Hola :( Me dijeron que en el noruego no hay tal cosa como " í " así que tengo que "destildar" el apellido de los hermanitos. Qué vergüenza :'(
III
Lily Zwingli era una de las novedades de la apertura a bachillerato. Era una niña en extremo bonita. Supo cómo organizar su largo y abundante cabello en dos voluminosas trenzas y el perfectamente cortado flequillo que solo alcanzó a rozar sus abundantes pestañas, así, nunca ocultando sus expresivos y acuosos ojos de tonalidades azules y verdosas. Cuando Emil la vio por primera vez, sentada tímidamente una silla atrás de su lugar, con su rostro sonrosado y gacho, centrada en sus uñas, él sintió que su corazón se agitaba azorado y ansioso. Él, jamás, jamás había intentado socializar con una chica antes. Le producía nervios. Era demasiado torpe y tonto como para siquiera encajar con la gente, y una chica era otro nivel más alto e inalcanzable.
Habría de sentarse en otro lugar, pero los grupos de amigos ya se habían formado en sus respectivas sillas, y era pecado sentarse donde no pertenecía. Entonces no tuvo otra que sentarse junto a aquella niña nueva, que definitivamente le miró (con sus bonitos ojos) y le sonrió con suavidad al ver que alguien se acercaba por fin.
El islandés bajó la mirada simplemente, tratando de hacer caso omiso: ignorarla. Entonces algo se removió en su interior con culpa: aquella niña lo había visto a él y solo a él con ilusión como si fuese una salvación de su soledad y de aquel aislamiento que los estudiantes sometían (sin querer) a los nuevos. Darle la espalda había sido como cortar las palabras de su boca, y con la culpa pesándole en el pecho, Emil le dio los buenos días, en un susurro audible, pues por lo menos, eso sería suficiente para no parecer un patán.
—Buenos días. Soy Lily Zwingli. Por favor cuida de mí.—dijo con una voz dulce y femenina, haciendo sonrojar al niño.—¿Cómo te llamas?
—Soy Emil... Bondevik.
—¿Bondevik? Ya veo.—musitó cortés, sin tener idea de su apellido. El inglés de Lily era algo brusco y profundo, casi como el de Emil en sus primeras semanas viviendo en América.—¿Eso es sueco? No sé muy bien, lo siento...
—No, tranquila... de hecho es noruego...—respondió, murmurando por lo bajo, cortándose antes de añadir que él y su madre eran islandeses, es decir, comentando solo lo que la niña había pedido saber.
Ella le sonrió, asintiendo varias veces, con los ojos abiertos y las manos sosteniendo sus mejillas. Se veía interesada de su corta respuesta.—¿Noruega? ¿Es cierto que hay muchas ovejas sueltas?
—P-Pues... a donde he ido es a la ciudad, y no hay animales más que las mascotas y las palomas...
—Tal vez sea en los pueblos, entonces.—la respuesta de Lily no se vio decepcionada, y eso animó al niño de cierta manera.—De donde yo vengo, hay bastantes animalitos. Bueno, más que todo cabras y ovejas.—ella se rió tapándose la boca con discreción.—Son tan lindos...
Emil no supo por qué, pero se rió ante eso. Las palabras que Lily usaba eran muy dulces y alimentaban su aura de ternura. A ella no parecía importarle que se trabara en algunas palabras o que a veces bajase la mirada de su típico nerviosismo, ni tampoco le reprochó sus torpezas ni tonterías. Los dos niños hablaron por bastante tiempo, de trivialidades en las que Emil pudo participar. Se sintió bien cuando pudo revelarle a Lily que él era islandés, y contarle el enredo de nacionalidades de su familia, y ella, en vez de aburrirse, pareció sorprendida y curiosa. Emil sintió cierto alivio al darse cuenta que ahora que Leon y él no compartirían clase por un tiempo, estaría más o menos acompañado, ¡claro! Si Lily decidía seguir siendo su compañera de charla, y si no se aburría cuando viera que Emil no era un muy buen hablador que digamos.
Leon había sido transferido a otro salón, el 'A', junto a Yong Soo, mientras que él permanecía en el 'B' con otros compañeros que habían estado con él y con Leon en primaria. Cuando se habían enterado de esto, ambos se habían desesperado y mirado con las bocas abiertas. Yong Soo simplemente los observó con curiosidad.
—¿No nos seguiremos viendo en descanso?—preguntó, y Leon suspiró sin saber cómo decirle que no era lo mismo. Tampoco supo qué decirle a su amigo nórdico. Emil no tenía amigos y era muy tímido y torpe. Lo menos que Leon quería hacer era dejarlo solo, a todos menos a él. Solo pudieron sonreírse incómodos y asentir ante las huecas palabras del niño coreano.
Pero ahora se encontraba en una situación diferente a la que había imaginado en algún momento; se encontraba preguntándose, él, Emil Bondevik, inepto por naturaleza, si Leon, su amigo, dejaría que él integrara al grupo la nueva persona que él había conocido, con la que había hecho buenas migas, que (para más sorpresa) era una chica linda y totalmente femenina. Él, Emil Bondevik, estaba haciendo amigos. Se las había arreglado para caerle bien a alguien, y aquello no hizo más que revolverle la sangre del corazón. Leon tenía que aceptarla.
Aunque bueno, Lily ni siquiera había dicho que quería ser su amiga, y ya estaba pensando en llevarla a conocer a sus otros amigos. ¿Iba muy rápido? Simplemente estaba ansioso, pues Emil, a pesar de su naturaleza aislada, prefería la compañía.
—Emil, ¿puedo acompañarte?—preguntó con timidez la niña, tomando su almuerzo con fuerza.—Si no te molesta... es que no tengo con quien estar...
—Sí—sonrió, tomando el suyo también.—Yo me siento con unos amigos de otra clase, podemos ir para que los conozcas y no te sientas sola.
Lily asintió con alegría y lo siguió detrás. Ella vio a la escuela y sus alrededores con sus enormes ojos, grabándose las cosas nuevas que formarían parte de su día a día de ahora en adelante. Los niños a su alrededor la vieron fijamente, cuchicheándose y riendo. Aquello no hizo más que ponerla nerviosa, ¿podría ser que estaba causando alguna mala impresión? ¿Tendría algo en el rostro? Lily no entendía que era una sensación que la nueva fuese una chica tan linda, y lo que es más, se sorprendían de verla al lado del asocial hermano menor de Lukas Bondevik, quien comenzó a sentirse más nervioso que antes al ser objeto de miradas también.
Lily se detuvo cuando visualizó la silueta de una persona que conocía muy bien. Este parecía estar en su búsqueda, y alzó su mano para ser encontrada más fácilmente.
