o0o Recomendación musical: Scars - Papa Roach
Capítulo 12: Narcissa Black (Editado)
Hermione se quedó congelada en medio del salón mucho tiempo después de que Malfoy se hubiera ido, impactada y afligida por lo que acababa de suceder.
Malfoy temía por sus padres –no sin razón –como ella había temido y temía por los suyos. Se sintió extrañamente unida a él por sus miedos comunes, por su situación similar. Ambos estaban lejos de sus padres. Él no podía verlos, ella tampoco.
Pero al menos estaban relativamente más seguros o en mejores condiciones que los Malfoy. Estaban en un pueblecito costero italiano y Hermione hablaba con ellos muy a menudo –se había comprado un móvil, aunque tenía que salir de Grimmauld Place para que funcionara –, Malfoy en cambio tenía un padre en la cárcel y una madre a la que no podía acudir.
Hermione recordó a Narcissa Black y se imaginó cómo debía de estar pasándolo esa mujer, sin saber si su hijo estaba muerto o si vivía, y de ser así cómo se encontraba. Inconscientemente se acercó al tapiz desteñido en el que estaba bordado con hilo dorado el árbol genealógico de los Black y sus ojos se dirigieron hacia el nombre de la madre de Malfoy.
A su izquierda había un manchón –que correspondía a la madre de Tonks –y junto a éste el nombre de Bellatrix Black unido al de Rodolphus Lestrange. Los ojos de Hermione siguieron vagando por el viejo tapiz hasta que algo llamó su atención.
Regulus Arcturus.
Hermione frunció el entrecejo sabiendo que había algo en esas letras en lo que debía reparar pero su mente estaba demasiado centrada en Malfoy y la escena con el Boggart para darle más vueltas. Se apartó del tapiz y se mordió el labio inferior preguntándose si debía ir a hablar con Malfoy o no. Sabía que lo más posible era que lo último que le apeteciera fuera verla pero...sentía la necesidad de cerciorarse de que estaba bien.
Contrariada aún, salió del salón.
Draco se limpiaba los ojos rabiosamente, para limpiar cualquier rastro de lágrimas. Losojos no dejaban de picarle y no podía parar de estremecerse, con las imágenes de lo sucedido en el salón grabadas en su retina.
Veía y volvía a ver a sus padres, fríos y rígidos, tirados en el suelo. Muertos.
Y después a Él. La muerte personificada apuntándole con su varita.
Automáticamente se llevó las manos al pecho para palpar las cicatrices, eterno recordatorio de su error, de un castigo aún no pagado, de una misión pendiente. Él le estaba buscando, lo sabía.
No era una de sus prioridades pero el Señor Oscuro nunca olvidaba una traición. No era posible desertar, el único modo de escapar de sus líneas era morir.
Y Draco no quería morir. Joder, apenas había superado la mayoría de edad mágica.
Se aferró a uno de los postes de la cama, con la cabeza gacha de modo que el flequillo le cubrió los ojos, ensombreciéndole el rostro. Un pálido rubor llegó hasta sus mejillas cuando recordó la expresión de Granger, cargada de compasión.
Le había visto llorando como un chiquillo, había contemplado sus mayores miedos. Se sentía vulnerable y avergonzado, humillado porque ella hubiera visto más dentro de él de lo que nadie lo había hecho. Y no soportaba que Granger le tuviera lastima.
Ella a él. Una sangre sucia a un sangre pura.
Era degradante para un Malfoy. Él era demasiado orgulloso para soportar la compasión de nadie, menos aún la de ella. La odiaba por haberlo encontrado en semejante estado, en su único momento de debilidad. ¿Cómo podría enfrentarse a ella, mirarla por encima del hombro, después de eso?
Después de que ella le hubiera salvado de nuevo.
Una suave llamada a la puerta le sacó bruscamente de sus desagradables pensamientos, devolviéndole al presente. Se limpió los restos de lágrimas con la manga de su camisa y se acercó a la puerta con desconfianza, adoptando su habitual pose de altivez antes de abrir.
—Malfoy... —murmuró Hermione al verle frente a ella. Volvía a ser el Malfoy de siempre, imponente con su estatura y sus ojos grises, con la habitual expresión de arrogancia y frialdad. Nada en él hacía sospechar lo que había ocurrido instantes antes, a excepción quizás de sus ojos levemente enrojecidos y su rostro demasiado pálido incluso para él.
