Corea del Sur: Im Yong Soo. Corea del Norte: Hyung (propiamente). Dinamarca: Mathias Køhler.
II
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Cuando Emil cumplió los diez años, él había esperado un día maravilloso, como los que a él le gustaban. Un día levemente soleado que lo despertara de forma gentil sobre sus sábanas; los panqueques calientes pringados de un oloroso bloque de mantequilla derritiéndose segundo a segundo, seguido de un postre islandés a base de regaliz que amaba con su alma; y un cálido abrazo de su padre y esos dulces besos de su hermano mayor que eran únicamente para él. Por supuesto, dos importantes cosas que no podían faltar: pastel de chocolate y numerosos regalos.
El regalo que más le gustó fue el de su padre. Un adorable frailecillo de felpa que el pequeño islandés no soltó de sus brazos en ningún momento, como un pequeño ser que de ahora en adelante tenía que proteger y cuidar.—Le pondré Mr. Puffin—mencionó, sonriendo, pasando sus dedos por el plumaje improvisado de aquel peluche que se convertiría en el mejor amigo inanimado de su vida.
Pero para Emil, había una cosa más, algo que también esperó que calma fingida. Aquello no podía ser otra que la visita de Leon y sus padres a casa que, con el pasar del tiempo, se habían vuelto dos familias bastante cercanas. Era el segundo cumpleaños que pasaría al lado de su mejor amigo, y Emil, secretamente, estaba ansioso por saber qué le diría, qué le regalaría y qué jugarían en ese día especial esta vez. La vez pasada, le había regalado un interesante cómic de superhéroes que a veces releía. Leon se había vuelto un personaje invaluable en su vida, importante, a pesar de que no era muy consciente de qué tan agradable era su compañía.
Pero el sueño extenso del niño se rompió como la nota fallida de un piano en el clímax de su canción. Habían venido, todos. El señor Arthur saludó cortésmente, revolviéndole el pelo a Lukas en broma. El señor Yao sonrió amablemente y le entregó una pequeña bolsita al niño quien decidió abrirla después. Emil recibió su 'feliz cumpleaños'. Los adultos entre ellos se saludaron, y tomaron el té en la sala mientras hablaban cosas de adultos que no le importaban.
Emil le sonrió genuino a su amigo.—Li, te estaba esperando... quiero mostrarte algo: ¡el regalo de mi papá!
Sin embargo, Leon seguía con la mirada gacha, nervioso, triste, desamparado. Se mordía los labios, como si no supiera qué decir o cómo actuar. Como si estuviese guardándose algo y temiera decirlo en voz alta. Emil comenzó a preocuparse de ese silencio extenso e incómodo impropio de un Leon inmóvil y nostálgico.
—¿Estás... bien?
El otro negó. Un suspiro cansado salió de sus labios, ya no apretados, decididos a ser más sueltos.—No... Emil, tengo que contarte algo...
—¿Qué? ¿Qué pasa?
—Nos vamos a mudar de aquí...—los ojos del rubio se abrieron sorprendidos. Algo dentro de él se removió dolorosamente, pero no entendía qué era, porque el niño aún no asimilaba por completo sus palabras.—Mañana nos vamos. Yo quería decírtelo hace tiempo pero no sabía cómo... lo siento, Emi.
Él boqueó.—¿T-Te vas? Pero... pero entonces no podremos seguir jugando... y... Leon... no...
El asiático le abrazó fuertemente, y Emil no hizo otra cosa más que aguantarse las lágrimas. Se sentía mal de que Leon estuviese ahí, consolándole, como si Emil fuese el que cambiaría de entorno, de personas, de vida. Pero es que el que su mejor amigo se fuera provocó una estampida en su estómago. Hace tan solo unos días había estado en su habitación jugando videojuegos con él, pero mañana, no habría nadie en aquella casa retro que se había vuelto parte de su vida junto aquella familia sino-británica y aquel niño indispensable en su vida.
Leon se iría.
—Oh, Leon, ¿le contaste?—Arthur suspiró tristemente cuando vio a los menores abrazándose. No se mudarían tan lejos, pero él sabía que sería un gran impacto el no tener a tu amigo a la misma cercanía.—Lo siento mucho, Emil. No queríamos arruinar tu cumpleaños, pero aún puedes ir a visitarnos, ¿cierto? Leon y tú aún son amigos.
Emil miró con ojos llorosos al Alfa rubio que trataba de consolarle. Él asintió, sin decir aún palabra alguna, mientras se miraba los pies. No quería mirar ni decir nada. Su voz saldría rota y se pondría a hiperventilar de solo hablar.
Leon lo tomó de la mano y subió las escaleras rumbo a su habitación. Emil aún intentaba desaparecer las lágrimas, trataba de recomponerse y formular el 'te prometo que iré a visitarte, Li' que seguía atorado en el dolor de su garganta.
—¿Estás enojado conmigo?
—¡N-No!—chilló repentinamente. No permitiría que pensara eso de él.—E-Es solo que me duele... tú eres mi único amigo...
—Pero aún seguimos siendo amigos, ¿verdad?—dijo en un susurro asustadizo, viéndose preocupado y triste.
—Sí... somos amigos... es solo que no podremos vernos seguido... Li, ¿me visitarás?
Leon cambió su expresión a una sonriente y brillante. Él luchó contra el dolor y el amago de contraer su rostro. Emil aún quería seguir estando con él, a pesar de que no serían tan unidos como antes.—Sí, pero tú me debes visitar a mí también—rió dulce, abrazando a su amigo de nuevo.
Ni Leon ni Emil dejarían que su amistad se ahogara en el fondo del océano. Después de todo, se querían, y ese era el motor necesario.
En ese día que oscurecía, el señor Eírik encontró a los dos niños arropados entre sábanas, durmiendo plácidamente abrazados con el pequeño pájaro de peluche que le había regalado entre ellos. El pequeño Leon abrazaba a su hijo suavemente, mientras Emil se aferraba a su presencia que disminuiría en su vida. Sus ojos estaban cerrados con calma, quizá con ciertas lágrimas secas, pero la oscuridad de la habitación le imposibilitó saberlo siquiera. En aquella cercanía, ambos se relajaron con sus respiraciones pausadas y pacíficas.
