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Capítulo 41: Héroes y castillos

-Bienvenidos a Hogwarts –dijo la firme voz de McGonagall.

Hermione se incorporó sobre su trasero y miró a su alrededor. Estaban en el despacho que antes había pertenecido a Dumbledore; Harry, Draco, Ron, Devany y Tonks se hallaban despatarrados por el suelo en el reducido espacio que el resto de los miembros de la Orden no ocupaban. De pie, a la mesa de la directora, se encontraba Minerva McGonagall rodeada por Sprout, Flitwick, Slughorn, Sinistra, Vector, Trewlaney y Hagrid. Había otro hombre allí –Hermione supuso que se trataba del nuevo profesor de Defensa Contra las Artes Oscuras –pálido, con el cabello negro como la brea y rizado cayendo hasta la mitad de su espalda, y vestido con una túnica oscura. No parecía mucho mayor que ella.

Él la estaba mirando desde sus profundos ojos verde amarronados, pero Hermione se vio obligada a interrumpir el contacto visual cuando con cierta brusquedad, Draco le plantó una mano bajo las narices para ayudarla a ponerse en pie. Aceptando su ayuda, Hermione se levantó, sorprendida por la mueca de enfado del chico.

-Potter –dijo Minerva y con un asentimiento saludó al resto de la Orden –Para quienes no lo sepáis este es Sean Fawcett, auror y profesor de Defensa Contra las Artes Oscuras, va a ayudarnos a preparar a Hogwarts para el ataque –el aludido asintió con expresión imperturbable y los ojos fijos en Hermione.

Minerva hizo un gesto con una mano para llamar la atención sobre una detallada miniatura del castillo y los terrenos que reposaba sobre la mesa. Incluía el lago, el campo de quidditch y la muralla que rodeaba la escuela.

-Bien, los puntos débiles para entrar a Hogwarts son las verjas y el lago –los señaló en la miniatura con un dedo huesudo y levemente arrugado. Hermione se dio cuenta de que la directora parecía haber envejecido diez años desde la muerte de Dumbledore –el calamar gigante y los sirenios han sido alertados y colaboraran para proteger ese acceso. De cualquier modo, Fawcett soltará gryndilows y otras criaturas marinas peligrosas. Pomona ha preparado varias Tentácula Venenosa para ser trasplantadas en la orilla del lago y Flitwick convocará un Encantamiento Barrera. En cuanto a las verjas, Horace ha conseguido unas cadenas forjadas por gnomos para protegerlas y esta misma mañana Flictwick y yo hemos lanzado varios hechizos que mantendrán ocupados a todos aquellos que intenten entrar por ahí.

-Los puntos débiles están protegidos, Minerva –dijo Moody con su voz áspera –pero un buen adversario ataca por donde más seguros nos creemos.

-No pueden entrar en Hogwarts si no es desde fuera –aseguró la directora –hemos inspeccionado palmo a palmo el colegio con ayuda de los elfos domésticos, clausurado la Sala de los Menesteres y Horace ha vigilado a los alumnos de Slytherin sospechosos de trabajar bajo las ordenes de Voldemort. No volverá a repetirse lo de meses atrás –y lanzó una dura mirada a Draco por encima de sus gafas cuadradas, que él soportó con aparente indiferencia.

-No hablo sólo de eso, Minerva –continuó el ex –auror –deberíamos preocuparnos también del resto de la muralla que protege Hogwarts. Tiene una alta seguridad mágica pero no estaría mal reforzarla y colocar sensores de ataque.

-Buena idea –coincidió Flitwick, cuya calva apenas se veía asomar por encima de la mesa.

-El siguiente paso será colocar trampas y sorpresas en los terrenos de Hogwarts que rodean el castillo –procedió McGonagall –el profesor Fawcett y Hagrid nos han prestado amablemente sus ejemplares de una especie ilegal que han creado –lanzó una mirada de censura al gigante que trató inútilmente de encogerse, enrojeciendo, y al auror, que permaneció impasible y serio –que creemos, podrá sernos de gran ayuda. Pomona tiene unas cuantas plantas en el Invernadero número 9 que podrán ser útiles. Dejando al lado las entradas y los terrenos, en cuanto hayamos colocado todas las plantas, criaturas y hechizos fuera del colegio, sellaremos mágicamente las Puertas de modo que sólo puedan abrirse desde dentro y después de realizar laboriosos hechizos. Las ventanas del primer piso ya han sido selladas durante la noche por los miembros del profesorado y esta mañana hemos encargado a los prefectos y a alumnos de confianza de cada casa continuar con el trabajo en el resto de los pisos y torres del colegio.

-¿Y qué vamos a hacer con los alumnos? –preguntó la Señora Weasley -¿no serán evacuados?

-El Ministro ha vetado esa posibilidad –explicó McGonagall –pero evidentemente evacuaremos al alumnado en caso extremo. Mientras tanto, he dado órdenes a los prefectos de cada casa de cuidar que los alumnos permanezcan en sus salas comunes. En cada una de ellas hemos habilitado un traslador que de ser necesario evacuará inmediatamente a los alumnos al Ayuntamiento Mágico de Edimburgo, ya que al no contar con la colaboración del Ministerio es imposible trasladarlos allí.

-¿Y qué pasará con los alumnos mayores de edad? –preguntó Hestia.

-No podemos obligarles a quedarse en sus Salas Comunes. Hace apenas una hora, comunicamos la situación al alumnado y algunos alumnos de séptimo curso han manifestado su intención de luchar.

-¿Y los elfos domésticos¿Qué será de ellos? –cuestionó Hermione angustiada.

-De momento estarán a salvo en las cocinas –dijo Minerva –pero pueden desaparecerse fuera de Hogwarts cuando lo deseen.

-¿Y qué vamos a hacer dentro del castillo? –preguntó Fred con expresión inocente.

-¿Dentro del castillo? –preguntó McGonagall desconcertada.

-Sí, todas esas medidas de seguridad de las que ha hablado son para evitar que entren, pero si lo hacen, tendremos que tener algo preparado¿no? –explicó George.

-Bueno, eso es cierto…

-No diga más, Minerva –la interrumpió Fred dándose aires mientras junto a su gemelo, se abría paso entre la aglomeración de miembros de la Orden y profesores para llegar hasta la mesa, donde cada uno depositó un abultado maletín, peligrosamente cerca de la miniatura del colegio –Somos sus hombres.

-¿Qué es eso? –preguntó Sprout con curiosidad.

-La nueva gama de productos Weasley para casos como este –anunció George abriendo su maletín de piel de dragón –Fred y yo hemos diseñado una nueva línea que creemos que encontraréis bastante interesante…

-Bombas fétidas –enunció Fred sacando una bolsa llena de bultos que hizo un ruido desagradable al ser depositada sobre la mesa.

-¡Fred! –le reprendió Molly -¿de verdad crees que son esos artículos de broma lo que necesitamos ahora…?

-Mamá, no son simples artículos de broma –explicó Fred con tono condescendiente –estas bombas fétidas no sólo apestan, sino que arrojan una nube de humo que hace imposible ver ni un dragón a dos centímetros. Pero el humo mágico sólo ciega a las personas que estén en el lado equivocado del pasillo donde se arrojen, no sé si me entendéis.

-Y esta maravilla –dijo George mostrando una hilera de algo parecido a posavasos de pequeño tamaño –son discos mordedores. Cuando se arrojan hacia alguien le persiguen hasta alcanzar su objetivo y cualquier hechizo que reciban, sólo hará que se multipliquen… por ocho –añadió con aire soñador –son mis favoritas.

