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Capítulo 18: En San Mungo (Editado)

No tenía sentido. ¿Qué coño le importaba dónde se había metido Granger?

¿Qué le importa a él que hubiera desaparecido por la mañana con sus amiguitos y que ahora que ya habían pasado horas desde la media noche aún no hubieran regresado?

Nada. O al menos así debería ser.

Una vez más, pateó la pata del sofá tapizado de cuero negro de la mansión Black y se llevó las manos al pelo, para echárselo hacia atrás, molesto. Para ser sincero, se estaba volviendo loco.

Se sentía encerrado en esa maldita casa pero por otro lado no sabría qué hacer si pudiera salir. El día había pasado torturadoramente lento y cada hora caía sobre sus hombros como un peso invisible. Progresivamente se iba sintiendo más y más amargado, más furioso, más lleno de rencor hacia la estúpida de Granger.

No podía dejar de darle vueltas a la conversación del día anterior en la que le había dicho que se iba a hacer algo muy peligroso, que era posible que se librara de ella. Desde entonces no había dejado de preguntarse a dónde se habían ido, por qué y qué estaría haciendo ella en cada maldito momento.

Por si fuera poco, tampoco podía sacarse de la cabeza el jodido beso de despedida que le había dado a esa mojigata. Aún no estaba seguro de por qué lo había hecho, aunque sí estaba seguro de que no quería saberlo. La había besado de nuevo, y no había sido un simple beso, no, parecía que hubiera intentando beberle el alma por la avidez con que lo había hecho. No trataba de entenderlo, lo único que sabía –y lo que más le mortificaba –era que no había podido evitar hacerlo. Había escapado a su control de una manera fatal.

Tenía miedo de sus propios instintos y sentía remordimientos sólo de pensar en lo que había hecho. Había besado a una sangre sucia no una, sino dos veces.

Y aunque no se atrevía a reconocérselo interiormente –ni siquiera se permitía pensarlo –alguna parte de él, la más instintiva, básica y oculta, quería volver a hacerlo.

Pero eso no era lo que más le importaba en ese momento –así de grave era el asunto –sino el hecho de que sentía algo remotamente parecido a preocupación. Draco conocía ese sentimiento, por supuesto, pero sólo relacionado consigo mismo, con las consecuencias que podrían tener para él alguno de sus actos.

La preocupación por algo más allá de él era algo que nunca había experimentado, pero si alguna vez había sentido algo remotamente parecido a eso, era en ese momento.

Había vagado por toda la casa tratando de distraerse y de que ese sentimiento que no debía albergar, desapareciera. Cotilleó en todas las habitaciones de la mansión –pasó un buen rato revolviendo y riéndose de la ropa remendada, desgastada y de poca calidad de Potter y Weasley. De la habitación de Granger huyó con premura –buscó su varita por todas partes sin resultado e incluso echó una ojeada a las cajas y muebles inservibles que se amontonaban en el ático. Pero nada, absolutamente nada, había logrado aliviar ni un poco esa sensación de desasosiego, malestar y tensión reprimida que le llenaba todo el cuerpo. No había comido apenas nada –su apetito parecía haberse ido junto con la pelodearbusto –y ni siquiera dar ordenes y mortificar al elfo doméstico ahora que sabía cuanto le desagradaba a Kreacher tener que obedecerle le había animado un poco.

Las horas seguían corriendo y él se iba sintiendo más y más angustiado. A menudo se repetía que le importaba un pimiento todo, pero ni siquiera era capaz de creérselo durante un segundo.

Ella había dicho que no sabía cuando volvería. Pero eso podía significar unas horas, un día, incluso una semana, lo cual le irritaba y desesperaba aún más. Ni siquiera sabía si que tardaran un día era preocupante o no. A lo mejor estaba volviéndose loco por nada.

De vez en cuando, cuando su desesperación e impaciencia llegaban a su punto álgido, se ponía furioso consigo mismo por sentirse de esa manera y preocuparse por Granger. Joder, él era Draco Malfoy, y eso significaba que no le importaba nadie más que él, menos aún una sangresucia empollona y mojigata.

A él debería importarle un pepino que ella muriera, es más, debería desear que así fuera, ¿no? Una sangre sucia menos.