El Alfa noruego suspiró con suavidad. Él se preguntó interiormente si dejar que su hijo durmiera con aquel niño estaba bien, pero viendo lo desamparado que se había colocado, sonrió simplemente y los dejó ser.
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Para suerte de ambos, iban a la misma escuela, por lo que Emil y Leon aún seguían viéndose seguido. Sin embargo, los dos sabían que las cosas no serían las mismas, y realmente no lo fueron. La lejanía de sus hogares había disminuido las veces que se veían (muchas veces al día). Las primeras semanas Emil, por ser un niño, tenía que pedirle a su padre que le llevara a visitar a Leon y estaban las ocasiones cuando Leon venía en compañía de su padre o su madre. La naturalidad con la que sus juegos fluían era la misma, sin embargo,a diferencia de antes, sentían que el tiempo era limitado y precioso y que avanzaba con demasiada rapidez.—¡Li!
Emil corrió hacia la silueta de su amigo al momento de divisarla en la cafetería. Leon volteó curioso, y alzó una mano y sonriendo, para que su amigo se acercara.
Este se detuvo a su lado.—¿M...me guardaste asiento?—dijo entre bocanadas de aire. Para su edad, Emil era demasiado débil para actividades físicas; el caso contrario a Leon, quien a pesar de que disfrutaba la comodidad, también le agradaba divertirse en sus clases de defensa personal, y daba todo de sí hasta sudar y quedar con las mejillas rojas.
Leon asintió.—Sí, obvio. Oye... te tengo que presentar a alguien.
El islandés parpadeó genuino, y un poquito sorprendido.—¿A quién?
—Bueno, esperemos que llegue, está comprándome la merienda.
—¿Eh? ¿Por qué no fuiste tú por ella?—frunció el ceño—¿Acaso eres un matón?
—¡No soy un matón! Solo le pedí el favor... sin decir por favor.
El islandés rodó los ojos. Él sacó su merienda de su pequeña lonchera: esta vez era yogurt con un panecillo de mantequilla. Emil sonrió suavemente.—Leon, ¿tú crees que a Lukas le de vergüenza que mamá le de merienda?
El asiático encaró una ceja.—¿Y por qué?
—Un amigo suyo se estaba riendo de él.—hizo un puchero—Bueno, como está en bachillerato... da igual. Él me cae mal...—infló una mejilla—Cree que puede robarse la atención de mi hermano, como si fuera su hermano.
—¿Estás celoso...?—rió burlón—¡Vaya! ¡Qué posesivo eres!
Emil infló las mejillas.—¡Cállate! Lo entenderías si tuvieras hermanos.
—¿Y cómo sabes que no tengo?—le sacó la lengua.
—Pues porque nunca lo he visto, ¿o sí? ¿Tienes amigos imaginarios, Li?
Él le sacó la lengua.—Puede estar viviendo en Hong Kong, ¿o no?
Emil abrió los ojos sorprendido. Él no había evaluado esa opción. Después de todo, Leon era de Hong Kong, así que no era descabellado que tuviera familiares allí. Pero entonces, ¿por qué el señor Arthur y Yao lo habrían dejado viviendo allá sin ellos? Era la cosa más cruel que había escuchado que un padre le podría hacer a sus hijos. Formándose una historia dramática y alertante, Leon intervino antes de que Emil arruinase más en su cabeza la fama de sus padres:
—Calma, solo era broma, ¿enserio ibas a creértelo? ¡Eres taaan ingenuo!
—...Obvio no me lo creí—murmuró, con una mirada resentida que decía todo lo contrario.—Solo pensaba que eres tonto.
Su compañero asiático rió divertido, y le dio un pequeño golpe con su dedo índice y pulgar a su mejilla enrojecida. Emil profirió un quejumbroso "¡auch!" que habría desencadenado un par de reclamos sino fuese por la repentina intervención de una voz desconocida, escandalosa y eufórica que se hizo notar entre el bullicio diario de la cafetería, y que peor aún, parecía estar dirigida a su zona:
—¡Leon! ¡Hey! ¡Por un momento pensé que te habías ido y me habías dejado con todo esto!
Un niño con una bandeja llena de comida chatarra se sentó al lado de Leon, y Emil lo analizó curioso y receloso. La longitud fina y salvaje de sus ojos oscuros fue el impacto físico suficiente para notar que este nuevo chico, así como Leon, era asiático. Pero no eran en lo absoluto similares, desafiando los estereotipos racistas de la gente: su cabello era oscuro, como la noche, casualmente desordenado, con un extraño y respingado rizo que se agitaba por sus movimientos naturales; su tez era pálida, pero jamás tan enfermiza como la de Emil se veía y que siempre rozaba otros límites; la sonrisa de su rostro era inmensa y radiante, posiblemente, imborrable.
Estos dos chicos delante del pequeño islandés se veían como dos polos infinito opuestos, y aún así, la etiqueta oriental fue lo necesario para pasar eso por alto.
Leon suspiró con hambre, mirando con atención las comidas que su nuevo amigo había traído para ambos a petición suya. Tomó unas papas, y el sonido al abrirlas sobrevivió al bullicio alrededor.
Yong Soo frunció el ceño cuando se dio cuenta que había un niño fantasma con ellos.—¿Quién es...?
—Emil, este es Yong Soo.—Leon interrumpió la pregunta del recién llegado, mirando siempre a su amigo amablemente. La forma en que Leon decidió presentarlo a él a Yong Soo en vez de hacerlo al revés tomaría un significado al que futuramente se aferraría, pero en ese momento, Emil comenzó a sentirse algo incómodo. No era bueno socializando, por lo que nunca tuvo muchos amigos. Esta situación se mostró nueva para él.
El nórdico apretó los labios.—H-Hola...
—Wow, ¿por qué tu pelo es así? ¿Es un tipo de enfermedad?