Terminaron al encuentro con un muchacho. Este, a los ojos de Emil, era casi igual a Lily, sino fuese por sus ojos alargados y filosos, el cabello corto y el ceño fruncido. Cuando se encontró siendo por primera vez en su vida el punto de mira de aquellos ojos gatunos, Emil sintió que era psicológicamente pulverizado, y con su vergonzosa cobardía, agachó el rostro, nada más viéndose los zapatos escolares. Sentía que era repudiado y con bastantes razones por encima.
—¡Hola, hermano! ¿Cómo estuvieron tus clases hoy?
—Están bien.—la voz del muchacho sonó más tranquila de lo que había imaginado, aunque quizá fuese dirigido únicamente a Lily, de quien se enteró, era su hermana.—Veo que has hecho un amigo.
Lily asintió, con una sonrisa en su rostro.
—¡Así es! Este es Emil, Emil Bondevik, ¿no es así? Fue muy amable conmigo. ¿Tus compañeros fueron amables contigo, hermano?
—...sí, lo fueron.
—Bueno, te dejo, Emil iba a presentarme a sus amigos. Dijo que no me dejaría sola. Espero que estés socializando, hermano.
—Sí, lo estaré.
Lily se alejó un poco más, adentrándose a la cafetería, recibiendo los variados olores de platillos interesantes y decidiendo que un día compraría comida allí en vez de traerla. Tan distraida estaba viendo las hamburguesas y los emparedados, que no notó que había dejado a su guía atrás, solo, con su hermano. Vash Zwingli no apartó su mirada de él, y Emil estuvo a punto de preguntarle si sucedía algo, si podía ayudarle en algo, y si necesitaba que alguien limpiara la minúscula mancha de polvo en sus zapatos negros y relucientes.
—No sé qué estás planeando con mi hermana, pero te lo aseguro: no lo conseguirás. Nunca nadie lo ha conseguido cuando saco lo que tengo en el bolsillo.—la piel de Emil perdió toda señal de vida. Sus dedos apretaron con fuerza su almuerzo, mientras la presencia de aquel imponente joven de no más de quince años pasaba de al lado suyo, dejándolo completamente aterrorizado. ¿Qué es lo que tenía ese loco en el bolsillo? No creía que fuese una billetera, pero realmente no iba a descubrirlo.
Lily se presentó con su típica amabilidad. Leon y Yong Soo estaban honestamente sorprendidos, pero no dijeron nada al respecto, de hecho, recibieron a la niña suiza con hospitalidad. Un silencio incómodo se formó entre ellos unos segundos después, y Emil subió la mirada hacia la expresión de su amigo, buscando fastidio o impaciencia, o lo que sea que le confirmara que al hongkonés no le había agradado la nueva presencia. Pero no fue así. Leon parecía simplemente meditar algo, mirándose las uñas (bonitas e impecables). Tardó un tiempo para hablar, interrumpiendo la enésima cucharada de la suiza sobre el pastel de chocolate que había empacado.
—¿Cómo te hiciste amiga de Emil? O sea, no es por ofender ni nada, Emi, pero ya sabes cómo eres.—Lily y Emil enrojecieron; una de vergüenza, uno de rabia.
—¡¿Cómo que cómo soy?!
—Se la pasa en su propio mundo.—ayudó el coreano, chocando palmas con el otro asiático.
—N-No es...
—Está bien.—Lily rió, conmovida por el bochorno de su amigo—Pues... él me dio los buenos días y yo le empecé a hablar.
—Pero por supuesto...
—¡Ya cállate, Li!
—¿Li? ¿No te llamabas Leon?
—Sí, claro, pero es que en Hong Kong era así. Y Emi me llama así porque le gusta, ¿o no?—este negó con la cabeza, y le rebatió—Pero si yo no te obligué...
—¿No es hermoso el amor?—le susurró Yong Soo a la niña, y esta se sonrojó, incómoda.
—¡N-No! ¡Lily, no lo escuches! ¡Y-Yo le digo así porque Leon y yo somos... somos amigos...! Deja de decir tonterías, Yong Soo...
Leon se echó a reír intentando hacerle cosquillas, y Emil, al final, terminó riéndose junto él. Lily los observó, curiosa, y cómo después de la sesión de tortura, el islandés le dedicó una mirada brillante y acuosa al asiático.—Lo dices como si estar conmigo fuese lo peor.
—No es así... ya cállate...
Leon miró a la niña por un momento, y se puso a comer.
—Alfred dijo que fuéramos a comer hamburguesas con él, ¿vas a venir sí o no, Emil?
—¿Alfred?
—Un niño de nuestra clase.—respondió el hongkonés, monótono—Es estúpido, pero gracioso. Como Yong Soo.
—Dios, Leon, ¿no puedes dejar de pensar en mí ni un minuto?
Emil se echó a reír.—¡No! La mente de Leon está trastornada.—el susodicho le sonrió cómplice, moviendo las cejas de una manera muy divertida. Lily se unió a la risotada de Emil.—¿Queda muy lejos? No puedo alejarme mucho de la escuela, mis padres me regañarían.
El coreano sacó la lengua en menosprecio.—¡Buu! Niño de papi y mami... no queda muy lejos, o eso dice él.
—Vamos—instó Leon—Nadie lo tiene que saber... y hace tiempo que no salimos. Tú y yo. Ah, y Yong Soo, y Alfred, tú sabes, pero ellos son de segundo plano.
El niño lo pensó por un momento.—E...Está bien, igual sabes artes marciales, ¿cierto?
—¡Sí, obvio!—le guiñó el ojo.
—¡Oye, yo también sé artes marciales!
—Sí, pero se siente mejor conmigo, ¿verdad, Emil?—este se encogió de hombros: sonrojado y descubierto.—Aún se acuerda, como que, de la vez que te derroté en tu propia casa.
—¡Solo fue un desliz! Los humanos cometemos errores.—le sacó la lengua. Yong Soo le dio otro mordisco a su emparedado.—Espera un tiempo más, cuando ambos seamos cinta negra, nos enfrentaremos de nuevo, y te ganaré. —Leon se encogió de hombros, susurrándole un 'ya veremos'.
—¿Tú quieres venir también, Lily?—esta vez Emil intervino, apenado de que en toda la charla, no se le había ocurrido pensar en los intereses de su amiga. Probablemente se había sentido excluida, y, a pesar de que fuera cierto, ella le sonrió, limpiándose los restos de chocolate de sus pulcros labios.—Ya oíste a Yong Soo, no queda lejos... y eso.
—Me gustaría mucho. Aunque primero tengo que pedirle permiso a mi hermano.
Emil sonrió cuando Leon y Yong Soo estuvieron de acuerdo con eso. Él se sintió emocionado.
