advertencia: la canción es "i can't go on without you" de Kaleo. son una banda islandesa... yyyy son lindos.
VI
—"So, what's worse than..., aaaa broken man! 'Cause nothing hurts like..."
—No es así, Mathias—Emil le gruñó, sintiendo como si se estuviera metiendo con él.—Es: "So what is left but a broken man", no eso que acabas de cantar.—se cruzó de brazos, hundiéndose más en el asiento del auto—Danés tonto.
—¡Ay, Emi! No te pongas así, es solo una cancioncita de nada.
El menor lanzó otro gruñido, volteando su rostro con dignidad.
El danés al admirar su reacción, se echó a reír con soltura.
Lukas los observó a los dos con una pequeña, pero divertida sonrisa.—Cuidado, Mathias, que Emil se pone psicópata si se meten con sus amorcitos—al oír un bufido más sonoro del muchacho, los dos mayores se vieron con insano júbilo en los ojos. Probablemente, molestar a Emil era el deporte por excelencia de ambos, y además, una de las cosas donde podían ponerse en perfecta sincronía. Algunas veces lo hacían por placer propio, pero en este momento, los dos se sintieron algo más tranquilos de ver que Emil parecía estarse distrayendo de los problemas emocionales que había tenido últimamente: la decepción de su naturaleza encontrada, el terror de enfrentarse a más personas, y la desmotivación de pensar en el futuro. Ambos sabían que las bromas eran solo una simple bandita, pero era mil veces mejor que quedarse callado y dejarlo ser.
Mathias sonrió y se acurrucó en la ventana del auto. El sol estaba fuerte, pero a la velocidad en el que el auto iba, una deliciosa brisa bañaba su rostro como una insistente caricia. El danés estaba seguro que el tiempo se prestaba para un buen chapuzón en la piscina, pero Lukas era demasiado pudoroso, y no se sentía atraído esas cosas si ya de por sí existían abanicos o duchas frías... Emil muchísimo menos, ¿y qué podía esperarse de Berwald? A veces, Mathias se preguntaba por qué estaba rodeado de gente tan aburrida.
—N-No entiendo por qué vienes también, Mathias...—el menor se atrevió a romper el cómodo momento, pero bueno, era una duda que le estaba carcomiendo la cabeza.
—¿Ah...? ¿Y qué tiene, lindo?
—Pues...—Emil comenzó a juguetear con sus dedos de una manera nerviosa—¡Pues que me da pena!
—No vamos a acompañarte hasta el salón, hermanito, tranquilo.—los ojos del alfa estaban bien concentrados en la carretera, pendiente de cualquier error que pudiera cometer. La única razón por la que su padre le había vuelto a prestar el auto era para que Emil llegara más motivado y tranquilo a la escuela, porque si fuese por otra cosa, le habría dicho un serio no a su hijo mayor. La primera y última vez que le había prestado el auto a su hijo su vehículo había terminado con un golpe en la parte de atrás: "Papá, te lo juro, había un animal enfrente, ¡no lo iba a estrellar!" "¿¡Y por qué no lo viste antes, eh!?" "Apareció de la nada..." La cabeza de la familia Bondevik temió secretamente que su hijo estuviera viendo criaturas mágicas como un perfecto loco.—De ahí Mathias y yo tomamos para la universidad.
El omega más pequeño asintió levemente, abrazándose a su mochila con algo de pavor.
Cada vez que se acortaba el camino a la escuela, sentía más ansiedad que hace un segundo. El mundo después de su celo era... nuevo de cierta forma: los aromas de los demás, las emociones que flotaban como mariposas alrededor..., los impulsos e instintos que buscaban hacerse uno con él. Era sorprendente, y nunca creyó que de esto era lo que se estaba perdiendo; pero ser el espectador de esto desde el peor asiento no era de su agrado. Mathias le había dicho con ánimos, "te acostumbrarás", pero Emil temía que si eso iba a pasar, sería un proceso complicado.
No quería enfrentarse a las miradas, a los balbuceos y la condescendencia de gente que siempre fue ajena a él. Pero si había algo peor que ser el punto de mira de desconocidos, era serlo de su círculo de amigos, del que le hacía sentir más tímido... y sí, era una tontería, pero Emil era aún adolescente, y no tenía idea de cómo resolver sus problemas si ni él aún podía aceptar lo que era ahora.
—Ustedes... ¿van a venir por mí?
Lukas se aguantó las ganas de responderle: "Ni loco te voy a dejar andar solo por la calle", pero se encogió de hombros, como el buen muchacho que Mathias le había dicho que tenía que ser.—¿Quieres?
—¿No es mucha molestia?
—Sí, pero vendré.
—Hmph, no vengas entonces, no me importa.
—Emil, a veces uno como hermano mayor, tiene que ceder ciertas libertades. Pero no te preocupes, todo, todo me lo vas a pagar...
El auto se estacionó en frente de la preparatoria. Como ya era más o menos tarde, no habían muchos estudiantes por las afueras, solo algunos que corrían apresurados las escaleras y se perdían en los pasillos. Aquello lo hizo sentir infinitamente más tranquilo; sentimiento que desapareció cuando Lukas volteó para mirarle con esos típicos fríos ojos. Oh, cierto, tenía que bajarse. Y entrar. Y sentarse en un pupitre y escuchar clases. Asintió algo nervioso.—Cuídense—ambos vieron algo preocupados cómo el omega subía las escaleras hasta adentrarse a la escuela; Mathias suspiró resignado, era duro para cualquiera, pero era algo que tenía que atravesar.
Lukas comenzó a andar el auto cuando se cercioró de que Emil ya había cruzado la entrada.
—¿Cuál es el miedo, Luki? Relájate un poco...—rió nuevamente—Ese aroma tuyo me estresa.
—Lo siento—el noruego se encogió de hombros—Cosas de hermano mayor, supongo.
Mathias dejó salir otra carcajada, acomodándose mejor en su asiento. Estirándose levemente, (sin olvidarse de una caricia en la mejilla) dejó un beso en la fría mejilla del alfa, dejándole esa zona coloreada de un tono muy rosado. Ahí estaba Lukas, siendo pudoroso de nuevo; y ahí estaba Lukas, observándole con ansias, pero ocultándolo con esa fina coraza de hielo que era su mirada. Mathias podía ser a veces un omega demasiado efusivo para su propio bien.
Emil no se recordó alguna vez subiendo con tanta prisa hasta su salón. De todas maneras, no había nada extraño en ello: estaba llegando tarde. Nunca antes había llegado tarde a la escuela hasta este momento, (donde tuvo que hacerle cara a su simple poca motivación de ponerse el uniforme), pero al menos contaba él con un pequeño consuelo: era lunes. Los lunes por la mañana siempre tenía clase de historia con este hombre turco de laxa actitud, Sadiq Adnan, que justificaba su llegada tarde a su propia clase con el típico dicho "mejor tarde que nunca" o "lo bueno se hace esperar". Esta falta de seriedad podría haber molestado a Emil en un principio, pero el hombre sabía dictar clases, y ese flojo comportamiento podría saldarle las cuentas hoy.