—Porque sí...—exhaló tímido, agachando la mirada. La primera impresión en torno al carismático Yong Soo fue la misma que como cuando conoció a Leon en mitad de la delicada nevada del año pasado: un chico atrevido y confianzudo que creía que su cabello era realmente un tema cómodo que podía involucrarse en una pregunta; Emil tenía ciertos problemas de seguridad por su pelo. El tono de su voz era alto y habló de manera asertiva. Por alguna razón, pensó en el tedioso amigo de su hermano mayor; aquel molesto danés de catorce años que se burló de sus meriendas y gritaba a tan solo dos metros de lejanía. Quizá, por esa impresión, Emil sintió una punzada de disgusto contra aquel chico que, aunque sabido inocente, no trató de evitarlo.
—Yong Soo, este es Emil. Bien, ya se conocieron. Empecemos a comer, tengo hambre.—el niño metió sus papas a su boca, mientras ignoraba el cómo los otros dos se miraban extrañados. Leon obviamente los presentaría mejor, pero no podría hacerlo con su estómago vacío. Yong Soo, a su lado, se encogió de hombros restándole interés al asunto, y se centró en devorar su sándwich de pavo y contarle al otro asiático cómo había llegado al nivel dieciséis de un videojuego en una sola noche, para el enojo celoso de Leon, quien solo atinó a llamarle "mentiroso" con desprecio.
Emil miró su yogurt como si fuese la cosa más cautivadora del mundo. A pesar de que pareciera como si estuviera cavilando en su propio océano, él escuchaba todo lo que los dos amigos decían, desde los enunciados largos de Yong Soo hasta las respuestas monótonas y burlonas de Leon. No era difícil entender la situación tan rara en la que se encontraba, pero el repentino cambio de estar él, hablando con ánimos con su mejor amigo, a pasar a estar callado y convirtiéndose en espectador, era una volátil sorpresa patosa.
¿Por qué Leon era tan cercano a ese niño tan escandaloso? ¿Y cuándo se había acercado a él? Ante esta situación desconocida para Emil (quien sabía todo, todo de Leon), sintió que su mejor amigo se estaba escurriendo entre sus dedos como arena de la playa. Una sensación desagradable suprimió tomando su yogurt y mirando por la ventana, como si un día furiosamente soleado fuera lindo. Leon era su único amigo; y Emil era el mejor amigo de Leon. Ver cómo otro niño que no fuese él distrajera su atención así como Mathias Køhler lo hacía con su preciado hermano mayor removió instantáneamente su estómago.
O a lo mejor, solo se estaba volviendo ridículamente paranoico.
—Emil, ¿sabes donde vivo?—dijo Leon, después de un largo sorbo a su soda. Emil, tragándose el "obvio", asintió varias veces.—Bueno, Yong Soo vive justo al lado, pero no le di importancia hasta que lo encontré en mis clases de artes marciales. Me estaba acosando así que le dejé que fuera mi amigo. Y aquí estamos.—terminó simplemente, encogiéndose de hombros como si no importara. Yong Soo no se quejó ante su relato. Si era sincero consigo mismo, él estaba interesado en hacer amigos, y que ese niño se mudara al lado suyo y que se lo encontrara en sus clases era un aviso del destino que no desaprovechó.
Emil abrió los ojos con sorpresa. Sintió algo de desesperación temblando sus pies, sin embargo, él mantuvo la calma.—Oh... tiene sentido.
—¿Te incomoda?—entrecerró los ojos, receloso. No amenazándolo para que aceptara a Yong Soo, más bien, el pequeño Kirkland sabía lo tímido que su amigo podía ser con los extraños, y no quería ponerlo en una situación donde siempre se sintiera perturbado o pesado. Se frustraría de que pasara algo así.—Si Yong Soo no te agrada, cosa que, o sea, no te puedo culpar, lo echo.—asintió varias veces.
—¡H-Hey! ¿¡Leon, es en...-!?
—¡No! Es solo que... no sé qué decir... lo siento, Yong Soo.
El chico asiático respiró hondo, aliviado al confirmar que no iban a correrlo de ese lugar, a pesar de lo que Leon iba a hacer, era simplemente partir el tiempo entre él y su otro amigo. Sonrió amigable al nórdico.—No, no importa, Leon siempre es así de agresivo.—le sacó la lengua—Eres muy bueno para estar con él, ¿qué haces aquí, Em?
Un tic nervioso atacó a Leon.—¿Cómo te atreves? Solo yo puedo decirle Em.—defendió en vez del hecho de que el niño le estaba llamando salvaje.
—Yo... siempre lo he conocido. Simplemente estoy aquí.—bajó la mirada de nuevo. Él miró a su alrededor como si eso fuese a hacer el timbre sonar.
Yong Soo sonrió, y el resto del descanso, devolvió su atención al centro de aquel nuevo grupo formado: Leon Kirkland. La naturalidad y fluidez de sus conversaciones captó la tenida atención del niño islandés, quien todo el tiempo se mantuvo dándole sorbos pequeños a su yogurt para extender su silencio y tener la suficiente provisión desapercibida para hacerlo. Hablaron de temas que él mismo hablaba con Leon cuando estaban juntos, como los últimos videojuegos lanzados, pero la mayoría de aquella cháchara se alejó de la comprensión del pequeño. Temas de artes marciales, términos chinos, películas asiáticas, cantantes coreanos y las ansias de peligro que se denotaron en sus voces. Emil asimiló la nueva información como si la entendiera, pero sinceramente, él no sabía cuál era la diferencia entre kung-fu y taekwondo, y en realidad, no podía importarle menos.
Apretó fuertemente los dedos de sus pies. ¿Por qué hablaban tanto? ¿Y, por qué se oían como compañeros que se conocían de toda la vida? Y sin embargo, él nunca lo supo. Era como si ambos hubiesen encajado a la perfección aún con sus personalidades opuestas por fuerzas desconocidas, algo que Emil aún estaba lejos de comprender, y lo estaría por mucho tiempo.
A la vuelta de sus clases, Yong Soo tuvo que entrar a una distinta, despidiéndose con quejidos.