Aunque esa emoción decayó cuando la situación en realidad se volvía cada vez más incómoda.
Los gritos de aquel niño 100% americano junto a los del coreano eran una orquesta a la que nadie había pedido escuchar, y la gente, con frecuencia, volteaba a verlos con fastidio y a punto de reclamarles. Ni Leon ni Emil podían fácilmente pasar como desconocidos suyos, (principalmente por los uniformes, la edad, y que no podían separarse porque era Alfred quien conocía el camino) por lo que se veían incluidos en la vergüenza pública que ni siquiera era su culpa.
Pero lo peor del paquete era la eterna y fulminante mirada del hermano mayor de Lily siguiéndoles desde atrás, porque por supuesto, era un tipo psicópata que no iba a permitir por ningún motivo que su pequeña hermana anduviera en la calle rumbo a un lugar desconocido junto a cuatro niños astutos y maliciosos. Y si bien Leon había sentido que el momento sería arruinado por ese muchacho más grande y rarito, no fue capaz, no fue capaz de decirle siquiera que no. Él podría saber defenderse, pero no estaba seguro si eso sería suficiente.
—Li, ese tipo me da tanto miedo...—suspiró, sin soltarlo del suéter.
—No te preocupes, o sea, lo que quiere hacer es ilegal. Sabe que no le conviene.
—Y Lily se enojaría mucho con él.
—¡Eso! ¡Estamos salvados!
—¿...Mañana puedo ir a tu casa?—preguntó de repente, mirándolo a los ojos.—Tengo... problemas con matemáticas...
Leon le sonrió en respuesta.—Mentiroso, a penas es la primera clase, el profesor no habrá hecho nada.—el islandés enrojeció, y agachó la mirada—Pero obvio puedes ir, hace tiempo que no vas... ¿por qué?
—No sé... a papá a veces le faatidia llevarme, y eso...
El asiático miró al suelo pensativo, un momento que, Emil, jamás perdió de vista. Luego soltó un suspiro y se encogió de hombros. Entonces sus ojos captaron algo, algo interesante, y que lo deprimió en cierta medida.—¿Qué?
—Estás más alto que yo...—gruñó, colocando una palma sobre su cabeza. En efecto, el islandés era uno o dos centímetros más alto que el hongkonés. Normalmente esto lo ignoraba, pero ver aquellos desánimos hizo que el niño soltara una pequeña carcajada, y se encogiera de hombros, sin evitar sentirse por primera vez algo superior a Leon.—No te rías, o sea, no da risa.
El lugar al que llegaron no parecía por fuera la gran cosa, pero por dentro, era bastante hogareño, para la comodidad de los niños, sobre todo para Leon, cual estilo retro era pan de cada día en casa. El dueño parecía conocer a Alfred, y lo saludó con efusividad, felicitándolo por haber traído más clientes que pudieran disfrutar de su comida. Vash se encargó de hacerle saber que él no era ningún cliente y que no iba a comprarle nada. Del resto, la tarde transcurrió con normalidad, entre los gritos y risotadas de dos niños, las intervenciones ácidas del hongkonés, el temblor del islandés al sentir una mirada en su nuca y los asentimientos dulces de la suiza.
Fue tarde cuando Lily se dio cuenta que había una pequeña biblioteca, o mejor dicho, estantes pegados tras otros llenos de libros. Había disfrutado mucho la hamburguesa que había probado, pero se estaba aburriendo al no saber cómo entrar en la conversación de aquellos otros interesantes niños. Ella no sabía específicamente de piruetas peligrosas en patinetas, ni chistes geniales. Se levantó de su silla, y su hermano la miró con una ceja alzada.—Voy allí.—señaló las estanterías, haciendo que Emil se diese cuenta también, y que le entrasen ganas de echar un vistazo.
Con discreción, Emil trató de seguir a Lily.—El bolsillo, Bondevik... el bolsillo...—amenazó Vash, y Emil caminó lo más rápido posible para no ser pulverizado justo ahí.
Cuando llegó, Lily estaba leyendo un cuento para niños. Tenía ilustraciones preciosas, y fue imposible no prendarse en ellas. Hermosas tonalidades de rubíes de días calurosos, flores esponjosas, hierba fresca y sana. Emil no era un niño, se lo decía a su hermano con frecuencia, pero se sintió muy atraído al libro de pasta dura y hojas de plástico.—Es muy bonito...—susurró la niña, y se sintió por un instante atrapado por sus ojos, verdes, como la hierba por donde las ovejas corrían con libertad.—"El rebaño del sr. Andersson salió apresurado del cercado." Jaja, qué lindo. ¿Verdad?—Emil asintió, enrojeciendo, sintiéndose nervioso sin saber por qué.—Sería genial tener una granja.
—Tenemos una en Islandia. Es de mis abuelos.—sonrió—Hay muchas ovejas y vacas.
—¡¿Enserio?! Me gustaría ver eso...
—Algún día quizá podamos ir tú y yo. Si tu hermano te da permiso...—se echó a reír, pasando de página, y Lily se rió con él. En el libro vieron varias flores de distinto tipo, y la suiza señaló algunas, haciendo alusión a sus dotes de jardinería y sorprendiendo al islandés.—¿Tienes un jardín?—de repente, recordó al señor Arthur, y su viejo aposento de alfalfas y tulipanes.
—¡Síp! Yo lo cuido. Hay margaritas y girasoles, y mi papá me compró semillas de hortensias. Las plantaré mañana.
—¿Es difícil?
—No, pero hay que ser paciente y cariñoso. Yo le canto a mis flores. Siento que así crecen más rápido... ¿crees que es tonto?
—¡N-No! Sino que... no sabía que sabías cantar y eso... es genial tener hobbies... yo creo que no hay nada en lo que yo sea bueno. Mi hermano toca el violín, Leon es muy bueno cocinando platillos chinos, tú eres jardinera y yo...—incluso al pequeño Hyung le gustaba coleccionar hojas.
—¡Pero no tiene nada! Quizá es porque no has hallado lo que te gusta hacer. No tienes por qué preocuparte...—y luego una sonrisita apareció en su rostro, junto a una idea—Tal vez te guste la jardinería como a mí, ¿nunca lo has intentado?—el niño negó con la cabeza—¿Qué tal si mañana vienes a mi casa y me ayudas a plantar las hortensias?
Emil se sonrojó bastante nervioso. Una chica le estaba invitando por primera vez a ir a su casa a pasar el rato, una persona desconocida, que quería ser su amiga. Él sintió la desfachatez de las mariposas revolviéndose en su estómago, y sacando fuerzas de su interior, él pudo finalmente contestar. Sería increíble pasar el rato con Lily.—Sí, sería estupendo...