Bajo su mirada fría, implacable, Hermione vaciló preguntándose silenciosamente qué demonios hacía ahí. Estaba más que segura de que no era una buena idea ir a verle en ese momento, pero una parte de ella no podía soportar el saberle solo después del horrible episodio que había vivido.
—¿Qué coño quieres, Granger? —preguntó, arrastrando las palabras como de costumbre, pero con un cariz de rabia contenida en la voz.
—Bueno, yo...sólo quería asegurarme de que estabas bien —musitó. Retrocedió un poco al ver el chispazo de furia brillando en los ojos del antiguo Slytherin.
—No quiero tu maldita compasión, Granger —le espetó a bocajarro.
En otras circunstancias, Hermione se hubiera sentido ofendida, pero estaba demasiado conmocionada por lo que acababa de ocurrir.
—Escucha, Malfoy —dijo con intención apaciguarlo, sabía que él debía de sentirse muy violento después de que ella le hubiera visto en semejante estado —sé que...
—¿Sabes? –la acortó él abruptamente —¡Tú no sabes nada! Para ti es muy fácil ser tan perfecta, hacer siempre lo que debes, porque no tienes nada que perder. Crees que en tus libros encontrarás respuestas a todo, pero no tienes ni idea de nada. No tienes ni idea de lo que es ser yo, así que no me compadezcas ni me mires como si fuera uno de tus jodidos elfos domésticos. Si quieres ayudarme, déjame en paz —espetó con rencor y antes de que Hermione pudiera hacer o decir nada, Malfoy le cerró la puerta en las narices.
Las lámparas de gas mágicas se encendieron automáticamente cuando Hermione entró a la biblioteca. En vista de que no era capaz de conciliar el sueño ni dejar de pensar en el desagradable de Malfoy, decidió levantarse e ir a la biblioteca a leer un rato. Si no le entraba así el sueño, por lo menos se distraería. Cogió un libro de historia medieval mágica especialmente interesante que había empezado a leer unos días atrás y se acurrucó en un sillón tapizado de cuero negro. Recogió sus pies descalzos y los cubrió con una manta de cuadros escoceses que habían encontrado y lavado un par de semanas atrás. Los bordes tenían borlas con las que Crookshanks solía juguetear, pero esa noche, el minino había decidido acurrucarse frente a la chimenea –también encendida por arte de magia -.
Hermione leyó un capítulo antes de darse cuenta de que no se había enterado de nada. Su mente estaba demasiado dispersa para concentrase y la imagen de Malfoy, acurrucado, llorando y cubriéndose los ojos para no ver a sus padres muertos parecía haberse quedado sellada en su retina. Mirara a donde mirara lo veía y no podía evitar sentir una extraña desazón en el pecho.
Con un suspiro, cerró el libro y se recolocó en el sillón, buscando una postura cómoda. Se subió la manta hasta el pecho y cerró los ojos tratando de encontrar un poco de paz. Pero su tranquilidad no duró apenas un minuto.
—Maldita sea, Granger, ¿qué coño haces aquí? ¿Es que no tienes una puñetera cama?
Hermione abrió los ojos sobresaltada para ver a un enfadado Malfoy bajo el dintel de la puerta. Estaba muy pálido y la tenue luz de la lámpara y la chimenea reflejaba sombras en las afiladas y duras facciones de su rostro, sumiendo en la penumbra el gris de sus ojos. No obstante, Hermione podía vislumbrar con nitidez la mueca de sus labios, fruncidos con desagrado.
—No podía dormir —dijo con serenidad, mientras se frotaba los ojos para despejarse. Draco siguió el movimiento de su mano, que la hacía parecer pequeña e indefensa, y algo dentro de él se retorció. Molesto, apartó la vista.
—Y deduzco que tú tampoco —añadió ella, irguiéndose en el sillón. Draco se encogió de hombros y se dio media vuelta para largarse.
—Espera —le pidió Hermione, levantándose del sillón. Draco se detuvo bajo la puerta, pero no se giró hacia ella —¿Estás...¿estás preocupado por tu madre?