—Yo... no sabía que tenías más amigos. ¿Por qué no me lo dijiste?—la mirada de Emil permaneció gacha y recogida.
Leon paró. El niño de diez años lo miró por unos momentos. Los otros estudiantes comenzaron a esquivarlos y algunos les dirigieron una mirada de fastidio.—No lo sé. Creo que no quería hacerlo. Pero ya lo hice. ¿Yong Soo no te agrada?
—No es que no me agrade. Es solo que... es solo que... ¡es extraño! Yo solo te tengo a ti...
—Emil, tú sabes que tú eres mi mejor amigo, ¿cierto?—rió genuinamente. El nórdico enrojeció suavemente, y con el ceño fruncido, cruzó sus brazos.—Como si Yong Soo fuese mejor que tú. Es un tonto. Cree que sabe de artes marciales, pero justo ayer lo tiré al piso un minuto más tarde.—Emil comenzó a reírse con diversión, sintiendo, de repente, menos pesadumbre. Leon se unió a su carcajada, y luego, una sonrisa honesta se posó en sus labios.
Emil frunció el ceño.
—Y entonces Berwald me dijo que no lo hiciera, como siempre, intentando dañar el momento con sus constantes ganas de quedar como chico bueno delante mamá y papá...-
—O sentido común.
—Y entré, ¡te digo! Entré, y no fue la gran cosa, me esperaba algo más peligroso. Debiste haber visto la cara de mis padres, ¡se estaban enloqueciendo! Y no era para tanto, Dios, solo era la maldita jaula de los linces. Son como gatos, pero más pequeños, ¿entiendes? Nada de qué temer. Nene, he tratado con bestias más feroces en el baño.
Los finos y rosados labios de Lukas se apretaron con disgusto. Sus grandes ojos azules como las profundidades del mar miraron hacia el frente, cerciorándose por milésima vez si su padre aún no había llegado a recogerlos a la escuela. Pero no tenía sentido. Porque Mathias Køhler iría con ellos en el auto, como cada día de la escuela, y tendría que seguir oyéndolo hablar sobre sus historias heróicas en el zoológico, o como Lukas lo clasificaría, otra ridícula aventura de un danés que a tan corta edad ya había perdido el juicio.
La familia se había mudado hace un año en un vecindario bastante cercano al hogar de los Bondevík. Lukas, por supuesto, ignoraba este hecho. Él conoció a Mathias a comienzos del ciclo escolar del año pasado, cuando por error había murmurado una grosería en noruego al ver la cantidad de estudiantes con los que estaría compartiendo clase. Principalmente porque no era bueno existiendo en un lugar con muchas personas; personas cansinas, ruidosas, "graciosas", niños "cools". Lukas no era tímido, a él le gustaba estar solo.
Pero aquel niño nuevo de cabellos enloquecidos le había tomado por los hombros, acercándose, casi tocando su nariz con la suya, como si fuesen viejos amigos que se habían vuelto encontrar después de cincuenta años de guerra.—¡Oh, estupendo! ¡Eres noruego! ¡Sé mi mejor amigo!—exclamó en un danés que entendió, con esa voz estruendosa, llamando la atención de los demás; confundiendo al niño noruego quien lo miraba como si fuera un bicho raro.
Lukas no sabía cómo había terminado accediendo a ir a su casa, pero la familia de Mathias era tranquilizante. Su padre era un Alfa con una apariencia de modelo, y su madre era una agradable Beta que se veía feliz de que su hijo estuviese haciendo amigos. Solo físicamente eran parecidos a su hijo.
—Ya cállate, Mathias. No me dejas ver si mi padre llega.—murmuró, con ahora la vista pegada a su libro número cuatro de Dostoievski, que avanzaba a duras penas.
—¡Vamos, Lukas! Deja de leer ese libro. Tengo cosas más interesantes que contar que ese ruso comunista que lees.
—No, no las tienes. Eres tan molesto...
Emil dejó salir un suspiro. Se rascó ansioso su mejilla siempre enrojecida, y miró a todos lados esperando a que su padre apareciera en su automóvil negro. Entonces él cruzó sus manos y miró sus zapatos. Lukas siempre detestó la efusividad de Mathias, pero Emil estaba seguro que su hermano había comenzado a ser más abierto a la gente desde que los dos se habían hecho amigos. Y sin embargo, sintió algo de celos. En esos momentos, Emil temía que su hermano mayor se olvidase de él por el foco absorbente que se estaba volviendo aquel extraño muchacho danés.
De pronto, recordó al suceso con Yong Soo y Leon. Tan cercanos. Vivían en el mismo vecindario, tenían los mismos gustos, iban a las mismas clases, y Leon, se fue mostrando más veleidoso que antes cuando se hizo amigo de él, como si hubiese algo en Yong Soo tan fuerte y llamativo capaz de moldear al inmoldeable. Como si Yong Soo fuese más modelo, más divertido e interesante que Emil. El que Leon pudiera hacer más amigos aún seguía presionándole. ¿Quizá era Emil el que estaba equivocado? ¿Era él el único raro que debería tener más amigos a esta edad? Sin embargo, eso no lo hizo sentir mejor. Apretando los labios de pudor, jaló la chaqueta del uniforme de su hermano, y murmuró tímido una pregunta que lo había estado carcomiendo desde el descanso:
—Hermano... ¿tú crees que Leon se olvide de mí?
Lukas, de inmediato, levantó la cabeza para prestarle atención al menor. Mathias, al verse abandonado, siguió alardeando de su viaje con otros estudiantes. Pero Lukas no le prestó atención a eso.—No. ¿Por qué dices eso?
—Es que él está haciendo más amigos... tal vez encuentre a alguien más genial que yo...
—...—el rubio lo miró, inamovible—No veo por qué haría eso. Leon puede hacer más amigos, pero no te dejaría atrás, ¿o sí?