-¿Y quién recuerda nuestros maravillosos fuegos artificiales? –preguntó Fred sacando una caja rectangular de color rojo escarlata –Pues los hemos mejorado. Ya no sólo dicen obscenidades, sino que lanzan redes atrapadoras y paralizan a todo aquel que toque una leve, diminuta e insignificante chispa.

-Y nuestra última ganga, es esto –George sacó una cesta de mimbre llena hasta arriba de algo parecido a gominolas con forma de ratón –Son ratones explosivos, si los pones en el suelo no pararan hasta encontrar al mortífago al que las dirijas para explotar convenientemente bajo sus pies.

-Querido profesorado –Fred les saludó con un teatral asentimiento de cabeza –querida Orden –repitió el mismo gesto acompañado por su gemelo –esta es nuestra pequeña contribución a la causa.

-Sin duda muy… -McGonagall pareció buscar las palabras –didáctico y posiblemente útil –después echó un vistazo rápido a su reloj –Bien, no nos queda mucho tiempo. En el hall están esperando algunos alumnos que se han ofrecido voluntarios para ayudar en las labores de protección del colegio. Filius, acompaña a Kingsley, Tonks, Remus y Alastor por los terrenos para reforzar las murallas y las verjas. Pomona, llévate a Potter, Malfoy, Mundungus, Bill y Fleur Weasley y a cuantos alumnos necesites para trasplantar las Tentácula Venenosa en las orillas del lago y las demás plantas peligrosas por los terrenos. Hagrid, Sean, llevaos a Ronald Weasley, Apeldty, Granger, Hestia y los Weasley para soltar esos… esas criaturas por los terrenos. Horace, usted, Sybill y Sinistra supervisen el sellado de las ventanas del resto de los pisos. Vector, acompañe a los Gemelos Weasley a repartir sus… artículos entre los alumnos mayores de edad que quieran ayudar en la defensa del colegio. Yo iré a buscar a Argus y a Pomfrey y convocaré a los fantasmas, cuadros y armaduras. Nos reuniremos en el hall en cuanto hayáis acabado vuestras labores. Si a las siete de la tarde no habéis finalizado con ellas, acudid al hall igualmente pues sellaremos las puertas. Horace, ten preparada toda la Felix Felicis que puedas para entonces. Eso es todo.

Inmediatamente, la pequeña aglomeración de profesores, aurores y antiguos estudiantes del colegio, se puso en movimiento, apelotonándose en torno a la puerta. Hermione se colocó tras Hagrid y dejó que él le abriera el camino, seguida del nuevo profesor que hablaba con Devany Apeldty. Hermione recordó que la chica había mencionado que eran viejos amigos, pero a pesar de todo, se sentía incómoda al tenerlo cerca pues tenía la sensación de que él la miraba fijamente, a pesar de no poder verle. Cuando al fin llegó a las escaleras, se sobresalto al sentir una mano sujetándola posesivamente por la cintura. Draco se las había apañado para colarse entre la gente hasta llegar a su lado.

-Voy contigo –dijo él con sequedad, como toda respuesta a la mirada sorprendida de Hermione.

-Pero, McGonagall ha dicho…

-Me importa un bledo lo que esa vieja haya dicho: voy contigo –insistió él hoscamente, y miró al frente con determinación. Hermione se dio cuenta de que tenía las mandíbulas tensas, endureciendo su rostro, y sus ojos grises habían adquirido esa tonalidad de cielo tormentoso que advertía del peligro. Por alguna razón que Hermione no alcanzaba a comprender, Draco estaba furioso.

Así que se tragó su tendencia natural a objetar y guardó silencio, porque en realidad, no quería separarse de él. Aunque en teoría faltaban unas cuantas horas para el ataque, Hermione sentía el corazón latiéndole nerviosamente en el pecho. Estaba de nuevo en Hogwarts, pero no para estudiar, perderse en la biblioteca o charlar con Harry y Ron hasta altas horas de la madrugada en la Sala Común. Allí había conocido la magia, sus amigos y Draco. Los pilares de su vida actual.

Y ahora debía evitar su destrucción.

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El grupo del profesor Fawcett y Hagrid en el que Hermione y Draco estaban, abandonó el colegio y caminó por los terrenos de Hogwarts hasta adentrarse unos cuantos metros en los terrenos del Bosque Prohibido. Después de andar unos cinco minutos, Hagrid se detuvo y miró a Sean Fawcett, quien asintió imperceptiblemente. Hermione vio como el guardabosque sacaba un tosco silbato de madera, que quedaba oculto bajo sus barbas y lo soplaba. La chica empezaba a pensar que el silbato estaba averiado pues no emitió ningún sonido audible, cuando sintió como la tierra comenzaba a temblar bajo sus pies con un murmullo semejante al de docenas de enjambres de abejas zumbando.

-¿Qué coño… -comenzó Draco aferrando a Hermione para apartarla del temblor que parecía hallarse frente a ellos, pero justo en ese momento, en el claro entre los árboles junto al que se encontraban comenzaron a aparecer pequeño cráteres en la hierba. Toda la comitiva se volvió hacia ellos y Ron tomó automáticamente la mano de Devany cuando vieron aparecer las primeras criaturas.

Como setas brotadas de la tierra, unos extraños seres asomaron sus blanquecinas cabezas de los hoyos que acaban de abrir, para arrastrase fuera, revelando parcialmente su cuerpo. Tenían el aspecto de larvas gigantes cruzadas con medusas por el tono blanquecino y casi brillante de su piel –o lo que quiera que fuera lo que recubría sus cuerpos-, pero cuando al fin estuvieron al completo fuera de sus madrigueras, Hermione ahogó un gemido de horror. Al final de sus cuerpos de larva, como un ramo de flores, brotaba un racimo de pequeños y esqueléticos brazos con apariencia humana. Eran de color violeta intenso, pero tenían articulaciones y estaban rematados en pequeñas manos cuyos dedos se semejaban a las ramas retorcidas de un árbol viejo.

-Joder, son horrendos –murmuró Draco alejándose unos pasos con Hermione. Ron y Devany, a su lado, parecían demasiado impresionados para moverse, pero Hagrid sonreía feliz.

-¿No son preciosos? –preguntó acercándose a los seres que emitieron un chillido desagradable pero que a juzgar por sus movimientos corporales, parecía ser algo así como un maullido cariñoso.

Sean Fawcett sonrió misteriosamente al ver las caras de espanto los jóvenes y los Señores Weasley.

-Tal vez no sean preciosos, pero son bastante útiles –dijo sacando algo parecido a unas correas de hilo plateado del bolsillo de su túnica –necesitaremos esto.

-¿Es qué tenemos que ponerles una correa? –preguntó Ron con voz estrangulada, apretando fuertemente la mano de la medimaga.

-Si queremos llevarlos hasta los terrenos del colegio, sí –respondió Sean agachándose junto a una de las criaturas y poniéndole una correa plateada en torno a lo que debía de ser su cabeza con un movimiento rápido y límpido. La criatura emitió otro estridente chillido y se restregó cariñosamente contra los tobillos del auror, que sonrió de lado acariciando el cuerpo alargado del ser.

-Pero¿qué demonios es eso? –preguntó Draco, irritado.

-Es cierto, no os hemos presentado –dijo Hagrid excitado mientras ponía correas a las criaturas de dos en dos –se llaman Grassters. Tenéis que verlos en acción, son …

Draco contuvo su ácida réplica al sentir el leve apretón de Hermione en su muñeca e hizo de tripas corazón para sujetar el montón de riendas que el gigante le ofreció con expresión de ser un abuelo bondadoso repartiendo caramelos entre sus nietos. A su lado, Hermione tomó otras cuantas riendas y se mordió el interior de los labios para no gritar cuando los Grassters comenzaron restregarse con sus tobillos.

