Capítulo Final

El dolor era horrible. Jamás se imaginó que traer una nueva vida a este mundo era tan doloroso. Todo pasaba en cámara lenta frente a ella.

Eleonor estaba en su cabecera sujetando su mano y limpiándole cada gota de sudor a la vez que dulces palabras salían de su boca animándola y consolándola.

Su suegra ocupaba el lugar que debía estar madre. Se decía a sí misma ¡Cuánto deseaba que fuese ellas madres, quien en estos momentos le tomara de las manos y le dijese esas palabras que dulcemente salían de la boca de Eleonor!

No podia resistir más aquellas punzadas de dolor que tenia en su vientre bajo. Necesita aguantar. No quería que su bebé naciera sin que su esposo estuviera presente. Pero sabia que la naturaleza era más fuerte que el simple deseo de una humana.

– Llegó la hora –gritó el doctor– Ya no podemos esperar más su gracia –y colocándose entre sus piernas la miró a espera de que esta entendiera que era momento de que naciera su hijo.

– Terryyy –gritó apretando fuertemente la mano de Eleonor y pujando de forma intensa. Sus padres y el ex duque que aguardaban en la parte baja del castillo escucharon aquel grito de dolor. William intentó subir, pero la mano de su esposa le detuvo diciéndole que eso era parte de traer un nuevo niño al mundo y que debía dejarla.

El grito fuerte de un bebé y un ultimo pujo le dejo saber que todo había pasado. Candy miró como el doctor limpiaba junto a la enfermera a su bebé y luego se lo colocaban en sus brazos.

Entre todas las sensaciones existentes sobre la faz de la tierra, esa era la mejor que había experimentado en toda su vida. Ver en sus brazos a su pequeño. La rizada cabellera color chocolate y aquellos ojos zafiros eran copia exacta de su esposo. Sonrió al verle a los ojos y como este le miraba fijamente.

Lagrimas de felicidad y angustias llenaron sus mejillas. Tenia a su bebé con ella... Pero ¿Y Terry lo volvería a tener? Miró hacia su suegra y al igual que ella lloraba. La rubia ex duquesa se acercó y le dio aquel beso maternal en su frente que tanto añoraba de su madre. – El volverá a nosotras –le dijo, dándole una pequeña esperanza a la joven pecosa.

El doctor bajó dcon las buenas nuevas a Richard, Williams y la madre de Candy quien esperaba mirando por la ventana. Ella amaba a su hija, pero no podia, por más que quería expresarle aquel amor que contenía en su corazón.

Fue creada para no sentir, ser la perfecta esposa para llevar un titulo y eso había hecho. ¿Cómo amar, si nunca se le enseño a hacerlo? Ni si quiera con el nacimiento de sus hijas aquella capa de hierro había caído. Sin embarro ahora, en este momento, quería llorar de alegría al saber del nacimiento de su nieto que le hacia sentir algo que no podia explicar.

Richard fue el primero en llegar a la habitación y conocerlo. Orgullo y arrogancia al verle. Era el vivo retrato de su hijo, era varón y seria quien continuaría con el nombre de aquella familia. William miraba a su hija y al igual que Richard sentía orgullo por el nuevo miembro de la familia.

La madre de Candy se acercó a ella, tomó el bebe en sus brazos y comenzó a llorar de felicidad. Miró a su hija y por fin salieron aquellas palabras que nunca hubo dicho

–Te amo hija.

El olor a sangre fresca inundaba aquel espacio donde las respiraciones de aquellos presentes rompían el silencio que reinaba en aquella lúgubre habitación.

Mil y una vez había estado en aquel lugar junto a él. Él quien ahora miraba intentando entender lo que sucedió.

El sonido de un quejido hizo que aquellos ojos castaños entendiesen lo que había hecho. Había terminado con la vida de aquel que por tantos años había sido, quien desde que le conoció, su verdugo y dueño.

Lo odiaba, detestaba hasta el aire que respiraba.

Su sola presencia le causaba náuseas. Saberse tocada por él cuándo se le antojaba, de la manera más brutal y sin contemplaciones del dolor que creaba cada vez que la poseía, era el peor de los castigos.

Su pecado haber amado a un hombre imposible. Su castigo ser. La esposa de un hombre que la maltrataba y humillaba siempre.

Saco suavemente la espada de aquel cuerpo mientras Neil caía y se volcaba de rodillas para quedar frente ella. Pestañeaba sin parar. No entendía cómo su esposa; la mujer a quien le hubo dado tanto ahora le pagaba de esta forma.

No podía decir que la amaba, no sabía el significado de dicha palabra, pero ella había sido la elegida para ser la madre de sus hijos y eso era un privilegio para cualquier mujer que existiera sobre la faz de la tierra.

Se sentía traicionado y con las pocas fuerzas sólo pudo mencionar en forma de susurro su nombre — Karen —pero nada mas logró decir ya que su cuerpo se desvaneció en aquel piso. Sus ojos le pesaban y aunque sabía había llegado el momento de partir a cualquier lado; no estaba listo para irse y perder.