—No lo sé.—infló una mejilla. En ese momento, un auto rojo clásico se detuvo delante de la escuela. Desde dentro del instituto, dos niños caminaron al encuentro de un hombre rubio de cejas prominentes, que Emil reconoció de inmediato como Arthur Kirkland, el padre de Leon. Él se sintió (de forma extraña) incómodo, y en un acto inconsciente, se pegó a su hermano mayor.
Leon parecía decirle algo a su padre, mientras este asentía sin objetar. El niño a su lado, Yong Soo, se miraba los pies, viéndose algo impaciente y aburrido. Claro que iban juntos. Después de todo, vivían justo al lado.
Leon se acercó a ellos, casi corriendo, pero sin lucir cansado en lo absoluto. Había sido una distancia corta, pero Emil estaba seguro que él ya estaría boqueando por aire.—Lukas, ¿puede, como que, Emil venir a mi casa?—preguntó el chico asiático, dirigiéndose en una mirada fija al mayor de los hermanos.
Emil parpadeó confundido. ¿Ir a su casa? ¿Por qué tan de repente?
—Estamos esperando a mi padre.
—Pero no ha llegado. Y o sea, le puedes decir que se fue conmigo. ¿Sí?
Lukas frunció el ceño. Él miró a su hermano. Se veía algo ansioso. Sus ojos violáceos resplandecieron instantáneamente emocionados, y se le hizo imposible al noruego decirle que no a aquella carita. Lukas sabía que su hermano quería seguir pasando el tiempo con su amigo después de aquella pregunta que le había hecho tan solo unos segundos atrás, así que se vio resignándose.—...bien. Dile a tu padre que lo traiga antes de ocho.
Leon sonrió gatuno, y tomó la mano de su amigo para irse corriendo. Emil soltó una risa suave y se dejó hacer.
En el auto, el único Alfa comenzó a hacerle preguntas a Emil, desde cómo le estaba yendo en la escuela o si su hermano ya se había leído el libro de magia de mil páginas que le había prestado. Había pasado un tiempo desde que se habían visto, y Arthur se preguntó en su interior si la relación de su hijo y ese niño seguía intacta. Esperaba que lo fuera. Si se permitía ser sincero consigo mismo, Yong Soo era un crío incontrolable que estaba guiando a su hijo por un camino de desobediencia y peligro. Yao parecía no importarle mucho, después de todo, el niño "era asiático y estaba bien". Arthur le rebatió, porque al menos, Emil habría detenido a Leon si a este se le ocurría bajar en patineta por una montaña rocosa y Yao no pudo decir nada más.
Emil bajó la cabeza. Él no sabía cómo decirle al hombre que su hermano había terminado ese libro la misma semana que se lo prestó y que se había encariñado hasta los celos con él.—Él... ya lo está terminando. Lukas también está leyendo otros libros, así que por eso se está tardando.—excusó, salvando le reputación de lector rápido del mayor.—Justo se estaba leyendo Los Hermanos Kaza...Kama...Karaza...
—¡Los Hermanos Karamazóv! Tu hermano tiene un muy buen gusto.—rió contento—Dile que no se preocupe, que se tome todo el tiempo que desee, y ofrécele mi universidad, ¿está bien?
—No es tu universidad.
—Oh, Leon, no sería lo mismo sin esta estrella.
Leon rodó los ojos y Emil suprimió una risita divertida ante eso.
—¡Arthur, Arthur! ¿Podemos ir a mi casa?—preguntó Yong Soo, en una idea que se le había ocurrido de la espontaneidad—¡Por favor! ¡Será más divertido!
El rubio lo miró por el espejo, y luego volvió a la carretera, pensativo. La idea de que su hogar estuviese libre de niños de diez años por todo un día era ciertamente tentadora, y cuando se había comenzado a hablar de libros, Arthur había recordado lo maravilloso que era leer en la tranquilidad de su precioso jardín de rosas, con una taza de té en la mano, bajo la sombra, en un día tenuemente soleado. El problema era que era su obligación hacerse cargo de los niños, en especial, del chico islandés al cual aún el vecindario era desconocido.—No puedo dejar a Emil.
El niño hizo pucheros, y zarandeó al chico del medio, que devolvió la mirada asustadizo.—¡Di que sí Emil, por favor! ¡Dile que vayamos! Te divertirás mucho, enserio, tengo un montón de videojuegos y... ¡cosas divertidas! ¿Por favor? ¿Por favor? ¿Sí? ¿Dirás que sí? Di que sí...
Emil miró a Leon buscando su reacción, y en su mirada, también había cierta presión e ilusión. Bajó la cabeza.—Su-supongo que sería divertido...
Arthur le regaló una sonrisa amable, pero que Emil no pudo notar que era de agradecimiento. El Alfa los dejó delante de casa del mismo tamaño que la de Leon, y levemente, más grande que la suya. Como era el mismo vecindario, la estética impedía que hubieran diseños únicos, por lo tanto Emil no la miró más de dos veces, pero si hubiera sido navidad, tal vez no habría desprendido la mirada de las luces y decoraciones, y quizá, era la única época junto a Halloween donde la gente se atrevía a relucir su creatividad. Emil se despidió, (con cierta matiz confundida, pues todo había tomado un giro extraño a lo que había imaginado en primer lugar al ser invitado por Leon), de Arthur, y entró a la extraña casa, siguiendo de cerca a Leon.
—¡Bien! Mis padres no están, si le hubiera dicho eso a Arthur, no nos habría dejado.—sacó la lengua, juguetón, y dejó la mochila a un lado. Leon siguió sus pasos, y Emil, parecía asustado.
—¿...Tus padres no están...?
—¡No-op! ¡Más diversión para nosotros! ¡Vamos a mi habitación!
El cuarto de Yong Soo estaba desordenado cuando entraron. El niño había volcado una caja llena de videojuegos, buscando así uno en específico. Leon se sentó en su cama tendida, y Emil se quedó de pie, observando el suelo alfombrado de color miel. Tímido, alzó la vista, topándose con la bonita ventana de marco blanco, que siempre despertaba al niño con luz solar filtrada de las mañanas, y las paredes azul cielo que estaban decoradas de numerosos pósters de personas asiáticas (probablemente bandas de música) con vestimentas exóticas y frases en un lenguaje que no pudo identificar.
