Advertencia: emil siendo el niño berrinchudo y malhumorado que es.
V
Yong Soo almacena dentro de sí gran parte de su respiración, y más cuando Lukas Bondevik se fija específicamente en él, con esos meticulosos ojos de hielo. Fríos e inexpresivos, le parpadean como si fuese alguien sin importancia... (Aunque, ¿alguna vez había demostrado siquiera otra cosa que no fuese extremo desinterés hacia la humanidad?) No era, por supuesto, que Yong Soo estuviera intimidado. El odio de este alto y serio alfa noruego solo era una ente psicológica, no era real; solo era algo que su cerebro había inventado para tumbar su orgullo frágil de alfa.
Pero no iba a dejar a su debilidad triunfar.
Tragó fuerte.
—En esta supuesta "noche de chicos"—Lukas acuñó, omitiendo de lástima la parte en la que opinaba que el término sonaba estúpido. Su ceño se frunce hacia el coreano, observándolo con seriedad, nada nuevo.—No quiero nada de drogas, ni alcohol, y ah, asegúrate que Emil no tome soda.
—¿Eh?—parpadeó sorprendido, esperando ser dicho alguna otra cosa que ser la niñera de su hermano menor.—¿Y yo por qué?
Lukas hizo una fina línea con sus labios, y ojeó al otro asiático rápidamente. Este le devolvió el gesto con una sonrisa burlona.—Leon no me sirve, se deja sobornar muy fácilmente con dinero.—hizo una mueca, pero aún así, la faceta amenazante no se dispersó, siendo la razón principal por la que Yong Soo se restringió de comentar/preguntar algo más al respecto. Mientras, Leon confirmó sus palabras con una risita. Le habría puesto más ganas a cuidar a Emil si el chico realmente tuviera un problema serio con la soda, pero en realidad, su familia se preocupaba por la más mínima cosa.
Emil ya tenía una mueca de indignación, mientras se acariciaba el puente de su nariz. ¿Por qué Lukas siempre tenía que empezar estas cosas? La cúspide de irritación y vergüenza por su sobreprotección había llegado cuando le dijo las mismas cosas a Vash Zwingli (el mismo alfa magnate psicópata de las armas), añadiendo un "no permitas que coma cosas saladas después de las nueve, no le dejan dormir en la noche".—¿Podrías por favor dejar de tratarme como un niño? ¡Ya tengo dieciséis! Y mis niveles de azúcar no están tan altos, muchas gracias.
—Oh, lo están.—Leon esbozó una sonrisita que escondía muchas anécdotas, siendo en vano silenciado por el ceño fruncido del islandés.—De todas formas, Lukas, si me lo permites, aún le quedan bastantes años de vida. Y más si hace algo de ejercicio.—murmuró, pellizcando con dos dedos la curva de sus caderas, provocando un gritito de su parte y una mirada llena de pura indignación. Emil tenía toda la cara enrojecida.
—A ver—Lukas murmuró, con curiosidad fingida, acercando dos dedos a sus caderas con el mismo propósito.
—¡Quítense!—un manotazo—¡¿Pueden por favor dejar de ser tan infantiles?! ¡El juego comenzó hace diez minutos! ¡Y no estoy gordo...!
Lukas esbozó una muy leve sonrisa, cariñosa, pero con una evidente burla que Emil, de años de estar con su hermano, pudo reconocer. Él puso sus manos al volante de nuevo, dando señal que ya se iría.—Te amo, hermanito, cuídate mucho, no salgas a la calle sin tus amigos. Vengo por ti a las-...
El menor de los hermanos soltó un último gruñido, y sin permitir que terminara esa bochornosa oración, tomó a sus amigos de las muñecas y los jaló consigo hasta dentro. El frío del lugar los recibió con cuidado, ante sus ropas abrigadoras y cómodas; y el estilo atractivo de Leon. Quizá no era la gran cosa, pero incluso las cosas más simples, resaltaban su belleza. Sabía que si otra persona que no fuera Leon lucía el mismo estilo que Leon, nunca le quedaría. Emil se sintió casi ridículo con su esponjoso suéter de lana de colores aburridos. Al menos... al menos era bueno protegiéndolo del frío.
Yong Soo soltó un hondo suspiro, estirando su cuerpo, abandonando la tensión del panorama anterior. Ciertamente, era obvio para Leon y Emil notar que Lukas, en sí, no era la compañía más adorada para el alfa coreano. Leon lo entendía. Yong Soo creía ser el líder de la manada, pero era propenso a tener demasiadas debilidades... graciosas.—Ya sabes, Emil, nada de soda mientras yo esté a cargo. Por cierto,—Yong Soo pellizcó sus caderas, aplicando un poco más de fuerza que los otros.—¡Sí estás más gordito!—comprobó con sorpresa.
—¡Ah! ¡Quítate!
Leon le dio un manotazo en su mano, dejándola roja y sacándole un chillido casi femenino.—No lo pellizques, solo yo puedo pellizcarlo.—amenazó, con dorados ojos felinos.
—Tienes razón, de cualquier forma, puedo pellizcar tus pechos, Leon.
—¡Dios! Basta, ¿¡sí!? ¡Déjenlo! Y no tienes ningún derecho de pellizcarme tampoco, idiota.—gritó en un susurro, tratando de no explotar en ese momento.
—¿Y a mí? ¿A mí sí me puede pellizcar Emi?—Leon lo miró con tristeza e indignación fingida, tomándolo del hombro.
—¡Aghh! ¿A mí qué me importa? ¡Allá tú!—Emil estaba bien arrepintiéndose de haber venido a este lugar con estos dos idiotas. Por mucho tiempo se le había olvidado lo que era estar a merced de ambos, pues, como siempre terminó pasando el tiempo más con Lily, Matthew o la carismática Michelle, Leon y Yong Soo parecieron controlarse delante de ellos. De todas formas, le había prometido a Matthew que iría a verlo cuando los demás no habían podido, y fallarle ahora sería algo que podría lastimarlo, y le quitaría valor a su palabra.—Busquemos asientos, la gente nos mira...
—¡Hola, Alfred!—Emil se palmeó el rostro con vergüenza cuando el coreano llamó, en su voz increíblemente escandalosa, el nombre de su amigo rubio, al notarlo entre el público unos bastantes asientos más lejos. Ambos se saludaron, con las manos agitándose con una rapidez invaluable. Leon rió por lo bajo ante su reacción.