Hermione pudo percibir como Malfoy se tensaba y erguía la espalda, alzando el rostro automáticamente. Se giró lo justo para que ella pudiera ver su perfil elegante recortándose contra las sombras y habló.
—Te he dicho que me dejes en paz, Granger —dijo en tono cortante.
—¿Si...¿Si pudieras hablar con ella, qué le dirías? —preguntó la chica ignorando el tono de amenaza de su voz. Llevaba horas dándole vueltas a una idea, pero antes necesitaba saber algo.
—¿Qué te importa? —la interpeló él, volviéndose por completo para lanzarle una mirada asesina.
—¿Crees que ella está en peligro, verdad?
Por el modo en que él apretó las mandíbulas, furioso, Hermione supo que había dado en el clavo.
—Estás acabando con mi paciencia... —siseó entre dientes.
—¿Le dirías que se fuera lejos por su seguridad? —continuó ella con nerviosismo.
—Además de sangre sucia y repelente sabelotodo, ¿eres sorda?
—Sólo intento...
—Qué —la interrumpió él con sequedad —¿Ayudarme? ¿Es que no has oído nada de lo que te he dicho? Por mi, tú y tu ayuda podéis iros al infierno.
Hermione apretó los labios, dolida, e hizo un ademán que indicaba que se daba por enterada. Apartó la vista de él y se sentó de nuevo en el sillón con brusquedad de modo que la manta quedó atrapada bajo ella. Con manos torpes, cogió uno de los extremos de la manta y empezó a tirar de ella bruscamente para tratar de sacarla y poder así cubrirse con ella.
Draco la observó, peleando en silencio con la manta con expresión de dolor y vergüenza, como si la tela de cuadros escoceses tratara de burlarse también de ella. Rehuía su mirada –aunque los dos eran conscientes de que él la estaba observando –avergonzada e incómoda, y parecía sentir que el universo había conspirado contra ella para dejarla en ridículo a juzgar por la forma en que tironeaba desesperadamente de la manta. Él sabía que le había hecho daño y por alguna extraña razón ajena a él, no le gustaba la sensación que eso le producía. No era placer ni superioridad, era algo...incómodo.
—Le diría que estoy bien y que no se mueva de Wiltshire —se oyó decir, y a decir verdad, quedó tan sorprendido como la chica cuando escuchó sus palabras.
—¿Por qué? —preguntó ella, con expresión desconfiada aún.
— Porque está en peligro y sólo habría dos razones por las que mi madre se marcharía de Malfoy Hall —al ver el rostro, ahora esperanzado de la muchacha, continuó a regañadientes —para ponerse a salvo, sabiendo que yo estoy bien —explicó —o para encontrarse conmigo en algún lugar. En ambos casos, la seguirían y...
No dijo una palabra más, pero supo que ella había comprendido las implicaciones de su silencio.
—Entiendo —murmuró ella después de un largo minuto sin que nadie hablara en el que no despegó los ojos de Malfoy. Él, incómodo, adoptó de nuevo su expresión distante y altanera.
—Si ya has terminado con tu interrogatorio, me largo.
—No, quédate —pidió ella, Draco la miró como si se hubiera vuelto loca, y con una sonrisa tenue, la chica se puso en pie —yo me voy a dormir. Puedes quedarte aquí si quieres.
Draco se apartó de la puerta para dejarla salir, seguida de su gato patizambo y jodidamente feo. Antes de cerrar la puerta de la biblioteca, Granger le lanzó una mirada que le hizo sentir incómodo, así que le dio la espalda y se quedó quieto hasta que sintió el chasquido de la puerta al cerrarse. Después, se sentó en un sillón que había al lado del que la muchacha había ocupado antes y cogió el libro antiguo que ella había dejado abandonado allí. Lo abrió por la página que Granger había marcado y echó un vistazo desganado a las primeras líneas, pero entonces un olor dulce y sutil llegó hasta su nariz. Frunció el ceño y asesinó con la mirada a la manta escocesa. Olía a Granger.
La tomó, dispuesto a arrojarla lo más lejos posible de él, pero el olor que despedía –lo justo para ser percibido por su olfato –le tentó unos instantes. Lanzando una mirada furtiva a la puerta, hundió su nariz en la tela, inhalando ese aroma suave, elegante y dulce.
