Lecciones de amor
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Capítulo cuarto
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Palabras dulces, respuesta amarga
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Si de algo Son Pan podía jactarse, era de ser siempre sincera cuando la ocasión así lo requería, pero a veces la sinceridad se le antojaba demasiado difícil de revelar y aún más difícil le era afrontar las consecuencias de admitir sus faltas, Sin embargo, sabía que Marron no dejaría de insistir si no le daban las respuestas que estaba pidiendo y se dijo, ¿por qué no? La rubia era una chica sumamente dócil y que inspiraba confianza. Mas, hete aquí que el problema radicaba en que el peso de la verdad era grande y Pan no sabía si estaba dispuesta a responder por Marron en caso de que algo llegase a suceder, porque estaba segura que ahora que se les había visto con la chica, ésta oficialmente y ante los ojos de sus allegados, estaba de su lado.
¿Era demasiado tarde para echarse para atrás y rehuir de su presencia y guardar en secreto la verdad a la joven a la cual atormentó durante tres años sin piedad ni causa alguna? La respuesta fue sí.Ella no era cobarde, si quería seguir con el plan y contar con una aliada más, valía la pena arriesgarse. Lo que la blonda hiciera después, era puramente su decisión.
—Nosotras somos los Ángeles del Apocalipsis—dijo ya con un suspiro y mirando por la ventanilla del auto.
Ni Mai ni Marron podían creer lo que acababan de escuchar. La primera, porque pensó que Pan daría cualquier tipo de excusa para librarse del asunto y la otra, por el simple hecho de estar con dos personas que sabía eran fuertes, pero nunca imaginó que estuvieran implicadas en asuntos de pandillerismo... ¡y pensar que había salido con ellas con tanta naturalidad! Mas no se arrepentía, no señor, ellas la habían salvado y debía estar agradecida, además, ellas la habían llamado su amiga, ¿no?
—Gracias —musitó Marron con una sonrisa.
Si bien las dos morenas estaban conscientes de que en el mundo existían personas dulces y tiernas y que todo lo ven color de rosa y escupen arcoíris cada vez que abren la boca, nunca llegaron a pensar que estarían en presencia de uno de esos exóticos seres. ¡Demonios, la chica debía estar loca por no sentir un poco de pánico por la revelación!
—¿Estás bien con eso? —preguntó Mai, levemente preocupada—. Acabamos de decirte que somos peligrosas… A esos chicos pudimos darles una buena paliza y salir inmediatamente de ahí sin siquiera preocuparnos por ti, y aun así nos das la gracias, ¿no crees que es raro?
—Pues no, porque ustedes a pesar de que pudieron abandonarme, no lo hicieron; a pesar de que pudieron irse sin siquiera preocuparse por dónde estaba, me buscaron. No pienso que golpear a la gente solamente por mantener el dominio sobre una zona algo socialmente debido —Pan exhaló ruidosamente al escuchar eso—, pero me ayudaron y se los agradezco, aunque no entiendo por qué lo hacen —comentó, confundida.
—¿Por qué buscábamos peleas? —cuestionó Pan.
La rubia asintió débilmente.
—Nos gusta la adrenalina, el poder, saber que nadie puede con nosotras y que nos temen tanto como nos respetan —respondió Mai cuando pan se lo indicó mediante un gesto de su mano,
—O mejor dicho, eso era lo que nos gustaba hacer.Ahora ya no. Decidimos que debemos seguir un nuevo rumbo, es por eso que nos hemos disculpado contigo y que hemos prometido no volver a incurrir en esas… faltas sociales.Por eso también huimos, porque queremos alejarnos de esa vida. No formamos parte de un grupo más grande, pues sabemos que si lo hacíamos, no podríamos haber salido de allí con facilidad. Las dos siempre actuábamos solas, sin ayuda de nadie por el simple hecho de que no necesitábamos ayuda, ¿comprendes? —la rubia asintió—. Necesitamos cambiar, Marron, es necesario cambiar.
Mai miró a Pan con curiosidad. No había escuchado un tono tan serio en ella antes, así que no sabía si sonreír porque su compañera estaba tomando las cosas con más madurez de la que pensaba, o llevar una mano a su frente para comprobar que no estuviese enferma. Optó por reconocer su explicación y darle una leve inclinación de cabeza para que ella supiera que aprobaba lo dicho. Y Pan sonrió, pero no por mucho tiempo cuando reconoció el camino por el que el auto se había desviado.