—¡Hola, Yong Soo! ¡Hola, Emil! ¡Hola, Leon! ¡Pensé que no iban a venir! ¡Saluden a Marcello!—respondió el americano, con la exacta misma voz gritona, señalando con sus dedos la figura del italiano, quien, también como él, se sentía avergonzado y trataba de esconderse del intercambio de griterías agachando la cabeza. Emil se escondió tras el cuerpo de Leon, ocultando su rostro en su espalda. Absolutamente todo el mundo los estaba mirando fastidiados, a excepción de los jugadores, concentrados en su propio juego, como era de esperarse.
—¡Sí, ya nos vamos a sentar! ¡Hola, Marcello!—su tono cambió a uno más bajo, para hablarle a sus acompañantes.—Qué tímido, ¿estará enfermo? Oh, ya ví dónde podemos sentarnos, vengan.
—Esto es lo peor.—murmuró el mayor de los tres, acariciando sus ojos. Ya se estaba sintiendo nervioso. Temblando ligeramente, subió el cuello de su suéter para que cubriera más de su piel, con tal de controlar el frío que comenzaba a sentir. Seguía los pasos del hongkonés con la mirada gacha, evitando contacto visual con alguno del público. Detestaba ser el centro de atención.—Jamás volveré a salir contigo de nuevo, lo juro. Estúpido alfa...
—Te acostumbras.—Leon se encogió de hombros, restándole importancia. Palmeó el asiento a su lado, incitando al islandés a ponerse.—Como también descubres cómo ponerlo en su lugar. Yong Soo es demasiado frágil. Como tú.
Emil infló las mejillas.-¿Vas a seguir? ¿O me vas a dejar ver el juego?
—Ya, relájate.—pinchó una de sus mejillas—Y agradece que no te humillo en público...
—Creído.—gruñó, cruzando sus dedos delante de su vientre, mirando con enojo el partido.
El juego continuó prolongadamente, y en el minuto treinta, Leon levantó la mirada de su celular para observar con fidelidad.
Porque Matthew se movía sobre el hielo como si se tratase de un melindroso baile de patinaje artístico. Y aún, con sus movimientos ágiles, casi delicados, sus manos enguantadas arremetían con tanta fuerza (sosteniendo ese duro palo de hockey) que era impulsivo quitarse del rápido camino del disco. El público aireaba su espectáculo con gritos de ánimo, pero Matthew no vaciló en la desconcentración. Él fijó a cada uno de sus oponentes con la mirada que se escondía tras el casco; no permitía que tomaran el ya arañado disco que golpeaba hacia el arco contrario, valiéndose de su velocidad y defensa.
Si alguna vez lo habían visto jugar así, probablemente sus memorias habían sido borradas. Resultaba tan nuevo que casi abofeteó como algo inesperado.
Emil nunca había sentido tanta ansiedad en su vida. Sus manos estaban húmedas, temblando ligeramente; sudor frío se deslizaba por la pálida piel de su nuca. Era un hecho que toda este entorno le estaba colocando cada vez más y más nervioso, aunque trataba de ignorarlo. Ojeó discretamente al rostro de sus amigos. Yong Soo con su irremediable y brillante sonrisa, aplaudiendo y coreando gritos de ánimo curiosamente al mismo tiempo que Alfred, unas cuantas sillas más abajo. Leon, para nada expresivo, pero con ese suave brillo en sus ojos que Emil (ya entrenado con su hermano) reconoció como admiración.
Al menos ellos disimulaban mejor la ansiedad que él.
Entonces sucedió. En un descuido del portero, Matthew golpeó el disco con fuerza, impactándolo contra la red del arco.
Yong Soo y Alfred gritaron primero; el público coreó después.
Emil sentía que el calor subía y bajaba por su cuerpo, como una niebla pesada, mientras quedaba prendado en la figura del omega siendo abrazado por su equipo. Respiraba, en leves vapores de frío, pero su cuerpo seguía temblando por una razón que no tenía consistencia. Asomó una sonrisa, mientras asentía que la partida ya había sido ganada. Matthew iba a hacerlo. Enserio lo haría.
El frío usurpaba los alrededores, temblándoles, pero extasiándoles más de la inquietud de la que no podrían deshacerse hasta que Los Osos barrieran el suelo con ese otro equipo. Emil se acarició la frente, dándose cuenta que su flequillo estaba muy mojado y su piel hirviendo. Tembló, con los ojos llenándose de lágrimas ante un simultáneo temor de sentirse de esta manera. Esto no era saludable. Se estaba emocionando demasiado. Tenía que calmarse, respirar; respirar el aroma a té de Leon, que lo volvía loco justo al lado suyo.
—¿Oye, Em?—preguntó en un susurro el asiático, notando primero el estado frágil y enfermo de su amigo, quien respiraba cabizbajo. Llevaba observándolo desde hace un rato con curiosidad. Suavemente, tocó su hombro; pero eso fue suficiente para que su corazón se detuviera por un instante. Abrió los ojos.—¡Mierda...! ¡hay que sacarte de aquí!—alertó, de repente, siendo golpeado por el descontrolado olor que apenas se disolvía en el aire. Era la cosa más dulce, frágil y atractiva que Leon hubiera olido alguna vez. Pero no era el tipo de olor que haría sentir especialmente "agradable" a la gente. Era ese tipo de aroma que volvía loco a cualquiera. Inclusive él.—¡Estás en celo!
Emil sintió horror cuando varios pares de ojos comenzaron a verle, insólitos; pero no dio para mucho cuando el alfa lo cargó en sus brazos, en un estilo nupcial del que ni siquiera pensó en protestar. Se abrazó fuertemente a él, temblando de miedo, de dolor y de un extraño sentimiento que lo desgarraba por dentro y nunca había sentido con anterioridad. ¿Celo? ¿A qué se refería con "celo"? ¿Eso era una enfermedad?
—¡O-Oye!—gritó Yong Soo, siguiendo por atrás, alcanzando a ver como el juego se detenía por aquella intromisión. Esto no podía significar nada bueno.—¡¿A dónde demonios lo llevas?!
—Vamos al baño y cerramos la puerta—murmuró, ojeando a todos lados para encontrar algún baño, con la desesperación siguiéndole el paso. Intentaba mantener sus fosas nasales cerradas, como filtrando el extraño aroma que el chico despedía, que no le era en lo absoluto desagradable; pero que estaba comenzando a estresarlo.
—¡No nos vamos a encerrar con un omega en celo en un baño! ¡Somos alfas Leon! Escúchame, esto es una muy, muy mala idea... dejémoslo ahí solo, ¿sí? Nos vamos a meter en problemas.— Leon negó obstinadamente. Él no iba a dejar solo a su amigo en una situación como esta, y por bastante razón que Yong Soo tuviese con respecto a que esta era la cosa más estúpida que se le habría ocurrido, le parecía más inhumano abandonar a Emil a su propia suerte, en este estado tan débil, tan delicado. Vulnerable.