Todas las chicas que él había olido olían a algún tipo de flor, pero ella no. Olía como a...caramelo.
Caramelo.
—Mierda —masculló y lanzó la manta al suelo mirándola como si ésta le hubiera injuriado gravemente. Acababa de identificar el olor que lo había intrigado desde que lo había olfateado en su primera clase de Pociones con Slughorn.
Hermione bostezó sin poder disimularlo, ya que tenía ambas manos aferradas a la barra del saturado metro que la llevaría al centro de Londres. Aún era temprano, la hora en que la mayoría de la ciudad se incorporaba al trabajo, pero la había escogido porque sabía que Harry y Ron estarían durmiendo.
Había salido de la casa a hurtadillas obligada por las circunstancias. Si Harry o Ron se hubieran enterado de que planeaba ir al centro –ya sin entrar en detalles de por qué –hubieran insistido en acompañarla. Casi podía oír sus voces: "No es seguro que vayas por ahí tú sola".
Pero el caso es que, seguro o no, lo que iba a hacer, debía hacerlo sola, más que nada porque Harry y Ron se opondrían radicalmente a ello.
Se apartó un mechón de pelo del rostro con un movimiento de cabeza y echó un vistazo al letrero digital que indicaba la siguiente parada, justo en la que ella debía bajarse. Con un supremo esfuerzo, se fue acercando a las puertas automáticas, escurriéndose como podía entre la gente y disculpándose cada vez que empujaba a alguien sin querer. Así, cuando las puertas se abrieron, no tuvo que hacer nada para bajar del metro, simplemente se dejó arrastrar por la corriente de personas que se apearon.
Una vez fuera del metro, salió de la estación y caminó por las calles del centro de Londres hasta llegar a la cabina telefónica por la que se entraba al Ministerio. Entró, marcó la contraseña y dijo su nombre, además del motivo de su visita: "Ver a Nympahora Tonks".
Entonces la cabina se convirtió en una especie de ascensor que se abrió cuando llegó al Atrio. Se adentró en el vestíbulo y se acercó al mostrador que había a la izquierda, tras el cual la esperaba el revisor, ojeando El Profeta.
Con desgana, la examinó y después le dio la chapa con su nombre y el motivo de su visita que Hermione se prendió de la camiseta que llevaba.
Como unos días atrás, tomó el ascensor junto a un buen puñado de memorandums y se bajó en la segunda planta. "Departamento de Seguridad Mágica" dijo una voz.
Hermione rehizo el camino por el que había llegado al despacho de Arthur Weasley pero se detuvo tras franquear las gruesas puertas de roble que daban a una enorme estancia plagada de cubículos, con un letrero que rezaba "Cuartel General de Aurores".
Caminó unos pasos, desorientada y buscando inútilmente a Tonks entre los aurores que caminaban de cubículo en cubículo y atrapaban memoradums al vuelo. Suspirando con resignación, se acercó con timidez al primer de los cubículos ocupado por una mujer menuda, morena y pálida que revolvía unos papeles, los cuales cubrían toda la superficie de su escritorio.
—Disculpe —dijo, y la mujer despegó los ojos de sus papeles para mirarla con curiosidad —¿Sabe dónde puedo encontrar a Tonks?
—En el décimo noveno cubículo, sección B –respondió la bruja con voz eficiente, y después volvió a sus asuntos, ignorando a Hermione. La chica murmuró un "gracias" apenas audible y avanzó, contando los cubículos y sintiéndose más estúpida a cada paso que daba.
Tal vez no era una buena idea lo que pensaba hacer, de hecho podía ser peligroso. Y ni siquiera estaba segura de que Andrómeda fuera a ayudarla, después de todo no tenía por qué en vista de los hechos.
Pero antes de poder echarse atrás, llegó al décimo noveno cubículo y escuchó la inconfundible voz de Tonks maldiciendo por lo bajo. Forzó una sonrisa serena –ya que había llegado hasta ahí, no iba marcharse sin haber hecho nada –y se asomó al cubículo, viendo a la joven aurora apuntando con su varita al puñado de papeles manchados de tinta violeta, que a juzgar por el bote volcado sobre la mesa, había tirado sin querer.