Al notar la cara de desgano de la morena, Marron se atrevió a preguntar el porqué de ello. Mai le explicó en términos muy generales que Pan debía ir a la casa de su tutor, y que a pesar de conocerse desde hacía un día, ambos sentían natural por el otro y antes de que pudiera decir más, se encontraban ya a las puertas de Capsule Corp.
—No puede ser —murmuró la rubia, sin dejar de mirar la construcción en forma de cúpula.
—Pues no pienses eso —replicó Pan—. Trunks Brief es un monstruo y le odio —dijo antes de bajar del auto y azotar la portezuela, para después mirar por la ventanilla a ambas chicas—. A pesar de que no sé la razón por la que fuiste su novia, sí que tengo teorías de porqué lo dejaste.
La rubia ni se inmutó. Tampoco negó que ella fuera quien dejase botado al chico, por lo que la morena sonrió para sus adentros. Con un movimiento sutil de la cabeza, Mai ordenó al chofer que avanzara, dejando a la joven Son para que pudiera hacer frente a su némesis, cosa que su compañera lamentó mucho porque hubiera pagado una fortuna por ver las locuras de su amiga. No obstante, era imposible hacerlo. Ignorando un momento la escrutadora mirada de la joven blonda, dio rienda suelta a sus pensamientos y a su gran imaginación. Intuía que ese segundo encuentro no sería igual de pacífico que el primero y que, además, Pan le mostraría que ella no era una muñeca de porcelana, sino una mujercita bastante gruñona y fuerte. La cuestión era, ¿cómo se lo tomaría él?
Se permitió una risotada y preguntó a su acompañante qué era lo que sucedía. Marron, indecisa y con las mejillas sonrojadas, le hizo una pregunta que borró todo rastro de alegría en ella.
—¿Cómo saben que Trunks fue mi novio?
—
"Inhala, exhala. Inhala, exhala, Pan. Tú puedes hacerlo. Tú eres fuerte. Tú eres inteligente y sabes que no puedes actuar agresiva ante él; hacerle creer que tiene el control de ti es lo que debe creer, y por nada del mundo debemos insultarlo, no. Sin insultos y con una sonrisa se llega a acuerdos pacíficos. Queremos ser gentiles, sí. No. No vamos a arañarle la cara en cuanto lo veamos. Una reverencia con respeto cuando le saludemos es lo que debemos hacer para que él vea que nos hemos sometido… aparentemente, muajajaja",pensaba Pan mientras esperaba pacientemente en la puerta de la residencia Brief.
Tocó nuevamente el timbre y esperó. Esperó aun cuando pasaron diez minutos y nadie abría la puerta. Llegando a un punto en que su rostro se tornaba de color escarlata de pura rabia, apretando sus puños hasta que sus nudillos se volvían blancos por el esfuerzo, tensando la mandíbula hasta que su expresión se volvió agresiva. Y si alguien se hubiese atrevido a tocarle el hombro con el afán de hacerle algún comentario, por más inocente que este hubiese sido, podrían tener certeza que la chica no habría dudado en descargar su frustración contra aquel, rompiéndole el brazo sin miramientos.
No obstante, y eso es algo que se le debe reconocer a ella, inició con el razonamiento anterior, inhalando y exhalando, relajando los músculos y tratando de pensar en lo hermosos que serían los frutos de tal esfuerzo. Porque todavía se quería vengar del chico de cabello lila, ahora más que nunca por hacerla esperar como una idiota, y se compadeció mucho de la rubia Marron, más por haber tenido las agallas para relacionarse con tal engendro que por todas las maldades que ella y Mai le habían infringido en esos años.
Hasta que la puerta empezó a abrirse, ella alejó todos esos pensamientos y se enfocó en parecer amable, aunque no lo pudo hacer al ver el estado de Trunks al abrirle. Éste, asomándose con el ceño fruncido, apenas cubierto con una toalla atada alrededor de la cintura, con pequeñas gotitas de agua escurriendo por su piel bronceada, entre cada músculo perfectamente esculpido, el cabello húmedo y con alguno mechones del mismo pegándose a su rostro... Así era como el chico le abrió la puerta, malhumorado y nada presentable, pues lo que para otras sería el objeto de deseo, para ella no era más que una muestra de lo mucho que ese sujeto la despreciaba.