El sonido de un jadeo se escuchó a un lado de ellos, y los dos niños se sobresaltaron sorprendidos.—¡Ah! Alfred, ¿estuviste todo el tiempo aquí?—regañó—Eres un grosero...
—¡N-No soy Alfred!—dijo en lo que parecía un murmurllo. Tanto Emil y Lily tuviero que inclinarse para poder escucharlo mejor.—Lo siento... también quería ver el cuento, n-no quería molestarlos...—era demasiado tímido y silencioso para tratarse de Alfred, a pesar de que su apariencia física fuese muy similar. El niño suspiró y volvió a presentarse, y los otros dos se enteraron que todo el tiempo habían sido acompañados por el hermano menor de Alfred, Matthew. Lily se encogió de hombros, y permitió un espacio para que el rubio pudiese leer junto a ellos, y este le agradeció con una sonrisa.
Así transcurrió el resto de la tarde, con Alfred y Yong Soo sin cesar sus gritos, y Vash Zwingli, vigilando a Matthew y Emil mientras palpaba su bolsillo. Matthew no había entendido esto, pero Emil le dijo que era mejor no averiguarlo.
—¿A qué hora vendrás?—preguntó Leon, tirándose a sus hombros. Emil se estremeció recordando eso.
—¡Oh! Oh, Li, Lily me dijo que fuera a su casa y le dije que sí...—lo miró con insistencia—Lo siento, se me había olvidado.
El asiático lo miró por un momento, y sacó la lengua.—¿Qué? ¿Acaso te gusta Lily?
—¡N-No! Solo vamos a hacer jardinería en su casa.
—Mi viejo también tiene un jardín.
—Ya no le puedo decir que no, déjame...
—¿Ves? Te gusta.—le dio un empujón casi haciéndolo trastabillar—No me vayas a cambiar.
—Tú me cambiaste por Yong Soo, así que da igual.—se cruzó de brazos. Ambos estaban alejados del resto, por lo que ninguno llegó a oír el jadeo ofendido del hongkonés.
—¡Yo no te cambié! Solo estoy haciendo amigos, como cualquier otro. Yo quería que te incluyeras más pero nunca pones de tu parte.
—Bueno, eso mismo estoy haciendo yo. Además, lo que ustedes hacen es aburrido y peligroso, Lily me entiende más.
—Habló el señor ajedrez, ¡qué irónico!
—¡Eres un grosero!—Emil estaba rojo de rabia, y soltando un hondo respiro, se adelantó al grupo, colocándose al lado de Lily y haciéndole una infantil mofa al asiático. Este lo ignoró, alzando su rostro muy dignamente, haciendo sentir estúpido al nórdico.
El tiempo con Lily fue increíble. Tenía un jardín espacioso, habitado por flores bonitas y de muy buen olor, tanto no pudo desprender su vista de ellas. Lily sin duda alguna era muy buena jardinera, y se notaba que era una niña responsable como pocas. Antes de empezar ella le compartió unos bocadillos que había hecho para ambos, y Emil no pudo ponerse más nervioso, porque era la primera vez que una chica le hacía algo de comer, y enserio fue un platillo disfrutable, y por un momento, se preguntó si su madre había sido así de niña (tan dulce y preocupada) y si Lily sería tan buena esposa/mamá como ella.
Se había sentido mal de haber cancelado los planes con Leon, pero cuando se puso a escarbar en la tierra para insertar las semillas, él se comenzó a reír sin razón y olvidó todo, a pesar de que en momentos simultáneos recordara cómo su amigo lo había ignorado por completo como si estuviese enojado, causándole unos malos estragos. Vash incluso se había unido en el jardín, dándose fresco con un abanico, aunque solo fuera para vigilarle y que no le hiciera algún daño a su inocente hermana.
—¿Al final, te gustó?—preguntó la niña, tomándolo antes de que se fuera. Emil le sonrió sinceramente.
—Me divertí mucho, así que supongo que sí...
La suiza soltó una risita—Espero que mañana podamos ir de nuevo al lugar de ayer. Los libros fueron divertidos.—y se despidió con su mano.
Emil estaba feliz.
—Vaya, tienes novia.—se burló Lukas -quien curiosamente iba también en el auto- mientras inspeccionaba a Lily con profundo análisis. Emil se sonrojó, y le dio un golpecito.—Parece buena chica..., falsa alarma. Las buenas chicas no salen con perdedores como tú.
—¡Tú eres un perdedor!—le jalo de las mejillas hasta que el padre les bramó que se quedaran quietos.
Pero entonces Emil no hacía nada por disimularlo. Él salió al día siguiente con Lily a ver los lindos libros, y al día siguiente, y al día siguiente, y Leon prefería cortarse la lengua antes que perder el orgullo recalcándole que Lily sí le gustaba.
El suave ceño de Emil fue frunciéndose poco a poco al recibir la desagradable sorpresa que significaba la nueva presencia en su casa. Mirándolo fijamente, se cruzó de brazos, encarando una ceja, como preguntándole "¿qué haces aquí?" pero lamentablemente, Mathias no era muy inteligente como para entender comunicación visual. En realidad, Emil no estaba seguro si hubiese algo en Mathias que valiera la pena.
El danés se echó a reír al ver el rostro sonrojado, enfurruñado y amargado de Emil.—¡Bipity bipity boop! ¡Adivina qué sorpresas te traigo hoy!
—Jaja.—aquello causó una risa más estruendosa en Mathias, que no intentó ocultar en su característica seguridad.—Mi hermano no ha llegado, tiene cosas qué hacer en el club de música.
—Oh, Emi, lo sé. Por eso aquí estamos, esperando a nuestro muchacho, ¿o no, Berwald?
Si no hubiese sido por la mención de ese nombre extranjero, el tiempo en que Emil no hubiera notado la presencia de otra persona hubiera sido más largo, e, incómodo. Mathias retrocedió unos pasos para revolver los cabellos rubios de un adolescente sentado en el sofá de la sala, y eso permitió a Emil una mejor visibilidad de Berwald, quien prefirió permanecer escondido, en su eterna burbuja de soledad y silencio; un muchacho de piel pálida, corta cabellera electrizante, mirada oscurecida y penetrante, retenida bajo las gruesas monturas de cristal de sus gafas planas. El gruñido profundo y gutural que él soltó cuando Mathias le hizo aquel gesto broma provocó terror paulatino en Emil. Berwald era, sin esfuerzos, la persona más intimidante que hubiera conocido.
Sus labios boquearon, sin saber si decir "hola" o pedir perdón. Berwald enrojeció después de unos segundos de quedarse viéndolo y Emil no supo por qué.
—Por eso te digo que adivines la sorpresa. Aquí Berwald, ¿verdad que da miedo? No te preocupes, yo te cuidaré de él. Tampoco lo vas a entender mucho si intenta amenazarte.