-¿Y qué es exactamente lo que vamos a hacer con esto? –inquirió la señora Weasley, lívida.

-Oh, es sencillo, sólo tenemos que llevarlos hasta los terrenos para que se entierren allí.

-¿Se…entierren? –preguntó Devany con un hilo de voz. Sean le dio un puñado de riendas y un suave apretón en la mano. Ron se removió con expresión hostil a su lado.

-Son como topos –explicó Sean –hacen agujeros bajo tierra y se quedan allí, ocultos, esperando el momento adecuado para salir.

Devany no pareció sentirse mucho mejor tras la explicación, pero no hizo más preguntas.

-¿Estáis listos? –preguntó Hagrid. Nadie respondió así que él se lo tomó como un sí y comenzó a andar de regreso a los terrenos junto a Sean, llevándose con ambos un par de docenas de Grassters, que se arrastraban increíblemente rápido por el suelo, aferrándose a la hierba con sus reducidas manos como si fuesen patas.

Los Weasley, Ron, Devany, Hermione y Draco les siguieron tratando de mantener la mayor distancia posible entre ellos y los Grassters. Después de unos minutos, los árboles empezaron a ralear y ante ellos se irguió el castillo de Hogwarts con sus terrenos. Aquí y allá había grupos de alumnos que orientados por profesores transportaban macetas con las más extrañas plantas o jaulas en las que se agitaban diversas criaturas. A las orillas del lago, un grupo trasplantaba Tentáculas Venenosas mientras el calamar gigante agitaba sus tentáculos en el agua, como si estuviera saludándolos. Hermione pudo distinguir la cabeza pelirroja de Ginny luchando contra la planta junto a Harry y sintió que el corazón le latía de emoción. Hacía tanto que no la veía… Luna Lovegood y Neville se encargaban de otra planta que parecía estar estrangulando al muchacho, pero un chico con la túnica de Slytherin se acercó a ayudarlos. Draco reconoció a Theodore Nott a pesar de las distancias y sintió una incómoda sensación de algo parecido a añoranza. No había rastro de Zabini, Crabbe, Goyle o Pansy por los terrenos, y él estaba seguro de que no ayudarían en la defensa de Hogwarts, pero Theodore estaba allí a pesar de que la mayor parte de Slytherin le repudiaría por ello.

Como a él. Y le sorprendía descubrir que algo que en otro tiempo hubiera tenido tanta importancia, ahora ya no era nada. Tenía otras cosas en las que pensar.

Como por ejemplo ese estúpido profesor de Defensa Contra las Artes Oscuras y el modo en que miraba a Hermione.

-Ahora repartíos e id soltando a un grasster cada par de metros –indicó Hagrid en voz alta –tenemos que cubrir la mayor extensión de terreno posible.

El grupo obedeció y peinaron la zona, repartiendo Grassters aquí y allá que en cuanto eran liberados de las riendas, comenzaban a escavar asombrosamente rápido con sus manitas y se colaban por los agujeros en la tierra, que cerraban a continuación sin dejar rastro.

Cuando al fin terminaron de "enterrar" Grassters, comenzaba a atardecer. Las Tentácula Venenosas reposaban en los límites del lago como silenciosas centinelas que esperaban alerta para atrapar en sus redes a cualquier intruso. La superficie del lago estaba calmada y los últimos rayos de sol se reflejaban sobre ella. Había jaulas repartidas por todos los terrenos, esperando ser abiertas para liberar a diversas criaturas más o menos peligrosas.

Un último reducto de alumnos dirigidos por Sprout y Flitwick plantaba exóticos ejemplares de flores venenosas, carnívoras, cargadas de esporas con sedantes, polvos paralizantes y más trucos que darían guerra a los invasores. Hermione y el resto de su grupo se unieron para ayudarles, equipados con guantes de piel de dragón que la Profesora Sprout repartía, y charló con Luna, Neville y Parvati. Aunque Ginny estaba cerca, Hermione no se acercó a hablar con ella, pues la pelirroja estaba junto a Harry. A pesar de que no hablaban, Hermione podía notar perfectamente el modo en el que uno era consciente de cada uno de los movimientos del otro y como se miraban cuando creían que el otro no lo hacía. De pronto, Harry se acercó a la pelirroja como si hubiera algo que hacía rato que deseaba decirle y al fin se hubiera decidido a hacerlo.

-Ginny –dijo –cuando entremos tienes que ir a la Torre de Gryffindor y quedarte allí.

-No voy a hacerlo –respondió ella con tranquilidad –quiero luchar.

-No eres mayor de edad, no puedes –insistió el moreno.

-Me escaparé –replicó la pelirroja encogiéndose de hombros con naturalidad.

-Escucha, Ginny…

-Escucha tú, Harry –dijo ella con gesto serio –me dejaste para protegerme, para que Voldemort no viniera por mí, y respeté tu decisión porque no podía hacer otra cosa. Pero luchar o no, lo decido yo, no tú, ni mis padres, ni ninguno de mis hermanos. Vosotros ni siquiera estudiáis en Hogwarts y habéis venido a defenderlo, así que si alguien tiene derecho a hacerlo soy yo y los que seguimos aquí.

Y después cogió una maceta con un extraño ejemplar de planta llena de espinas grandes como colmillos y se alejó, dejando a Harry derrotado en el momento en que Sprout anunciaba que era hora de regresar al colegio para sellar las puertas.

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El colegio de Hogwarts se erguía en la inmensidad de sus verdes terrenos, como un faro en lo alto de un acantilado que ilumina al mar. Los últimos rayos de sol perecían, velados por las nubes oscuras que cubrían el cielo en ese punto intermedio entre el día y la noche, augurando una trágica tormenta. La forma redonda y pálida de la luna se recortaba en la última claridad del día, aguardando el momento adecuado para irradiar su luz.

El lago, el bosque y los terrenos estaban silenciosos, aguardando lo que se avecinaba. El colegio, imperturbable, era un conjunto de piedras salpicadas de las titilantes lucecillas que se colaban por sus ventanas. Allí, en un aula pérdida del primer piso de la que las mesas habían sido retiradas, se hallaban dos jóvenes, de pie frente a una de las ventanas. En silencio, alerta.

-¿Crees que tardarán mucho? –preguntó Hermione en un susurro, con los ojos marrones y cargados de miedo fijos en la oscuridad creciente de los terrenos, como si esperara observar movimiento en algún momento.

-Posiblemente no –dijo Draco, con voz tensa junto a su oído. Estaba a su espalda, aferrándola por los hombros como si quisiera tranquilizarla, aunque en realidad lo hacía para tratar de contener sus ganas de salir por piernas, con ella echada al hombro –En cuanto el sol desaparezca, aparecerán. Y cuando lo hagan, bajo ninguna circunstancia te alejes de mí.

-Está bien –murmuró ella débilmente. Draco sintió el impulso de pedirle que se largaran de allí o cuando menos, que acudiera a la torre de Gryffindor y abandonara el castillo con el traslador y los alumnos más pequeños en caso de ser necesario. Sabía que no serviría de nada tratar de disuadirla, pero estaba casi más asustado por ella que por él. Tenía la sensación de que moriría pronto si entraban en batalla, porque estaría tan atento a lo que le sucedía a ella, que sería un blanco fácil.