Si había algo que lo había hecho entrar en razón, es que actuar inusual con todo esto podría provocar que las personas comenzasen a tratarlo con esa misma extrañeza que él no quería. Tenía que comportarse de la manera más normal posible, como si en vez de la realidad, solo hubiese faltado la semana pasada por una fastidiosa fiebre que lo había tomado desprevenido; entonces Emil respiró hondamente y tocó varias veces la puerta que conducía dentro del aula, repitiéndose dentro de sí que, "esto no es nada, no es nada, absolutamente nada" y que realmente delante de sus ojos, no tenía nada de malo.
Emil inocentemente intentó convencerse de que no había nada malo que podría pasar entre alfas, betas y omegas; pero la naturaleza era algo totalmente opuesto a lo que él quería tratar de razonar.
—Hey, ¡aquí está mi cachorro estrella!—para la mala suerte del niño islandés, Sadiq fue el primer rostro que le recibió a su lugar de conflictos mentales número uno.—Ya te andaba extrañando, chiquitín.
Emil le miró lleno de timidez, anonándose con el agradable aroma que poseía el alfa turco. Ahí estaba de nuevo ese extraño retorcijón en su vientre, como aquella vez cuando Leon fue a visitarlo a su habitación; pero no era nada incómodo, al contrario, el omega pudo sentir cómo era envuelto él mismo (en su propia perspectiva) por el encanto y complacencia tangibles que le producía aquel ambiente. Al mismo tiempo, Emil temió de las cosas que estaba haciendo, pensando; temió de estar en el lugar en el que estaba justo en este momento. Su cuerpo, de nuevo, quería actuar por sí mismo -y Emil sentía que no sería capaz de controlarse.
Él sintió las miradas ajenas sobre lo que en este momento fue su minúscula silueta. Un jadeo se atoró en su tráquea; su mirada lavanda barrió (en contra de su deseo) el aula de clases con desasosiego. El mundo visible a su alrededor pareció comenzar a dar vueltas, como si Emil mismo estuviera borracho; una oleada de arrepentimiento empezó a ahogarlo desde los pulmones. Él sabía que la gente no lo estaba mirando de esa forma por haber sido el último en entrar; despreció con miedo las sonrisas indiscretas, los cuchicheos en la parte inaudible del salón. Pero él lo oyó. Él lo oyó, y todo, sus inseguridades y miedos, lo tomaron por completo: "Oí que pasó el celo con dos alfas de aquí" "Primer día siendo omega y no nos defrauda".
Pero el profesor le continúa sonriendo, y de repente, Emil ya no escucha en voz alta el latido de su corazón. Su mirada se centra con pena en las dos amigas que habían susurrado aquello a unos asientos, y ambas se sonrojan al ser descubiertas.
Sus labios rosáceos temblaron.
—¿Emil? ¿Te quieres sentar? ¿O quieres dar la clase?
La gente a su alrededor se ríe del chiste del profesor, pero Emil siente que eso es mentira, que se están riendo de él.
—P-Perdone...—murmura con la voz empequeñecida, buscando su asiento sin mirar a nadie más. Él quería hacerse creer que esto de ser omega no afectaría en nada su vida, que debería por derecho pasar desapercibido como siempre, porque Emil Bondevik era aburrido, se creía así mismo sin personalidad y ahí estaban... hablando de él, de nadie más que él. ¿Cómo se habían enterado de eso? Leon y Yong Soo jamás serían capaces de hacerle algo, no a él, habían sido amigos desde niños, ¿entonces por qué dirían algo así?
¿Por qué se estaban refiriendo a él de esa manera?
Tan sumergido estaba en su propio castillo, que Emil no oiría el saludo de Lily, ni vería su cariñosa sonrisa; tampoco vería la tristeza en su rostro al verse ignorada.
¿Las clases? También pasaron a segundo plano, Emil solo copiaba lo que el profesor garabateaba en el cuaderno sin comprender muy bien qué significaba cada cosa; su razonamiento mismo, la concentración, la calma (todo en él) se perdía cuando se sentía observado. Alguien le llamó, le susurró su nombre; era uno de esos alfas ruidosos que Victoria habría mandado a callar hace muchísimas semanas atrás, cuando él era un chico normal. El omega se estremeció inquieto, y lo miró con miedo.
Los labios de aquel le murmuraron algo que él prefirió ignorar.
De repente... se sentía como una presa.
—¿Emil? ¡Emil!
Y ahí fue donde todo terminó para él. Parpadeó varias veces, sus pestañas blancas se sentían extrañamente húmedas al chocar contra sus mejillas. Los estudiantes abandonaban el salón entre chácharas, desempacando sus almuerzos, y otros contando el dinero mientras discutían qué podían comprar en la cafetería. Sus tres amigas estaban de pie esta vez, cada una observándole a su manera; Leon se veía nervioso... algo demasiado inusual.
—Tienes que calmarte, Emil, amigo... tu aroma pone inquieto a cualquiera—Yong Soo le comentó como si hablara con un niño, acariciando su cabello para tranquilizarlo. Su acción surtió efecto: ante la esencia dulce, adormecedora y agradable del coreano, que comenzó a rodearlo como una manta... se sintió verdaderamente protegido.—Así, ¡muy bien!
Así que por eso Leon se había puesto tan nervioso.
—Lo siento—murmuró en un temblor—No sé... sobre todo esto—se sinceró ante los demás.
—No le hagas caso a lo que te dicen, Emil—Michelle le sonrió como una dulce amiga, pero luego su ceño se frunció con enojo.—Es que no tienen nada más para alegrar sus tristes vidas... ugh, pero deja que me las encuentre en el pasillo, ¡ya van a ver!
—Esa es la actitud Michelle—el coreano y ella chocaron puños—Pero golpéales en los pechos, ¡que ahí les duele más!
—¿De qué? ¿De qué hablan, chicos? ¿A quién vamos a golpear?—preguntó Camille con una mueca curiosa.
Emil se levantó de su asiento y salió, contra su propio gusto, de su círculo de amigos. ¿Qué era esto? ¿Por qué querían defenderlo?
¿Acaso ellos también lo estaban viendo como un simple e indefenso omega?
Sabía que la presencia de Leon le seguía atrás como una sombra; podía notarlo porque su aroma le perseguía como lo hizo en sus sueños de hace tan solo unos días. La gente le mira pasar, le sonríen, le dicen cosas a las que él se hizo oídos sordos... hasta que llegó a la biblioteca, que para él era el único lugar donde podría huir, resguardarse y sentirse tranquilo. Entre los pasillos, caminando entre los estantes llenos de libros sin leer, con el silencio, la paz y júbilo que se había destruido con el correr del día, Emil deja escapar un quejido húmedo, acariciándose la mitad entre los ojos con dedos blancos y pegajosos.