Berwald tomó, entre sus dedos, piel tierna del brazo desnudo de Mathias y la rodó a un lado con unas fuerzas que sacaron un chillido fémino desde las profundidades de su garganta. El danés lo miró con traición, enfurecido, y bufo por lo bajo cuando el momento de fuego se rompió por la risita divertida de Emil.—¡Te lo mereces!
—¡Claro que no! ¡Te estaba defendiendo!
—Sí cómo no—sacó la lengua, y sintiéndose más seguro en su casa, se desplazó para dejar el bolso sobre alguna superficie cercana.—Te lo mereces por "burlón". Por lo menos Berwald no se deja de ti.
Mathias le hizo una mueca de disgusto a Berwald y se acercó a empujar suavemente al niño menor.—Pero tú sí, y muchos, muuuchos otros también.
—M'thias, ya cállate.—la voz de Berwald era profunda y masculina incluso para su edad. Emil se quedó prendado viéndolo, más que todo azorado, pero sin decir nada al respecto. Luego recordó que ni siquiera había saludado al nuevo visitante, ¿pensaría él que era grosero? Pero, ¿qué le importaba lo que pensaban los amigos de Mathias de él? Aunque si era realista, Berwald no lucía para nada una persona de la misma conexión con aquel intrépido danés. Tampoco su hermano, en primer plano, y contra el leve miedo que aquel muchacho aún le producía, le sonrió, dejándolo sorprendido, aunque no se dio cuenta pues se había volteado para ir a la cocina.
Un cuarto de hora más tarde, las galletas de chocolate desprendieron un delicioso aroma que se esparció lentamente por la casa. Emil adoraba los postres de su madre, desde verla haciéndolos, hasta comérselos. Ella siempre pareció contenta o risueña en el proceso, como si fuese un pasatiempo divertido; un hobby beneficioso para todos los inquilinos de la casa al mismo tiempo. Siendo realistas, su madre era una repostera sin comparación, mientras que el sr. Yao, por otro lado, era un luchador en todo lo que tuviera que ver chino, salado y grasoso (si es que esto no iba siempre junto). Ya había pasado un tiempo desde que Emil había probado comida hecha por él. Se preguntó si Leon extrañaba las galletas caseras de su madre o sus pastelillos de regaliz; y se preguntó qué diría Lily si los probara. La sola idea le hizo sonreír más.
Alrededor de ese mismo tiempo, la puerta sonó abriéndose y su mamá rió delicada.—Es como un relojito...—Emil no lo entendió.
Lukas gritó (en su forma fría y monótona) su llegada, que fue seguido por las risas sin sentido de Mathias y su voz estruendosa y sus preguntas tontas. Los pasos se oyeron subiendo las escaleras, directamente a la habitación de Lukas, y la puerta de su habitación se oyó cerrar en un chirrido necesitado de aceite.
Aquello dejó pensando perdido al islandés. Esos habrían sido él y su amigo yendo directo a su habitación a intentar jugar una partida seria de ajedrez o una ronda de videojuegos, o quizá a hacer los deberes de matemáticas o naturales que usaban como excusa para reunirse... y no evitó sentirse solo. Leon no solo se había mudado hace un tiempo ya, sino que también estaba en otra clase, con compañeros más cercanos. Él era más amigo de Lily y siendo honesto, se sentía más cómodo en ese pequeño círculo con ella, pues era silenciosa, elocuente y buena. A Leon lo veía más que todo en los descansos y cuando se les ocurría salir un rato a pasear. ¿Qué pensaría Leon al respecto? ¿No le importaría? ¿No le daría un poco de nostalgia? Sinceramente, le daba vergüenza preguntarle.
—Emil. Hazme el favor de llevar galletas allá arriba, ¿sí?
El niño parpadeó confundido (sacado de su ensoñación) y asintió sin más, robándose una que otra galleta en su trayecto (no podía evitarlo). Igual su madre había apartado un platillo para él, así que no le preocupó mucho.
Cuando abrió la puerta, se encontró con el mismo panorama cuando Mathias visitaba pero con más multitud. Lukas estaba leyendo un libro, Mathias hablaba sin parar; Berwald estaba encogido nerviosamente y había este otro chico que sí escuchaba con atención lo que el rubio danés decía, quizá porque estaba incómodo, quizá porque sí le interesaba, quizá ni siquiera oía. No podría realmente saberlo a pesar de que su mirada fuese un libro abierto.
Todos le miraron.—Ehm... traigo galletas de mamá...
De repente, Tino abrió los ojos (sus inmensos ojos). Sin embargo, de sus labios no salió ninguna palabra, de hecho, se los mordió con nervios.
—¡Genial! Yo sabía que sí me querías—Mathias tomó un puñado de galletas, y las saboreó sin delicadeza—Esto, amigos míos,—murmuró abarrotado de comida y agitando una galleta entera— es el cuerpo de nuestro dios, ¡no aceptemos la falsa profesía de la harina y el agua! ¡Tenemos que levantarnos y construir nuestra propia cultura sobre bases bien sentadas!
—Sí, qué tal el primer mandamiento: cierra la boca.—asestó Lukas, pasando de página.
Emil rodó los ojos, deteniéndose enfrente del niño que no conocía. Este se acomodó más presentable.—¡Hola! Soy Tino Väinämöinen. ¿Tú eres el hermanito de Lukas? Él me ha hablado de ti, por eso te conozco, ¿Emil, cierto? Un gusto, y... y... ¿puedo tomar cuatro? Lo siento...
—S-sí, supongo...
Tino le regaló una sonrisa nerviosa, y casi se sorprendió de que no se pusiera a temblar de ansiedad.—Lamento no haberme presentado antes, pensé que no había nadie, enserio...
—No, está bien.—alzó una ceja—Ehm, no sabía que Lukas tenía más amigos que Mathias o el tal Vladimir...
Tino soltó una risita suave. Su mirada era profunda y agradable, de una bonita tonalidad de café claro que parpadeaba al inmenso mundo a su alrededor con curiosidad y cariño. Todo en él le produciría a cualquiera tranquilidad a pesar de que Tino en sí tuviera ciertos problemas de ansiedad que se notaron en el nerviosismo de sus palabras y gestos. Sin embargo, eso se podía pasar muy fácil por alto.—Nos conocimos en el club de música hace poco. ¡Tu hermano toca muy bien el violín! Y realmente no entiendo por qué nos llevamos bien tan rápido, pero no me quejo.—Tino venía de Rovaniemi, y Mathias le preguntó si era finlandés. Él dijo que sí y lo felicitó por saber tanto de geografía. Mathias se alabó a sí mismo con euforia egocéntrica, haciendo reír al proclamado finlandés.