Pero sí le importaba. Trataba de justificarse diciéndose que eso se debía únicamente a que no le convenía que a la marisabidilla le pasara algo. Después de todo, ella era la principal razón por la que estaba en la Mansión Black, a salvo, con techo y comida así que le venía mejor que estuviera viva. De ese modo, cuando se preocupaba por el destino de Granger, en realidad estaba pensando en él y en su futuro, nada más.

Pero cuando la puerta del vestíbulo se abrió –frente a la cual él llevaba paseándose un buen rato, como un león enjaulado después de volverse loco en el salón –y Potter y Weasley entraron por ella, silenciosos y pálidos, Draco sintió cómo se le paraba el corazón. ¿Dónde demonios estaba Granger? ¿Le había pasado algo?

La sola idea, la expresión de derrota y preocupación del rostro de los muchachos, hizo que Draco sintiera la sangre pesada en sus venas y el impulso apenas contenible de echarse a temblar. De pronto su corazón latía desbocadamente, como si hubiera hecho un esfuerzo muy intenso. Se sentía vagamente mareado.

—¿Y Granger? —preguntó con una voz tan estrangulada que no pareció suya.

Harry y Ron intercambiaron una mirada lúgubre.

—En San Mungo —dijo el pelirrojo, y después ambos echaron a andar hacia las escaleras, sin intención de dar más detalles. Parecían abatidos y taciturnos.

Draco les observó pasar de largo en una especie de brumosa irrealidad, aturdido, como si le hubieran dado un mazazo en pleno pecho.

En San Mungo.

¿Qué le había pasado? ¿Qué habían dejado que le pasara? ¿No pensaban decir nada más? En San Mungo, ¿eso era todo? Él necesitaba saber más, maldita sea. No podían soltarle esa bomba y después largarse sin más.

Abrió la boca para decir algo, pero la cerró, frustrado. No podía interesarse por la salud de una sangre sucia. Ya era bastante malo que ella le preocupara, peor aún sería demostrarlo, y menos aún delante de San Potter y su apéndice.

—¿Debo ir encargando una corona de flores? —preguntó finalmente, recuperando el toque burlón y aburrido de su voz.

Harry y Ron se detuvieron a la vez, sobre el tercer escalón de las oscuras escaleras de la Mansión Black. Ambos se volvieron lentamente, Ron colorado de furia, Harry con las mandíbulas apretadas.

—¡Te vas a enterar, lechoso! —amenazó el pelirrojo, lanzándose escaleras abajo. Pero no había descendido más que un par de escalones cuando Harry lo detuvo, poniéndole una mano en el hombro.

—Déjalo, Ron, no merece la pena —dijo con frialdad y los ojos verdes, llenos de desprecio, fijos en el rubio —Y tú, Malfoy, reza para que Hermione se recupere, sino tal vez seas tú el que necesite una corona de flores o una plaza en Azkaban.

Y después se giró para continuar subiendo las escaleras. Ron, tras lanzar una mirada de amenaza al mortífago, siguió a su mejor amigo.


Cuando Harry y Ron regresaron a San Mungo, la Señora Weasley y Ginny ya estaban allí, junto a la cama de la inconsciente Hermione. Molly tenía los ojos humedecidos y Ginny, mortalmente pálida, sujetaba con determinación la mano de su amiga.

—¿Hay alguna novedad? —preguntó Ron, ojeroso. Su madre negó con la cabeza.

—Los medimagos siguen buscando cual es el maleficio que la ha afectado —explicó Ginny, mirando a Hermione con preocupación —dicen que nunca habían visto nada de estas características y que es magia oscura muy avanzada.

Ron y Harry intercambiaron una mirada cómplice y culpable que la Señora Weasley captó. Frunció el entrecejo de inmediato con la característica expresión de una madre que está dispuesta a llegar al fondo de lo que ocultan sus hijos.

—¿Vais a contarme de una vez cómo se embrujó Hermione y qué estaba haciendo cuando sucedió? —preguntó en un tono que daba entender que más les valía confesar su terrible delito.

Ron tragó saliva y lanzó una mirada de socorro a Harry, que se tensó y volvió el rostro inexpresivo.

—No puedo contárselo, Señora Weasley —dijo, y al ver que las dos cejas de la mujer se fusionaban en una, añadió rápidamente —sólo puedo decirle que es lo que Dumbledore quería que hiciéramos.