Además, Bellatrix estaría allí, rabiosa y deseosa de eliminarles a ambos sin duda. Habría gigantes, licántropos y al menos unos cincuenta mortífagos. El grueso de las fuerzas de Voldemort. De poco les servirían las varitas recubiertas de plata por Flitwick para intensificar el poder de los hechizos enviados a los hombres lobo, los consejos acerca de que hechizos lanzar a los gigantes, la ayuda de los cuadros, fantasmas, armaduras y estatuas del colegio. Los embrujos, las plantas y las criaturas no valdrían para mucho más.

Porque Él lo aplastaría todo, porque era imposible derrotarle.

-Draco –musitó ella volviéndose hacia él y sacándole de sus lúgubres pensamientos –¿crees que tenemos alguna oportunidad?

Draco miró sus ojos marrones, cargados de miedo y temor, y sintió que alguien le metía una mano en el pecho y estrujaba su corazón dolorosamente. Y mintió.

-Sí –dijo. Ella sonrió débilmente.

Porque era una Gryffindor y con esperanza o sin ella se quedaría para luchar.

-Estás mintiendo –respondió –pero sigues aquí, conmigo.

-Y no voy a irme –dijo él con resignación, acariciándole el embrollado cabello.

Porque él era un Slytherin y sin embargo, la seguiría allá donde ella fuera.

Y justo en ese momento, sucedió. Los últimos vestigios de la luz del sol se hundieron tras las montañas, las nubes se movieron en la creciente oscuridad, desvelando la luna, y un aullido animal se oyó en todo el colegio. Y como si esa fuera la acordada señal, se escuchó un estruendo en las verjas del colegio.

Draco y Hermione se asomaron rápidamente a la ventana, forzando la vista para vislumbrar lo que estaba ocurriendo. Por las ventanas de los primeros pisos de Hogwarts, aparecieron otras cabezas, tratando de ver lo que sucedía.

Más allá, donde la luz metálica de las cadenas de plata de los gnomos se aferraba a la puerta, media docena de gigantes, trataba de forzar las verjas para entrar en los terrenos del colegio. Gruñían guturalmente, aporreando las verjas, repelidos por los hechizos que las protegían. Los embrujos los apartaban y derribaban, enviándoles lejos, pero llegaban más y más gigantes para ocupar el lugar de los que caían.

Entonces, se produjo una explosión de agua en el lago y los habitantes de Hogwarts pudieron ver un par de tentáculos gigantes brillando bajo la luz de la luna, agitándose en el aire. Docenas de barcas que en comparación con el calamar parecían apenas hormigas, volcaron por las olas producidas por la bestia, arrojando a las oscuras y gélidas aguas a aquellos a quienes trasportaban. Se escuchó un grito raspante y agudo, que hizo temblar la superficie del lago al ritmo de las olas, y de las aguas surgieron las figuras de un grupo de Sirenios, alzando al cielo sus tridentes dorados. Al mismo tiempo, algo estalló en la parte de las murallas más cercana al colegio y Hermione pudo ver un rayo amarillo partir de una de las ventanas de su piso hacia el lugar, arrancando un grito de lo que quiera que hubiera tras las cercas.

-¡ATACAD! –se oyó resonar la voz severa de McGonagall por todo el colegio.

Por distintos lugares de las murallas de Hogwarts, se producían explosiones y ataques de mortífagos que trataban de abrir una brecha en ellas, saltarlas o romper los hechizos repelentes que las cubrían. Los alumnos, profesores y miembros de la orden repartidos por todo el colegio, corrían de una a otra ventana, buscando el mejor ángulo para atacar. Flitwick, encaramado al alféizar para poder apuntar mejor, sostenía el hechizo barrera que varios Finite Incantatem de los mortífagos y los puños de unos cuantos gigantes trataban de derrocar. En las ventanas continuas, Tonks, Remus y Kingsley le ayudaban, mientras Ojoloco, Hestia, McGonagall y los Weasley apuntaban, a pesar de la distancia, a las verjas de Hogwarts flanqueadas por los cerdos alados, que habían cobrado vida y volaban, embistiendo a los gigantes.

En el lago, un grupo de mortífagos había logrado llegar a las orillas a pesar de los esfuerzos del calamar y los sirenios, y empapados y desorientados, fueron víctimas de las ramas que como serpientes furiosas agitaban las Tentácula Venenosas.

En algún lugar de la muralla, que desde el colegio no alcanzaban a divisar, una horda de mortífagos encapuchados y cubiertos por plateadas máscaras que brillaban a la luz de la luna, había logrado adentrarse en los terrenos, seguidos de cerca por varios hombres lobos y un gigante.

Los grasster que Hermione y Draco entre otros habían ayudado a enterrar, hicieron su aparición demostrando por qué Hagrid había dicho que debían esperar a verlos en la acción. Sus docenas de brazos esqueléticos salían de la tierra como látigos encantados, aferrándose a los pies de los mortífagos y las patas peludas de los lobos con una fuerza que su delgadez contradecía. Los hacían caer, sorprendidos, y con un ruido de succión, comenzaban a arrastrarles hasta los mismos cimientos de la tierra, colándolos en sus mágicas madrigueras, como serpientes engullendo a sus presas que coleaban desesperados tratando de liberarse entre gritos. Aquellos que lograban escapar de las manos de los Grassters, resultaban heridos por las Atrapadoras venenosas, la Mirta Paralizante o alguna otra peligrosa planta. Duendecillos de Cornualles y Caracoles Gigantes venenosos, revoloteaban o se deslizaban por los terrenos en pos de los intrusos. Chorros de luz de diferentes colores volaban desde Hogwarts en todas direcciones.

Y entonces, un rayo de luz verde se alzó hacia el cielo como un trueno en dirección inversa y una calavera gigante de color esmeralda apareció contra las nubes, abriendo sus mandíbulas para escupir una gigantesca y brillante serpiente que se enredaba en el humo verdoso que rodeaba la figura.

La señal de Voldemort. El Terror.

-¡La Marca Tenebrosa! –se oyó gritar una voz en la clase contigua a la que Draco y Hermione ocupaban. Draco apartó los ojos de la terrible señal, pálido, tenso y acojonado. Ahora sí que había empezado la verdadera batalla. Por el rabillo del ojo vio a Bulstrode pasar corriendo por el pasillo y una idea repentina llegó a su mente. Sujetando a Hermione con brusquedad por una muñeca, tiró de ella mientras echaba a correr hacia la puerta.

-¡Draco! –exclamó Hermione siguiéndole por inercia -¿Qué haces¿A dónde vamos?

-¡Las puertas! –respondió arrastrándola por el pasillo hacia la escaleras -¡Todo el mundo está repartido por las ventanas y las puertas están desprotegidas!

-Pero McGonagall y Flitwick las han sellado –respondió Hermione, jadeando –no podrán abrirlas tan fácilmente y ni siquiera han llegado hasta ellas…

-¡No será fácil abrirlas desde fuera, pero sí desde dentro! –gritó Draco saltando los escalones mientras tiraba de Hermione, tratando a la vez evitar que perdiera el equilibrio -¡Zabini, Crabbe y Goyle siguen en Hogwarts!

No fue necesario dar más explicaciones, porque comprendiendo la situación, Hermione aceleró tanto que Draco casi tuvo que ir tras ella. Giraron un recodo, atravesaron un pasillo y al final llegaron a las escaleras que daban al hall. Desde lo alto de ellas, Draco y Hermione pudieron ver la situación que se desarrollaba en el recibidor. Filch, inconsciente, yacía en el medio del lugar, con la Señora Norris, erizada y furiosa a sus pies. De espaldas a las puertas se erguía una figura delgada y solitaria vestida de negro y frente a ella otras cuatro, tres de ellas bastante corpulentas.