—Entonces espera afuera, y llamas a Lukas.
—Maldito loco, estás loco, ¡estás completamente loco!—riñó, sacando su teléfono y buscando el contacto del hermano mayor del problemático chico.—No hagas esta situación peor, ¿sí? Dale tu chaqueta o lo que sea que tenga tu olor...le va a ayudar a que pase el rato o lo que sea, ¿h-hola? Lukas, ¿cómo estás? jaja...
El hongkonés suspiró.
Abrió la puerta del baño, y acomodó al tembloroso cuerpo en una esquina para sentarlo. La leve separación despertó el trance en el que el islandés se encontraba; sus ojos, húmedos y dilatados, se enfocaron en la silueta del alfa. Suspiró hondo.—...no estoy en celo, Leon...—tartamudeó, en un intento de arreglar la situación. El asiático lo observó de una manera indescifrable, sin querer contradecirlo; se quitó la chaqueta, cubriéndolo con ella.—Solo es fiebre—Leon lo miró, agachándose a su altura y posando sus húmedos y hambrientos labios en su cuello, el mayor tembló satisfecho ante el toque, largando un ronroneo: se sentía más tranquilo con aquel aroma a alfa rodeándole, y Leon, con el pasar de los segundos, supo que la última cosa que iba a sentir sería calma estando allí.
—Tu hermano ya viene, o sea, no te preocupes. Hey, ya va a pasar.
El muchacho dirigió sus ojos hacia a él, a punto de llorar.—¿Lo juras?
Omega.
—¡Tierra a Leon! ¡Lukas dice que viene en camino!—el asiático gruñó por debajo, saliendo con rapidez del baño sin dedicarle siquiera una minúscula mirada al muchacho.—Deberíamos irnos, no es por nada, pero Lukas está tan enojado como si fuera culpa de nosotros que su hermano entrara en celo ahora. ¡Ese tipo siempre parece traerse unas ganas de asesinar a alguien!—se quejó, mirando por última vez su contacto en su teléfono como si quemara. No podía eliminarlo. Lukas les había obligado a conservar su número para contactarlos si algo le sucedía a su hermanito.—Oh, joder. Espera, ¿Emil entró en celo? ¿Justo ahora cierto?—preguntó con incredulidad.—Y justo cuando empezamos a ser más amigos suyos...
El castaño frunció el ceño sin entender su desaliento.—¿Qué quieres decir?
—¿Cómo que qué quiero decir? Qué lento eres, tipo—suspiró, resbalándose contra la pared hasta terminar sentado, mirándole fijamente.—Vamos, Leon, hay muy pocos omegas, un montón de alfas van a intentar cortejarlo como no tienes idea. No me sorprendería que terminase marcado para fin de año.
—¿Qué?
Yong Soo se encogió de hombros, restándole importancia. Las cosas siempre habían sido así.
De aquí en adelante, las cosas se pondrían demasiado duras para él.
Intentar aferrarse a la realidad cobró menos importancia cuando la esencia de Leon cubrió sus fosas nasales. De hecho, Emil nunca había sentido un dolor en sus caderas tan horrible, y las lágrimas salían una a una lleno de terror mientras se abrazaba a sí mismo. Se sentía tan caliente. Casi podría gemir que estaba ardiendo por dentro. Podía sentir algo húmedo en el encuentro de sus piernas, pegajoso, que quería abrir sus piernas desnudas para evitar un desastre. Soltó un suspiro, entre temblores, hundiendo su nariz aún más profundamente en la chaqueta de color negro; cerrando los ojos. Su mente, derritiéndose en un horno de poca razón, dio un giro muy extremo. Cuando no alcanzó a distinguir la realidad de sus pensamientos, Emil soltó un lánguido y longevo jadeo, acariciando la humedad de su pantalón.
Luego el olor, que habría etiquetado 'clásico', cardamomo se elevó en el aire y Emil se aferró fuertemente a su hermano, aún con lágrimas en los ojos.—Está bien, está bien, ¿ellos no te tocaron? ¿Te hicieron algo?—decía, en un aparente tono fastidiado y volátil, pero él solo se aferró al cuerpo de Lukas y cerró los ojos. Estaba quemando. La ropa le molestaba. Quería decírselo, 'oh dios, Lukas, cállate, estoy tan caliente ahora mismo'. Pero Emil tenía que admitir que su hermano olía muy bien, y se sentía como él, como su etiqueta, en su esencia.—¿Por qué no me dijiste que te sentías mal? ¿Estás loco? ¿Qué tal que...?
—Lukas, deja de regañarlo, ¡está en celo!—diría Mathias, estresado también, rodando los ojos, y las manos al volante, dando pitazos en mitad de la calle.
Leon, fue el nombre que susurró suavemente, apretando la prenda entre sus manos. Huele bien, huele demasiado bien; y oh dios está saliendo demasiada humedad de allí abajo.—Leon...—gimió una vez más, en su propio mundo, en su propia tortura.
—Tómatelas, cielo, para que puedas dormir.—acunó cariñosamente su madre, acariciándole el pelo húmedo, y Emil le miró tímidamente, entre ese extraño nido de sus peluches cuando niño y las sábanas suaves que él y Lukas usaban para hacer un campamento. Tenía los ojos húmedos. Pero Emil no quería dormir porque sus sueños eran extraños. Este no era él. Este no era Emil Bondevik, despertándose en mitad de la madrugada porque había soñado que una niña de largos cabellos negros le perseguía, por ejemplo. Esto fue... completamente distinto. Leon, Leon Kirkland consumía toda su mente, y, tal vez, si deseó que esto se detuviera, si quiso parar, Emil jamás pudo, porque la esencia Alfa de Leon era tan fuerte, tan picante y completamente increíble y él mismo se estaba enloqueciendo, ansiando y anhelando que la forma en que el Alfa comía sus labios y se hacía tan vehementemente con el caliente, húmedo e insaciable cuerpo de Emil fuese real y justo en ese momento.
Esto estaba mal, demasiado mal y quería llorar porque nunca sería capaz de mirar a Leon a los ojos de nuevo. No quería ver a nunca nadie de nuevo. Estaba sucio. Parecía una perra en celo. Aunque lo era, en realidad, y mucho peor: un omega, un omega en celo. Un omega estúpido que se guiaba de instintos y que permitiría que todo el mundo le pisoteara. La humillación y el calor cayeron sobre Emil como el mismo peso en ambos hombros, y él sabía, que esto nada de esto iba a salir bien. Nada a él le salía bien. Ni siquiera ser una persona digna.
Los cuatro días más largos y tediosos de su vida estarían por romperle la cabeza, y quizás, toda la motivación en su vida.