La Señora Weasley relajó la expresión, no obstante no perdió su aire de preocupación.

—Bueno...si Dumbledore lo dijo... —murmuró poco convencida y volvió a prestar su atención a Hermione.

Harry y Ron también la observaron, dormida. Parecía una estatua de lo inmóvil y rígida que estaba, y a los dos les recordó a cuando fue petrificada en segundo curso. Entonces habían sabido que tenía solución, ahora el futuro de su amiga era incierto.

Esa madrugada, para cuando llegaron a San Mungo y los medimagos atendieron a Hermione, su amiga ya estaba sumida en un estado de duermevela y apenas pronunciaba un par de palabras por mucho que intentaran forzarla a conversar. Su brazo derecho continuaba rígido e inquietantemente frío, como si fuera de mármol, y después de unas horas, no había vuelto a hablar ni a abrir los ojos. Nadie sabía si podía escucharles o si estaba realmente inconsciente, ni siquiera los medigamos, porque todos desconocían como funcionaba ese misterioso maleficio.

—¡Mirad! —exclamó Ginny, señalando el rostro de Hermione. La muchacha, antes tensa pero con expresión serena, arrugaba ahora los labios lentamente y fruncía el ceño como si estuviera llorando, el rostro deformado en una expresión mezcla de terror y angustia. Y lo que lo hacía realmente más tétrico era el hecho de que no emitía ningún sonido y no derramaba una sola lágrima. Mirarla era como contemplar un sufrimiento mudo y doloroso.

—¿Creéis que le duele? —preguntó la Señora Weasley acariciando con aire maternal el rostro de Hermione.

—Parece más bien como si estuviera teniendo una pesadilla —dijo Harry y se sintió sorprendido de lo asustada que sonaba su voz. Para ser sincero, Harry se sentía horriblemente culpable. La búsqueda de los horrocruxes y la destrucción de Voldemort eran cosa suya y había permitido que sus amigos se implicaran. Nunca debía de haber consentido que Ron y Hermione arriesgaran la vida por su culpa, ahora su mejor amiga yacía en el hospital mágico victima de las heridas de una guerra que ni siquiera era suya. Si hubiera podido volver atrás, Harry se hubiera negado en redondo a que le acompañaran y no pensaba dejar que volvieran a hacerlo.

—Harry, ¿estás bien? —preguntó Ginny, observándole con una extraña comprensión, como si supiera lo que estaba pensando. Harry la miró y se alegró de haberla apartado de su lado, para no ponerla en peligro. Dejarla era lo único que había hecho bien. En cambio había sido un egoísta con sus mejores amigos, arriesgando sus vidas.

—Sí —mintió.

—¿Creéis que deberíamos avisar a sus padres? —preguntó la Señora Weasley peinando con dedos temblorosos el enmarañado cabello de Hermione.

—Sólo serviría para preocuparles —opinó Ron —aunque por otro lado tienen derecho a saberlo.

—Tal vez deberíamos esperar a saber algo más antes de escribirles. Después de todo tiene pinta de ir para largo —opinó Ginny con voz trémula. El resto asintieron.


—El mocoso apestoso y su amigo traidor a la sangre han regresado —anunció Kreacher con la voz impregnada de desdén, mientras hacía un exagerada reverencia, con el cuerpo rígido.

Draco arrugó los labios y miró al elfo con frialdad. Era consciente de que Kreacher le despreciaba y no obstante se sentía obligado a servirle por ser sangre limpia, de la familia de su señora y porque ésta así lo quería, y a pesar de haberle visto besándose con una sangre sucia, lo prefería antes que a San Potter, el usurpador. Sin embargo, Draco sabía que tenía el control sobre el elfo y no le preocupaban demasiado sus nuevos sentimientos hacía él mientras hiciera lo que él quería. Y ahora tenía una misión importante para el elfo.

—Espíales, quiero que después me cuentes todo de lo que han hablado, ¿está claro?

—Sí, joven Malfoy —murmuró Kreacher y con un ¡plop! desapareció.

Draco se volvió de nuevo hacia la ventana a través de la cual estaba mirando sin ver nada, y los nudos de angustia y tensión que parecían enredados con su pecho, temblaron de esperanza.