Crabbe, Goyle, Bulstrode y Blaise Zabini, alzaban las varitas directamente hacia el pecho del muchacho que se alzaba ante las puertas, sin duda tratando de protegerlas.

En ese mismo instante, se oyó un golpe en las enormes puertas de madera que las hizo temblar violentamente de arriba abajo.

-¿Lo has oído, Theodore? –preguntó Zabini sonriendo de modo que sus blancos dientes resaltaban ante la oscuridad de su piel –Ya están aquí. Apártate. O estás con nosotros o contra nosotros.

-Creo que eso ya ha quedado claro, Blaise –repuso Theodore, serio pero tranquilo.

-Tú lo has querido –dijo Blaise encogiéndose de hombros. En ese momento, alzó la varita para lanzarle un hechizo a Theodore, pero alguien le propinó un codazo en las costillas que hizo que se doblara en dos. Millicent Bulstrode empujó a Zabini y este cayó al suelo, hecho una bola. Crabbe y Goyle parecieron momentáneamente desconcertados por la escena, pero después apuntaron sus varitas hacia la gruesa Slytherin dispuestos a atacarla.

Desmaius! –gritaron al unísono Draco y Hermione bajando las escaleras. Los chorros de luz que salieron de sus varitas golpearon en pleno pecho a Crabbe y Goyle, que cayeron pesadamente hacia atrás a escasos centímetros de Filch. En guardia, Millicent alzó la varita hacia Draco y Hermione, pero la voz de Theodore le detuvo.

-Déjalos, Millicent, están de nuestra parte –y movió su varita con increíble rapidez apuntando a Zabini que sin que nadie se percatara, había recuperado su arma y estaba a punto de lanzarles un hechizo -¡Desmaius!

La mano del Slytherin cayó inconsciente al suelo y la varita se escurrió entre sus dedos y se alejó rodando por el suelo de piedra. Draco, Hermione, Millicent Bulstrode y Theodore Nott se miraron entre ellos, entre los cuerpos inconscientes de tres Slytherins y Filch.

-¿Vais a quedaros a luchar? –preguntó Hermione mirando a Millicent y Theodore. Ambos asintieron, incómodos. La situación era realmente extraña. Hermione y Millicent se habían peleado en segundo curso en el Club del Duelo y la chica nunca había sido precisamente un remanso de bondad. Y para Hermione, Theodore Nott era simplemente ese muchacho callado que seguía a Malfoy y su pandilla. Nunca habría pensando que ninguno de los dos se enfrentaría a sus amigos y a los mortífagos y se quedarían en Hogwarts, defendiendo el castillo.

Pero a veces, el héroe que todos llevamos dentro sale a relucir en el momento menos esperado.

Otro golpe resonó en la puerta y todos volvieron sus ojos hacia ellas. Pequeñas chispas de luz, procedentes sin duda de hechizos lanzados desde fueran, se colaban entre las dos hojas de madera maciza.

Everte Statum–gritó una voz a espaldas del reducido grupo. Hermione apenas tuvo tiempo de volverse antes de que el hechizo impactara contra su hombro y la arrojara al suelo, como una marioneta a la que de repente le habían cortado los hilos.

-¡PARKISON! –rugió Draco enfurecido al ver la figura morena que se alzaba en pie al final del pasillo que venía de las mazmorras con la varita en alto después de haber atacado a Hermione.

-¡Traidor!¡Cobarde! –le chilló ella con lagrimas en los ojos-¡Expelliarmus!

Draco estaba tan colérico que apenas tuvo tiempo de reaccionar y si Theodore no le hubiera empujado, el hechizo de Pansy le hubiera dado. Cayó al suelo, cerca del cuerpo de Hermione, pero se puso en pie a toda velocidad, divido entre el deseo de estrangular a Pansy Parkison y el de acudir junto a Hermione. Sin embargo, un rayo de color violeta pasó por encima de su hombro antes de que pudiera decidirse y Pansy Parkinson cayó al suelo, inconsciente.

Confuso, rabioso, asustado, Draco vio a Theodore apuntando aún el lugar en el que Pansy había estado de pie y supuso que él la había atacado. Pero no se paró a pensarlo demasiado, sino que corrió hacia Hermione y se arrodilló a su lado, desesperado. Ella yacía tumbada, con los brazos extendidos y la varita precariamente sujeta entre sus dedos laxos, su cabello enmarañado le rodeaba el rostro como una alfombra de color miel y su boca aún estaba entreabierta en un congelado gesto de sorpresa. Draco la sujetó por los hombros y se sintió horrorizado al ver el modo en que su cabeza se agitaba inerte cuando él la sacudía, como si no fuera más que una muñeca de trapo.

-Se pondrá bien, sólo está inconsciente –dijo la voz de Theodore con tanta serenidad, que por un instante, Draco se calmó. Desgarrado por la preocupación, mortificado por su reacción al ver así a Hermione delante de dos Slytherins, apuntó al pecho de la chica con su varita plateada y susurró con suavidad, casi con dulzura, como si estuviera despertándola de un sueño un Ennervate.

Hermione abrió los ojos bruscamente y su pecho se hinchó cuando tomó una desesperada bocanada de aire. Trató de moverse, desorientada, pero la suave presión, el tacto de las manos de Draco y su aroma, la tranquilizaron ya antes de que pudiera verle inclinado sobre ella.

-¿Estás bien? –preguntó él con voz ronca.

-Sí –respondió Hermione, pero su voz quedó ahogada por un nuevo golpe en la puerta que hizo saltar algunas astillas.

-¡A las puertas, rápido! –gritó una voz que hizo eco en las paredes y pasillos del colegio. Hermione se ponía en pie ayudada por Draco en el momento en que la mayor parte del profesorado, la Orden y los alumnos de Hogwarts descendía en masa por las escaleras hacia el hall. McGonagall iba a la cabeza, y se detuvo al ver los cuerpos Slytherins y el conserje.

-¿Qué ha pasado? –preguntó Minerva mientras otro golpe hacía temblar las puertas del colegio.

-Parkison, Zabini, Crabbe y Goyle intentaron abrir las puertas –dijo Theodore –aturdieron a Filch.

-¡Slughorn, llévese a sus alumnos a las mazmorras¡Hagrid, llévate a Filch con Pomfrey!

Los aludidos obedecieron. Hagrid se echó a Filch sobre el hombro y desapareció por el pasillo, rumbo a la Enfermería. Slughorn hechizó a Crabbe, Goyle, Zabini y Parkinson y levitando desapareció con ellos hacia las mazmorras.

Dos golpes seguidos sacudieron las puertas en ese instante, que temblaron tan violentamente que por un instante pareció que iba a partirse en dos. Minerva, Ojoloco y Kingsley descendieron los últimos escalones y se plantaron en medio del hall, apuntando con sus varitas hacia la puerta. El pequeño ejército que les seguía se situó junto a ellos hasta que unas cien personas entre profesores, alumnos y miembros de la Orden se hallaron congregados en el hall, encarando a las puertas, esperando silenciosa y tensamente a que se abrieran. Hermione buscó a Harry y a Ron entre la marabunta y los distinguió junto a Neville, Dean, Seamus, Parvati y Lavender. Todos los miembros del ED que aún continuaban en Hogwarts estaban allí a excepción de Luna y Ginny. Había también muchos Gryffindors, Hufflepuffs, un buen puñado de Ravenclaws y media docena de Slytherins, con Nott y Bulstrode a la cabeza.

La puerta tembló de nuevo y se escuchó el sonido de la madera astillándose, pero la congregación no retrocedió. Se olía el miedo, la angustia y la tensión en el aire, en cada expresión, en la postura corporal de toda la guardia de Hogwarts. Pero también se sentía la determinación, el valor, la firmeza.