¿En qué momento había hecho algo contra esas dos chicas? ¿O contra ese alfa del salón? ¿O con las personas de su escuela en general? Emil, transparente; un fantasma ingenuo de emociones primitivas, pero sinceras; un muchacho tímido y asocial, que no era capaz ni de matar una mosca..., ¿es que así lo veían ahora?
¿Como una prostituta?
—Vamos, al menos excúsate—oyó la voz lejana de su amigo, deliciosa y entrelazada, peinándole los tímpanos de manera desapercibida—No sé qué te pasó, pero sería bueno que lo hablaras conmigo.
Y es cuando el mayor se cubre los ojos en el mismo instante en que siente algo picándole en la garganta; traga saliva, respira hondo y sonríe forzosamente.—¿Qué te dijeron? ¿Que me estabas cazando?—por supuesto, Leon acertó en que Emil se estaba refiriendo a la multitud que él también tuvo que atravesar para seguirle. Él mismo se sintió asqueado de esa palabra, y asimismo detestó la insinuación irónica tras de ello, como si se estuviera postrando cual objeto.
El asiático se acercó y abusó de su fría coraza, lo toma entre sus brazos fuertemente... y súbitamente su nariz estaba en su cuello: su respiración cálida, el retumbar de su corazón... todo estaba ahí, cerca, tanto que Emil, por instinto, se relaja enormemente. Suspira satisfecho entre los brazos del alfa, la escena recrea en él un sentimiento de dejá vú: cuando aún eran unos pequeños cachorros y dormían uno al lado del otro, Leon protegiéndole sin sentido alguno, y Emil adormecido en su toque.
—¿A mí qué me importa lo que ellos digan, eh? Pensé que me conocías mejor...
El omega se separó bruscamente, aún con los ojos aguados.—¡T-Tú y yo...! N-No hicimos nada, ¿cierto? Yong Soo y tú me ayudaron...—su voz se rompió suavemente—¿Qué tiene de malo eso?
—La gente solo habla por hablar...-
—Pero me duele—bajó la mirada con temor—No quiero oírlos más- nunca más; como si yo me hubiera metido con ellos alguna vez...—entonces siente los melindrosos dedos ajenos peinarle con cuidado el cabello, el toque lo hace ronronear internamente como un gato, Emil se siente sin duda como un niño pequeño, pero por primera vez el sentimiento es placentero; le gusta, le gusta tener a Leon cerca, su fuerte aroma, la deliciosa calidez de su cuerpo. Tener un alfa cerca quema su vientre lentamente, se siente arrasado por una ola de calentura que ya había experimentado antes, con el mismo personaje, solo que esa vez, Leon lo pondría sobre la mesa y le gruñiría en el oído (con una dominante voz de alfa) que abriera las piernas para él.
Y lo empujó lejos.
El asiático enarca una ceja, clara confusión destella en su áurea mirada.
—¡Y-Ya!—jadeó sonrojado, secándose las lágrimas con rapidez—S-Sí, ¡eso! Tienes razón, la gente solo habla por hablar, no debería dejarme llevar por eso, ¿cierto?—Emil quiere golpearse la cabeza contra la pared mil veces seguidas, ¿qué mierda estaba mal con él, con su cuerpo, con su cabeza? Poco a poco comenzaba a darle la razón a todos los pensamientos de los demás sobre él, realmente parecía un tipo de prostituta, calentándose por la más mínima cosa; emocionándose por hasta el aroma más indistinguible de alfa que su nariz pudiera captar. Tal vez, solo tal vez, habría sido más llevadero si el rey de sus sueños hubiera sido otro menos su amigo de toda la vida, si fuese así, no se pondría aún más loco con el aroma del muchacho castaño cerca.
—Hey, ¿estás bien? Vamos, quita esa cara toda roja, sabes como funciona: tú me dices los nombres, y yo me hago cargo de ellos,—el asiático le guiñó el ojo con complicidad, sin embargo, Emil negó una y mil veces ante aquel enunciado.
—Estoy bien, ¿sí? Deja de preocuparte por mí, que sea un omega no me hace una nenaza—le comentó, aún huyendo de su penetrante mirada, pero al menos, el fuerte color rojo de sus mejillas parecía disminuirse gradualmente.—¿O es que también piensas eso?
Leon suspiró, inseguro de su respuesta. No quería subestimar al rubio muchacho, a pesar de que justo delante de él, sus minúsculas lágrimas se deslizaban por sus sedosas y extensas pestañas, roto y temeroso del mundo que le rodeaba como nunca antes; sabía que eso podía (más que mancillar el orgullo de Emil) hacerlo sentir acomplejado, sin embargo, cuando se trataba de impulsos e instintos, Leon sentía que nadie tenía remedio. El malestar que le causaba la inestable fragancia islandesa ponía todos sus controlados nervios de para arriba.
—Perdón—dijo simple—Igual... sabes que siempre me molesta que te traten así.
El mayor bufó, dándose una suave cachetada en su mejilla.—No me pidas perdón, idiota...- ugh, te odio, ¡deja de hacerme sentir culpable!
Leon se echó a reír sin más, haciendo que Emil, en lugar de seguirle la risa, agachara la cabeza con pura vergüenza por razones desconocidas hasta por él mismo.
—¡SILENCIO!
El gruñido gutural de la bibliotecaria los pone de puntas, y sus manos tapan la boca ajena en un arranque de temor.
Cuando volvieron del descanso, cada uno con una bolsa de galletas de chocolate que habían comprado de la máquina expendedora ("¿ves que por eso estás rellenito?" "¡¿y tú, tú si puedes comer eso?!" "Claro, Em, es que no me has visto sin camisa" "Gracias a Dios"), Emil se encontró con Lily esperándolo en la entrada del salón, mirándolo apenada. Tenía un tierno sonrojo en el rostro, y si no se hubiera cortado el cabello, él sabía a la perfección que estaría jugueteando con alguna de sus trenzas en ese instante.
El alfa asiático le palmeó la espalda, y le guiñó el ojo, cual cómplice.
La niña lo tomó del brazo, y lo alejó del salón unos cuantos metros; la última cosa que vería sería a Yong Soo interceptando al hongkonés para exigirle al menos una mísera galleta.
—¿Lily?
—Emil, lo siento tanto... sé que no fue culpa mía que huyeras así, pero... pero me siento muy mal por todo esto. No sé cómo te sientes—suspiró con los ojos cada vez más húmedos—Pero sí sé que esta situación en sí no es de tu agrado... y a pesar de eso, quiero que sepas que siempre serás mi mejor amigo y no te voy a dejar atrás, ¿está bien? No quiero que estés más triste, por favor... extraño tu malhumor...