—¿Te viniste caminando? Pensé que Lukas te traería.
El adolescente lanzó un corto suspiro, quitándose los zapatos antes de entrar a su hogar.—Llegué tarde porque Yong Soo y yo nos fuimos a perder el tiempo en un centro comercial a ver qué videojuegos nos llamaban la atención. Aunque, bah, honestamente, no quería volver a casa todavía...—el joven soltó una risita cuando pescó el gesto fastidiado de su padre (siseándole ofendido) ante sus palabras.—Te estoy siendo honesto aquí.
—¿Y tú cuando quieres volver a casa?—inquirió su madre, fulminándole con su mirada dorada. Estaba preparando la cena. Había llegado incluso más tarde que cuando su padre venía del trabajo, cosa que tuvo que haber tenido en cuenta si no quería molestar a Yao. Se sentó al lado de su padre, estirando su torso en su asiento, sus finos cabellos cayeron suavemente hacia atrás; Leon se quedó así, un rato, mirando hacia arriba mientras su olfato acariciaba el delicioso aroma de la cena con ansiedad. No había probado un bocado desde hace ya unas horas, cuando junto a Yong Soo había decidido pasar el rato en un restaurante de comidas rápidas.
El hombre a su lado, quien revisaba unos últimos papeles rellenados con letra ajena (asuntos de su trabajo; Leon adivinó que serían los parciales de sus estudiantes) se detuvo incómodamente unos segundos más tarde. Tosió falsamente, tratando en vano de llamar la atención de su hijo, pero la mirada del joven se había perdido de nuevo en algún punto distante en el techo. Suspiró:
—Diablo, perdóname que te lo diga, pero hueles a omega.
Yao se detuvo en ese momento, el tenso sonido de un cuchillo golpeándose contra una superficie de madera de una manera aterradora. Luego, un vasto silencio. Arthur lo miró con culpa: quizá no debió haber dicho eso en voz alta, mucho menos cuando su esposa estaba justo delante de ellos, pero se sentía tan confundido como cualquier padre que veía a su hijo llegar de noche con el olor de celo encima suyo. Sabía que Leon estaba "en la edad", pero aún así, ciertas cosas seguían siendo peligrosas. Tosió nuevamente, fingiendo aún su dolor de garganta, viendo de reojo las anotaciones en su cuaderno cada tanto con nerviosismo.
Leon se acomodó de inmediato, mirando a Yao con algo de terror.—Pensé que se quitaría, como que ya han pasado horas.—jadeó con un suave sonrojo, sorprendiendo a su padre aún más de lo que estaba—Dios, ¡no es lo que piensan...!
Yao se acercó a él, y efectivamente (lejos del olor de los condimento), su único hijo de dieciséis años SÍ olía a omega en celo.—¿Leon Kirkland?—colocó ambas manos en su cintura, con la mirada tenaz que un frío soldado le lanzaría a un pobre e indefenso prisionero de guerra.
—Cálmate...—el adolescente fulminó a su padre—¿Sí ves lo que haces?
—¿Y ahora es culpa mía que te estés enrollando con omegas? Mira, por mí has lo que se te pegue en gana, pero solo sé responsable de lo que haces. Si no podía contigo de cachorro, mucho menos a mi edad voy a poder con otro.
—¡Y mira cómo lo dejas hacer lo que se le da la gana! Qué buen ejemplo eres para tu hijo, Arthur; Leon, ¿por qué hueles así? ¿Cómo se llama? ¿Cómo le va en la escuela? ¿Usaste protección? ¿En qué pensabas?, ¡tienes dieciséis!
El castaño gruñó, levantándose de la silla para mirar a sus progenitores como si hubieran perdido la cabeza, ¡y es que ni en su propia casa podía tomarse un respiro! Primero su amigo de toda la vida entraba en celo justo enfrente de sus narices (rompiendo en dos todo orden o armonía en la que había confiado cuando habían comenzado a acercarse de nuevo), además de que Yong Soo no dejaría de estar feliz al respecto... y ahora sus padres se volvían locos pensando que había embarazado algún muchachito o muchachita de por ahí, como si no lo conocieran. Solo quería cenar, irse a dormir y pensar un poco más en Emil de ahora en adelante.
Conociendo a ese chico más que cualquier otro, sabía que esto que había sucedido hoy probablemente le había roto el corazón, y Leon sentía, que necesitaba tratar de mantener la situación bajo control. No tenía idea alguna cómo tratar a Emil de ahora en adelante.
—Hey, ¡no es nada de eso!—suspiró—Emil entró en celo. Por eso huelo como él. Ya puedo, como que, ¿comer algo? Enserio estoy hambriento...
Ambos, Arthur y Yao, se vieron ciertamente contentos por la respuesta: Arthur, de que no tendría que cuidar niños pequeños por un largo tiempo más, y Yao, de que su hijo no había cometido algún grave error... por ahora. Ambos se sintieron felices de haberlo educado más o menos bien, porque vamos, Leon seguía siendo un incontrolable diablo adolescente. Pero entonces, la realización los golpeó por igual: ¿habían oído bien? Se miraron las caras con impresión, y le fruncieron el ceño a Leon al mismo tiempo.
—¿Tu amigo de pequeño?—trató de confirmar tontamente el hombre.
Leon se encogió de hombros.—¿Y quién más va a ser, eh?
—Viendo lo relajado que estás al respecto, sé que no le hiciste nada.—Yao suspiró cansino, acariciándose el puente de la nariz con estrés. De ser lo contrario...—Me enorgullece que lo hayas mantenido bajo control, Li Xiao, no me hubiera gustado oír de terceros que los alfas de esa familia te hubieran hecho trizas. ¡Con lo bien que me cae la madre de Emil!—rió suavemente, volviendo a sus actividades en la cocina sin darle más vueltas a la situación, como si oír las palabras "Emil" y "Celo" fuesen las cosas más normales del mundo; como si Yao lo hubiera dado por hecho hace ya mucho tiempo.
Arthur continuó leyendo de reojo las respuestas del examen, pero también dándole su atención a su hijo. Eran habilidades que solo desarrollabas siendo profesor.
El alfa menor resopló, apoyando su mentón en la palma de su mano.—Me cortaría las manos antes de hacerle un daño...—confesó más que para sus padres, para él mismo; olvidándose por un momento que sus palabras quizá habían sonado un poco sangrientas para los adultos presentes. Sin embargo, ninguno se mostró sorprendido ante eso: desde el primer momento sabían que su hijo podía ir lejos por ese niño. De cierta forma, eso los hizo sentir aún más orgullosos a ambos.—Lo dejé en el baño y le di mi chaqueta, porque Yong Soo me habló algo del olor, igual... yo no sé mucho de esas cosas.