Porque Hogwarts era más que un colegio. Era un hogar. Pertenecía a todos los que habían estudiado allí y todos sus estudiantes le pertenecían. Y lucharían por él.

Se oyó un grito seguido de una explosión y la puerta del colegio tembló por completo para estallar acto seguido en docenas de esquirlas de madera. Los defensores de Hogwarts retrocedieron y se cubrieron con los brazos para evitar el impacto de las astillas y una nube de humo inundó el lugar. Se oyeron rugidos, gruñidos y carcajadas crueles, se olió el miedo, la locura y desesperación.

Un grupo de mortífagos encabezados por Bellatrix Black surgieron entre la humareda, como sombras oscuras e imponentes, enmascarados, mortíferos. Los ojos brillantes, salvajes y totalmente negros de un puñado de hombros lobos relucían entre la humareda y sus respiraciones excitadas caían sobre el suelo de piedra y parecían hacer eco.

Todos los estudiantes de Hogwarts alzaron sus varitas hacia los recién llegados, pero Minerva tenía el brazo extendido hacia un lado, indicándoles que aguardaran. Cuando las brumas de humo comenzaron a despejarse lo suficiente y Bellatrix, sin máscara, se abrió paso entre ellas hacia la congregación riendo temblorosamente de pura excitación y salvajismo, la directora de Hogwarts gritó.

-¡AHORA!

Y con un enorme silbido, la guardia de Hogwarts atacó y se hizo el caos. Docenas de discos mordedores marca Weasley salieron volando arrojados por los estudiantes y surcaron el aire en busca de sus presas. Uno de los discos bordeados de dientes se lanzó sobre la cara de Bellatrix cortando en seco su macabra sonrisa. Otros se enredaron en los peludos rostros de los licántropos que enloquecidos y jadeantes, trataban de quitárselos con las patas sin dejar de lanzar terroríficos crujidos. El resto buscaban el cuello de los mortífagos que se protegían la cara con máscaras y trataban de apartar los discos a la desesperada. Acto seguido, la segunda línea de la guardia, arrojó las Bombas Fétidas que inundaron el lugar de una espesa y maloliente humareda. Increíblemente, Hermione, pegada a Draco, podía ver a través de la niebla como si sólo fuera una fina capa de humo mientras que los recién llegados apenas eran capaces de ver sus dedos aunque los agitaran frente a sus ojos.

Los mortífagos gritaban, los licántropos gemían y gruñían, moviéndose a tientas, chochando los unos con los otros, cayendo al suelo y retorciéndose entre la humareda, mientras el valor y la expectación crecía dentro de cada palpitante corazón de Hogwarts.

-¡AL ATAQUE! –rugió Minerva con tanta fuerza y pasión que varios cabellos se escaparon de su moño apretado dándole un aspecto inusualmente salvaje.

Y a la señal de su reina, Hogwarts respondió.

En cuestión de segundos, al caos se unió la brillante luz de docenas de hechizos de diferentes colores, lanzados unos tras otros, sobre el grupo enemigo. En ese momento, un pie descomunal envuelto en unas toscas y horribles sandalias de piel, asomó por la puerta haciendo temblar el suelo. En un segundo, otro pie impactó contra el marco de piedra de las puertas de Hogwarts, haciendo que parte de la pared se derrumbara y gigantes pedazos de piedra salieran volando en todas direcciones. Un fragmento tan grande que podría aplastar a una docena de personas salió disparado hacia el grupo de alumnos y profesores de Hogwarts a toda velocidad.

-¡BOMBARDA! –gritaron tres voces femeninas desde las escaleras y el enorme pedrusco se desintegró en miles de guijarros sobre las cabezas aterrorizadas de varios estudiantes. Sorprendida, Hermione miró hacia el lugar de donde había salido el hechizo y vio a Luna Lovegood, Ginny y Romilda Vane descendiendo las escaleras con las varitas en alto, que gracias a su hechizo conjunto habían logrado demoler la piedra.

El gigante que había destruido la entrada de Hogwarts, se agachó para pasar por la enorme grieta que había creado y entró en el hall del colegio, pisoteando por igual a hombres lobo y mortífagos. Algunos estudiantes gritaron y todos retrocedieron cuando el gigante barrió el lugar con una enorme porra –que parecía más bien el tronco de un árbol gigante –arrojando a los lejos a mortífagos y a alumnos en distintas direcciones.

-¡Dispersaos! –gritó Hagrid que regresaba corriendo por un pasillo. Con el impulso de la carrera, saltó sobre la enorme porra del gigante sobre la que él parecía tener el tamaño de una pinta de cerveza, aferrándose a ella con sus manos. No obstante, nadie había esperado a oír la orden de Hagrid pues los estudiantes y profesores habían salido corriendo diferentes direcciones. La tercera parte del plan estaba preparada.

Un grupo salió corriendo escaleras arriba, otro hacia las mazmorras, un tercero por el pasillo que había frente a la puerta y el resto hacia el pasaje contiguo. Draco, sin soltar a Hermione, subió los escalones de dos en dos seguido por los gemelos Weasley, Ron, Devany, Ginny, Luna, Romilda y un grupo más de alumnos.

-¡Al fondo del pasillo! –gritó Fred.

-¡Recordad el plan! –añadió George mientras el grupo corría a toda velocidad. Mirando por encima de su hombro, Hermione pudo ver un lobo girando el recodo tras ellos, llenos de arañazos, polvo y suciedad. Jadeaba sonoramente pero les ganaba terreno a cada paso chorreando saliva desde sus fauces entreabiertas. Sin detenerse, Hermione lanzó un hechizo por encima de su hombro y un gemido animal le confirmó que había logrado su objetivo.

-¡Por aquí! –indicó Ron señalando la estatua de Alfred el Mocoso. Cuando llegaron a su altura, la estatua de mármol con un dedo atascado en la nariz pareció cobrar vida y se estiró con movimientos fragmentados y mecánicos en el momento en el que un grupo nutrido de licántropos, algunos mortífagos los tobillos de un gigante, que se peleaba con la estructura del colegio para tratar de colarse en el pasillo, aparecían al fondo.

-¡Avada Kedavra! –gritó la rabiosa voz de Bellatrix con el rostro ensangrentado y un ojo hinchado que le conferían un aspecto salvaje y feroz. El chorro de luz verde salió propulsado de su varita con la velocidad de un rayo, pero Alfred el Mocoso dio un salto y se colocó en su trayectoria, impidiendo que ninguno de los alumnos saliera herido. La estatua se tambaleó cuando la luz verde impactó contra ella y uno de sus brazos cayó al suelo con un sonido pesado, pero se mantuvo en pie, hurgándose las narices con el brazo sano.

-¡Ahora veréis! –gritó la mortífaga alzando su varita como si fuera un lago para lanzar otra maldición mortal.

-Ahora verás tú –dijo con sequedad George Weasley y en ese momento su gemelo encendió la mecha. Un tremendo silbido tintineó en los tímpanos de los presentes como si pretendiera hacerlos estallar y tres cohetes de rojo vivo cortaron el viento a través del pasillo, directos hacia las huestes de Voldemort. Uno de ellos arrojó redes plateadas que se extendieron sobre la cabeza de Callaham y Thorfinn, para después explosionar al impactar contra los tobillos del gigante con un terrible olor a carne quemada acompañado de un potente bramido de dolor. Un segundo cohete estalló sobre el grupo de licántropos y se disolvió en chispas que caían sobre sus pelajes, prendiéndoles fuego allí donde les tocaban. El tercer cohete voló en espiral en dirección a Bellatrix que logró esquivarlo por unos centímetros, pero Travers, tras ella, no corrió la misma suerte y el cohete estalló contra su cadera, inundándolo de llamas negras.