Aquello rompió levemente el corazón del muchacho, quien le devolvió a cambio una forzada sonrisa. De pronto se dio cuenta que las cosas no serían tan fáciles como había intentado implantarse, no cuando la realización de las consecuencias de su problema parecía golpearlo en el momento menos oportuno... tener a la chica que él creía querer delante de él, sonriéndole como si no le importara que algo entre ellos dos fuese inalcanzable. Ahora que era un simple omega, todas las ilusiones que llevaron su nombre se rompieron como el cascarón de un huevo impactando contra el suelo: toda señal de masculinidad, dignidad y coquetería se fue para siempre.
Las betas no estaban con omegas, ¿no era así?
Él tenía que estar con un alfa ahora..., quién sabe, a lo mejor a la fuerza, y tendría que soportar aún más la humillación de llevar una horrible marca en su cuello a vista de todos. Ese pensamiento le provocó un espantoso temblor en las manos. Mathias le había recomendado que no pensara en el futuro, pero para Emil era imposible no hacerlo.
—Estoy bien, Lily... no es la gran cosa. Solo me molestaron los comentarios.—dijo a medias.
—Bueno, ya sabes lo que dice Vicky, ¡no tienen más nada que hacer! No le des vuelta.—la niña le abrazó fuertemente, y se sintió tan cálido.—Me hace muy feliz que te tomes las cosas así... ¡oh! Matthew dice que lo lamenta muchísimo, pero...
—No es culpa suya.
—Jeje, él es así... pobrecito.
—¿Y por qué no ha venido a decirme nada? No lo he visto en todo el día.
—¡Es que...! Está en esos días del mes—dijo con mucha timidez, sin atreverse a nombrar aquello por su denominación; cosa a lo que Emil sencillamente asintió, caminando con ella al lado hacia el salón. Así que Matthew entraba en celo una semana después del suyo: aquello se le hizo extrañamente curioso, pero no lo suficiente como para tenerlo en la cabeza por mucho rato.
Esta vez, a pesar de todo (los sentimientos de amargura, el miedo y la desesperanza) Emil se sintió mucho mejor que en la mañana, y sentarse atrás de Lily, con sus amigas rodeándole y oyendo a Yong Soo y Leon discutir acerca del final de un videojuego; lo hizo experimentar una emoción de paz y protección que, aunque efímera, apreciaba mucho.
—Oye, chico grande, ¿traes dinero, no?
Victoria le sonrió maliciosamente a Emil, cruzándose de brazos enfrente de él, impidiéndole salir de su asiento. El omega enarcó una ceja con ironía: si Victoria estaba tratando de recrear la imagen de un bully, (siendo más bajita y pequeña que él) hablándole con ese tono e irguiéndose cual digna paloma, entonces algo le estaba saliendo mal; Emil sintió de todos menos temor.
—¿Y eso?
—Bueno, mientras tú y nuestro querido Leon se escapaban a quién sabe dónde a hacer quién sabe qué,—acentuó cada palabra con sorna, ignorando las reacciones de pura molestia de ambos mencionados—estuvimos hablando acerca de ir a jugar bolos, digo, aquí ninguno sabe jugar eso, pero sería divertido, ¿o no?
—¡Sí! ¡Ya se me había olvidado!—la pequeña suiza dio unos saltitos animados, mirando a la morena con los ojos verdes más brillantes del mundo, cuales faros—¡adoro los bolos! ¡Aunque nunca he tocado el boliche en mi vida!
El joven coreano le revuelve cariñosamente el rubio cabello a la menor, desordenándoselo, sin embargo, Lily se rió feliz.—Chicas, chicas, no se preocupen, aprenderán del mejor—se peinó el cabello hacia atrás, y en efecto de cámara lenta, varios mechones oscuros volvieron a su rostro nuevamente, poniéndose todo en su lugar.
Leon hizo una mueca de disgusto.
—No sabía que jugabas eso, idiota—la muchacha africana alzó una ceja con sospecha.
—Sin envidia, Vicky; ah, es que estos genes, estos genes coreanos, desarrollan cualquier habilidad en mí: belleza, inteligencia, agilidad...
—Y psicopatía—el hongkonés le dio un golpe con su dedo índice y pulgar en la ceja, haciéndolo gemir—Mierda, no hagas eso—refunfuñó con un leve sonrojo de pena en las mejillas, que se repitió en los demás presentes.
—¿Te calienta, precioso?
—Da asco, Yong Soo—rebatió el hongkonés nervioso, no sabía si reírse o darle una patada en el culo.—Bueno, vámonos a los bolos ya. O sea, particularmente no me gusta ver cómo se acaba el día, no sé ustedes.
El único omega del grupo tragó duro al sentir las miradas de sus amigos sobre él. No tenía ganas de explorar la ciudad por ahora, de hecho, prefería encerrarse en su habitación y escuchar música hasta dormirse..., pero sabía que confesarles sus pensamientos solo los haría más renuentes a sus deseos, además de que se sentiría culpable si no les cumplía el tonto capricho de tener a alguien más en el grupo. Lanzó un gruñido de frustración—Ah, está bien, le escribiré a Lukas para que no venga—rezongó como un niño, sonsacándole una sonrisa de victoria a la morena.
—Bueno, ¡te esperamos afuera!
—¿Disculpa? ¿Desde cuándo tú eres la líder aquí? ¡Síganme los buenos!
—Cállate, estúpido—gruñó Victoria, dándole golpes en la espalda al coreano quien solo soltó una carcajada por las caricias.
El albino los miró irse con una divertida sonrisa, de repente, sentía que había sacado ánimos de quién sabe dónde. Sabía que estaban haciendo esto para motivarlo y hacerlo sonreír, y, a pesar de molestos, Emil estaba seguro de que tenía muy buenos amigos. Quizá debía bajar la guardia y dejarse llevar junto a ellos, después de todo, ¿qué mal podría pasarle? ¿Divertirse, tener un momento sano de júbilo? Con una sonrisa, envió un mensaje de voz diciéndole a su hermano que lo recogiera más tarde, que iba a salir con sus amigos, y que probablemente, comería algo con ellos.
Pero Lukas no contestaba, lo que le hizo rodar los ojos.—Bueno, al menos ya avisé...
Se levantó de su asiento esta vez, encontrándose solo, y guardó el celular en su bolso: ni a Lily ni a Victoria les gustaba que alguien estuviera en el celular mientras estaban hablando, y era mejor no hacerlas rabiar.
Una amena fragancia que navegaba por el aire lo cautivó de inmediato y, Emil, con el corazón latiéndole rápido, levantó la nariz en señal de alerta: el mismo muchacho alfa de esta mañana, que lo había llamado entre clase, le sonreía de una manera muy extraña; apoyado en la entrada del salón y obstruyéndole así el paso. Timidez afloró por su piel, conjunto de algo de temor. Aún así, Emil no bajó su mirada, cosa de la que se sintió orgulloso.