Leon lo pilló viendo uno de los pósters.—Es coreano.—aclaró ante su perplejidad.
—¿Coreano...?
—¡Síp!—dijo el niño aún buscando el juego—Somos de Corea del Sur. Tan hermoso... mi padre nos trajo a Estados Unidos por asuntos de trabajo, ¡pero nos prometió que nos llevaría a Seúl en vacaciones! No puedo esperar. ¿Vendrás conmigo, Leon? ¿Sí?
—Mis padres jamás me dejarían.—se cruzó de brazos, mirando por la ventana.
—Pero Li, tú hablas chino, ¿por qué sabes coreano?
—Es cantonés, no chino.—Yong Soo le guiñó el ojo.—Y no es difícil diferenciar.
Emil alzó una ceja, y desistió de preguntar algo más. Él no entendía la complejidad de las lenguas asiáticas, y posiblemente nunca lo haría, porque en realidad no le interesaba. Él prefería el alfabeto latino. Comprensible y bien hecho.
Yong Soo entonces encontró el juego y lo insertó en la consola. Llamó al hongkonés para que se sentara a su lado, y ambos comenzaron a jugar una historia violenta de una expedición post-apocalíptica con armas inmensas y seres extraños que morían de la forma más sangrienta posible cuando disparaban a sus cabezas. Habían acordado que el que muriera cedería el puesto para que Emil jugara, pero después de un cuarto de hora, este había desechado la posibilidad de que en ese juego los personajes principales pudieran morir. Prefirió entretenerse con la película de terror que ambos le estaban dando, entre las risas divertidas del coreano y el sonido de los botones apretándose con rapidez.
Un tiempo más tarde, el personaje de Leon cayó en batalla.—¡Yong Soo! ¡Te dije que me cuidaras la espalda!
—¡Lo siento! Eras tú o esa cajita de municiones.—Yong Soo miró hacia atrás—¿No vas a jugar, Emil?
Este parpadeó, despertando de su ensoñación.—¡Ah, sí!—se sentó al lado del coreano, tomando el mando de la consola, sin saber exactamente qué hacer. Aquella ignorancia le depuso de solo dos minutos de vida en el juego, y ardiendo de vergüenza, prefirió no jugar más, entregándole la consola a Leon (a pesar de las quejas de este que decía que solo necesitaba un poco más de práctica), mientras veía a los dos expertos desenvolviéndose en la carnicería virtual.
Quizá era la forma legítima en cómo se la pasaron los tres niños ese día. Yong Soo y Leon haciendo el 100% de los juegos luego de que Emil se retirase sin más ganas de hacer algo, convirtiéndose en espectador de sus hazañas. Luego de los videojuegos, habían ido al patio a practicar artes marciales, siendo seguidos por Emil, al que Leon repetidamente decía que no olvidara este momento, porque, derrotó al coreano luego de un tiempo y el hongkonés sintió como su ego subía ante los maravillados ojos del nórdico.
Pero todo se comenzó a tornar exasperante. Yong Soo absorbía toda la atención de Leon para sus actividades, cosas que Emil no quería seguir, porque eran peligrosas, era muy malo en ellas o era un completo ignorante. Como tirarse de las escaleras por las patinetas de nieve, jugar más y más videojuegos violentos o discutir si una banda de música o un personaje era mejor que otro. Él ciertamente no tenía idea de esto, y comenzó a arrepentirse de haber dicho que sí o incluso haber venido aquí. No sentía que encajaba en ese extraño grupo de niños asiáticos, y no lo haría nunca. Por eso, desistió en decirles que vieran una película de disney o que jugaran al ajedrez. No quería arruinar la diversión con sus gustos a la izquierda, y que poco a poco, consideró aburridos.
Pero Leon parecía estar fastidiado de que Emil no quisiera jugar a nada.—Ven...—murmuraba, mirándolo con el ceño fruncido.
Pero Emil negaba con una mueca tímida e incómoda.
Ya daba casi las cinco, y no sabía si era muy imprudente preguntar si ya podía irse a casa. Emil no podía usar la excusa de que tenía tareas que hacer. Hasta el momento no tenía ninguna, y mentir era imposible. Leon estaba en su clase, y lo sabría.
—Hombre... me sorprende que con todo este ruido no se haya levantado mi hermano...—suspiró Yong Soo, restregándose el rostro. Eso llamó la atención del nórdico. ¿Todo este tiempo hubo alguien más en la casa?
—¿Tienes un hermano?—preguntó Emil, nervioso. Dirigirse a Yong Soo aún le seguía costando trabajo, después de todo, aún era un desconocido, un niño con el que no sabía cómo actuar o qué decir. Interesarse en él quizá sería de su agrado, y sin embargo, el islandés sintió verdadera curiosidad por este nuevo hecho.
El coreano asintió varias veces.—Síp. Mi hermano menor. Él es lindo (son genes benditos), pero él es...—agachó la mirada, mostrando una sonrisa temblorosa. Se veía deprimido.
—Un diablo.—terminó Leon, negando con la cabeza. Para ser un bebé, ese niño tenía el potencial de convertirse en un peligro para la sociedad. No solo les escupía en la cara, también tenían marcas de arañazos y mordidas de las veces que los padres de Yong Soo salían a cenar en un restaurante elegante y Leon era obligado por este a que le ayudara a cuidarlo. Habían sido días insoportables.
—¿Puedo verlo? Digo, si quieres...
—Emil, no. Ese niño está loco.
Sin embargo, la curiosidad de Emil no descendió. De hecho, se sintió más atraído al menor de aquella casa por alguna extraña razón. Quizá porque ya estaba aburriéndose de verlos jugar videojuegos y siempre perder contra ellos, como si tuviese muy mala suerte. Quizá ya estaba aburrido de verlos discutir sobre si valía más un plato de kimchi o el clásico arroz chino. Y quizá ya estaba aburrido de verlos hacer cosas extremas que no tenían nada de sano. Quizá ya se había aburrido de no poder encajar.