Draco no esperó para comprobar los caídos o asegurarse de que Alfred el Mocoso les cortaba el paso a los lobos enloquecidos por las llamas, cogió a Hermione por el antebrazo, hundiendo sus dedos como garras en su tierna carne y tiró de ella para arrastrarla a toda velocidad por el pasillo. El resto del grupo los siguió cuando Bellatrix y Selwyn empezaron a arrojar maldiciones hacia ellos. Hermione escuchó a una chica gritar, pero Draco no le permitió detenerse para ver quién era o cómo se encontraba, sino que la obligó a girar el recodo y seguir corriendo.

Un mortífago lanzó un poderoso Bombarda que hizo que la cabeza de Alfred el Mocoso saliera volando por los aires. Impactó con Devany y la arrojó al suelo con la respiración entrecortada. Romilda Vane tuvo que saltar sobre ella para no caerse y Ron, sin apenas detenerse, la recogió del suelo y la puso en pie con una fuerza sorprendente. La muchacha, aturdida y dolorida apenas podía caminar, pero Luna corrió a ayudar a Ron a llevarla mientras Ginny se detenía para lanzar un Mocomurciélago a Thorfinn que les atacaba sin dejar de pelarse con las redes plateadas que lo encerraban.

Se oyó una tremenda explosión y el suelo de piedra se abrió frente a los pies de Draco, Hermione y los gemelos permitiéndoles ver la batalla que se desarrollaba bajo sus pies.

Allí, Harry, Remus y Tonks luchaban contra un grupo de mortífagos enmascarados. Lavender Brown estaba tirada en el suelo, inerte y con el cabello lleno de sangre, mientras un licántropo con el lomo lleno de quemaduras y calvas corría hacia ella. Draco ni siquiera pensó, sólo movió su varita y apuntó.

Duro! -gritó y un chorro de luz azulada brotó de su varita e impactó sobre el licántropo que se convirtió en piedra y cayó pesadamente a unos pasos de Lavender.

Cave Inimicum! –lanzó Hermione acto seguido. Una barrera transparente se instauró en torno a Harry, Lupin y Tonks, haciendo que los hechizos de los mortífagos rebotaran.

-¡Ahí vamos! –gritó Fred y cuando Hermione miró a un lado, vio a los gemelos Weasley tomando carrerilla con un brazo entrelazado con el del otro para saltar al piso inferior. Ambos cayeron sobre un corpulento mortífago, derribándolo en el momento en que entonaba la maldición mortal.

-¡Cuidado! –gritó Ginny y un par de rayos verdes y rojos pasaron volando cerca de la pequeña comitiva que rodeaba el agujero en el suelo que daba a la planta baja. Hermione y Draco se volvieron rápidamente para ver a Bellatrix, Selwyn y un par de mortífagos apareciendo al fondo del pasillo en el que se hallaban.

-Estoy harta de vosotros mocosos –escupió Bellatrix y cuando sonrió cruelmente, sus dientes estaban manchados de sangre, al igual que la mayor parte de su rostro –Sólo necesitamos a unos pocos vivos, así que si sois lo suficiente inteligentes, dejaréis caer vuestras varitas y os entregaréis.

-¿Sabes? –dijo Luna con su dulce voz y los enormes ojos azules clavados en la mortífaga –tienes Elzoharis en el pelo.

Bellatrix titubeó unos segundos, estupefacta. Parecía no dar crédito a lo que acababa de oír.

-Yo te los quito –se ofreció Ginny servicial -¡Everte Statil!

El hechizo golpeó a Bellatrix y la derribó, enviándola varios metros por el aire hacia atrás. Los dos mortífagos que la acompañaban observaron sorprendidos en cuerpo de la mujer volando por el aire, y esa leve distracción fue su perdición.

Petrificus Totallus!

-¡Everte Statum!

-¡Impedimenta!

Media docena de hechizos brotaron de las varitas de los presentes e impactaron en los dos mortífagos, dejándolos totalmente fuera de combate. Un rayo de luz amarilla se coló desde abajo a través del agujero en el suelo y los jóvenes volvieron sus ojos a la escena que se estaba desarrollando en la planta baja. Neville y Theodore Nott llegaban corriendo por un pasillo, perseguidos por una docena de licántropos que se aproximaban al grupo en el que se hallaban Harry, los gemelos, Remus y Tonks luchando con los mortífagos.

Sin pensarlo, Hermione se liberó del apretón de Draco y saltó al piso de abajo, cerca del cuerpo de Lavender. Perdió el equilibrio y cayó de rodillas, pero echó hacia atrás el brazo y atacó con potencia.

Impedimenta¡Homorphus!

El grupo de lobos que le pisaban los talones a Neville y Nott se quedaron paralizados momentáneamente, pero cuando la segunda tandada de Homorphus les tocó, los licántropos cayeron al suelo y comenzaron a retorcerse, mientras sus extremidades se ensanchaban y su pelaje comenzaba a desaparecer. Con una mezcla terrible entre aullidos y gritos humanos, los licántropos regresaron a su forma humana mientras Neville y Nott les lanzaban maleficios y embrujos para dejarlos fuera de combate.

Draco se arrojó por el agujero cerca de Hermione y volvió a sujetarla en cuanto hizo pie, con expresión enfurecida.

-Te he dicho que no te alejes de mi –espetó, al tiempo que lanzaba un Desmaius a un mortífago. El resto del grupo que había subido a la primera planta, se lanzó por el agujero para ayudar en la batalla. En ese momento, McGonagall, Ojoloco y Kingsley aparecieron por el fondo del pasillo seguidos de un grupo de estudiantes, y los mortífagos, doblados en número trataron de escapar. Se dieron media vuelta y echaron a correr por el pasillo de regreso al hall pero una figura delgada y alargada, envuelta en chales, se interpuso en su camino. Mientras la mayor parte de los mortífagos cubrían la retirada, uno de ellos llamado Robinson, se encaró con la adivinadora.

Expelliarmus! –gritó y la varita de Sybill Trewlaney salió volando por los aires. No obstante, la mujer no se mostró asustada como cabría esperar, sino que sus ojos, amplificados por los gruesos cristales de sus gafas, se posaron en Robinson con determinación -¿Y ahora que harás, hechicera? –se burló el mortífago a pesar de que una comitiva de la guardia de Hogwarts le pisaba los talones a él y a sus compañeros.

-Esto –gritó la mujer y con un grito primitivo, Trewlaney hizo un movimiento parecido al de algún arte marcial mientras enroscaba uno de sus chales con los dedos, para arrojarlo como un látigo en torno a la cabeza de Robinson. El mortífago, desorientado y cegado, se tambaleó unos instantes, pero tropezó con el pie alargado de la hechicera y cayó al suelo.

Justo entonces, Firenze, el centauro apareció por el pasillo y coceó a uno de los mortífagos que se daba a la fuga, mientras el resto de la guardia de Hogwarts derribaba a los restantes.

-¡HAGUI! –se oyó exclamar a una potente voz, más allá de las puertas del colegio.

Rápidamente, el grupo se dirigió hacia el hall, cubierto de fragmentos de madera, piedras y cuerpos. En ese momento, una tropa de estudiantes capitaneados por los Señores Weasley apareció por el pasillo que daba a las mazmorras. Ambos grupos se detuvieron unos instantes para buscar caras amigas y después, siguiendo a McGonagall se abrieron paso por el recibidor hasta el enorme agujero que una vez habían ocupado las puertas. En los terrenos, un enorme gigante al que le falta media pierna, se había desplomado sobre la hierba, manchándola de sangre mientras los últimos mortífagos y hombres lobos presentaban batalla a Hagrid, Grawp, Bill y Fleur Weasley, Hestia Jones, Seamus Finningan y Susan Bones.