—Disculpa, voy a pasar.—susurró con suavidad, acariciando la correa de su maletín entre sus fríos dedos.
—¿Tan rápido?—el islandés le sonríe cansino, dejando salir un hondo, extenso suspiro.—Quería hablar contigo, antes de que te fueras.
—Si no es nada de la clase, no creo que tengamos nada de qué hablar—las manos que sujetaban la correa temblaban de una leve ansiedad que le producía toda la situación, por un lado, adorando la deliciosa presencia del imponente muchacho enfrente de él, y por el otro, detestando el tono, la intención y la forma en cómo le observaba; arruinando poco a poco los ánimos que había tardado en construir en todo el día. El simple hecho de objetificarse y sentirse como una presa, llenaba de un temor indescriptible y arrojador a Emil.—Con permiso—pasó por su lado, ignorándole por completo. El omega mordió su labio inferior con inquietud, rogándole al cielo y a todo lo religioso existente, que ese chico no abriera la boca una vez más.
Cerró los ojos fuertemente, refunfuñando en fastidio.
Los chicos lo esperaban en la salida de la escuela, hablando animadamente con Alfred y, quien reconoció al lado, Marcello: un joven italiano que había llegado hace relativamente poco al país junto a sus hermanos. Aún así, parecía ser mucho más sociable que Emil, quien a pesar de extranjero, llevaba más tiempo en Estados Unidos que él.
Pero había algo que incomodó y provocó un dolor profundo en el vientre del islandés: esos dos muchachos se encontraban en el partido de hockey de Matthew ese día, lo que significaba que habían presenciado cada detalle y cada escena de... lo que le había pasado.
Leon le sonrió fresco y juvenil, sonsacando un suave acalorado color en las pálidas mejillas ajenas.
—¿Y esa cara? ¿Lukas te dijo que no?—Yong Soo enarcó una ceja.
—¿A-Ah? No, ya le avisé, así que vámonos—bajó la mirada nerviosamente, sin querer hacer contacto visual con ninguno de los nuevos integrantes; pero Alfred (tan despiadado y confianzudo) lo tomó por sorpresa, levantándole de la cintura y agitándolo entre sus brazos como si se tratase de una muñeca de trapo. Emil chilló de horror, tratando de escapar, ¿qué demonios comía este tipo? ¿¡Y por qué estaba tan cerca de él!?
—¡Emil! ¿¡Estás bien no!? ¿¡Siempre has sido así de liviano!?
—¡Bájame! ¿¡Qué te pasa!? ¡Suéltame!—el nativo soltó una carcajada de pura vitalidad, atrayendo la fastidiada atención de muchos transeúntes que pasaban cerca de ellos. Lily enrojeció de pena, negando con la cabeza.
Al sentirse libre, Emil se refugia detrás de Yong Soo, mirándolo con disgusto.
—Estúpido—refunfuñó con la cara toda roja—No vuelvas a tocarme así en tu vida.
—Oh, vamos, solo te subía los ánimos—el alfa se limpió unas lágrimas de gusto que se acumularon en sus ojos—No puedes ir a jugar bolos así, amigo, tienes que sonreírle a la vida.
—Él siempre ha sido así: un amargado—le susurra Victoria mirando al omega indiscretamente.
—Te oí, ¿sabes?—rodó los ojos, alisándose el uniforme—Y no soy un amargado.
—Bueno, bueno, no tiene nada de malo ser un amargado.—Marcello intervino por primera vez desde que Emil llegó, mirándole con hermosos ojos verdes, y encantadora sonrisa. Era entendible por qué llamaba la atención de los demás.—Mi hermano mayor mayor es muy amargado también, ¡pero heh! Cuando lo quiere, puede ser un omega muy agradable y comprensivo... o sea, ¡casi nunca!—los demás se rieron junto a él—Pero bueno, Lovino tiene sus momentos...
—Dijiste hermano mayor mayor, ¿así que tienes otro hermano, Marcello?—preguntó la pequeña suiza, mirándole curiosa.
—Oh, es Feli, no es menos tranquilo, pero sí más... no lo sé, ¿acogedor? La gente siempre dice que es el mejor, pero a ambos los quiero por igual.
—Aww—Victoria juntó sus manos, posando su mentón sobre ellas—¡Qué adorable eres!
—¿Cómo se siente ser hijo único, Leon?—preguntó Camille, curiosa. Parecía que todos en aquel círculo tenían hermanos, menos aquel indiferente asiático que veía fresco los autos pasar por la carretera. Oír su nombre por encima lo devolvió a la realidad.
—Genial—se encoge de hombros—No sé, no me imagino aguantando a alguien más que a mis dos viejos... ¿supongo que tengo ventaja económica? O sea, más dinero entre menos personas, supongo.
—Tipo—Alfred lo zarandeó de los hombros—¡No todo es el dinero! ¡Tener un hermano es genial! ¡Hacer travesuras juntos! ¡Molestar colmenas de abejas hasta casi morir- bueno, ese fui yo...
—Además, tus hijos no tendrán tíos ni primos—Marcello hizo señal de sollozo con sus manos, cosa que hizo reír a Camille.
—Yong Soo y Emil serán los tíos, ¿cierto?—el hongkonés los abrazó por los hombros; Yong Soo ronroneó felizmente y Emil solo desvió la mirada.—Solo acepto regalos de buena calidad para los cachorros, nada de cosas baratas, ni de peluches endemoniados, ni...
—¿Petardos?
—¡Por ahora!—los jóvenes se rieron gustosamente con el castaño, y tuvieron que callar cuando se encontraron enfrente del centro comercial. El fresquito los recibió de una manera suculenta, que todos soltaron el mismo suspiro de relajación al unísono.
Del resto del día los muchachos caminaron el lugar, buscando qué cosas hacer, qué cosas comprar o qué lugares visitar; y cuando llegaron a los bolos, Leon Kirkland cargaba dos osos pandas de peluche gigantes, Emil comía complacido dulce de regaliz, Lily y Victoria observaban con adoración sus bolígrafos rosados de brillitos y Yong Soo acariciaba la tapa del nuevo videojuego de terror que había comprado.
Alfred fue el que empezó el primer turno. La bola se atoró en sus dedos, y gimió de miedo tirando su mano al piso para que la pelota no saliera volando.—¿¡Cómo es esto!?
—Que te diga Yong Soo, él es el experto, ¿o no?
Desgraciadamente para Victoria, el coreano le sonrió coquetamente y, con una suficiencia que jamás se le había visto tan asegurada antes, toma entre sus dedos la pelota y esta corre sobre la superficie, derribando ocho bolos en el proceso.—Oh, supongo que estoy un poco oxidado.—irguió su pecho con falsa modestia; la morena de coletas se cruzó de brazos con el ceño fruncido, al parecer, esperando que el alfa se humillara él solo.