Aquello desencadenó unas reacciones graciosas en los dos mayores, quienes se miraron entre ellos, con una suave coloración rojiza decorándoles la incomodidad en sus rostros. Por supuesto, en otro momento Leon se habría reído, pero este no era el momento ni la situación adecuada para tal cosa; es más, esto le sirvió como un indicio de que había cometido un grave error. Pero sus padres no parecieron ahondar al respecto.
—No lo hiciste mal, Leon.—su madre le sonrió con afecto.—Ay, y pensar que hace un segundo me llegaban hasta la cintura...
—Por favor...—Leon enarcó una gruesa ceja.
La cena estaba lista. Un aroma cuasi picante les atrajo a ambos, y Arthur relegó un suspiro enviciado, observando la comida que su omega preparaba con muchísimo cariño: un gran alivio después de un pesado día de trabajo lleno de mocosos tontos e insoportables. Yao se sentó delante de ellos, comenzando a pescar en su cena con sus palillos, palillos que con orgullo, vio cómo su esposo manejaba con total control no importaba cuánto tiempo pasara.
El tema pareció haber muerto ahí, pero Leon, con la boca llena, tenía los ojos puestos en su madre. Sabía que él seguiría hablándole al respecto, cosa que se le hacía más adecuada que lo hiciera en lugar de su padre, él también era un omega, ¿no? Yao debía de conocer más del tema que ellos dos juntos.
—No le des tantas vueltas a eso—Yao contestó sin más, dándole unas caricias en la mejilla—Emil va a estar bien, hazme caso, como el primer celo es el más duro, eso lo va a hacer sentir más tranquilo.
El hombre rubio levantó la vista de su cena, mirando a su omega con las cejas alzadas, de una forma cómplice ante la última oración de Yao. Este le sonrió divertidamente, encogiéndose de hombros y continuando con su comida. Todos estos gestos a espaldas de su hijo, por supuesto.
Leon se acurrucó en su cama en la madrugada. Había pasado toda la noche jugando en la computadora, tratando de desgastarse todo el tiempo para tirarse en la cama y cerrar los ojos inmediatamente, sin tener que pensar en Emil, pero en ese momento, no pudo evitar hacerlo. Debía admitir que de cierta forma, su aroma era encantador, quizá en algún momento lo había olfateado en los jardines que su padre trabajaba en su tiempo libre: podían ser lavandas, o margaritas, no lo sabía muy bien, él creía que las comparaciones eran inútiles. Los aromas no se asemejaban en nada a cosas humanas. Eran como esencias perfectas, que describían en forma de olores: atraían, volvían loco.
Era casi doloroso cómo un simple olor había estado a punto de retorcerle las entrañas, aturdirlo como un psicópata, envolverlo a punto de asfixiarlo si no se movía ni un centímetro. Sus labios habían acariciado muy levemente la húmeda piel ajena, ante el hormigueo, Leon concretó que no sería un calor desagradable, si no más bien atrayente, y probablemente, hogareño.
Le gustaba ese olor. Era como si pudiera reconocer a Emil. Era como si lo conociera aún más, por medio de él, sabría cuando estaba triste, feliz, furioso, necesitado.
Fue perdiendo la consciencia poco a poco, sumergiéndose en un mar caudaloso de imaginaciones borrosas.
—No puedes estar ahí toda la semana. Déjame pasar.—intentó persuadir Lukas, pero Emil no respondió.
Lukas suspiró por lo bajo, y preso de la frustración, caminó en círculo en el pasillo, pensando qué podría hacer ahora. Hace poco que el viernes había amanecido, sin embargo, el aroma de su hermano había comenzado a menguar desde ayer. Había esperado ver de nuevo la presencia del menor por la casa por esto, pero en ningún momento Emil salió de su habitación para enfrentar a su familia. Su madre le había dicho que había que darle tiempo; pero Lukas no sentía tener la paciencia para algo así. Necesitaba ver a su hermano.
Vladimir le había pedido varias veces venir a visitar para terminar unos trabajos, pero Lukas le había dicho que no en todas las ocasiones. Desde que el celo de su hermano pequeño había comenzado, Lukas se encontró volviéndose algo agresivo y ansioso. No pudo dormir muy bien en las noches porque su habitación estaba pegada a la de su hermano y tanto la esencia de miedo y depresión que Emil despedía le preocupaba, así como sus gemidos y llantos. Sabía que su hermano solo estaba rogando internamente por un alfa, pero así como su complejo de hermano mayor sobreprotector como su instinto alfa no permitieron que ningún otro además de él y su padre entrasen a la casa.
—Bueno, te lo ganaste. Entraré a la fuerza entonces.
Lukas suspiró para sí, abriendo la puerta con total facilidad. Había pensado que tendría seguro, pero Emil quizá en algún punto se habría escabullido en la madrugada para comer algo y habría olvidado ponérselo de nuevo. A pesar de que el calor hubiese concluido, la esencia de omega en celo aún permanecía allí. El aroma era demasiado atrayente para el agrado de Lukas: era floral y endulzado, tierno y enolvente, achocolatado y amargo. Realmente era difícil decir algo en concreto al respecto, solo se le hacía algo fuerte y pesado.
Lukas siempre había sido débil a su hermano, y verle cubierto de sábanas, en un nido maltrecho, agitándose entre sollozos melancólicos, fue demasiado para él. Su nariz podía captar todas las malas emociones que se le estaban revolviendo en el pecho. Sin hacer mucho ruido, se sentó en el borde de la cama, pasando su mano por su hombro hasta deslizarse por la espalda. Emil tembló y se agitó, tratando de alejarlo: todo en vano.—¿Sabes que día es?
El omega se levantó con ambas manos, pero solo para voltear la cabeza y mirarle con un húmedo ojo. Murmuró con una voz rasposa:—¿Sábado?
—Ojalá.
Lukas lanzó otro bufido, acostándose al lado de su hermano, cruzándose de brazos que le sirvieron como una almohada. Emil, muy a pesar de que se sentía invadido por su presencia, (pues una parte muy irracional suya no se sintió contento que se adentrara en su nido sin su consentimiento) decidió ignorar aquel instinto como si no existiera. Si hacía eso, ¿cuánto tiempo duraría siendo una persona normal? Si evitaba auto complacerse de ser quien debía de ser, ¿cuánto tiempo tendría de libertad lejos de algún alfa?
Sería un placer averiguarlo.
—¿No quieres ir a la escuela?