Esperó y esperó durante minutos, horas tal vez, cada vez más y más desesperado. Potter y Weasley se habían marchado unas horas después de haber regresado de sabía Merlín donde sin Granger y no habían regresado hasta esa misma noche. Ahora Kreacher estaría espiándoles y más valía que el elfo sarnoso descubriera algo sobre el estado de Granger.

O se volvería loco definitivamente.

No soportaba esa situación, se desesperaba, no sabía qué hacer. Se sentía inútil, encerrado, angustiado y culpable. Culpable por sentir todo lo anterior. Y sobre todo porque sólo habían pasado dos días desde la última vez que la había visto...y ya la echaba de menos...

Soltando una maldición, apoyó la frente contra el frío cristal de la ventana intentando vaciar su mente.


Hermione despertó sobresaltada en medio de la oscuridad. Tenía un nudo de angustia en el pecho, sentía el corazón latir precipitadamente y respiraba de forma superficial. Experimentaba la sensación de tener los ojos llenos de lágrimas y el rostro empapado en sudor frío, y estaba completamente desorientada. Era consciente de que había estado soñando algo horrible, pero no podía recordar qué exactamente. Y alguna parte de ella no quería hacerlo.

Trató de dejar eso a un lado y se preguntó dónde demonios se encontraba. La cama en la que estaba tumbada le era desconocida. Miró a su alrededor, parpadeando para acostumbrar sus ojos a la penumbra y se encontró en una amplía estancia iluminada tenuemente por lámparas de gas que alumbraban una serie de camas a su izquierda y en la pared opuesta a la suya.

Sólo un par estaban ocupadas. En una había un hombre demacrado y ojeroso, encogido y apretado contra el cabecero metálico. Tenía la mirada perdida y temblaba inconteniblemente. Unas camas más allá, una mujer dormía o al menos eso parecía.

San Mungo. Estaba en San Mungo.

Miró rápidamente a su derecha y sintió alivio al ver a Harry y Ron durmiendo en un par de incómodos sillones, junto a su cama. Ron tenía las piernas separadas y el cuerpo apunto de escurrirse del sillón. Su cabeza pelirroja caía a un lado, apuntando hacia Harry, el cual estaba rígidamente sentado, como si se hubiera quedado dormido sin querer, con la cabeza caída sobre el pecho.

Contemplándoles, Hermione comenzó a recordar lo último que había hecho. Imágenes difusas y fugaces pasaban por su mente: los rugidos de una quimera, la copa de Helga Hufflepuff, unas escaleras deterioradas y oscuras, Harry y Ron arrastrándola por laberínticos pasillos de piedra.

Ahora entendía qué hacía en San Mungo. Recordaba como había sentido una punzada de dolor en un brazo cuando tocó la pared que flanqueaba las escaleras de caracol. Desde ese momento el resto era borroso y apenas podía recordar nada.

Frustrada, trató de llevarse la mano a la frente y de paso secarse las lágrimas de los ojos, pero no fue capaz de mover ni la mano ni el brazo derecho. Asustada, probó a mover el brazo izquierdo y ambas piernas y sintió un enorme alivio al comprobar que podía hacerlo. Lo único que sentía inútil –o más bien, que simplemente no sentía –era el brazo derecho, parecía como si no le perteneciera.

No le dolía, pero tampoco era consciente de él. Se lo pellizcó con la otra mano, pero sintió lo mismo que si hubiera pellizcado a otra persona: nada.

Nerviosa, intentó incorporarse, pero todo el cuerpo –a excepción del brazo derecho –le dolía como si hubieran apaleado cada centímetro de su piel y se sentía débil y enferma. Se recostó –o más bien dejó caer –de nuevo sobre los almohadones, desanimada.

Miró a sus amigos y deseó que no se despertaran todavía. Se sentía inusualmente ajena a ellos, como si no formaran parte del mismo mundo.

Ellos parecían tan normales...como si nada hubiera sucedido. Pero sí lo había hecho. Tenía conciencia de haber visto cosas horribles, y aunque no fuera capaz de recordarlas eso no evitaba que se sintiera fatal. Se limpió las lagrimas con la mano izquierda, pensando que no se sentía tan mal desde que los dementores la habían atacado a ella, Harry y Sirius a las orillas del gran lago. Tenía la misma sensación de que no volvería a tener ninguna alegría que entonces.

No era capaz de entender qué le sucedía exactamente pero alguna parte de ella había cambiado, como si hubiera contemplado o vivido un sufrimiento tan grande que lo cambiaba todo.