—Pudiste haberte hecho un pleno—susurró el hongkonés, tomando su turno, y mirándole con desprecio mientras apuntaba el boliche.—¿A dónde se fueron tus genes... qué? ¿Vietnamitas?
—Coreanos—gruñó Yong Soo, cruzándose de brazos. Emil se asomó por el brazo de Leon, viendo con inmensos ojos brillantes cómo su amigo apuntaba un perfecto pleno- un "wow" colectivo emergió de la boca de los presentes. De paso, admiró el movimiento de la pequeña máquina que recogía los bolos y los organizaba de nuevo en su lugar, algo que solo había visto en las películas y series.—Ya, ya, ¡solo fue suerte!
—Lo haces ver tan fácil...—murmuró tímido el joven nórdico, sonrojándose ligeramente ante darse cuenta que lo estaba adulando inconscientemente.
—¡Agh! ¡Que no es la gran cosa!—el coreano tomó de las mejillas al omega, agitándolas como si quisiera que naciera fuego de ellas. Emil gimió suavemente, tratando de alejarse.
—Déjalo, está maravillado por mis dotes, o sea, no lo culpo—el hongkonés le sonrió burlonamente, alejando a Emil por los hombros—Estos genes hongkoneses lo son todo.
—¡Chinos! ¡Son c-h-i-n-o-s!—corrigió el alfa de cabellos negros con una risita maliciosa.—Aún no son un país, ¿o sí?
—Querido Yong Soo, no, no lo es, eso no le quita el enorme potencial como territorio independiente que tendría si China no apresara su yugo sobre él.—enunció honradamente, levantando la cabeza y cruzándose de brazos. La vista provocó una sincera risita que emergió del único nórdico del grupo, y con la voz aguada, habló:
—Sabes cómo se pone Leon cuando se trata de ese tema, Yong Soo, solo admite que te ganó y ya—el alfa coreano rodó los ojos, golpeando con sus dedos (delicadamente) las rojas mejillas del muchacho albino. Este solo se echó a reír sin más, contagiándole una sonrisa amigable al castaño a su lado.
—Bueno, mucha cháchara, chicos, con permiso—la rubia de largo cabello se adueñó del nuevo turno, tomando entre sus dedos la pelota y lanzándola por el suelo. Cayeron siete bolos, cosa que los demás aplaudieron ya que a diferencia de los dos asiáticos, la muchacha francesa no había jugado nunca a los bolos.—Uno más y quedaba igual que tú, Yong Soo—sonrió grandemente, cosa a la que el coreano gruñó y cruzó de brazos.
—Bueno, ya déjenlo, ¿quieren? ¡Les dije que estaba oxidado!
Los demás rieron juvenilmente ante sus quejas, y la mayor parte del tiempo se la pasaron entre carcajadas y chillidos de júbilo cada vez que, sobre sus capacidades en el juego, hacían algo sorprendente. Un dulce ambiente acogedor los encerró en una fresca burbuja donde solo existían ellos; intrépidos jóvenes de preparatoria que solo escapaban del mundo para divertirse.
El tiempo pasó rápido, y cuando Victoria aprovechó un momento para revisar la hora en su celular, notó que ya eran pasadas las siete de la noche. Los demás muchachos abrieron los ojos en sorpresa ante lo efímero del momento, y sin embargo, no pudieron irse: se sintieron atraídos ante los gestos extraños y estúpidos que hacía Im Yong Soo mirando hacia un punto específico.
—¿Qué?—Leon lo miró con una ceja alzada, siguiendo el hilo de su mirada.—¿Qué pasa?
El grupo sigue las acciones de Leon, tratando de ver qué era lo que tenía así a el coreano. Al lado de ellos habían tres personas: un hombre y una mujer rubios que charlateaban llenos de ánimos sobre algo que pereció bajo el escándalo del salón; y por otro lado, una muchacha de finísimos cabellos rubios (casi, casi plateados) que cubrían pobremente su ceñudo rostro: sus fríos ojos azules trataban de concentrarse en el punto en que tenía que tirar el bolo.
Yong Soo se agarró el pecho casi dramáticamente, aún sin despegar la mirada de aquella preciosa omega, mientras se alejaba unos cuantos pasos hasta quedar más cerca de su grupo de amigos.
Entonces suelta simplemente, suspirando.—¡Wow!
—¿Wow quién? ¿La pechugona?—cuestionó Victoria con el ceño fruncido.
—¡No! ¡La que está por tirar el bolo! ¡Auch! ¿Por qué me pellizcas, idiota?
Marcello le sonrió incómodo.—¿Y por qué será? ¡Te puede escuchar!
—Que me escuche, que me escuche cómo me late el pecho...—los demás soltaron una risita divertida, regalándole miradas de reojo a aquella muchacha de pálida tez; Lily confesó en voz alta que era bastante hermosa, y que de alguna u otra forma, le hacía recordar un montón al hermano mayor de Emil: Lukas. El coreano y el islandés voltearon cada uno con su propia expresión de "¿cómo se te ocurre?" Pero la rubia solo se encogió de hombros, y fue respaldada por Victoria.—¡Tiene el aroma más perfecto...!
Alfred hizo una mueca de horror, palmeándole el hombro a su amigo como en pésame.—Ay, Yong Soo... métete con todos menos que esos...
—¿Los conoces?—preguntó Leon con una ceja alzada.
—¡Oh! Válgame Dios, ojalá no... esa de ahí es Katerina, la hermana mayor.—comenzó su discurso como un experto, todo el grupo se acercó hambriento de conocimiento—Es la más agradable, ¡y tiene buenos pechos!—susurró esta vez—De ahí no tengo problema, pero... ese Iván, que es el que sigue, es un auténtico psicópata, en todo el sentido de la palabra. Una vez lo vi caminando en pleno verano... ¡con una bufanda y un larguísimo saco puesto!—Camille jadeó tapando su boca con su mano.
—¿O sea que todos son hermanos? ¿Y cómo se llama la omega?
—¿Natalia? ¡Bah! ¡Qué voy a recordar yo eso!
—¿Y tú cómo sabes tanto de esos, eh?—Leon lo escudriñó con sospecha.
—Ya me he encontrado con ese Iván un par de veces—respondió rascándose la parte de atrás de la cabeza con resignación—No voy ahondar en qué.
El hongkonés le sonrió con burla, y Yong Soo lo miró levantando ambas cejas de una manera muy graciosa provocando una risita en Emil.—De puros golpes se trataban sus encuentros, ¿o no?
—Pero golpes de labios—Marcello arrojó sus brazos alrededor del cuello del estadounidense, acercándose y haciendo el amago de besarlo.
—¡Marcello!—rió con fuerza, empujándole—No digas algo así o me tiro del balcón...