Aunque él estuviera medio desnudo, en la puerta de su casa, mirándola con una fijeza que a otras haría sonrojar, para la joven Son no era nada que pudiese despertar ningún tipo de sensación o anhelo cercano al deseo o la lujuria. Pero vaya que sí despertaba la rabia y frustración con facilidad, volviéndola un ser irracional y violento.
—¡Pero qué molesta eres! —exclamó al cabo de unos segundos, afianzando el nudo en la toalla—.¿No dirás nada? ¿Te gusta lo que ves o quieres ver más? —inquirió con sarcasmo ante el silencio de la chica.
—No, no quiero ver más, con la vista que tengo es suficiente —respondió ella con calma, haciendo luego a un lado a Trunks para poder ingresar en la casa.
Él estaba sorprendido por la total frialdad con que Pan había desviado su ataque verbal. Esperaba que se sonrojara como cualquier virgen inocente lo habría hecho por su actitud desvergonzada, pero no, la morena lo había evitado con maestría y no la culpaba. Ella no le agradaba y estaba comprobado que no era diferente en su caso. No sin un toque de irritación, cerró la puerta y le siguió los pasos a la joven, quien ya se había dirigido hasta su pequeño salón de estudio.
—¿Qué haces aquí? —espetó él al verla sentarse cómodamente en uno de los sillones.
Pan sonrió de manera extraña, producto de su intento de ocultar la carcajada que estaba por soltar, pero evitando también que fuera una de sus sonrisas sarcásticas y desafiantes que acostumbraba a mostrar. Lo detalló minuciosamente: sus facciones, las pequeñas muecas que hacía, las líneas duras que se hacían espacio entre sus cejas, la manera en que el labio le temblaba ligeramente por la ira, además del fuego que sus ojos irradiaban por la misma emoción. Quiso reírse, ya no de la situación, sino de él, burlarse en su cara por mostrarse tan patético con ella. Pues bien, si quería una respuesta, la obtendría con gusto.
—¿Que qué hago aquí? Pues vengo por mis tutorías, nada más, aparte de que ayer se quedaron algunas de mis cosas aquí, así que… ¡dámelas! —demandó, poniéndose de pie de un salto y encarando con valor al Brief.
Si bien él era mucho más alto que ella —la nariz de Pan llegaba a las clavículas del chico—, usó el mismo tipo de tono que usaba para amedrentar a las otras bandas cada vez que surgía la amenaza de un enfrentamiento. No obstante, la joven Son pasó por alto que en las venas de Trunks corría sangre del mismo tipo que el de ella: sangre guerrera. De tal forma que el joven no dudó en inclinar la cabeza para quedar frente a frente y mirarla con su más terrible cara de odio, de ese que hace que la vista se vuelva roja y nubla el entendimiento.
Sin esperar mucho, la tomó del hombro y le hizo retroceder con un empujón, ni leve ni demasiado fuerte, sólo lo suficiente para mostrarle que con él nadie se iba con juegos. Y Trunks cometió el mismo error que Pan, pues pensó que eso sería suficiente para detener las agresiones y dar paso a las palabras; la morena no se quedó atrás y le devolvió el gesto, un poco más fuerte que el suyo. Así empezaron un ciclo que se extendió por varios minutos, en los cuales se midieron las fuerzas y voluntades, quizás no de la manera más madura que se esperaría, pero al fin y al cabo era un choque de opiniones.
—¿En dónde están mis cosas? —reclamó la chica de nuevo, evitando por poco el puñetazo que recibiría en el hombro.
—¡No te lo diré! —gritó él, retrocediendo unos cuantos centímetros para esquivar una patada que le lanzó la morena.
—No lo repetiré —amenazó ella, posicionándose a un lado del librero—. ¿Dónde. Están. Mis. Cosas? —inquirió pausadamente, levantando una pierna y apoyándola contra la madera.