Fue cuando Lukas se aburrió de leer (curiosamente) y sacó de debajo de la cama una tabla de parqués. Mathias se adueñó del bloque rojo, y Lukas reclamó para sí el azul, ubicándose al lado del danés. Berwald y Tino se miraron nerviosamente, y este último permitió al sueco tomar el color que más le llamaba la atención con modestia. Berwald tomó el amarillo, y Tino se quedó con el bloque de color verde. Emil, por su lado, se sentó enfrente del juego, sin saber realmente qué hacer.
Lukas golpeteó un lugar vacío a su lado, mirando a su hermano fijamente a los ojos.—Ven, tú me ayudarás.—dijo, más que nada por no dejarle fuera del juego, porque Lukas era ya bastante astuto en juegos de mesa sin ayuda de nadie.
—¿Vamos a hacer equipo, cierto?—Mathias le preguntó—Tenemos que destrozar a Berwald. Somos el ejército dano-noruego, como en los viejos tiempos.
—No. Estoy luchando por mi independencia aquí.—entonces reiteró—La de Islandia y Noruega.
Emil rió suavemente.—Pero Lukas, Islandia no tiene ejército...
—Entonces hermano mayor Noruega contratará cien mil hombres más para fortalecernos.
—Maldición—siseo en danés—Esto es todo culpa de Berwald. ¡Los atraparé!
Tino fue el primero en salir, (en un golpe de suerte) y le siguió Lukas. Ambos se miraron y sonrieron a sí, comenzando a jugar. Emil se apoyó contra el hombro de su hermano y los vio sin proferir consejo alguno, divertido por los movimientos torpes del finlandés y las matemáticas y estrategias rápidas de Lukas. Berwald fue el siguiente en salir y Mathias, al salir, pasó de una depresión en picada a una euforia llena de ego.
Lukas asesinó rápidamente bastantes fichas de Mathias. Este fue su principal objetivo, pues, a pesar de que una vez tuvo disposición de uno de los soldados de Berwald, él lo ignoró, yéndose por los rojos. Emil se reía por lo bajo, señalando "te falta esa" y Mathias entraba en pánico "¿qué te hice yo?" Lukas fruncía el ceño "tiraste mi libro a la fuente". El danés chillaba "¡fue un error!"
Berwald también se mostró como un buen estratega. Sonreía entre veces cuando el muchacho danés sufría por sus pérdidas, y esto a Emil le parecía algo aterrador, porque para él, un rostro como el suyo no estaba hecho para sonreír... tanto. Pero Tino, a sus ojos, se desconcentraba, curioso, cuando el sueco hacía este tipo se gesturas. Seguro a él le parecía extraño también, y una de esas, le salió bastante caro.
—Lo siento, Tino—murmuró Lukas, tomando una de las fichas asesinadas verde y regresándola a su lugar original.—Me convenía más así.
Berwald lo observó por un momento. Tino simplemente había parpadeado, confundido, sin añadir nada más que una sonrisa, actuando con una tranquilidad atípica de su edad. Tino le devolvió la mirada, alzando las cejas (con las mejillas eternamente rojas), y rehaciendo su sonrisa hacia él. Esto hizo que Berwald bajase el rostro, enrojeciéndose hasta las orejas, y moviera su ficha (era su turno). Él se adueñó de una de las fichas olvidadas de Lukas, y este chasqueó la lengua, mirándolo por fin.
Emil y Mathias jadearon. Tino abrió la boca.—¡Noruega está bajo ataque!
Lukas no añadió nada al respecto y agitó los dados con maestría y juego. Estuvo a punto de conseguir un doble.
Tino tomó los dados con timidez, agitándolos en sus manos y liberándolos suavemente en el juego. Él obtuvo un cinco y un dos, y comenzó a continuar las fichas más adelantadas. Berwald carraspeó.—N-No.—jaló suavemente el suéter de Tino, con prudencia y respeto, y este lo observó curioso.—As'gura las de atrás.—murmuró, señalando una que estaba diez pasos lejos de una roja. Pero el finlandés no se movió (sintiéndose demasiado tonto para hacerlo) y Berwald movió la ficha por él, asegurándola en una casilla y haciendo que Mathias chasqueara la lengua ante sus posibles planes arruinados.—Tres aquí. Ah'ra cinco allá.—él señaló las de adelante.—As'guraste una. Dale de nuevo.
Tino asintió, mirando a Lukas como buscando su aprobación, pero este solo apretaba una mejilla de su hermano en su mano. Entonces él le dio de nuevo, y obtuvo un doble, ¡iba a darle de nuevo! Miró a Berwald con los ojos brillantes, y este sonrió contagiado de su genuina alegría. El finlandés buscó asegurar otra ficha, pero estaba muy lejos de los lugares para resguardar, por lo que se limitó a adelantar sus soldados verdes a la meta. Aprovechó su último tiro de tres para continuar esta misma tarea.
Mathias se echó a reír.—Oh, Suecia, Suecia, parece que cuentas con pilotos finlandeses para tu causa.
Tino mordió sus labios en una sonrisa nerviosa.
—Cállate, v's perdiendo.—el finlandés rió suavemente, y en el resto del juego, dedicó algunas miradas atentas al sueco, ya sea para aprender de sus movimientos o para descubrir las escasas expresiones de su rostro.
El juego fue ganado por Lukas al final. Fue increíble. A pesar de que gran parte de sus movidas se habían dedicado para hacer sufrir a su amigo danés, las había calculado para que le beneficiaran y no le retrasaran en el trayecto. Emil miró con burla al frustrado danés.—¡Demonios! ¡No te rías, Lukas! ¡Eres un tramposo!—el noruego frunció el ceño y le dio una bofetada.
—No soy un tramposo, tú eres un idiota.
—¿Oh? ¿Con que soy idiota?—Mathias agarró las mejillas de Lukas y lo empujó al suelo con malicia. La cruz que sostenía el revoltoso, ondulado y esponjoso cabello rubio claro se soltó ante el golpe, cubriendo la vista fulminante de Lukas, quien jamás vería venir los juguetones y enfurecidos dedos del danés. Cuando menos se lo pensaba, ya se encontraba riéndose (de su manera suave y elegante) ante las cosquillas en su estómago y caderas. Fue una escena impresionante y entre pocas, y todos se quedaron prendados en el, por primera vez, expresivl rostro y voz de Lukas.—¡Jamás te librarás de Dinamarca!—él mismo se echó a reír, contagiado de las carcajadas inusuales y bonitas del noruego, esquivando las patadas y las groserías.
Tino soltó una risita.—¡Wow, jamás lo había visto reírse!—miró a Berwald—¿Y tú?