Por eso, Yong Soo se encogió de hombros, le dio el pésame en uno de sus hombros y lo dirigió a un pasillo largo y habitado de diferentes puertas. A pesar de que Leon era un visitante relativamente frecuente de aquella casa, no sabía qué contenían todas esas puertas, y quizá no lo sabría nunca. Las películas de terror generalmente comenzaban con un desliz estúpido del protagonista, y el asiático no iba a correr un riesgo.
Emil vio una bonita habitación azul. Las cortinas soplaron suavemente, y todo a su alrededor pareció relucir por su impecable estado, a diferencia del cuarto de Yong Soo, que era un desastre. Él se sintió abrumado por un momento. ¿Qué clase de niño era tan ordenado a tan joven edad?
—Tienes visita, Hyung. Saluda o me veré en la penosa obligación de decirle a mis padres que eres un grosero.
El tal Hyung era un niño pequeño y delgado. Emil lo analizó con interés. Era una réplica casi exacta de Yong Soo, pero su cabello negro era más largo, y el rizo familiar emergía de la parte posterior de su cabeza. Pero la diferencia que hizo más contraste del hermano menor de Yong Soo, fueron sus cejas inmóviles, la fina línea de su boquita cerrada y los párpados que se cerraron en una diferencia de tiempo siempre constante: un rostro serio y frío. Este miró al nuevo inquilino con fingida indiferencia, como si Emil no fuese nada importante, y a pesar de que Leon chasqueó la lengua ante aquella irreverencia (él podía ser así también a veces, pero igual le sentó como un reto de un menor de cinco años), Emil sintió como su interior burbujeaba cálidamente. Por supuesto, él no fue consciente de esto.
—Hola.—saludó tímidamente el islandés.
El chico no le devolvió el saludo. Parecía amenazante y desconfiado, como un Alfa cuando invaden su hogar.
—Hyung, saluda. No seas un mocoso mimado.
—¡Leon!—gruñó—¡No le llames así!
Este se encogió de hombros.—No te fíes de su apariencia. Es un diablillo, como si fuese el hijo de algún dictador asiático. ¿Qué dices de eso, Kim Jong-Un junior?
Yong Soo lanzó una carcajada divertida.
—Al menos mis cejas son normales.
Leon tomó una bocanada de aire profunda, intentando recobrar la calma y la paz que siempre hacía parte de él. Ese niño podía ser un dolor en el culo. Leon podía ser el muchacho más relajado del mundo, pero que un niño de esa edad viniera insultándolo de esa manera, pavoneándose de que no podía ser tocado ni un pelo, y que se creyera superior que muchos estaba comenzando a volverlo loco.—Me hacen ver sexy. Caray, ya entiendo por qué tus padres iban a venderte al ropavejero.
Hyung alzó una ceja, y hastiado, le devolvió la mirada a la insistente del islandés de diez años. En sus labios, se había cincelado una sonrisilla de diversión, mientras intentaba morderse los labios maltratados. Sus mejillas se habían enrojecido por completo, y sus cejas temblaron nerviosas y duras. Entonces, él también respiró profundamente, tragándose la carcajada que había intentado salir de su garganta.
—Dime, Hyung, ¿hay algo más que te guste hacer que no sea burlarte (exitosamente) de Leon?—la pregunta afloró naturalmente de su voz. Por alguna razón, se sintió en un ambiente cómodo. Quizá porque el pequeño se había mofado de un muchacho cinco años mayor que él había hecho que Emil pensara que Hyung era bastante adorable, o bien, lo joven que era le inclinó inconscientemente a verlo como Lukas lo veía a él. No lo sabía. Probablemente fuese la primera..
—Por Dios, Emil, como que, cállate.
—...Toco el piano.
—¿Para tu edad?—bien había oído que los padres de Yong Soo ponían bastante presión sobre su hijo, pero si esta era una exigencia de muchas, a Emil le pareció algo bien encomendado y fructífero.
Hyung, por su parte, asintió, azorado del asombro de la voz del nórdico.
Leon y Yong Soo se miraron confundidos. Al mismo tiempo, observaron al pequeño coreano, y después, volvieron a verse entre ellos. ¿Por qué Hyung no le había escupido en la cara aún? Leon por su parte había comenzado a pensar que solo era una treta. Nunca se podía confiar en ese niño, y frunció el ceño, vigilándolo minucioso.
Emil le preguntó tímidamente si podía ver eso, y Hyung, encogiéndose de hombros, salió de la habitación para ir a la sala de música y mostrarle sus oh, tan perfectas aptitudes con el piano al punto de saberse todo el tema de Titanic por completo, y Emil, además de que se había sentido fascinado cuando el menor no se había salido de tono más de dos veces, admitió que sintió ciertos leves celos del hecho de que un niño menor que él fuese más talentoso. Pero Hyung había sido una distracción bonita de aquel día cansino.
Pero lo más perturbador no había sido eso, sino que Hyung se había encariñado después de un tiempo con su invitado. Emil había demostrado gran interés y atención en aquel pequeño asiático, como si fuese una criaturita extraña y pequeña que traía atado todo un mundo de su cintura. Él jamás se consideró bueno con los niños, pero la naturalidad de su trato con el coreano fue algo ciertamente... bizarro mas no agridulce. Aquello impulsó una lazo fortuito con aquel pequeño, que después de que se dio cuenta de que Emil sí era diferente no paró de hablar con él (a su manera seca y fría) y mostrarle su colección de hojas que su estúpido hermano mayor tachó de "raro".
Yong Soo sentía que la vida le había dado una patada. Su hermano, su hermano pequeño estaba siendo amable y un niño normal. Sentía que su boca aún estaba abierta de la impresión, ¿qué había hecho Emil? ¿Cuáles eran los poderes mágicos de ese niño islandés? Él no lo sabía, pero no iba a quejarse. Esta era una situación entre millones, e incluso, su compañero tampoco podía creerlo, al punto de que Leon estuviese ansioso y revisando cada minuto la habitación para comprobar que todo seguía bien.