Aquello provocó que Emil se sobresaltara y se sentara sobre sus pantorrillas. Una mirada de horror y sorpresa se posó en sus facciones.—¡Por Dios, no me digas que es lunes! ¡Por favor!
—¿Qué? Uh, no, qué blasfemia—Lukas se cubrió el rostro para ocultar su diversión—Es viernes... igual solo te lo preguntaba porque tienes tiempo para bañarte, desayunar e ir.
El menor soltó un suspiro de alivio, tocándose el pecho en el área de su corazón que latía como un enloquecido demonio. Por lo menos algo bueno le estaba ocurriendo; él aún no se sentía listo para convivir con otras existencias, además de la suya... y quizá, además de la de sus familiares. No quería saber qué se había cuchicheado de él, qué habría dicho Matthew, qué estarían pensando sus amigas, qué estaría pensando o diciendo Leon... no, todo el mundo, menos Leon, su amigo, a quien jamás podría mirar a los ojos de nuevo.
Emil se comenzó a masajear el hueso de la nariz, recostándose de nuevo en su cama que se había convertido en una desordenada improvisación de un nido mientras atravesaba el celo. Cualquiera habría creído que su madre lo habría instruido en ello, pero Emil simplemente se dejó actuar por instinto; buscando con ansias construir algo que pudiera protegerlo y reconfortarlo de la situación tan mierda por la que tenía que pasar, solo, a la deriva de sus sucios pensamientos, hundiéndose en la miseria de su naturaleza mientras (entre momentos de consciencia pura) trataba de resolver qué haría cuando tuviese que ir a la escuela.
Él miró a Lukas discretamente. Este era el segundo nido que hacía, (justo donde su hermano estaba acostado, mirando hacia el techo) luego después de que terminó su celo, porque el primero... bueno, Emil estaba agradecido de haber hecho este. Se habría sentido muy avergonzado de que su hermano estuviese siquiera tocando el primero.
—¿Por qué te aíslas? Puedes hablar conmigo o con mamá. Papá no es bueno para estas cosas—añadió antes de que su hermano adquiriera otras ideas—Pero sabes que nos preocupamos todos por ti.—Lukas comenzó en la seria búsqueda de la mirada del otro, pero el omega solo la desvió con nerviosismos—Te quiero independientemente de lo que seas...
—¿Más que Mathias?
Los ojos del mayor se abrieron levemente sorprendidos, un brillo indescifrable recorrió aquellas joyas que hace segundos pudieron llamarse como 'inexpresivas': Emil no sabía por qué había dicho algo así, nunca hacía esta clase de preguntas irrelevantes a Lukas, si es que el amor se le hacía algo irrelevante, pero más bien, algo que a él no le incumbía. Pero tampoco se esforzó en encubrir sus palabras, o excusarlas, realmente en este momento, ya no le importaba nada. Digamos que fue un extraño impulso cuyas consecuencias no le alterarían realmente mucho.—Ambos son mi mundo entero.
Pero por alguna razón, eso distrajo a Emil del llanto, los lamentos, el remordimiento y pánico que se acrecentaban en su cabeza y lo comía lentamente. Él suspiró, rodando los ojos, pero no, no podía negarlo: eso que sentía en el pecho, era tranquilidad; la calma de que de alguna u otra forma, las cosas seguían siendo las mismas por otro lado, Lukas seguía siendo el mismo, con él, y con Mathias, le estaba diciendo que lo amaba, que lo amaba como desde la primera vez.—Deja que lo diga, se pondrá loco...
—Ay, hermanito, no son noticias nuevas para ese imbécil.—El menor largó una carcajada divertida, hasta que Lukas alzó una ceja (encontrando una fisura en su cascarón de hielo), y fingió fruncir el ceño muy fastidiado.—Y a mí no me estés amenazando, que puedes salir peor parado que yo...—el alfa se apoyó sobre sus rodillas, levantando su cuerpo sobre el de su hermano menor, quien, comprendiendo toda la situación, mostró un rostro horrorizado, y suplicante. Pero parecía ser demasiado tarde, cuando las manos de Lukas empezaron a cosquillearlo alrededor de su cuerpo; la risa de Emil se fue transformando en un adolorido chillido tanto que el padre de ambos, con el corazón en mano, (a punto de comerse vivo a quien sea que estuviera lastimando a su precioso cachorro omega) los miró con enfado, agitado (no estaba acostumbrado a subir las escaleras tan rápido, a esta edad).
—Lukas, deja a Emil, lo vas a asfixiar.
El rubio menor obedeció, sonriendo con diversión malsana cuando el cuerpo del muchacho se resbalaba con cuidado de la cama. Incluso el hombre soltó una carcajada pequeña ante el lío que era su hijo: con la cara toda roja, lleno de lágrimas, y la respiración agitada.
—No aguantas nada.
Emil parpadeó varias veces, aún aturdido después de salir de aquella trágica tortura repentinamente; en su posición podía ver a su padre boca arriba, parado en el umbral de la puerta de su habitación. De manera instantánea se acomodó, sentándose en el suelo y observándolo con ojos gigantes; el significado de abrirse a los demás era recibir las opiniones (algunas buenas, otras malas) acerca de él... si iba a recibir la decepción de su padre estaba más o menos listo para ella.
—¿Qué pasa? ¿Por qué me miras así? ¿Quieres que te traiga algo?—dijo de una manera que llenó de calor el pecho de Emil: preocupación, más que desagrado. Sin embargo, su corazón no pudo evitar romperse en dos. Él aún recordaba aquel día de mañana, cuando aún era un niño y bajaba las escaleras para encontrarse con esa escena: la escena de su padre y su madre sonriéndole a Lukas, la mirada cándida del hombre noruego, viéndole con alegría..., viéndole con orgullo. Lo más probable es que se hubiera sentido triste el primer día de su naturaleza, pero su trabajo como padre era aceptarlo como se lo entregaban, no podía hacer tal cosa.
El momento de calma que había sentido hace unos segundos comenzó a desmoronarse de nuevo.
—No es nada, papá. Es solo... que no voy a ir a la escuela hoy. Espero que no te moleste.
—No nos molesta—una hermosa mujer habló por encima de su voz. La omega le regaló un dulce beso a su marido en la mejilla, mirando a su cachorro como siempre: inmensa dulzura. El alfa no se sobresaltó ante la usurpación de su palabra, de todas formas, iba a contestar lo mismo.—Y ya está el desayuno, bajen a comer, hice tu favorito, Emil.
El menor sonrió forzosamente, asintiendo.