Ante tal gesto, Trunks se cruzó de brazos y le dio una sonrisa socarrona, sin tener cuidado de la toalla, que se había aflojado un poco.
—No. Me. Asustas —respondió con sorna.
Pan frunció los labios y, sin esperar una nueva réplica, dio una potente patada en contra del librero, que, a causa de estar clavado a la pared, resistió con no mucha facilidad el embate. La joven Son, siendo una experta en la medición de su propia fuerza, tomó nuevo impulso, afianzando el control de su centro de equilibrio en la pierna derecha y elevando la izquierda, dispuesta a dar otra patada. Un nuevo golpe, y el mueble se tambaleó, haciendo un sonido sordo al empezar a desestabilizarse. Otro golpe. El librero se inclinó hacia adelante, crujiendo la madera con una nueva patada. Otro golpe y la parte golpeada no resistió mucho, quebrándose y lanzando astillas.
Trunks miraba incrédulo lo que la joven hacía con tanta furia, abriéndolos ojos cuando el mueble no aguantó los ataques y calló ruidosamente al suelo, dejando en la pared rallones y surcos que costaría mucho trabajo —y dinero— reparar, además de que aquel librero tenía un alto valor monetario y sobre todo, emocional, pues había sido un regalo de su abuelo a su madre cuando se graduó de la Universidad. Y él no había hecho nada para detenerlo. Y su madre lo asesinaría y le revocaría cualquier derecho sobre su licencia de manejo hasta que ella quisiera. Y se odiaba a sí mismo por ser tan fanfarrón, peo odiaba más a esa pequeña insolente.
¡Suficiente!, pensó mientras se abalanzaba sobre la joven sin darle tiempo a reaccionar, tumbándola sobre la mesita y acorralándola con su propio peso. Sabiendo que estaba vulnerable, optó por posicionarse entre las piernas de la chica, separándolas con las suyas para evitar cualquier golpe en la entrepierna. la chica tenía las mejillas enrojecidas por el esfuerzo sobrehumano que estaba haciendo para quitárselo de encima, además de que podría jurar que diminutas lágrimas de frustración estaban acumulándose bajo sus ojos, pues se veía que estaba poco acostumbrada a la derrota.
Sus brazos estaban sujetando fuertemente sus muñecas y sabía que le hacía daño, pero era ella o era él quien debía ser sometido, así que no tenía opción. Sentir la cercanía de la chica le hizo sentirse poderoso; él era el domador que había puesto bajo su poder a la más peligrosa de las fieras. Un olor, dulzón y tremendamente femenino asaltó su nariz. Bajó la mirada hacia el cuello de la joven, para después acercar su nariz y aspirar fuertemente. Ante tal acto descarado, Pan se tensó y luchó más fuerte, y el chico no hizo más que aspirar otra vez, recorriendo con la nariz el cuello femenino, disfrutando la frustración de la chica de manera despiadada. Quizás eso se consideraría como acoso sexual, pero para él no había forma más efectiva de vencer a la joven en su propio juego; él no usaría la violencia física, pero usaría tácticas sucias para confundir a la joven.
—Suéltame…maldito —jadeó ella, usando su fuerza para separar sus muñecas apresadas contra la madera, girando frenéticamente para desestabilizar a su oponente, pero fue inútil.
—Tú empezaste, así que no te quejes —atacó él, usando más fuerza para mantenerla a raya—. Y si quieres saber dónde están tus malditas cosas, puedes ir al vertedero a las afueras de la ciudad, porque yo mismo me encargué de echar tu cartera y tu celular al triturador —canturreó, con una sonrisa ladina.
Si Pan estaba furiosa, escuchar eso fue lo peor que pudo escuchar. Su cara se tornó pálida en un segundo y abrió los ojos con sorpresa, al igual que un gesto de dolor que Trunks no pudo comprender.
—Tiraste… mis cosas —susurró, con un hilo de voz.
La sensación de culpabilidad anidó en el pecho del chico, pero haciendo gala de su propia crueldad, sonrió con más amplitud y acercó su rostro hasta casi chocar su nariz con la de la morena.
—Sip —contestó.