Alrededor de las siete y media, Emil abrió la puerta de la habitación de Yong Soo, encontrándose con los dos amigos jugando un videojuego de carreras. El chirrido hizo que el coreano se estremeciera y desviara su auto, que chocó contra una pared, y que Leon lo pasara, con una sonrisa burlona en sus labios.
—Ehm... ya se durmió...
El enojo de Yong Soo se fue tan pronto como apareció.—¿Oh, y-ya? ¿Qué estaban haciendo?
—Jugando.—rió suavemente, y aún, tímido, un poquito apenado. Hubo algo en Emil, aquella risita genuina, su ceño relajado, el aura de destello maternal, que calentó el interior de Leon y Yong Soo al mismo tiempo.—No se cansa muy rápido.
—Sinceramente, te respeto...—murmuró con los ojos brillantes. Su hermano realmente estaba dormido, aferrándose al otro niño sin querer dejarlo ir. Tenía un rostro sereno y adorable—¡Eres tan increíble! Emil, enserio, no sabes cuánto. Hyung solo se lleva bien con mi madre... oh, Dios...—apretó los puños, y una mirada de determinación sobre la silueta del otro, que se estremeció de repentino terror, como si una declaración terrible estuviese apunto de ser dicha. Y vaya que lo fue.—¡Cuando sea un Alfa, te reclamaré para mí!—bufó satisfecho con su conclusión—¡Mi padre me dijo que debo elegir una buena madre! Y tú, mi amigo, eres perfecto. ¡Muy bueno!
Los ojos de Emil se abrieron estupefactos ante su declaración. Un sonrojo burbujeó de sus límpidas mejillas, y observó a Leon en búsqueda de su reacción. Y este, tenía la mirada apresada por sus dos gruesas cejas, en señal de enojo ante el descaro atrevido del niño coreano.—¿A-Alfa? ¿Disculpa?
—¡Oh! ¿No lo sabías? Mis padres son Alfas, así que Hyung y yo lo seremos también.—sonrió gatuno, agitando los pies—Así que no te preocupes, cora...-
—El padre de Emil es un Alfa.—Leon le dio un fuerte manotazo en la nuca al chico, haciéndole soltar un chillido. El hongkonés tenía un mohín en sus labios. La imagen mental de su mejor amigo con ese molesto coreano y uno o más críos había despertado un extraño revoltijo en el área de su estómago y pecho. Leon no supo exactamente la razón de esto, pero no le gustó. Se levantó del suelo, limpiándose las ropas.—Así que no cantes victoria, idiota.
Emil parpadeó confuso, aún con un suave sonrosado, apretando a Hyung en sus brazos. ¿Por qué Yong Soo había dicho eso? Según la profesora de naturales, los únicos hombres que podían tener hijos eran los Omegas, entonces, ¿por qué ese estúpido lo estaba declarando como un Omega? Emil enojó. Se sentía humillado.
Él no iba a ser un Omega.
—Ya cállense... no puedo acomodar su cama yo solo.
Yong Soo, entre quejidos, se dirigió al cuarto de su hermano. Estaba desordenado, lo cual le asombró, porque Hyung era demasiado quisquilloso con el orden. Sus juguetes estaban tirados en el suelo, y algunos habitaban en su cama. Entonces él los guardó de nuevo en su cofre y extendió las sábanas para que quedara tan impecable como siempre. Emil entró tímidamente, y con cuidado, dejó al niño sobre la cama, arropándolo con sus típicas manías de revisar si quedaba respirando bien o si su cuello no se doblaría de alguna forma. Miró unos largos segundos al menor, y sonrió suavemente, abandonando la habitación junto a Yong Soo.
—Gracias, Emil—el niño susurró sinceramente—Parece que se divirtió contigo hoy.
—Eh, sí...—enrojeció—Tu hermanito es lindo.
—Oh, lo sé, pero es como Kim Jong-Un. Un gordito gracioso pero con una actitud diabólica. ¿Vendrás a cuidarlo varias veces verdad? ¡¿Verdad?!
—Yo...
—Deja de molestarlo—Leon lo tomó de la muñeca, y apresuró a Emil por las escaleras—Papá ya llegó, así que Emil se tiene que ir, chao.—le sacó la lengua.
—¡No! ¡Emil, vuelve!
—¡A-Adiós Yong Soo!—alcanzó a decir Emil antes de salir disparado por la puerta. El paisaje nocturno lo recibió con una brisa gélida y envolvente, mientras las numerosas estrellas del cielo parpadeaban aún con las sofocantes nubes negras envolviéndolas. No había mucha gente fuera, y lo único que comprobó sus existencias fueron las luces que venían desde el interior de sus hogares.
El auto rojo de Arthur Kirkland estaba encendido. Yong Soo, desde la puerta principal, agitó su mano gritando adiós. Cuando sus padres volvieran de su salida, se sorprenderían al ver que su hijo mayor había puesto a dormir al menor, porque bien, no vio la necesidad de decir que había sido obra de su nuevo amigo nórdico.
Leon había decidido acompañar a su amigo en el auto, a falta de algo divertido qué hacer. A él siempre le gustó ver fuera de la ventana y cómo todo pasaba rápidamente delante de sus ojos. Fue un trayecto corto, como siempre, Arthur cumplió sus exactos tres minutos para detenerse enfrente de la casa de la familia Bondevík, pero para cuando abrió la puerta, tanto Emil como Leon estaban dormidos. Él se rió. Debió haber sido un día largo para ambos.
Oh, hola. Al parecer, estos dos niños están teniendo diferencias... y Emil parece ser algo posesivo y celoso, como un Alfa...? Bueno, ya pronto veremos qué pasa, pero el 'pre' es necesario, plus, ya tenemos a dos Alfas confirmados. (Me pregunto quién será el siguiente...) Agradezco los reviews de este fandom casi post-apocalíptico y no saben lo inmensamente feliz que me han hecho. Estoy muy ansiosa por esto. Nos vemos! (Por cierto, Mathias considera que todo lo eslavo es ruso y por tanto comunista. Lo siento mucho)