Cuando se encontró solo de nuevo, se derrumbó en la cama, acurrucándose entre sus peludas sábanas. Sus ojos estaban húmedos de nuevo. Picaban, junto a su garganta; apretó entre sus manos las sábanas que lo cubrían, tratando de desahogarse. Si no pensaba cosas distintas ahora, empezaría a temblar, para terminar en un horroroso llanto, que de nada le iba a servir en la vida que tenía que vivir ahora. Ser omega no era tan malo, era lo que su madre le había dicho mientras lo acunaba en sus brazos; y Emil odiaría discernir de ella, pero era lo peor del mundo. No veía hora en que comenzaran a excluirle, a tratarle como alguien inferior, que solo estaba limitado a servir a los demás. Dios, ¿en qué momento la naturaleza había pensado que él servía para ese rol?
El omega cerró los ojos para intentar distraerse, sin esperar que se quedaría dormido de nuevo.
El día había pasado tan lento que el momento en que llegaba la salida parecía inalcanzable e infinito. No es que a Leon le molestase ir a la escuela, no era el mayor fanático de dar clases, pero como el ser sociable que era, le gustaba interactuar con sus amigos, sentarse con ellos a pasar el rato: oírles hablar acerca de sus días y tonterías de ese estilo. Sin embargo él comprendía que no podía dejar otro día pasar sintiéndose vacío, solo y (sin razón alguna) culpable; pensar que su mejor amigo de toda la vida estaba pasándola mal en estos momentos (tanto física como emocionalmente), y el hecho de que la gente no dejara de mencionar su nombre, no le estaba ayudando en lo absoluto.
Matthew no había parado de pedir disculpas, creyendo que si no los hubiera invitado, nada de eso le hubiera sucedido a Emil así de horrible; mientras que Lily intentaba sonsacar más información, con el corazón en mano, afirmándoles a todos que su amigo no contestaría el teléfono y que no tenía idea qué hacer.
—Si está faltando tanto es porque no quiere venir.—razonó Yong Soo a solas, mientras daban una vuelta juntos después de clases. El coreano no se había entrometido mucho en el tema, a Leon le agradaba cómo podía tratar los temas necesarios con madurez, quizá por eso era la razón en que los dos se habían vuelto tan buenos amigos.—Bah, ¿te soy sincero? Yo también estaría en la mierda como él, yo no me imagino siendo un omega. La realidad duele.
—Supongo—Leon no le comentó que más tarde pasaría por la casa de Emil. Él no sabía si iba a llevarle los cuadernos para que pasara las lecciones, o si iba para cerciorarse de que estaba bien; cualquier respuesta conllevaba a lo mismo: ver a Emil a los ojos, tenerlo más cerca..., no podía negar que mantenerlo vigilado le hacía sentir más calmado; pero bueno, debían de ser esos instintos extraños de alfa. De todas formas, él siempre había sido así con Emil. No tenía por qué ser raro ahora, los dos continuarían siendo los mismos amigos de siempre, ¿no es así?
—Igual, Leon, hay algo que mi madre me dijo una vez, super filosófico, te vas a morir cuando lo escuches:—Yong Soo le guiñó el ojo, pero a pesar del tono con el que lo dijo, Leon le oyó pacientemente.—La naturaleza no se equivoca.
El castaño se ríe por lo bajo, algo aterrado de esas palabras, porque sabe que si cierto albino llegase a escucharlas..., probablemente no se lo perdonaría a los dos.
Él espera pacientemente en la entrada de la casa de los Bondevik. Leon casi sintió un estrujo en el pecho al ver la casa de al lado, donde vivían nuevas personas, pero que antes solía ser su hogar; este vecindario entero, que presenció una de las escenas más importantes de su vida entera: invitar a Emil de ocho años a jugar. Una sonrisa discreta se posó en sus labios carnosos ya que, seguramente, había sido su época más feliz aunque jamás lo hubiese sabido en ese instante. Pero era lo que pasaba con las cosas de la vida: eres feliz, hasta que lo pierdes, y comienzas a extrañarlo.
—¿Leon?—la Sr. Bondevik le recibió con sorpresa, peinándose el cabello que caía sobre sus violáceos ojos hacia atrás. Él la saludó de una manera cortés, hace tiempo que no venía a este hogar desde que Emil y él comenzaron a separarse uno del otro, por lo que ella debía de estar más que sorprendida. Cuando pasó adentro, él admiró cada cambio nuevo en la casa con nostalgia.—Oh, cielo, ¡mírate! Si ya estás hecho un hombre...—la omega lo abrazó con fuerza, reposando su cabeza en su pecho. Casi le saldrían lágrimas de los ojos a la emotiva mujer.—¿Cuándo fue la última vez que viniste a esta casa?
—Años, señora, años...—rió divertido, y nervioso al mismo tiempo del trato tan acogedor que le estaban dando.—Vine a dejarle las notas a Emil, por cierto, ¿cómo está?
—Oh, bastante bien, bueno...—ella se encogió de hombros, rascándose la mejilla.—Ya sabes. ¿Y cómo es eso de dejarle las notas? ¿No te gustaría hablar con él un ratito? Seguro se anima un montón.
El castaño abrió los ojos con extrañeza, pero le asintió varias veces, sin siquiera pasársele por la cabeza denegar esa petición. Él sentía que tenía mucha suerte, pues si hubiera sido Lukas, o aún peor, el padre de esta familia, quizá no le estuvieran recibiendo con la misma alegría y amabilidad.
Siguiéndola por detrás, admiró los finos cabellos blancos que caían en cascada por su espalda. La Sr. Bondevik lo adoraba tanto, que de niño aunque cometió el atrevimiento de acariciarle el cabello (fue un acto inconsciente, asombrado de que en serio existiera una tonalidad tan bonita), ella confundiría su acción y le enseñara a hacer trenzas con su cabello. Era algo que habría dejado atrás con el tiempo, él no se acercaba a niñas de su edad a hacerle trenzas, pero lo que contaba era el cariño y el buen espíritu de esta mujer delante de él.
Leon súbitamente, así de la nada, se preguntó si su omega sería un hombre o una mujer; y si sería bueno con los niños, eso sería bastante bueno, porque él no sabía mucho de cuidar mocosos, era algo que podía apreciarse cuando cuidaba junto a Yong Soo a Hyung de pequeño: el niño le ponía de los nervios y casi estuvo a punto de perder los estribos con ganas de jalarle las mejillas hasta que le pidiera disculpas por su altanería. Aunque Emil había sido un caso distinto a ellos dos.
—Eres un gran amigo Leon, me alegra que mi hijo se haya encontrado contigo en la misma escuela.—le comentó con una bella sonrisa, dejándolo enfrente de la puerta del menor. Se sentía de lejos la esencia en celo, la mano de Leon tembló con ansias cuando se posó sobre el picaporte. Algo de miedo se le acrecentó en el pecho; se sentía muy mala persona alterándose por algo así... el día en que se pusiera de acuerdo con su instinto, y comenzara ver a Emil como un "omega" en vez de su mejor amigo..., tendría que cortar las cosas hasta ahí.