Él negó, sonrojado.—No...
Emil frunció el ceño.—¡Mathias, déjalo!—intentó separar al danés de su hermano, pero al verlo reírse, el menor se contagió rápidamente y de su boca brotaron risas genuinas. Hasta que una patada golpeó el estómago del danés, y este cayó, mientras Lukas intentaba recuperar el aire con bocanadas de aire profundas. Emil se rió aún más divertido, viendo como su hermano se cubría los ojos llorosos con su brazo.
—No vuelvas a hacer eso. Idiota.
Mathias soltó un chillido agonizante, y fue el turno del sueco de reírse por lo bajo. Tino lo siguió, y Emil se sintió muy bien ahora.
Tino tuvo que dejar la casa mucho antes que los otros. Su madre le había llamado una vez y él prefería no confrontarla, a pesar de que estaba pasando un buen rato con los juegos de mesa y las charlas. Pero él preguntó si podía volver un día de estos de nuevo y Emil mismo miró a su hermano para forzarlo a decir que sí, aunque no fue necesario, porque Lukas, sin demostrarlo, había disfrutado mucho su compañía.
—Hasta luego, Berwald.—el finlandés le dedicó una última mirada, sonriéndole amable.—Muchas gracias por ayudarme.—luego de un momento sin saber qué hacer, Tino recuperó su nerviosismo, y salió de la casa. Las tonalidades del cielo del atardecer parecieron reflejarse en su avergonzado rostro. Había, sin duda alguna, adorado el día de hoy. Pudo acercarse a más personas y relacionarse con ellas. Había aprendido a moverse en el parqués, y todo gracias a Berwald, quien al final de todo, encontró que no era tan aterrador como lo había pensado en un primer momento, y a pesar de eso, Tino siguió poniéndose nervioso delante suyo. Él prefirió no pensar en eso, y decidió comenzar a caminar a casa, antes de que se pusiera oscuro.
—No sabía que tenías más amigos que Mathias, Berwald o Vladimir, cariño.—la mujer le sonrió, acariciando la cabellera rubia de su hijo. Cuando ella había conocido a Tino, este no había parado de disculparse por no haber saludado, excusándose de no saber que habían más personas en la casa. No pudo estar más conmovida.—Y además es Omega.
La galleta que Mathias comía se atragantó en su garganta, tocándole tosar varias veces para no morir se asfixia, y los ojos de Emil se abrieron con tal sorpresa, como si le hubieran dicho que los orígenes de la familia eran en realidad zimbabuenses.
Lukas rió por lo bajo, la misma risa que la de su madre, que se dio al mismo momento.
—¡¿Tino es un Omega?!
Emil miró a su madre aún sorprendido.—Claro. Tiene el aroma.—el islandés no entendió aquello. Emil era demasiado joven como para siquiera pensar en su naturaleza, por lo que por ahora debería conformarse con ser un Beta: una persona común y corriente. Los Betas no poseían aquel olfato suprasensible, así que la única forma en la que podían enterarse que estaban con un Omega era si era confesado por palabras. Emil se sintió bastante curioso de aquel mundo de esencias y naturalezas allá afuera, y pensó en Tino, y cómo lidiaba siendo un Omega.
Probablemente no muy bien. Los Omegas eran... algo inferiores. Eran demasiado dependientes a los Alfas, y tenían vergonzosos periodos para llamar su atención. Eran delicados y débiles. Por muy curioso que ese mundo le resultase, Emil prefería continuar tal y como estaba en la actualidad, ajeno a esos temas y los tratos desiguales de la gente. Claro, también estaba la posibilidad de ser un Alfa, algo que al menor siempre le encantaría, pues al fin y al cabo, eran los más fuertes y privilegiados de la inconsciente jerarquía. Sin embargo, no permitió que esto perturbara su momento con el niño finlandés. Emil la había pasado de maravillas, y deseaba seguir viéndolo.
—Eso me tomó desprevenido.—murmuró Mathias.
Berwald, por su lado, tenía la mirada gacha, bastante pensativo. Sus sospechas habían sido ciertas. Y sin embargo, siguió sintiéndose ansioso, como esperando algo.
Al final de la charla se despidieron, y Mathias prometió volver a traer a Berwald cualquier día que el concejo nórdico quisiese volver a reunirse. Había sido una muy agradable tarde, y Emil creía que había hecho más amigos.
Eran las 3:30 como usual cuando Lukas arribó a la casa. En uno de sus hombros cargaba su mochila escolar negra, mientras que en el otro tenía el maletín de su violín de madera de caoba que llevaba cuando habían actividades en el club de música. Lukas había comenzado a tocar el violín desde los once años y era una de las cosas que más había llegado a atesorar. Las melodías eran simplemente elegantes y etéreas, sintiéndolas como parte de sí mismo. Era como si todo lo que no pudiera expresar o no quisiera mostrar pudiera fluir con naturalidad por el roce de las cuerdas, y así, para Lukas tocar el violín era una sesión de auto-rejuvenecimiento. Tocaba con cierta frecuencia aislado en la protección de su habitación, pero la melodía escapaba de aquel muro y enriquecía los oídos del resto de la familia que le sonreían emocionados cuando salía por fin.
Pero el día de hoy Lukas no traía una cara en específico afable. Tenía el ceño levemente fruncido, y parecía haber estado corriendo por el sudor que corría casi invisible por su cuello y por sus mejillas de un atípico color rojo. Estaba algo pálido, y la sra. Bondevik pensó lo peor: matones.
—¿Lukas, qué tienes, querido?—Lukas se sentó en el sofá, con la mirada gacha, mirando el polvo del suelo. —¿Por qué vienes así?—ella le acarició el cabello, con completa paciencia, aunque por dentro, nerviosa y temblando de ansiedad.—¿P-Pasó algo?
—No... solo me siento un poco mal...
—¿¡Un poco!? Estás todo pálido y sudado... ¡Emil! ¡Ven y prepara un té a tu hermano!
Unos segundos más tarde Emil bajaba las escaleras con el ceño fruncido, mirando a su madre con fastidio.—¿Y por qué no se lo prepara él? ¡Estoy haciendo tarea!—entonces miró la silueta de su hermano, desparramado en la longitud del sofá. Aquella posición hizo que Emil pensara lo peor (estaba desangrándose, lo habían golpeado) su madre lo corrigió inmediatamente, enojada, y cruzándose de brazos.
—¡Porque está enfermo!—el niño soltó un 'oh'—Ve y hazle una taza de té, yo iré a traer toallitas y otras cosas que puedan ayudarle.