La sangre corrió hasta tocar los pies de la joven mujer quien ni siquiera una lágrima dejó caer al verle fallecer.

— Te odie desde siempre —le dijo a Neil mientras apretaba sus manos — Odie todo de ti... Me hiciste la mujer más miserable de esta tierra —dio un paso adelante pisando la sangre del que fuese su esposo por tanto tiempo.— Cada palabra tuya está grabada aquí en mi mente. —señaló su frente con su dedo índice manchando su cara de aquel líquido rojo.

— Fui tu esclava. Tu esposa y tu mujer por tantos miserables años. Y hoy por fin soy libre. Estás muerto y contigo la prisión en que me tenías. —siguió caminando hasta colocarse lo más cerca posible al cuerpo ya sin vida del conde y le escupió— Todo llega hasta un día y hoy fue el tuyo. Alzó la vista y vio al duque mirarla con expresión de dudas y desaciertos.

— Mi vida comienza hoy —le dijo a aquel hombre que miraba a la castaña — Soy libre. Vuelvo a ser alguien —no pudo contener sus lágrimas al darse cuenta que todo había terminado para ella. Sus hijos no tendrían padre, pero la tendrían a ella. Su pueblo no tendría el Conde, pero estaba ella. La condesa Karen Leagan de la casa de Lores de Kleis.

— No me juzgue por lo que hice —le pidió entre susurros— He sufrido como ninguna mujer se lo merece.

— Jamás lo haría mi señora.—le respondió Terry mirando cómo la joven caminaba hacia un mueble y se sentaba con sus manos sobre su falda y sin dejar de mirar aquel que fuera su esposo.

— Sólo nuestro señor puede entender el sentimiento que llena mi corazón en estos momentos. —río, al recordar la noche pasada donde entre golpes y palabras humillantes la había tomado, herido y denigrado a lo más bajo que podía caer una mujer.

Levantó la mirada hacia el duque que seguía parado frente a ella mirándola.

— Quedó en sus manos —y con esto bajó al suelo y se colocó de rodillas — He matado al conde, pero no me arrepiento de ello. Y le juro que lo volvería a hacer. Queda de usted mi castigo. Sólo pido piedad para mis hijos. Ellos son mitad ingleses como usted y merecen la piedad que nuestro pueblo sabe dar. –le pidió buscando misericordia, no para ella, sino para sus hijos.– Son inocentes. –volvió a pedirle mientras se limpiaba las lagrimas que caían– Mi deber es con mis hijos y la Reina madre. Por favor. —le rogó esperando palabras de aquel que ahora tenía el poder de encerrarla o matarla si así quisiese. Recordó cuantas noches luego de ser tomada por el conde deseó morir, desaparecer. Cuántas veces luego de ser abofeteada hasta sangrar deseó con sus manos terminar a aquel que hoy estaba muerto cerca de ella. No, nunca se arrepentiría de ello

— Mi señora. —le dijo sacándola de sus pensamientos —yo la libero de cualquier carga. Mientras os juré que estará bajo la reina y su disposiciones,

— Os juro lealtad absoluta a la reina y la corona inglesa. Por favor piedad para mis hijos.

— Entonces de pie. —la tomó del brazo y ayudó a ponerse de pie. — Hoy es una mujer libre y debe estar de pie para asumir sus nuevas responsabilidades como condesa.

— Gracias mi señor. –le dijo volviendo el ser a sí

La noticia de la muerte del conde corrió como pólvora. Muchos se alegraban, otros simplemente les daba igual. Karen tomó el mando de aquel lugar dejando el claro su total lealtad hacia la corona inglesa y la reina.

– Todo había terminado y era hora de volver a casa –dijo sol duque a sus hombres y comenzaron a galopar de vuelta al lugar donde le esperaba su mujer, quien estuvo todo el tiempo en sus pensamientos.

La llegada a su pueblo y al castillo fue la más conmovedora que jamás pensó pudiese existir. Todos les esperaban y de forma triunfal entro a aquel lugar del cual no quería volver a salir.

La noticia del nacimiento de su hijo fue la alegría más grande que pudo sentir. Subir aquellas escaleras para entrar a su habitación y encontrar a su mujer aún en la cama con el bebé en los brazos.

Caminó hacia ellos, colocó sus rodillas en el suelo y se acercó para ver a su hijo. Era simplemente hermoso. Miró su cara y se encontró con pequeñitas pecas sobre su nariz que le recordaban a otras que adoraba más que a su propia vida.

Era su hijo. El regalo que tanto anhelo y que ahora estaba junto a él. Subió la vista a su mujer y sonrió. Si antes era bella... Ahora era la más bella entre todas las mujeres. –pensó–

Se acercó y besó sus labios. Colocó su frente junto a la de ella y entonces sonrió.

— Volviste amor —le dijo Candy.

— Jamás rompería una promesa a mi esposa –loe contestó mientras con una mano acariciaba la suave cabellera de su bebé.

— Te amo mi duque. –le dijo mientras le miraba fijamente a los ojos

— Yo mas a ti pecosa

Fin!

¿Qué les ha parecido?

Muchas gracias por llegar hasta aquí.