—¡Hermione! —exclamó al verla y le tendió una mano llena de tinta —Espera un segundo –pidió al ver que estaba manchada y después de hacer un par de movimientos con su varita, limpió todo el estropicio —Siéntate.
Hermione tomó asiento en una silla al otro lado del escritorio de la aurora.
—Y bien, ¿qué te trae por aquí? —preguntó la bruja con curiosidad.
—Tonks —Hermione cogió aire y soltó —Necesito pedirte un favor. A ti y a tu madre.
Tonks abrió los ojos con sorpresa y se inclinó sobre el escritorio para acercarse más a Hermione.
—¿Se trata de mi primo? —preguntó con un brillo de suspicacia en los ojos.
Hermione asintió.
—¿Dónde narices estabas?
Hermione dio un respingo cuando Harry y Ron le salieron al paso en el vestíbulo. Trató de esconder la bolsa negra tras su espalda, pero sus amigos la habían visto.
—¿Qué es eso? —preguntó Ron con desconfianza.
—Un par de cosas que he comprado —respondió rápidamente.
—¿Fuiste al Callejón Diagon? —preguntó Harry.
—Sí —mintió la chica.
—¿Y por qué no nos avisaste? —farfulló Ron enfurruñado —Podríamos haber ido contigo.
—Sabes que es peligroso que vayas sola...
—Por Merlín, Harry, sólo es el Callejón Diagon. Es muy improbable que un mortífago aparezca por allí conjurando la Marca Tenebrosa, y por si no lo sabíais, el Ministerio ha puesto aurores para garantizar la seguridad de los visitantes.
—¿Y sé puede saber que has comprado que era tan urgente? —inquirió el pelirrojo.
—Pues... —Hermione puso una mueca de resignación —cosas para Malfoy.
—¿QUÉ? —preguntaron los dos chicos al unísono.
—Sólo es un poco de ropa...
—Ya tiene ropa —dijo Ron, ceñudo —la de Fred y George.
—Un poco más no le matará —dijo Hermione encogiéndose de hombros y pasó junto a sus amigos, ignorando las maldiciones de Ron y la mirada de Harry clavada en su nuca. Subió hasta el tercer piso y se detuvo frente a la puerta de la habitación de Malfoy reuniendo fuerzas para entrar. Llamó suavemente –no quería volver a encontrarle a medio vestir –y tras no recibir respuesta, abrió.
Echó un rápido vistazo cerciorándose de que Malfoy no estaba allí, y aflojando los hombros inconscientemente con alivio, entró.
Colocó la bolsa negra sobre la cama con rapidez, dispuesta a largarse de ahí cuanto antes, pero antes de poder siquiera volverse, escuchó el sonido de la puerta cerrándose a sus espaldas. Y como sospechaba, cuando se giró, pudo ver a Malfoy, apoyado en ella con una postura que denotaba superioridad y desenfado y los ojos, dos ranuras grises, fijos en ella con una expresión que Hermione no acertó a identificar.
—¿Qué haces en mi cuarto? —preguntó él lentamente, sin arrastrar las palabras.
—Sólo he venido a traerte esto —respondió una tensa Hermione señalando la bolsa sobre la cama con un gesto. Draco se incorporó con aire desconfiado de la puerta y se acercó con prudencia a la chica, junto a su cama, desviando sus ojos desde la exgryffindor a la bolsa negra.
—¿Qué es?
—Compruébalo tú mismo —respondió ella con voz neutra.
Con recelo, Draco soltó los cordones que cerraban la bolsa y echó un vistazo a su interior. Incrédulo ante lo que sus ojos le mostraban, metió la mano y sacó una camisa de seda negra. Una de sus camisas de seda negra.
—Son mis cosas —murmuró asombrado y después le lanzó una mirada afilada a la chica —¿De dónde las has sacado?
—Tengo...contactos —respondió Hermione encogiéndose de hombros. Se dio media vuelta para dirigirse a la puerta pero entonces las manos de Malfoy la sujetaron con violencia por los hombros y la giraron hacia él bruscamente para dejar su rostro a unos centímetros del de él, deformado por la furia.
—¿Has visto a mi madre? —le gritó, hundiendo con más fuerza sus dedos en los hombros de ella —¡Eso ha sido una estupidez! ¡Puede que os hayan visto y seguido hasta aquí o que desconfíen y la torturen para sacarle información o...