Emil no era bueno en la cocina, pero podía defenderse en bebidas tal como el café y el té (tradicionales de la familia). Estaba seguro de que si no le temiese al fuego, él podría atreverse a cocinar más cosas, pero lamentablemente no tenía las mismas agallas que Yong Soo/no tenía la misma pasión de Leon por el fuego. Él hizo té verde, lo probó, y no sabía mal.
Lukas estaba recostado sobre el respaldar del sofá cuando llegó con la taza tamborileante de sus manos. El flequillo de su frente estaba sobre una toallita humedecida y fría, a la que él disfrutaba cerrando los ojos y exhalando un suave suspiro. Se había quitado la chaqueta. Emil, al poder verlo mejor, lo vio más pálido que cualquier otro día. Le tendió la taza, y Lukas lo aceptó sin ganas.—¿Por qué te enfermaste?—preguntó, rozando con sus nudillos su hirviente mejilla.
—Ese pastel de piña, probablemente.—murmuró en respuesta, sorbeando el té (algo dulce).—No lo sé. O quizá ese capuccino. Me dio arcadas.
—¿Por qué te lo tomaste entonces?—alzó una ceja—Pudiste haberlo regalado, o tirárselo a Mathias.
—Yo no soy un niño grosero como tú.—espetó, cerrando los ojos, y Emil habría adorado empujarlo del sofá.
Pronto se hizo de noche. Lukas sabía que la mejor manera de que se le pasara aquel lío era tomando una siesta, pero no había tenido ganas. Prefería que su madre le consintiera con sus cuidados y sus mimos, pero no era para malentenderse: él no era un muchacho caprichoso. Por lo menos no tanto. Además, era divertido ver cómo su madre mandaba a Emil a hacer cualquier cosa menos su tarea, como si aquellos días en los que Lukas era obligado a cuidar de un más pequeño Emil estuviesen siendo compensados.
Cuando su padre llegó, Emil aprovechó la oportunidad para explicar.—Llegó así de la escuela. Dice que comió algo raro hoy.
El Alfa alzó la ceja, confundido.—¿Pero no te he dicho que no comas nada de lo que te ofrezcan en la calle?—preguntó, quitándose el saco, y bajando la cabeza para recibir un beso de su esposa como bienvenida.
—No es nada, papá.—dijo sin ganas realmente de ser más profundo. A pesar de que ya habían pasado unas horas, Lukas seguía sintiéndose algo mal, aunque el té dulce y la toallita le habían ayudado lo que debían. Entonces determinó que era suficiente, y se levantó con algo de mareos (presión baja, probablemente).—Me voy a dormir...
—¿Y si te tomas una pastilla?
—Si quieres te hago otra taza de té.
El muchacho negó, murmurando por lo bajo un sencillo 'no', subiendo las escaleras con parsimonía. Unos segundos más tarde, se escuchó el chirrido de su habitación, y su posterior cerrar.
—Bueno, al menos Lukas tiene las defensas altas. Si hubiera sido tú, ya nos habría tocado llevarte al hospital.—Emil rodó los ojos ante las ofensivas palabras de su padre. Entonces se encogió de hombros como para que viera que no le daba la menor importancia, y regresó a su cuarto, a por fin continuar con su tarea de matemáticas. No era una obligación para mañana mismo, pero prefería salir de eso y aprovechar el tiempo para cosas más importantes... como ser un ocioso, probablemente.
Al día siguiente, Emil revisó su reloj. Eran las seis. Casi entra en pánico al darse cuenta que solo contaba con treinta minutos para bañarse, cambiarse, alistar sus útiles, desayunar e ir a la escuela. ¿Por qué su madre no lo había levantado hoy? ¿A lo mejor se había quedado dormida, y entonces cómo, cómo iba a desayunar Emil? No había tiempo alguno, pero en vez de rendirse, él saltó de su cama (en su condición perezosa y letárgica) y salió rumbo al baño, bajando las escaleras rápidamente sin temor a caerse (años de rutina).
Para su sorpresa, las luces estaban encendidas, y podía oír la voz de su madre y de su padre desde la lejanía. Curioso, se asomó por la pared, tratando de observarlos. Estaban en la cocina, hablando con tranquilad y cándida emoción retenida por el tono dulce y cariñoso. Él, de repente, captó algunos monosílabos y suspiros que únicamente podían pertenecerle a su hermano, y cayendo por completo en la confusión, Emil decidió interrumpir la escena, para ver si las preguntas de su mente serían respondidas. Al ver a su hermano cambiado y listo, respondió una de ellas: se habían olvidado de él.
—¿Qué pasa?
La mujer Omega le sonrió con suavidad, deslizando, cariñosa, sus dedos por el flequillo del muchacho.—Cielo, se me había olvidado levantarte.—Emil asintió, conocedor.—¿Que qué pasa? Pues que tenemos otro Alfa en la familia.
El menor parpadeó confundido, como si no entendiera el idioma en el que se le hablaba, y a pesar de años y años usando el inglés como propio, Emil habría pedido a su madre que se le repitiera esa misma frase en islandés. ¿Su hermano... un Alfa? ¿De qué estaba hablando? Emil tardó medio minuto para poder entender que su hermano no era un simple Beta y que justo, delante de sus ojos, él era la cima de la jerarquía; Lukas, su hermano mayor, era un Alfa. Quería decir que todo este tiempo, su naturaleza se había destinado a ser fuerte e imponente, como la de un verdadero líder dominante y, en realidad, no supo que más decir.
El Alfa cabeza de familia se echó a reír. Revolvió los cabellos del niño con brusquedad.—¿No te lo crees, muchacho? Es que Lukas no da la apariencia para eso. Pero sí la personalidad.—ahora fue el turno del susodicho para tener el pelo revuelto, y este no reaccionó, ya acostumbrado.—Así te tendremos pronto, Emil, no te preocupes.
Emil miró a su hermano con profunda admiración. Un Alfa.
Fue inevitable sentirse orgulloso, y él en su interior, deseó encontrar una naturaleza similar lo más pronto posible.
Lukas es un Alfa! La personalidad de Lukas también se presta mucho para serlo. Por cierto, no sé si sepan qué es parqués, es como la versión latinoamericana del parchís, pero es lo mismo, supongo. Una adorable interacción entre los bebés Tino y Berwald; pero lo más importante, Lily, una nueva niña que Emil comienza a mirar raro... ¿tal vez sí le guste? ¿O le tiene más miedo al bolsillo de Vash? Los dos amigos comienzan a alejarse...
Por cierto, Milenka, me hace tan feliz que lo hubieras interpretado así! Muchas gracias! Adoro que presten atención a esos detalles! ^/^ Y parece que ya respondí tu duda de la naturaleza de Lukas jaja Y vi otra personita: me alegra que te haya gustado! Enserio estoy feliz. Por cierto, yo no diría últimamente... (xD)