—Ay, como sea...—Yong Soo se encogió de hombros, volteando a ver de nuevo aquella muchacha de largos cabellos. Su turno había terminado, y en estos momentos chocaba las palmas con su hermana por haber hecho un pleno.—Amor es amor, ¡y vale más si es a primera vista! ¡Pónganme a quien sea delante de Nata y mío! Nada nos va a detener...
El único omega del grupo soltó una risita cantarina, provocando que Leon se volteara a verlo tiernamente.—¿Estás viendo esto, Em? ¿Nuestro queridísimo amigo de toda la vida, Yong Soo, enamorado?
—No se pongan celosos, ustedes dos...—Yong Soo les tiró un beso amistoso.—Que en la noche podemos seguir jugando... ¡no me frunzas el ceño, bombón!—le agarró una de las mejillas al gruñón islandés, y la soltó volviendo a la hermosa muchacha—No puedo creer que tenga que irme y no verla jamás—se coloca una mano en la frente y se tira sobre Leon, quien lo agarra para seguirle el papel de dramatismo.
Alfred bajó la mirada con incomodidad, tratando de esconderse detrás del grupo por si el masivo ruso que sonreía a sus hermanas tiernamente se atrevía a voltear para buscarlo, ya que, si no estaba mal, lo más probable es que ya hubiera sentido su olor cerca.—Ni se te ocurra pedirle el número a esa, olvídala y vámonos—se rascó la nuca con una risita molesta—No me digas que no te lo advertí.
Emil mira aquella muchacha con pena.
A pesar de la apariencia infantil del único hombre de los hermanos, emitía un olor demasiado duro, fuerte- tanto que no podía culparse de tenerle miedo desde el fondo del pecho. Leon también se sintió ligeramente intimidado, y sin más, sacude el hombro de su amigo asiático quien le mira absolutamente tristón—Vámonos—el joven castaño empuja a sus dos amigos lejos de aquellas tres personas, y el grupo le sigue por detrás.
Lily infla las mejillas y mira hacia atrás, de nuevo a aquella linda chica.
Se estremece cuando ambas encuentran miradas -los fríos azulejos de la omega le sacuden y le entumecen la piel desde los talones hasta las orejas. Su mirada era... incómoda, pesada, y casi asesina.—¡E-Espérenme!
Los días habían pasado de una manera casi tediosa para Emil. Se sentía amado en casa, querido por sus amigos y aceptado por los mismos, sin embargo, no era la misma cosa que recibía de los exteriores. Matthew había venido directo a él al regresar a clases a pedirle disculpas por todo lo que había sucedido, cosa que hizo a Emil recordar cada precisa escena de lo que había pasado aquel día en el partido, en el baño, y en su habitación. Se sentía además azorado de sus pensamientos, incómodo del señalamiento a su persona: de pasar a ser nadie, a ser el lindo omega de primer año, no solo llamaba la atención de la gente, sino también su malsana diversión y comentarios estúpidos.
Claro que Emil, orgulloso como había decidido forjar desde estos últimos días, había preferido enterrar sobre arena aquella presunción y difamaciones de su nombre; no conocía a esa gente y no lo haría jamás. No habló el tema con Lukas, ni siquiera con Leon- encerró sus problemas para sí mismo (como debía ser) a pesar de las quejas y suspiros cansinos de su amigo asiático. Él podía hacer las cosas solo.
Para él había un problema más gordo que ese: su reacción innatural sobre la fragancia de té de Leon Kirkland. Había estado buscando en internet si es que el único loco, depravado, animal era él; pero era un efecto bastante normal en omegas en celo cuando entraban en contacto con aromas de la otra casta. Con vergüenza, Emil había aprendido que aquella debilidad a los olores se extendería hasta el post-celo (que duraba alrededor de tres o dos días) y aún así... no tenía sentido. Ya había pasado más de eso y ahí estaba, autodestruyéndose con pensamientos no sobrios acerca de quien no debía; ultrajando la presencia y aroma de Leon sin juicio.
No sabía cuánto iba a durar esa mierda, pero Emil no podía dejar otro día más así. Si quería ser amigo de Leon, debía dejar de recrear en su mente cada maldita escena del kamasutra que había practicado en sueños pasados con él.
—Es extraño.
Emil se recostó con total confianza tomando total control del delicioso sofá de la sala de estar, mientras su anfitrión dejaba una humeante taza de té en la mesita de vidrio enfrente. El finlandés servía con mucha paciencia (repartiendo de manera equitativa) un extraño dulce negro que al mordisco de algunos podría sentirse desagradable, pero el salmiakki no era para cualquier persona. Tomaría algún bocado, pero por ahora, el menor se concentró en hablar de sus problemas a la persona indicada: Tino Väinämoinen.
Habían cosas que no podía hablar con Mathias, porque sabía que al hacerlo, estaría condenado a que su hermano supiera también esa información.
—Huelen muy bien—el menor se tapó el rostro con vergüenza—¡Demasiado bien!
—¿Y te molesta eso?—Tino preguntó con el ceño fruncido, mientras tomaba de su taza de té.
—Bastante, porque... no los veo bien, ¿me entiendes? Me están volviendo loco. No... no pienso cosas lindas de ellos, no...-
—¿Te cuesta verlos como tus amigos?
—¡S-Sí...! Sabes... ugh—se levantó del sofá, mirando a su amigo finlandés con un fuerte sonrojo en las mejillas—¡Ugh! No puedes decirlo esto a nadie, ¿entiendes?
Las pupilas de Tino se expandieron al sentir que algo de placentera información ajena entraría por sus oídos en cuestión de segundos. El hombre asintió varias veces, colocando su dedo índice sobre sus labios en señal de silencio hasta la tumba. Era increíble las gamas de color rojo que el joven delante de él podía adquirir en su rostro cada vez que el tiempo pasaba- Tino se enterneció rápidamente, y le sonrió con cariño para que se calmara aunque fuese un poco.
—En mi... mi...
—¿Celo?
—Eso—susurró tímidamente, tomando un rápido sorbo de té para pasar su garganta. Aún le costaba decir esa palabra, aceptar las cosas tal como eran. Pero resolver sus problemas era más importante que cuestionar su existencia, eso creía.—Yo soñé con a-a...alguien...—respiró hondo, una y otra vez; Tino se tapó la boca con sorpresa.—¡No pongas esa expresión!
El omega mayor se echó a reír—¡Lo siento! ¡Es que no te imaginaba en esas pronto, Emi!
—Ugh—el menor se cruzó de brazos, inflando las mejillas—Ya no te voy a contar nada...
—Lo siento—frunció las cejas para arriba, mirándolo con tristeza.—No quería que te pusieras incómodo. Es un tema complicado al principio, pero me parecen lindas tus reacciones...