El alfa se hizo paso dentro de la habitación del mayor, cerrándola suavemente. Estaba hecha un desorden, y vaya que Emil no era desordenado. El susodicho estaba acurrucado en la cama, escuchando música por medio de los auriculares (¿alternativo? ¿Kaleo, probablemente?) pero al sentir bajo sus fosas nasales ese bastante reconocido perfume de té, saltó sobre la cama (rebotando de una manera suave) y abriendo inmensamente los ojos, que brillaron, entre regocijo y terror, al encontrarse con el joven asiático en su habitación.
—¡Leon! Oh Dios..., ¡¿q-quién te dejó entrar?!—La cara de Emil estaba hirviendo con la mayor vergüenza posible. Como si estuviese desnudo, el omega se cubrió con sus mantas; tratando de tapar el aroma, o de menguarlo, aunque fuese solo una pequeña porción. Estuvo a punto, así de nada, de preguntarle inocentemente, "¿eres otro sueño?" Y haber hecho, haberlo siquiera tartamudeado, podría haber significado su fin. Leon por ninguna circunstancia podía enterarse que había estado teniendo esos sueños que nunca tuvo con algún otro, con él específicamente. Preferiría tirarse de un quinto piso antes de dañar las cosas de esa forma.
El asiático le sonrió incómodo, recargándose contra la pared de su habitación. La analizó de reojo, a pesar de que no había cambiado mucho de como la conocía, se le hizo extraña, desconocida: se sintió flotar en un lugar lejano. Esta no era más la habitación de un niño y... dios, el aroma en celo no estaba ayudándole en nada a pensar bien. Tal vez había sido una mala idea haber venido hasta acá.—¿...Tu madre? O sea, créeme, ni tu padre ni tu hermano me habrían dejado pasar—Leon hizo una seña colocando su dedo índice en sus labios, necesitaba que Emil bajara la voz un poco. Pero el nórdico ni siquiera lo notó, ya su cabeza estaba gacha, con un temblor muy raro recorriéndole las manos.—Hey, si quieres me voy, aunque igual... no me iba a tardar más de dos minutos.
—¿Y no podemos hablar afuera?
—Cero intimidad, Emil, cero intimidad.
El omega se acurrucó aún más entre sus sábanas. Se sentía desprotegido ante su amigo, era la última persona que quería que lo viera de esta manera y ahí estaba... el primero en darse cuenta de su naturaleza y el que invadía su habitación cuando ronroneaba en su desordenado nido. Emil sintió ganas de echarse a llorar de nuevo, de paso, gritar alguna grosería contra su almohada: nada le estaba saliendo como quería, aún no estaba listo para esto, para oír a Leon, verlo, sentirlo; su aroma, su aroma era demasiado... toda la situación era como una inmensa caja que no podía sostener en sus manos.
Debía de verse deplorable.
—P-Pero apresúrate...—pidió Emil, tímido.
—¿Estás enojado conmigo?
—¿¡Q-Qué!?
—Baja la voz—Leon se sentía nervioso de las emociones de Emil, podía sentirlas a través de su aroma.
—¿Qué?—tontamente repitió en voz baja, sonrojándose de repente.—Perdón, digo... no, no estoy enojado contigo... no es problema tuyo, Leon. Esto es cosa mía.
—¿Y cuándo piensas enfrentarlo?
El asiático se bajó el bolso del hombro, comenzando a sacar los cuadernos que Emil iba a necesitar. Eran relativamente pocos los que había traído, no compartían todas las clases y Leon tampoco se sentía con las ganas de cargar por ahí un bolso tan pesado, sin embargo, sabía que era suficiente ayuda. Los dejó sobre un bonito escritorio, al lado del portátil. Cuando volteó de nuevo a su amigo, este lo estaba viendo con mucho cuidado.
—O sea, me imagino que tampoco habrá demorado tanto—Emil entendió que se refería a su celo—Y ya has pasado tiempo sin ir a la escuela. Hey... ¿a qué le temes?
Las manos de Emil temblaron mientras aferraba fuertemente entre sus dedos la sábana. Intentó respirar con calma, tomarse las cosas con calma, hablar con tranquilidad, pero... pero la fragancia del asiático le estaba alterando los sentidos. Su parte racional lo quería lejos, lejos de aquí, que no pudiera admirar su cara de vergüenza ni adivinar los pensamientos que lo habían surcado por días, que permaneciera inocente de lo que era él en realidad..., y por otro lado (Emil predijo que sería esa parte omega suya) lo necesitaba cerca, tocarlo y hundirse en su cuello por diez minutos al menos. Leon no lo sabía, era un alfa, él jamás sabría de estas cosas..., pero era una buena razón para no ir a la escuela. No quería actuar de esta manera con otras personas.
El miedo comenzó a recorrerlo, nunca antes se había sentido de esta manera, y si... ¿si se quedaba así para siempre?
—N-Necesito que te vayas...—suspiró, cubriéndose hasta el rostro con la sábana—Y gracias por los cuadernos.
—¿Estás bien? ¿Quieres que llame a alguien?
Emil negó varias veces, apretujando más sus manos, sus uñas comenzaron a lastimarle las palmas. Su cuerpo era extraño, así como sus instintos, había algo en él que no entendía y la presencia de este alfa no le estaba ayudando en lo absoluto. Tenía que huir, esconderse... pensar y pensar, más y más.
—Hey, cálmate... ya me voy. Solo... solo... ¿habla conmigo, bien? Cuando te sientas preparado. Eres mi amigo de toda la vida, sin importar qué, hasta lo seguirías siendo si te volvieses amante del k-pop... uh, aunque me sentiría muy ofendido.
A Leon se le movió el corazón de una manera agradable cuando oyó una leve risita tras el lío de mantas que era el omega, desde que eran niños, hacerlo sonreír era muy consolador.
—¿Nada va a cambiar entre nosotros? ¿Me lo prometes?
—Nada. Te lo prometo, Emil.
creo que tengo que aclarar unas cosas. en primer lugar, los hermanos alfas no se sienten atraídos al aroma de omega en celo de sus hermanos. por lo menos no en este universo; solo les parece que tienen buen olor. no es nada incestuoso nomas un momento lindo entre hermanos x dios.
me demore un jodido año para escribir esto jeje realmente pensé que habian pasado meses desde la ultima actualizacion y cuando vi que fue en el 2018 no me lo podia creer asjak thx a los q hayan leido los tkm
