumna, hija de una mujer tan poderosa, siendo amable, cálida y noble, ¿por qué siempre iba sola a cualquier parte?
(…)
—Pan, te dije que no era necesario que recogieras tu cabello —dijo la morena viendo el rostro de desagrado pintado en el rostro de la Son.
Ésta movió la mano, restándole importancia a tales palabras.
—Y yo te dije que no me volvieras a regañar —exclamó ella haciendo un puchero, robándole una risita a su amiga.
Había sido fácil convencer a la directora de que Pan llegaría a las tres a la corporación para seguir con sus tutorías. Aunque, claro, no le dijeron por qué exactamente Pan no podía ir con ella en ese momento. Luciendo desconfiada en un principio, pero confiando en la palabra de Mai, las despidió con una sonrisa y les deseó buena suerte.
—No sé por qué a ti te cree más que a mí —se quejó la morena con Mai.
—Porque tú eres la mente criminal y yo soy un simple peón que mueves a tu antojo —se burló.
Ninguna en su vida había ido a tomar un helado con otra chica en los últimos años. Desde que se habían conocido en la secundaria, el mundo se volvió pequeño y ellas lo hicieron su imperio, con sus propias reglas y normas, regidas sus acciones con la fuerza física y no con la mente. Nadie era rival para ellas y nadie les corregía debidamente. Las dos chicas crecieron sintiendo que el mundo estaba hecho para obedecerles, sin importar que, en el mundo real, ellas estuvieran rompiendo las reglas a cada momento. No obstante, poco a poco sus mentes fueron creando planes sumamente elaborados para seguir con sus hábitos, con lo cual adquirieron a su manera, valores como la lealtad y la solidaridad. Aunque el respeto lo usaban como papel higiénico.
Pronto las historias acerca de dos jovencitas que peleaban como si fueran diez, se extendió por los callejones y el bajo mundo del pandillerismo, alcanzando así el sobrenombre de "Ángeles del Apocalipsis", cosa que a ellas les venía bien y aceptaron con gusto. A pesar de su rudeza, lo que buscaban eran peleas interesantes, así que, si el rival era un debilucho, no le interesaba. Y ahora, salían del automóvil que las transportaba hacia el centro comercial, luciendo como dos alumnas respetables y responsables de la institución educativa más prestigiosa de la Ciudad del Oeste.
Adentrándose en aquel extenso lugar, iniciaron la búsqueda de la chica de rubios cabellos, a quien no estaban demasiado ansiosas de encontrar. Para la fortuna de Marron, desgracia de Pan, y desinterés de Mai, la joven estaba en una mesa algo apartada del resto cuando la encontraron. La chica saludó alegremente a ambas morenas y Mai saludó con una sonrisa, pero viendo que Pan no lo hacía, le dio un golpe con el codo en las costillas, ganado una mirada asesina de su parte.
Cuando las tres hubieron tomado asiento, el silencio abrumador las envolvió.
—¡Qué bueno que pudieran venir! No estaba segura si mi mensaje les llegaría —dijo con timidez la chica rubia.
—Ah, claro, tu nota. Mai la encontró, generalmente no revisó mi bolso al salir de clases —explicó Pan vagamente.
—Ah —dijo Marron, jugando con nervios con sus dedos—. Y bueno, ¿qué hacen ustedes para divertirse? —preguntó con curiosidad.
Antes de que Pan dijera una barbaridad que asustara a la pobre chica, Mai tomó el mando de la situación.
—Nada en especial, a veces salimos por ahí, para pasear y hacer un poco de ejercicio —explicó con calma.
La Son pareció satisfecha, porque era una verdad encubierta sabiamente.
—¿Y tú qué haces para divertirte con tus amigas? —inquirió ella con profundo interés, obteniendo un largo silencio por respuesta.
—Lo siento —dijo de repente Marron—. Si me disculpan, debo ir al sanitario.
La vieron casi huir del lugar, dejándolas con grandes dudas.
—Como lo sospeché —dijo en tono meditabundo Mai—, esa chica no tiene amigas.
—¿Cómo lo sabes? —dijo Pan estirando los brazos.
—Evitó tu pregunta, huyó prácticamente. Es obvio que no quiere hablar del tema, además de que fue extraño que se mostrara tan feliz de que aceptáramos su invitación.