En ese instante, Ron se escurrió un poco más del sillón al tratar de reacomodarse y estuvo a punto de caerse. Sobresaltado, dio un respingo y se despertó, mirando a todas partes alerta.

Harry, cuyas gafas estaban a punto de resbalarle por la punta de la nariz y caer, abrió los ojos de inmediato.

Hermione se las compuso para obsequiarles una frágil sonrisa.

—Hola, chicos —dijo en voz baja.

Ambos la miraron, parpadearon unos instantes como si no se pudieran creer que ella les hubiera hablado, y a la vez, se arrojaron sobre su cama.

—¡Hermione!

—¿Cómo estás?

—Bien, creo —respondió, incómoda. No entendía por qué pero quería estar sola —Pero no puedo mover el brazo derecho. ¿Sabéis que es lo que me pasa? —lo cual no le importaba demasiado, pero creía que debía preguntarlo.

—Bueno... —comenzó Ron rascándose la nuca —los medímagos tampoco están muy seguros. Dicen que te afectó un maleficio de magia oscura muy poderosa, nunca habían visto nada igual.

—¿Entonces... —inquirió con voz y expresión neutra. Se sentía como si estuviera hablando de una persona que no conocía y no de ella misma.

—Aún no saben nada —aclaró Harry —llevas tres días inconsciente. Han probado todo lo que se les ha ocurrido y por lo visto algo ha salido bien.

—Pero aún no sabemos nada más.

Hermione asintió simplemente. No tenía ganas de hablar y no sabía cómo reaccionar ante las miradas especulativas y preocupadas de sus amigos. No quería que le hicieran preguntas ni hablar sobre lo ocurrido, así que cuando Harry abrió la boca, Hermione le interrumpió de inmediato.

—¿Lo saben mis padres?

—No —dijo Ron —decidimos esperar a saber algo sobre tu estado.

—Mejor, no tienen por qué enterarse —expresó la chica.

—Pero, Hermione...

—No hay necesidad de preocuparles —respondió en el acto. Era cierto que no quería preocuparles ni hacerles volver a Londres, pero la principal razón por la que no quería avisarles de que estaba hospitalizada era que no tenía ganas de verlos a ellos tampoco.

Harry y Ron la miraron y se hizo un silencio incómodo. Buscando otro tema desesperadamente, Hermione se fijó en que sus ropas estaban arrugadas y tenían aspecto cansado. Debían de haber pasado los tres días que ella llevaba en San Mungo a los pies de su cama.

—¿Cuánto tiempo lleváis aquí? —preguntó, más suavizada.

—Bueno, hemos ido a casa de Harry un par de veces estos días, para cambiarnos de ropa y coger algunas de tus cosas.

Hermione les miró con algo que antaño habría sido dulzura y alargó su mano izquierda hacia ellos. Harry y Ron la tomaron con cuidado, quedando sus tres manos entrelazadas.

—No teníais que hacerlo. Estoy segura de que os habéis aburrido mucho.

Harry y Ron negaron con la cabeza, pero Hermione sabía que era así. Sonrió débilmente.

—Debéis de estar agotados, ¿por qué no volvéis a Grimmauld Place y descansáis un poco?

—No queremos dejarte sola.

—Harry, soy perfectamente capaz de dormirme sin vuestra ayuda —insistió Hermione con un atisbo de sonrisa en la voz. No obstante, su gesto era decidido —Id a casa y descansad, y mañana podréis verme. Os aseguro de que no tengo intención de irme de aquí.

Ambos amigos se miraron, indecisos, pero la expresión resuelta de Hermione acabó por convencerles. Despacio, soltaron su mano y se levantaron del borde de su cama, sin dejar de lanzarle miradas de preocupación como si temieran que fuera a darle un ataque si no la miraban durante un solo segundo.

Hermione se obligó a sonreír de nuevo y les hizo un gesto con su mano buena, indicándoles que se fueran.

—Nos veremos mañana —les dijo.

—Que descanses —susurró Harry, deteniéndose junto al sillón vacilante.

—Si necesitas cualquier cosa hay varias enfermeras por aquí —le explicó Ron, recogiendo su cazadora sin dejar de mirarla con ojos de cachorrillo abandonado.