Emil observó a Tino de nuevo. Le fue casi imposible mantenerse enojado con él, más cuando era tan honesto, amable y comprensivo -de hecho, el menor se sintió algo culpable de siquiera haberle amenazado con silenciarse.—Uhm... está bien, te lo contaré.—comió otro dulce negro, y pasó rápido con té. Su tono de voz agudo y la rapidez de sus palabras fue un desafío para el entendimiento del pobre finlandés:—Cada vez que se me acerca mucho siento su aroma y me vuelve loco y pienso en esos sueños—jadeó luego de balbucearlo todo—¡M-Me cuesta mantenerme tal como era antes! Ah...—suspiró escondiendo su rostro en sus manos—Me siento tan sucio e impuro cada vez que lo veo... Leon es tan inocente...
—Oh, Em—el rubio le sonrió cálidamente, revolviéndole los cabellos. Una mirada de dulzura resplandeció en sus ojos—¿Pero cómo vas a decir eso? ¡No te sientas así! Todos pasamos por eso, honestamente—se rascó la mejilla—Bueno, es normal ponerte así por los aromas de alfa alrededor de ti, ¡son nuevos! E influyen mucho en nosotros... y sobre Leon—el islandés desvió la mirada ante su tonto sugerente—Seguramente soñaste con él porque fue lo último que llegaste a oler, ¿pero qué tiene? Así podría haber pasado con otro alfa—se encogió de hombros. Las yemas de sus dedos acariciaron con devoción la curvatura de su hinchado vientre; Emil siguió su gesto con algo de incomodidad, apretando un poco las piernas. Su aroma dulzón era entrelazado con algo de leche, debía de ser por su maternidad; era agradable, pero toda la situación le ponía nervioso.—No deberías darle tantas vueltas a las cosas y cargarte la culpa, él jamás lo sabrá, y no es algo que hiciste con intención, ¿o sí?—el islandés negó con la cabeza.
—Tino—pegó sus rosados labios a la taza de porcelana. Su mirada lila recayó sobre el alfombrado bajo sus medias, Emil se había asegurado de quitarse los zapatos antes de entrar al cómodo apartamento de Berwald y Tino. Era un lugar, aunque no muy grande, acogedor- además de que ciertos diseños blanquecinos y curvilíneos de las cerámicas daban la perspectiva de algo lujoso y pulcro. Pero Emil no creía que fuese el lugar ideal para tener cachorros. Él consideraba que era mejor una gran casa, con un patio extenso para que los niños pudieran jugar y divertirse; también una limpia ventana para poder vigilarlos y evitar que se lastimaran mientras horneaba pasteles en la cocina. Incluso podría haber un jardín en la entrada de la casa y podría enseñarle a los cachorros a cómo hacer gajes de jardinería—¿Cuándo nacerá el bebé?
Tino cinceló en sus labios claros una risa colorida y brillante, oprimiendo el pecho del menor de una emoción contagiada.
—¡Septiembre! Aún no sabemos qué día, ¡pero sabemos qué será! Ber y yo ya hemos comprado un sinfín de cosas...,—suspiró soñadoramente—va a ser una linda niña. ¿Te lo puedes imaginar? ¿Algo tan pequeñito que se parezca a él y a mí? Yo tampoco, pero debe ser muy hermosa...—junto las manos, mirando a través de la ventana al fondo que daba la vista a la ciudad.
Emil pensó un momento en eso. Podría ser una linda niña, de piel blanca y mejillas como manzanas: poseer los intimidantes ojos azules de Berwald, o parpadear con los inmensos océanos achocolatados de su madre- brillante cabello rubio claro que se agitaría cuando la pequeña corriera por el parque, o por el campo, o por el andén; una sonrisa adorable e infantil cruzaría su redondeado rostro. Parpadeó sin más, suspirando y recargándose contra el sofá.—Eso creo...
—No tengo hermanos, pero ustedes serán los tíos, ¿cierto?—asintió varias veces—¡Sí! Berwald sugería que sacáramos a Mathias de la lista,—Emil se rió divertido—pero bueno, ¡sabes cómo es! Siempre han sido rivales, pero en el interior, se quieren mucho, ¡por algo serán familia!—el finlandés acarició la marca en su cuello de manera inconsciente, y algo dentro de Emil se revolvió ante aquel pequeño impulso- desvió la mirada, incómodo.
La cháchara de ambos omegas se vio interrumpido por el arribo de un hombre alto, corpulento y de una expresión tan oscura y fruncida que haría que el corazón de cualquiera se le escapara por la garganta. Berwald los miró a ambos con sus típicos ojos, pero los dos muchachos, más que acostumbrados a el rostro del sueco, no se sintieron en lo absoluto intimidados. Emil observó con un sonrojo en las mejillas como el rubio finlandés se paraba de su asiento para empinarse y tocar sus labios- el alfa se encorvó suavemente, delineando su cintura, su vientre, y le besó por unos segundos.
Tino le sonrió feliz.
Emil sintió que ya podía volver la mirada hacia arriba, y saludó al hombre con su mano.—Berwald...
—Hej, Emil—saludó en un sueco que Emil captó sin problemas, era una costumbre del círculo nórdico (dígase: Mathias, Lukas, Berwald y Tino) saludarse en sus respectivas lenguas. No había razón por qué, simplemente de niños les había parecido divertido. Berwald se acercó a él y le revolvió el platinado cabello como si se tratara aún de un niño, cosa que hizo que el menor inflara las mejillas con indignación—¿Cómo te ha ido en la esc'ela?
—Bien... nada nuevo, en realidad—mintió. No tenía ánimos de hablar acerca de los nuevos tratos que estaba recibiendo día a día, prefería no tocar ese tema con nadie más que consigo mismo.—Es más, creo que mejor me voy, tengo un... montón de cosas que hacer, sí.
El muchacho les sonrío forzosamente a ambos, era claro que el chico era malo para expresiones agradables, sin embargo, Tino le devolvió el gesto con cariño y blandió su mano mientras veía cómo desaparecía por la puerta. Sintiéndose solo, (el aroma a lavandas poco a poco esfumándose del aire) Berwald se atreve a hablar.
—¿Pr'blemas de adol'scente?
Su omega se tapó la boca para esconder una risa, y alzó el mentón para ver a su marido a los ojos.—¡Sí! Ven, te lo contaré todo, ¡Emil es tan lindo!
Berwald suspiró, inseguro de si era lo correcto escuchar cosas que no le incumbían.
nota: pues me salio mas extenso de lo k esperaba, y eso k me puse a escribir esto con 3 parciales encima XD. aphrosee tkm mucho, gracias por tu lindo comentario¡ asdf siento que la relacion de lukas y emil es demasiado tierna, ademas de que este universo les encaja bien conforme a como se tratan ;u; milenkaaaa me puso muy feliz ver tu review, siempre me suben el animo, creo que compartimos el mismo amor por el nene islandés¡ y dios sería super genial leer algo omegaverse con ice incluido, te quedaría muy bien! xfaaa