El resto de los gigantes desaparecía por una de las grietas de la muralla para perderse en la oscuridad de la noche mientras Buckbeack volaba por los aires, atacando a los mortífagos y licántropos que intentaban seguirlos. Fang ladraba echando espuma por la boca frente a la figura de un lobo, mientras Hagrid aporreaba con sus manazas a un mortífagos y Grawp enviaba al quinto pino a unos cuantos licántropos a base de patadas.

Desmaius! –gritó Ojoloco, lanzándose a la pelea a toda la velocidad que su pierna de madera le permitía. McGonagall, con el pelo completamente suelto y salvaje, le siguió gritando de manera fiera y el grueso de los estudiantes se lanzó a la batalla final.

En el cielo, una de las véngalas de los gemelos Weasley había dibujado con brillantes chispas rojas un enorme "Cara curo" sobre la Marca Tenebrosa. Unos cientos de metros más allá, una sombra encapuchada observaba la escena con sus pupilas verticales despidiendo tanta rabia que parecía capaz de prender fuego a los terrenos. A su lado, una enorme serpiente se retorcía, restregándose contra las faldas de la capa de su amo. Una tercera figura, esperaba unos metros por detrás, con el rostro oculto por las sombras de los árboles del Bosque Prohibido.

-Todos están huyendo, mi Señor –dijo la voz de Severus Snape entre las sombras.

-Ya lo veo, Severus –repuso Voldemort con furia y apretó su varita con tanta fuerza que a punto estuvo de partirse en dos -¿Cómo es posible? Son sólo una tropa de profesores envejecidos y mocosos debiluchos. Y sin embargo, han derrotado a veinte gigantes y casi cien mortífagos y licántropos.

-Han tenido suerte, mi señor.

-¿Suerte? –espetó Voldemort volviéndose hacia Snape, colérico –Yo diría que han tenido algo más que suerte. Estaban preparados, sabían que atacaríamos. ¿Cómo crees, Severus, que es eso posible? –preguntó, con voz repentinamente acariciadora, mientras sus pupilas infernales se clavaban en el rostro cetrino del mortífago como si quisiera arrancarle la piel y demolerle los huesos, hasta llegar a su cerebro y estrujarlo.

-Capturaron a Orson y Yaxley hace unos días en la Mansión Malfoy, ellos debieron hablar.

-Recuérdame que los mate cuando ataquemos Montis Occultus –siseó Voldemort echando una última mirada rabiosa al colegio –Ahora vámonos, Hogwarts ya no me interesa.

Snape asintió y las tres figuras desaparecieron en la negrura del bosque.

En ese instante, por encima de la espesura de los árboles y las agrietadas murallas del colegio, una serie de bultos que despedían un brillo plateado, aparecieron volando, adentrándose en los terrenos de Hogwarts.

-¿Qué es eso? –preguntó Slughorn por encima del estruendo de la batalla, al vislumbrar las figuras grises que en escoba, se aproximaban a ellos.

-Aurores–dijo Sean Fawcett en voz alta, lanzando un potente Impedimenta a uno de los últimos mortífagos que se mantenía en pie, que se desplomó en el acto. Y mientras Draco sin soltar a Hermione abatía a un licántropo, lo supo.


Hola!

Aquí estoy de nuevo :)! En primer lugar, lamento el retraso pero el trabajo no me da tiempo para nada más. Salgo a las 7:30 de casa y regreso a las 9 de la noche, y sólo tengo ánimo para irme a la cama. Además este capítulo es extralargo así que me ha llevado mi tiempo escribirlo. Bueno, no sé por donde empezar a comentarlo porque ha sido un reto para mi. No tenía muy claro como montar lo de la pelea y eso me ha salido. Repito que no soy Rowling y si no se me da bien una batalla entre media docena de personajes, una en un castillo entero con tropas mortífagas, alumnos, profes y la Orden ya ni digamos. He intentado documentarme bien para no tener fallos con los hechizos, manejar a la gran mayoría de los personajes y hablar de todo sin hacerlo eterno -como es mi tendencia- y no me apetecía tirarme dos capítulos de batalla, así que así lo he dejado. En el siguiente descubriremos alguna que otra baja, mortífaga y Hogwariana (?) y veremos que pasa después de esta gran batalla, teniendo en cuenta que las fuerzas de Voldemort se han quedado diezmadas. Dormiens no será un baño de sangre como DH, básicamente porque quiero demasiado a casi todos los personajes para eliminarlos, así que yo iré a mi bola, como siempre. Que más, a quien le interese Sean Fawcett, como Devany, está sacado del fic Águilas y Tejones -y ya dejo de daros la tabarra con él, es sólo para que sepáis que los personajes tienen historia-. Me he reído yo sola con el momento chal de Trewlaney y me ha encantado maltratar a Bella xD veremos que pasa con ella en el siguiente! El Ministerio ha llegado tarde, igual que la policia en todas las películas xD a ver que hace ahora Scrimgeour...

Espero que hayáis leído el capítulo con la canción -al menos la parte de la batalla -porque a mi me pone peleona xD jajaja Estamos en la recta final pero aún quedan unos cuantos capítulos. Seguramente no pueda publicar el siguiente hasta el fin de semana por las mismas razones por las que he tardado en este, así que perdón por las molestias.

Por cierto, estos días acabé de leer El Ocho de Katherine Neville, os recomiendo ese libro, es genial.

Ahora, mis agradecimientos especiales para todas aquellas personas que me dejaron un review en el anterior :):

Idune, Sra. Danvers,unkatahe, beautifly92, naru, Desi, Lalix, galletaa, Nera, Xik L, kastillito, Annemarie Hutt, danymeriqui, Nimue Tarrazo, pia.88, Willow Anne Summers, Antea, Maki, Andita, lara evans, Mago, Saraddc, ZhirruUrie, Erendira, Dauphinita, Andrux, Larita Tonks, Paola Dunkelheit, Christelle272, Alevivancov, Esme Black (lo del chocolate, he oído que funciona para las resacas aunque a mi no me ha ayudado mucho xD), chepita1990, brujiskatty18, Isa Malfoy, McFlygirl 89, Pansy Greengrass, Caperucita Roja, Amber, Pekelittrell, Veroli, Mona 2389, Priinciipessa, Lunassel, umiko, darkruki008, MarauderDesire, tonkstar, Vero.Sasuke. Uchiha, Lauriska Malfoy, maria, Jowi, Itsa, Merian Li, Angelix, Adriana, Soe, CinDereLLa.DwyL,Katurix, Daniux, Naty2691, lyssandra dumbledore, AdiFelton, oromalfoy, Esmeralda, Aliena, Pau Tanimachi Malfoy, Nanita44445, lalitamalfoy, noe, Taniz, Lúthien, Conny-hp, alella, Tiffany, Sakura Granger, Olguiita, Cielo Azul V, Praesse, Choconinia, Xms Felton, Loree, Arsami, mi, angels46, PaolaLissete, Roumad, Ear, Siara Love, Irianna07, Emma Kinney, Zelih, Hydria13.

Creo que eso es todo :)

MUCHAS GRACIAS POR TODO, DE VERDAD :)

Con mucho cariño, Dry!!!

Pd: Click a "Go" para que Draco (o X) te ordene que nunca te separes de él mujajaja