—Estaré bien —insistió, y para obligarles a irse y cortar la conversación, se giró como pudo, cerró los ojos y fingió intentar dormir.

Unos segundos después, escuchó los débiles pasos de sus amigos alejándose. No fue hasta que se supo sola que rompió a llorar, aunque no entendía demasiado el porqué.

Lloró calladamente durante unos minutos, sin dejar de repetirse que se estaba comportando como una estúpida, antes de lograr calmarse. Después abrazó la almohada con su brazo sano y cerró los ojos con fuerza. No obstante, no quería dormirse. Tenía miedo de volver a tener esos sueños horribles y tan reales que le hacían sentir desolada.

Sin embargo, un par de horas después ya no pudo seguir manteniéndose despierta y por alguna extraña razón, la última imagen que flotó en sus pensamientos antes de rendirse por el cansancio, fue la de una cabellera rubia platino y unos ojos grises.


Hola chicas,

Espero que os haya gustado el capítulo, la verdad ni sé muy bien como me ha quedado ni tenía demasiado claro que hacer ahora, así que ha salido esto. Como véis, Hermione está en San Mungo y no saben exactamente lo que tiene, pero al menos es consciente. No obstante aún no puede usar su brazo derecho...Harry y Ron no se han despegado de su cama y Draco está encerrando en Grimmauld Place el pobre, sufriendo por no saber que es de Hermione. Que sufra, jeje.

¿Os ha gustado la canción? Yo la encuentro preciosa.

Y ahora quiero hablaros de dos cosas muy desagradables que me han pasado en un corto periodo de tiempo y que me han quitado las ganas de escribir y publicar. Veréis, desde ayer en la noche he descubierto (bueno, me han avisado más bien. Gracias de todo corazón por avisarme) de que mi fic, Lija y Terciopelo estaba siendo publicado en dos fotologs. Por supuesto sin mi consentimiento. Ya puse un aviso al principio de ese fic y también de éste, expresando claramente que no permito que nadie coja mis fics y los publique en cualquier foro, web, fotolog...donde sea. Ni aunque digan que es mío, ni aunque den un link aquí (cosa que aún no ha sucedido nunca que yo sepa...pero bueno.). Creo que como autorade ellos, como escritora que se ha pasado horas escribiendo y pensando en los fics, tengo derecho a publicarlos yo y donde yo quiera. Serán una maravilla o una mierda, pero son míos. Y nadie tiene derecho a cogerlos, hacerlos pasar por suyos, o bien limitarse a decir "este fic no es mío" o decir "lo escribió una tal Dryadeh" y recibir comentarios por limitarse a copiar y pegar.

Cada vez que veo estas cosas me dan ganas de borrar todas mis historias para que nadie pueda copiarlas, de dejarlo todo y no volver a pasar por aquí.

Por eso os pido encarecidamente que si encontráis mi fic en alguna parte, me aviséis. Si está fuera de fanfiction (o aquí mismo bajo otro nick) tened la seguridad de que está publicado sin mi autorización, asi os ruego que me aviséis. Sólo pido un poco de respeto hacia mi trabajo y esfuerzo. Gracias por vuestra comprensión.

Ahora me despido. Sólo daros las gracias a las que me respetáis y seguís fielmente, las que me apoyáis y hacéis que a pesar de estas cosas me merezca la pena compartir mis escritos con vosotras.

Mis gracias especiales para las que dejaron review en el anterior:

Itsa, Yole, eglantier, SakuMalfoy, micropuff, Dubhesigrid, ALide, Luzapotter, gata2242, Heredhra, monica, , SombraGris, Peke-weasley, Layn, galletaa, Emily Dumbledore, Amber Nixie, pekelittrell, ., PaolaDunkelheit, taniz, Amarissima, Nimue-Tarrazo, Rocio-Lovegood, annkora, jocelynandrea, unkatahe, Arilyn, Lna, Vesper Bond, selegna, yanhira, pansy936, danymeriqui, Sara, marata1507, Soerag, oromalfoy, Alehp, sakurita555, Elea, Dysis, tifanny, damari, cuky as, Edoras, princesaartemisa, Lyann Jade, Yezzie, Arania, Adi Felton, maria, fairyMoka, englandlove, lxlgiselalxl, Sakura-Granger y Danae.

Gracias por todo.

Con cariño, Dry!