—Es decir que piensas que busca amistades desesperadamente, ¿no? Pues qué lástima por ella, está buscando en el lugar equivocado.
—Tienes razón, por el momento, no arruinemos su día feliz.
Ambas morenas sabían que no podrían aceptar la cercanía de Marron, pues la chica era demasiado normal para juntarse con jóvenes tan problemáticas como ellas.
Pasaron varios minutos, hasta llegar a los quince minutos, haciendo que las chicas se desesperaran. Pan ya se había comido tres helados y Mai dos, por lo que estaban aburridas en extremo. La primera sugirió ir a buscar a la rubia y su compañera aceptó con presteza. Pagaron su cuenta y recorrieron el lugar hasta que dieron con los sanitarios de damas y lo que vieron las hizo soltar un suspiro de cansancio: ahí estaba Marron, arrinconada en una pared por cuatro sujetos altos y fornidos con pinta de peligrosos. La joven estaba sonriendo forzadamente y negaba con vehemencia. Uno de esos sujetos tomó un mechón de rubio cabello y lo olfateó descaradamente, haciendo que las chicas apretaran los puños y mandaran al diablo el plan.
Avanzando como el leopardo al avistar una gacela, así se encaminaron ambas pelinegras, con sigilo y sin perder de vista su objetivo.
—Oigan ustedes, cuarteto de estúpidos, dejen en paz a nuestra amiga —gritó Pan, haciendo que ellos la miraran con burla, barriéndoles con la mirada.
—Ah, miren, chicos, otro par de hermosuras —dijo el que momentos antes estaba con Marron—. Le decía a su amiga que conozco un buen lugar en donde podemos divertirnos todos juntos, pero no quiere ir, supongo que estando con sus dos amigas ya no se mostrará tan tímida —comentó acariciando con lentitud la mejilla de la rubia, que hizo una mueca de asco.
—Quítale tu asquerosa mano de encima o no respondo, cabrón —dijo en amenazante tono bajo la morena, con Mai detrás, cubriéndole la espalda ante cualquier eventualidad.
Los cuatro se echaron a reír y el supuesto líder las miró con mayor ahínco.
—Vaya, vaya, ya entiendo eso de "amigas", ¿así se les llama ahora a las relaciones amorosas entre chicas, pequeña perra? —acercóse a Pan, tendiendo su mano para tocar su rostro, y las jóvenes esperaban que hiciera su movimiento para partirle el brazo.
Justo cuando estaba a milímetros de tocarla, una mano desconocida detuvo el avance. Pan, molesta por la interrupción, volvió el rostro para encarar a su no deseado salvador, topándose con un par de ojos verdes pertenecientes a cierto chico rubio que impertinentemente les había desafiado hacia poco.
—Tranquilo, Braxton, no querrás terminar lesionado de por vida —dijo Fish con seriedad.
—¿Y tú qué demonios te entrometes, Fish? —espetó.
El rubio sonrió de manera macabra.
—Deberías agradecerme por salvarte de los Ángeles del Apocalipsis —soltó sin más.
Los cuatro sujetos las miraron con intriga y las chicas recordaron lo que debían hacer en esos casos: negar los cargos.
—¿De qué rayos hablas? No sé quiénes sean esos "Ángeles", pero les aseguro que mi amiga es una experta en artes marciales y no dudaría en hacerles picadillo, pero como ahora es innecesario y ustedes son tan buenos amigos, mejor nos vamos —se abalanzó Pan hacia Marron y la arrastró hacia sí—. Ahora sí, cariño, vámonos de aquí, estos caballeros tienen mucho de qué hablar.
Y cual si fueran ninjas, desaparecieron, dejando boquiabiertos a los cinco hombres.
Jadeando llegaron al auto de Mai, del cual descendió el chofer y les abrió la puerta trasera. Había mucho qué explicar, pero dejaron las cosas como estaban, la rubia temblaba ligeramente y no las miraba al rostro, algo normal, supusieron por lo que le había ocurrido.
Hasta que…
—¿Qué es eso de "Ángeles del Apocalipsis"? —inquirió Marron con interés.
—Puta mierda —farfulló Pan antes de hundirse en el asiento trasero del auto.
Fin del capítulo tercero