Para sorpresa de Trunks, una lágrima solitaria resbaló por la pálida mejilla de Pan, para después apartar su mirada de la suya y morderse el labio para reprimir un sollozo. La culpa pudo más y dejó de hacer tanta presión en sus muñecas, cosa que la joven aprovechó para alzar su caderas y rozar la toalla del chico —que de por sí ya estaba a punto de caer—, haciendo que él saltara por el roce de intimidades que inevitablemente se dio, además de que la toalla se resbaló de sus caderas y piernas, para caer al piso.
La morena siguió descaradamente el trayecto y una vez que la prenda hubo caído, esbozó una sonrisa burlona, acompañando de un "¡Oops!" de fingida inocencia. Trunks enrojeció de vergüenza y de ira, pero antes de que pudiera hacer nada, el sonido de la puerta del salón —que convenientemente estaba cerrada momentos antes— los hizo voltear al mismo tiempo, topándose con el rostro pálido de indignación de Bulma, quien alternaba la mirada entre el desastre y la comprometedora escena, sin atreverse a hacer una conclusión precipitada. No obstante, en casos extremos la razón abandona los sentidos y se deja a la imaginación volar tan alto como pueda, por lo que Bulma pensó lo peor, aunque le doliera como madre y mujer: su hijo había tratado de abusar de Pan.
Sin esperar nada, se acercó a los dos jóvenes, que no se habían movido en todo el rato, recogió la toalla, la tendió hacia su hijo que se cubrió rápidamente, separándose de Pan.
—Afuera, Trunks —musitó, apretando la mandíbula.
—Pero, mamá…
—¡DIJE QUE AFUERA, MALDITA SEA! —gritó fuera de control.
El chico, sabiendo que había decepcionado a su madre de una manera terrible, no intentó desobedecer, lanzando una mirada con el ceño fruncido a la joven, quien aprovechó una pequeña distracción de la mujer de azules cabellos para mostrarle la lengua. Cabizbajo y sin poder vengarse o defenderse, salió de ahí, dejando a ambas mujeres solas.
Una vez que su hijo se hubo retirado, Bulma miró con pena y pesar a la joven. Observó sus muñecas enrojecidas y suspiró hondamente. Su Trunks lo había hecho, la había lastimado, y ella había tenido la culpa. Había entregado en bandeja de plata a una joven inocente, independientemente de cuan molesta pudiera ser. Ahora, debía afrontar lo que su hijo había hecho, pero le era difícil.
—Dime que mi Trunks no lo hizo, por favor —rogó con un nudo en la garganta y lágrimas en los ojos.
Pan, al ver esa imagen angustiada, recordó la mirada de su madre cada vez que ella hacía hecho algo malo. Y le dolió, porque no pudo decir nada, aun a sabiendas de que su silencio podría malinterpretarse. Bulma asintió con pesar y sacó su celular, pidiendo un taxi para la joven y colgando derrotada, herida, después.
—Quédate aquí hasta que escuches el taxi llegar, ¿de acuerdo? Yo debo arreglar este asunto —le sonrió con tristeza, agregando en voz baja mientras salía—: perdóname.
Pasaron un par de minutos antes de que la chica pudiese reaccionar y cuando lo hizo, fue para empezar a reír frenéticamente, sin parar. Podría considerarse cruel y despiadado, pero el hecho de haber derrotado al chico antes de que siquiera llevara el plan "Chica Buena" a la siguiente fase, era todo un logro para ella, algo que debía ser celebrado sin reservas.
El sonido del motor de un auto la hizo brincotear de emoción. Tomó sus cosas y salió lo más rápido posible de esa casa. Si las cosas salían como pensaba, no volvería a ese lugar nunca más y la directora estaría tan avergonzada, que no le insistiría más. Y podría volver, junto con Mai a hacer de las suyas en algún sucio callejón. ¡Y quién sabe!, tal vez podrían incluir a Marron en sus aventuras, llevarla al lado oscuro. Así ya no serían dos los Ángeles del Apocalipsis, sino tres.
Y con una sonrisa imborrable se acomodó en el asiento trasero del taxi, sin importarle que detrás había dejado a una madre que ya no podría confiar en su propio hijo, ese que vio nacer y crecer, y a un chico que ya planeaba lo peor para la chica que ya empezaba a odiar con toda su alma.
Fin del capítulo cuarto