—No soy tan imprudente como crees —le respondió ella, tan furiosa como él o más. No es que hubiera esperado que él se sintiera minimamente agradecido por el gesto que había tenido, ni que valorara el que se hubiera ido hasta el Ministerio a pedirle a Tonks, que le pidiera a su madre que se viera con su hermana Narcissa con la que no hablaba desde hacía años, pero no se merecía que la insultara y lastimara así. Con la fuerza que le dio el enfado, logró zafarse de sus manos y retrocedió unos pasos, mirándole secamente —No he visto a tu madre, descuida.
—¿Entonces...
—Le pedí a tu tía Andrómeda, por medio de Tonks, que hablara con tu madre para decirle que estás bien. Dijo que tu madre visita todos los miércoles a vuestro tío abuelo Marcus y que allí podrían coincidir sin que nadie encontrara nada sospechoso en ello —dijo con aspereza, y a ver como Malfoy abría la boca, añadió —No sabe dónde, pero sí que estás sano y salvo. Tonks es la que me ha traído esto —y señaló la bolsa en la cama. Después le lanzó una mirada dolida y digna al muchacho, y se dio media vuelta para salir de la habitación. Tomó el pomo de la puerta, la abrió y se dispuso a salir pero justo en ese instante, Malfoy apoyó una mano en ella, cerrándola en el acto en las narices de la chica.
Hermione retrocedió un paso y le lanzó una mirada colérica.
—¿Por qué? —preguntó él, mirándola como si quisiera entenderla. Hermione alzó los ojos hacia él y durante unos largos segundos ambos se sostuvieron la mirada. Ella aparentaba serenidad pero Draco podía ver algo más oculto en sus ojos, en cuanto a él...no sabía definir cómo se sentía. Extrañamente... conmovido. Ella había hecho algo por él y Merlín sabía que no tenía ninguna razón para hacerlo. Eso le intrigaba y cosquilleaba en su estomago.
Hermione cerró los ojos unos instantes, suspiró y tomó de nuevo la perilla de la puerta. Draco apartó la mano, sin dejar de taladrarla con la mirada mientras ella abría. La joven dio un paso, se detuvo bajo el dintel y lanzando una fugaz mirada de reojo al chico, murmuró:
— Porque ninguna madre debería ignorar si su hijo está vivo o muerto.
Después se fue.
Hola bonitas :)
Aquí estoy con el siguiente! Este es posiblemente mi favorito hasta el momento, me encantó escribirlo así que espero que os haya gustado :) En primer lugar, Hermione ha descubierto quien es R.A.B. (por lo visto está confirmado que es Regulus ya que Rowling se lo confesó a la traductora portuguesa -menuda chivata, por cierto-.) Malfoy se ha puesto hecho una fiera cuando ella ha ido a ver como estaba, pero por la noche, en la biblioteca, finalmente se ha ablandado lo suficiente como para responder las preguntas de Hermione. Prestad atención a la última parte de esa escena, cuando Draco reconoce el olor de Hermione. ¿Habéis adivinado dónde lo olió con anterioridad en la primera clase de Pociones? (es fácil ). Hermione -que buena que es...-ha ido hasta el Ministerio para pedirle a Tonks que por medio de su madre se pusiera en contacto con Narcissa, para que sepa que su hijo está bien (ya empieza a intentar ganarse a la suegra, ¿eh? mujajajaja) y de paso le ha dado sus cosas a Malfoy, asi que lo siento chicas, pero se acabo Draco look-leñador. Eso para la intimidad sólo ;)
Siento no mencionar a todas las que me dejastéis review en el anterior pero estoy demasiado dormida T.T. Lo siento! Pero gracias especiales para vosotras, lindas :)!
MUCHÍSIMAS GRACIAS POR TODOOOOO!
Con mucho cariño, Dry!
Pd: porque una autora que soborna, es una autora feliz...dadle a "Go" para que Draco/Harry/Ron/Sirius/James/Remus/Snape... (el que vosotras queráis, yo hoy me pido a Kenshin :insentar Dry babosa y con ojillos de cordero:) os prepare un baño caliente y os frote la espalda :)
